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𝘌𝘢𝘳𝘵𝘩-𝘱𝘳𝘪𝘮𝘦

Summary:

Vi otras versiones de nosotros.
Vi cómo se encontraban, cómo se elegían, cómo sobrevivían.
¿Y yo?
Yo tuve que ver cómo el mío se desvanecía en mis brazos.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

—No puede ser que le hayan dado otro guionazo a ese idiota de Batman.

Murmura Clark Kent, mientras aprieta el agarre del nuevo tomo de La Liga de la Justicia vs. Darkseid, arrugando ligeramente la portada bajo sus dedos tensos. Frunce el entrecejo, con visible disgusto mientras observa un panel donde Batman, otra vez, sacado del culo un nuevo plan de contingencia. ¡Otro!. ¡Como si no tuviera ya suficientes!.

—Claro —murmura—. Porque obviamente tenía esto planeado desde el principio.

Pasa la página con más fuerza de la necesaria.

Continúa leyendo, intentando concentrarse; sus ojos azules leen con atención cada diálogo de los héroes y la tensión plasmada en cada dibujo, hasta que siente una presencia cerca de él, además del molesto aroma de colonia amaderado, como si alguien se hubiera puesto toda la botella entera.

Arruga nariz con exageración.

No debería importarle. Está en una tienda de cómics después de todo, hay gente hojeando, buscando o comprando cómics con precios inflados. Es normal.

Pero esta presencia se siente… diferente.

Clark alza la vista por instinto.

A su lado hay un chico de su edad, de cabello negro, pero que desentona por complemento con el lugar. Lleva puesto un traje oscuro, zapatos impecables, un abrigo marron claramente caro —demasiado caro de la marca Hermés— colgando de sus hombros, y un anillo de oro con el simbólico W resaltande su mano derecha que sostienen el mismo cómic.

Clark parpadea, y sigue escaneadolo.

El chico está concentrado, absorto en la lectura, como si nada más existiera. Un broche de plata en forma de murciélago resalta del cuello de su saco, y en el bolso del chico, que lleva cruzado al hombro y colgando de él, hay un llaverito de LEGO de Batman.

Clark frunce el ceño.

Baja la mirada, casi por reflejo, hacia su propia mochila azul apoyada contra sus pies. El llavero de LEGO de Superman cuelga del cierre… le falta el brazo derecho, arrancado en alguna pelea antigua que Clark ya ni recuerda.

Aprieta la mandíbula.

Así que, sin pedirlo, sin pensarlo, sin ninguna intención de ser educado, suelta:

—¿Cómo puedes idolatrar a ese furro vestido de murciélago?

El chico reacciona de inmediato.

Sale de su lectura como si lo hubieran arrancado de golpe de otro mundo. Se gira lentamente y ahí es cuando Clark nota su expresión: fría.

El chico lo observa en silencio.

Nota cómo Clark aprieta el cómic con demasiada fuerza, cómo lo examina de arriba abajo, evaluándolo… juzgándolo, pero no del todo.

Los ojos grises del chico de negro se clavan en los suyos.

—¿Perdón? —dice finalmente, con voz baja pero controlada.

Clark resopla, incapaz de soltarse.

—En serio no entiendo cómo ese murciélago tiene tantos fans —dice, señalando con el pulgar el cómic—. No vuela, no tiene poderes, no hace nada especial.

El chico lo observa unos segundos más. Entonces, algo cambia.

Su postura se relaja. La tensión se disuelve.
Y sonríe.

No es una sonrisa amplia ni burlona. Es tranquila.

—Batman fue uno de los primeros héroes de DC Comics—responde, con calma—. Representa la voluntad humana llevada al extremo. Su historia es trágica, sí, pero también habla de disciplina, sacrificio y de no rendirse incluso cuando el mundo ya lo hizo.

Clark lo mira como si acabara de decir la cosa más absurda del planeta.

—Esa es la justificación más estúpida que he escuchado —suelta sin importarle
—. Batman es solo un multimillonario con juguetes caros que se la pasa golpeando gente. ¿Y los combates? Son ridículos. ¿Cómo justifican los escritores que gane siempre? Plot armor. Punto.

El chico inclina apenas la cabeza, analizándolo.

Ah.

Ya entendió.

Un fan intenso. De esos.

Su expresión entonces cambia al darse cuenta que se encuentra ante un potencial primate de cabeza hueca.

—Vaya —dice, aún sonriendo—. Si eres uno de esos fans, tal vez deberías ir a Twitter a soltar tus opiniones con el hashtag #SuperMierda y dejar que la gente sea feliz con lo que le gusta.

Clark se queda helado.

—¿Qué…?

El color le sube al rostro de inmediato. Abre la boca, listo para responder, pero no alcanza a decir nada, porque
son interrumpidos.

—Maestro Bruce.

Ambos se giran.

Un hombre mayor se acerca con los brazos detrás de la espalda; la boina de chofer le tapa ligeramente los ojos azules, que los examina con paciencia.

—Sus padres lo esperan desde hace más de media hora en la limusina señor. ¿Ya encontró lo que buscaba?. 

Bruce por su parte suspira con resignación.

—Lo siento —dice al hombre, apretando el tomo contra su pecho.

