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Ahora Imagino Cosas

Summary:

Para poder costearse un tutor que lo ayudara con su admisión, Dan había ahorrado hasta el vuelto pequeño y no se rehusó a recibir ayuda de su abuela. Jamás pasó por su cabeza que compartiría sus clases particulares con un sujeto tan... especial.

Notes:

el ushanka del dani snot be like: estoy cansado jefe
En otra vida estos dos (Daniel Jaime Howell & Felipe Miguel Lester) se levantan muy temprano a tomar mate con palmeritas.

Si hay un Phannie sudaca leyendo me debe un beso... o una piña. Depende (?)
me dieron como 2 tendinitis escribiendo esto. en un punto del draft había un smut muy perverso y me rendí Y.Y
pido perdón por cualquier typo. ya me tiembla el ojete publicando esto porque es muy niche XDDD y porque hace poco me uní al phandom (mi camino no se cruzó con dip&pip hasta después de hardlaunchear. imaginate.)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Quiero enfrentarme a todos y no me importa
Cuán salvaje es la pelea, no
no me importa
Quiero enfrentarme a todos y no me importa
Si me muero en las peleas, no
No me importa

Ahora Imagino Cosas - Él Mató a un Policía Motorizado

 

En todo el viaje no había parado de sacudir la pierna y ya alguien se iba a poner a joder por ello. Es que estaba nervioso. Había habituado su cotidianidad a la persistencia de un talante crónicamente enervado, sin embargo, esa vez cargaba también con otro peso: aquella era su última brazada, el suspiro final antes de regresar a escena en el siguiente acto.

"Sí, mamá, sí, papá, ¿qué orgullo, tan grande como ese, qué orgullo podría suplir el honor de haber sido elegido para cumplir el sueño del abuelo y estudiar abogacía?" practicaba aquella línea mirando por la ventana, un susurro al que no podía crearle una melodía fonética orgánica. Ese parlamento no había sido escrito por él, y el dramaturgo; austero, no proporcionó didascalias que sirvieran de ayuda o de bálsamo para tal pesar.

Pagarse las fotocopias y materiales jamás había pasado por su mente a la hora de sobrevivir el horario de trabajo en ASDA. Sus padres estaban alegres ante su repentino interés en una responsabilidad — siquiera se habían imaginado que su ahorra de hasta el cambio pequeño estaba destinado a la contratación de un preparador. Se enfrentaba al cuello de botella que era una rigurosa prueba de admisión con diferentes instancias y quería estar a disposición.

Había juntado el valor con la medida de un cuentagotas. La primera gota fue una chispa que encendió su sueño y levantó llamas hasta quemarlo todo, un aplauso haciendo escenas sueltas de 'Muerte de un Viajante' antes de partir hacia la escuela para varoncitos. Era un riesgo que podría hacer mella en su relación con la actuación, cimiento sobre el que mucho había construido.

Por alguna razón —que no le molestaba— a su abuela le encantaba ser parte de aquel secreto. También lo había ayudado con lo económico. Lo incómodo era experimentar la sensación de que había hecho 'networking' de algún tipo yendo a visitar por sorpresa a una de sus profesoras de teatro de primaria: oh, sí, bueno, descubrí que mi vocación es inamovible, ja… ¿de casualidad conoces a alguien que garantice entrar a…? porque tengo conocidos que rebotaron de tal forma y en sus palabras 'no quieren volver a actuar por un tiempo'…" y el alivio cuando surgió el nombre de una amiga que tenía una conocida adentro de la institución que antes preparaba gente y dejó de hacerlo pero entrenó a otra que también entró y que sabía cómo afrontar cada instancia de la admisión aunque a su vez esta persona no andaba por ahí diciendo que preparaba personas porque estaba en una compañía como miembro estable.

Eso fue lo que entendió. Un contacto exclusivo por el que debía agradecer. El entusiasmo había agitado su respiración al conversar primero por e-mail y cuando tomaron macchiatos una tarde explayaron la presentación.

No existía comparación a cuán vivo se sentía sobre las tablas del escenario, envuelto en ese mágico presente. Dedicarse a ello podría hacerlo una ocasión frecuente.

 

 

La casa de la tipa se parecía a un castillo rocoso reciclado. Tenía miedo de haber trancado la reja antigua y la idea de correr hasta la parada de bus a cuadra y media nunca fue tan vistosa pero apareció.

—Dan —lo invitó a pasar con una sonrisa—. ¿Qué tal?

—Susan. Hola —dio un paso hacia adelante y acomodó su flequillo víctima del viento—. Estoy bien. Eh- nervioso. Feliz. Nervioso. Emocionado.

Ella se adelantó y le abrió la puerta dedicándole una mirada dulce:

—Me encanta tu entusiasmo.

—Permiso —dijo él. Su mirada se topó enseguida con un desconocido tecleando a toda velocidad en su teléfono, de tobillos cruzados, abstraído por completo del pórtico. Entonces se le escapó por accidente: —¿Y éste…?

'Éste' quería decir 'él'. Ya era tarde y el daño ya estaba hecho. 'Éste' le clavó dos ojazos azules y movilizó su cuello para hacerlo posible. Se concienciaron enseguida de la existencia del otro. Le parecía que era mayor que él y al mismo tiempo no — y un individuo tranquilo. Todavía no se había levantado para molerlo a golpes, solo guardó el aparato en un bolsillo de sus skinny jeans con cierta expresión inquisitiva.

—Dan, siento no haberte avisado. Sé que son clases individuales, pero estoy hasta la nuca de ensayos preestreno. Espero no te moleste fraccionar el espacio de trabajo con Phil, que será tu compañero.

Phil dejó la silla. Era un monumento, altísimo. Los dos le llevaban más de una cabeza a su docente. Sus cabezas habitaban otro lugar de la atmósfera.

—Perdón —Daniel fue seco y contundente—, Phil.

—No fue nada —se espejaban a una considerable distancia—, Dan.

Su nuevo conocido escondió sus manos en los bolsillos. Allí, prestando atención, notó que no sabía qué hacer con ellas mientras lo analizaba. No se quedaría atrás con la elaboración de un veredicto basado en la observación.

—Y me imagino que trajeron 'Un actor se prepara' ¿verdad?

—Sí —Phil miró a Susan con simpatía que se neutralizó frente al muchacho.

Dan asintió en silencio. Su mutis persistió incluso frente a la elección de comienzo por el capítulo siete 'Unidades y Objetivos' . Su compañero tenía una hermosa edición del libro y por su lado la conjunción de hojas hacía ruido al darles vuelta en la lectura. Las había traído en forma de pergamino, atado con una gomita de cabello de su madre. Tenían su notorio rodeo que las arrugó.

