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Han pasado siglos desde la última vez que vió un atardecer por voluntad propia, y el entusiasmo por ello no ha vuelto a nacer desde entonces. La intensidad de la estrella dominante ilumina cierta parte de su psique que Syndra insiste en ahogar en la oscuridad; nada más que polvo, sombras y manchas borrosas que aparecen en sus pesadillas.
Aparta la mirada tan pronto como se arrepiente. Tuerce su ojo y se guarda una queja para sí misma; se está haciendo tarde y ella está aquí, flotando a espaldas de la costa, viendo como su equipo va perdiendo la pelea contra la tercera bestia del día.
Con un gesto descuidado, una pequeña esfera oscura es invocada y lanzada de manera torpe hacia la criatura, quien recibe el golpe en su espesa masa con una grieta multicolor que se sella de nuevo en un instante. Syndra bosteza de fastidio. Empieza a dudar si Ahri realmente sabe cómo derrotar a este tipo de anomalías.
La bestia ruge como si le hicieran cosquillas. Parado en dos patas, retenido solo gracias a Syndra, ni siquiera tambalea ante los ataques más poderosos de los Guardianes; quienes, a un lado de él, no parecen más que motas de polvo tratando de colapsar a un planeta. Si el monstruo estuviera suelto, habría terminado de hacer polvo las ruinas sobrantes de la ciudad y se llevaría consigo al equipo bajo su tutela.
Y sería perfecto, porque al fin podría irse e ignorar la existencia de este planeta por otras cuantas décadas más.
Pero no tiene escapatoria. Valoran está infestado de monstruos cósmicos como este, gracias a una grieta interdimensional que sigue sin ser encontrada. Así como ellos, varios grupos de Guardianes fueron traídos aquí con la misión de cerrarla; y todos, sin excepción, desaparecieron en el proceso.
Syndra mira a su equipo de reojo; Ezreal tira proyectiles sin dirección ni propósito real; Ahri se toma un respiro cerca de Soraka, quien se sostiene a flote solo gracias al líder; y Sarah es, naturalmente, la única que sigue en pie, disparando y diciéndo tonterías como si la bestia pudiera entender. La asesora se lleva la mano a la nariz y cierra los ojos.
Ellos no serán la excepción .
—¡La ayuda ya está en camino! —grita Ahri, en un intento patético de levantar la moral destrozada de sus amigos.
Es una decisión inteligente, algo que la Estrella Prima podría aplaudir. Sin embargo, ella está lejos de ser la luz suprema y se permite estar decepcionada de que su líder no esté a la altura de las expectativas otra vez.
La bestia se suelta un poco debido a su distracción y Syndra vuelve a estrujar su agarre, su coraje contenido hace gritar a la anomalía, ahora sí de verdadero dolor. La viscosidad viva responde por instinto: patea bruscamente el agua bajo sus pies y levanta olas que resuenan detrás de la Guardiana, enviándole un escalofrío que recorre toda su espalda. Los Multis se tensan mientras Syndra mantiene la compostura, aunque ninguno de sus compañeros le esté prestando atención y su actuación sea un espectáculo íntimo más para engañarse a sí misma. No es momento para ceder ante su mayor defecto.
Pero, si tan solo tuviera la oportunidad, Syndra tomaría todo el mar y lo tiraría por la borda de un agujero negro. Entonces ella habrá ganado al fin.
Sin embargo, tiene que tragarse el amargo sabor de la derrota. No puede hacer eso con cada cuerpo de agua que se encuentre.
Resopla, mira hacia atrás con mala cara esperando que las olas sientan su desprecio y decidan desaparecer. Voltea hacia el sol, quien sigue sin tomarse nada a prisa, y le regala un último momento de calidez para despedirse. La Guardiana recibe el gesto con desinterés, pero extiende su mano para alcanzar al halo de luz cuando la corriente de aire frío se alza bajo el alba.
Y entonces, lo siente.
Es un soplido suave, el toque reconfortante de la brisa que te abraza y te regala un segundo de alivio ante tus pesares. Arrastra una tenue aura violeta mágica que envuelve al aire por completo, convirtiéndolo en un remolino visible y casi tangible para quien esté dentro de él. Un símbolo de llegada que Syndra reconocía casi por instinto. Una respuesta tardía a una llamada de auxilio hecha siglos atrás.
El viento era tranquilo, pero aún así tambaleó. Sintió su corazón hundirse. Un ancla desgarró su caja torácica para amarrar su pecho entre cadenas llenas de musgo para arrastrarla al fondo de su estómago. Cada bocanada de aire que tomaba para respirar la ahogaba el doble; aunque la reconociera, aunque la magia que inhalaba siempre estuvo hecha para salvarla. Syndra pensó que, si seguía así un segundo más, iba a morir de hipotermia.
