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But you won't change the way i feel 'cause i love you (is it really so strange?)

Summary:

Todo comenzó con una promesa: ver los fuegos artificiales juntos.
Gokudera esperaba con ansias la llegada del Festival de Namimori para cumplirla.
Sin embargo, un beso impulsivo lo cambia todo.
La huida, el silencio y el temor de arruinar lo que tiene con Tsunayoshi se interponen entre ellos.
Ahora ambos deberán decidir si enfrentan lo que sienten… o si prefieren fingir que nada ocurrió.
Después de todo, ¿aún podrán cumplir esa promesa?

Notes:

Este fic está inspirado en las palabras que Tsuna le dice a Gokudera durante la contienda por los anillos Vongola.
Al principio pensaba en simplemente narrar como veían los fuegos artificiales peroooo una cosa llevó a la otra y termine escribiendo esto jsjs
Ni modo ya que.
Sé que el fandom de KHR en español está muerto, pero eso no me detuvo. Amo demasiado la dinámica de estos dos como para no escribirlos.

*De antemano pido disculpas por la obsesión de Gokudera con decir "Décimo" a cada rato.
*También me disculpo por si hay algunos errores.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Hayato Gokudera nunca olvidaría aquellas palabras, ni aunque lo deseara con todas sus fuerzas.

 

Siempre creyó que amar a alguien implicaba estar dispuesto a dar la vida por esa persona. Sacrificarse por quienes amas era, para él, la forma más pura de demostrar la intensidad de ese sentimiento.

Había sostenido esa idea ciegamente durante años… hasta que alguien llegó para cambiarla por completo.

Y esa persona no era otra que Tsunayoshi Sawada.

 

Aquel día se libraba la batalla por el Anillo de la Tormenta.

Hayato tuvo que enfrentarse a numerosos obstáculos, incluso abrir heridas del pasado, para fortalecerse y ser digno de luchar por el anillo que le pertenecía.

El combate fue arduo. Su oponente era uno de los integrantes del escuadrón Varia: Belphegor.

 

Gokudera estaba decidido a ganar, incluso si eso significaba sacrificar su propia vida. Haría lo que fuera necesario con tal de no decepcionar al Décimo.

 

La pelea se prolongó más de lo debido, colocando a ambos combatientes al borde de la muerte. Si el tiempo límite era superado, una explosión acabaría con todo el lugar.

La escuela Namimori se vendría abajo junto con ellos.

 

Hayato lo sabía y no dudó ni un segundo en inmovilizar a Belphegor. Estaba preparado para que ambos perdieran.

El menor de los Varia tampoco tenía fuerzas suficientes para escapar del área de combate.

No había salida posible. Ninguno sobreviviría.

 

Gokudera estaba realmente dispuesto a dar su vida… hasta que una voz familiar resonó a lo lejos.

Era el Décimo.

 

Tsunayoshi le suplicó desesperadamente que abandonara el lugar. No podía permitirse perder a uno de sus guardianes, a uno de sus amigos.

 

Sawada rechazaba por completo el plan de Gokudera; le parecía simplemente absurdo.

¿Sacrificarse?

No se suponía que las personas debían vivir por quienes amaban.

 

Nada de sacrificios. Aquella idea de morir por amor le parecía estúpida. Uno debía vivir por quienes ama, disfrutar de su compañía.

¿Qué sentido tenía desaparecer?

¿Cómo se sentiría la persona por la que te sacrificas?

 

Sin dudarlo, el castaño alzó la voz para pedirle a Gokudera que viviera por quienes ama.

 

Hayato lo escuchó a la distancia. Nadie en su vida le había pedido algo así. Nadie se había preocupado por él de esa manera. Nunca… hasta Tsuna.

 

Y para empeorar aún más las cosas, Tsunayoshi gritó con todas sus fuerzas:

 

—¿¡Por qué crees que estamos peleando!? ¡Es para volver a tener peleas de nieve y ver los fuegos artificiales otra vez! ¡Por eso luchamos! ¡Por eso debemos volvernos más fuertes!

—¡Quiero reírme con todos una vez más!

—Pero… ¿qué sentido tiene si tú no estás? ¿Qué significado tendrá todo esto si mueres?

 

Hayato quedó completamente en silencio.

 

No quería regresar con las manos vacías. Pero… realmente quería volver al lado del Décimo.

Quería volver a jugar con él en la nieve y permanecer a su lado para ver los fuegos artificiales una vez más.

 

Con eso en mente, no dudó ni un segundo más.

Abandonó el campo de batalla, todo con tal de reencontrarse con Tsunayoshi.

 

La victoria fue para los Varia, quienes obtuvieron como recompensa el Anillo de la Tormenta. Ahora llevaban la delantera, con tres anillos en su poder.

 

Minutos después, Hayato llegó gravemente herido. No logró mantenerse en pie y cayó al suelo a escasos metros de Tsunayoshi y los demás, que habían presenciado el combate.

 

Con las pocas fuerzas que le quedaban, susurró:

 

—Lo siento, Décimo… el anillo fue tomado.

—Pero regresé… para poder ver los fuegos artificiales juntos. 



_______________



Ahora estamos en el presente.

Solo queda un día para el festival en Namimori. Un solo día para que Gokudera pudiera cumplir su promesa de aceptar ir a presenciar los fuegos artificiales junto a Tsunayoshi.

 

Aunque, claro, no estarían solo ellos dos. Para su desgracia, los demás también asistirían.

 

“¿No se suponía que el Décimo se lo había propuesto únicamente a él?”

 

“¿Qué se suponía que haría el resto allí presente?”

 

O quizá todo era producto de su propia interpretación. Tal vez Hayato había entendido mal las palabras de su jefe porque, en el fondo de su corazón, deseaba que ese momento fuera solo para ambos. Solo para Tsuna y él.

 

Gokudera se dirigía a la casa de los Sawada mientras se perdía en sus pensamientos, imaginando cómo se desarrollarían las cosas al día siguiente durante el festival.

Ya podía visualizar el peor de los escenarios: los niños causando estragos, preocupando al Décimo y evitando que disfrutara el evento como merecía.

 

Pero no había nada de qué preocuparse.

Él se encargaría de alejar a cualquiera que interrumpiera la tranquilidad de Tsunayoshi.

 

El trayecto se le hizo corto. Tan absorto estaba en sus ideas que apenas notó cuándo llegó.

 

Se detuvo frente a la residencia y se acercó para tocar el timbre, esperando pacientemente —o más bien, con evidente impaciencia— a que le abrieran.

La ansiedad por pasar tiempo a solas con el Décimo lo invadía; tan solo pensarlo hacía que su respiración se volviera un poco irregular.

 

Sacudió la cabeza de inmediato, intentando disipar esos pensamientos que, definitivamente, no eran muy amistosos.

Al menos no lo eran para alguien que se suponía solo era su amigo.

 

Pero no podía evitarlo.

Para él, el Décimo era mucho más que eso… además de ser su jefe.

 

Tan sumido estaba en su mente que no notó cuándo Tsunayoshi abrió la puerta. Solo reaccionó unos segundos después, al escuchar su voz, levantando finalmente la mirada.

 

Sawada estaba allí, observándolo con el ceño ligeramente fruncido en una expresión de confusión.

 

—Gokudera, ¿todo bien? —preguntó con un tono preocupado.

 

Hayato asintió sin dudar.

 

—Todo está bien, Décimo. No tiene nada de qué preocuparse.