Al finalizar la lectura ninguno de los dos sabía qué decir. Lo único que registró del todo fue una extraña percepción en la periférica de estar siendo contemplado todo el rato.

—…¿Dan? ¿Quisieras intervenir sobre el capítulo o sobre lo que comentaba Phil?

El mencionado ojeó a ambos y se aclaró la garganta. Distraerse con nimiedades le provocó el primer bache de información.

—Prefiero a Mamet —se limitó a señalar.

—¡Tu rostro me lo hizo saber primero! Eres muy expresivo, ¿sabes?

 

 

—Estúpido libro aburrido —comenzó Dan por lo bajo apenas cruzó aquel portón.

Lo oyó cerrarse detrás. Luego, un breve trote.

—Las metáforas son… interesantes.

Ya se había percatado de que Phil le seguía el paso (podía seguirle el paso a sus piernas). Asumía que habían dejado atrás las impresiones y que se dirigían a la misma parada de autobús.

—Oh, es que uno se acostumbra —le había contestado con timidez. Tampoco le dejaba ver su rostro—. Lo leí hasta el aburrimiento.

—Bueno, yo considero ahora a mis ojos desvirgados de la metáfora del pavo.

Pese a que sabía que el chico sonreía, detenerse en seco fue un impulso.

—¿Nunca leíste a Stanislavski…?

—No. Nunca leí ningún autor de metodología actoral. De hecho, actué muy poco en mi vida. No recuerdo haber estado en un grupo de pequeño… y nunca tomé clases de grande… no con constancia.

Valoraba que Daniel se había volteado a mirarlo porque su rostro primero se tornó rojo, después azul, verde y por último morado. O en el orden del arcoíris. Su semblante mutaba de a puñados, iba por facciones. El corte en su ceja con una cicatriz de viejo piercing también poseía la capacidad de arrugarse. Lo angular de la adultez recién se asomaba y paulatinamente avasallaría el aura residual de puberto.

—¿Qué? —salió de su alma. ¿Sabes lo que cuestan estas clases?, fue lo que quiso decir—. Pero… si has leído los textos, ¿no?

—Obvio que sí. No todos. Obvio que sé lo que es una obra de teatro, tonto —Philip se destornillaba por dentro. Era una especie de condescendencia provocadora de su parte y si tuvieran más confianza, estaba seguro de que tiraría de su nariz mientras sacudía su cabeza. Su cabellera no acompañaba el desplazamiento—. Quiero prepararme y seguir aprendiendo sobre los dramaturgos en el camino.

—Pero- pero… ¿por qué? ¿Qué te llevó a…?

—No lo sé —confesó él—. Estudié lingüística. Pero cuando terminé… no sé —y se rascaba la nuca—. Le entregué el título a mis padres, entendí que lo había hecho por ellos sin ser consciente y que quería hacer otra cosa con mi vida.

Hubo una pausa. Dan no supo cuándo retomaron la marcha hacia una parada que estaba más lejos y solo se percató al no reconocer las casas de la calle.

—Me preguntaron qué. Dije 'quiero actuar'. Conseguí este contacto gracias a unos viejos amigos que conocí en internet. Y vivo aquí por ahora… y ya.

—Así que fue una corazonada.

Daniel no era más que el receptor de la historia e igual se estaba inquietando.

—Claro. Fue raro, sí. Solo supe que era el momento y lo que quería hacer. Llegó a mi mente.

No estaba seguro de qué contestarle y tal vez la falta de palabras fue clave para generar una interpretación de desprecio en su simple 'Ah'.

O el tipo estaba loco. O era mentira.

O su cinismo lo orillaba a desear la pose de un actor para conseguir chicas y mirar tetas y esas cosas. Fuera lo que fuera, él lo había dicho primero: era raro.

Su flequillo, que caía hacia un costado, era como un recorte de lo que fue un emo cerrando un ciclo. No identificaba una pelusa de vello y le llamaba la atención el alto contraste entre la negrura de su pelo y lo luminosos que eran sus ojos. Había dejado un rastro de perfume en todo el autobús hasta bajarse en una esquina y desaparecer en las entrañas de un restaurante.

Le tenía rabia ciega porque todo el camino a casa no dejó de pensar en él. Phil, Phil, Phil. Phil no-sé-su-apellido. Debido a la sequía de información su necesidad de stalkeo no podía ser saciada. No ubicó su Twitter, Youtube, Facebook de su mamá o Tumblr.

Todavía.

Y haría el esfuerzo por cotilla. Mientras menos misterio hubiera, menos ideas deambularían por su materia gris.

 

 

Un diluvio había hecho caer el cielo toda la semana. En esa oportunidad Dan no lo leía como un reflejo psico cósmico de su usual miseria, pues la discreta euforia que lo atravesaba permeaba su autodesprecio con una sorprendente eficacia.

Habían tenido charlas previas a la clase por separado sobre sus perfiles actorales y aquella tarde estaba marcada para trabajar la etapa de entrevistas y así poder sacárselas de encima.

Susan les había aconsejado trabajar en un look distinguible lejano a excentricidades. Su ushanka estaba cansado de ser el mejor guerrero. Era un objeto inanimado, ahora bien, cuando fue a sacarlo del perchero y lo vio, empapado y patético, le otorgó un día de descanso por enfermedad. Su planchita respiraba tranquila en el clima húmedo (tampoco servía de nada usarla en esas condiciones.)

En tanto que llegaba, Phil seguía contestando a las posibles preguntas. Fue tan tentador parar la oreja para intentar escuchar a través de la pared que su culo no llegó nunca a tocar la superficie del sofá:

—…tu historia con la actuación, cómo y cuándo se despertó tu interés…

—Solían venir elencos a hacer breves temporadas de teatro. Verá, soy de un pueblo pequeño así que a veces hasta usaban tu patio o casas como parte de la escenografía. Y eran ciclos cortos porque solían hacer una función y si le iba muy bien dos. Hubo un invierno tan cruel donde nadie vino y me di cuenta de que… extrañaba ver teatro —el muchacho se detuvo brevemente y Daniel se corrió más cerca de la diminuta grieta en la puerta—. Veía películas, sí. Sin embargo… aquello era distinto. Puedo recordar quedarme de charla con los actores cuando terminaban. Mamá me contó que nunca dejaba de hacerles preguntas. Hay un… componente efímero, que nos obliga a prestar atención. A estar allí. Me parece interesante también no poder recordarlo todo.

Se hizo uno con el asiento antes de que su compañero saliera. Su desparramo de extremidades daba la impresión de una espera despreocupada que no rozaba los malos modales. Disimularon buscarse con la mirada de inmediato.

