Chapter Text
En el extremo más alejado del mar, justo donde las olas chocan contra los enormes acantilados y los inviernos parecen interminables, se encuentra la isla de Berk.
No está en ningún mapa; algunos nunca habían oído hablar de ese lugar y muchos otros creen que es un mito.
Pero si le preguntas a la gente que habita ahí, sabrás que no es apto para cualquiera.
Los isleños suelen llamarlo “El núcleo de los dementes”. Hemos vivido en la isla por más de siete generaciones y todos los días lidiamos con una plaga algo... complicada.
Verán, mientras otros lidian con mosquitos, cucarachas o incluso ratas, nosotros tenemos que lidiar con…
—¡Dragones!
Asome la cabeza por la ventana. Todo se había vuelto un caos en cuestión de segundos.
No lo dudé; mi cuerpo se movió por sí solo y comenzó a correr en dirección a la herrería, esquivando a las personas que corrían de un lado a otro.
—¡Qué carajo haces aquí afuera!?
El estruendoso grito me hizo detenerme y un enorme cuerpo se plantó frente a mí. Era Mitsuki Bakugo, jefa de la tribu y una de las personas más fuertes de toda la isla.
Su simple presencia hace temblar hasta al más osado.
—Yo... iba camino a la herrería —usé toda mi fuerza de voluntad para ocultar el temblor en mi voz.
—Más te vale no causar ningún problema, mocoso. No querrás darle un infarto a tu madre —habló con fuerza antes de retomar su camino.
Iba directo a un dragón.
Según los rumores, tenía tan solo seis años cuando mató a su primer dragón, un Pesadilla Monstruosa. Se había montado sobre su lomo antes de arrancarle la cabeza con sus propias manos.
¿Qué si lo creí?
Cien por ciento.
El poderoso rugido del dragón me hizo regresar a la realidad. Seguí corriendo, evitando los escombros de las casas incendiadas.
—Hasta que te dignas en aparecer.
Fue lo primero que escuché en cuanto entre a la herrería. Power Loader me miró con diversión; Probablemente estaba lleno de hollín y ceniza causada por todo el desastre de afuera.
El hombre había sido mi mentor desde que tengo memoria; lo más probable es que hubiera aprendido a usar un martillo antes que a gatear.
—Sí, bueno... ya sabes, estaba ocupado cazando dragones —comenté con sarcasmo.
—Primero aprende a atarte bien el mandil antes de intentar matar un dragón, pecosito.
Y esa era Hatsume Mei, mi mejor—y única—compañera en la herrería.
Cuando llegó aquí hace apenas un año y medio, no la soportaba. Es observadora y aprende muy rápido. Cuando algo se le mete a la cabeza a Mei, no hay poder humano que la detenga.
Eso fue último lo que nos volvió tan cercanos.
—Oh, ya verán ustedes dos —amenacé, levantando el dedo para señalarlos a ambos—. No metros debenne con este vikingo tan…
—¿Flacucho? —interrumpió Mei.
—¿Débil? —añadió Power Loader.
—Ja. Ja. Qué graciosos —sus comentarios no me hicieron ninguna gracia—. Se arrepentirán porque un día... un día voy a matar a un dragón. Les traeré la cabeza y la colgaré en la fachada. Ya lo verán.
Power y Mei intercambiaron miradas antes de estallar en carcajadas.
—Muy bien, gran y poderoso vikingo —comentó Mei con burla—. Mientras eso sucede, ponte a afilar espadas.
Me lanzó un par, haciéndome tropezar. Tuve que sostenerme de un estante para evitar caer de espaldas por el peso.
Suspiré con fastidio, pero no protesté.
Berk es el hogar de cazadores, herreros, pescadores y, por supuesto... vikingos.
Ellos se encargan de aniquilar a las enormes plagas que nos atacan constantemente. Todo vikingo tiene una increíble historia sobre cómo mató a su primer dragón.
Yo, por mi parte, vivo en las sombras de alguien a quien ni siquiera puedo recordar.
Mi padre, el anterior jefe de la aldea, había peleado con una manada de dragones él solo. O eso es lo que todo el mundo me cuenta.
Era solo un bebé cuando eso había pasado; No podría recordarlo ni aunque quisiera, y él había muerto antes de poder contarme su historia.
Mi madre había quedado destrozada y con un hijo al cual criar. No pudo asumir el cargo, así que la siguiente en la línea fue Mitsuki, la jefa actual.
Mi madre me prohibió terminantemente convertirme en un vikingo; Quería evitarme la misma suerte que había tenido mi padre.
