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Nacer es el primer y principal hito en la vida de una persona. Uno es concebido sin conocimiento de causa, a veces en una espera ansiosa al advenimiento de una vida deseada, otras en un accidente torcido, a interpretar desde la virtud de aquel que, sin querer, engendra la vida. Uno nace sin saber que lo hace ni porqué, flotando inerte en el limbo de una existencia imposible de explicar para los seres humanos. El puchero de la creación alberga una desdibujada potencia de algo que será sin saber que es.
De este primer hecho difuso comienzan a brotar las virtudes del niño, porque toda acción es signo de virtud en el ojo misericordioso del creador, que no busca más que un reflejo amable. Cuando las gachas rebosan la boca de Leopold, sus ojos y su consciencia perdidas, su padre, agarrando la cuchara con una media sonrisa, afirma que el niño será un maestro de las abstracciones, tal vez físico. Las grandes mentes se ocupan de aquello que trasciende con creces una trivialidad tal como las necesidades básicas. Aún faltaban más de treinta años para que Maslow publicara su Teoría Sobre la Motivación Humana, que podría haber sido el producto del pensamiento de cualquier padre optimista mirando a su hijo.
Sin embargo, la deliciosa sopa primigenia parece darles a unos más letras que a otros, quién sabe a qué se deba. Vincent fue, de todos sus hermanos, el que dijo palabra a una edad más temprana. Era de madrugada, su madre lo mecía entre sus brazos con la esperanza de que callara. En aquel entonces Amanda, Leslie y Thomas aún no habían nacido y Arthur, como de costumbre, andaba perdido en algún callejón de Providence. Iluminando al crío una fina línea de luna, dejó de berrear y espetó un ‘Yo’, con los ojos bien abiertos. Grace no comprendió la trascendencia de este hecho, demasiado distraída por el suceso atónito de que el niño había dicho su primera palabra antes de los doce meses de edad.
Lo que no conocía es que, desde ese momento, un brillo inconsciente había despertado en Vincent; el referencialismo. ¿Puede un perfecto polimorfo, parte del ámbito metafísico de los tubos, comprender siglos de discusiones filosóficas sobre teoría del conocimiento? Tal vez para algunos las respuestas llegan de forma natural. Ni enublamiento platónico ni canto del gallo del positivismo lógico, saltan directamente al momento culmen de la humanidad, adornado con cierta excentricidad narcisista, pero quién somos nosotros para juzgarlo. Dios no existe, nada media entre Yo y el Mundo de forma segura, todo lo que conozco queda inevitablemente contenido en el Yo, así que, ¿Qué tiene de malo pensar un poquito en uno mismo? El inicio y el fin de todo es el Yo; el inicio y el fin de todos es el Yo.
El talento agudo de tal portento en potencia no pasó desapercibido por su madre, que invitó amablemente a su niño, Vinny, a explorar todo su potencial desde una temprana edad. Jugar al ajedrez, leer, tocar el piano. Todo esto supeditado, por supuesto, a la boutique, el orgullo y sustento principal de la familia. Vincent iba al colegio con un trajecito de envidia, que podría haberles costado el jornal de casi un mes entero; unos pantaloncitos blancos a rayas azulonas, la chaqueta marinera, el pañuelito, las calzas y los mocasines. A veces traía un sombrero, para días de sol o lluvia, de la mista tela que los pantalones. La virtud de aprovechar el retal de la manera más exquisita posible.
Su aspecto era adorable, como una estampita del niño Jesús o un recorte de una revista que guardas como inspiración, esperando copiar los accesorios a bajo coste con materiales de andar por casa. Grace le recogía a él y sus hermanos del colegio todos los días. Los pequeños, Amanda, Leslie y Thomas se quedaban con sus abuelos, el menor de los tres aún en carrito. Leopold y Vincent la acompañaban a la boutique. Sin duda, Vinny tenía una visión creativa que trascendía con creces las labores que se le encomendaban, que eran las de ayudar con el telar y bendecir a su madre con esas pequeñas manitas, que cabían sin problema donde las de Grace no llegaban.
A su padre le veía mucho menos, pero había una razón de peso, es que era un tipo muy importante. Trabajaba en el cine y no podía pasarse mucho por casa, pero, cuando lo hacía, era la criatura más fascinante a ojos de sus hijos, que se arremolinaban en la puerta a su llegada. Desde luego, su amabilidad, carácter humilde y desenfadado, contrastaban con creces con el mal genio de Grace, que traía a los críos enfilados. Probablemente, si cualquiera de ellos hubiera tenido que decidir si quedarse con su madre o con su padre, habrían tomado la segunda opción. Ah, pero la ausencia justificada decide el camino contrario al deseo.
Vincent era, él estaba seguro de ello y no encontraba razones para creer lo contrario, el favorito de ambos. Grace lo agasajaba de capas de tela, sombrero de merengue, mangas pasteleras de botones y gemelos y corbatitas. Siempre le decía que él estaba destinado a ser algo grande, como ella, que era dueña de una importante boutique. Por eso tenía que esforzarse mucho. El talento natural no es nada sin una buena dosis de repetición militar.