—Mientes muy bien —eventualmente se animó a acotar Dan. Sabía que la malicia era producto de una rabia visceral anterior a escucharle.

—¿Ah, sí? —él no se congeló ante su observación. Le regalaba una sonrisa—: Yo disfruto de mentir…

—Convences.

—…Pelo de Hobbit —remató Phil. La sonrisa era misma a excepción de que mordía la diversión de esta.

El silencio posterior fue otro recurso cómico.

—¿Qué?

—Pelo de Hobbit.

Había reiterado el remate con mayor determinación — se la había devuelto. Tan rendido como perplejo, Daniel se topó con esponjosas ondas acumuladas en lo que sería su pequeña frente.

—Supongo que estás conociendo mi forma real —agregó con bochorno.

—Frodo Baggins se hace la plancha —cruzado de brazos y recostado en la pared, el muchacho no reprimía el goce que decoraba su rostro—. Pero, ¿por qué?

—Fui emo —volvió a la comodidad de no mirarlo—. Me acostumbré a hacerlo todos los días. Y me queda horrible, el pelo crespo. Parezco una esponja de fregar azulejos… un poodle mal cuidado. O uno de esos… caniches marrones, pero no marrones de mugre. Solo marrones.

—Pues sí te pareces a Frodo. Si midiera dos metros —le dijo. Todo esto fue acompañado de un paseo de sus ojos por su figura que lo enervó—. No está mal.

Veía venir que se pondría carmesí hasta las orejas y el cuello. Siendo esto inevitable se cruzó de brazos sin más.

—Bah… no sé. O sea. No sé si te creo. Porque mientes.

Phil se sentó a su lado. Sentía que su cuerpo era gigante y que su cerebro perverso agudizaba la cercanía de sus complexiones. Como si el tipo fuera capaz de avanzar sobre su espacio personal. No se pronunciaría al respecto.

Susan salió del cuarto contiguo para salvarlo.

—Dan, vas tú. Phil va a estar presente.

—¿Eh? —Dan reparó en su compañero alzando la ceja.

—Mi hijo estuvo presente en casi toda la entrevista de Phil —aclaró ella. El par de muchachos se habían alejado orientando sus piernas hacia un costado—. Es para simular que hay dos o tres personas escuchando y tomando apuntes.

—Ah. Mmm. Está bien.

Phil se paró. Al instante de acomodar su postura asumió animado su rol silente. Su tarea era estar ahí, verse bien y hacer acto de presencia. Con un portapapeles en su posesión fingía anotar cosas (lo dibujaba como una figura de palito con patas de hobbit y el cabello crespo). Susan lo detuvo cuando fue patente que Dan se dispersaba mirando el entretenimiento ajeno.

Se dispersaba.

—Daniel, cuéntanos algo de tu experiencia con la actuación.

—Bueno… actúo desde que tengo memoria. Dejé de ir a la iglesia los domingos para ir a clases de teatro. Formaba parte del club de teatro con mucho orgullo. Nada parecido a una compañía, éramos amateurs. Lo hice muchos años consecutivos. Cuando empecé la secundaria lo dejé de lado porque… —Dan parecía haber recordado algo específico que lavó su rostro del brillo pasional—. …Bueno, fue por falta de tiempo. Más tarde lo retomé, previo al bachillerato. Durante esos años donde no actué, leí mucho texto dramático y… confieso que me gusta autoficcionarme. He escrito algunos- eh… monólogos, si puedo considerarlos dignos de ser llamados así, de autoficción. Aunque siento que carecen de hilo. Me falta ver más la imagen grande y encontrar cómo dramaturgiarlos en una gran obra. Como… una temática que los englobe.

La respuesta había sido más que satisfactoria. Por reflejo, también tuvo en cuenta a su compañero. Jamás le había visto esa expresión antes, era indescifrable. Creía que estaba impresionado desde la sutileza. Divisaba sus incisivos encimados entre sus labios entreabiertos y los ojos azules como dos saetas puntiagudas pinchaban desde la distancia alguna zona de su rostro.

Dan se rascó cerca de un lugar con el índice y recuperó su compostura.

—¿Qué fue lo último que fuiste a ver?

—Fui a ver 'Fuenteovejuna' de Lope de Vega —dijo—. Pero no me gustó.

Susan ladeó la cabeza. —¿Oh?

—No es que sea reacio a las traducciones. No me gustó. Me pareció que traducirlo y dejarlo en inglés antiguo como el 'equivalente' alienaba a parte de la audiencia. Entiendo que fue escrita de una forma y que se debe a la época, pero… en nada sumó la conservación del léxico antiguo. Lo hizo muy aburrido y tedioso de entender —tomando aliento, continuó—: Me parece que una obra que contiene un mensaje tan poderoso como ese, debería modernizarse un poco. Yo entiendo que un tipo que trabaja ocho horas y tiene una familia no va a querer sentarse tres horas a no entender nada. Nadie quiere pagar para no entender nada. El teatro es del pueblo para el pueblo… Y sí, es un arte. Un arte que hace parte de un acto comunicativo.

—Muy interesante —se le escapó a Phil, hipnotizado, lejos de la ironía o la burla.

—Oh… gracias…

 

 

Debían encargarse del teórico por su cuenta, y siempre era mejor estudiar de a dos. Su compañero no había tenido la iniciativa de proponerlo. Eso no significó nada al final, pues al comunicarle su idea él había elegido el lugar, la hora, el día y además la mesa. La luz natural invitaba a leer. Entendió que probablemente su "cita" de estudio concluiría en cuanto bajara el sol, así que se le sumaba la elección de duración.

Pendiente del tránsito exterior, no miraba su teléfono sino por el gran ventanal a la derecha. Lo estaba esperando, una entretenida seriedad vestía su rostro. Llevaba puestas unas gafas de marco negro.

—Espero que no hayas ordenado una jarra de sangría —lo sobresaltó Dan con su intervención abrupta. Tomó asiento extendiendo la longitud de sus piernas que por un milisegundo formaron una uve doble—. …Sin mí.

—Sigue deseando —le sonrió Phil con ambas cejas arriba—, pedí una tetera para dos que todavía no llegó.

—Y yo que venía a invitarte a tomar una pinta. Son las dos de la tarde de un viernes y me acabo de asar la cabeza —buscaba algo en su mochila mientras le hablaba. Había encuadernado dos copias del material teórico, una para él y otra para Phil. Era solo que el espiral de alguna se había atascado en algo, y el ligero temblor en sus dedos no favorecía resolverlo—: La de la contratapa verde es tuya.