Clark los observa caminar hacia la caja, paga el cómic sin prisa con una tarjeta dorada, como si no acabara de destruir emocionalmente a alguien en el pasillo de DC. Antes de irse, lanza una última mirada.

Y se va.

Clark solo puede observar, en absoluto silencio, cómo el chico sale de la tienda. El conductor le abre la puerta de una limusina negra para después arranca suavemente.

Camina hasta el ventanal y apoya la frente contra el vidrio.

Desde atrás, el vendedor se ríe.

—¿De nuevo en peleas por personajes de cómics, Kent? —dice ya acostumbrado a verlo irse indignado por ficciones.

Clark no responde.

Solo aprieta el cómic contra el pecho… preguntándose por qué demonios le importa tanto no haber tenido la última palabra.

Paga rápido, casi sin respirar, y empuja la puerta de vidrio para salir. El aire frío le quema las mejillas mientras corre hacia la estación del metro. Los tenis chocan contra el pavimento; sus Converse rojos se embarran con algo pegajoso apenas unos metros de la tienda.

Se detiene.

Chicle.

—¡Carajos! —escupe con frustración.

Y es ridículo, porque es solo chicle. Pero hoy todo se ha acumulado de una forma frustrante. Para empezar, la chica que le gustaba ya está saliendo con alguien. Los bravucones de fútbol americano no lo quieren en el equipo porque, según ellos, es “demasiado delgado” y terminaron encerrándolo en un casillero. Luego está el chico rico que lo humilló, el murciélago ganando otra pelea absurda contra Darkseid, y ahora chicle en sus tenis.

Puras tragedias, según él.

Clark mete la tarjeta en la entrada del metro y pasa sin mirar a nadie. Se sienta. El convoy vibra. Saca su celular, abre Twitter.

Busca el hashtag del nuevo tomo.

Lo lamenta al instante.

Todo el mundo alabando de nuevo al murciélago.

“Genio táctico” “Estratega supremo” “Humanidad hecha símbolo” “Batman tenía razón otra vez”

Clark hace una mueca tan exagerada que la señora frente a él lo mira como si estuviera loco.

Se muerde la lengua para no contestarle a medio fandom. Podría. Lo hace seguido. Las peleas en Twitter son casi deporte olímpico para él. Sus notificaciones viven en rojo: gente gritándole que Superman es aburrido, que es un boy scout inútil, que “Batman lo haría mejor”.

Estúpidos.

Apaga el teléfono cuando anuncian su estación.

Sube las escaleras. Camina. Cruza. Llega a casa.

Su hogar lo recibe en silencio.

Las llaves de sus padres no están en el gancho —salieron de compras—. Mejor. No tiene cabeza para conversaciones normales.

Sube las escaleras directo a su cuarto. Deja la mochila caer en el piso. Saca el cómic arrugado y lo arroja sin delicadeza a la cama.

—Este tomo fue horrible —murmura, dejándose caer hacia atrás.

Mira el techo.

Pero no lo mira realmente.

Es otra cosa lo que ocupa el espacio entre sus pensamientos.

Clark no puede sacárse de la cabeza, a aquel muchacho.

“Ese tonto, creé que que ha ganado.”

Frunce la nariz con disgusto al recordarlo, pero decide hacer algo.

Quiere dejar en claro, que tiene la razón.

Se sienta en su cama, con el celular iluminándole el rostro, entra a instagram, y empieza a buscar el nombre de aquel chico.

Bruce.

No es un nombre raro. A decir verdad es demasiado común. Demasiado… inútil.
Pone el nombre en el buscador de cuentas, miles de perfiles salen en lista, ninguno es el que busca.

Suspira, pasándose los dedos por el cabello.
Esto es estúpido.
Es como buscar una aguja en un pajar digital.
Y si lo piensa dos segundos, no debería querer encontrarla.
Pero antes de cerrar la app, recuerda algo.

El anillo.

Una W grabada. Así que tiene otra pista, piensa en distintos apellidos, que podrían tener conexión con aquel muchacho refinado.

—Wilsom, Walker, Wolf, Wagner.— murmura, mientras lo escribe desechando uno por uno, mientras teclea.

Hasta que finalmente solo se queda con la W intacta.

Ahí aparece un perfil.

W.Bat

El primer resultado que aparece lo hace tragar saliva.

Foto de perfil: un logo de Batman minimalista.

Clark entra.

Quince mil seguidores. Verificado.
Fotos de revistas. Sesiones profesionales. Viajes por el mundo. Autos caros.  Compras absurdas.

Y entre todo eso…

Figuras de Batman.
Ediciones firmadas.
Cómics sellados.
Una vitrina completa dedicada al murciélago.

Batman. Batman. Batman.

Es él.

El chico que lo humilló.

Bruce Wayne.

Clark aprieta el celular con fuerza. Ahora todo tiene sentido.

Abre los mensajes directos sin pensarlo demasiado y escribe, con el pulso todavía cargado de adrenalina:

Esto no se terminó.

Envía el mensaje.

El visto no aparece.

Mejor así.

Respira hondo, se pone de pie y va directo al baño. Cualquier cosa es mejor que estar ahí, esperando que pase… ¿qué? ¿Un mensaje? ¿Una notificación? ¿Una excusa para volver a abrir el perfil de ese chico?.

Ridículo.

