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Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-01-09
Completed:
2026-02-03
Words:
58,749
Chapters:
21/21
Kudos:
13
Bookmarks:
1
Hits:
273

𝐁𝐀𝐂𝐊 𝐓𝐎 𝐅𝐑𝐈𝐄𝐍𝐃𝐒 | 𝐁𝐘𝐋𝐄𝐑 𝐅𝐀𝐍𝐅𝐈𝐂𝐓𝐈𝐎𝐍

Summary:

Una noche de alcohol y confesiones borrosas cambia todo entre Mike y Will.

Ahora, atrapados entre el recuerdo de lo que compartieron y la realidad de lo que Mike tiene con Jane, ambos intentan desesperadamente volver a ser solo amigos.

Pero, ¿cómo se vuelve al punto de partida cuando ya se cruzó la línea?

Chapter 1: The mask of dawn.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Hawkins en invierno tenía un silencio particular, un manto frío y callado que envolvía cada calle, cada casa, cada secreto. Pero en el dormitorio de Mike, el silencio era distinto: era pesado, cargado, roto solo por el zumbido estático de la línea telefónica que colgaba de su mano.

"No entiendes, Mike. No es suficiente." La voz de Jane, clara y firme incluso a través del auricular, le atravesó como un cristal. No gritaban. Eso era lo peor. Los gritos implicaban pasión, implicaban que aún les importaba lo suficiente para gastar el aire. Esto era un desgaste lento, una erosión.

"¿Qué más quieres que haga?" Preguntó, intentando que su voz no sonara a derrota. Ya lo era.

"Quiero que estés. No solo tu cuerpo cuando no hay nada mejor que hacer. Quiero tu cabeza aquí, conmigo. No siempre... en otra parte."

Mike cerró los ojos, apoyando la frente contra la pared fría de su habitación. Sabía a qué 'otra parte' se refería. A los juegos de mesa en el sótano de Will, a las largas sesiones de dibujo, a las conversaciones interminables sobre todo y nada en el porche de los Byers.

A Will.

"Will es mi mejor amigo, Jane. Eso no va a cambiar."

Un suspiro largo, cansado, viajó por la línea. "Yo sé. Y no te pido que cambie. Solo te pido que encuentres un balance. Pero últimamente... siento que estoy compitiendo. Y no quiero competir por mi propio novio."

La palabra 'novio' sonó hueca, un título vacante.

"No es una competencia", murmuró Mike, pero las palabras se le atoraron en la garganta. ¿Y si lo era? ¿Y si, en algún lugar recóndito de su mente que ni siquiera se atrevía a iluminar, había empezado a sopesar momentos, a comparar comodidades.

La discusión derivó en más silencios elocuentes que en palabras, hasta que Jane, con una dulzura triste que a Mike le partió el pecho, dijo: "Necesitamos un tiempo, Michael. Un tiempo para pensar."

El clic de la línea cortándose fue el sonido más definitivo que había escuchado en sus diecisiete años.

Mike dejó el teléfono en la base, descolgado. La habitación, adornada con posters de películas de ciencia ficción y estantes llenos de libros, de repente le pareció una cárcel de su propia adolescencia confusa. Necesitaba salir. Necesitaba no pensar.

La llamada a Will fue automática, un reflejo muscular grabado desde la infancia. "¿Puedes hablar?" Su voz sonó ronca.

"Claro. ¿Todo bien?" La voz de Will, siempre suave, llena de una preocupación instantánea que a Mike le provocó un nudo en el estómago.

"No. Pero iré a tu casa ahora."

La casa de los Byers, más acogedora, más desordenada, siempre había sido un santuario. Will estaba en el sofá, con un cuaderno de dibujo en el regazo. Sus ojos, grandes y sinceros, escudriñaron el rostro de Mike al instante.

"¿Jane?" Preguntó, sin rodeos. Will siempre lo veía todo.

Mike asintió, desplomándose en el sofá a su lado. "Tiempo. Necesitamos un tiempo", repitió la frase como si no entendiera su significado.

Will no dijo "Lo siento" ni ofreció soluciones fáciles. Simplemente dejó a un lado su cuaderno y preguntó: "¿Qué necesitas?"

"Olvidar", suspira "Por una noche."

Una sombra cruzó el rostro de Will, pero asintió. "Llamemos a Dustin y Lucas. Salgamos. Como antes."

"Como antes", repitió Mike, anhelando la simplicidad de esos 'antes', cuando sus problemas se resolvían con dados de veinte caras y botellas de refresco.

