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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-01-11
Updated:
2026-01-11
Words:
13,152
Chapters:
4/15
Kudos:
9
Hits:
77

Una ratonera para los demonios

Summary:

Dos traidores. Un único modo de sobrevivir y Una jaula con olor a sangre.

En la guerra mágica, Peter Pettigrew -el cómplice cobarde- y Bartemius Crouch Jr. -el genio desquiciado- son capturados tras un acto fallido de traición, se les ofrece una salida perversa: trabajar como agentes anónimos en las misiones más sucias, aquellas que los héroes no tocan porque no son "moralmente correctas."

Sin lealtades, y sin gloria, solo queda una conexión retorcida entre el hombre que siempre tuvo miedo y el que encuentra en el caos su único lenguaje. Juntos, deberán aprender a sobrevivir en los márgenes de un mundo que los repudia, donde la única verdad es que a veces, para atrapar a un demonio, primero hay que tenderle una ratonera... y estar dispuesto a entrar en ella.

(Fanfic de romance legítimo pero algo retorcido, no atracción tóxica, literalmente romance - Peter Pettigrew/Barty Crouch Jr.)

Notes:

Esto es una prueba piloto.

La Ship de la historia será Barty Crouch Jr x Peter Pettigrew.

A diferencia de otras de mis historias, como está será la pareja principal, el romance estará un tanto más desarrollado (¿procesado?)... Bueno, Menos espontáneo y menos precozmente devoto.

Bien, es lo que tengo.

Chapter 1: Una rata en las alcantarillas

Chapter Text

..

.

.

—James, yo...— Peter sudaba y miró por última vez la sonrisa aún amable de James, quien cargaba al pequeño Harry que sostenía una sonaja en forma de snitch. Vió también ma cara atenta y dulce de Lily. —Te traicioné. Perdón.

.

.

 

Las calles muggle han sido su refugio cobarde. Calles grises, faroles rotos, el olor a lluvia sucia y basura. Se escondió en hoteles de mala muerte, donde las paredes transpiraban humedad y los colchones olían a desesperación. Se miraba al espejo empañado del baño común y no se reconocía. Sus mejillas, antes rosadas y redondas, ahora eran dos tenues hoyos pálidos y cetrinos. Sus ojos, antes vivos de curiosidad nerviosa, estaban hundidos en ojeras moradas, como cráteres de miedo. Su cuerpo, ese cuerpo regordete que siempre había sido su estigma, se le derretía. La grasa cedía ante el ayuno constante, y la tensión perpetua, dejando una delgadez flácida y enfermiza. No comía por miedo a ser encontrado. No dormía por miedo a soñar.

Y en esos momentos de vigilia agónica, recordaba.

Recordaba al niño de Hogwarts, el merodeador de repuesto. Siempre dos pasos detrás. Siempre en la penumbra. James, con su magnetismo solar de líder nato. Remus, con su inteligencia melancólica que lo hacía parecer un sabio joven. Sirius, con esa belleza salvaje y arrogante que hacía girar cabezas en el Gran Comedor sin esfuerzo. Y él, Peter Pettigrew: el amigo que se unió porque el sorteo del dormitorio lo puso allí. El que sostenía el mapa, el que guardaba los secretos, el que reía las gracias de los demás. Su mayor hazaña: aprender a ser un animago, no por brillantez, sino por terquedad servil. Quería pertenecer. Y la pertenencia, con los merodeadores, tenía un precio: ser la sombra que alarga la luz de los otros.

Esa sombra, al final, fue lo que lo condujo a la otra. A la sombra más larga y mortífera. Lord Voldemort no prometía amistad. Prometía orden. Un orden piramidal, claro, donde si eras útil, tenías un lugar. Aunque ese lugar fuera en los peldaños más bajos. Peter no era un asesino. Nunca levantó su varita para lanzar un Avada Kedavra. Su maldad era gris, administrativa, cobarde. La maldad de los trámites silenciosos.

