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En las profundidades del mar, allí te encontraré.

Summary:

Tras el ajetreo del día, Will se queda solo frente a su propio reflejo, con la camisa recién comprada y la piel marcada por recuerdos que no siempre sabe cómo sentir. Hannibal aparece sin aviso, y sus manos recorren lo que antes le causaba desdén, trazando cada marca en un acto de devoción.

O mejor dicho, Will esta embarazado luego de una pérdida importante.

Y ama el pescado de la isla con todo su ser.

Notes:

Tras un bloqueo infortuno en la obra que estoy escribiendo, surgió esta historia corta y preciosa que me encantó escribir.

¡Por más mpreg y omegaverse! 💙

Work Text:

La costa se volvía tranquila con cada paso que daba Will Lecter. No porque el mar cambiara realmente, sino porque él caminaba despacio. Con cuidado. Midiendo el peso de su cuerpo, el equilibrio, la forma en que la arena húmeda cedía bajo sus pies.

El verano se acercaba. Se notaba en el aire espeso, en el sol que caía más recto, en la sal que se le pegaba a la piel apenas salía de casa. Y también en su cuerpo. El vientre ya no era una insinuación. Pesaba. Tironeaba la espalda baja. Le recordaba, incluso cuando no pensaba en ello, que algo crecía dentro suyo con una determinación propia.

Estaba contento. De verdad. Pero no era una felicidad limpia ni liviana. Venía acompañada de cansancio. De dolores pequeños pero constantes. De una presión persistente en los pies que se intensificaba al final del día. Justo allí donde Hannibal se arrodillaba cada noche, sin que Will tuviera que pedirlo. Le quitaba los zapatos. Le sostenía los tobillos. Masajeaba lento, con precisión. Como si el cuerpo de Will fuera algo sagrado que le diera miedo herir.

La señora María estaba sentada, como siempre, cerca de la orilla. Un balde de metal a su lado. El cuchillo brillando al sol. Limpiaba los pescados con manos firmes, curtidas por años de rutina. Al verlo pasar, alzó la vista. Lo siguió con una mirada suave. De esas que no juzgan.

“En algunos pueblos se dice que el mar se inquieta con los cuerpos que gestan,” comentó, sin dejar de trabajar. “Dicen que se pone celoso.”

Will se detuvo. Giró apenas la cabeza hacia ella.

“Pero parece que a usted lo quiere mucho,” añadió. “Mire cómo se queda quieto.”

Will observó el agua. No había olas grandes. Apenas un vaivén bajo, constante.

“No sabía eso,” dijo al fin.

María sonrió. No una sonrisa grande. Algo breve. Sincero.

Will no respondió nada más.

Nunca había sentido tan de cerca lo que podía ser el cariño materno. No el que se dice, sino el que se ejerce sin palabras. Ese tránsito silencioso. Ver cómo una hija, que alguna vez fue una cachorra torpe, ahora llevaba otra vida en el vientre. Era una experiencia que le había sido negada. No por elección. Simplemente no había ocurrido.

Le pesó más de lo que esperaba.

Sintió el nudo en el pecho antes de darse cuenta. La respiración se le volvió más lenta. Más consciente. No supo si culpar a las hormonas o al recuerdo. El brillo en los ojos apareció sin permiso. Will bajó la mirada. No quería explicarse. No sabía cómo hacerlo.

María no dijo nada. Continuó limpiando los pescados. El gesto era claro. No todo necesita ser señalado para ser comprendido.

El viento le movía la camisa. Blanca. Bien planchada. Hannibal insistía en eso incluso en verano. Will deslizó la mano por su vientre. La piel estaba tirante. Tibia. Bajo los dedos, la cicatriz seguía allí. Discreta. Baja. Parte de él.

Abigail.

El recuerdo no era punzante. Era denso. Una herida que no sangraba, pero que tampoco cerraba. Un precio que había pagado por amar mal. Por intentar traicionarlo. Por luego volver.

Suspiró.

Alzó la vista hacia el horizonte y lo vio.

Hannibal estaba anclando el barco cerca de la playa. Movimientos seguros. Medidos. Como todo lo que hacía. Era el mismo barco que había diseñado en Italia, con Beau, su padre, en la casa de verano de los Graham. Will aún pensaba que la figura de la roda era innecesaria. Demasiado ostentosa, tan Hannibal que le hacía querer matarse.

