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Lo que le gusta del mar es que nadie lo controla, se mueve con libertad, sin ninguna atadura, y es tan poderoso que puede inundar tierras enteras. Es el terror de los territorios porteños. Son muchas las historias sobre los peligros que trae el océano, que tienen al reino de Reidlyn aterrorizado.
Seonghwa cree en todas ellas y causan en él lo contrario que a la gente del pueblo: siente fascinación y curiosidad, que solo se curaría al tener a algún personaje de los que ha escuchado frente suyo. Todo lo que sabe es de libros que ha sacado de la biblioteca cuando sale a cumplir sus paseos como príncipe, desde pequeño los lee a escondidas de su padre, por lo que podría contar cada mito si es que le preguntaran.
Hay ocasiones en que no alcanza a terminar algunas historias, entonces pide prestados los libros y los esconde en una caja debajo de su cama para que no le llegue un reto por leer «porquería fantasiosa», como diría su padre. Por suerte nadie del servicio del palacio los ha encontrado.
Lamentablemente, hoy no tiene tiempo para encerrarse en su habitación para leer a piratas teniendo aventuras, pues a la noche se llevará a cabo un baile organizado por su familia, con el objetivo de encontrarle una prometida o prometido decente y que sea digno de gobernar junto a él. Duda que eso se logre en una noche, pero los reyes aseguran que así se enamoraron ellos. Es una historia que ha escuchado un montón de veces por distintas bocas, tanto así que la consideran un ejemplo a seguir.
Los reyes se conocieron en un baile como el que planean para su hijo, hablaron toda la noche y se comprometieron al día siguiente. Fue al paso del tiempo que terminaron por formar un amor imposible de romper, el cual dio como resultado un matrimonio soñado y dos hijos. Seonghwa no duda que sus padres se amen con locura, es testigo cada día de lo enamorados que están, ¿pero de verdad existe un final feliz en ese caso? ¿Siempre nace el amor en un matrimonio arreglado?
Eso es lo que más lo atormenta del asunto.
—Encontrarás a alguien hoy —dice el rey, mientras mira como le prueban un traje negro con toques dorados a Seonghwa. Sus miradas se cruzan a través del espejo—. Lo sabrás cuando le veas en medio de la multitud, brillando como nadie más.
Cuando cae la noche y comienzan a llegar los invitados, Seonghwa baja hacia el salón principal. Nota que le pusieron mucho empeño con las decoraciones: son doradas, al igual que los candelabros; las flores de tonos suaves fueron colgadas como enredaderas y, a los costados de la habitación, hay mesas con un banquete perfecto para la cantidad de personas que asistieron. Al medio del salón hay muchas parejas bailando (que también incluye a sus padres y su hermano pequeño) al ritmo de la música que la banda real es encargada de otorgar.
En un rincón puede ver que está el hijo de los duques del reino, que resulta ser también su mejor amigo, San. Está como siempre; elegante y con una postura que lo hace lucir relajado. Seonghwa acepta una de las bebidas que le ofrece una persona del servicio y se pone al lado de San, quien ríe suavemente en cuanto nota su presencia.
—Pareces relajado.
Se aguanta las ganas de golpearlo, porque eso sería un comportamiento inapropiado para un príncipe, y no quiere causar un escándalo. San lo conoce tan bien que claro que ya notó cómo se acomoda el cuello de su traje a cada segundo, junto al incontrolable escalofrío que le recorre todo el cuerpo y lo hace temblar.
—Gracias por notarlo —responde en un tono sarcástico y bebe de su copa.
—Hay muchas señoritas preciosas mirándote, Alteza —dice San, volteando para verlo con una sonrisa traviesa. Seonghwa ve de reojo a la dirección que le apunta San y es verdad: un grupo de mujeres jóvenes lo miran mientras conversan entre ellas—. Y creo que unos cuantos muchachos también, si eso te acomoda más.
—Idiota —murmura Seonghwa y, luego de asegurarse que nadie lo está mirando, golpea con la palma de su mano el hombro de San.