«Es ella» . El eco retumba en su cabeza al punto de llevarla al borde de explotar. «Es ella. Es ella. Es ella. Es ella. Es ella».
Un rayo rojizo se estrelló en la cara del monstruo, rompiendo su viscosidad un fragmento de segundo que logró mostrar las estrellas vitales de su constelación. Cuando su rostro se recompuso, la bestia ruge, ahora furiosa, sacudiendo sus garras hacia enfrente, pataleando con una nueva movilidad regalada. Otro ataque, de nebulosas azules que parecían conejos, desata el bullicio de más Guardianas entrando a la batalla.
Es suficiente. Syndra no tiene tiempo ni ganas de respirar hondo y contar hasta diez; sus manos ya comienzan a temblar, la magia se derrite en la punta de sus dedos. Su corazón parece haber dejado de palpitar y, sin embargo, le pesa tanto que siente su cuerpo caer al vacío junto con él. Abre la boca, sin poder pedir ayuda, solo para encontrar un cielo azul oscuro en el horizonte. Llano, soso, ingrato. Expectante crítico del espectáculo.
Es un buen momento para irse.
Syndra chasquea los dedos; los Multis siguen la orden de inmediato. La anomalía ahora camina, y los Guardianes le deben toda su atención. No hay lugares para esconderse, por lo que debe escaparse para no ser vista y volar lejos, lo más lejos que pudiera. Para desaparecer, si tiene suerte.
Ni Ahri, ni su equipo, merecen explicaciones. De todas formas, con tantos en la pelea, su presencia ya no era prescindible. Había llegado alguien igual de poderosa que ella.
Aprovecha el segundo de distracción para girarse, y fue el peor error que pudo cometer. Allí estaba. No como el anhelo que vivía encerrado en un laberinto de jaulas corroidas, ni como la pesadilla que la asecha como su sombra. Era real, tan tangible, tan diferente a la última vez que la había visto hace siglos, cuando este insignificante planeta ni siquiera existía.
El tiempo tiñó su cabello de lila, pero no cambió la forma con la que el viento jugaba con él, elevándolo hacia arriba presumiendo de su libertad. Su piel morena tomó un nuevo contraste con el nuevo color de su traje y su estrella, haciendo notoria la madurez que había adquirido con los años de experiencia.
Sus pasos son firmes, vuela con la facilidad de quién nació en el aire y aprendió a convertirse en él. Su porte, el movimiento de sus manos ahora carecían de dudas o vacilaciones; su luz brillaba con la confianza de quien conoce cada parte de su ser.
Ya no había desesperación ni impotencia en su rostro; en sus ojos no hay rastro de la oscuridad que enfrentaron, ni una sola marca de las cadenas con la que la estrella oscura los condenó. Su mirada es serena, tranquila, reflejando la calma antes de la tormenta que se disolvió en su mano y ahora vive en la garganta de Syndra.
Siente su ojo picar, su cuerpo inmóvil, innerte en todo el caos interno que sigue sofocandola. Un exceso de aire que ella no puede inhalar; una palabra, un nombre que desentierra recuerdos dulces que se pudrieron con los siglos. La corrupción en su ojo izquierdo se expande debajo del parche, invisible ante todos menos la mente que la escucha envenenar sus memorias con una voz que no es suya.
«¡SYNDRA!»
No tuvo tiempo de reconocer la voz. Syndra siente un fuerte golpe en su pecho que la despertó del trance un segundo antes de aventarla lejos, detrás de ella, dentro de las olas violentas del mar. Un borrón de manchas oscuras alejándose de ella en un parpadeo; y en otro, un silencio sepulcral de sombras inquietas que la devoraban viva.
La realización llega cuando intenta gritar.
Los ojos le pican; Traga agua cada vez que quiere inhalar por la nariz, agita sus brazos con la desesperación carcomiendole cada rincón de su piel, ansioso por devorarla. Su cuerpo empieza a generar calor incontrolable, lo que intensifica el frío con cada centímetro en el que se adentra a las profundidades donde va a congelarse para siempre.
De lejos no puede distinguir nada más que murmullos ahogados que se hunden al fondo junto a ella. Un coro de personas que había esperado con ansias su llegada para cobrar venganza; un montón de cenizas con los brazos extendidos listos para encarcelarla como castigo eterno, cumpliendo su promesa.
