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Dónde es hogar

Summary:

Nunca supe nombrar lo que faltaba. Solo cuándo pesaba más.

Post cap 09

Notes:

Esta historia nació después de ver el capítulo 09 de la serie. Me dió algo de nostalgia el ver felices a Peach y a Khun Thee, por lo que no evite pensar en Rome y Mok.

Quise escribir a Mok desde ese lugar contenido donde el amor no se proclama, se sostiene.
Aquí no hay promesas ni finales cerrados, solo el reconocimiento íntimo de aquello que, incluso a la distancia, sigue llamándose hogar.

Gracias por leer despacio. ❤️

 

⚠️Los personajes pertenecen a sus respectivos creadores.
Esta obra es una pieza de ficción sin fines de lucro, escrita por amor al fandom y a la exploración emocional de estos vínculos.

❤️Para acompañar su lectura pueden escuchar:

Lana Del Rey — Terrence Loves You

Bon Iver — Holocene

Work Text:

Mok estaba genuinamente feliz.

No era una emoción ruidosa ni exagerada; era de esas que se acomodan en el pecho con calma, como un sol tibio después de una tormenta larga. Ver a Peach y a Thee caminar juntos sin esconderse, sin miradas por encima del hombro, sin miedo… era algo que meses atrás habría parecido imposible.

 

Y ahora ahí estaba él, sosteniendo una pequeña caja de terciopelo oscuro, saliendo de la joyería con las argollas que sellarían ese amor.

 

Khun Nat no organizaba pequeñas reuniones sin intención. Aquella no solo era para conocer a Plub, la hermana de Peach, sino una declaración silenciosa: un compromiso bendecido, observado y aceptado.

 

Mok ajustó el saco antes de guardar la caja en el bolsillo interior. Justo entonces, su teléfono vibró.

 

No fue el sonido lo que lo detuvo.

Fue la pantalla.

 

LINE — conversación encriptada.

Sin nombre.

Sin foto.

Solo un mensaje.

 

R: ✈️

 

El estómago se le encogió de golpe. El pulso se le aceleró con una precisión que conocía demasiado bien.

 

Nadie le había dicho nada.

Nadie le había advertido.

 

Regresó a la oficina casi en automático. Sus pasos eran firmes, pero la mente iba kilómetros adelante. Abrió la puerta del despacho de Thee sin tocar.

 

Thee levantó la vista del escritorio, tranquilo, como si hubiera estado esperando ese momento.

 

—Él vendrá —dijo, con una media sonrisa que no era burla, sino certeza y complicidad—. Así lo ordenó mamá, quiere a toda la familia reunida para la fiesta de compromiso.

 

Mok no preguntó quién.

No lo necesitaba.

 

Asintió una sola vez. Colocó la caja de las argollas sobre el escritorio con cuidado excesivo, como si ese gesto pudiera devolverle el control del ritmo de su corazón. Recogió las carpetas del trabajo pendiente, un ligero movimiento de cabeza y luego salió sin decir nada más.

 

::::::::::..........

 

Esa noche, el sueño fue un territorio hostil.

 

Mok cerró los ojos por disciplina, no por descanso. El cuerpo estaba tenso, alerta, entrenado para responder incluso dormido. Cuando el suave click de la puerta rompiendo el silencio llegó, no se sobresaltó.

 

Controló su respiración, volviéndola lenta y pesada, simulando un sueño profundo.

 

Los pasos que avanzaban por la habitación no eran torpes ni furtivos. Eran seguros. Confiados. Como si el espacio le perteneciera. Y entonces llegó el perfume: pera madura, ámbar tibio, cuero pulido.

 

Mok exhaló y relajó un milímetro la presión sobre el gatillo. Conocía esa fragancia mejor que su propia vida.

 

Cuando la figura se inclinó sobre él, proyectando una sombra alargada bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana, Mok reaccionó con la velocidad de un resorte. En un movimiento fluido, soltó el arma, atrapó las muñecas del invasor y giró sobre el colchón, invirtiendo las posiciones hasta quedar sobre él, inmovilizándolo contra las sábanas, dominando la situación en segundos.

 

—No sabes lo peligroso que es hacer esto —murmuró, voz baja, firme—. Casi pongo una bala en medio de tus bonitas cejas.

 

Una risa cálida, sedosa y cargada de una confianza que solo Rome poseía, vibró en el pecho del hombre debajo de él.

 

—No veo el arma por ninguna parte, Mok —respondió Rome, sus ojos brillando en la penumbra con una chispa de travesura.

 

—Reconocí tus pasos —respondió Mok—. Y tu perfume.

 

Rome lo miró desde abajo, sin miedo, con esa sonrisa ladeada que siempre había sido su punto débil.