—No soy un tipo cervecero —respondió primero, tomando en su agarre aquella encantadora cortesía. Reparó en la tapa con el título a color y entonces su rostro también tomó color—; …No tenías por qué, había traído mi laptop. Gracias.

—A mí me asesina leer de la pantalla y hoy descubrí que tú ya te estás quedando ciego.

—Pffft. Basta. Solo un poquito.

Era lindo verlo nervioso.

—Gracias, Dan.

La aparición de la tetera y las tazas generó un ambiente de quietud y concentración que ni siquiera era adulterado por los sorbos y las tapas de los resaltadores saliendo. Habría pasado una hora y media hasta que Phil rompió el hielo:

—Sabes, yo preferiría que sea una sorpresa el monólogo que me tocará. Los dos, dramático y cómico. Aunque no sé por qué me el cómico me aterra más.

—A mí me cuesta la tragedia. Aunque me gustaría que me toque un monólogo de Hamlet. Yo sería Hamlet…

—…Pero queer —completó su compañero.

Paralizado tal cual pasajero de un vehículo que frena de golpe, los ojos de Dan se abrieron hasta descubrir casi toda la blanquecina esclerótica posible. No pudo contenerse ni refutar con un gesto despreocupado, revestido en falso desprecio. Phil captó en el acto su reacción. Después de todo, aquello había sido tirarle un descarado centro.

—Oye, Daniel —esperaba que su pequeña risita aligerara la tensa situación—. Hay un… 'radar'…

—Un gaydar. Sí, genio. Yo también lo tengo.

—¿Y…?

Le estaba preguntando si su dispositivo había pitado ante su esbelta figura.

—El primer día lo consideré… luego… ¿No…?

Ambos carcajearon hasta golpear la mesa con la palma de la mano. Sus apuntes se apilaban a un costado, se bronceaban bajo el sol vespertino mientras ellos huían del mismo.

—Como mentiroso eres buena persona.

—Oh, tómate un avión a la mierda, Phil.

Él sonreía de oreja a oreja. Se le dibujaban el comienzo de unas patas de gallo a los costados de sus ojos de cachorro. A veces salivaba igual que uno y fingía no prestarle atención a ese detalle. Dan tenía una risa contagiosa y chillona que sí o sí podía surtir efecto en el ánimo de cualquiera (se insertaba en este grupo).

—Me pareciste muy, muy, muy gay. Espero que te calme saberlo —agregó finalmente.

—De repente el roto está hablando del descosido —Phil apoyaba su cabeza en una mano. Se le habían agotado sus dosis de descaro. Estaba juntando valor a consciencia de su rostro embobado—: ¿Qué harás este fin de semana?

—Creo… que voy al cyber.

—Mmm.

—Iba más cuando tenía amigos. Era la única forma de coordinarnos para jugar todos juntos.

—¿Y qué pasó con ellos?

—Cada uno hizo su vida —le dijo. No esquivaba el contacto visual prolongado. Susan tenía razón: era un tipo de cara expresiva—. Supongo que no puedo decir que son mis amigos ahora.

—Podemos salir un día con mis amigos… si quieres.

—Bueno… por qué no. Si no molesto.

Phil chasqueó la lengua en tono de 'querido, no digas más tonterías por favor'. Cada uno recogió sus petates correspondientes y él aprovechó este impulso para ir a pagar la cuenta. El muchacho seguía sentado, la tela de su mochila hervía sobre su regazo; procesaba algo o una baraja de enigmáticos asuntos.

—¿Dan?

—¿Huh?

—Te confieso que cuando yo quede y tú no me voy a sentir mal —y se fue.

Sus ojos rodaron por voluntad propia.

 

 

Esa neblinosa mañana vestía trapos, aquellos cadáveres de ropa que juntaban polvo en el fondo del armario y no figuraban ni siquiera en la lista de pijamas. Phil lo había curado de espanto descuajaringándose de la colonia de agujeros en su axila. Por eso lo atendió de frente, dándole un codazo: no Phil, no vas a avergonzarme hasta que elija hacer los ejercicios semidesnudo. Quiso preguntarle si eso le gustaría (a último momento consideró que sería mucho y no resistiría lo que obtuviera de respuesta.)

Calentaban las articulaciones caminando por el espacio (el patio de Susan). La práctica de composición de personaje desde un motor físico le generaba confianza en sus aptitudes. Estaba en su salsa, el sol todavía no picaba, el agua fría estaba a unos pasos y los instrumentales asistían el histrionismo de la circunstancia. Era necesario sostener cierta solemnidad sobre el escenario que aquí no yacía. Para un forastero que desconocía la práctica, tanto los entrenamientos como las cábalas de un teatrero eran bizarras. Una clase de ese tipo tan temprano era una locura y un privilegio.

Mientras más conocía a Phil, más despreciaba su rol de compañero de clase. Era indignante percibir la manera en que su mente tenía en cuenta su presencia y se preguntaba cuál sería la naturaleza de su vínculo en otro contexto. ¿Trasladarían con ellos aquella tensión? Por lo menos aceptaba que no tenía que ver con la competencia por una misma vacante.

—Ahora, me gustaría que se comuniquen desde ese descubrimiento.

Dan no estaba en condiciones de dialogar con palabras. Hablarle lo debilitaría. Estaba transformado en un jorobado rengo y tuerto que había perdido los dientes. Para que sus dedos formaran parte de la composición se imaginaba que sostenía un garrote. Su compañero apeló hacia lo animal, era un temerario insecto que visualizaba con paralelamente con alas y cola. Se aproximó a gruñirle.

Phil y la capa de sudor que cubría su frente descubierta y su piel verde ficticia y el cuerpo peludo y grandes colmillos le contestaba esa octava abajo que sacudía su manzana de Adán y para colmo de todo eso — era hermoso.

Él siempre era hermoso. Era tan magnífico tenerlo así de cerca. Le perdonaría todo. Esto incluía que interrumpiera el flujo de la premisa porque se estaba mareando.

—¿Tienes vértigo? Yo conozco una maniobra para…

—No —sentenció abrupto con las manos de Dan a cada costado de su cabeza—. No… no me va a ayudar. Dame- denme un segundo. Siéntate conmigo.

—Y yo pensé que era el físicamente inepto…

Un retazo de tela cerca del ruedo de su pierna izquierda se le separó. Con éste se fabricó un paupérrimo turbante que enseguida se aferró a su cabello alisado. Sí, volvería así a casa.

—¿Qué dices? Si yo voy al gimnasio tres veces por semana… ¿Acaso no se me nota?

Ambos rieron.

—La verdad es que en mi día a día estar parado ya es un castigo.