Quiere hacer un último esfuerzo, pero sus sentidos habían olvidado como volar, como respirar, como gritar por ayuda, como si fuera de nuevo aquella niña a la que su hermano aventó al mar. Cómo si fuera a morir de nuevo.
Un pequeño conejo alicornio morado llega lo que parece ser una eternidad después. Rodea a Syndra con un destello morado apenas distinguible rozándole las patas. En un instante, un remolino de aire gira al rededor de su cabeza y al fin, al fin puede respirar. Siente que la empujan desde la espalda; su bolsa de aire se expande y le cubre el cuerpo entero. El choque de temperatura entre la ventizca fría y su cuerpo cálido hace que le duelan los huesos.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para ver una luna reflejándose en el agua, las mareas se cortaron a la mitad. El empuje detrás se detuvo, pero no la dejó caer. Las grandes olas que se formaron le abrieron paso a la Guardiana que hasta entonces solo vivió como recuerdo. Con un gesto de sus manos, creó un muro de viento mientras volaba hacia ella.
La toma en un abrazo que busca estabilizarla. El toque del guante seco en su brazo húmedo le escoce la piel y le dan ganas de rascarse hasta que ya no queda nada. Pero no demuestra cuánto se resiste; al contrario, se aferra. Syndra se desploma; evita toser para no escupir en el cuello de la Guardiana, así que se traga toda la amarga sal con la sensación de su garganta llena de lodo y arena. Todo su cuerpo tiembla, sus puños no pueden ni siquiera cerrarse correctamente. Solo se agarran de la tela mágica esperando que nunca la suelten.
Sus pies flotan, la suela de su zapato todavía rozando el inestable movimiento tranquilo de las olas y la marea. Syndra comete el error de mirarlo fijamente, y siente que la oscuridad oculta en él la asecha, buscando arrastrarla y arrancarle el ojo que no le pertenece.
La abrazan en respuesta. La temperatura cambia de a poco, volviéndose más cálida y fácil de respirar. El pequeño alicornio se acerca a ella para olerla. Cruzan miradas; el conejo ladea la cabeza e intenta acercarse más antes de ser detenido por la mano de su familiar.
—Está bien, Zeph. Bien hecho —susurran mientras le acarician la cabeza. Zephyr retrocede sin ganas, pero se distrae cuando ve a los Multis esperando detrás de él.
El viento sopla de nuevo y la arrastran suavemente a la orilla, dónde Ahri está esperando con esa mirada que usa para mantener la calma, viendo de reojo a los novatos y su estúpido intento de alejar a la bestia de ellas. Syndra evita la mirada de su líder, por vergüenza, por piedad quizás. Todavía no se ha ganado el derecho de verla vulnerable.
No como ella , quien la vio llorar noches enteras y soñar con mundos llenos de paz.
Syndra finalmente toca tierra, sus piernas todavía inexpertas al cargar su peso de nuevo. Se aleja un poco para recuperar su dignidad, pero la siguen sosteniendo para evitar que caiga de cara a la arena. Se da el permiso de toser, inclinando su cuerpo lo más que puede al forzarse tanto al borde del vómito, esperando que la tierra se parta en dos y le de la chance de huir, como era su plan original. Porque es lo único que sabe hacer. Porque es más fácil caminar sin voltear a ver unos ojos que no la recuerdan.
Ahri no necesita decir nada. Las palabras siempre fueron incómodas entre ellas, sin interés de hacer una charla menos profesional después de los primeros intentos fallidos de la vulpina. Ella solo mira fija, ocultando los labios en una mueca añeja. Syndra sigue ocultándose, sin más remedio que esconderse tras la trinchera que el cuerpo de la otra veterana crea. El silencio solo crea más incomodidad, pero Syndra no se queja. Si pudiera, preferiría quedarse muda para siempre.
—Gracias —dice Ahri, porque sabe que Syndra no lo hará. La otra Guardiana solo asiente—. Pueden irse por el camino de allá para ir a nuestro refugio. Yo las cubriré. Si van a volar, que sea en un perfil bajo hasta salir del perímetro.
—No podemos irnos todavía —responde la otra Guardiana, con esa calma que se siente ajena en ella—. Es un desgarre de constelación. Necesitamos trabajar juntos para derrotarlo.
—No hables por mí —interrumpe, con la voz ronca y un hundimiento que intenta ser tan fría como el agua en sus pulmones. Intenta sentarse, soltarse del abrazo que la quema viva, pero todavía la sostienen fuerte—. Ahri, dile a Soraka que me cure y yo misma me encargaré de esa maldita cucaracha.