 

—Así que recuerdas a qué huelo... —la voz de Rome se volvió un arrullo coqueto y dulce. 

 

Aprovechando el instante en que la guardia de Mok flaqueó por la nostalgia, Rome movió sus caderas y usó la palanca de sus piernas para girarlos de nuevo.

Ahora era Rome quien dominaba, sentado sobre los muslos de Mok, inclinándose hasta que sus alientos se mezclaron.

 

—Te extrañé —susurró.

 

El silencio que siguió fue denso, íntimo. No hubo besos apresurados ni grandes confesiones. Solo miradas sostenidas, respiraciones compartidas, la certeza de que algunas personas no desaparecen… solo se alejan el tiempo necesario para volver.

 

Mok cerró los ojos un instante.

 

—Llegaste sin avisar.

 

—Siempre lo hago —respondió Rome—. Y siempre vuelvo.

 

Y por primera vez en toda la noche, Mok sonrió de verdad y dejó caer las manos sobre el colchón, rindiéndose. No porque no pudiera liberarse, sino porque no quería.

 

—¿Por qué no respondiste a mi mensaje? —susurró Rome. Sus dedos, largos y finos, comenzaron a delinear la mandíbula de Mok con una lentitud tortuosa—. Me dejaste en "visto".

 

—Estaba ocupado intentando que mi corazón no se saliera de mi pecho en medio de la oficina de Thee —admitió Mok con una honestidad que solo la oscuridad permitía.

 

Rome soltó una pequeña risa, un sonido vibrante que rozó la piel de Mok. Se inclinó un poco más, dejando que las puntas de sus cabellos rozaran la frente del otro. El aroma a pera y cuero se volvió embriagador, llenando cada rincón de los pulmones de Mok.

 

—Mamá me dijo que me necesitaban aquí para la fiesta —continuó Rome, bajando la mano hacia el cuello de Mok, donde el pulso del guardaespaldas latía con fuerza—. Pero ambos sabemos que ella solo quería un pretexto para que dejara de dar vueltas por Europa como un alma en pena.

 

Mok subió sus manos, rodeando la cintura de Rome, apretando apenas lo suficiente para sentir la calidez de su cuerpo a través de la seda de su camisa.

 

—¿Un alma en pena? Tú no pareces el tipo de hombre que sufre por nadie, Rome.

 

—Entonces no me conoces tan bien como crees —respondió Rome, su tono perdiendo la ligereza juguetona para volverse algo mucho más profundo y vulnerable—. Cada ciudad a la que fui me recordaba que tú no estabas ahí para cubrirme las espaldas... o para mirarme como lo estás haciendo ahora.

 

—¿Por qué no me informaron de tu itinerario? —preguntó Mok en voz baja, no como reproche, sino como quien intenta recuperar el equilibrio después de una sacudida.

 

Rome no respondió de inmediato. Levantó una mano y le acarició el rostro con una lentitud casi reverente, retirando los mechones oscuros que caían sobre sus ojos. El gesto fue íntimo, antiguo, aprendido. Las manos de Mok se anclaron en la cintura de Rome como si ese contacto fuera lo único que lo mantenía en el presente.

 

—Yo di la orden —dijo Rome finalmente—. Papá estuvo de acuerdo. Estabas demasiado ocupado coordinando todo esto como para ponerte encima mi seguridad… no cuando tengo a mi propio equipo y el de mis padres aquí también.

 

Hizo una pausa, su pulgar delineando la mandíbula de Mok.

 

—Además —añadió, con una sonrisa suave— quería darte la sorpresa.

 

Mok exhaló. La tensión que había sostenido desde que vio el icono del avión empezó a aflojarse, hilo por hilo. Tiró suavemente de Roma, obligándolo a bajar hasta que sus pechos chocaron. El contacto físico fue como una descarga eléctrica que quemó la tensión acumulada. Mok buscó los ojos de Rome, encontrando en ellos una intensidad que rivalizaba con la suya.

 

—Me volviste loco, ¿lo sabes? —gruñó Mok cerca de su oído—. Ver ese icono de avión en la pantalla y saber que en unas horas estarías aquí, respirando el mismo aire.

 

—Demuéstramelo —desafió Rome, rozando su nariz con la de Mok—. Olvida las armas, olvida a p'Kian, olvida la fiesta de mañana. Solo somos nosotros.

 

Mok no necesitó más invitación. Acortó la distancia final, capturando los labios de Rome en un beso que empezó con la urgencia del hambre contenida y se transformó rápidamente en algo más lento, más necesitado. Rome suspiró contra su boca, deshaciéndose del control que siempre ostentaba, dejando que sus dedos se enredaran en el cabello de Mok.