—O caminar… trotar… agacharme…

—El DDR es mi segunda excepción. El resto me da mucha paja —a su lado, Phil había dejado de parecerse a las caricaturas con estrellas girando alrededor—: ¿Te alcanzo agua?

—…Bueno —le contestó él, ligeramente cohibido.

Dan rellenó ambas botellas y perdieron sus modales. Bebieron igual que dos perros, concentradísimos en la sensación de la garganta seca desvaneciéndose.

—Chicos —Susan captó la atención de sus miradas, con la otra mitad de su rostro hundida en el recipiente de plástico—, esta es la tercera vez que paramos. Seré honesta: tendremos que meterle uñas y dientes al entrenamiento… la resistencia. Tomémonos cinco más y a seguir.

La segunda ronda de hidratación estuvo implícita. Phil le tenía fija su atención en el muchacho machando sus uñas. Era uno de esos momentos de rareza en donde transparentaba una inocencia en su temperamento. El silencio lo despojaba de una gran armadura de hojalata.

Quizá, algún día —si tuviera esa oportunidad— Dan le contaría qué había vivido para siempre llevarla puesta.

—Phil…

—¿Sí?

Un par de obreros trabajando podrían haber sido la orquesta de fondo para suavizar la incomodidad de sus respiraciones navegando aquellas pausas chejovianas. Se presionó a ubicar su reflejo en los ojos ajenos:

—¿Todavía podría estar en pie… eso de reunirnos con…?

—De hecho sí —fue diligente, quería calmarlo. No había razón para sudar de nuevo—: Te iba a invitar cuando termináramos. Nos vamos a juntar en mi apartamento. Si tienes ganas, te paso mi número y me avisas.

Daniel determinó que el vértigo, de hecho, podía ser contagioso.

 

 

El subidón de adrenalina lo hacía saltar por las paredes. Repasar la plancha del flequillo escapando una quemadura en sus yemas era una tarea fina. Una vez que lo asentó en su dirección de siempre, lo hizo centelleó gracias al fijador. Perfumó su cuello, muñecas y la zona puntiaguda de sus hombros. Acto seguido bañó sus muñequeras y el cuello de su camisa a cuadros. Su bóxer rojo quedó intacto y a sus jeans negros los sostenía un cinturón de cuerina — no le haría gracia quedarse en culo por accidente.

Había revisado sus tweets y eliminado el "me tiembla todo D:" de horas posteriores a la invitación. Phil le devolvió el follow media hora más tarde. Por su salud mental huía de la pestaña de Likes en su perfil. Un porcentaje de las fotos que su compañero subía a su red social poseían un elemento sugerente: poses, luz, artículos de ropa que en vez de modelar sobre su cuerpo se habían incorporado a pequeños montículos de desorden sobre el inconfundible cubrecama verde y azul en el fondo. Su labio inferior pagaba las consecuencias, era imposible no reaccionar ante dicho contenido.

Su espalda iba ligera de equipaje. La botella de Malibu que compró fue resguardada un breve lapso de tiempo: al cruzar la puerta y avanzar una cuadra y media de su casa se dio un shot. La técnica ancestral de no tragar enseguida el alcohol remediaba la quemadura. Al instante de cruzar por personas en el camino hacia la parada bebía 'pequeños' tragos a ojo.

Frente a la puerta del edificio donde vivía Phil era un mejunje de patetismo, alegría y cachondeo. Estaba muy contento de verlo.

Un varón que nunca vio en su vida le abrió la puerta:

—Phil, ¿quién es este niño?

Dan le dedicó su mejor par de ojos muertos pero el resto de su rostro delataba que estaba vivo. Probablemente tenía que ver con el color que sus mejillas habían tomado y las puntas húmedas de su peinado.

—Yo soy tu padre —le contestó, las cuatro palabras ligeramente arrastradas.

El anfitrión apareció a un costado, batiendo sus pestañas largas. Oh, mierda, lo miraba y recordaba las fotos. Se habían tatuado en sus párpados. En su PC eran 'asddas1.jpg' 'sjadsal.jpg' y 'dios.jpg'.

—¡Dan! Pasa, ven… tengo un perchero por aquí.

Aquel colectivo de personas tomaba tragos en ronda y hablaban de a dos. Si se incluía serían doce personas.

—Hola, mi nombre es Dan —fue su primera y única interacción con todos.

El resto de la noche pasó pegado a la única persona que conocía. Cuando Phil se iba, a buscar hielo o a hablar con los demás, su cuerpo insistía en cruzar sus extremidades. La entrada de la madrugada quedó atrás y con todos ellos emprendió marcha a la casa de otro desconocido. Él sólo se aferraba a esa botella blanca como si su vida dependiese de ello.

—Ey, ¿me das un trago? —lo sobresaltó de atrás tocando su hombro.

Las paredes beige se movían solas. O las luces de colores eran un condimento de la ilusión.

—Obvio —contestaba Dan. Tenía plantada una de esas sonrisas que revelaban sus hoyuelos.

—Con calma, amigo —se refería a la botella por la mitad luego de tomarse un trago largo—. Si no fueras tan alto te daría dieciséis años y estaría cumpliendo el rol de niñera.

—Mmmm, claro, viejote. No necesito que nadie me cuide. Debería cuidarte yo a ti, ¿o no?

Daniel cambió de postura en el crujiente sofá del anfitrión anónimo. Phil le estaba regalando una risa, una de esas risas suyas donde sus ojos se cerraban y su cabeza se iba hacia atrás por inercia. Irradiaba ternura y le contagiaba su disfrute y sin embargo en ese estado repasaba sus piernas jugosas y el culazo desamparado por esos skinny jeans negros.

—Dan…

Le gustaba tanto ese tipo. Lo deseaba, con insania, frente a todos o en la intimidad; una fracción de segundo en el cielo de su mirar azul, y a esas alturas le importaba una mierda si lo descubrían curioseando hacia abajo. Una capa de pura y sencilla lascivia de ebrio lo protegía que podía llamar "inconsciencia".

Él había tomado su mano, colisionando contra algo que le resultó indoloro y cruzando piernas de otros, vasos, una mesa ratona. Un sillón para dos cuerpos y un corazón. Intentaba no patear por accidente la botella de Malibu a sus pies.

Tenía la punta de su lengua atrapada entre sus dientes. Tomaba otro trago, atendía el mareo.

—Phil… —manoteó el aire para que el mencionado le alcanzara la botella—. Oh, Dios. Estoy en la mierda.

—Estoy contigo… en la mierda.

Se habían orillado tanto a cada costado que se desplomaron en el suelo. Tras la colisión, como un caballo y su querencia, se pegaron codo a codo.

—Tal vez… solo… solo tal vez, estoy nervioso.

