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Haber puesto más de trescientos kilómetros entre Lautaro y su novia no ha servido de absolutamente nada.
Fue una inversión fallida. Lo convenció de vacacionar en Punta del Este y, en un gesto que disfrazaba bastante mal su desesperación, le pagó todo: pasajes, estadía, salidas. Claro que quería que Lautaro la pasara bien y se relajara, pero sobre todo quería tenerlo cerca suyo y lejos de ella. Pero fue todo en vano. Lautaro la llamaba todos los días e incluso algunas noches, mientras todos salían, él elegía quedarse en su habitación hablando con su novia.
Manuel se siente un idiota. No sólo no consiguió enfriar aquella relación, sino que tampoco logró decir ni una sola palabra de la confesión que estuvo ensayando durante días. Oportunidades no le faltaron: las chicas se encargaron de dejarlos solos en más de un atardecer en la playa, en más de una caminata con la luz de la luna reflejándose en el mar. Pero no pudo, el miedo lo paralizó y las palabras se le hicieron un nudo en la garganta.
Él en general es bastante lanzado y seguro de sí mismo, pero con Lautaro es otra cosa: se vuelve un manojo de nervios e inseguridades. Piensa: "¿Y si no le pasa lo mismo? ¿Y si después de decirle lo que siento no quiere verme más? ¿Y si se vuelve a ir?". Preguntas que jamás pasan por su cabeza cuando se trata de encarar a una mina, ahora son habitué cada vez que se propone decirle a su mejor amigo "me gustas tanto que no puedo pensar en otra cosa".
Las dudas lo están volviendo loco porque intuye, se da cuenta, que para Lautaro algo también cambió. Pero no sabe si cambió para bien o si es el principio del fin.
La única certeza que tiene es que su amigo es un chico de tradiciones. Lautaro repite siempre que puede que sueña con la novia vestida de blanco, los nenes corriendo en el jardín, un perro grande y juguetón. Manuel no entra en esa postal. Ni siquiera como el mejor amigo, el padrino de bodas o el tío abnegado. No podría ocupar esos lugares porque se le notarían los celos en la cara. Se le verían las ganas de destruir esa imagen perfecta y robarse al marido detallista, al padre dedicado. No le importaría dinamitarlo todo para quedarse con él. Con suerte podría ser un invitado ocasional a fiestas no tan importantes, si es que la extraña tensión entre ambos no termina alejándolos definitivamente, convirtiéndolos en un recuerdo doloroso, en una puntadita en el pecho cada vez que escucharan el nombre del otro.
Un peluche de Cars le pega en la cara, sacándolo abruptamente de sus cavilaciones más trágicas.
—Otra vez estás pensando mucho, Manolito —Liza dice, mirándolo por encima de su celular.
Manuel le devuelve la mirada y la ve tirada en su cama, con la promesa de ayudarlo a desarmar las valijas totalmente olvidada, y agradece que esté ahí con él. Tira la remera que estaba doblando a los pies de la cama, levanta el peluche del suelo y se recuesta a su lado, mirando el techo, tratando de ignorar las risas de sus amigos y las novias de ambos. Le duele pensar que Lautaro hace muchísimo que no se ríe así con él.
—Tengo que arrancarme estas ideas de la cabeza, Liz —susurra—. Me confundí. Me dejé llevar por voces de afuera y alimenté un sentimiento imposible. Flashé cualquiera.
Liza se gira y se apoya en el codo para mirarlo desde arriba.
—Negar lo que te pasa no es el camino para superarlo, Manu.
Él infla las mejillas y suelta el aire en una exhalación pesada.
—Mamá me dijo lo mismo —dice.
—Si te sirve de algo —agrega ella mientras le acaricia el pelo—, estoy segura de que no es un delirio tuyo. A él le pasa lo mismo, y no desde hace poco.
Manuel la mira.
—Si es así, le aterra. Le espanta lo que nos pasa. Por eso me esquiva, no me mira, se pone tenso. No tiene salida esto, Liz.
—Tiene, pero la esquivan como si fuera la entrada al infierno.
Manuel rueda los ojos.
—Hablarlo solamente va a complicar más las cosas. Vos no lo conocés como lo conozco yo, todo esto le causa rechazo.
—Es miedo, Manu. Vergüenza, si querés. Pero rechazo no es la palabra.
Manuel traga saliva, el nudo en la garganta es cada vez más grande.
—Me dijo que está enamorado de Lula.
Liza revolea los ojos.