—¡Era broma! —San suelta una suave risa y vuelve a mirar al centro del salón—. Podrías intentarlo. Digo, aceptar alguna invitación y sólo bailar, sin ningún compromiso. Te haría bien divertirte un poco.
Seonghwa suspira y termina de tomar su vino en un solo sorbo. Quizás su amigo tenga razón, las últimas semanas que tuvo que ir a otros reinos con los reyes lo dejaron estresado. Hace mucho no se escapa con San a los bares que hay en el pueblo para despejarse, bailar, terminar en la cama con alguien (si tiene mucha suerte) y escapar luego durante la madrugada devuelta a su habitación, antes de que alguien lo descubra.
La única diferencia esta vez es que hay demasiada gente importante alrededor, ojos que lo vigilan a cada segundo. En el bar no va con prendas que griten que él es un príncipe, no le reconocen, y a nadie le importa lo que haga.
Allí tiene libertad, en el palacio se siente como si se estuviera ahogando.
—No quiero, eso causaría rumores —dice Seonghwa y llama a uno de los mozos para que rellenen su copa—. Además, sabes muy bien mi opinión sobre todo este espectáculo.
El resto de la velada su amigo se burló numerosas veces de él, y damas y caballeros de grandes familias le ofrecieron ir a la pista. Lo cual fue totalmente en vano, porque ha rechazado cada invitación con una sonrisa amable. Todo eso bajo la mirada decepcionada de su familia.
Entiende sus deberes de heredero al trono, pero la verdad es que no quiere quedarse en el reino para ser un rey con un matrimonio arreglado, que al paso del tiempo será insoportable. Quiere vivir aventuras, tal y como en los cuentos. Quiere descubrir nuevas tierras, navegando a través del mar en unos de los grandes barcos que ve en el puerto desde su ventana. Y, si eso tiene preparado su destino, casarse con alguien al que ame y que también lo ame a él.
En una de las tantas oportunidades que San lo intenta arrastrar al centro, escapa entre la multitud. Seonghwa se acomoda la chaqueta mientras camina en silencio, el objetivo es llegar a su habitación e ignorar a todos lo que resta de la noche. A estas alturas, no le importa si lo quieren decapitar mañana, lo único que necesita ahora es su cama y retomar la lectura del libro que había conseguido días atrás.
(Ojalá el hada protagonista no se quede con ese humano. Ya mucho ha sufrido con esa historia).
Cuando está por llegar al pasillo, con dirección a las escaleras, choca con un muchacho. Este tropieza, pero el príncipe alcanza a sujetarlo por la cintura antes de que pudiera caer de espalda al piso.
Gracias a ese movimiento, la capucha que usa el chico se desliza hacia atrás y así Seonghwa puede ver su rostro. Es un hombre joven, calcula que quizás tengan la misma edad. Tiene el cabello castaño, su piel parece de alguien que se expone al sol; bronceada pero no tanto. Es unos centímetros más bajo que él, aunque el chico esté usando botas con tacón. Y sus ojos oscuros lo miran fijamente. Seonghwa no puede evitar quedar totalmente asombrado por aquella mirada tan intensa, que brilla, a pesar de la luz tenue de esa área del palacio.
No pasan muchos segundos hasta que el chico se incorpora, aún con las manos del príncipe sujetándolo.
—Gracias —dice el desconocido—. Tiene buenos reflejos —agrega, dando palmadas en el hombro de Seonghwa.
Ante aquel comentario, Seonghwa se da cuenta que no ha soltado en ningún momento al muchacho: sus manos siguen intactas en su cintura y siente su fresco aliento rozar su rostro, debido a lo cerca que están. Avergonzado, Seonghwa lo suelta como si quemara y toma distancia.
—Sí… eh, de nada —responde. El chico frente a él le sonríe y Seonghwa se ruboriza—. No es la idea que se lastime por mi torpeza. Perdone.