—¿Por la prueba? Yo también.

—No… no no, la prueba no —y temblaba Dan, tragando saliva antes de un titular—: Tú me pones nervioso.

—No hay nada que deba ponerte nervioso…

—¿Sa… sabes qué? Sí, tienes razón. Sip. En realidad no. Porque yo… amímegustalavagina.

—¿Qué?

Phil comprendió el hilo de palabras pero… no. No tenía sentido.

—Me gusta la vagina —insistía—. Comer. Coño. Creo…

—Okay, señor Vagina. Como decía, no hay nada que deba ponerte nervioso.

—Oh. Sí, no- o sea- no tiene que ver contigo. Sino con-… soy raro… Lo que quiero decir…

Un dedo sobre sus labios calló su divague con eficiencia. Dan se abalanzó sobre el cuerpo ajeno con la torpeza de quien tiene la vista periférica perjudicada y cada extremo le pesa. Sus piernas y las de Phil conformaron una gran montaña y sus brazos una ensalada de espagueti. Entonces le comió la boca. A nadie le importaba y su amante le revolvía el cabello con la potestad de un potente rizador. Su lengua paseaba por ese paladar que albergaba el sabor compartido.

Lo había mordisqueado.

—Dios, Phil…

—Vámonos a otro lado —murmuró él en su oído sensible.

Colorado, abochornado y ahora con piel de gallina; el chico más interesante de todos había preferido besarlo sobre todas sus opciones.

—¿Te aguantarás? —no supo cómo pudo tomarle el pelo.

Y por fin había avergonzado al corajudo asombroso Phil.

—Seré un caballero.

Su promesa era engorrosa de cumplir. La dificultad no había recaído en tomar el taxi, sino en practicar el autocontrol y la decencia: Dan tocaba su rodilla y amagaba una escalada hasta el centro de su muslo derecho. El alcohol siendo partícipe de su sistema lo tambaleaba sospechosamente hacia su cuerpo. Esas piernas eran suyas en ese presente.

Seguía tímido, y ahora le costaba tantear el orificio de las llaves. Para cuando Dan se resolvió a dejar el chiste y la náusea, lo único que sintió de su "ayuda" fueron sus manos de manteca forcejeando el picaporte — enseguida salió propulsado hacia adelante y todavía risueño gateó hacia aquel sofá del living comedor.

—¿Y el Malibu?

—Lo terminamos.

—¿Eh? Nah —dijo—. ¿Eh?

Curioso, y para nada desconcertado, su corazón le martillaba en el pecho. Allí estaban sus piernas, ocupando todo el espacio posible al desperdigarse.

Le faltaba una pieza justo en el medio.

—Miento, creo que me lo olvidé en el taxi. Pero tengo otra bo…

Dan empujó a Phil en dirección a su regazo, pellizcando el costado de su pierna antes de enroscar sus tobillos con su par de zapatillas gastadas. Siempre un príncipe, él se dejó caer con sus rodillas puntiagudas, indoloro gracias a tamaña borrachera.

—…tella…

Las pupilas se le habían dilatado ante tal sucesión de eventos. Dan acompañaba la intensidad de su sudor y el sonrojo. Era notorio que era pecoso (aunque sus pecas y lunares buscaran camuflaje en el rubor). Los jirones más largos de su cabello color negro, tan negro que simulaba un agujero negro donde estaba el cráneo; estorbaban la exquisita visión de su estimado.

Restregarse era un truco tan intencional y antiguo. Jamás lo haría perder el dominio sobre Daniel Howell, y dejarlo ir no estaba incluido en sus planes.

—Ya no soy tímido —le comentó con dificultad.

Era una distracción para que sus dedos de pianista se colaran en el polo azul marino.

—Oh, tú y tu acento refinado —balbuceaba en su oído para estremecerlo. Contraatacó la mano húmeda con un rastro de besos en la oreja—, Dios…

—Lo único refinado será mi acento, entonces.

Jugando con los pezones de Phil, Dan pensaba en su siguiente movimiento pero no podía dejar de mirarlo. El deseo encarcelado en su pecho bajó sus manos por detrás, fugando su agarre de la tela para llegar a ese maldito culo. Sería un crimen no besuquearlo mientras manoseaba gustoso.

Los skinny jeans lo estaban castrando y él lo asesinaba deshaciendo con tanta agilidad los botones de su camisa toda arrugada.

—Dan —lo llamó.

—Mmmm…

Sus manos tranquilizaban de a poco su anhelo y pedantería pese a los bultos formando su propio terreno montañoso. De repente veía negro unos segundos, o entornaba la vista y perdía el hilo.

—Dan.

—Qué hazaña heroica… habré hecho para… estar…

—Dan, no quiero ser ese tipo pero… se te están cerrando las persianas.

Había, naturalmente, algo de diversión en el semblante ajeno y una ligera punzada de preocupación en la mandíbula tensa.

—¡No…! Nada que ver…

—Ahora soy yo el que dice 'Mmmm' —le contestó—. Hablo en serio, amor. No pasa nada.

—Pero…

—No me voy a ir a ningún lado.

—¡Sólo no te irás porque esta es tu casa! —y pendía una sonrisa bobalicona de sus labios. A Phil no le había hecho mucha gracia su chiste—. No sabes cuánto pensé en esto. Me parece que si me duermo despertaré de un sueño…

—Gracioso… dame la mano y vamos a la cama.

Persianas cerradas o no, Dan seguía de mano larga tocando su retaguardia;

—¿Y si dormimos aquí en el sofá?

El Dan de mañana pagaría las consecuencias de acurrucarse con el cuello torcido. Él no.

—Maldito perezoso. Está bien.

Phil halló un hueco en su cómodo en su pecho una vez que insistió en sacarse los lentes de contacto y demoró cuarenta minutos. Aquel muchacho, aunque adormilado, no descuidaba su encanto: le había hecho mimos a su cabello hasta que su mano sucumbió también al súbito bajón. Estaba seguro de que parloteó incoherencias para remediar esa horrible sensación de cerebro licuado.

 

 

Los ojos se le abrieron solos al recordar que no le había avisado nada a nadie. Si bien era verdad que mantenía a sus padres al margen —y que ellos paulatinamente se acostumbrarían a que las cosas fueran de ese modo—, por nada en el mundo deseaba alarmar a su abuela con su ausencia.

Había caído en brazos de Morfeo con las patas colgando. No entraba en horizontal (tampoco la belleza que dormía de boca abierta casi cayendo al piso junto a él). Trató de moverse lo justo y necesario para escabullirse, mareado, tonto y resentido en toda definición de la palabra.