 

Como respuesta, el castaño le dedicó aquella sonrisa tan característica que Gokudera adoraba. Sería estúpido admitir que sentía su corazón detenerse cada vez que Tsuna le sonreía de esa manera.

El ligero rubor que adornaba sus mejillas solo lo hacía lucir aún más adorable. Aunque, claro, Hayato sabía que el Décimo se sonrojaba con facilidad; era demasiado tímido.

 

Sawada se hizo a un lado, permitiéndole entrar. Estaba a punto de decir algo cuando una voz familiar —y para desgracia de Gokudera— lo interrumpió.

 

—¡Oh! Hola, Gokudera. No sabía que también vendrías a casa de Tsuna —comentó Yamamoto mientras bajaba las escaleras y se acercaba a la entrada.

 

El de cabello grisáceo frunció el ceño de inmediato.

La presencia de Takeshi no solo arruinaba sus planes de pasar tiempo a solas con el Décimo, sino que también lograba ponerlo de pésimo humor.

 

—¿Y tú qué haces aquí, idiota? —escupió sin molestarse en ocultar su evidente fastidio.

 

Yamamoto soltó una risa despreocupada; estaba más que acostumbrado a ese tipo de reacciones.

 

—Vine a ver a mi amigo —respondió con total naturalidad.

 

Gokudera apretó ligeramente los puños, frunciendo aún más el ceño.

 

“¿O sea que este idiota vino solo a verle la cara al Décimo? ¿Con qué derecho?”

 

Tsunayoshi notó de inmediato la tensión y no dudó en intervenir.

 

—Gokudera, solo vino a pasar el rato. No te preocupes —intentó tranquilizarlo.

 

Y, como siempre, funcionó.

Hayato cedía sin resistencia ante las palabras de su líder. Le tenía demasiado respeto como para cuestionarlo.

 

—Lo entiendo, Décimo… solo pensé que se encontraba sin compañía —murmuró, como si le costara admitirlo.

 

Takeshi no tardó en meterse en la conversación.

 

—¿Qué? ¿Mi presencia te incomoda? ¿Planeabas quedarte a solas con Tsuna? —no aguantó la risa y soltó una carcajada.

 

—¡Maldito! ¿Cómo te atreves a decir eso? —alzando la voz, Gokudera replicó, completamente avergonzado.

 

Estuvo a punto de meter la mano en sus bolsillos, listo para hacerle tragar un par de bombas a ese estúpido beisbolista.

Quizá así dejaría de decir tonterías.

 

Pero todos esos pensamientos se vieron interrumpidos por una risa suave a su lado.

 

Hayato giró la cabeza y se encontró con Tsuna, quien reía levemente, también algo sonrojado.

 

—¿Querías pasar tiempo conmigo, Gokudera? —preguntó, fijando sus grandes ojos marrones en él.

 

Gokudera apartó la mirada de inmediato, incapaz de sostenerla.

 

—No malinterprete las cosas, Décimo. Ya sabe cómo es el idiota de Yamamoto… —replicó, moviendo las manos con nerviosismo.

 

—No te preocupes, luego podemos pasar tiempo los dos —murmuró Tsunayoshi, antes de desviar la mirada.

 

El comentario bastó para que Hayato se sonrojara aún más.

 

—Pero ahora quiero pasar tiempo con mis dos amigos —añadió el castaño con una pequeña risa, comenzando a subir las escaleras rumbo a su habitación—.

—Yamamoto, Gokudera, vamos. No planean quedarse ahí todo el tiempo, ¿verdad?

 

—Como usted diga, Décimo —respondió Hayato, siguiéndolo sin dudar.

 

Yamamoto no tardó en unirse, subiendo los escalones detrás de ellos.

Durante el ascenso, Gokudera no pudo evitar lanzarle una mirada cargada de molestia.

 

Takeshi, en respuesta, solo sonrió con diversión. 



_______________



Gokudera definitivamente comenzaba a arrepentirse de haber venido.

No porque no quisiera ver a Tsunayoshi —todo lo contrario—; se había despertado esa mañana con la firme idea de pasar el día a su lado.

Pero ahora, todos esos planes se habían visto arruinados por culpa del pelinegro.

 

Los tres se encontraban sentados alrededor de la pequeña mesa de la habitación, conversando sobre trivialidades. O, mejor dicho, Yamamoto era quien no dejaba de hablar y comentar tonterías sin parar.

Tsuna parecía disfrutar genuinamente de la charla, a diferencia de Gokudera, que estaba demasiado ocupado imaginando distintas maneras de deshacerse de Takeshi.

 

Fue sacado abruptamente de sus pensamientos cuando sintió una mano apoyarse con suavidad sobre su hombro.

Hayato giró la cabeza de inmediato, encontrándose con el rostro del castaño.

 

—¿Sucede algo, Décimo? —preguntó.

 

Sawada negó con la cabeza.

 

—Nada… solo que estás algo callado, y eso es extraño en ti —murmuró con un dejo de preocupación.

 

Gokudera sintió que podía morir en ese mismo instante.

 

¿El Décimo… se estaba preocupando por él?

 

Sabía que Tsuna siempre pensaba primero en los demás, pero eso no importaba.

Lo que realmente importaba era que se había dado cuenta. Que había notado su silencio, su ausencia en la conversación.

Tsuna se había tomado el tiempo de observarlo.

 

El corazón de Hayato se aceleró sin permiso.

 

—N-no… no se preocupe, Décimo. Estoy bien —respondió, intentando disimular su evidente nerviosismo.

 

Tsuna asintió, dispuesto a decir algo más, pero fue interrumpido por Yamamoto.

 

—Bueno, creo que ya es hora de que me vaya —anunció, poniéndose de pie.

 

—¿Ya te vas? —preguntó Tsuna, retirando su mano del hombro de Gokudera.

 

Takeshi asintió.

 

—Quedé en ayudar a mi padre con algunas cosas en el restaurante.

 

—Entonces déjame acompañarte a la salida —dijo Sawada, comenzando a incorporarse.

 

—No hace falta, ya me sé el camino —respondió bromeando. 

 

Tsuna dejó escapar una pequeña risa.

 

—Bueno… entonces nos vemos mañana, Tsuna. Gokudera —se despidió Yamamoto con una sonrisa antes de salir de la habitación y cerrar la puerta tras de sí.

 

Hayato estuvo a punto de saltar de alegría.

Por fin estaban solos.

 

Sin embargo, esa felicidad se desplomó en cuestión de segundos cuando escuchó:

 

—¿Tú también te vas, Gokudera?

 

El mundo se le vino abajo.

 

No quería irse. No quería hacerlo en absoluto.

Pero si el Décimo lo preguntaba, quizá era porque eso era lo que deseaba.

 

¿Acaso no quería pasar tiempo con él?

 

¿Entonces qué significaban aquellas palabras que le había dicho en la entrada?

 

“No te preocupes, luego podemos pasar tiempo los dos”

 

Las recordaba con demasiada claridad. Habían pasado apenas unos minutos; sería absurdo olvidarlas.

Y aun así, Tsunayoshi parecía querer deshacerse de él.

 

Hayato sintió su corazón resquebrajarse ante la idea.

 

—¿Gokudera?

 

La voz de Tsuna lo trajo de vuelta. Sacudió la cabeza y levantó la mirada.

 

—P-perdóneme, Décimo… si usted lo desea, puedo retirarme.

 

Tsuna negó de inmediato, moviendo las manos con nerviosismo.

 

—No, no te estoy pidiendo que te vayas. Solo pregunté. Además, como Yamamoto se fue, pensé que quizá tú también querrías hacerlo.