—No se preocupe, fue un accidente —dice el chico—. Yo debería tener más cuidado con su Alteza, no quiero problemas por ensuciar su costoso traje —bromea, apuntando la chaqueta del príncipe.
Lo último hace reír a Seonghwa.
—Para nada, usted no tuvo la culpa.
El desconocido alza una ceja y se cruza de brazos.
—Me sorprende que no se haya ofendido. Cualquiera ya me hubiera echado a patadas.
—Pues, no ha tenido buenas experiencias con caballeros —dice Seonghwa, encogiéndose de hombros.
El chico lo mira por un momento largo. Seonghwa hace su mejor intento para no apartar la mirada, eso mostraría que está nervioso; y cómo no, si aquellos ojos –está seguro– son la causa por la que no podrá dormir por días. Jamás hubiera creído que una cosa tan simple como la mirada de alguien lo dejaría tan cautivado.
En su vida había visto a mucha gente, y el contacto visual era una muestra de respeto que le enseñaron de pequeño, por lo que es raro que el príncipe deje que una mirada lo intimide. Sin embargo, aquel joven tiene algo que no puede explicar con exactitud.
Si se trata de algún hechizo, no le importa. Con gusto caería si eso significa verlo lo que resta de su vida.
Sin ningún aviso, el desconocido tiende su mano, a un roce de tocar la punta de los dedos de Seonghwa.
—Muéstreme cómo se comporta un verdadero caballero entonces.
Seonghwa traga saliva ante la actitud coqueta del muchacho, no esperaba que le correspondiera su pobre intento de coqueteo, ni mucho menos que lo llevara a un rincón para comenzar a bailar al son de una suave melodía de vals que logra escucharse desde el salón principal.
Mientras bailan, tras unos largos minutos de silencio y en estar concentrado en cualquier cosa que no fuera su acompañante, Seonghwa decide tomar la iniciativa y hablar.
—Creo que debí preguntarle esto antes… ¿Cuál es su nombre?
—Soy Hongjoong —responde—. Y usted es Seonghwa.
El príncipe asiente y aprieta el agarre en la cintura de Hongjoong cuando dan una vuelta, siguiendo la misma coreografía de los que están en el salón.
—Sí; Park Seonghwa.
—Hasta su nombre suena elegante —dice Hongjoong. Por el tono que utiliza, cualquiera pensaría que se está burlando, pero Seonghwa comparte ese humor y le encanta que muestre confianza al instante—. Qué fastidio.
—Su nombre es lindo, Hongjoong —responde Seonghwa.
Hongjoong niega con la cabeza, y acaricia el encaje del hombro de Seonghwa.
—No use sus modales en vano, Alteza. No es necesario que mienta para ser cortés con un simple plebeyo.
—Lo digo en serio, no miento nunca; menos a gente que no conozco. Créame, Hongjoong —insiste, formando un pequeño mohín que hace reír al chico frente a él.
No sabe de dónde está sacando toda esa confianza, es el príncipe que esperan que sea: introvertido, privado y frío, que no expresa más de la cuenta. Sin embargo, aquí está, diciendo el nombre de ese chico que no para de mirarlo, como si estuviera saboreando cada sílaba.
No es algo que le moleste, en verdad. Está disfrutando como nunca antes en su vida.
Cuando escucha que la música se detiene, Seonghwa reúne el valor para tomar la mano de Hongjoong y lo lleva hacia el jardín, aprovechando que está vacío, pues los reyes le dijeron a los invitados que estaba estrictamente prohibido ingresar a otros lugares del palacio que no fuera el salón principal. Por suerte no hay guardias en cuanto salen, entonces ambos jóvenes caminan, guiados por el sendero de piedra.
Han estado en silencio mirando las flores por unos cuantos minutos. No es incómodo; es tranquilo. El ruido nocturno es uno de los favoritos de Seonghwa, y no puede pedir mejor compañía.