La cabeza se le partía en pedacitos. Dan echó un vistazo al mundo exterior por la ventana más cercana. Al voltearse, Phil estaba allí. Su flequillo descontrolado le daba la ilusión de un sedoso quiff. No veía una mierda y se le fruncía el ceño por el esfuerzo de enfocar.

—Nos vemos el lunes —fue su único comentario.

Dejó la escena con la prisa que tiene un actor con cambio de vestuario.

Todo el fin de semana revisó el Twitter y el Dailybooth de Phil a ver si en todo caso se hacía el lindo y despechado, sin embargo, fue acogido por grillos, F5 y nada, blanco, silencio. Se sentía raro, claro, recordaba en oleadas estar tocándolo y besándolo con lascivia y desenfreno frente a otras personas. Estaba hecho una bola en su edredón.

Tampoco había mensajes, lo cual era coherente porque había huido como si fuera su sucio amante. Llevaba un mes y medio de clases y, oh, Dios, se había involucrado con su compañero de práctica. Las ganas de conocerlo lo habían superado y se entreveraban con sus ganas de vérsela dura, tiesa, de mármol.

El miércoles por la tarde volvió a verlo, prendido a 'Un actor se Prepara'. No llegó a un registro de insolencia suficiente para dirigirle la palabra o la mirada. Sus labios eran una línea, ahora sedienta, melodramática.

—Chicos, espero que hayan recargado su memoria y creatividad —Phil soltó el libro y se enderezó frente a la silla ante las palabras de Susan—. Hoy nos toca improvisación. ¡Por fin! ¿No? Es más llevadero, pero tiene menos peso que la prueba corporal.

Su compañero se hacía el desentendido concentrándose en una mancha de la moquette antigua.

—Phil, dale una profesión a Dan para empezar el 'Más, menos, otro'.

"Comemierda" pensó el muchacho. "Phil me dará comemierda. O hijo de puta. O paseador de perros— ¿qué sería el equivalente a comemierda?"

—Herrero.

—¿Qué mierda hace un herrero…? —Dan rascó su cabeza, musitando para sí mismo—. ¿¡Qué mierda hace un herrero…?!

Ante los dos no se inmutó.

—Dan…

—Verdulero… creo.

Phil le regaló un gesto con las cejas y una mano al costado. Por un segundo creyó que ambos querían estallar en risa.

—Veo que les gusta desafiarse —era obvio que ella, aunque fuera de su interna, lo hallaba más interesante que lo rutinario—. Bien. Yo moderaré. Se enfoca más en los matices…, en la esencia de la improvisación que es el juego, la rapidez.

—¿Cuál es la situación?

—Ambos intentan venderle al otro un objeto que está envenenado. Vamos.

Dan se despojó de toda incredulidad y se transformó en la mejor imagen de 'herrera… femenina' que construyó su mente. Phil era un viejo con un bastón invisible, no usaba el recurso de encorvarse.

—Hola —saludaba en una voz chillona—, deme una verdura que tenga cáscara, por favor, que debo… volver al trabajo…

—Enseguida, bella señorita. ¿Le gustaría una banana…?

—Menos.

—¿Le gustaría una bananita?

—Menos…

—¿Le gustaría una gomita en forma de banana?

—¿¡Pero qué!? Me dijeron que esto es una verdulería —se cruzaba de brazos, negando con la cabeza—: Me siento decepcionada.

—Otra.

—Me siento desesperada.

—Otra.

—Me siento halagada… estoy trabajando en forjar una pieza de metal en forma de gomita.

—¡Oh! ¿Me la muestra?

—Aquí…

Phil reaccionó al aire. Dan se preguntó si su visión del objeto era compartida o sesgada. La improvisación lo enervaba más de lo que admitiría en público, desprogramaba su cerebro organizador.

—¡Está hermosa!

—Menos.

—Está… buena.

—Menos.

—Está bien. Decente. En serio, ¿no quiere llevarse la gomita? Le puedo regalar las que me sobran…

—Podemos hacer trueque. Yo te doy a cambio esta escultura.

—Mmmm… la aceptaría, pero no me parece justo —el muchacho siempre parecía tener una serie de expresiones faciales características bajo su manga—. No me parece justo que yo le dé un producto de ésta calidad por una… mierda como esa.

Era gracioso porque lo decía el viejo que vivía dentro de Philip. Pronto, Dan aceptaría que se estaba quedando en blanco pese a la instructiva moderación. El nerviosismo se llevaba lo mejor de él.

—¿Dan?

—Estoy… no estoy pudiendo retener lo que… Se me trabó el cerebro —dijo—; Estoy como… pasmado, y no sé por qué.

—Está bien. Tenemos varias horas para probar.

—Es sólo que siento que soy una mierda en esto.

Le avergonzaba quebrarse frente a Phil y se exacerbaba la sensación de ahogo luego del acontecimiento. Carecía de certeza sobre contar con su apoyo y eso dolía.

—No, no eres malo, en absoluto. A todos nos cuesta, a algunos más y a otros menos. ¿Crees que te haría bien un poco de aire?

Asintió rendido y en automático fue hasta el porche floreado, lejos de la reja atormentadora. Corría ese aire que con frecuencia anuncia lluvia. Miraba sus manos a lo que tanteaban cuando tantearon su hombro:

—No quiero que digas una palabra de consuelo —fue ambiguo. No contaba con que fuera él.

—No lo iba a hacer.

—Quiero que la tierra me trague —quería esconderse entre callos, uñas y carne.

La respuesta tomó su tiempo.

—Hmm. Yo también lo quise.

—Dios, no, no me digas eso. Quiero dejar de cagarla pero no puedo, ayuda.

Quiero dejar de cagarla contigo, quiso decir.

—Ey.

—Lo que te dije es verdad, me pongo nervioso. Me cago, me ciega el miedo, vivo con miedo. Me cuesta mucho —pausó, pues también dolía la palabra—; …mostrarme.

—Eres actor. Un gran actor. No sé si lo que te cuesta es mostrarte. Es otra la palabra… es…, en realidad…,

—Quiero ser actor. No sé si lo soy… no importa. Es verdad lo que dices, no me refiero a eso, Phil. Lo que me cuesta es vivir con que soy… simplemente…

Gay —terminó él.

Ningún rodeo. Ninguna reacción defensiva.

—Sí. Pero es muy temprano, mi querido, para contarte mis traumas.

Dan tomó la mano de Phil, pálida; suave, el callo de escritor que le pelechaba protuberante. Nunca pasó por su cabeza la idea de ser rechazado. Llevaba su par de lentes negros a juego con su pelo. Le mimó los nudillos con delicadeza. No lloraría pese a estar rojo tal cual la previa de un doloroso lamento.