 

—¿Cómo puede pensar eso, Décimo? —respondió Hayato con rapidez—. No sabe cuánto disfruto de su compañía… lo honrado que me siento de que me la conceda.

 

Tsuna rió, algo incómodo.

 

—A veces eres demasiado exagerado… —murmuró más para sí mismo.

 

Gokudera no alcanzó a escucharlo del todo, así que se limitó a mirarlo, esperando.

 

El castaño suspiró y sostuvo su mirada.

 

—Entonces… ¿qué te gustaría hacer ahora? —preguntó con total inocencia.

 

Hayato sintió que el aire le abandonaba los pulmones.

 

El Décimo… ¿le estaba preguntando a él?

¿Le estaba dejando decidir?

 

El calor le subió de golpe al rostro, recorriéndole el cuerpo.

Había tantas cosas que quería hacer.

Pero muchas de ellas fueron descartadas de inmediato: la casa no estaba vacía, y solo imaginar una situación incómoda lo hacía estremecerse.

 

Su respiración se volvió más lenta, pesada.

Sin darse cuenta, su mirada descendió del rostro de Tsuna, recorriendo el contorno de su cuello, la línea de su clavícula, la forma en que sus manos descansaban sobre sus piernas. 

Gokudera apretó la mandíbula.

 

Se odiaba por pensar así.

Pero ya no podía fingir que era solo devoción.

 

Pensó en lo fácil que sería inclinarse un poco más. En lo sencillo que sería romper esa distancia mínima que los separaba.

Imaginó la reacción de Tsunayoshi: el rubor inevitable, la respiración fallando por un segundo, esa mirada que siempre se le escapaba cuando no sabía qué hacer con lo que sentía.

 

Tsuna no era tonto.

Sabía perfectamente qué clase de mirada le estaba dedicando Hayato; podía sentir cómo su cuerpo era recorrido con una intensidad que le erizó la piel. En respuesta, tragó saliva con nerviosismo y se aclaró la garganta, intentando que el otro reaccionara y saliera de sus ensoñaciones.

 

Y funcionó.

 

Gokudera parpadeó, volviendo en sí de golpe. El rubor le subió al rostro casi de inmediato, acompañado de una vergüenza que le apretó el pecho.

 

—D-discúlpeme, Décimo. No quise ser grosero —se apresuró a decir—. Podemos hacer lo que usted prefiera, no tengo ningún inconveniente.

 

Fingió naturalidad con torpeza, como si nada hubiera ocurrido. Como si esa mirada no hubiese existido.

 

Tsuna lo observó en silencio por unos segundos antes de suspirar suavemente y asentir.

 

—Bien… entonces juguemos algo —murmuró—. Encenderé la consola.

 

Se levantó del suelo dejando atrás ese espacio cargado de tensión que ninguno de los dos se atrevió a nombrar.

El sonido de la consola encendiéndose llenó la habitación… pero no logró disipar del todo la sensación de que algo había quedado suspendido en el aire.

 

Algo que, tarde o temprano, iba a exigir ser atendido.



_______________




Fue una tarde larga y tortuosa para el pobre Hayato.

Tener a la persona que deseas tan cerca sin poder hacer nada resultaba desesperante. Aunque, según él mismo, ya estaba acostumbrado… o al menos eso se repetía para convencerse.

 

La tarde en casa de Tsuna fue agradable. Pronto dejaron atrás aquel momento incómodo y se entretuvieron con algunos videojuegos.

Por supuesto, Gokudera se dejó ganar; no porque fuera realmente malo, sino porque cada sonrisa que lograba arrancarle a su jefe valía más que cualquier victoria.

 

Después de jugar durante un buen rato, el castaño lo invitó a quedarse a cenar, y Hayato aceptó sin dudarlo. No iba a rechazar una invitación así. Además, la señora Sawada cocinaba de maravilla.

 

Cuando finalmente se hizo de noche, Gokudera emprendió el camino de regreso a ese cuarto de alquiler que, lamentablemente, llamaba hogar. Avanzó con calma por las calles, repasando mentalmente todo lo ocurrido durante el día… y recordando que mañana sería el festival.

 

De hecho, antes de despedirse, el Décimo se lo había recordado con una sonrisa:

 

“No te olvides de que mañana iremos al festival con los demás. Por favor, no te atrevas a faltar. Sé que a veces pueden ser un poco estresantes, pero de verdad quiero que estés ahí… conmigo.”

 

Esas palabras bastaron para borrar cualquier duda.

Si Tsuna se lo pedía de esa forma, jamás se atrevería a negarse.

 

Antes de poder pensar en algo más, llegó a su alojamiento.

 

Entró usando sus llaves y subió apenas unos escalones hasta llegar a su habitación. Abrió la puerta, encendió la luz y la cerró detrás de sí. Dejó las llaves sobre una pequeña mesa cercana y se dejó caer en la cama, completamente agotado.

 

Fijó la mirada en el techo, pensando en el día siguiente.

El festival.

Los fuegos artificiales.

Tsunayoshi. 

 

Llevó una mano a su cabello grisáceo, echándolo hacia atrás mientras un suspiro pesado escapaba de sus labios.

 

Al final, podía permitirse dejarse llevar por sus pensamientos ahora que estaba completamente solo.

 

Recordó aquel momento en casa del castaño. La forma en que se había quedado mirándolo demasiado tiempo. Solo esperaba que el Décimo no hubiera pensado mal de él. Lo último que quería era decepcionar a la persona que más admiraba.

 

Aunque lo que sentía iba mucho más allá de la admiración.

Y también del respeto que le tenía como jefe.

 

Su mente volvió a traicionarlo. Recordó con una claridad inquietante el rostro de Tsunayoshi, sus mejillas teñidas de rojo, en sus labios ligeramente fruncidos.

Recordó cómo su mirada había descendido, recorriendo su cuello… y cómo todo se había detenido cuando Tsuna lo interrumpió, consciente de la situación.

 

Pero ahora Hayato estaba solo.

Y en soledad, no había interrupciones.

 

Podía permitirse imaginar.

Podía permitirse desear.

 

Sintió sus manos arder ante la idea de deslizarlas bajo la camiseta de Tsuna, de recorrer su piel con lentitud, de subir un poco más… demasiado.

Pensó en acercarse sin dudar, en unir sus labios en un beso torpe y desesperado, en robarle el aliento, en provocar esos jadeos suaves.

 

El cuerpo de Gokudera reaccionó ante esos pensamientos.

 

—Mierda… —jadeó, intentando controlarse.

 

No lo logró del todo.

Con cuidado, deslizó una mano hacia abajo, buscando desabrocharse los pantalones. Necesitaba calmarse de alguna manera. 

 

Pero se detuvo de golpe.

 

La imagen de Tsunayoshi sonriéndole, inocentemente, cruzó su mente como un golpe.

 

Apartó la mano de inmediato y alzó la voz, frustrado:

 

—¡Soy un idiota! ¿Qué se supone que estaba pensando? —gritó, llevándose ambas manos a la cabeza y tirando de su cabello.

 

Se incorporó en la cama, respirando con dificultad, y negó una y otra vez, como si así pudiera deshacerse de esos pensamientos.

 

—Soy un completo imbécil… —murmuró.

 

El silencio volvió a envolver la habitación.

 

Y aun así, por más que se reprochara, por más que intentara convencerse de lo contrario… no lo lograba. 



_______________



Llegó el día del festival y Gokudera no pensaba, bajo ninguna circunstancia, salir de su habitación.

No después de lo que casi sucedió la noche anterior.