Se ducha rápido, se seca el cabello sin cuidado, tira la toalla sobre la silla. Se cambia a ropa cómoda, apaga la luz, intenta dormir.

Pero no puede.

Da vueltas.
Mira el techo.
Suspira.
Cambia de posición, hasta que escucha ruido en su casa.

—Clark, ya llegamos cariño. ¡Ven a cenar antes de que se enfríe lo que trajimos! —grita su madre desde las escaleras.

Clark cierra los ojos, exasperado consigo mismo. Se pasa la lengua por los dientes, mordiéndose suavemente la punta antes de responder.

—¡Ahorita bajo! —dice, buscando sus pantuflas rojas.

Se pone un suéter con un símbolo de Superman grande en el pecho. Irónico. Cínico. Un recordatorio de por qué se irrita tanto con Batman en primer lugar.

Baja a cenar.

Sonríe cuando sus padres lo ven. Y comienzan a platicar, olvidándose por completo de su “trágico día” y lo que acaba de hacer.

Después de un rato, Clark recoge su plato. Sube las escaleras otra vez. Cierra la puerta con el pie. Entra a su cuarto.

Toma su celular de la mesa.
Y en ese instante…

Un escalofrío le recorre la espalda.

La pantalla está encendida.

Un mensaje nuevo.

Clark siente que se le eriza la piel desde la nuca hasta los brazos.
Se queda quieto un segundo, tragando saliva.

El remitente.

El nombre iluminado.

Bruce Wayne.

Fin del mundo.

Su corazón da un golpe fuerte contra el pecho y no sabe examente que hacer.

Pero lo abre de inmediato.

Debajo de su mensaje hay un sticker de Batman LEGO riéndose.

Nada más.

Clark aprieta los dientes con fuerza.

—Hijo de puta—murmura molesto.

Deja el celular boca abajo… solo para volver a tomarlo cinco segundos después.

Porque, le guste o no, la guerra ya empezó.

Se sienta en su silla giratoria, está a medio camino entre hacer tarea y no hacer nada útil, scrolleando sin pensar, cuando una historia nueva aparece en la parte superior de Instagram.

Bruce Wayne.

El corazón le da un salto estúpido.

La abre.

Foto: el tomo recién comprado de La Liga de la Justicia vs. Darkseid, acomodado sobre una mesa elegante. Se alcanza a ver una mano bien cuidada, y el mismo anillo de oro.

El texto encima de la historia:

lol, fui a comprar el último tomo de la Liga vs Darkseid y me encontré a un mono de Luthor diciendo mierda.

Clark se queda inmóvil.

—¿Mono de…? —murmura, incrédulo.

La cara se le calienta.

Respira hondo.
No.
No va a dejar pasar eso.

Desliza el dedo y responde a la historia.

Clark:
¿En serio así te refieres a la gente?

La respuesta no tarda.

Bruce:
¡Vaya!. Pareces bastante obsesionado conmigo.

Clark aprieta los labios.

Clark:
No estoy obsesionado. Simplemente no terminamos la conversación sobre por qué Batman es tan malo y es el peor héroe que puede existir.

Tres puntos aparecen.
Desaparecen.
Vuelven.

Bruce:
No tengo interés en lidiar con fans de Superman que alaban a un alien.

Eso es suficiente.

Clark siente un nudo en el pecho.

Clark:
Superman protege personas. No se esconde en su cuevita inútil ni necesita traumatizar criminales para verse cool. Ah, y por cierto, los planes de contingencia de Batman son estúpidos. Todos sabemos que nunca le ganaría a nadie sin sus guionazos ridículos.

La respuesta llega con una calma exasperante.

Bruce:
Por algo es ficción, chico. No digas mierda. Y Superman, aun así, necesita que un humano sin poderes arregle sus errores.

Silencio.

Clark mira la pantalla, furioso… y extrañamente emocionado.

Cierra la app.

La abre de nuevo.

—Te voy a demostrar que estás equivocado —susurra.

Y en algún lugar de la ciudad, Bruce Wayne sonríe frente a su celular,  acabando de encontrar el entretenimiento perfecto.

Así que decide seguir subiendo historias.

Fotos cuidadosamente elegidas, frases vagas, detalles pensados solo para provocar.

Clark las ve… y no responde.

Se muerde la lengua, entre queriendo seguir las provocaciones y a la vez no.
Cierra Instagram.
Se pone los audífonos. Música fuerte.
Se obliga a hacer tarea, a leer, a pensar en cualquier cosa que no sea Bruce Wayne y su estúpida sonrisa.

Funciona. Más o menos.
Se queda rechinando los dientes mientras trata de disipar los pensamientos hacia esa absurda conversación que el inició.

Todo por no saber perder...

Pasan los días.

Una tarde, aburrido después de clases, Clark abre Instagram. No suele usarlo, pero es mejor que estar mirando el estúpido partido de Golf que hay en la tele. Y no tiene algo mejor que hacer que revisar redes sociales, ya que tarea ni siquiera tiene.

Esta recostado sobre el sofá viendo reels, o fotos de sus amigos.
Y ahí aparece una historia nueva.

Bruce Wayne.

Clark la abre, sin importarle.

Es una sesión de fotos del chico.

Iluminación profesional. Ropa cara de diseñador. Mirada directa a la cámara.