El lugar de la salida fue idea de Dustin: un bar nuevo en las afueras de Hawkins, uno que no pedía demasiadas identificaciones. El aire estaba cargado de humo y música pop. Mike, con una rabia sorda y un dolor confuso, bebió como si cada trago pudiera lavar la conversación con Jane. Bebió para ahogar la culpa de un alivio extraño que se filtraba bajo la tristeza. Bebió para no mirar a Will, que, a su lado, bebía más lento, pero con una determinación silenciosa.

Will bebía por otras razones. Bebía por el tono de voz de Mike cuando hablaba de Jane, un tono que ya no era de pura devoción. Bebía por la proximidad del hombro de Mike contra el suyo en la barra. Bebía para silenciar el eco de un sentimiento que había llevado consigo desde los doce años, un eco que se había convertido en un latido constante y apagado.

Un latido llamado Mike.

Las risas fueron forzadas al principio, anécdotas de la escuela, planes para el verano. Pero a medida que las botellas se vaciaban, las máscaras se resquebrajaban. Lucas y Dustin, percibiendo la tormenta emocional entre sus dos amigos, intercambiaron miradas cómplices.

Cuando Mike empezó a tambalearse y Will a hablar con una rara franqueza melancólica, decidieron intervenir.

"Se acabó. Los llevamos a casa", declaró Lucas.

"A casa no", masculló Mike, agitando la cabeza. "No... no puedo ver a mis padres ahora."

"Mi casa está lejos", dijo Will, sus palabras un poco pastosas.

Dustin frotó su mentón, pensando rápido. "Motel. El Motel Pine, en la carretera. Diremos que es una pijamada en mi casa. Nadie se preocupará."

El viaje en el auto de Lucas (que fue tomado 'prestado' de su madre) fue un borrón. Will miraba por la ventana, la cabeza apoyada en el vidrio frío, viendo las luces de Hawkins desfilar como estrellas fugaces. Mike, a su lado, tenía los ojos cerrados, pero no dormía. Una tensión palpable los envolvía.

La habitación del motel era anónima y lúgubre: dos camas dobles, paredes de madera oscura, una alfombra descolorida. Dustin y Lucas los dejaron caer en una de las camas, casi uno encima del otro.

"Mañana vendremos por ustedes. No hagan locuras", dijo Dustin con una sonrisa forzada, cerrando la puerta tras de sí.

El silencio que quedó fue absoluto y ensordecedor. Will se sentó en el borde de la cama, la cabeza dándole vueltas. Mike se quedó de pie, mirando la pared, su perfil tenso contra la tenue luz de la lámpara de noche.

"Es mi culpa", dijo Will de repente, la voz quebrada por el alcohol y la emoción.

Mike se volvió, desconcertado. "¿Qué? No. Es cosa mía y de Jane."

Will negó con la cabeza, valiente solo por el vodka. "No. No solo eso. Yo... yo te distraigo. Soy el problema."

"Will, no hables tonterías", dijo Mike, acercándose. Su sombra cayó sobre Will.

"No son tonterías", insistió Will, alzando la vista. Sus ojos brillaban con una humedad sospechosa. "Porque yo..." Tragó saliva. "Yo a veces pienso que... que..."

La frase quedó suspendida en el aire cargado entre ellos. Mike lo miró, y en la borrosa neblina del alcohol, vio algo que siempre había estado allí, justo debajo de la superficie de cada sonrisa, cada mirada, cada momento de silencio compartido. Vio la verdad que él mismo había estado negando, la verdad que había envenenado sin querer su relación con Jane.

Y en ese momento, un cóctel de confusión, de rabia hacia la situación, de un doloroso deseo de sentirse conectado a algo real, y de algo más profundo y antiguo que no se atrevía a nombrar, lo impulsó hacia adelante.

No dijo una palabra. Simplemente inclinó la cabeza y lo hizo.

Besó a Will.

Fue un beso torpe, chocando de dientes al principio, salado por el rastro de una lágrima que Will no pudo contener. Y luego, algo se rompió. O quizás, algo por fin encajó. Will respondió con una desesperación contenida durante años, sus manos aferrándose a la chaqueta de Mike como a un salvavidas. Mike, por su parte, se hundió en esa sensación de pertenencia pura, de un hogar que no tenía que buscar porque siempre había estado ahí, en los ojos verdes de su mejor amigo.