 

“¿Cómo se supone que voy a mirarlo a los ojos?”

 

“Soy un completo degenerado.”

 

“El Décimo huiría de mí si se enterara. ¡Seguro me pondría una orden de alejamiento y me quitaría mi puesto como Guardián de la Tormenta!”

 

Esos y muchos pensamientos más invadían la mente del joven de cabello gris. La culpa le pesaba en el pecho; no había sabido controlarse y eso lo atormentaba.

Lo peor de todo era que no tenía con quién hablar de aquello.

 

Jamás se lo diría a su hermana.

Ni loco recurriría al idiota de Yamamoto.

Shamal no serviría de nada: su especialidad eran las mujeres.

Y el señor Reborn… definitivamente no. Ni siquiera como posibilidad.

 

No había nadie.

Literalmente nadie.

 

El único en quien confiaba de verdad, el único que podría comprenderlo, era precisamente quien estaba involucrado en todo esto: Tsunayoshi Sawada.

 

—Se supone que hoy pasaría un día especial junto al Décimo… —alzaba la voz mientras caminaba de un lado a otro en su pequeño cuarto—. ¡Pero ahora no puedo ni sostenerle la mirada!

 

Se detuvo en seco y apretó los puños.

 

No había otra opción. Tenía que enfrentarlo.

Darle la cara.

 

¿Qué era lo peor que podía pasar?

 

Tsuna no sabía nada. Y si Hayato no decía una palabra, no tenía por qué enterarse.

 

—Bien… entonces fingiré que no pasó nada y actuaré como siempre —declaró, intentando convencerse.

 

Nada arruinaría el día más importante de su vida. Había esperado demasiado por ese momento como para dejar que su propia estupidez lo echara todo a perder. Nada impediría que viera los fuegos artificiales junto a Tsunayoshi.

 

—Es hora de ir a ver al Décimo… —murmuró para sí mismo, respirando hondo mientras se preparaba mentalmente.

 

Eso le tomó más tiempo del esperado.

 

Pasó más de una hora imaginando qué decir, cómo saludar, de qué manera comportarse con normalidad. Cualquiera diría que exageraba, pero Gokudera llevaba dándole vueltas al asunto desde el día anterior. Apenas había logrado dormir; la vergüenza lo mantenía al borde del colapso.

Por un momento, incluso consideró salir corriendo en plena madrugada hasta la casa de Tsuna para pedirle perdón de rodillas. El pobre no entendería nada, pero al menos Hayato se sentiría un poco mejor.

 

Pero… ¿qué demonios iba a decirle?

 

“Décimo, perdóneme por casi—”

 

No.

 

“Décimo, ayer estuve pensando demasiado en usted y mi cuerpo reaccionó—”

 

—¡¿Qué mierda?! —exclamó en voz alta—. ¡¿Cómo se supone que voy a decir algo así?! ¡¿Acaso soy más idiota que Yamamoto?!

 

Se dejó caer de rodillas al suelo, completamente derrotado.

 

Todo lo superaba. Definitivamente no sabía manejar aquello.

 

Entonces, una idea absurda cruzó su mente.

 

—Tengo que acabar con mi vida —dijo con una sonrisa exageradamente tranquila, incorporándose como si hubiera encontrado la respuesta perfecta.

 

Duró exactamente dos segundos.

 

La imagen de Tsuna culpándose por su muerte, o peor aún, derramando lágrimas por él, le atravesó el pecho como un disparo.

 

—No… no puedo hacerle eso… —susurró, bajando la mirada.

 

Se le agotaban las excusas.

Y también el tiempo.

 

Le había prometido que estarían juntos viendo los fuegos artificiales.

 

Y Gokudera Hayato jamás rompería una promesa hecha a Tsunayoshi Sawada. 

 

Aunque se muriera de vergüenza.

Aunque el arrepentimiento aún le quemara la piel.

 

Lo que fuera…

por el Décimo. 



_______________



Ya era tarde. Hayato había perdido demasiado tiempo intentando poner en orden sus pensamientos y ahora caminaba por las calles en dirección a la casa de los Sawada.

Se repetiría lo mismo una y otra vez: fingiría que nada había ocurrido la noche anterior.

 

No le tomó mucho encontrarse con la vivienda del Décimo ni notar al resto reunido en la entrada, listos para partir. Apenas les prestó atención; su mirada buscó con urgencia a Tsunayoshi, que terminaba de cerrar la puerta antes de unirse al grupo.

 

Tsuna no tardó en cruzar los ojos con él y, como siempre, le regaló una sonrisa abierta. Hayato respondió con una leve mueca que cargaba algo de culpa. Fingir normalidad iba a ser más difícil de lo que había pensado.

 

El castaño se incorporó al grupo y todos comenzaron a caminar hacia el festival. Gokudera, en cambio, se mantuvo a cierta distancia, con la vista baja. No tenía ganas de hablar con nadie. Caminó así varios minutos, observando desde atrás, hasta notar que Tsuna lograba escabullirse de Yamamoto y Ryohei, quienes lo tenían atrapado en una conversación que claramente no disfrutaba.

 

Cuando el Décimo empezó a acercarse, Hayato miró a todos lados, dudando incluso de si realmente venía hacia él.

 

Tsuna soltó una pequeña risa ante su reacción y no tardó en colocarse a su lado, siguiéndole el paso en esa caminata apartada del grupo.

 

—¿Por qué estás tan lejos? ¿Pasó algo? —preguntó con evidente preocupación.

 

El más alto negó de inmediato.

 

—No sucede nada, Décimo. No tiene de qué preocuparse —murmuró, sin atreverse a mirarlo.

 

Tsuna se dio cuenta al instante de que algo no iba bien. No hacía falta ser adivino: el Gokudera que conocía estaría discutiendo con Yamamoto o regañando a Lambo, no caminando en silencio con los hombros tensos.

 

Como Décimo líder —y como amigo— no podía ignorarlo.

 

Sawada se detuvo de golpe y tomó la mano de Hayato.

 

El contacto lo sorprendió tanto que giró de inmediato para mirarlo.

 

—Décimo… —susurró.

 

—Deja que se adelanten un poco —respondió Tsuna en voz baja, observando cómo los demás continuaban sin notar nada.

 

Gokudera siguió su mirada y, cuando la distancia fue suficiente, permaneció quieto, aún sintiendo la mano de Tsuna aferrada a la suya.

 

El castaño suspiró y, con cuidado, tomó ambas manos de Hayato entre las suyas, apretándolas con suavidad.

 

—Ahora sí… ¿vas a decirme qué te pasa? —preguntó, frustrado por el silencio.

 

Hayato se sintió acorralado. Buscó una salida, cualquier excusa. No podía decir la verdad. No debía decirla.

Finalmente reunió valor.

 

—De verdad no tiene por qué preocuparse, Décimo —dijo—. Solo estoy algo nervioso por el festival…

 

No era del todo mentira.

 

—¿Nervioso? —repitió Tsuna, confundido—. Solo estamos nosotros… —se corrigió de inmediato—. Bueno, los demás también —añadió con una risa torpe.

 

Gokudera sonrió apenas y apretó con más fuerza las manos del castaño. Tsuna respondió con otro suspiro y, casi sin darse cuenta, entrelazó sus dedos en un gesto mucho más íntimo.

 

Eso tomó a Hayato completamente desprevenido. El calor subió a su rostro de inmediato, y Tsuna no tardó en imitarlo, igual de sonrojado.