Clark las mira una por una.

No reacciona.
No comenta.
Las pasa de largo.

Sigue bajando por su feed, intentando fingir que no le importa.

Entonces se detiene.

Una notificación nueva.

Bruce Wayne te empezó a seguir.

Clark parpadea.

—¿Qué…?

Antes de procesarlo, nota algo más.

Un círculo verde alrededor de la foto de perfil.

Close Friends.

La curiosidad le gana.

Abre la historia.

Es Bruce, frente a un espejo. Sin pose exagerada. Sin sonrisa. La camisa levantada hasta el pecho, una mano sujetando la tela, la otra sosteniendo el celular.

El abdomen marcado por la luz tenue.

Clark siente que el calor le sube directo al rostro.

No es enojo.

Es… demasiado.

—Esto es… —murmura, tragando saliva—. Demasiado atrevido.

Cierra la historia de golpe, deja el celular a un lado y se tapa la cara con ambas manos.

El corazón le late fuerte.

No entiende cuándo dejó de ser una discusión sobre Batman.

Ni en qué momento Bruce Wayne decidió meterlo en su círculo más privado.

Por su parte Bruce baja el celular con una media sonrisa, en su mansión.

Porque sí.

Eso fue totalmente a propósito.

Escribe algo en el chat y lo envía.

Al mismo tiempo. Clark lee el mensaje una vez.
Luego otra.

“¿Te incomodo? ” se queda ahí, visto.
No responde. No porque no quiera, sino porque no sabe cómo. Cualquier cosa suena a excusa. Cualquier silencio, a confirmación.

Sólo escribe algo rápido aún con el rostro rojo.

Clark: ¿Siempre subes eso a Close Friends?

Lo manda antes de arrepentirse.

El reloj azul de visto no tarda.
Bruce está en línea.

El teléfono vibra de nuevo.

Bruce:
Me gusta discutir contigo.

Clark frunce el ceño, el corazón dándole un golpe, luego otro hasta que siente el latido en las orejas.

Otro mensaje.

Bruce:
¿Por qué no seguimos la discusión con una hamburguesa?.

Clark siente que ha empezado a temblar.
¿Es en serio?. ¡Carajos! Si el quería seguir discutiendo, esto le debería emocionar ¿entonces porque ahora parecía tener miedo?.

Abre el chat. Escribe. Borra.
No es buena idea.
Borra.
No quise decir—
Borra.

Antes de decidirse, entra otro mensaje.

📍 Ubicación compartida.

Bruce:
Mañana. Sábado. 2:00 pm.
No faltes.

Clark se queda mirando la pantalla.

No es una pregunta.
No es una disculpa.
No es un reproche.

Es una invitación que asume que va a decir que sí.

Clark traga saliva.
El pulgar tiembla sobre el teclado.

Pero en realidad no sabe qué decir, así que decide no contestar.

...

 

El sábado llega pronto.


Mira la ubicación del Carl’s Jr. que Bruce le envió.
No es el del centro.
No es el que queda cerca del metro.
Es el más lejano, escondido entre una avenida ruidosa y un estacionamiento vacío.

No entiende por qué eligió ese.
O quizás sí, pero no quiere pensarlo demasiado.

Sale de casa sin decir demasiado, solo dando una excusa vaga de que va a ser tarea con uno de sus amigos.

Mientras camina mete las manos en los bolsillos de su sudadera mientras el aire frío le pellizca los dedos.

Cada paso es una pequeña negociación consigo mismo: Podría no ir.
Podría dar la vuelta.
Podría inventar una excusa.
Pero no lo hace.
Sus pies ya eligieron por él.

Cuando llega a la puerta del local, mira el reloj digital en su muñeca.

Llego con veinte minutos de retraso.

Clark traga saliva, apoyando un instante la mano contra el vidrio.
Cierra los ojos un segundo, respira, empuja la puerta.
Y pasa.

Entra al local. Este esta casi vacío, hay una familia, un par de adolescentes
Nada fuera de lo normal.
Clark recorre el sitio con la mirada… y no ve a Bruce Wayne.

No hay esa presencia que destaqué de un chico mimado y rico o que intimide.

Solo ve a un muchacho sentado en una esquina, encorvado sobre la mesa. Lleva gafas oscuras, una gorra calada hasta las cejas y un suéter enorme que le queda grande de más. Parece… fuera de lugar. Intentando desaparecer.

Clark frunce el ceño.

¿Un vagabundo?
No. No huele mal.
¿Un estudiante cansado? Tal vez.

Da un paso más… y entonces—

Clark.

Se sobresalta.

El corazón se le sube a la garganta. La voz viene de la esquina.

El muchacho levanta apenas la cabeza. Bajo la gorra, una sonrisa mínima.

—¿B-Bruce? —pregunta Clark, incrédulo—. ¿Por qué estás… así?

Bruce se recuesta en el asiento con tranquilidad, como si no estuviera disfrazado de anonimato.

—No tenía ganas de causar un escándalo —dice, quitándose un poco las gafas para mirarlo—. Solo vine a comer una hamburguesa y discutir con un fanboy de Superman.

Clark se queda mudo.

—¿Fanboy? —repite, ofendido y rojo al mismo tiempo.