El poniente comenzaba a asomarse por la vista crepuscular. Will caminaba descalzo por la casa, con pasos lentos. El aroma a comida se esparcía más rápido que de costumbre, ocupando cada rincón.

Hannibal llevaba un ritmo impecable. Cortaba y sofreía el pescado con precisión, concentrado, como si aquello fuese un ritual. Era el mismo pescado que Will lo había obligado a comprarle a la señora María, como insistía en llamarla.

Las reglas habían sido claras. Nada de carne de “cerdo” hasta después del embarazo. Nada que pudiera resultar pesado. Y nada destinado al cachorro hasta que, algún día, pudiera decidir por sí mismo.

Y aun así, el alfa no se había quejado. Ni una sola vez.

Era el primer antojo de Will. Y, probablemente, el último. Pescado. Fresco. Preparado a partir de manos cansadas y amables. Manos que se le antojaban similares a las de una madre.

María solía separar el más fresco y tierno para él. Le había tomado cariño. Más del que Will habría imaginado.

El silencio entre ellos no era incómodo. Era esperado. Últimamente no se guiaban por las palabras. Después de tantos idiomas compartidos, países, huidas y regresos, lo que quedaba era eso: la presencia. La cercanía de sus cuerpos moviéndose en un mismo espacio.

Will se acercó por detrás y apoyó instintivamente la mejilla contra la espalda de Hannibal. Buscaba refugio. O quizá comida. Todavía no estaba seguro.

“¿Le arreglaste la cabina al barco?” murmuró.

La voz fue suave. Lenta. Como si temiera romper algo frágil. Como si incluso un suspiro pudiera apagar la vela del momento.

Hannibal asintió con un leve sonido, casi un balbuceo, antes de comenzar a quejarse de que era una mala idea que Will anduviera descalzo. Fanfarreó, medio en serio, medio en broma, que debía ir a ponerse las pantuflas de inmediato.

“María volvió a guardarte los mejores trozos.”

Will no respondió. Luego, agregó: “Le caigo bien. Creo.”

“Le caes bien a todos.” Hannibal se limitó a sonreír.

Aún quedaba algo de sol cuando terminaron de cenar.

Un cuarto unido a su habitación matrimonial era el lugar que habían elegido para su pequeño retoño. El cuarto permanecía decorado con muebles de madera rústica, llenos de peluches de distintas formas y colores, a pedido express de Will.

Pero todavía no habían logrado elegir el color. Hannibal aún pintaba un gran árbol en la esquina de la habitación cuando Will entró cargando un gran álbum lleno de colores Pantone.

Él bufó al sentarse y dejar caer el libro.

Hannibal apenas se limitó a mirarlo sobre el hombro.

Definitivamente parecía un pato con los pies hinchados y la barriga sobresaliente.

“No me gusta el amarillo que elegimos. Es muy… chillón.” Negó, descartando colores. Un pequeño surco en su ceño marcaba el inicio de lo que sería un malhumor aproximado.

Hannibal se tomó un momento para observar el álbum mientras Will se quejaba del calor pegajoso, y dejó el pincel a un lado.

“¿Y verde salvia?” añadió de repente, levantando entre sus dedos el color Pantone. “Es tranquilo y acogedor. Combina con la madera, y tiene el tono de tus ojos.”

Will parpadeó. No había notado ese color antes. Apenas extendió la mano, rozando sus dedos con los del alfa. Observaba la pequeña carta colorida con los ojos bien abiertos.

“Es más tranquilo de lo que pensaba,” dijo, bajando la voz. “No cansa.”

Hannibal asintió y se acercó a un estante donde había varias latas de pintura. “Tenía un poco guardada para probar, si querías asegurarte antes de comprar todo,” explicó, sacando la lata y dejando que Will la tomara.

Will sostuvo la lata entre sus manos, un poco sorprendido por la atención que Hannibal ponía. Nunca había llegado a verlo así. “Podríamos probar.” dijo, dejando que un leve temblor se escapara mientras se inclinaba hacia la pared.

Hannibal tomó un pincel y sumergió la punta en la pintura, ofreciéndoselo a Will. “Juntos,” dijo con calma.

Will dudó un segundo, luego asintió. Sus manos se rozaron al tomar el pincel y un pequeño escalofrío recorrió su brazo. No se apartó. Hannibal tampoco.