¿Un mortífago herido necesita un lugar para pasar la noche? Peter tenía un sótano.
¿Se necesitan ingredientes raros de Knockturn Alley? Peter, con su cara de niño perdido, podía comprarlos sin levantar sospechas.
¿La Orden busca pistas sobre un escondite? Peter podía dar una dirección… equivocada. Una que los llevara a una trampa vacía, ganándose tiempo para los suyos (¿eran suyos?).

Era un traidor de bajo perfil. Un doble agente por accidente, movido siempre por el pánico a quedar del lado perdedor. Hasta que Sirius, en un arranque de arrogancia temeraria, lo nombró Guardian Secreto. "Eres el último en quien buscarían, yo soy demasiado llamativo y obvio", dijo, con una palmada en la espalda que a Peter casi lo derribó. Fue su sentencia. La presión lo quebró. Y en un momento de debilidad absoluta, susurró el secreto a los oídos de la Mortífaga más cercana a Voldemort: Bellatrix Lestrange. Lo hizo por miedo. Lo hizo, también, por un destello retorcido de importancia: él era la llave. Él era crucial.

Tras esa confesión hecha después frente al mismísimo señor Oscuro fue cuando obtuvo la supuesta aprobación del líder, como si tener su marca dolorosa y vinculante no hubiera sido antes suficiente.

 

Y luego vino la noche en la choza. La guardia con Severus Snape.

 

Peter mientras miraba la ventana turbia y medio rota casi pudo recordar esa maldita choza.

El aire dentro de la choza olía a polvo, a óxido de metal y a humedad, una apenas menos densa que la mirada cansada de  Snape, un joven que pese a también tener 21 años parecía por los gestos amargos estar más próximo a los 40.

Peter, que hasta ese día nunca había cruzado camino con Severus como "Mortifagos" intentó hacer conversación, balbuceos  vagos sobre el clima, y sobre lo aburrido de la vigilancia. Snape lo miraba como a un insecto particularmente desagradable. No era odio, era desprecio absoluto. Para Snape, Peter era la esencia viva de todo lo que detestaba de los merodeadores: la cobardía vestida de lealtad, y la vileza con sonrisa de amigo.

Pero por algún estúpido motivo la conversación derivó, torpemente, hacia los Potter. Peter, nervioso, habló de lo difícil de ser "amistad" de las personas que más buscaba Voldemort y de saber como estaban escondidos, además de la pesada responsabilidad. Y entonces, sin saber por qué, quizá para impresionar, quizá para descargar el peso, se le escapó: — Pero al menos ya no será por mucho tiempo. Mañana todo habrá terminado.

Con cierta cautela y aún desprecio Severus dijo algo más que monosílabos. — Eso no puede asegurarlo ni siquiera Voldemort, Dumbledore los tiene escondidos con magia.

— Sí, así es. Con un guardián secreto, ese fui yo. P-por eso digo que... habrá terminado.— Contestó Peter sin plena consciencia de lo que acababa de confesar y en especial a quien.

El cambio en Snape fue instantáneo y aterrador. Su palidez cadavérica se tiñó de una lividez verde. Sus ojos negros, siempre impasibles, se encendieron con un fuego de pánico e ira homicida. La varita apareció en su mano como un hueso extraído de su propia costilla.

—¿Qué has hecho, maldito gusano?— Y su voz era un silbido de serpiente.

Y Peter, atrapado, confesó con monosílabos las preguntas demasiado bien desarrolladas de Severus. Todo. "¿Eras el guardián?" "Sí" "Ellos sabían donde estaba tu lealtad?" "No." "Los traiciónaste, ¿le dijiste todo a Voldemort?". "Sí" "¿Él dijo que atacaría mañana?" "Sí".

Vio el conflicto en los ojos de Snape. El deseo puro de matarlo allí mismo, de reducir su cuerpo a una mancha en el suelo de tierra. Pero algo más fuerte ganó: un cálculo gélido, y una desesperación práctica. Snape bajó la varita, pero su agarre en el brazo de Peter fue de hierro.