—Llegaste tarde —añade Bruce, mirando su reloj—. Pensé que te habías arrepentido.

Clark solo encoge los hombros.

—Yo… no sabía si debía venir.

Bruce ladea la cabeza, observándolo con atención.

—Pero viniste.

No lo dice como reproche.
Lo dice como un hecho.

Clark duda un segundo antes de sentarse.

No frente a él.
A su lado.

El asiento cruje cuando se acomoda, demasiado cerca. Bruce lo nota al instante. No dice nada. Solo se inclina un poco hacia atrás, satisfecho.

—Pide algo —dice Bruce, casual—. Salí de casa sin permiso y tengo mucha hambre.

Clark gira la cabeza, sorprendido.

—¿Sin permiso?

—Ajá. —Bruce sonríe—. Alfred cree que estoy “estudiando” en mi habitación.

Clark no puede evitar sonreír, nervioso.
Por un segundo, había imaginado a Bruce apareciendo acompañado por dos guardaespaldas trajeados, algo exageradamente propio de chico rico.
Pero que se hubiera escapado… incluso para él sonaba más divertido.

Juega con los dedos, inquieto, mientras mira hacia adelante.
Respira hondo. Suspira.
Y solo entonces se da cuenta de que lleva sonriendo desde hace rato.

—Yo… yo pago —dice rápido, como si eso compensara algo—. Lo mío y lo tuyo.

Bruce lo mira, lento y medido.

—No.

—Bruce, de verdad, yo—

—Invité yo —interrumpe, firme pero tranquilo—. Déjame hacerlo.

Clark suspira, derrotado antes de empezar.

—Está bien…

Se levantan para ordenar. Clark pide algo sencillo, pero que lleve un postre congelado. Cuando Bruce menciona lo suyo, lo hace sin dudar, sabe exactamente qué quiere y cuánto va a costar. Clark lo observa, las manos juntas, balanceándose apenas sobre los pies.

Regresan a la mesa.

Clark espera la discusión. La broma. La provocación.

Pero no llega.

En su lugar, Clark habla, bajito para romper la tensión:

—¿A qué hora llegaste?

Bruce parpadea, sorprendido por la pregunta.

—Como a la una y media —responde —. Quería escoger mesa.

Clark asiente, aunque casi no hay nadie aquí.

Se hace un silencio, apenas unos segundos. Clark incómodo carraspea un poco.

—Y… —añade, rascándose la nuca
— ¿te gusta el jitomate?

Bruce lo mira. Luego mira al frente. Luego vuelve a mirarlo.

Una sonrisa lenta se le forma en los labios.

—No —dice—. Lo quito siempre.

Clark asiente otra vez, como si esa información fuera importante. Como si la fuera a guardar.

Pero en realidad esta evitando el conflicto.

Bruce apoya el codo en la mesa, acercándose un poco más.

—Clark —dice, suave—. Íbamos a discutir.

Clark traga saliva al escuchar eso.

—Podemos… hacerlo luego.

Bruce no responde de inmediato. Solo lo observa, con esa atención que hace que Clark sienta que lo están viendo de verdad.

—Está bien —concede al final—. Luego.

Y Clark no sabe por qué, pero eso se siente como una promesa.

El recepcionista todavía no los llama para recoger su comida, así que siguen intentando hablar sin sentirse incómodos.

—Oye… —dice Clark, dudando apenas— ¿cuál fue el primer cómic que leíste?

Bruce alza las cejas, sorprendido otra vez. Se toma un segundo antes de responder, como si rebuscara en un cajón viejo.

Batman: Knightfall —dice al fin—. Una edición vieja, de los noventa. Las hojas ya estaban amarillas.

Clark sonríe.

—¿El de Bane?

—Ese mismo. —Bruce ladea la cabeza—. Y después vi la serie.

—¿Cuál? —pregunta Clark, curioso.

Bruce se encoge de hombros.

—La vieja. La que tenía cosas ridículas.

Clark frunce el ceño, pensando… y de pronto abre los ojos.

—¿La del Batspray contra tiburones?

Bruce suspira.

—Sí. Esa.

Clark se queda un segundo en silencio… y luego suelta una risa de esas que le sacuden los hombros.

—¡No puede ser! —dice—. Eso era… horrible.

—Lo sé —responde Bruce, sonriendo—. Muy tonto.

Clark se ríe más fuerte.

—Y absurdo.

—Y divertido —añade Bruce.

Clark lo mira, todavía riéndose, y Bruce sonríe.

— Esa sí fue una serie muy rara, pero debo de admitir, aunque sea fan de Superman, que Batman the animated series, es buenísima.

Bruce asiste al escuchar eso.

— Para ser un fanboy de superman, si tienes razón. Esa serie animada es la mejor. Pero... amm dime Boy Scout, ¿cual fue el primer cómic que leíste del alienígena?.

Clark se queda mirando la mesa un segundo de más.

All-Star Superman. Mi papá lo tenía guardado. Lo leí sin permiso.

Bruce sonríe, genuino.

—Es muy bueno ese tomo.

Clark levanta la vista, un poco sorprendido.

—¿En serio? Pensé que solo leías a Batman.

Bruce niega con la cabeza.

—Leo de todo. —Hace una pausa—. Pero Batman es mi héroe favorito.

Clark asiente despacio.