“Siempre termino ensuciando el piso. No me gusta pintar.” murmuró Will, mientras trazaba la primera línea. El augurio del temor por lo que se venía se le coló por la voz

“No hay catástrofe,” dijo Hannibal. “Se puede limpiar.”

Pintaron juntos, hombro con hombro, acomodando la mezcla de pintura y miradas suaves que surgían de sus comentarios silenciosos. Will se sintió ligero, sorprendentemente relajado, dejando que Hannibal lo guiara cuando era necesario.

“Es… muy tranquilo.” Un “me gusta” escondido. Will después de un momento, observando la pared teñida de verde salvia, respiró con dificultad.

Hannibal lo miró y apoyó el pincel sobre la lata. No a los ojos. Al alma. A esa parte de Will oculta que a nadie enseñaba.

Extendió una mano dócil hacia esa mata de rizos indomable, otorgando una suave caricia que logró que Will suspirara en clamor. “Es precioso” murmuró el alfa.

Esa misma noche, luego del ajetreo del día precedente, Will se ajustaba la camisa que se había comprado en la nueva tienda de la isla.

La tela se alzó sobre su vientre como una suave ola de mar sobre la arena. Pero en lugar de encontrar la piel lisa y morena que esperaba, se topó con algo distinto. En la parte baja de su abdomen, se marcaba la suave sonrisa dibujada por Hannibal como recuerdo de una traición. Más arriba, las estrías dejadas por su joven retoño se expandían lentamente sobre su piel, señal de la vida que crecía dentro de él.

Se observó un instante más largo de lo normal, con una mueca tenue que mezclaba curiosidad y desdén hacia sí mismo. Cada línea, cada marca sobre su piel parecía recordarle una historia que no estaba de acuerdo en traer a tierra. A veces se extrañaba a sí mismo. Antes de todo. Antes de ser verdaderamente él, escondiéndose tras su terreno desolado, y su manada familiar de siete perros.

Hannibal apareció detrás de él sin que Will lo notara al principio. Se inclinó un poco, observando cada gesto, cada movimiento de sus manos. No dijo nada. Sus manos tallaron con amor el inicio de cada marca, como sí quisiera recordarlas con algo más que desdén y vergüenza de sus actos. “¿Agotado?” Murmuró, extendiendo sus labios en un suave roce con las glándulas aromáticas de Will. La verdad es que, Hannibal se había vuelto un adicto al aroma que irradiaba. Suave, dulce, con el bajo almizcle del aroma que tendría el futuro descendiente de los Lecter - Graham.

“Un poco.” Suspiró Will, dejándose caer a los brazos de Hannibal. El contraste era preciso, y a la vez divino. La calidez de la piel de Will hacia juego con lo impecable del traje de Hannibal, y el silencio de la habitación solo interrumpido por la respiración acompasada de ambos.

“No mires con desdén lo que yo contemplo con devoción, Will.” Su voz, vibraba contra la mata de rizos revuelta. “Estas marcas son todo lo que hemos vivido para llegar aquí. No debes asquearte por ello.”

Hannibal giró a Will con una lentitud casi litúrgica, obligándolo a enfrentar no la figura que lo atormentaba, sino sus ojos color granate. Con una delicadeza que parecía impropia.

El alfa desabrochó los botones de la camisa recién estrenada. La tela cayó a los costados, revelando de nuevo aquel paisaje de piel que tanto perturbaba a Will. Un suave golpe en el suelo sonó cuando las rodillas maduras de un hombre avanzado se perfeccionaron para observar al omega desde abajo. Sus labios rozaron la línea plateada, borrando con el calor de su boca el recuerdo del cuchillo de linóleo. No hubo dolor, solo una caricia húmeda que buscaba remarcar ese encuentro. Apenas un sollozo se escuchó. Hannibal las recorrió con la punta de la lengua, trazando cada surco como si fueran vetas de un mármol precioso.

Will soltó un jadeo, sus dedos enredándose en el cabello de Hannibal, tirando de él hacia arriba. La inseguridad que antes lo asfixiaba comenzó a disolverse, reemplazada por un hambre profundo.

Hannibal sonrió, una expresión de triunfo y ternura. Lo empujó suavemente hacia atrás hasta que los muslos de Will tocaron el borde de la cama. En un movimiento fluido, Hannibal reclamó sus labios en un beso que sabía a posesión y a promesa. Ya no era el roce sutil de sus glándulas aromáticas. Era un reclamo total.

Definitivamente amaba a Will Graham.