Sin embargo, no podía darme ese lujo. Matar dragones lo era todo por aquí…
—¡Sigan así, imbéciles! ¡No dejen que se pierda ni una sola casa o yo mismo les arrancaré la cabeza!
Miré por la ventana en dirección a los gritos.
Bakugo Katsuki, el primogénito de la jefa. Toda la aldea le temía no solo por su apellido, sino también por su complicado carácter.
Sin embargo, yo siempre había logrado ver más allá de la fachada de chico fuerte que intentaba mostrar a todos.
Lo he observado de lejos toda la vida. Es fuerte, ágil con las armas, veloz en combate y un buen estratega, pero sobre todo... era muy, muy hermoso.
Su largo cabello rubio cae como cascada sobre sus anchos hombros. Sus brillantes ojos, rojos como el sol ardiente del atardecer, y su pálida piel que me hace querer…
—Tierra llamando a Izuku. ¿Sigues ahí? —Mei chasqueó los dedos frente a mi rostro—. ¿Se te perdió los barcos en el huracán o más bien... en los muslos del chico Bakugo?
Abrí los ojos, sorprendido, sintiendo cómo la sangre subía a mi cara.
—No tengo idea de qué estás hablando —mentí, esquivando su mirada—. Mejor vuelve a tu trabajo, metiche.
—Eso estaría haciendo si no estuvieras destruyendo una de mis preciosas espadas.
Miré el arma entre mis manos. La dejé mucho tiempo en el afilador; ahora es inservible. Lancé la espada al fondo de la herrería, junto a los inventos fallidos de Mei.
—Me debes una espada, amigo —se quejó.
Estuve a punto de responderle cuando nuevos gritos provenientes de la batalla me interrumpieron.
—¡Furia Nocturna!
Ambos volteamos sorprendidos.
—No puede ser posible —susurró Mei, acercándose a la ventana.
Negué con la cabeza, sin poder decir una palabra. La seguí de cerca, solo para ver a varios grupos de vikingos siendo atacados.
Si los dragones ya eran extraños, el Furia Nocturna era peculiar en su especie. Eran silenciosos, veloces y tan oscuros como la noche; de ahí el nombre.
Nadie había peleado con uno y sobrevivido para contarlo.
Miré el cielo con determinación. Una idea comenzaba a formarse en mi cabeza. Estaba perdiendo el tiempo afilando espadas cuando lo que en verdad debería estar haciendo es forjar mi propio nombre.
—Oye, ¿a dónde crees que vas? —preguntó Mei en cuanto me vio moverme hacia el armario—. Aún tenemos mucho trabajo que hacer aquí.
—Puedes encargarte tú sola —respondí, forzando con las puertas del armario—. Necesito salir.
Finalmente logré sacar nuestro invento: una enorme catapulta con dos redes lo bastante grandes como para atrapar a un dragón adulto.
Si me apresuraba, tal vez aún tendría suerte de capturar a ese Furia Nocturna.
—Izuku... —murmuró Mei con advertencia. Miró sobre su hombro; Power Loader estaba en la ventanilla, peleando con una persona por un arma defectuosa—. Necesitamos hacerle arreglos y la calibración está…
—Mei. Lo tengo resuelto —susurré, poniendo una mano en su hombro para tranquilizarla.
Llevábamos más de un mes trabajando en esa catapulta. Había intentado ocultar mis diseños de Power y Mei, pero aquella chica parece tener olfato para este tipo de cosas.
Al final acepté su ayuda a regañadientes. Era cierto que, por la emoción que me invade al hacer un nuevo diseño, no presto mucha atención a los detalles hasta que mi prototipo falla.
Mei, por otro lado, es más atenta a los pequeños detalles, razón por la que a Power le gusta el dúo que hacemos. Nos complementamos.
No pienso decirlo nunca en voz alta, pero también me gusta.
Mei seguía mirándome. La duda se reflejaba en sus ojos ámbar. Se suponía que haríamos pruebas en algún lugar seguro, lejos del resto de la aldea, pero era bastante probable que no volviera a tener una oportunidad como esta en mucho tiempo.
—No puedes asegurar que encontrarás a ese dragón —comenzó, insegura de dejarme ir—. Incluso si lo logras, ¿qué pasará si...? —dudó por unos largos segundos antes de volver a hablar—. ¿Y si algo sale mal?
—Cargaré con toda la culpa —respondí con simpleza—. Nadie sabe que tú estuviste involucrada en…
—Eso no es lo que me preocupa —susurró, sus hombros cargados de tensión y preocupación. Pocas veces he visto a Mei de esa manera.