Pero el corazón de Vincent estaba con su padre. El cine era la vanguardia, un experimento breve y lleno de potencial. Una tarde de junio, Arthur llevó a su hijo al estudio a ver todos esos cachivaches asombrosos, las luces, las lentes que ascendían como burbujas. Aquellas personas, sonrientes frente a la cámara, iluminadas, irreales, perfectas. Un sueño prolongado del que nunca querer despertar y del que su padre, además, era centro y consciencia. Quiero ser una estrella del cine, pensaría cualquier ególatra, por el arte del Yo, secundaría la moción.
Arthur le llevaba a los niños pósteres con estrellas, conveniente nombre, del cine. De vez en cuando. A veces olían a moqueta y desinfectante, algo similar. Todos se lo agradecían con emoción, menos Grace, que probablemente tendría envidia de que su marido fuese el favorito de todos.
Varios junios después, cuando Vincent tenía ya siete años, vio a su padre llegar a casa tarde. Su madre se paseaba por la cocina en una camisola de satén, de un rosa raído, rulos sembrados en la tierra oscura de su cabello. Apagaba el cigarro dentro del culo de vino de una copa escarlata. Arthur traía un póster nuevo, pero Vincent no tuvo tiempo de abalanzarse sobre su padre. Escuchó detrás de la puerta, miró los reflejos en los cristales alargados. Alcanzó a ver la imagen del cartel, un tipo de aspecto desagradable, un intento de patriotismo exacerbado. “Leopold está muy enfermo, Arthur.” “Es una estupidez, Arthur.” “¿De verdad piensas alistarte y dejar aquí a tu mujer y cinco críos, Arthur?” “Debo servir al país, Grace.” “¿No te consideras una patriota, Grace?” “Mi vida está arruinada, Grace.” “No me queda nada Grace”. “Eres un verdadero fracaso, Arthur.” “Sal de mi vista, Arthur.” “Vendré a despedirme de los niños, les quiero, Grace.” “Nunca lo has hecho, Arthur.”
Vincent se mantuvo en su escondite, atónito. Corrió a vigilar a Leopolod, a comprobar cómo de enfermo se encontraba, “¿Va a morirse, mamá?”. El póster acabó en la basura, allí lo encontró a la mañana siguiente, con quemaduras de colillas. Vincent lo rescató e hizo un esfuerzo por leer lo que ponía. En las guerras la gente muere. Aunque también fuera de ellas, mira a Leopold. Ese día se dio cuenta de que tenía problemas de visión y después de una visita al oculista, acabó con unos lentes un tanto grotescos y un esparadrapo, circunstancial, sobre el ojo izquierdo. Al mirarse en el espejo, no le gustó en absoluto lo que vio. Tal vez era un primer síntoma que le llevaría a la guerra o a la cama.
El día que Arthur se marchó a Europa, Amanda, Leslie, Thomas y Vinny, acompañados de su abuelo, se despidieron de él en Newport. Montó en un barco muy grande, con banderas americanas. En tierra se despedían las mujeres y los niños, agitando en el aire pañuelos, con cartas y rosas mecidas en el viento de la mañana temprana. El cielo era de un azul frío, casi blanco. Sintió cierta envidia y tristeza. La imagen de un héroe brillante, aclamado, mandado a morir a una tierra lejana. Su hermana Leslie le preguntó si Arthur iba a morir, igual que él le había preguntado a su madre sobre Leopolod. “No seas tonta, los americanos somos ganadores por naturaleza. Ahora vamos a casa”, respondió él.
Leopold estaba encamado, con Grace supervisándolo. Tardaron todo el resto del día en llegar de vuelta a Providence, el viaje en ferry, luego en tren, fue largo. Cuando entraron a casa era de noche y el médico ya se había ido. En la salita la luz estaba apagada y el cenicero lleno de nuevo, rebosado sobre los azulejos raídos. Había un bote con dos o tres sanguijuelas dentro. Vincent volvió de la cocina con un tendedor y se lo clavó a una de ellas. Se la llevó a la boca y masticó, sintiendo una arcada. Ley de la naturaleza, no pensaba morir.
Desde que Arthur se marchó a la guerra, las cosas comenzaron a ponerse especialmente raras. Su ausencia no era tan notoria como la decadencia de Grace, que cada día dejaba un rastro más prominente a su paso. Los pasillos parecían canales esotéricos, de vertidos y colillas. En octubre, la tuberculosis acabó con Leopold, no podría ser físico. Lo enterraron en North Burial Ground, cerca del mausoleo. Era temprano, apenas había amanecido, y las hojas naranjas y rojas tenía una fina capa de escarcha, amontonándose en la tierra húmeda que daría sepulcro al niño.
Grace agarraba las manitas de Amanda y Thomas mientras Vnicent sostenía los hombros de Leslie. Todos iban vestidos de un negro exquisito, como un nido de cuervos. “¿Vamos a enterrar aquí también a papá?” le preguntó Leslie a su hermano, ahora el mayor. “Papá no va a morir, no pienses en eso ahora.” Se sacó del bolsillo un recorte de periódico, “Estados Unidos entra en la Gran Guerra”, y se lo enseñó a la niña. Un gigante, parecido a Goliat, con ropajes americanos, machacaba sin problema a un pequeño soldadito asustado.