—Ellos no me escucharán —masculló Snape, más para sí mismo que para Peter. —Prefieren confiar en sus estúpidos amigos que en mí. Pero tú... tú sí eres su amigo. O al menos eso creen.

—¿De qué hablas? ¿Por qué te importa?— farfulló Peter, confundido. Para él, Snape era un mortífago, siempre lo fue, casi desde Hogwarts lució como el prospecto perfecto de eso. ¿Por qué ahora resulta que  le importaba la muerte de James Potter, su jurado rival y de Lily, la mujer que lo despreció y apartó de su vida hace años?

Pero las dudas sobraban cuando el tiempo escaseaba, así que a punta de varita tuvo que dejarse llevar por Snape hacia cualquier sitio que tuviera en mente.

Y así aparecieron en el jardín de una casa de campo que gritaba abandono disfrazado de orden. El jardín era un caos bellísimo y letal: rosas negras junto a arbustos de bayas brillantes y venenosas, hierbas carnívoras que se cerraban sobre moscas y alguna versión extraña de lazo del diablo. Era un jardín para ser mirado, no habitado. Bajo la observación privada de Peter, estaba convencido de que tenía un significado más profundo que simple ornamentos.

Pero el interior de la casa era lo opuesto: blanca, impecable, fría como un catálogo de muebles neutros. Olía a limpiador nada más. No había un libro fuera de lugar, un vaso en el fregadero. Solo el eco de sus pasos en la madera pulida.

Snape como siempre impaciente lo arrastró al sótano.

Y allí fue evidente que era el sitio en el que realmente se habitaba, en medio de un caos de frascos, libros abiertos con páginas arrancadas, instrumentos de metal brillante y manchas indelebles en las mesas, estaba Bartemius Crouch Jr.

No parecía un apóstol del terror. Parecía un niño prodigio aburrido en su santuario. Tenía 18 años, el pelo desordenado de un modo que sugería experimentos electrostáticos más que vanidad, y unos ojos profundos que no reflejaban emoción, solo una curiosidad intensa y abstracta, como quien observa una reacción química fascinante.

—Severus. Qué... interesante compañía me traes.— dijo Barty, lamiéndose el labio inferior con un tic rápido. Su mirada escudriñó a Peter no como a una persona, sino como a un problema nuevo por resolver.

Snape fue directo. Explicó la necesidad:

— Necesita un amuleto para neutralizar la conexión de la Marca Tenebrosa. Uno como el que me diste hace algunas semanas.

El gesto de Barty sin volverse alarmado o de juicio tuvo espacio para un pequeño tic en su lengua. — Si lo quieres igual que el anterior regresa en una semana.

— No tenemos ese tiempo.— Aclaró Severus.

 

— Ni yo tanto material.— Barty ya estaba distrayendo su vista con una pelotita extraña de musgo.

El gesto de Snape empezó a tomar un poco de urgencia— No será como el anterior, solo será por 30 minutos. Solo necesitamos 30 minutos.

— ¿Tan poco? ¿Objetivo?

 

— Que esté gusano advierta a los Potter.

Barty arqueó una ceja. —¿Advertir a los Potter? ¿No es eso... contraproducente para nuestra causa común?— Su tono era de genuina curiosidad académica.

—Mi causa murió hace tiempo.— espetó Snape, su voz estaba cargada de un cansancio infinito. —La tuya, Crouch, siempre ha sido el aburrimiento. Dime, ¿cuánto hace que el Señor Tenebroso no te pide uno de tus juguetes? ¿Fuiste siquiera llamado a una sola reunión en todo este mes?

Por un instante, una sombra cruzó el rostro de Barty. Fue rápida, fue un parpadeo de algo que podría ser dolor, o ira, o simplemente frustración. La herida de la incomprensión, de sentirse  desaprovechado, de invalidez. Snape había acertado. Peter, desde su rincón de miedo, lo notó. Era un destello de humanidad rota que resonó, de forma extraña, con su propia sensación de insignificancia.

