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Dulce Verano

Summary:

Entre alcohol, luces y pasillos oscuros, Mernuel y Moski se mueven al borde de algo que no termina de decirse, hasta que el ruido baja lo suficiente como para escuchar lo que el deseo viene pidiendo hace tiempo.

o

Un día de verano Mernoski se chapa en el boliche.

Notes:

Hola! Escribí este shot porque no encontraba otro parecido, enjoy
Perdonen si hay errores ortográficos

Work Text:

El sábado ya nace pesado.

No es una idea: se siente desde que el sol pega temprano contra las persianas, desde que el aire parece detenido, espeso, como si alguien hubiera decidido apagar el viento justo el día que más falta hace. De esos días que te chupan la energía antes de que arranque la noche. De esos veranos donde la ciudad parece una plancha.

No había planes, de hecho, el plan era no tener ninguno. Quedarse ahí, transpirados, tomando algo frío, mirando cualquier cosa sin prestar demasiada atención. Dejar que el día se vaya solo mientras escuchaban una playlist suave para llenar el silencio.

—Es un horno esto, boludo —murmura Mernuel, estirado desde la silla con la cabeza hacia atrás y sin abrir los ojos—. Mirá cómo estoy. Me pongo de mal humor.

Moski se ríe desde el sillón, con las piernas abiertas, el pelo un poco húmedo por la ducha de hace rato.

—Sí… es una poronga —responde, sin demasiada emoción. Tiene la espalda hundida en los almohadones, el celular en la mano.

Una notificación llega al grupo. Bauleti aparece en la pantalla de ambos.

“Banda, hoy se sale. No se discute.”

Mernuel mira el celular y lo deja boca abajo.
—No, no, olvidate gordo. Hoy no— Responde al aire.

Moski no dice nada. Mira el techo un segundo pensativo. Vuelve al celular, escribe algo. Borra. Vuelve a escribir.

Bauleti manda otro mensaje al segundo, como si pudiese comunicarse telepaticamente con Mernuel.

“Dale gordo, parece que ya están para el geriátrico. Encima van unas minas que están re buenas. Planazo.”

Mernuel levanta una ceja. Sonríe.
—¿Leiste eso?

—Sí… —responde Moski, distraído.

“Los paso a buscar con el uber en una hora. Acaso la banda se va de joda el día más caluroso del año.”

Moski suspira y le responde. Boludo, estamos muertos. Hace un calor de mierda.”

La respuesta no tarda.

“Justamente por eso. Boliche, aire acondicionado, música, birra. Planazo.”

Mernuel se incorpora un poco.

—Mentira eso del aire acondicionado.

Moski se ríe.

—Podríamos decirle que no —dice, sin mucha convicción.

—Podríamos… —responde el morocho—. Pero no lo vamos a hacer.

Se miran un segundo. Sonríen.

El rubio vuelve a su celular, pero hay algo en su cara, algo que no termina de ser fastidio. Más bien es… otra cosa. Cansancio, quizás. O esa sensación rara de saber que uno va a un lugar sin saber bien para qué.

 

--------------

 

Se preparan sin apuro. El calor vuelve todo lento. Cambiarse de ropa ya es una tarea pesada. El espejo del baño está empañado por la humedad.

—Ni en pedo me pongo jean hoy —dice Mernuel, revisando el placard—. Me muero.

—Short y listo —responde Moski—. Total nadie se va a fijar.

—¿Cómo que no?

Moski se ríe.

—Vos porque sos un creído— Acota el rubio.

—No, boludo. Es información objetiva. 

—Y… vos sos el fachero del grupo.

—No, boludo. Vos estás re bien.

Se miran al espejo. Mernuel se acomoda el pelo con los dedos, sin demasiado cuidado. Tiene esa expresión entre despreocupada y segura, como si el mundo nunca fuera del todo un problema para él. Moski, en cambio, se queda un segundo más mirándose: no por vanidad, sino como quien intenta reconocerse en su propia imagen.

—Che… —Moski dice de pronto—. ¿Vos… te volviste a ver con la piba esa?

Mernuel se encoge de hombros.

—No… nada serio. Capaz la cruzo hoy pero no se... ¿Por?

—Nada… curiosidad—responde mientra termina de preparar la billetera y los lentes de sol.

—¿Y vos que onda Moskita? Estas como un señor últimamente—pregunta el morocho, tirando una ultima mirada al espejo.

Moski niega con la cabeza.

—Si... Qué se yo. Capaz me pinta algo hoy...—responde de espaldas— si no me baja la presión en vivo.

Bauleti toca bocina desde la calle.