Para el cumpleaños de Vincent, en un noviembre especialmente helado, los niños pasaban ya más tiempo con sus abuelos que con su madre. Grace estaba especialmente ocupada desde que había empezado la Guerra. Hacía uniformes de alta calidad para el ejército. Una vez le dijo a Vincent que aquel estúpido conflicto en tierras tan lejanas se le hacía irrelevante, y que le estaba arrebatando todo lo que era valioso para ella. Replicar un mismo trajecito una y otra vez nada tenía que ver con el proceso creativo de la alta costura.
Sin embargo, una mañana de invierno, haciendo la compra de la semana, se encontraron con su vecina, la señora Florence, que le preguntó por cómo iba el negocio, después de ensalzar al niño en virtudes. “Qué mayor está Vincent, qué guapo, qué sano, qué inteligente. Será un gran hombre.” Grace, con su mejor sonrisa, contestó que la boutique jamás había sido tan rentable. Además, añadió, es un placer para mí poder contribuir a mi patria, los Estados Unidos de América.
El abuelo de Vincent era pescador. A diario pescaba en el río Providence. Los fines de semana, a veces, viajaba hasta Newport y salía al mar con sus compañeros. A Vincent siempre le gustaron el agua y los peces, la arena, el mar, el río, las marismas. Crecía rodeado de ese resquicio a sopa de letras primigenia.
Los fines de semana Grace cuidaba de los niños sin falta. Si era necesario, se los llevaba a la boutique y solían echar una mano con lo que pudieran. Los más pequeños lloriqueaban o se distraían jugando con ovillos y bajos de falda de colores sobrios. Vincent le pidió a su madre, sin embargo, que por favor le dejara ir con su abuelo de pesca a Newport alguna vez. El ambiente de aquel lugar era asfixiante y su abuelo le dejaba leer el periódico, no como su madre. No habían recibido ni una sola carta de Arthur en aquellos meses y en la prensa habían dicho que los americanos tocaron tierra en junio del año anterior.
La aridez de los acantilados y el mar de invierno chocando con las rocas, los árboles sin hojas y la hierba verde. El barco perfilaba la costa desde el agua y dibujaba un rastro blanco como recuerdo de su paso. Las redes se extendían como mantas de petróleo, que daban las buenas noches a lubinas rayadas, peces negros, platijas y truchas. Los meses pasaban y la costa dibujaba formas ligeramente distintas, elevadas en árboles, estiradas en nubes y en vapores marinos.
Aquella madrugada de mayo era especialmente húmeda. El fondo del mar, impertérrito, aclamaba al cielo una descarga, que se sostenía en el tiempo en forma de gris suspendido y ancho. Vincent se cubrió de impermeable oscuro y subió al barco con su abuelo. Estaban en Newport y los acompañaban dos compañeros pescadores, curtidos en salitre y años. El barco se lanzó al medio de las aguas, partiéndolas con el cuidado de una caricia, las olas prácticamente inexistentes. “Friega la cubierta, Vincent”, le dijo su abuelo, “anoche hubo una gran tormenta, está todo calado.”
Las tareas rutinarias no eran de su interés, en absoluto. Qué sentido tiene quitar agua de un sitio que está rodeado de ella. Va a mojarse de nuevo. Ese sentimiento de inutilidad le invadía con frecuencia, de no ser más que una cubierta permanentemente húmeda, un fondo inexplorable, pues no hay más de lo que se ve a simple vista. Un cumplido fugaz de su abuelo y la lejanía familiar compensarían el martirio existencial. Pasó la fregona con desgana, durante apenas unos minutos. Cuando su abuelo miraba, sonreía y agarraba el palo con fuerza, para después desfondarse y mirar al mar de nuevo.
“¿Has terminado, Vincent?” Le preguntó. “Por supuesto, abuelo.” Impecable.
Ocupados sus compañeros en revisar el motor, la tarea de extender la red quedó en manos del niño y el anciano prematuro. Un traspiés desprevenido, sobre suelo mojado, precipitó al mayor hacia el agua, no sin antes golpearse la cabeza contra una barandilla, que no pudo parar su caída. Vincent estiró los brazos con un éxito que sospechaba sería nulo, chillando.
El hombre cayó. Él solo pudo mirar, inerte, vacío. Su abuelo se ahogó y los peces no tardaron en llegar. Un centenar de tautogs se arremolinó sobre él y comenzó a devorarlo. Sus cuerpos grisáceos y negruzcos, como las sanguijuelas de la cocina, rectaban húmedos sobre el ahora cadáver, empeñados en no dejar rastro. No podía dejar de mirarlos.
Sus siluetas siguieron dibujándose cuando los amigos de su abuelo le sacaron de aquel barco. Lo hicieron también en el entierro, cuando los restos de aquel hombre pasaron a formar parte de la tierra que había dado cobijo a Leopold tan solo unos meses atrás. Toda la vida pescando para morir devorado por un aluvión de peces miserables. Aquella noche cenaron rodaballo.