La lógica, las promesas, el mundo exterior, todo se desvaneció. Solo quedó la cama estrecha del motel, las sábanas ásperas, y el calor de dos cuerpos que, en medio de la oscuridad y la confusión, encontraron una forma de comunicación que las palabras nunca les habían permitido.

Fue dulce. Fue desgarrador. Fue un error monumental.

Y para cuando el primer rayo del amanecer filtró su luz grisácea a través de las persianas, nada, absolutamente nada, volvería a ser igual.

 

[. . .]

 

Un martilleo sordo y persistente, como si un duendecillo con botas de montaña estuviera escalando por sus sienes, fue lo primero que notó Will al despertar. Luego, una sequedad bucal que rivalizaba con el desierto de Sahara. Y después, un peso. Un calor familiar y, a la vez, completamente ajeno a su lado.

Abrió los ojos con esfuerzo, las pestañas pegadas. El techo blanquecino y agrietado del lugar desconocido en el que se encontraba se enfocó lentamente. Un techo que no era el suyo. La memoria regresó en fragmentos dolorosos y nítidos: la llamada de Mike, su rostro descompuesto, el bar, los tragos que pasaron de ser un consuelo a un desafío, la habitación del Motel Pine, la sombra de Mike sobre él, la confesión que casi sale de sus labios y...

El beso.

Will contuvo la respiración. Giró la cabeza, un movimiento que provocó una nueva ola de náuseas. Allí, dormido profundamente, estaba Mike. De perfil, con su pelo negro revuelto sobre la almohada, la boca entreabierta. Su brazo estaba extendido sobre el colchón, los dedos a centímetros del hombro desnudo de Will.

Will miró hacia abajo. Él también estaba sin camisa. Los pantalones, aunque abotonados, estaban arrugados y torcidos. Fragmentos de la noche anterior estallaron en su mente con una claridad aterradora: manos buscando piel, jadeos entrecortados en la oscuridad, murmullos sin sentido, la sensación abrumadora de Mike, de Mike en todas partes, de Mike siendo suyo por primera y única vez.

Un violento escalofrío lo recorrió, mezcla de terror, vergüenza y un regusto amargo de culpa que le quemó la garganta. ¿Qué hicimos? La pregunta resonó en su cráneo, amplificada por el latir de su resaca. ¿Qué me dejé hacer? ¿Qué le hice hacer a él?

Con extremo cuidado, como si estuviera hecho de cristal, Will se deslizó fuera de la cama. Las sábanas, frías ahora donde antes había calor, se le enredaron en los pies. Buscó a tientas su camisa, tirada en el suelo junto a los zapatos de Mike. Al ponérsela, el olor a motel y alcohol barato se mezcló con otro olor, más íntimo y perturbador: el olor de Mike, impregnado en la tela, en su piel.

Mike murmuró algo en sueños, dio media vuelta y hundió su rostro en la almohada que Will acababa de abandonar. Will se quedó paralizado, observándolo. En la palidez del amanecer, Mike parecía más joven, vulnerable. El corazón de Will se estrujó con una fuerza dolorosa. Lo amaba. Dios, lo amaba desde que tenía uso de razón. Pero este... este no era el plan. Este no era el amor puro y silencioso que guardaba en su diario, en sus dibujos. Esto era un desastre. Esto era traicionar a Jane, a su amistad, a todo lo que Mike significaba para él.

Tenía que irse. Tenía que poner distancia antes de que Mike despertara y tuvieran que enfrentar esto. No podría soportar ver el horror, el arrepentimiento, en los ojos de su mejor amigo. Prefería mil veces la mentira, el retorno forzado a la normalidad, antes que perderlo por completo.

Recogió sus zapatos y caminó de puntillas hacia la puerta. Al pasar frente al pequeño espejo del armario, se vio por un segundo: pálido, ojeroso, el pelo alborotado, los labios ligeramente hinchados. Se apartó rápidamente. No quería ver la evidencia.

El picaporte de la puerta chirrió al girarlo. Will se tensó, mirando hacia la cama. Mike no se movió. Respiró aliviado y salió al corredor exterior del motel. El aire matutino, frío y cortante como una cuchilla, lo golpeó de lleno, despejando un poco la neblina de su cabeza pero agudizando el dolor.

Caminó sin rumbo, con los zapatos en la mano, por el estacionamiento vacío. El asfalto estaba húmedo de rocío. ¿Qué hora era? ¿Cómo volvería a casa? No tenía dinero para un taxi. Se sentó en el bordillo, enterró el rostro en sus manos y dejó que el pánico lo inundara.