—¿Ves? Es lo que te digo: tiene pánico.
—No es solo eso. De verdad cree que ella es especial.
Liza se ríe abiertamente.
—¿Una Lourdes de Pilar le parece especial? Ella, la novia de Santiago, yo: somos todas iguales. Tenemos todas las mismas forma de hablar, la misma ropa, los mismos intereses…
—Vos no, Liz.
—Porque voy a la universidad pública y mi papá es zurdo, Manuel. Poneme en La Polenta y soy indistinguible de cualquier otra rubia genérica.
Manuel suelta una risa cansada.
—¿No te das cuenta de que está desesperado por tomar distancia para poder convencerse a sí mismo de todo eso que te dice? —Liza le pregunta.
—Quizás es lo mejor —Manuel reflexiona, volviendo la vista al techo—. Por ahí la solución es alejarme y dejar que él… construya la vida que necesita.
Liza suspira.
—Lo de alejarse la última vez terminó con vos llorando en stream y con él yéndose a vivir con Dami.
Manuel se queda callado. Liza tiene razón.
—Pero en algo tenés razón: si no pueden hacerse cargo de lo que sienten, lo mejor es soltar —sigue ella—. Dejá que él haga su vida y vos empezá a explorar lo que tengas ganas, mi amor. No me hagas pucheros.
—Yo no hago pucheros —refunfuña él.
—Es hermoso lo que tienen ustedes, pero si siguen así se les va a terminar pudriendo —sentencia ella.
Manuel exhala por la nariz. Está por contestar cuando escucha tres golpecitos en la puerta y seguidamente Lautaro asoma su cabecita rubia.
—¿Se puede?
—Pasá, gordo —Manuel le hace una sonrisa a medias.
—Llegó el sushi. Luli pidió para todos.
Luli. Mi-lu. Estándarmente adorable. Estándarmente hermosa. Estándarmente carismática. Ni más ni menos. Exactamente lo que Lautaro quiere. Pobre chica, Manuel la odia con toda su alma.
—Paso, Lauti. Tengo el estómago cerrado.
Lautaro entra y se sienta al lado de él. Ya le vio la cara de tristeza.
—¿Qué te pasa, Manu? Desde que llegamos de Punta estás así.
—Nada, bebote. Estoy medio nostálgico, ya sabés cómo soy.
—Contame —exige Lautaro.
A Manuel le es tan difícil ignorar esa mirada preocupada.
—No es nada, en serio. Los cierres de año siempre me pegan así.
Lautaro envuelve suavemente su muñeca. El toque les quema a los dos.
—Entonces vamos a comer todos juntos, dale. Te va a hacer bien.
Manuel mira la mano pequeña enredada en su brazo y le duele como una puñalada tener que romper el contacto. Se permite la exageración.
—Prefiero quedarme acá hoy, gordo.
—Me quedo con vos, entonces. Les digo a las chicas que se vayan y venimos con Santi a hacerte el aguante, miramos una peli...
—Te mato, Lautaro ¡Andá con tu novia! —Liza se ríe, sacándole peso a la situación—. Yo me quedo con este dramático, que para eso vine.
A Lautaro no le gusta y se le nota en la cara. Quiere llevarle la contraria a Liza. Discutir con ella y que Manuel lo defienda a él, que lo elija por sobre su mejor amiga. Pero no es normal esa posesividad, ni tampoco echar a su novia para quedarse con su amigo porque éste se puso nostálgico. No es normal y él no quiere, ya no quiere, renunciar a esa sensación de orden y normalidad que Lula le otorga.
—Cualquier cosa avisame —le dice, buscando su mirada.
Pero Manuel no lo mira. Pretende que sí, pero sus ojos están en otro lado cuando asiente y le dice:
—No te preocupes, gordo. No es nada.
Cuando Lautaro sale y cierra la puerta. Manuel se aprieta los ojos con las palmas de las manos. No va a llorar.
—¿Cómo mierda hago, Liz? —pregunta.
Liza lo piensa bastante antes de responder.
—Tengo a alguien para presentarte.
Manuel la mira con cierto fastidio.
—Ya me acosté con cuanta mina se me pasó por delante para sacarmelo de la cabeza. Ni una sola vez me funcionó.
—Se llama Tomás —Liza lo interrumpe—. Es el amigo de una amiga, empezó en el streaming hace poco. Es lindo, es tierno, le va bien, pero necesita un empujón: exactamente como te gustan a vos.