— La política es tediosa, todos saben que eso pienso. Siempre los mismos discursos— Barty intentó recuperar su tono despreocupado. Y luego asintió, como si aceptara un reto intelectual. —Treinta minutos. Si tengo material para eso. Aunque dolerá más está vez, no he traído baba de calamar.

El proceso fue una mezcla de alquimia y arte . Barty no seguía un grimorio; improvisaba. Mezcló lágrimas de veela (que brillaban) con sangre de unicornio, y sumergió en la mezcla una lámina de acero negro grabada con runas toscas, casi violentas. Peter vio a Snape palidecer aún más de lo habitual, con un estremecimiento de repulsión intelectual recorriéndolo al ver los sucio del proceso especialmente cuando el era mucho más elegante con sus pociones. A Peter, ver sufrir a Snape, le produjo un alivio pequeño y amargo, siempre había disfrutado no ser el único pasándola mal.

Luego vino la medida. Barty le sujetó el brazo a Peter, con sus dedos sorprendentemente fuertes y precisos. Cortó una tira de cuero oscuro. Antes de atar el amuleto, la piel de Peter ya ardía donde la sustancia escurriendo del artefacto ya lo había tocado.

Peter soltó un quejido involuntario.
Barty sonrió de forma leve y extraña. —Por favor. Esto duele menos que recibir la Marca.

—Pues yo tampoco suspiré de placer al obtenerla.— gruñó Peter, con una chispa de irritación que lo sorprendió a él mismo.
Snape lo miró con desconfianza renovada. Barty, en cambio, emitió un sonido seco, casi una risa. Sus ojos brillaron con interés genuino. Un dato nuevo para su colección: el ratón miedoso podía morder.

Ató el amuleto. La quemadura se intensificó, y fue como un fuego frío que se le clavaba en el hueso.

Barty con una sonrisa divertida se inclinó haciendo a su vez un extraño tic con la lengua, "Su aliento huele  menta" simplemente pensó Peter. —¿Tienes miedo?

Peter lo miró a los ojos, unos ojos que al parecer veían el mundo como un laboratorio. —Miedo... sí. Desde que tengo uso de razón.

Barty no asintió, no mostró empatía. Solo parpadeó, almacenando la respuesta. No era la respuesta habitual. Luego su voz se volvió un susurro escabroso, pero que generaba un cosquilleo en la nuca a cada sonido de la pronunciación. —Escucha con atención, esto no admite errores. —Sus ojos intensos, fijos en los de Peter, no parpadeaban. —Regla uno: No lo retires. Ni por un segundo. La piel ya lo ha aceptado. Arrancarlo sería como arrancarte la propia Marca, y eso, créeme, duele más que recibirla.

— B-bien..— Respondió Peter.

Barty pasó un dedo, frío y seco, sobre el borde de metal. Peter contuvo un estremecimiento. —Regla dos: No lo acerques al fuego directo. No es que explote. Es que… se derrite. Y un metal mágico derretido en tu piel es un tipo de dolor que no  quieres escribir hoy. —Una sonrisa minúscula, de pura precisión técnica. —Regla tres, la más importante: Treinta minutos. Desde que salgas de aquí. Tendrás un reloj de arena en tu cabeza. Cuando la última mota de tiempo caiga, la conexión se restablecerá. Y si estás cerca de los Potter… bueno. Será como si les enviaras una postal ilustrada con la cara de su hijo.”

Peter tragó saliva. —¿Imágenes… mentales?

—¿Porqué crees que necesitas el amuleto?— Escupió irritado Severus.

Pettigrew no respondió, realmente sabía que hablar solo denotaría más ignorancia.