 

Sus miradas se encontraron y el mundo pareció detenerse. Durante esos segundos, Gokudera perdió toda fuerza de voluntad. Sus ojos descendieron, lenta e inevitablemente, hasta los labios de Tsuna.

Los deseaba. Más de lo que estaba dispuesto a admitir.

 

Tsuna lo notó… y, para su propio asombro, también dirigió la vista a la boca de Hayato. Nunca se había permitido mirarlo así. Era extraño. Incorrecto.

Y aun así, no pudo apartarse.

 

Ambos quedaron atrapados en ese silencio cargado, sin saber quién debía moverse primero.

 

Gokudera fue quien rompió la tensión. 

 

Soltó las manos entrelazadas y llevó las suyas al rostro de Tsuna, sujetándolo con cuidado. Apretó ligeramente sus mejillas y acercó su frente a la suya.

 

No hubo más dudas.

 

Sus labios se encontraron en un beso intenso, torpe y urgente. Hayato lo besó como si llevara años conteniéndose, como si ese contacto fuera algo que había necesitado desde siempre. Tsuna se tensó al principio, sorprendido, intentando apartarlo por pura inercia… pero no pudo.

 

Un sonido ahogado escapó de sus labios antes de rendirse por completo.

 

Sawada sabía que aquello no estaba bien.

Sabía que no debía.

Pero también sabía que lo quería.

 

Y ese deseo fue más fuerte que cualquier pensamiento racional.



_______________



La incomodidad se volvió densa en el aire después de aquel beso fatal, uno que claramente nunca debió ocurrir. Apenas se separaron; o mejor dicho, fue Tsunayoshi quien empujó a Hayato con brusquedad antes de darse la vuelta y huir, intentando alcanzar al resto del grupo.

 

Gokudera sintió que podía morir en ese mismo instante.

 

Todo era su culpa.

 

Sabía que no debía hacerlo. Siempre lo había sabido. Y aun así fue egoísta, se dejó arrastrar por sus impulsos sin pensar ni por un segundo en cómo podría reaccionar Tsuna.

 

Se sentía repugnante.

 

¿Qué creía que estaba haciendo, besándolo así, sin permiso?

 

Ahora no era más que un desesperado incapaz de controlarse.

 

“El Décimo debe odiarme.”

 

“Ni siquiera querrá volver a mirarme a la cara.”

 

La culpa lo consumía por dentro. En ese instante decidió que no asistiría al festival. Era lo mejor. Tsuna seguramente ya no querría compartir nada con él, mucho menos ver los fuegos artificiales a su lado. Y no podía culparlo. Después de lo que había hecho, no merecía su perdón.

 

Gokudera se detuvo en seco, abandonando por completo la idea de alcanzar al grupo.

Era un imbécil.

Lo mejor era marcharse. Nadie notaría su ausencia.

 

Recordar la imagen de Tsuna saliendo corriendo después del beso le destrozó el pecho. Aún podía ver su rostro, apenas un segundo antes de que desapareciera entre la gente.

 

¿Eso… eran lágrimas?

 

Ese brillo en los ojos marrones, tan familiar, tan frágil. Como si estuviera a punto de romperse.

 

¿Había hecho llorar al Décimo?

 

La idea terminó por destruirlo. 

 

Apretó los puños con fuerza y, sin pensarlo más, dio media vuelta. No iría al festival. No tenía derecho. Después de lo que había hecho, no podía permitirse estar ahí, como si nada hubiese pasado.

 

Caminó sin rumbo fijo hasta llegar a su alojamiento. No pensó en nada más que en entrar a su habitación y dejarse caer sobre la cama. Hundió el rostro entre las almohadas, como si pudiera desaparecer ahí dentro.

 

Por fin, en soledad, se permitió quebrarse.

 

Gokudera no era alguien que llorara con facilidad, pero la frustración y el odio hacia sí mismo lo superaron. Las lágrimas brotaron sin que pudiera detenerlas.

 

Había arruinado el día más importante de su vida por culpa de sus sentimientos estúpidos.

 

Todo era por Tsunayoshi.

 

A veces deseaba poder arrancarse ese amor del pecho, fingir que no existía, seguir siendo solo su guardián, su mano derecha, nada más. Pero cada día se volvía más difícil ocultarlo.

 

Le dolía cuando Tsuna prefería pasar tiempo con otros.

Le dolía verlo sonreírle a alguien más.

Quería que esas sonrisas fueran solo para él, aunque supiera que no tenía derecho a desear algo así.

 

Anhelaba que Sawada le correspondiera, aunque en el fondo sabía que eso nunca sucedería. El Décimo jamás se fijaría en alguien como él.

 

Por un breve instante creyó que tal vez sí… cuando Tsuna le devolvió el beso, aunque fuera solo un segundo.

Ahora lo entendía de otra forma.

 

Seguramente había sido el impulso del momento. El cuerpo reaccionando antes que la mente. Nada más. Por eso Tsuna lo apartó con tanta fuerza.

 

Lo había rechazado.

 

Y lo había dejado solo, con el recuerdo de aquel beso aún quemándole los labios.

 

Hayato permaneció tendido en la cama, hundiéndose en su propia miseria, repasando cada segundo de lo sucedido. 

 

—Décimo… —susurró con la voz rota, apretando la almohada contra su rostro.

 

Amarlo nunca había dolido tanto.



_______________



Sawada corría con desesperación por las calles, sintiendo cómo el pecho se le comprimía por la falta de aire. Nunca había sido bueno para el ejercicio; se agotaba con facilidad. Aun así, algo dentro de él le gritaba que no debía detenerse, que necesitaba huir de esa situación antes de que las cosas se complicaran más, antes de que cruzara un punto sin retorno.

 

Ni siquiera supo de dónde sacó fuerzas para recorrer todo ese trayecto, pero lo importante era que, al final, logró divisar a sus amigos a lo lejos. Sin pensarlo dos veces, aceleró el paso y se unió al grupo, intentando aparentar normalidad.

 

Yamamoto fue el primero en notarlo.

 

—Tsuna, ¿dónde te metiste todo este tiempo? —preguntó el pelinegro, mirándolo con evidente confusión.

 

—¿Cómo se te ocurre desaparecer así? —añadió Reborn, que estaba cómodamente sentado sobre uno de los hombros de Takeshi.

 

—No desaparecí… —respondió Tsuna entre jadeos, intentando recuperar el aliento—. Solo me quedé hablando un rato con Gokudera.

 

—Ajá… —murmuró Yamamoto—. ¿Y dónde está Gokudera ahora?

 

Tsuna desvió la mirada, incómodo.

 

—No lo sé. Supongo que… se fue a su casa.

 

Reborn le lanzó una mirada penetrante, de esas que parecían atravesarlo. Sin decir nada más, saltó del hombro de Yamamoto y cayó directamente sobre la cabeza de Tsuna.

 

—¡Oye! —se quejó el castaño, llevándose una mano a la cabeza—. ¡Avisar no cuesta nada!

 

Antes de que pudiera protestar más, Reborn habló con su tono habitual:

 

—La próxima vez avisa si vas a desaparecer. No pienso perder mi tiempo buscándote.

 

—Qué considerado… —murmuró Tsuna, ligeramente irritado.

 

Yamamoto soltó una risa despreocupada.

 

—A veces puedes ser bastante duro, chiquitín —comentó, dirigiéndose a Reborn.

 

Mientras tanto, Tsunayoshi volvió a perderse en sus pensamientos. Por más que lo intentaba, no lograba borrar de su mente lo ocurrido hacía unos minutos. El recuerdo del beso regresaba una y otra vez, nítido, insistente. Aún podía sentir la presión de los labios de Hayato contra los suyos.