—Ahí está el rompebolas —dice Mernuel apurandose.

Salen. El aire de la noche no es más fresco que el de la tarde. La ciudad sigue caliente, como si hubiera acumulado todo el sol del día y ahora lo devolviera de golpe.

 

--------------

 

El boliche los recibe como una ola.

Luces violetas, azules, rojas. Humo artificial. Música que no se escucha: se siente. El bajo golpea en el pecho, como si fuera otro corazón marcando un ritmo ajeno.

—La concha de la lora, qué calor —dice Mernuel, apenas cruzan la puerta.

—Pero está bueno —responde Bauleti, ya con una sonrisa enorme—. Miren eso.

Señala la pista. Gente bailando, cuerpos pegados, risas, vasos en alto.

Moski observa en silencio. Hay algo en su manera de mirar: no es indiferencia, pero tampoco entusiasmo. Es como si estuviera presente sin terminar de estarlo.

Se acercan a la barra. Piden bebidas. El vaso frío en la mano se siente como un pequeño alivio.

—Bueno, a brindar —dice Bauleti—. Por no ser unos viejos chotos.

Chocan los vasos y se mezclan con la gente.

 

Mernuel baila con la remera pegada a la piel. El calor le baja por la nuca, el alcohol le afloja los hombros y la cabeza. Tiene la sonrisa fácil, los ojos brillantes, esa expresión entre distraída y demasiado presente. Moski está a un par de pasos, moviéndose con menos ritmo pero con más intención, como si cada gesto fuera una forma de quedarse.

Hablan a los gritos cerca del oído. Frases sueltas.

—Hace un calor de mierda —dice Moski, riéndose.

—Sí… pero está bueno —contesta Mernuel, fraseando al Baulo y fijando la atención en su amigo.

Moski tiene la cara enrojecida, el pelo un poco desordenado por el sudor. Cuando sonríe, se le marca esa línea suave al costado de la boca, una que Mernuel conoce de memoria. Con los ojos pesados de alcohol, lo mira un segundo de más. Después aparta la vista.

Bailan. Ríen. Se rozan sin querer. El aire es espeso, como si todo estuviera diseñado para que los cuerpos se busquen. La pista es un organismo vivo: respira, late, suda. Mernuel se mueve con facilidad.

Siempre fue así: tiene esa manera natural de habitar los espacios, de hacer parecer simple lo que para otros no lo es.

En algún momento, Bauleti se acerca a Mernuel con una sonrisa cómplice.

—Mirá esa morocha —le dice, señalando con la cabeza—. Te está fichando desde que entraste.

Mernuel mira de reojo. La chica efectivamente lo está mirando. Sonríe. Le devuelve la mirada.

—¿Posta?

—Posta.

Se acerca. Hablan. Nada profundo: frases sobre el calor, sobre la música, sobre lo insoportable que está el verano. Se ríen. Bailan un poco. Hay coqueteo, hay juego.

Moski los observa desde un costado. No con celos. No con enojo. Es otra cosa más difícil de nombrar, algo que se activa cuando el alcohol le recorre el cuerpo. Abre una puerta que mantiene cerrada la mayor parte del tiempo.

—¿Todo bien por acá? —pregunta Mernuel volviendo, acercándose con tres vasos nuevos.

—Sí, sí… —responde el rubio—. Todo tranquilo.

Bauleti asiente, deja el vaso en la mano de Mernuel nuevamente y se corre un poco para agarrarle el hombro a Moski.

Bauleti lo mira de reojo.

—Che… ¿y vos? ¿No vas a encarar a nadie hoy?

Moski se encoge de hombros.

—No sé… no tengo ganas—dice riéndose despreocupadamente. 

—Dale, boludo. Mirá alrededor. Es sábado, hace calor, está todo el mundo en una.

—Sí… —responde Moski con los ojos cerrados, sin darle mucho interés a su amigo. Se distrae con la música, la cabeza le está dando vueltas.

 

La música sube. El aire se vuelve más denso. Mernuel sigue bailando, sigue charlando, sigue en esa burbuja liviana donde todo parece fácil. Pero cada tanto, sin darse cuenta, busca con la mirada.

Moski está ahí. Siempre cerca. A veces hablando con alguien. A veces solo, apoyado contra una columna, mirando la pista como si estuviera pensando en otra cosa. No mira a las chicas. No mira a nadie en particular.

Mira el movimiento. El humo. Las luces. Y de vez en cuando… a él.

Mernuel no sabe por qué eso le importa.

 

Mernuel tarda unos segundos en notarlo. Sigue bailando. Habla con Bauleti. Se ríe con alguien más. Pero el calor empieza a pesarle en la cabeza. La transpiración le corre por la nuca. Necesita aire.