—Tiene sentido.

Se queda callado un momento. Luego, como si analizará bien las cosas y se sintiera algo avergonzado suelta con la voz más baja:

—Oye… siento haber sido impulsivo ese día. Estaba de mal humor. —Aprieta los labios—. Usualmente tratan a Superman como si fuera un tonto. Como si no pensara.

Bruce no lo interrumpe.

—Lo entiendo —dice al final—. A Batman también lo reducen a un tipo serio que solo da golpes. Se les olvida que ambos… son grandes héroes.

Clark lo mira. Hay alivio en su expresión.

El número de su pedido es anunciado, rompiendo el momento. Clark se levanta para recoger la orden y vuelve a la mesa. Le entrega su orden a Bruce, y este le quita el jitomate sin pensarlo. Clark lo nota y, sin decir nada, sonríe.

Tal vez la discusión nunca fue el problema.
Tal vez solo necesitaban sentarse… y escucharse.

Comen en silencio un momento y
Clark habla sin darse cuenta de que se inclinó hacia adelante.

—Superman es mi héroe favorito —dice— no porque sea fuerte… sino porque eligió ser bueno.

Bruce no lo interrumpe. Apenas toma su bebida, atento.

—Es un alien —continúa Clark—. No pertenece del todo a ningún lugar y aun así decide proteger a un mundo que no siempre lo acepta. Para mí eso… —se detiene un segundo— eso representa a los refugiados, a los migrantes, a cualquiera que llega a un sitio nuevo y aun así intenta hacer lo correcto.

Bruce lo observa con una intensidad tranquila.

—Superman no responde con odio —añade Clark—. Ni siquiera cuando lo tratan como una amenaza. Él cree que se puede hacer un cambio sin destruirlo todo primero. Que la esperanza también es una forma de fuerza.

Se queda callado, como si temiera haber dicho demasiado.

Bruce apoya los codos en la mesa.

—Es increíble que pienses así —dice, sincero.

Clark levanta la vista.

—¿En serio?

—Sí. —Bruce sostiene su mirada—. La mayoría cree que Superman debería ser violento. Que debería odiar a la humanidad por miedo, por rechazo. Que tendría que ser algo oscuro.

Clark frunce el ceño.

—Pero no lo es.

—No —responde Bruce—. Y tal vez por eso incomoda tanto.

Hay un silencio breve.

Bruce sonríe apenas.

— Creó que hace falta alguien que siga creyendo en eso.

Clark baja la mirada, un poco sonrojado.

—Sí, así es.

Y Bruce, sin decirlo, piensa que la esperanza suele tener cara de chico torpe con buen corazón.

Bruce se toma un segundo antes de hablar.

No porque no sepa qué decir, sino porque sabe exactamente qué decir.

—Batman cree en la justicia —empieza—, pero no en la versión limpia que a todos les gusta imaginar.

Clark lo mira, atento.

—Cree en la voluntad —continúa Bruce—. En levantarse todos los días y decidir que el miedo no va a ganar. No importa cuántas veces caigas. No importa si nadie te aplaude.

Hace una pausa breve.

—Batman no tiene poderes. —Bruce alza los hombros—. Solo tiene la decisión de no rendirse. De pararse frente a cosas que deberían romper a una persona… y seguir.

Clark traga saliva.

—Para Batman —dice Bruce— la justicia no es luz. Es constancia. Es quedarse cuando todos se van. Es cargar con lo que otros no quieren ver, para que alguien más no tenga que hacerlo.

Clark baja la mirada, pensativo.

—Supongo que por eso funciona —murmura—. Porque no espera ser salvado.

Bruce lo observa con calma.

—Exacto. —Sonríe apenas—. Superman inspira a creer que el mundo puede ser mejor. Batman… demuestra que puedes hacerlo mejor tú mismo, incluso cuando el mundo no ayuda.

Bruce da un pequeño mordisco a su hamburguesa.

— Por eso ambos son necesarios.

Clark asiente despacio.

—Sí… lo son.

El tiempo se les escapa entre risas y pequeñas provocaciones mientras discuten a sobre los tomos más recientes. Las bandejas vacías quedan olvidadas en la mesa, y cuando terminan de comer, deciden salir. Caminan sin prisa hacia una plaza cercana.

Clark siente algo extraño en el pecho. Como si la tensión de rivalidad entre él y Bruce hubiera entrado en tregua. No desaparece, pero deja de apretar.

Cruzan la entrada de la plaza. Terminan en una tienda de cómics en la esquina, una de esas con vitrinas llenas de Funkos y ediciones importadas.

Apenas traspasan la puerta, Bruce no pierde tiempo. Se desliza entre los estantes, directo hacia la sección de Absolute como si conociera el camino de memoria. Sus dedos recorren los lomos gruesos y brillantes, deteniéndose en uno.

Clark lo observa desde atrás. Le resulta… curioso. Ver a alguien amar algo que él mismo adora, pero desde otro ángulo. Desde otra perspectiva.

Bruce sostiene el nuevo Absolute Batman #3 con ambas manos, como si fuera una pieza de museo. Lo examina con cuidado y hojea un par de páginas.

Clark, mientras tanto, busca la edición de Absolute Superman, recorriendo el estante opuesto. Sus dedos tocan cada lomo. Toma uno igual de emocionado, sin intentar ocultarlo.