— Bien. — asintió Barty, como si explicara algo obvio. —La Marca es un vínculo, no totalmente simbiótico, pero sí psico-mágico. No es un timbre y tampoco un portal completo y eternamente abierto. Es una ventana una que solo si fueras el mejor oclunmante podrías sellar. Es por eso que ÉL puede, si en ese momento lo desea, rastrearnos y con un poco de esfuerzo hacer una legeremancia más fácilmente. Obviamente no está haciéndolo con todos, y todo el tiempo, ningún mago sería capaz de eso, pero bueno...

— Entonces, cuando pase el efecto del amuleto, ÉL podría ver mis recuerdos?— Como siempre el miedo al peligro siempre presente en Peter brotó para preguntar.

— Esto es lo maravilloso de este amuleto, — La sonrisa de Barty se volvió ligeramente menos loca y más genuina. —todo lo que pase queda sellado, no puede acceder en el presente, no podrá acceder en el futuro. Pero por desgracia, si a los 30 minutos aún estás cerca de los Potter y consciente te encontrará.

— ..."Consciente" — Murmuró eso último Peter.

— Claro. Voldemort no puede acudir a una mente inconciente, del mismo modo que no puedes ver un televisor muggle apagado...

Severus, desde la sombra, apretó la mandíbula. No había tiempo para más refinamientos. —Es suficiente. De cualquier modo, Pettigrew, no debe preocuparte eso, aún estoy considerando que lo mejor para .i será deshacerme de ti en cuanto hagas lo que tienes que hacer.

 

Peter sintió que el mundo se estrechaba. Miró a los dos jóvenes que lo condenaban a ser héroe: Snape, un clavo ardiendo de resentimiento y culpa; Barty, un huracán de genio desconectado. Ambos parecían tan serenos en su traición. Él solo sentía que se desmoronaba.

Soy un hombre muerto, pensó. Un insignificante hombre muerto.

.

El recuerdo del amuleto ardiente en su brazo lo devolvió al presente, al cuarto frío y oscuro. Ahora nevaba en la ventana de se viejo hotel.

"Pero ese día, en la casa de los Potter aún podías ver hojas otoñales en los árboles" pensó, y de nuevo recordó.

 

Recordó el viaje de regreso con Snape. El viaje fue un borrón de apariciones y desapariciones, con Severus tirando de él como de un fardo ¿La razón según Snape? "Un viaje directo es demasiado riesgo y fácilmente rastreable."

Se materializaron en el seto helado frente a la puerta pintada de rojo de Godric's Hollow. La luz cálida se filtraba por las ventanas. Se olía, aún desde allí a leña, a canela, a hogar.

Peter dudó. La mano de Severus en su espalda no fue un empujón, fue una advertencia final.

Tocó el timbre. Los pasos alegres de James desde dentro con su inconfundible voz “¡Ya voy, ya voy!”

 

La puerta se abrió. James Potter, con el pelo alborotado y con Harry dormido en un brazo, le sonrió con una alegría tan genuina que a Peter le dio un vuelco el estómago.

—¡Peter! ¡Menuda sorpresa! Entra, hace frío. Mira, estaba mostrándole a Harry las fotos de los abuelos, aunque solo quiere babearlas… Lily, ¡es Peter!

El salón era un caos acogedor: juguetes mágicos flotando, una manta tejida a medio hacer, la foto de la boda de James y Lily riendo en un marco. Era todo lo que Peter nunca tendría y solo por la contumbre de tener envidia,  anhelaba desde la periferia.

James hablaba, eufórico, de lo aburrido que era el encierro pero de lo feliz que estaba de estar a salvo. Lily apareció, con su sonrisa que iluminaba la habitación, pero sus ojos verdes se posaron en Peter y algo en ellos se alarmó. Ella siempre había sido la más perceptiva.

Pasaron los minutos y él seguía siendo demasiado él como para hacer lo que debía.  Miraba el reloj de arena imaginario en su mente. Los granos caían con estrépito silencioso.

Faltaban diez minutos.