 

Le resultaba incómodo… y al mismo tiempo no del todo desagradable.

 

Eso era lo que más lo confundía.

 

No entendía por qué su cuerpo había reaccionado así, por qué no se apartó de inmediato. ¿Había sido solo el momento? ¿O algo más que no se atrevía a nombrar?

 

Solo deseaba que el día terminara pronto, llegar a casa y tratar de olvidar todo. Tal vez, con algo de suerte, al día siguiente ese recuerdo se volvería borroso.

 

Aunque, pensándolo bien, había esperado con ilusión pasar el festival junto a Gokudera. Los fuegos artificiales, la noche, caminar juntos…

 

Ahora todo eso parecía haberse desmoronado.

 

—Tsuna, ¿estás bien? —preguntó Yamamoto al notar su expresión ausente.

 

—Sí, no te preocupes —respondió de inmediato, forzando una pequeña sonrisa—. Estoy bien.

 

—Es que ya casi llegamos —continuó Takeshi—, y no quiero que tengas esa cara todo el día. Vinimos a divertirnos, ¿no?

 

Tsuna asintió lentamente.

 

Estaba a punto de responder cuando una voz estruendosa retumbó a su lado.

 

—¡Vamos, Sawada! ¡Es hora de divertirse al extremo! —gritó Ryohei, apretando los puños con entusiasmo desbordante.

 

El castaño no pudo evitar sonrojarse un poco ante tanta energía.

 

—S-sí… claro —murmuró.

 

Intentó concentrarse, dejar de pensar en lo ocurrido, pero sus ojos se desviaron sin querer, recorriendo el camino detrás de ellos.

 

Como si, en el fondo, esperara verlo aparecer.



_______________



El grupo finalmente llegó al festival y no tardó en sumergirse en el ambiente festivo. Las luces, la música y el aroma de la comida llenaban el aire. Recorrieron varios puestos, comprando un poco de todo para probar. Quienes más disfrutaron fueron, sin duda, los niños. Lambo e I-Pin exigían probar absolutamente cada cosa que veían, aunque, siendo honestos, Lambo era quien más escándalo hacía.

 

La señora Sawada, junto a Fuuta y Reborn, también se tomaron su tiempo para recorrer la feria con calma.

Kyoko y Haru no se quedaron atrás, emocionadas por distraerse disfrutando de visitar todos los puestos de comida y los pequeños juegos tradicionales.

 

Yamamoto y Ryohei, por su parte, fueron directamente a los juegos típicos del festival, compitiendo entre risas para ver quién demostraba ser el mejor.

 

Tsunayoshi los acompañó… o, más bien, lo arrastraron con ellos.

 

Ahora se encontraba observando cómo Ryohei desafiaba a Yamamoto en un sencillo pero intenso juego de atrapar peces.

 

—¡Vamos, Yamamoto! ¡Ni se te ocurra echarte para atrás! —gritó Sasagawa con energía desbordante.

 

—No pensaba hacerlo —respondió Takeshi entre risas.

 

Sin embargo, su expresión cambió al notar que Tsuna volvía a perderse en sus pensamientos. Sin dudarlo, se acercó y dejó una mano sobre su hombro, logrando que reaccionara.

 

Tsuna alzó la vista, algo sorprendido por el gesto.

 

—Otra vez estás distraído. ¿Todo bien, amigo? —preguntó Yamamoto con tono sincero.

 

El castaño asintió rápidamente.

 

—Sí… ya te dije que estoy bien —murmuró.

 

—Es que desde que regresaste de hablar con Gokudera estás así —insistió el pelinegro—. ¿Pasó algo?

 

Tsuna negó una vez más.

 

—De verdad, no pasa nada. No tienes por qué preocuparte —suspiró—. Disfruta del festival con los demás… yo necesito estar solo un momento.

 

Y, sin dar lugar a más preguntas, se alejó.

 

Yamamoto no lo detuvo. Sabía cuándo insistir… y cuándo no. Estaba claro que algo había ocurrido con Gokudera, pero Tsuna no quería hablar de ello.

 

—¿Qué le pasa a Sawada? —preguntó Ryohei de repente, observándolo marcharse.

 

—Eso me gustaría saber a mí también —respondió Yamamoto.

 

—¿No deberíamos seguirlo? No parece estar bien.

 

—No serviría de mucho —negó Takeshi—. Está decidido a guardárselo.

 

Ryohei frunció el ceño.

 

—¡Se supone que hoy nos divertiríamos al extremo! Sin Sawada no es lo mismo… y el cabeza de pulpo también hace falta.

 

Yamamoto suspiró y miró a su amigo.

 

—Oye, Ryohei, ¿puede esperar la competencia un rato? Iré tras Tsuna. No me gusta verlo así.

 

Sasagawa asintió y levantó el pulgar con una sonrisa.

 

—¡Anímalo! ¡Necesito que regrese el Sawada que conozco!

 

Takeshi sonrió y se alejó siguiendo el camino por el que Tsuna había desaparecido.

 

Tras caminar unos minutos por una zona más tranquila de la feria, una idea cruzó su mente.

 

El santuario Namimori…

 

Era el lugar perfecto para estar solo.

 

Subió las escaleras con calma y, tal como sospechaba, ahí estaba Tsuna, sentado en uno de los escalones, con la mirada perdida.

 

Tsunayoshi notó su presencia casi de inmediato y se levantó.

 

—Yamamoto… ¿qué haces aquí? Te dije que estaba bien —se apresuró a decir.

 

—No mientas —respondió Takeshi con suavidad—. Pasó algo y lo sabes. ¿Por qué no quieres decírmelo? Somos amigos.

 

El castaño dudó. Ver la preocupación genuina en el rostro de Yamamoto le pesó más de lo que esperaba.

 

—Pasó algo con Gokudera… —murmuró, arrepintiéndose casi al instante.

 

—¿Pelearon? —preguntó el pelinegro.

 

—Algo así… creo —respondió Tsuna, sin saber cómo explicarlo.

 

—No tienes que darme detalles —dijo Yamamoto—. Ya sé cómo es Gokudera. Puede ser difícil, temperamental… complicado de tratar.

 

—No es eso… —negó Tsuna.

 

—Pero tú puedes con él —lo interrumpió Takeshi—. Eres el único que logra mantenerlo a raya. Yo sé que él te admira más de lo que demuestra.

 

Tsunayoshi bajó la mirada.

 

—Lo sé… solo que ahora, por mi culpa, todo se siente tan difícil. No debí huir de esa manera…

 

Yamamoto no entendió del todo, pero habló con honestidad:

 

—Si te arrepientes, lo mejor es que vayas a verlo. No quiero que dos de mis amigos terminen distanciados para siempre.

 

—Pero… los fuegos artificiales están por comenzar —susurró Tsuna, alzando la vista hacia el cielo.

 

—Precisamente por eso —respondió Takeshi—. No pierdas tiempo. Ve por él. ¿No querías verlos con Gokudera?

 

—Sí… quería verlos con él —admitió en voz baja, antes de mirarlo sorprendido—. Espera… ¿cómo sabes eso? Yo no te lo dije.

 

Yamamoto soltó una risa nerviosa.

 

—Eso es lo de menos —dijo, colocándole las manos en los hombros y empujándolo suavemente—. Anda, ¿qué esperas?

 

Sawada apenas logró mantener el equilibrio antes de echar a correr.

 

—¡Dile a los demás que no tardaré! —gritó mientras bajaba las escaleras.