—Seré cuidadoso, lo prometo —respondí, con una sonrisa que esperaba fuera tranquilizadora—. Además, sabemos que mi madre no me dejaría morir después de romper su única regla.
Eso pareció tranquilizarla, porque comenzó a reír.
—Bien. Te cubrié —respondió finalmente—. Intenta no morir, pecosito.
Sonreí por el apodo y salí corriendo por la puerta trasera tan rápido como mis piernas me lo permitieron.
La catapulta era pesada, pero no pensaba detenerme. Corrí a través de la extensa pradera, impidiendo acercarme al pueblo para no ser descubierto.
Subí con dificultad una enorme colina, empujando nuestro prototipo con todas mis fuerzas. Me detuve unos segundos en cuanto llegué a la cima para recuperar el aire y seguir corriendo.
Cuando creí estar lo suficientemente alejado de la aldea, pero sin perder a los dragones de vista, solté la catapulta.
Ajuste las redes en su lugar con manos sudorosas y le recé a los dioses para que la calibración no fallara ahora. Tantos factores podrían salir mal y todo se arruinaría.
Volteé sobre mi hombro, viendo cómo la batalla aún seguía sobre nuestro ganado.
El Furia Nocturna seguía ahí, burlando las lanzas de los vikingos que intentaban acabar con él y lanzando bolas de fuego cuando era necesario.
Observe con detenimiento. Sus ataques no habían tocado ninguna casa, mucho menos a las personas.
¿Había fallado o...?
Sacudí la cabeza. No, era imposible. Los Furia Nocturna nunca fallan, al menos eso era lo que todos decían. Su objetivo debía ser otro, ¿pero cuál?
Sentí un escalofrío subir por mi columna.
"No es momento de pensar en teorías, Izuku. Concéntrate", me regañé a mí mismo.
Volví a mirar en dirección a la batalla. Estaba por acabar y el ganado estaba casi intacto. Sonreí con satisfacción; eso significaba que el dragón pasaría por ahí en cualquier momento.
Miré a través de la lente que Mei y yo habíamos instalado para mejorar las probabilidades de dar en el blanco y esperé a que el flanco de la bestia encajara en el círculo de puntería. Mis manos comenzaron a temblar y el miedo a fallar comenzó a apoderarse de mí.
Mei tenía razón, la calibración estaba mal. No habíamos tenido tiempo de hacer pruebas antes de que la emoción me trajera hasta aquí.
“Entonces resuélvelo” , me susurró una voz en mi cabeza.
—Mei es zurda, eso significa que cuando el dragón esté en el centro del círculo, la red caerá al menos dos metros a la izquierda —comencé a murmurar. Hablar en voz alta solía ayudar a compensar la rapidez de mis pensamientos—. Si me muevo unos pocos centímetros a la derecha, tendré una pequeña posibilidad de darle. Es una parábola, Izuku. Tiene un punto máximo, solo tienes que…
No tuve tiempo de intentar hacer algún cálculo. Lo escuché antes de poder verlo: una mancha en el cielo que cubría las estrellas y la bestia había entrado en mi campo de visión.
Tomé la palanca y tiré de ella con fuerza, cayendo de espaldas por la inercia, pero eso no me impidió ver lo que había ocasionado mi tiro.
La primera roja pasó por encima del dragón, rozando su lomo, pero la segunda…
¡Bam!
El Furia Nocturna soltó un chillido de dolor, dio varias vueltas en el aire intentando liberarse de la red y finalmente cayó en picada entre las montañas junto a la aldea.
Abrí los ojos, sorprendido por lo que acababa de ver. De todas las cosas que esperaba que me pasaran, capturar a un dragón no era una de ellas.
—¡Funcionó! ¡Lo hice! ¡Le di! —grité eufórico, levantando los brazos con triunfo—. ¡¿Alguien vio eso?! ¡Atrapé un dragón!
Sentí una respiración pesada en mi nuca, tan caliente como el vapor del agua hirviendo. Me bastó con girar la cabeza solo unos milímetros para confirmar mis peores miedos.
Era una Pesadilla Monstruosa.
La emoción fue rápidamente sustituida por el terror.
—No me refería a ti —fue lo último que dije antes de comenzar a correr.
Mis piernas se movieron por sí solas. Corrí colina abajo tan rápido como pude. Tropecé varias veces con mis propios pies, pero eso no me detuvo.