La asesora del otro equipo oculta un suspiro en medio de la ventisca, como si de alguna forma estuviera acostumbrada a ese discurso áspero, y la ignora. Ahri no va a pedir en voz alta la paciencia que necesita.
—Lo haré, pero ambas sabemos que la magia de Soraka no funciona bien en ti. Seguirás débil aún después de eso. Es mejor que te vayas.
—Nadie te preguntó eso, gumiho —Sus palabras cortan, y espera que su mirada perfore las entrañas zorrunas de la entrometida de su líder. Syndra siente una mirada desconcertada a su lado, y su garganta vuelve a arder.
—Necesitamos dos estrellas moradas para derrotarlo —interrumpe, en un silencio que tambalea más que las olas junto a ellas—. En cuanto menos tardemos más rápido podremos irnos a casa y tu asesor podrá descansar.
La rubia traga con dificultad, nada conforme con verso obligado a callarse—. ¿Y bien? ¿Cuál es el plan?
—Es una bestia constelación —Estira su mano y señala a los puntos más brillantes del monstruo que se pierden en esa masa viscosa oscura se mueve cuando se—. Tiene cuatro estrellas principales, hay que apagarlas. Debido a su tamaño necesitaremos dos por cada luz para consumirlas. Dos rosas, dos azules, dos rojas y dos moradas. Cada uno en cada estrella. Así colapsamos su estructura y no se regenerará.
—Mi equipo no tiene una estrella rosa —sincera la vastaya, con una pizca de vergüenza. Gira sus ojos hacia la izquierda un segundo, y solo regresan a verlas cuando empieza a jugar con sus manos.
— ¿Tú no eres la estrella rosa? Pero si eres el líder...
Syndra suelta una risa para sí misma. El tiempo cambió todo menos su percepción limitada de los colores, justo como la vastaya.
—Soy amarilla —Ahri finge una sonrisa tonta mientras señala su cabello—. Es una larga historia.
—Bueno —la estrella lila duda por un segundo. Ella no ha soltado ni un poco a Syndra—. Solo dile a Lux el plan y ella sabrá que hacer. Te avisaré cuando tu amiga esté en la lista para atacar.
—¿Cuál es la señal?
La Guardiana sopla una silbido que Syndra no escucha, pero ve las orejas de Ahri girarse en su dirección como si sintiera un cosquilleo que le altera los nervios. Hasta su cola se levanta en alerta. Cuando acaba, suelta un suspiro.
—Bien, esperamos la señal —recompone, su voz se arrastra con la boca seca. Su mirada se desvía hacia su compañera, quien rompe el contacto en ese mismo instante—. Suerte.
Ahri desapareció en una estela de luz que se desvaneció tan rápido como su anfitrión. Syndra quiere sentirse aliviada, pero el abrazo todavía la ahorca con una cuerda tejida de buenas intenciones. Sería menos humillante soltase y caer en la arena, así tendría una excusa para sentirse miserable ante una mirada que no recuerda su nombre a pesar de haberlo orado tantas veces.
—Cuando estés lista —Le recuerda, su voz es más suave a comparación de su fachada profesional. Todavía no es igual a la forma en la que las palabras se perdían enmarañadas entre murmullos somnolientos o su risa inquieta, pero suena familiar—. Vamos a pegarle en la estrella de su estómago.
—Ya sé —gruñe, pero sus palabras sangran bajo el vidrio roto atorado en su garganta. Syndra intenta tragar, pero su saliva sabe a sangre, sal y ácido.
El interior de su cuerpo está frío, como si el mar ahora viviera dentro de ella para terminar el trabajo que empezó. La costa se distorsiona, callada, pero la luz vital de la naturaleza tiembla al ritmo de la pesada respiración de la Guardiana. Su mano izquierda aplasta el aire, sus dientes se contraen y rechinan bajo la presión. Los Multis entienden la señal y se fucionan, coronando a su dueña con un brillo más claro que su magia, pero que se siente propio. Syndra abre su ojo, y la esclerótica se volvió de un morado casi negruzco, su iris brilla en púrpura y un cosquilleo familiar le recorre la punta de sus dedos mientras se retuerce en su ojo izquierdo, perfectamente escondidos debajo de sus guantes y su parche.
Detrás de ellas, la magia de Syndra se manifiesta a través de montones pequeños de agujeros negros que podrían consumir a cualquiera que se atreva a mirarlos. El tiempo y el espacio parecen estancados en su ida y vuelta que gira en interminables remolinos de oscuridad.
Syndra espera que alguno de esos se trague su corazón.