James, con ese gesto de niño grande, estaba mostrándole orgulloso el gorrito diminuto que tejió Lily para Harry. —Mira, Peter, ¡le queda perfecto! Parece un auténtico jugador de Quidditch en miniatura.

—James… Lily…— Su voz sonó ronca, estrangulada. —Tengo que… Tengo que decirles algo.

—Claro, Pete, ¿qué pasa?— James se acercó, con la preocupación asomándose un poco.

—James, yo...— Peter sudaba y miró por última vez la sonrisa aún amable de James, quien cargaba al pequeño Harry que sostenía una sonaja en forma de snitch. Vió también ma cara atenta y dulce de Lily. —Te traicioné. Los traicioné. Perdón.

Las palabras cayeron como losas. La sonrisa de James no se desvaneció, de hecho al principio parecía no entender, como su buscará el chiste oculto, y luego de golpe se desprendió de su rostro en pedazos, dejando atrás una expresión de comprensión pura, cristalina y helada. Lily dio un paso atrás, instintivamente sujetando a Harry contra su pecho. El fuego en sus ojos no era de ira aún; era de un dolor tan profundo que parecía absorber el calor de la habitación.

—¿Qué…?— fue lo único que atinó a decir James.

— Él viene a atacarlos. Tienen que irse. Ahora,—farfulló Peter, el pánico apretándole la garganta. —Vienen por ustedes. Esta noche. No lleven nada, no usen magia desde aquí, solo… corran. Lejos.

Vió el momento exacto en que la verdad del peligro impactó en James. Vio cómo el hombre, el padre, el amigo, se replegaba y dejaba paso al soldado de la Orden. Un frío mortal entró en sus ojos.

Peter no pudo soportarlo. No pudo esperar a ver el llanto, los reproches, la destrucción total de todo lo que había tocado. Giró sobre sus talones y corrió. No por la puerta principal, donde la sombra de Snape seguramente estaría allí, oculta esperando como una trampa segura. Corrió hacia la cocina, hacia la puerta trasera, hacia el jardín y la libertad sucia y cobarde.

La última cosa que escuchó, antes de que la sangre le latiera en los oídos, no fue un grito. Fue el llanto suave de Harry Potter, seguramente respondiendo emoaticamente al terror de sus padres.

Con tan poco tiempo, Peter sabía que no llegaría muy lejos, y aún si lo hacía lo encontrarían así que uso su mente cobarde pero desesperada por vivir para salvar su pellejo.

Se resguardó en el frío del cobertizo de los Potter, que estaba en la parte más alejada del patio trasera. El reloj interno del amuleto aún marcaba 3 minutos.

 

Observó desde allí la puerta trasera de la casa se abrirse de modo antinatural y en silencio, sin viento alguno que lo explicara. Nada se veía, pero una huella apareció en el rocío del césped, y luego otra más pequeña a su lado.

 

"La capa de invisibilidad. Un plan inteligente, desesperado pero muy útil." Una chispa de alivio envenenado le recorrió la espina dorsal a Peter: tal vez, solo tal vez, no morirían por su culpa.

Pero él sí podría morir. Cuando el amuleto se apagara, sería un faro para el Señor Tenebroso especialmente si las presas no estaban donde debían estar.

La solución fue tan cobarde y caótica como él mismo, y nacida de la desesperación. Busco un espejo, uno que recordaba que James había guardado allí.

"No puede rastrearne inconsciente..."recordó Peter las palabras de Barty, "y no pueden encontrar mi cuerpo si no lo pueden reconocer."

 

El hechizo era simple, una aleación de un aturdidor capaz de noquear pero usado en reflejo tenía un efecto retardado, justo el retardo necesario para tomar su forma animaga. Aunque podrían matarlo mientras estaba inconciente.

45 segundos.

 

"Igual moriré si no lo hago"

Lanzó el hechizo contra su propio reflejo de hombre. Sintió la magia adherírsele como un peso frío y tuvo el tiempo justo de volver a ser rata, y asi  "esconderse" entre la leña podrida, antes de que la oscuridad lo tomara.