 

Yamamoto se quedó solo en el santuario.

 

—Uf… casi se da cuenta —murmuró, aliviado—. Ese bebé me va a meter en problemas algún día…



_______________



Tsuna no sabía exactamente qué diría cuando se encontrara cara a cara con Hayato, pero había algo que tenía muy claro: existía una promesa que debía cumplir.

 

Le tomó más tiempo del que había imaginado recorrer las calles hasta llegar al lugar donde vivía Gokudera. En su defensa, rara vez lo visitaba y no conocía bien el camino; casi siempre pasaban el tiempo en casa del castaño.

 

Después de dar varias vueltas y perderse por un par de calles, finalmente dio con lo que creyó que era la dirección correcta.

La realidad no tardó en golpearlo: Gokudera alquilaba una habitación. No había timbre que tocar ni una puerta que le garantizara ser recibido por él.

 

No quería hacerlo. Su dignidad se lo pedía a gritos. Aun así, respiró hondo, apretó los puños y, venciendo la vergüenza, alzó la voz:

 

—¡Gokudera!

 

El sonido resonó más fuerte de lo que esperaba. Sintió el rostro arder mientras levantaba la mirada hacia las ventanas del edificio, aguardando una respuesta que quizás nunca llegaría. Las probabilidades eran bajas, lo sabía, pero no podía irse sin intentarlo.

 

En el interior, el de cabello grisáceo descansaba boca arriba sobre la cama cuando aquella voz atravesó el aire como un golpe seco.

 

No podía equivocarse.

 

Era Tsunayoshi Sawada.

 

Se incorporó de inmediato y cruzó la habitación hasta la ventana, abriéndola de golpe. El viento nocturno le azotó el rostro. Bajó la vista… y ahí estaba Tsuna, solo, frente al edificio.

 

“¿El Décimo vino a buscarme?”

 

“¿No debería estar con los demás, disfrutando del festival?”

 

El corazón le dio un vuelco. Cerró la ventana con rapidez, como si el simple hecho de mirarlo fuera peligroso. Dudó. Permaneció inmóvil apenas unos segundos antes de aceptar lo inevitable.

 

No podía dejarlo esperando ahí abajo.

 

Salió de su habitación y descendió las escaleras con paso apurado. Abrió la puerta y salió.

 

Sawada levantó la cabeza al verlo y se acercó casi de inmediato.

 

—Décimo… ¿qué está haciendo aquí? —preguntó Hayato, conteniendo lo que le temblaba en la voz.

 

El contrario suspiró, visiblemente nervioso. No había planeado qué decir.

 

—Gokudera… fui un imbécil —confesó sin rodeos—. Perdóname. No debí irme así. Yo… —se detuvo, pero Hayato lo interrumpió.

 

—No tiene por qué disculparse, jefe. No es necesario —respondió Gokudera con frialdad—. Ese beso no debió ocurrir. 

 

—¿De verdad piensas eso…? —murmuró, bajando la mirada.

 

Hayato se tensó.

 

¿Por qué sonaba tan herido?

 

—Décimo… no quiero hablar de ese tema —susurró, evitando sus ojos.

 

—Pero yo sí —replicó Tsuna, respirando hondo—. Quiero disculparme por haberte dejado sin una explicación. Sé que mi reacción hizo parecer que no lo deseaba… pero no es verdad.

 

Hizo una pausa, reuniendo fuerzas.

 

—Yo.. lo disfruté —admitió en voz baja, completamente avergonzado.

 

Gokudera se quedó inmóvil.

 

El mundo pareció detenerse.

 

—Yo no vine para pelear —prosiguió Tsunayoshi con sinceridad—. Vine porque no soporto esta distancia. Porque no quiero perderte por algo que ni siquiera fui capaz de decir.

 

—Décimo… —murmuró Hayato, dando un paso al frente.

 

Tomó su rostro entre las manos, sintiendo el calor de su piel. El castaño alzó la vista, encontrándose con esa mirada intensa.

 

—Perdóname —susurró—. Hoy quería estar contigo. Ver los fuegos artificiales a tu lado… no con nadie más.

 

No hubo más palabras.

 

El de cabello grisáceo acercó su rostro y lo besó.

 

No fue suave ni contenido. Fue urgente, cargado de todo lo que había reprimido. Sus labios se encontraron con fuerza, y Tsuna dejó escapar un jadeo ahogado antes de corresponderle. Gokudera presionó un poco más, inclinando el rostro, profundizando el contacto.

 

Tsunayoshi entreabrió la boca sin pensarlo, permitiéndole el paso. La lengua de Hayato se deslizó con decisión, reclamándolo. El beso se volvió más lento, más profundo, marcado por respiraciones entrecortadas y un calor que no dejaba de crecer.

 

Sawada se aferró a su ropa, respondiendo torpemente pero con necesidad, siguiendo el ritmo, dejándose llevar.

 

Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad.

 

Y por primera vez esa noche, supieron que ya no había marcha atrás.



_______________



Ninguno de los dos sabía en qué momento todo había escalado de esa manera. Se suponía que debían hablar, aclarar malentendidos, disculparse… y luego regresar con el resto del grupo como si nada hubiera pasado.

 

Y, sin embargo, ahí estaban, entrando a trompicones en la habitación del de cabello grisáceo. 

 

Apenas lograron cerrar la puerta tras ellos antes de volver a chocar el uno contra el otro. Hayato no perdió tiempo: sus labios reclamaron los del castaño con una urgencia que no dejaba espacio para dudas. Mordió suavemente su labio inferior, arrancándole un jadeo involuntario, aprovechando la reacción para profundizar el beso, su lengua colándose con descaro. 

 

Para Tsunayoshi aquello era abrumador. No sabía dónde colocar las manos ni cómo responder del todo, así que se aferró a la ropa ajena, dejándose guiar, permitiendo que el otro marcara el ritmo mientras su respiración se volvía errática.

 

Tras unos segundos, Gokudera se separó apenas lo suficiente para recuperar el aire. Se detuvo a observarlo: el rostro sonrojado, los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando con dificultad. La imagen le provocó un nudo en el estómago.

 

Con cuidado, apartó el flequillo de su frente y depositó un beso suave allí, gesto que solo consiguió intensificar el rubor del castaño. 

 

Aún mareado por el beso anterior, Tsuna no dudó en acercarse otra vez, buscando sus labios con timidez. Esta vez el contacto fue distinto: más lento. Rodeó el cuello del contrario con ambos brazos, acercándose en busca de mayor contacto, mientras unas manos firmes se posaban en su cintura, atrayéndolo sin esfuerzo.

 

Una de ellas se deslizó bajo la camiseta, encontrando piel tibia. Gokudera jadeó contra su boca, consciente de lo peligroso que se volvía aquello. Sawada respondió con un gemido ahogado que rompió el beso.

 

De inmediato, la mano se retiró.

 

—Lo siento… Décimo. No quise… —susurró, aún cerca de sus labios.

 

El castaño no respondió. Su mirada vagó por la habitación hasta detenerse en la cama. No hizo falta decir nada más.

 

Las manos se entrelazaron y, con cuidado, fueron hasta allí. Tsunayoshi se sentó en el borde, mientras el otro ocupaba el espacio a su lado. El silencio se volvió denso; ninguno sabía qué hacer a continuación, aunque tampoco parecía importarles demasiado.

 

—Décimo… yo… —intentó decir Gokudera, sin saber cómo continuar.

 

—Acuéstate —pidió Tsuna en voz baja, jugueteando con las mangas de su ropa.