Ninguno de los dos dice nada, no es necesario. El hecho de que estén tan cerca basta para que ambos se sientan acompañados.

Cuando terminan de hojear, Bruce deja su tomo cuidadosamente en su lugar. Clark lo observa hacerlo, y sin pensarlo demasiado, lo toma.

Bruce lo mira —apenas— con una ceja levantada. Confundido. Intrigado.

Clark no dice nada. Tampoco sabe por qué lo hace, pero el hecho de encontrar a alguien que le apasione lo mismo, siente que es necesario.
Camina hacia la caja con pasos grandes, casi torpes. Paga la edición sin mirar atrás, arruga el ticket y regresa donde está Bruce.

Le entrega el volumen, apoyándolo contra su pecho con una suavidad inesperada.

—Para que sigas defendiendo los guionazos de tu murciélago —murmura Clark, sin terminar de sostenerle la mirada.

Bruce abre la boca para decir algo. No sale nada. El cómic pesa, pero el gesto más. Porque Clark sabe —lo nota— que Bruce podría comprar toda la tienda. Pero nadie le regala nada. Nunca.

Ese detalle es pequeño pero le acelera el corazón de una forma que no esperaba.

Ambos salen de la plaza.

Bruce cierra el tomo con cuidado, aún sosteniéndolo contra el pecho.

—Gracias… —dice apenas, con la voz más baja de lo habitual, como si temiera que el agradecimiento perdiera valor si se escuchaba demasiado fuerte.

Afuera ya está oscureciendo. Las luces de la calle se encienden. El aire es frío, pero no lo suficiente para justificar el tono rosado que sube por las mejillas de Bruce. Cualquiera pensaría que es por la temperatura. Clark no se lo cuestiona; Bruce sí.

Clark acomoda la correa de su mochila, mira el cielo y luego a Bruce.

—Avísame cuando llegues a tu casa —dice.

Bruce asiente una sola vez. Algo parecido a una sonrisa le estira las comisuras. Una sonrisa pequeña, privada, demasiado genuina para un chico que suele posar en fotos como si el mundo entero fuera un lente.

Se despiden. Clark cruza la avenida sin voltear. Bruce se queda quieto unos segundos más.

Lo observa avanzar, la sudadera roja de Clark moviéndose entre el tráfico y la luz de los autos. Ese rojo que no debería importarle. Ese rojo que, por algún motivo, lo obliga a quedarse mirando.

Bruce aprieta más fuerte el tomo contra su pecho.

El corazón le late rápido.

No es por el frío y lo sabe exactamente.

Cuando pierde de vista a Clark, Bruce se queda quieto unos segundos.
Luego gira en la dirección opuesta y comienza a caminar.
Quince minutos más tarde, cruza la reja metálica de la zona residencial.
Las luces se vuelven más tenues, las calles más silenciosas.

En la entrada de la mansión, las cámaras parpadean.
Bruce las ignora. Se desliza entre los árboles, sube por el balcón con un movimiento que ya es rutina. Ya que no es la primera vez que se escapa de casa.
Cierra la ventana tras de sí.

Su gorra cae en la silla, las gafas también.

Se deja caer en la cama.
Una pierna colgando, el cómic sobre el pecho.
Lee.

Pasa una página, tras otra.
Respira.
Lee un poco más.

Y cada cierto tiempo… se detiene.
No por la historia.
Por Clark.

Bruce suspira. El tomo se hunde un poco contra su sudadera negra.

De repente el teléfono vibra, lo toma con rapidez y ahí está, es un mensaje.

Clark:
Ya llegué a mi casa. Espero que tú igual.
Oye… espero que no te moleste.
Solo quería saber si te gustó el cómic.

Bruce mira el Absolute abierto sobre su pecho. La ilustración de Batman en la página lo observa de vuelta.
Sonríe, apenas.

Bruce:
Acabo de llegar a mi casa igual.
Me encantó el tomo.
Gracias, Clark.

Duda un segundo. Luego agrega:

Bruce:
De verdad.

En otro lado de la ciudad, Clark se sonroja en la oscuridad de su cuarto.
Aprieta el celular contra la almohada.
Sonríe solo.
No responde.

No hace falta.

Los días pasan.
No hay mensajes.
No hay explicaciones de parte de ambos, no es necesario que lo haya.

Entre la rutina del colegio, las tareas.
Hay fotos nuevas en Instagram.
Historias que ninguno contesta.

Hasta que una tarde, el teléfono de Bruce vibra de nuevo.

Clark:
Este fin de semana hay una feria. Cómics y libros.
Si quieres… podríamos ir.

Bruce ya lleva días pensando en el. Se sonroja, sus dedos teclean rápidamente.

Bruce:
Sí. Me encantaría ir.

Y así empiezan.
Sin nombre.
Sin acuerdos.
Solo una excusa detrás de otra.

A veces Bruce se escapa de las clases de su escuela privada.
Lo espera a la salida del metro.
A veces en el parque.
Siempre “para seguir discutiendo”.
Nunca es por los cómics.

En realidad se la pasan hablando sobre sus vidas, sobre tomos y películas.

Cada día se vuelve un poco más difícil sacarse al otro de la cabeza.