Sale de la pista buscando un pasillo lateral. Más oscuro, más estrecho. Las luces llegan deformadas, violetas y azules. La música se escucha amortiguada, como si viniera de otro mundo.

Camina un poco… y lo ve.

Moski está apoyado contra la pared del pasillo, con un vaso en la mano, respirando hondo. El pelo desordenado, la cara enrojecida por el calor y el alcohol. Cuando Mernuel se acerca, se miran con esa sorpresa mínima de encontrarse sin haberlo planeado.

—Eh… —dice Mernuel—. Te estaba buscando.

—¿Sí? —pregunta Moski, con voz más baja, más cercana.

—Sí… necesitaba aire.

—Yo también.

Se quedan ahí, frente a frente. El lugar huele a perfume ajeno, a alcohol, a sudor. El mundo queda lejos, contenido detrás de una pared que vibra.

Mernuel lo observa sin darse cuenta. Nota detalles que siempre estuvieron ahí pero que ahora, en esa luz extraña, se le vuelven nuevos: la forma en que Moski sostiene el vaso, un poco torpe; el brillo cansado en los ojos; esa línea suave al costado de la boca que se le marca cuando sonríe que tanto conoce.

—Estamos re en pedo —dice Moski de pronto, casi como una advertencia.

—Sí —responde Mernuel—. Bastante.

Ninguno se mueve pero pueden sentirlo.

Hay un silencio cargado, eléctrico. No incómodo. Peligroso de lo honesto.

Moski deja el vaso en el piso, con cuidado torpe.—Siempre me pasa con vos —agrega en voz baja—. Como si… —Se frena. Traga saliva y lo mira de reojo—. Como si nunca supiera bien dónde poner todo esto. ¿Vos...?

Mernuel sonríe apenas, una sonrisa que no es de chiste.

—A mí también —dice mirando hacía abajo. Se queda quieto un segundo y sube la mirada a la de Moski. Se corre hacía un costado y se apoya en la pared al lado del rubio.

El alcohol no borra lo que sienten. Solo le saca los bordes afilados al miedo.

—Vos… —dice Moski, en voz muy baja—. Vos siempre me decís cosas, ¿viste? Pero a veces no sé si… si lo decís en joda o…

—Moski… —dice—. Yo cuando te digo cosas… cuando te digo que sos hermoso… —traga saliva—. Lo digo en serio. Siempre.

Moski parpadea. La sonrisa se le apaga un poco. No por tristeza: por emoción.

—Boludo… —murmura—. Sos un tarado.

—Puede ser —responde Mernuel, con una media risa—. Pero es verdad.

La charla los mantiene cerquita uno del otro en la oscuridad. El neon azul los ilumina desde el techo, suaviza tenuemente sus caras y Moski no puede evitar pensar que Mernuel parece salido de una película de Hollywood. 

Mernuel no retrocede. Se miran a los ojos un segundo que parece eterno. La duda todavía existe, pero ya no manda. El morocho tuerce la cabeza hacía la derecha, apoyándola en la pared, y respira cómo puede, mientras recorre la boca de su amigo con la mirada. Esta vez, por primera vez en su vida, se permite descansar allí un poco más de lo normal. El pecho se le calienta. Siente que va a explotar.

—Dios —dice suspirando. Y Moski tiene una mirada nueva, profunda, que le esta abriendo el paso.

El beso llega sin coreografía. 

Primero es torpe, apurado, caliente: labios que se encuentran con una necesidad acumulada. El morocho toma la delantera, acerca a Moski con firmeza, sin empujar, sosteniéndolo. Hay un choque leve, una respiración que se pierde, la mano del rubio encuentra el costado de Mernuel casi por reflejo, aferrándose a su remera. 

El mundo se apaga un poco más.

Después, casi sin notarlo, el beso cambia. Se vuelve más lento. Más atento. Mernuel afloja la presión, roza apenas los labios de Moski, como preguntándole si está bien así. Moski responde con suavidad, relajando los dedos, acercándose sin apuro. Ya no es solo impulso: es cuidado. Mernuel apoya la frente un instante, vuelve a besarlo con menos urgencia, como si quisiera memorizar la forma de su boca. Moski responde igual. 

Cuando se separan apenas, todavía están cerca. Demasiado cerca para fingir que no pasó.

Moski apoya la frente en el hombro de Mernuel, quizás está temblando un poquito. Respira hondo. Se ríe bajito, sin burla, sin ironía.

—La puta madre… —susurra.