Había arruinado todo.

En una sola noche de estupidez, había convertido el refugio más seguro de su vida en un campo minado.

 

[. . .]

 

El sonido de una puerta cerrándose de golpe lo hizo levantar la cabeza. Mike estaba en la puerta de la habitación, descalzo, con la camisa arrugada y abierta, el pelo en un estado de caos absoluto. Sus ojos, inyectados en sangre, escanearon el estacionamiento hasta encontrarlo. Una mezcla indescifrable de emociones cruzó su rostro: confusión, resaca, y algo más, algo profundo y desconcertado.

"Will", dijo, y su voz sonó áspera, como papel de lija. "¿Qué haces ahí?"

Will no supo qué responder. Se puso de pie, sintiéndose ridículo y expuesto. "Nada. Solo... aire."

Mike lo miró, y Will vio el momento exacto en que los recuerdos de la noche anterior encajaban en su mente. Sus ojos se abrieron ligeramente, la mandíbula se tensó. Miró hacia atrás, a la habitación, luego a Will, luego a sus propias manos, como si no las reconociera.

"Oh", fue todo lo que Mike dijo. La palabra, simple y cargada, se colgó en el aire frío entre ellos.

"Mike, yo..." Will empezó, pero las palabras se le atascaron. ¿Qué podía decir? 'Lo siento' no cubría la magnitud del error. 'Fue un accidente' era una mentira cobarde. 'Yo te quiero' era la verdad que ahora mismo era un veneno.

"Entra", dijo Mike finalmente, su tono inexpresivo. "Estás temblando."

Will obedeció, pasando junto a él para volver a la habitación. El espacio parecía más pequeño ahora, más cargado. La cama deshecha era un monumento a su locura. Will evitó mirarla.

Mike cerró la puerta y se apoyó en ella, cruzando los brazos. Una pose defensiva. "Bueno", comenzó, aspirando hondo. "Eso... pasó."

Will asintió, mirando fijamente el patrón de la alfombra. "Sí."

"Estábamos... muy borrachos."

"Muy borrachos", repitió Will, como un eco. Era la salida más fácil, el salvavidas que le tendían. Lo agarró con ambas manos. "No debería... no debí decir esas cosas. Y tú... estabas alterado por Jane. No sabías lo que hacías."

Un breve silencio. Demasiado breve. "No", dijo Mike, pero su voz no tenía mucha convicción. Luego, más firme: "No. Claro que no."

Will se atrevió a mirarlo. Mike estaba observando la cama, su expresión era un enigma. ¿Había dolor allí? ¿Asco? ¿O algo que a Will le aterraba esperar?

"Tenemos que olvidarlo", dijo Will, las palabras saliendo a toda velocidad. "Mike, por favor. Tenemos que... actuar como si nada hubiera pasado. Como siempre. Como... como amigos", la última palabra le sabía a ceniza en la boca.

Mike finalmente desvió su mirada de la cama hacia Will. Sus ojos oscuros lo estudiaron, buscando algo. "¿Como si nada hubiera pasado?"

"Sí. Exactamente. Fue un error. Una locura de borrachos. Jane... Jane te necesita. Tú la necesitas. Y nosotros... nosotros somos Will y Mike, los compañeros de batalla, ¿recuerdas?" La sonrisa que intentó fue un espasmo doloroso en sus labios.

Mike no sonrió. Siguió mirándolo, y por un segundo, Will pensó que iba a discutir, que iba a decir algo que rompería el frágil acuerdo que Will estaba intentando construir sobre arena movediza. Pero entonces, Mike bajó la cabeza y asintió, una vez, bruscamente. "Tienes razón. Fue una locura. Jane... sí", se pasó una mano por el pelo, un gesto de frustración familiar. "Dios, debo hablar con ella."

El nombre de Jane en la boca de Mike, en esta habitación, fue como un puñetazo en el estómago para Will. "Sí", murmuró, mirando hacia otro lado. "Debes hacerlo."

"Y nosotros..." Mike continuó, forzando un tono de normalidad que sonaba falso. "Nosotros seguimos siendo nosotros. Nada cambia."

Todo ha cambiado, gritó una voz dentro de Will. Pero él la ahogó. "Nada cambia", confirmó en voz baja.

La llegada de Dustin y Lucas en el auto de este último los rescató de la tensión insoportable. Sus amigos llegaron con café caliente y aspirinas, haciendo bromas torpes sobre sus resacas.