Estaba tan concentrado gritando y huyendo por mi vida que no me di cuenta del momento en el que entré en la aldea hasta que fue muy tarde.
—¡Izuku! ¿¡Qué mierda estás haciendo!?
Nunca había estado tan aliviado de escuchar las leperadas de Mitsuki. Corrí en su dirección, esquivando el fuego y ocultándome detrás de cualquier cosa que pudiera protegerme del dragón.
Ella me miraba con el ceño fruncido; confundida y molesta, levantó un escudo sobre su cabeza, tomó impulso y lo lanzó hacia mí. Apenas tuve tiempo de arrojarme al suelo.
Rodé sobre mi cuerpo justo a tiempo para ver a la Pesadilla Monstruosa ser golpeada en la cara. Eso enfureció más al dragón y soltó otro gutural rugido, esta vez en dirección a Mitsuki.
Retrocedí, arrastrándome patéticamente por el suelo, pero entonces el dragón comenzó a toser y las pocas llamas que aún tenía en su cuerpo se fueron apagando.
—Ya se te acabó el fuego, ¿no es así? —comentó Mitsuki con burla, porque claro, solo a ella le causaba gracia esa situación.
El dragón intentó prenderse fuego, pero fue en vano. Ella tenía razón: se le había acabado.
Mitsuki se acercó corriendo y se lanzó contra él. Levantó el escudo del suelo y lo usó como arma. El impacto sacudió el suelo.
No vi el golpe, pero escuché el fuerte crujido de la mandíbula del dragón al impactar con el escudo. La bestia rugió, cada vez más furiosa, y Mitsuki... ella no retrocedió, nunca lo hacía. Por el contrario, se veía igual de molesta que la Pesadilla Monstruosa.
Lanzó el escudo sobre mí. No supe si fue para protegerme o como represalia por lo que había hecho; prefería la primera opción.
La jefa se puso en pose de combate y se acercó sin titubear, dando puñetazo tras puñetazo sobre la cara de su oponente. El dragón retrocedió, desorientado no solo por los golpes, sino también por la fuerza y precisión con la que la mujer atacaba.
Finalmente se dio por vencido. Agitó sus enormes alas y emprendió vuelo, rugiendo tan fuerte que varios tuvimos que cubrirnos los oídos.
Eso pareció ser la señal de retirada para ellos, porque fue cuestión de segundos para que el resto de dragones la siguieran.
Tuve solo unos segundos para evaluar los daños de mis acciones antes de que mi propio combate inicie.
La mayoría de los vikingos se habían distraído por mi intervención dentro de la aldea y los dragones se llevaron el ganado que habían estado protegiendo.
Y, por si no fuera poco, la huida de la Pesadilla Monstruosa se había llevado consigo varias casas nuevas y el puesto de vigilancia.
—Mamá me va a matar —susurré, aún estaba en el suelo, apoyado sobre mis codos.
—La muerte sería tu mejor opción —dijo Mitsuki, aún mirando cómo los dragones se llevaban nuestra comida.
No se veía molesta, solo algo... cansada. Defender la aldea de esas bestias prácticamente todos los días no debía ser fácil.
"Claro, Izuku. Y tú llegaste y lo complicaste más", me regañé a mí mismo.
—Jefa, escucha. Yo no quise...
—¿Qué pasó aquí?
La inconfundible voz de mi madre entró en escena. Un escalofrío me recorrió desde la espalda hasta la nuca. Me levanté tan rápido como mi adolorido cuerpo me permitió e intenté pasar desapercibido, aunque sabía que eso ya no funcionaba con ella.
—Inko, ¿lograste rescatar algunas casas? —preguntó Mitsuki en cuanto la vio.
Agradecí que tuviera la decencia de no mencionar el caos que provocó primero.
—Claro, mi equipo hizo un gran trabajo. Eso no responde mi pregunta, Mitsuki.
Inko Midoriya, mi madre. Hace mucho tiempo que había dejado de pelear —desde la muerte de mi padre, para ser exactos—. Sin embargo, aún lideraba a la gente, no solo por su capacidad de armar buenas estrategias, sino también por el respeto que llegaron a tenerle a mi padre, el anterior jefe de la aldea.
Ver a dos de las personas más importantes de la aldea en el mismo lugar no estaba ayudando a mis nervios. Mi madre se dio cuenta de que caminó directo hacia mí.
No era mucho más alto que yo y los años de falta de entrenamiento físico habían hecho que perdiera los músculos que tenía antes. Todo lo contrario a Mitsuki, quien es alta y con unos brazos que envidiaría a cualquiera. Sin embargo, tenían el mismo poder de influencia en las personas.