De apariencia gentil y misteriosa, estaba allí. Quería conocerlo tanto para observarlo y adivinar qué rondaba por su mente de mago.

—A mí no me importa que me los cuentes —la voz del muchacho era frágil y lo que decía era importante.

—Deberíamos volver —lo inundó un deje triste.

Phil no se lo permitiría: lo retuvo por su mismo agarre.

—Dan, yo también soy gay. Tú lo dijiste, muy muy muy, gay. Yo también salí del clóset, lo saben mis amigos… lo sabe mi familia y, carajo, mis vecinos. Todo el mundo —podía reírse al respecto. El mencionado, en cambio, mordía su labio—: ¿Y qué? No te condenes a no sentir felicidad. Saldrás… cuando tengas que salir. Pero puedes ser feliz. Debes ser feliz como sea. Persistir en intentarlo.

—Estoy tan atemorizado… y soy tan cobarde —le susurró. Lo quería lo más cerca posible y no quería pensar en quién lo vería. No era pena, su mano estaba allí, refugiando la suya y su notorio temblor—: Perdón, perdón, perdón. Perdón por haberte dejado así. No supe qué hacer. No… no… fue más grande que yo. Me perseguí pensando que- que alguien haya dicho algo, de ti, que eres tan… que dijeran algo de mí o de tú y yo que pudiera afectarte. No estoy diciendo que yo sea alguien que te importe tanto, solo…

Dan se calló a sí mismo abrigándose en aquellos labios que una vez pertenecieron a un completo desconocido. Suaves, indescriptibles, guardianes de esa cálida sonrisa perfecta.

—No dejo de hablar mierda y tú eres tan genial…

Phil tocó su nariz con la suya antes de ese último beso. Se levantó despacio, y le ofreció una mano que no rechazaría (para su desgracia no era en dirección a su cama).

 

 

Quería preguntarle si el techo del apartamento venía con esos stickers de estrellas perdiendo brillo. En la dulce espera, no había nada más que hacer. El tiempo tenía la obligación de pasar. Por mientras, existía la cama, el colchón hundido de un lado y del otro no, y sus cuerpos en diagonal en paños menores.

—A mí me tocó 'El Mágico Prodigioso' —comentaba Dan, tragándose un suspiro de satisfacción pura—: …No tengo ni puta idea de qué se trata. Ni qué es.

Phil, de ojos cerrados, le contestó:

—¿El de comedia?

—Sí, claro.

—A mí me tocó el Burgués Gentilhombre. Y yo que creí que me tocaría… no sé…

—El monólogo ese de… no me sale el nombre, es de Shakespeare —pensaba en voz alta, reparando en su rostro adormilado. Estaba preparado para verlo babear aquella barbita que empezaba a hacer acto de presencia en la piel lechosa—: …Ese que dice, el más noble oficio es el del mentiroso.

—Amor, no me gusta tanto mentir. Es una hipérbole, mmm —su pecho largo era la almohada de ensueño—. Además, sabes que nos tocó Hamlet a los dos en el otro.

—¿Eh?

Susan había calibrado los monólogos con un seguimiento de sus cualidades. Siempre uno se creaba un perfil actoral. Algunos eran más fantasiosos que la vida diaria y otros reflejaban la esencia del intérprete a la perfección.

—Me tocó Hamlet —indicó Phil.

—A mí me tocó Laertes… —agregó Dan. Ese pacto de no contarle al otro qué harían, se había ido a la mierda—: Oh, Dios, qué ñoños de mierda. Me imagino que te estás emocionando como yo porque…

—Hipotéticamente, estaríamos en escena juntos. Obvio. Aunque… bueno, creo que si fuéramos nosotros dos, terminaría de otra forma, ¿No crees?

—Ay, Phil —no podía frenar la sangre yendo a sus orejas—: Tenedor hallado en cocina… mmm, no. Déjame dudar.

—Es que podrían haber tenido sexo gay y ya.

—No puedo negar que amo tu cabeza y lo que sea que use de combustible…

No desperdiciaría esa oportunidad para treparse encima. Sus pies no quedaban fuera del colchón, por suerte. La luz amarillenta se le hacía un poco espantosa. Funcionaría en lugar de abrir las cortinas gruesas. Se negaba rotundamente a apagar la luz — todo detalle de ese rostro estaría en su memoria.

—¿Qué haremos con esto, huh?

—No me voy a ir a ningún lado —le repitió sus palabras.

 

 

La semana infernal había iniciado. No se habían despegado un segundo a tal grado de no conocer a otros participantes, no entablar conversaciones que no fueran vitales. Estaban en el mismo subgrupo además de comer juntos, desvelarse juntos, repasar juntos y andar de la mano en breves intervalos al vagar por el edificio.

Dan sostenía su cuerpo con una pared espejada y revisaba letra por lo bajo. Phil llegó:

—Dan, no sabes lo que me pasó. Esta chica…

La última palabra llamó su atención y trastornó su cara neutra.

—…Y me preguntó si yo tenía un bolígrafo de más, le dije que sí, ¡Pero me acabo de dar cuenta de que sólo traje uno! Y tengo colores, corrector, también un semicírculo que ocupa espacio y…

La furia reprimida en unos pobres dientes que bruxarían si fuera noche. Todo brillo en sus ojos tuvo muerte súbita, reaccionaria. Creyó haber dejado de ser humano, navegando una realidad paralela donde nada era ilegal.

—Dije 'una chica' y se te cayó la cara. Príncipe, ¿por qué? —era hilarante llevar la cuenta de esa reacción específica ante información. Le codeó el antebrazo—. ¡Una chica…!

—Yo no tengo ninguna cara, Philip —entrecerraba los ojos.

—Digas lo que digas, conozco lo que maquinas.

Sería un gran final que todo fuera una gigantesca escenografía desmontándose en la cadencia de Nature Boy. Los actores saludarían una, dos veces — luego telón.

 

Notes:

Es gracioso, porque pensando en la naturaleza humana al terminar, llegué a la conclusión de que en realidad era una narración de cómo interpretaba Dan el mundo y cómo veía a Phil (desde la afilada competencia hasta ese costado suyo que lo volvía un loco irracional tierno y pajero como un puberto.)

mi idea original era hacer una 'versión libre' de "El Público" de Lorca, pero Phan. Al pensarlo me di cuenta de que no sabría quién chucha sería Elena xD [Elena serían las teorías de que Phil tenía otro novio —que no era Dan— y Dan estaba en Grindr. ¿]
no sé si es necesario explicar que la razón por la que la narración ronda sobre Dan es porque Dan quería ser actor C:
amo a estos dos. demasiado. con locura.

Gracias por leer <3