El aire se mueve de nuevo, la arena en sus pies se levanta como si obedecieran la orden de un dios. Olas de cabello morado se forman arriba de sus cabezas, un remolino cubriendo sus cuerpos como su fuera un escudo impenetrable. Entre el polvo y minúsculas partículas de agua, hay un halo estelar que sirve como una guía y mantiene unido al viento salvaje quien espera paciente a que lo suelten. Hay un mensaje implícito que Syndra entiende cuando el suelo que pisaba desaparecía al andar de la tormenta. Ella responde haciendo levitar su cuerpo a la par, entregándose a la gravedad cero y al agarre aplastante que no la ha soltado en ningún momento.
«No es un abrazo» se repite a sí misma en un bucle que la lleva hasta el hartazgo. No es un abrazo, pero su mano ha estado ahí noches enteras; no es un abrazo, pero el calor que emana reconforta el frío de su soledad como ningún otro fuego lo hizo. No es un abrazo, pero la agarra con el mismo cuidado con el que la sostuvo hace miles de años, porque ya lo hizo antes, porque su cuerpo recuerda cosas que su mente no podría.
«No es un abrazo» , piensa de nuevo. Pero Syndra moriría para que lo fuera.
Un orbe se alimenta y rompe su estructura para liberar tensión en su pequeño tamaño. Syndra tambalea.
«"¡Tú puedes, Syn!" le dice, con su sonrisa burbujeante tan joven como el tiempo. En una época que ahora solo existe en memorias, una rara ocasión en la que dejó caer su cabello que en ese entonces era tan rosa como el atardecer detrás de ella. Tan rosa como el suyo, también parecido al de una de sus amigas .
Ella suelta su mano, no para abandonarla, nunca para dejarla sola. No ese día.
La deja para que pueda intentarlo por su cuenta, porque confía en que ya le enseñó lo suficiente.
Cuatro voces sin rostro vitorearon cerca e hicieron eco en su presente. Ya no suenan como antes, ya no son reales.
Syndra voló por primera vez».
Un segundo orbe sigue su ejemplo, esta vez más grande, doloroso y ambicioso.
«"¡Necesitamos un nombre!". Gritó una voz chillona, quien iba corriendo muy adelante de su grupo de amigos. Su cabello simulaba una estela ondeante que guiaba su camino, brillando como si tuviera vida propia.
"¿Un nombre?". Otra voz, de tonos amarillos, tranquila pero presente, le siguió el paso de cerca. Inseparables y por ello equilibradas condenadas.
"Si, ya sabes... Para definirnos. Un nombre de grupo. ¿Tú me entiendes, no..?"
El nombre es tragado en una nube de oscuridad. Syndra no se atreve a siquiera escucharlo.
"Obvio". La voz masculina del grupo respondió, la agilidad y destreza lideró su habla. "¿Luchadores, ejército, vigilantes, protectores..? ¿Guardias?"
"Guardianes". Contestó esa voz que no necesita reconocimiento.
"¿De la luz? ¿De la Estrella Prima?"
"¡De las estrellas!"
"Estelares...". Respondió ella misma.
La líder, la tercera estrella rosa, distinguible por sus dos coletas, miró a Syndra y se detuvo en seco. "Guardianes Estelares"».
«"Es... Hermoso" soltó, con la voz apenas consciente para hablar. El resplandor le quemaba los ojos, pero no apartó la mirada, ni siquiera cuando fragmentos rocosos se rompieron en pedazos al chocar contra el escudo de viento que las protegía. Estuvo más concentrada en buscar aquel punto minúsculo, incluso más pequeño que ellas, en el centro de la explosión. Esa partícula que fue el resultado absoluto de un sinfín de probabilidades imposibles, pero reales y tan palpables como el par de ojos que lo observan.
La voluntad de la Estrella Prima se manifestó como una bendición, un halo de vida entregado a una pequeña semilla que germinará y prosperará en nombre de su creadora. El nacimiento de un planeta al que el tiempo llamó "Valoran".
Cuando Syndra decidió voltear a ver a su amiga, ella ya estaba mirandola.
"Sí. Lo es"».
Un tercer y cuarto orbe siguen en la marcha.
«"¿Esto durará para siempre?". Sentadas en el tejado de un edificio en ruinas, una ciudad que no conocían se extendía silenciosa y tranquila luego de derribar a todas las amenazas. "¿Tenemos un destino más allá que ser guardianas?"
"No lo sé" susurró, entre el alivio y la incertidumbre. "Supongo que mientras la Estrella Oscura siga molestando, tendremos que detenerla".