"¿Y? ¿Supervivieron a la noche de hombres?" Preguntó Dustin, con una sonrisa de oreja a oreja que se desvaneció un poco al ver sus caras.

"Sí. Todo bien", dijo Mike rápidamente, tomando un café. "Gracias por el rescate."

"¿Se divirtieron al menos?" Inquirió Lucas, con más perspicacia, su mirada yendo de Mike a Will, que estaba sentado en silencio en el asiento trasero, mirando por la ventana.

"Fue... interesante", dijo Mike, evitando la mirada de Lucas. "Pero ya está. Listo para volver a s- a la normalidad."

Will sintió la mirada de Lucas sobre él, pero no se volvió. "Sí", agregó, por decir algo. "Normalidad."

El viaje de regreso a Hawkins fue silencioso. Mike se hundió en su asiento, aparentemente dormido, pero Will podía ver la tensión en su mandíbula. Will, por su parte, sentía cada bache del camino reverberando en su cráneo, cada giro del auto recordándole que se alejaba de aquel motel, de aquella cama, de aquella versión de Mike que por unas horas le había pertenecido.

Lo dejaron en su casa primero. "Te llamo luego", dijo Mike desde la ventanilla, sus ojos buscando los de Will por un instante. Había algo allí, un destello de la confusión de la mañana, una pregunta no formulada.

"Claro", dijo Will, esbozando otra de sus sonrisas fantasma. "Hasta luego."

Entró en casa y subió directamente a la ducha. Se frotó la piel con fuerza, como si pudiera borrar la sensación de las manos de Mike, el sabor de su boca, el olor que persistía en su propia piel. El agua caliente lo envolvió, pero no pudo calar el frío que se había instalado en sus huesos.

Mientras se vestía, sonó el teléfono. Su corazón dio un vuelco.

¿Sería Mike? ¿Ya? ¿Para decir qué?

Contestó con algo de temor, pero el miedo se fue cuando la voz del otro lado suspiró con familiaridad.

Era Joyce, su madre.

"¿Will? ¿Todo bien? Dustin dijo que la pijamada fue divertida."

"Sí, mamá. Todo bien", mentirle a su madre le dolió de una forma nueva. "Solo cansado."

"Me lo imagino, siempre se quedan jugando hasta tarde", ríe mientras de fondo se escucha que la llaman con urgencia. "Oh, el deber llama. Descansa, cariño, te dejo."

Colgó y se desplomó en la cama, mirando el teléfono.

Mike no llamó.

 

[. . .]

 

Por su parte, Mike llegó a su casa y enfrentó el tercer grado de temperamento de su madre con monosílabos. Subió a su habitación y cerró la puerta. El silencio aquí era diferente al del motel. Aquí era familiar, seguro. O al menos, lo había sido.

Se dejó caer en la cama, pero inmediatamente se incorporó. La sensación de las sábanas le recordó demasiado a otras sábanas. Cerró los ojos y las imágenes regresaron, no en fragmentos, sino en una oleada abrumadora y vívida. La expresión de Will en la penumbra, sus ojos llenos de una mezcla de miedo y anhelo. El sonido de su nombre en los labios de Will, susurrado como una oración. La sensación de su piel, más suave de lo que había imaginado. La forma en que se encajaban, como dos piezas de un rompecabezas que nunca supo que estaba incompleto.

Se llevó las manos al rostro. "Dios mío", murmuró contra sus palmas.

Había estado furioso con Jane, confundido, herido. Había bebido para olvidar. Y luego, en medio de esa niebla, estaba Will. Su Will. Siempre constante, siempre allí. Y en sus ojos, Mike había visto un reflejo de su propio vacío, pero también de una verdad más profunda.

Y había cedido. No fue solo el alcohol. Lo supo en ese momento, con una claridad aterradora. El alcohol había derribado las paredes, pero el impulso, el deseo... ese había sido todo suyo.

Y ahora Will quería 'volver a ser amigos'. Quería fingir. Mike se levantó y caminó hasta la ventana, mirando la calle gris de Hawkins. ¿Cómo podía fingir? ¿Cómo podía mirar a Will a los ojos y ver solo al niño con quien jugaba a Dungeons & Dragons? Ahora veía la curva de su labio, la manera en que su pelo caía sobre su frente, la intensidad de su mirada cuando creía que Mike no lo observaba.

Y Jane. Pobre Jane. Ella lo había sentido, ¿verdad? Había sentido que Mike estaba dividido, que su corazón no estaba completo en sus manos. Y tenía razón. La llamada de 'tiempo' de ayer ahora parecía un presagio.