 

Obedeció sin cuestionar. Se deshizo de los zapatos y se recostó, dejando la cabeza sobre las almohadas. Al verlo tan quieto, Sawada no pudo evitar soltar una pequeña risa nerviosa.

 

—No tienes que ponerte tan tenso… —murmuró mientras se acercaba.

 

El otro asintió despacio, atento a cada movimiento. No esperó que el Décimo se sentara sobre su regazo con tanto cuidado, apoyando las manos en su pecho para mantenerse estable.

 

Gokudera sintió que el alma se le escapaba. El calor le subió al rostro sin remedio.

 

Al encontrarse con su expresión completamente encendida, Tsuna también se avergonzó.

 

—Creo que esto fue una mala idea… —susurró, intentando apartarse.

 

Un par de manos lo detuvieron al instante, presionando sus caderas hacia abajo y obligándolo a quedarse. El jadeo que escapó de sus labios fue inmediato.

 

Al darse cuenta, Hayato se apartó con rapidez.

 

—¡Perdóneme, Décimo! Yo no quería… —balbuceó, nervioso.

 

—No —negó Tsuna—. Está bien. Vuelve a ponerlas ahí…

 

La petición fue suficiente.

 

Tomó aire antes de inclinarse para besarlo otra vez. El contacto fue aceptado sin reservas. Esta vez, Tsuna comenzó a moverse con lentitud, buscando fricción, provocando un gemido que fue silenciado de inmediato por el beso.

 

La tensión aumentó. Hayato podía sentir cómo su cuerpo reaccionaba, incómodo y expuesto bajo la ropa. Asustado por no saber cómo seguir, rompió el beso y giró el rostro.

 

—Décimo… no creo que sea buena idea continuar. Además, deberíamos estar en el festival… —murmuró.

 

—¿No quieres esto? —preguntó el otro, confundido.

 

—Claro que quiero —admitió—. Solo… no sé qué se supone que debo hacer para hacerlo sentir bien.

 

—¿Y qué te hace pensar que yo sí lo sé? —rió con nerviosismo.

 

—Parecía saberlo…

 

La risa que escapó de Sawada fue inevitable.

 

—En serio, estoy tan perdido como tú.

 

Eso bastó para que ambos se relajaran un poco. Tsunayoshi se movió de nuevo sobre su regazo, arrancándole otro gemido. Lejos de detenerse, continuó, buscando alivio en el roce, aunque supiera que no lo encontraría del todo.

 

El de cabello grisáceo respondió instintivamente, acompañando el movimiento, disfrutándolo. 

 

—¿Se siente bien? —preguntó el castaño, buscando una confirmación tímida.

 

—Mmh… sí, se siente bien —respondió el otro entre jadeos suaves.

 

Una sonrisa apareció en el rostro de Tsunayoshi, inevitablemente. Continuó moviendo las caderas con cuidado, hasta que se detuvo de golpe. El cambio abrupto desconcertó a Hayato, quien estuvo a punto de protestar cuando sintió unas manos descender con intención de desabrocharle el pantalón.

 

Reaccionó de inmediato, sujetando las muñecas ajenas para apartarlas.

 

—¡¿Décimo?! ¿Qué se supone que está haciendo? —exclamó, alarmado y rojo hasta las orejas.

 

Sawada lo miró sin comprender del todo su reacción.

 

—Pensé… ayudar —admitió—. No quise incomodarte.

 

La vergüenza atravesó al contrario como una descarga. Apartó las manos con cuidado.

 

—No es eso —dijo rápido—. Es solo que… no así. No todavía.

 

Tsuna guardó silencio, observándolo con atención, sin rastro de burla ni impaciencia. Eso fue lo que terminó de desarmarlo.

 

—Yo quiero hacerlo bien —confesó Gokudera al fin—. No quiero apresurar nada ni arruinarlo. Si algún día pasa… quiero que sea porque ambos lo deseamos de verdad. No por impulso.

 

Algo en el pecho de Tsuna se apretó. Una risa nerviosa escapó de sus labios, no por diversión, sino por lo abrumado que se sentía.

 

—Está bien —dijo—. Gracias por decírmelo.

 

Se quedaron mirándose, el silencio pesado pero sincero.

 

—Entonces… —añadió Tsuna, dudando— ¿podemos quedarnos así? ¿Besarnos?

Gokudera asintió sin pensarlo.

 

—Todo el tiempo que usted quiera.

 

El beso que siguió fue distinto. Más lento. No hubo prisa, solo cercanía, respiraciones que se mezclaban. 

 

Un estruendo los sobresaltó.

La habitación se iluminó por un instante con destellos de colores.

Los fuegos artificiales.

 

Hayato se separó y giró hacia la ventana.

 

—Ya empezaron… —susurró—. Los esperé todo el día.

 

La culpa cayó sobre Tsunayoshi con fuerza.

 

—Lo siento —dijo—. Arruiné el plan.

 

Gokudera negó y se acercó para dejarle un beso corto, tranquilo, en los labios.

 

—Aún podemos verlos —dijo intentando animarlo mientras lo ayudaba a bajar de su regazo.

 

Abrió la ventana. El aire nocturno entró de golpe, acompañado de destellos de colores que iluminaban el cielo entre edificios.

Tsuna se acercó a su lado. Ambos observaron en silencio.

 

—No es la mejor vista… pero se alcanzan a ver —comentó en voz baja.

 

Un nuevo estallido iluminó la noche. El castaño se quedó admirando el espectáculo antes de girar el rostro. Su acompañante observaba el cielo con una expresión tranquila, casi feliz.

 

—Décimo… gracias —susurró sin apartar la mirada—. Me hace la persona más feliz del mundo.

 

El corazón de Sawada latió con fuerza, sincronizado con la explosión de un fuego artificial que pintó el cielo de colores.

 

—Gracias a ti —respondió con honestidad—. Por quedarte. Por cuidarme. Por amarme incluso más de lo que yo sé hacerlo.

 

No hicieron falta más palabras.

Cumplieron su promesa, aunque fuera desde una ventana.

 

—¡Maldita sea! —exclamó de pronto Tsuna—. Dejé a los chicos solos en el festival. ¡Dije que volvería!

 

Gokudera parpadeó, sobresaltado por el repentino grito.

 

—Aún podemos alcanzarlos si eso desea —afirmó con decisión.

 

El castaño asintió y fue por sus zapatos. El otro lo imitó.

 

Antes de salir, Tsuna lo recorrió de pies a cabeza con la mirada.

 

—¿Qué sucede? —preguntó, confundido.

 

—Nada —respondió con descaro—. Solo me aseguro de que no salgas a la calle con una erección.

 

El rostro ajeno se encendió por completo.

 

—¡Jefe! —protestó.

 

La risa fue inevitable. Tsuna tomó su mano, entrelazando los dedos.

 

—¡Vamos! —dijo mientras abría la puerta—. O el resto nos mata.

 

Bajaron las escaleras a toda prisa.

 

—¡No tan rápido! —advirtió Gokudera—. No vaya a lastimarse.

 

—¡No hay tiempo para ir despacio! —bromeó.

 

Y así, tomados de la mano, corrieron por las calles de Namimori.

Dos enamorados torpes, sin saber muy bien qué hacer con lo que sentían, avanzando bajo un cielo iluminado, con el sonido lejano de los fuegos artificiales acompañándolos.

 

 

 

 

Notes:

Si llegaste hasta acá te lo agradezco.
Gracias por tomarte el tiempo de leer esto jeje. 💗