"¿Será posible...?" su duda se perdió en el fuerte soplo del viento, pero Syndra estaba cerca para escuchar. Recargó su cabeza en su hombro, sin saber cómo expresar consuelo.
"Supongo". Repitió, ahora escaza de confianza. "Ya sabes lo que dicen, la luz siempre vence a la oscuridad".
Ella rió de su propio lema con una risa de compromiso, una que no está conforme con la respuesta. "La oscuridad parece eterna, pero ¿nosotros lo seremos también?"
Syndra odia no haberse dado cuenta. "No entiendo lo que quieres decir".
"Quiero tener una vida normal, Syn" susurró, una de sus manos acarició su cabello. "Quiero que todos nosotros podamos recordar como era ser humanos... pero si la única forma de lograrlo es dejar de ser guardianes, significa que...".
"¿¡Quieres enfrentar a la Estrella Oscura!?"»
El quinto se desborda y difumina los bordes entre el presente y un pasado encerrado en un agujero de gusano. La respiración de su creadora se vuelve inestable, la corrupción sigue consumiendo su cuerpo físico.
«Syndra chocó contra una pared que no debió estar ahí. Se formó un pasillo enfrente de ella, un único camino cuyo final era la destrucción misma, una mancha blanca con una mirada capaz de sofocar galaxias.
Cayó al piso, su nariz empezó a sangrar. Todo su cuerpo se quedó inmóvil, sin voluntad ni fuerzas para levantarse; en su sangre ya no había flujo ni reservas de magia. Todo lo que había era dolor primitivo, varios huesos rotos y un fragmento de piedra lunar en su ojo izquierdo que la hacía llorar sangre. Mientras su rival, el enemigo a derrotar, no tenía ningún rasguño, ningún signo de daño. Fue una batalla que nunca estuvo destinada a ganar.
Hubo un eco al otro lado del camino. Un paso lento, casi condescendiente caminó hacia adelante. Sintió el piso debajo de ella agrietarse y de él salieron tallos negros llenos de estrellas que la sometieron con crueldad, casi al punto de asfixiarla. Se escuchó otro paso más. Este era su fin.
Ella va a matarla. No va a aventarla por la borda de un portal de la Dimensión del Caos, como lo hizo con su líder. Tampoco va a dejar que los monstruos cósmicos la devoren, como lo hizo al castigar la astucia de su amigo. Ni va a convertirla en una de esos tantas bestias conscientes que lidera, mucho menos va a corroer su luz y alimentarse de ella hasta saciarse. La Estrella Oscura simplemente va a hacerla desaparecer.
Evitó el cansancio de lamentarse, de haber deseado un final diferente, no solo para ella, sino para todo su equipo. Ya no había lágrimas para llorar, solo un odio enjaulado en su pecho que maldijo a la Estrella Prima por haberlos convertido en carnada desechable. Porque entendió que este era el final al que todo Guardián Estelar estaba destinado a llegar. Esta era su única salida.
A lo lejos, su mejor amiga rompió el velo de la dimensión y sus miradas se cruzaron. Se vió obligada a callarse para no alertar a la Estrella Oscura, pero Syndra vió en sus ojos todo lo que necesitaba oír. La dama de blanco estaba cada vez más cerca, y no había cometas a las que pudieran ofrendar súplicas para cumplir sus deseos. "No hay esperanza" quiso decir, pero no había aire en sus pulmones. "Vete antes de que te encuentre" "Déjame ir, solo corre".
Pero nada de eso salió de su garganta, ni de su mente. Con su último aliento, Syndra habló apenas moviendo la boca:
"Encuéntralos"».
El sexto nace de su mano, cerca del pecho, tan atroz como destructor. Su horizonte de sucesos gira tan agresivamente que amenaza con succionar todo a su paso, incluidas ambas estrellas moradas. La magia pesa y consume más luz de la que debería; las estrías oscuras en su piel ya no se ocultan, se expanden con desesperación a lo largo de sus brazos y su rostro, que perdió todo rastro de pertenencia a la dimensión material.
—¡Oye! ¡Tienes que calmarte! —La llama. Usa su mano libre para sujetar su rostro, buscando mirarla a los ojos. Ella solo se encuentra con un brillo violeta que pasa de largo su existencia— ¿Me oyes? ¿Syndra? ¡Syndra, despierta!