Tomó el teléfono. Debía llamarla. Debía intentar arreglar las cosas, volver a la normalidad que Will tanto anhelaba y que a Mike ahora le parecía una prisión.

Marcó el número de la casa de Hopper.

"Hola, ¿Jane?"

"¿Mike?" Su voz sonaba cansada. "¿Ya pensaste?"

"Sí. O... no", se atoró. "Jane, lo siento. De verdad. No quiero un tiempo. Quiero arreglar esto."

Del otro lado de la línea, Jane guardó silencio un momento. "¿Qué pasó anoche? ¿Fuiste con los chicos?"

"Nada", dijo Mike, demasiado rápido. "Solo bebimos un poco. Hablamos." Besé a nuestro mejor amigo. Me acosté con él. Y ahora no sé quién soy. "Estuve pensando en nosotros. En lo que dijiste. Tienes razón. He estado distante. Pero quiero cambiar."

Era la verdad. Quería cambiar. Quería ser el novio que Jane merecía, quería expulsar de su cabeza las imágenes de Will, quería que todo volviera a ser simple. Si se esforzaba lo suficiente, tal vez podría.

"¿Puedo verte?" Preguntó Mike, su voz cargada de súplica. "Hoy. Podemos hablar."

Jane dudó. "Esta tarde. En el parque."

"Perfecto. Allí estaré."

Colgó y se sintió un poco más ligero. Había un plan. Un camino de regreso a la cordura. Haría las paces con Jane, se concentraría en su relación, y con Will... con Will seguiría siendo su amigo. Su mejor amigo.

Nada más.

Podría hacerlo.

Tenía que poder.

 

[. . .]

 

Por la tarde, Will intentó distraerse dibujando. Pero el lápiz, en lugar de esbozar criaturas fantásticas o paisajes oníricos, trazó inconscientemente la línea de una mandíbula fuerte, una mata de pelo desordenado, unos labios que...

Frunció el ceño y arrancó la hoja, haciendo una bola con ella. No. No podía.

Fue entonces cuando vio, desde su ventana, la bicicleta de Mike pasar por su calle. Iba en dirección al parque. Y sabía, con una certeza que le heló la sangre, que no iba solo.

Iba a ver a Jane.

El dolor fue físico, una puñalada bajo el esternón. Se apoyó en el alféizar, conteniendo la respiración hasta que la figura de Mike desapareció en la curva. Está haciendo lo correcto, se dijo a sí mismo. Está arreglando su relación. Es lo que quiero para él. Es lo que debe ser.

Pero otra parte de él, una parte egoísta y herida que había tomado el control la noche anterior, gritaba en silencio. ¿Y qué hay de lo que yo quiero? ¿Qué hay de lo que él hizo, de lo que sintió en esa cama?

Se alejó de la ventana, sintiéndose enfermo. El acuerdo de la mañana, la promesa de 'normalidad', de repente le pareció una tortura.

¿Cómo iba a ver a Mike todos los días, sonreírle, escuchar sus historias con Jane, fingir que su corazón no se partía en mil pedazos cada vez? ¿Y cómo podría Mike mirarlo a los ojos y pretender que Will era alguien a quien nunca había conocido de esa manera, íntima y devastadora?

Will miró la bola de papel en el suelo, el rostro de Mike deshecho en sus manos. La respuesta, temía, era simple: no podían.

Pero tendrían que intentarlo. O al menos, tendría que intentarlo él. Porque perder a Mike por completo era una opción que no existía en su universo. Prefería el purgatorio de su amistad fingida al infierno de su ausencia.

El resto del día pasó en una neblina. Su madre le preguntó dos veces si tenía fiebre. Por la noche, el teléfono permaneció mudo. Mike no llamó para contarle cómo le había ido con Jane. Ese silencio, Will lo supo, era el primer ladrillo en el muro que ahora se alzaba entre ellos. Un muro construido con mentiras acordadas y recuerdos compartidos que ya nunca, nunca, podrían mencionar.

Cuando finalmente se acostó, las sábanas de su propia cama le parecieron vastas y vacías. Y en la oscuridad, su cuerpo, traicionero, recordó con exactitud milimétrica el calor, el peso y la sensación de no estar solo.

Una lágrima caliente se deslizó por su sien y se perdió en la almohada.

La larga y dura batalla por volver a ser 'solo amigos' había comenzado.

Y Will, en lo más profundo de su ser, ya sabía que la iba a perder.

Notes:

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