—Mi nombre me lo dieron en el mar. —Hongjoong habla de repente. Seonghwa lo mira, el chico está sosteniendo un crisantemo blanco y puede decir que su mirada refleja nostalgia—. Mi madre siempre fue una mujer aventurera y conoció a mi padre en un barco en busca de una vida plena, entonces nací mientras navegaban. Nunca he conocido la vida fuera del agua.
—Eso se escucha fantástico —dice Seonghwa, sonriendo. No puede creer que tenga en frente suyo a alguien que viva su sueño ideal—. Debe ser espectacular.
—Lo es: tengo libertad y he conocido muchos lugares —responde Hongjoong, mientras vuelve a caminar y Seonghwa lo sigue—. Aunque creo que usted tiene una mejor vida. Digo, es un príncipe y puede tener lo que quiera.
Seonghwa se encoge de hombros. Se esperaba que dijera algo así.
—Vivo en el privilegio, sí. Lo admito… Pero ser el heredero conlleva una gran responsabilidad. —Seonghwa ve que han llegado al estanque repleto de lotos y nenúfares, a los cuales se le posan luciérnagas. Se sienta en el banco de mármol, bajando su mirada hacia sus manos—. Debe saber que este baile fue hecho para encontrar una pareja y casarme, pero no quiero eso. Desde niño he leído libros y diarios de distintas personas que han sido valientes y han salido de su hogar para tener aventuras, conocer mucho más allá de lo que conocen. Todas las mañanas veo por mi ventana los grandes barcos que llegan y dejan el reino. Mi sueño es ser un hombre así, tener una vida con verdadera libertad… Como tú.
Termina de hablar y, al no escuchar nada, Seonghwa alza su mirada y se topa con la mirada intensa de Hongjoong, que está sentado a su lado. Y, maldita sea, puede jurar que hay unos dejos verdes en sus ojos, tan preciosos como una esmeralda. Tan mágicos como las criaturas que aparecen en los cuentos que lee cuando nadie lo ve.
¿Puede alguien causarle esto en unas pocas horas? A pesar de que siempre le han dicho que esas son tonterías, se siente en un cuento de hadas. ¿Es eso posible? No diría que es amor, porque nunca lo ha experimentado de una forma así de romántica, pero no puede compararlo con lo que siente cuando está con San u otros de sus amigos.
Hongjoong se desliza para acercarse a Seonghwa, casi rozando su nariz con la suya, y Seonghwa lame sus labios cuando Hongjoong pone una de sus piernas sobre la suya.
—Se ve como alguien así, si le soy honesto —murmura Hongjoong, como si quisiera que solo él pueda escucharlo. Es un secreto de ellos y de la luna llena que los ilumina—. Lo llevaría conmigo si pudiera, sería uno de mis más leales hombres. Recorriendo todos los mares y lugares. Usted y yo.
Lo último lo dice acariciando la mejilla de Seonghwa con el dedo índice, tiene la uña lo suficientemente larga como para causarle escalofríos con sólo tocarlo. Esa mirada casi verdosa lo sigue hipnotizando, tan encantador como hace unas horas que los vio por primera vez, con la única diferencia que ahora baja hacia los labios del príncipe por un instante. Ese gesto basta para que Seonghwa piense «a la mierda», se incline y bese los labios de Hongjoong.
Otra vez, si está bajo un hechizo, reza para que Hongjoong nunca lo rompa si eso significa no probar esos labios jamás en su vida.
El chico le sigue el beso con urgencia, su toque sube hasta sujetar entre sus dedos los cabellos del príncipe y tira con suavidad. Seonghwa jadea ante eso y su mano se dirige hacia la cintura de Hongjoong, mientras la otra va al muslo que está sobre su pierna y aprieta a través de la tela, en busca de algo para sujetarse.
—Es tan manipulable —dice Hongjoong sobre sus labios cuando se separa para recuperar aire—. Tan fácil de cazar, como un conejito.