«Abre los ojos, y lo primero que hace es toser. Escupe hasta querer vomitar. Tiene frío, mucho. Empieza a temblar, rechina los dientes y abraza sus piernas, pero no encuentra calor entre su ropa empapada ni en la tierra que ensucia las telas rasgadas. Restos de agua se escurren a lo largo de su cabello pálido, las gotas que caen de su flequillo se disfrazan con las lágrimas que llora sin control. Sabe que alguien la salvó de morir ahogada, pero no se atreve a confrontarla, ni siquiera para dar las gracias. Simplemente se encierra en sí misma, rogando por que se vaya para que pueda volver a aventarse.
La escucha arrodillarse junto a ella. Reposa la mano en su espalda, un toque frío que se toma la molestia de ser paciente. Ella no levanta la vista todavía, pero se deja consentir por el educado consuelo aunque no se lo merezca.
"Todo está bien". Le susurran, tímida e insegura. "Apagué el incendio, ya no hay nada que temer".
No, ya no hay nada que temer. Las llamas se encargaron de reducir su resentimiento en cenizas.
Ahora solo queda ella.
Sigue haciendo frío, y aferra su abrazo para esconderse de las voces que le recriminan su traición. Escucha a su madre, a su hermano, al Iluminado llamar su nombre entre gritos de enojo y dolor. Se tapa los oídos y llora, llora tan fuerte que necesita salir a tomar aire, pero el olor a quemado la envenena.
Syndra mira hacia atrás por encima del hombro de su salvadora. Detrás del borde delimitante de árboles de cerezo no hay más que restos ardientes de la aldea que alguna vez llamó su hogar».
El séptimo es casi una bestia en sí misma. El más grande, la mayor exhibición de su poder que jamás haya creado. Este es feroz; está hambriento, desesperado, al borde del colapso porque no es capaz de contener su propia naturaleza destructiva.
La estrella lila lo mira. Es un océano ciego y sordo, pero no mudo. Grita, lleva gritando eones, llora de amargura y rabia, y busca consuelo en las ruinas de su destrucción. Ella sigue mirando, más profundo, más allá del eco que murmura un arrepentimiento intrínseco a su ser.
En medio del caos, su reflejo, escondido detrás de un portal, con el cabello rosa y el alma rota, le devuelve la mirada.
—Janna... —gruñe, un murmullo que se oye como una derrota, una añoranza. La voz de Syndra se llena de grietas y boronas de polvo y cometas. Con las pocas fuerzas que le quedan, le tapa los ojos con su mano—. Esa ya no eres tú. Concéntrate.
Janna jadea, el portal se cierra mientras la mano que la cegaba se arrastra hacia abajo para dejarla ver la realidad. El monstruo sigue ahí, guardianes de ambos equipos en posición para atacar. Una asesora en sus brazos con un rostro desconocido demasiado familiar.
Pero ahora no hay tiempo para eso. Inhala, el aire se siente como una parte extendida e intangible de ella y responde a su llamado cuando exhala, el silbido es discreto para los oídos humanos pero tiene la certeza de que será escuchada. Desde lejos, tan solo un segundo después, la brisa lleva el grito de Ahri a sus oídos, y todos los guardianes responden al llamado. Con un simple soplido de su mano, el torbellino fue guiado a su objetivo. El aire dejó de revolotear a su alrededor, pero no perdió la compostura.
Syndra en cambio tarda otro segundo, su mano apenas puede sostenerse sin ayuda frente a ella, pero encuentra fuerza para mantenerla erguida un instante más. El grito que suelta es agonía pura. Es desgarrador, furioso, no tiene misericordia ni siquiera de su amo. Y las siete esferas vuelan alineadas hacia el monstruo, impacientes por desaparecer, por hacer explotar todo lo que toquen. Como venganza, como un acto de redención.
Janna pronto se da cuenta de que Syndra tenía razón. Una sola de esas habría acabado con la bestia.
Syndra ve una mancha rosa caer a lo lejos antes de que el cansancio de su cuerpo reclame su deuda. No se preocupa por ella; porque no le importa, y porque sabe que sus amigos siempre estarán cuidándole la espalda. Ella quiere reírse, pero se desvanece en su propia consciencia esperando al fin poder arrastrarse en el piso, pero Janna mejora su agarre para no dejarla caer; deja que recargue todo su peso muerto en ella, y la abraza fuerte, como si deseara protegerla.
Hay un discreto rastro de familiaridad que se desvanece tan rápido como recupera la lucidez.
La llevan cerca del nivel del suelo, la deja descansar el tiempo necesario para que recupere su orgullo y vuelva a ensamblarlo en la máscara rígida que se adueñó de su rostro. Syndra se separa del abrazo recuperando su postura erguida torpemente.