 

Se separaron brevemente y Rome cerró los ojos un segundo respirando, sintiendo. Se inclinó y apoyó la frente contra la de Mok.

 

—No hubo un solo día —confesó— en el que no pensara en volver así. Sin avisar. Directo a ti.

 

El silencio se volvió denso, pero no incómodo. Mok deslizó una mano por la espalda de Rome, lento, reconociendo el peso real de su cuerpo, el calor. Era la prueba de que estaba ahí, de verdad.

 

—Entrar a mi habitación así —murmuró Mok— sigue siendo peligroso.

 

—Lo sé —respondió Rome, sin apartarse—. Pero confias en mí. 

 

Mok no negó. Tampoco afirmó. En lugar de eso, lo atrajo más cerca, hasta que el espacio entre ambos desapareció por completo. Sus respiraciones se mezclaron.

 

—No confío en cualquiera —dijo—. Solo en ti.

 

Rome sonrió, pero esta vez no fue coqueto. Fue vulnerable. Se acomodó a su lado, sin dominar, sin huir, simplemente quedándose. Pasó un brazo por encima del pecho de Mok, como si reclamar ese lugar fuera algo natural.

 

—Quédate despierto conmigo —pidió—. Solo un rato.

 

Mok asintió. Cerró los ojos, sintiendo el peso conocido, el latido ajeno acompasado con el suyo.

 

Mok subió sus manos por la espalda de Rome, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la fina seda de la camisa, confirmando que la realidad no era un sueño provocado por el insomnio. Cada roce era un reconocimiento, una forma de leer la historia de los meses que pasaron separados a través del tacto.

 

Rome se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para que sus ojos se encontrarán, la mirada de estaba nublada por el afecto.

 

—Mok... déjame quedarme —susurró, y esta vez no había rastro de su habitual tono de juego. Era una petición sincera, casi una súplica—. Quiero dormir aquí. No quiero estar en otro lugar que no sea este.

 

Mok no respondió con palabras. En su lugar, se incorporó lentamente en la cama llevándose con él a Rome, quedando sentados frente a frente. Sus dedos, usualmente ásperos y firmes por el manejo de armas, se volvieron increíblemente gentiles cuando alcanzaron el primer botón de la camisa de Rome.

 

—No tienes que pedirlo —respondió Mok en voz baja.

 

Con una parsimonia casi ritual, Mok fue desabrochando cada botón. No había prisa, no había lujuria desbordada; era un acto de cuidado puro. Al abrir la prenda, la piel de Rome quedó expuesta a la luz de la luna. Mok deslizó la camisa por sus hombros, dejando que la tela cayera al suelo con un susurro. Sus manos viajaron entonces por los hombros de Rome, bajando por sus brazos, memorizando cada curva y cada textura, asegurándose de que seguía siendo el mismo hombre que se llevó sus pensamientos al extranjero.

 

Rome cerró los ojos, disfrutando de la calidez de las palmas de Mok. Entonces, extendió sus propias manos hacia el pecho de Mok, sujetando el dobladillo de su sencilla camiseta gris.

 

—Tú también —murmuró Rome—. Quítate esto. Quiero sentir que de verdad estás aquí, sin capas de por medio.

 

Mok obedeció, deslizándose la prenda sobre la cabeza y lanzándola a un lado. Cuando sus pieles finalmente hicieron contacto total, un suspiro de alivio escapó de ambos. Rome pasó sus dedos por las cicatrices de los hombros de Mok, trazándolas como si fueran constelaciones, mientras Mok ayudaba a Rome a deshacerse del resto de su ropa pesada de viaje, dejando solo lo esencial.

 

Finalmente, Mok se encargó de sus propios pantalones de chándal, quedando ambos en la vulnerabilidad de su propia piel.

Se acomodaron bajo las sábanas, entrelazando las piernas de manera natural, como si sus cuerpos tuvieran memoria propia. Rome apoyó la cabeza en el pecho de Mok, escuchando el latido rítmico de su corazón, mientras Mok lo rodeaba con un brazo, pegándolo a su costado.

 

—Hueles a casa —susurró Rome, hundiendo el rostro en el hueco del cuello de Mok.

 

Mok besó la coronilla de su cabeza, aspirando una vez más esa fragancia de pera y ámbar que ahora se mezclaba con el olor limpio de sus sábanas.

 

—Duerme, Rome. Mañana será un día largo... pero esta noche, solo somos nosotros.

 

En el silencio de la habitación, el mundo exterior desapareció. No había deudas con la familia Lee, ni misiones, ni peligros. Solo el calor compartido y la promesa silenciosa de que, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos tendría que despertar solo.

 

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