Te hacían sentir absurdamente pequeño en comparación con ellas.
—¿Qué fue lo que hiciste, Izuku? —su voz fue apenas un susurro, pero logró que todos a nuestro alrededor guardaran silencio.
—Yo... solo estaba intentando ayudar —hablé de la misma forma, pero sentí que mi voz la escucharía toda la isla.
—Ayudar? ¿Te parece que esto es ayudar? —señaló a su alrededor—. La gente perdió sus hogares, perdimos nuestro alimento, ¿y tú dices que intentabas ayudar?
Abrí y cerré la boca buscando algo que decir, pero nada salía de mí.
—Inko, no tienes que hacer esto aquí... —Mitsuki intervino, tomándola del brazo y haciendo que retrocediera.
—Con todo respeto, Mitsuki, pero este no es asunto tuyo —se zafó del agarre con brusquedad—. Esto es un asunto con mi hijo.
—Entonces deberían hacerlo en casa —volvió a hablar la jefa, esta vez más enojada—. No es asunto de toda la aldea.
—Lo es si tiene repercusiones para todos —levantó más la voz—. El invierno está cerca, tenemos un pueblo que alimenta. Ya perdimos mucho como para que se dé el lujo de provocar más caos.
Su mirada volvió a mí.
—¿Qué es lo que esperabas conseguir, Izuku? —su pregunta pesaba más que cualquier catapulta que hubiera cargado hoy.
Y mi respuesta sería una sentencia.
—Capturar un dragón —respondí, tan bajo que apenas me escuché yo mismo.
—Y ¿qué fue lo que conseguiste? Mira a tu alrededor. Cada que pone un pie fuera de la casa, algo termina destruido o en llamas.
Las manos de mi madre temblaban al igual que su voz. El silencio se volvió cada vez más pesado; toda la estaba atención sobre nosotros.
—Esto no es un juego. La vida de muchas personas está en nuestras manos —su voz se alzaba con cada palabra—. ¿Por qué no puedes entenderlo? No puedes solo salir por ahí y pretender cazar un dragón…
—Lo hice —hablé antes de pensar—. Atrapé un dragón.
—¿De qué estás hablando? —esta vez me miró como si hubiera perdido la cabeza.
Reuní el poco valor que me quedaba y dije:—Capturé un Furia Nocturna.
Por un momento nadie se movió. Mi madre seguía mirándome como si estuviera loco y yo sentía el corazón latir a mil por hora. De pronto, las risas se estallaron. Todos comenzaron a reír ya murmurar: “Está loco” , “Solo está buscando una salida”.
Tal vez era cierto. Tal vez estaba completamente loco y solo buscaba una salida. Tal vez acababa de cavar mi propia tumba, pero no me arrepentía. Quería que ella supiera que también puedo hacer algo que valga la pena.
—Izuku. Regresa a casa —fue su respuesta. Dio media vuelta y comenzó a alejarse.
—¡Espera! —corrí detrás de ella—. ¡Mamá, escúchame! Te estoy diciendo la verdad. Yo lo atrapé. Cayó cerca de aquí; si me dejas llevarte, lo verás y…
—¡Distensión, Izuku! —no se detuvo, pero tampoco era capaz de mirarme—. ¿¡No te das cuenta!? ¡Tus delirios de grandeza van a matarnos a todos!
—¡No hijos delirantes! —me defendí—. ¡Solo quiero ayudar! ¡Ya no soy un niño! ¡Soy un vikingo! ¡Está en mi sangre!
—No, Izuku. Estás equivocado —caminó hacia mí, haciéndome retroceder—. Eres muchas cosas, pero un vikingo jamás.
Tropecé con mis propios pies, haciéndome caer de espaldas otra vez.
-Mamá…
Fue lo único que pude decir. Estaba tan sorprendido de que las palabras se atoraron en mi garganta.
—Vuelve a casa —sentencia—. Voy a arreglar tu desastre.
Los murmullos se volvieron más fuertes y las risas no paraban de inundar mi cabeza, haciéndome sentir mareado.
—El espectáculo terminó. Vuelvan a sus asuntos —ordenó Mitsuki.
Ella me miró, sus ojos llenos de tristeza y lástima que me hicieron sentir repulsión. Aparté la vista y ella hizo lo mismo.
Pronto todos hicieron caso y regresaron a sus tareas, dejándome en el suelo cubierto de polvo, hollín y ceniza.
Sin embargo, nada me hacía sentir tan sucio como la humillación.