Los Kins vuelven a su forma original. Los Multis se agrupan agotados cerca de Syndra, mientras que Zephyr se acerca a ella, revoloteando a su alrededor emocionado. Ella sonríe apenas, el cansancio de su cuerpo le exige el doble de fuerza necesaria para alzar su brazo y detener al alicornio cerca de su rostro, únicamente para susurrarle «Yo también te extrañé».
—Disculpa, él no se comporta así normalmente. Mucho menos con desconocidos —Janna lo aleja, apenada por la indiscreción de su familiar. Zephyr sigue eufórico, como si quisiera decirle lo obvio a su Guardiana.
Por la gracia de la Estrella Prima, él no puede hacerlo.
—No me molesta —su voz no suena amenazante. Janna incluso apostaría a que esconde ternura.
Se quedan en silencio, escuchando detrás a ambos equipos celebrar la victoria. Syndra sigue luchando por recomponer su equilibrio con pesadez, y la incomodidad de su traje mojado regresa a ser prioridad en su consciencia. Ella cuenta hasta veinte, pero los números no le alcanzan.
—¿Qué fue eso? —duda, escuchándose fuera de lugar en su maraña de desconcierto y fascinación—. Yo... Yo nunca había visto algo así.
Syndra esperaba esa pregunta tanto como planeaba no responderla. Muy en el fondo esperaba que lo ignorara, aunque fuera una esperanza ingenua. Era obvio que se dió cuenta y que no iba a ser directa al cuestionarla; Janna a veces hablaba temerosa de ser entendida.
—Es parte de mi magia —contesta, por compromiso, arrastrando las palabras, a dos gritos de quedar afónica—. No es real.
La Guardiana del viento resopla, sin ocultar su frustración. Tampoco le gustaba cuando era Syndra quien no quería ser entendida.
Syndra termina bostezando, ahora de verdadero cansancio. Fantasea con dormir esta noche y no despertar hasta que este planeta esté hecho pedazos. Pero para eso, tiene que volver a aprender a caminar sola.
Así que da el primer paso firme hacia delante.
—¿Qué haces?
—Me largo.
—Te cuesta caminar —dice, como si no fuera humillante recalcarlo—. Déjame ayudarte.
—No necesito tu compasión.
—Syndra —Janna la toma del hombro y la jala con cautela. Ella es amable, cautelosa con su tacto, pero eso no evita que la nombrada se ponga a la defensiva cuando la obligan a darse la vuelta. Está lista para empujarla si es necesario.
Sin embargo, cuando se gira y alza la vista, Syndra se encuentra con sus ojos, los únicos que parecen haber permanecido indiferentes ante el paso del tiempo. Un rastro de huellas rosas tan opacas como una estrella que envejece, pero se rehúsa a perderse en el vacío. Unos ojos que ya no pueden ver, sentir o soñar todo lo que alguna vez vivieron; una mirada que ha olvidado el cariño que alguna vez compartieron. Una persona que ya no la recuerda, que ahora la mira como una extraña.
—E-estoy bien —susurra. Su afirmación se quiebra entre la estupidez y la vulnerabilidad.
Janna insiste, su mano recorre todo el brazo de Syndra muy por encima, dejando un rastro invisible de su camino en él. Llega hasta sus manos; los guantes no parecen estorbarle cuando las tomas entre las suyas.
—Déjame llevarte a casa. Solo por esta vez.
Syndra tarda en responder. El contacto entre sus manos arde por encima de las llamas del anhelo, cargado con la leña de toda la culpa que se remonta siglos atrás. La corona de su arrogancia ha terminado de desvanecerse en su cabeza y ahora solo está ella, una versión de ella que llevaba eones muertos y que solo respondía a un nombre, un rostro y unos sueños a los que renunció al morir.
«Para no parecer una egoísta» se recuerda. «Para protegerla».
El crepúsculo se despide, su aura azul zafiro oscurece el horizonte con una sonrisa cansada y Syndra recuerda por primera vez en mucho tiempo porqué odiaba mirarlo. No ofrece un futuro prometedor, solo una burla discreta que se ríe de ella a sus espaldas. Entonces regresa su mirada a Janna, quien la estudia con esa discreción falsa para quien sabe leer su mente.
El ofrecimiento de Janna no es condescendencia, es una excusa egoísta para tener más tiempo de analizarla para llegar a otra respuesta insatisfactoria. Y Syndra se ríe, es un murmullo que apenas se escapa de su boca, pero la sonrisa en su rostro es más que evidente. Después de todo, Syndra siempre fue una egoísta.
—Solo por esta vez.