Hasta que una tarde, tirados sobre el pasto del parque, con churritos de azúcar y un cielo azul despejado, algo cambia.

Bruce juega en su Nintendo, concentrado. Ya que ambos apostaron que el que gane más carreras en Mario Kart invitaría al otro al cine la próxima semana, ninguno quiere perder.
Aunque a estas alturas el cine es lo de menos —el orgullo está en juego… o al menos eso finge Bruce.

Se inclina un poco más sobre la pantalla, y el sonido de los churritos crujiendo en la boca de Clark acompaña el ruido lejano de la ciudad. Ambos tienen azúcar en los dedos, pero Bruce tiene un leve rastro blanco en la comisura del labio que brilla con los rayos de la tarde.

Clark lo nota.

Porque en realidad, no ha estado mirando la carrera desde hace un buen rato. Observa cómo los ojos grises de Bruce se enfocan y entrecierran. Cómo la sudadera negra se ajusta a su figura delgada. Y aquel mechón rebelde de su cabello cae sobre la frente.

Bruce aprieta los dientes cuando un caparazón azul aparece en pantalla.

—Eso es trampa —murmura.

—Así es el juego —responde Clark, aunque la verdad es que ni siquiera estaba mirando quién iba ganando.

Bruce acelera. Clark mira sus labios.

Y entonces sucede. Bruce se distrae, voltea justo cuando Clark se inclina un poco, demasiado cerca, como si fuese accidental. No lo es.

Clark ve el rastro de azúcar.

No piensa. Simplemente alza la mano y le limpia la comisura del labio con el pulgar, suavemente

Bruce se inmoviliza. El juego continúa, pero para ellos ya no.

Clark, sin medir el acto ni el efecto, se lleva el dedo a los labios y prueba la dulzura con la lengua.

Un segundo demasiado largo para dos chicos que fingen que esto no significa nada.

Pero el corazón de Clark golpea fuerte.

—Y-yo… lo siento —balbucea en cuanto registra lo que acaba de hacer, retirándose con torpeza.

Bruce parpadea, la pantalla se ilumina en colores, alguien gana la carrera —pero no importa quién.

Deja el Nintendo a un lado.
Actúa antes de que su timidez le gane. Tira de la sudadera de Clark, le quita las gafas y choca sus labios con los suyos.

El beso es torpe. Inexperto. Algo entre querer y no saber cómo.

Clark responde tarde pero responde.

El ruido alrededor se difumina.

Bruce tira de él un poco más de sudadera.

Nadie habla.

Y aun así, dicen demasiado.

Ambos se separan rápido.
Sus labios queman. Sus corazones golpean dentro de su pecho.

—L-lo siento —murmura Bruce, rojo hasta las orejas. Ni siquiera puede mirarlo a los ojos.

Se pone de pie con torpeza, toma su bolso, mete la Switch aún prendida, la pantalla iluminando la tela de la funda.

Clark reacciona tarde, como si su cerebro estuviera atrapado todavía en el beso.

—B-Bruce… espera —dice Clark, poniéndose de pie. Da un paso.

Y entonces...

Sus ojos azules regresan del pasado.
La ceniza y las brasas caen con lentitud sobre su armadura.

Sobrevuela las ruinas de lo que queda. Allí, en lo alto de un edificio colapsado, ve a Superman sosteniendo un cuerpo inerte. La capa roja está rasgada, el traje cubierto de sangre y polvo. A su alrededor, el mundo entero parece haberse detenido.

El cuerpo que Superman carga… es Batman.
Los guantes destrozados, la máscara agrietada.
El pecho apenas se mueve. O quizá ya no.

—Bruce… —murmura Superman— no… no te vayas. No… por favor…

Su voz se quiebra.

Superboy Prime se queda inmóvil. No se acerca. No interviene. Solo observa, como si el universo lo obligara a ver la misma tragedia una y otra vez, en infinitas versiones.

Superman baja la cabeza hasta pegar su frente con la de Batman.

Prime abre la palma de su mano.
El llaverito de Batman LEGO, chamuscado, descansa entre sus dedos temblorosos.

Sus ojos vuelven a la escena.

—Te odio —susurra al viento.

Pero no es por Batman.
Es porque entendió muy tarde que también era una variante de Superman… solo que la suya fue la que falló. La que nunca logró salvar su mundo.

Si él no tiene nada, ¿por qué los demás deberían quedarse con todo?.

Porque si él ya no tiene historia… entonces nadie más la tendría.

Al final, solo es otro dibujo en un cómic, que nunca pudo arrancar de las páginas. Pero tal vez alguien más lo haría.

 

Notes:

Tenía la idea de hacer un Universo Alterno con Superboy Prime desde que me enteré que sería el nuevo Superman.
Y, sobre todo, porque me emociona que vaya a estar dibujado por el todopoderoso Dan Mora.

Siempre me intrigó la Tierra Prime: Donde todos son humanos, llevan vidas normales. Aunque nunca se mencionan otros personajes como adolescentes o con vidas cotidianas más allá del propio Clark, me gustó imaginar a Bruce como un chico feliz, con sus padres vivos; y al resto viviendo como personas comunes también.

No tengo intención de hacer una continuación ni un epílogo. Solo necesitaba escribirlo.

Gracias por leer.

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