Su último pensamiento consciente no fue de arrepentimiento. Fue de cálculo animal: Si el cobertizo arde, arderé como rata. No dejaré rastro humano que delate mi cobardía final.

.

El despertar no fue suave. Fue el crepitar del fuego devorando madera y el olor a ceniza. Por suerte no era fuego del convertizo en el que estaba.

 

Su cuerpo de rata, temblaba debilitado. Por la rendija vio las llamas bailando donde una vez estuvo la casa. No había gritos. Solo el rugido de la destrucción.

Peter tomó su forma humana y en seguida un mareo le hizo volver el estómago. El malestar era más terrible estando así, de modo que regresó a su cuerpo de roedor. Sentía los ojos pensados.

"Lancé mal el hechizo..." fue su pensamiento antes de volver a caer inconsciente.

 

Cuando despertó de nuevo, vió que  el cielo ya teñido de gris del amanecer dejaba ver  las siluetas de Aurors en escobas y a pie, rodeakdo el sitio como buitres.

"Tengo que huir." pensó.“¿De quién?”

 

De los mortífagos, que lo buscarían para castigar el fracaso. De la Orden, que lo buscaría para vengar la traición. De los Aurores, que lo buscarían para llenar una celda.

 

“¿A dónde iré?”

 

A donde un hombre muerto insignificante pueda descomponerse en paz.

 

.

Su huida muggle había sido un largo, lento naufragio.

Volvió. usar la técnica de la inconciencia forzada un par de semanas para asegurarse de que Voldemort lo diera por muerto. Vivía asolado y ocultando el rostro.

Pero nadie puede huir por siempre.

.

Los pasos en el escalón de madera del hotel anunciaron el fin, esa mañana gris y lluviosa.

— Cuerpo de seguridad mágica británico. Abra la puerta. — Fueron las palabras frías del sujeto al otro lado de la puerta.

La puerta se abrió. No hubo lucha. Peter no tenía fuerzas ni para levitar algo con magia a este punto.

 

Un hechizo de inmovilidad lo golpeó como un muro. La última cosa que vio fue la capa de un auror, y los ojos fríos y despectivos de... ¿Era Alastor Moody? No, tenía las suficientes cicatrices. Pero el desprecio era el mismo.

.

Despertó deseando no haberlo hecho.
La falta de luz y el olor a humedad me dieron la certeza de que no estaba en el infierno, aún.

Todo el cuerpo le dolía, aún si el cuerpo de Aurores fue profesional al traerlo, seguro alguien externo pudo haberlo golpeado como desquite y ese dolor era la prueba.

¿Qué era esto? Una celda. No era Azkaban. El horror de Azkaban tenía una cualidad épica, un purgatorio digno de canciones. Esto era solo olvido administrativo. Un lugar donde dejar pudrirse a los problemas antes de decidir qué hacer con ellos.

"¿Estarán decidiendo cómo torturarme antes de matarme?", pensó, y el pensamiento era casi un alivio. La incertidumbre era peor. Ser nada era peor que ser un enemigo.

La puerta de la celda se abrió de golpe. La luz cegadora del pasillo le hizo entornar los ojos. La silueta de un auror se recortó en el marco.

"Pettigrew", dijo una voz que goteaba asco. "Levántate. Es hora"

Peter, temblando, obligó a sus piernas a obedecer. Lo tomaron del brazo, no con fuerza, sino con la repulsión con que se sostiene algo contagioso. Le pusieron un par de esposas en las muñecas con gruesas cadenas. Lo guiaron por pasillos interminables, hacia la luz, hacia el ruido, hacia el juicio.

Y supo, con una certeza que le heló la sangre, que su vida de sombra había terminado. Lo que viniera ahora, fuera la muerte o algo peor, sería bajo los reflectores más brutales. ¿O no?