Seonghwa, aún con los ojos cerrados, suelta una risa atontada ante las caricias que Hongjoong da en su pelo desordenado. Eso que acaba de escuchar le causa un problema: el deseo de tenerlo mucho más cerca y pedir que la noche nunca acabe es algo prohibido. Mañana por la mañana volverá a su rutina y quizás lo castiguen por huir del baile organizado solamente para él, para que cumpla con lo que se le ordena. Entonces, para no perder más tiempo, vuelve a buscar los adictivos labios de Hongjoong. Lo besa como si tuvieran toda la vida para hacerlo.
Lamentablemente, no es así.
Un sonido fuerte que viene del palacio, seguido de gritos de horror, son lo que lo hacen separar su boca de la de Hongjoong. Algo sucedió, algo terrible, pero antes de poder voltear para ver, un filo le roza el cuello.
—Qué…
No puede formar ninguna oración debido al jadeo de dolor que suelta en cuanto Hongjoong incrementa su agarre de su cabello y acerca la daga mucho más cerca de la piel de su cuello. Toda actitud respetuosa, encantadora, con la que se había presentado antes ya no está, es como si lo hubieran sacado de un trance. Un duro golpe a la realidad.
—Tranquilo, principito —dice. La risita traviesa de Hongjoong hace que los latidos del corazón de Seonghwa se vuelvan más veloces—. Mis muchachos solo vinieron por algo que nos pertenece.
—¿Qué es eso exactamente? —pregunta Seonghwa con la voz un poco agitada, tratando de mantenerse calmado. Sabe que adentro es un caos, los gritos no se han detenido y le preocupa que alguien salga lastimado.
—No te debería importar, mimado de mierda.
Claro que no le respondería eso, ¿en qué estaba pensado? Por lo que vio por todo este momento, que lo sedujo para distraerlo, es un hecho que Hongjoong es inteligente.
Todavía Hongjoong lo sujeta, pero algo le llama la atención. Seonghwa abre la boca de la impresión y lo mira a los ojos. La manga se le subió un poco por el movimiento de empuñar la daga y unas escamas azules decoran la piel que sale al descubierto, brillan por sí solas y hasta podría decir que adorables.
Oh. Con razón.
—¿Eres una…?
—¡Juro que no voy a dudar en cortarte la garganta si no te callas! —lo interrumpe Hongjoong, presionando otra vez la daga.
Seonghwa le hace caso y no habla más, porque teme por su bienestar. Está asustado y no le conviene pelear, porque Hongjoong tiene un mejor manejo de armas que él; sabe cómo sujetar bien la daga. Son los peores minutos de su vida. Decir eso después de pasar unas horas de ensueño le duele. Lo rápido que puede cambiar todo a su alrededor es impactante. Sí, no lo conoce (y ahora duda haberlo conocido de verdad), pero Seonghwa es lo suficientemente ingenuo para creer que cada persona que se le acerca es con buena intención.
Fuera del ámbito político como príncipe, claro, en el personal se muestra más.
O quizás sí estuvo bajo un hechizo durante toda la noche.
Del palacio ya no se escucha nada: los gritos horrorizados se detuvieron, está vacío, cualquier rastro de lo que había hace unas horas ya no existe y puede que esté destruido. Seonghwa reza y pide que los invitados, San y su familia hayan podido escapar, y que ese silencio no signifique que el equipo de Hongjoong asesinaron todo a su paso.
Un silbido que viene del salón es la señal para que Hongjoong guarde su daga y suelte el cabello de Seonghwa. Contrario a lo que pensaba Seonghwa, que ahora escaparía sin más, la mano del chico le toma la barbilla y lo besa de manera brusca, mordiendo sus labios, al punto que Seonghwa sisee del dolor.
Ahora sí alejándose, Hongjoong le dedica una sonrisa burlona y se pone de pie frente a él.
—Capitán Kim Hongjoong para servirle, Su Alteza.
Con una reverencia se despide y lo último que ve Seonghwa, con los ojos llorosos, muchas dudas y una frustración que le recorre el cuerpo entero, es que escapa, siguiendo a sus compañeros.