Mernuel le rodea la espalda con el brazo, sin pensarlo demasiado. Un gesto simple. Un medio abrazo que dice más que cualquier explicación. Moski se queda ahí, apoyado en él, como si por una vez no necesitara armar nada, sostener nada, decidir nada.

—¿Estás bien?

—Sí… —responde Moski—. Re. Es solo que… —Se queda en silencio.

Pasan unos segundos así, respirando juntos, con la música lejana marcando un ritmo que ya no importa. El abrazo se cierra un poco más. No es posesivo. No es apurado. Es como si ambos se permitieran, descansar en el otro sin miedo a lo que venga después.

La música sigue vibrando del otro lado de la pared. El boliche sigue existiendo. La noche avanza. Pero ahí, en ese rincón oscuro, el tiempo se vuelve otra cosa.

—¿Y ahora qué? —pregunta Moski, sin levantar la cabeza.

Mernuel se encoge de hombros, sin soltarlo.

—No sé… lo que pinte.

Moski sonríe.

—Podríamos… no sé… ir a tomar aire posta.

—Sí —dice Mernuel—. Me parece una buena idea.

Se separan apenas, pero no del todo. Siguen cerca, caminando juntos hacia la salida del pasillo. No hay promesas, no hay definiciones. Solo una decisión compartida, frágil y valiente a la vez.

Al pasar de nuevo por la pista, el ruido los golpea. Bauleti los ve desde lejos y levanta el vaso, sin entender del todo pero sonriendo igual.

Mernuel cruza una mirada con Moski. Hay algo nuevo ahí: no certeza, no seguridad… pero sí una calma rara, dulce.

Salen del boliche hacia la noche caliente. El aire sigue pesado, pero al menos no encierra.

Caminan juntos, despacio, sin apuro.

 

--------------

 

Doblan por una calle más tranquila. Los negocios ya están cerrados, las persianas bajas, los vidrios oscuros. Algún que otro auto pasa despacio. El asfalto todavía irradia el calor del día.

—¿Estás bien? —pregunta Mernuel, sin mirarlo del todo.

—Sí… —responde Moski—. O sea… sí. Estoy… raro.

—Raro cómo.

Moski se ríe bajito.

—Raro bien. Pero raro.

Caminan un poco más.

—No quería que… no sé… que pienses que fue por el pedo —agrega—. O por la noche. O porque pintó.

Mernuel frena. Moski también.

Se miran.

—Moski… —dice Mernuel—. Yo tampoco.

Hay algo en su voz que es firme, pero suave. Como si no necesitara subir el tono para que se entienda.

—Lo venimos… no sé… —continúa—. Lo venimos esquivando hace tiempo.

Moski baja la mirada un segundo.

—Sí.

Siguen caminando. Llegan a una placita chiquita, con un par de bancos y árboles que no dan demasiada sombra ni de día. Parece más un cuadrado de césped que una plaza. A esa hora está vacía así que se sientan ahí. El banco está tibio por el calor acumulado. La noche huele a pasto seco, a tierra, a verano.

Moski se apoya con los codos en las rodillas. Mira al frente.

—Yo… —empieza—. A veces siento que con vos siempre estoy… a medio paso de algo. Como si… —se queda en silencio—. Como si no me animara a terminar de ir.

Mernuel lo escucha sin interrumpir.

—Y no es que no quiera… —continúa Moski—. Es que… me da miedo romper lo que tenemos. Porque lo que tenemos… —sonríe apenas—. Es importante para mí, boludo.

Mernuel asiente despacio.

—Para mí también.

—Por eso siempre me quedo… ahí. Cerca. Pero no del todo.

Mernuel apoya los antebrazos en las rodillas, imitándolo.

—Yo a veces… —dice—. A veces me hago el boludo. Me distraigo con otras cosas. Con gente, con planes, con ruido… porque si me quedo mucho tiempo pensando en vos… me pasan cosas.

Moski gira la cabeza para mirarlo.

—¿Qué cosas?

Mernuel se encoge de hombros.

—Las que pasaron hoy.

Se miran.

El silencio vuelve, pero distinto: más íntimo.

—Che… —dice Moski—. ¿Y si mañana… no sé… nos despertamos y decimos “qué hicimos”?

Mernuel sonríe apenas.

—Puede pasar.

—¿Y si se pone raro?

—Puede pasar también.

—¿Y si… perdemos algo?

Mernuel lo mira con seriedad.

—¿Vos sentís que hoy… perdiste algo?

Moski piensa un segundo. Niega con la cabeza lentamente.

—No… siento que… gané algo.

Mernuel se le acerca un poco y le revuelve el pelo con la mano sonriendo de costado.

—Yo también.