Work Text:
Es una noche serena de enero, un silencio profundo que es interrumpido por las campanadas de la catedral que anuncian con su retumbar solemne la llegada de la medianoche.
El viento que corre por las calles desoladas lleva en su seno el acorde perdido entonado al roce en las cuerdas de una guitarra; música del alma enamorada que viaja hasta los más profundos rincones.
Un par de risas juguetonas se escapan de sus cómplices ante el nerviosismo naciente. Toma una respiración profunda con la que intenta calmar el latir desbocado de su corazón, y en voz susurrante cuenta “uno, dos, tres”...
No hace falta que salga la luna
para venirte a cantar mi canción.
Ni hace falta que el cielo esté lindo
para venir a entregarte mi amor
La melodía da inicio, pronto acompañada por el tono meloso de la voz delicada que pierde cualquier rastro de titubeo; llamando la atención de los curiosos aún despiertos que asoman su mirada por las ventanas, buscando a la afortunada de esa noche sin luna.
Ahí, al final de la Calle Real, frente a la casona más ostentosa del pueblo, la silueta del amante apasionado se vislumbra, apenas iluminado por las lúgubres luces del alumbrado público.
No encontré las palabras precisas
para decirte con mucha pasión
que te quiero con toda mi vida,
que soy un esclavo de tu corazón
Calles empedradas y casas suntuosas como verdaderos testigos del eco que va formándose, un arrullo suave que despierta a más de una muchachita que suspira envidiosa.
Un atuendo elegante en un tono oscuro, una camisa pulcramente blanca y un destello dorado en los botones de su chaleco. Su mirada jade se eleva hacia el balcón, irradiando emoción con antelación; el sombrero haciendo sombra a su rostro, ocultando desafortunadamente su identidad.
Solo dios, que me vio en mi amargura
Supo darme consuelo en tu amor
Y mando para mí, tú ternura
Y así con tus besos borró mi dolor
La tenue luz de un candil alumbra desde adentro de la habitación; el joven enamorado deja de un lado su guitarra y da un paso esperanzado hacia adelante.
Un meneo sutil en la seda de las cortinas, y la luz delinea una sombra que parece escucharlo con atención. Algunos de los entrometidos y ajenos suspiran con alivio al ver que los sentimientos del intérprete parecen haber sido escuchados.
No te importe que venga borracho
a decirte cositas de amor
Tu bien sabes que si ando tomando
Cada copa la brindo en tu honor
Hay un gesto galante de parte del joven amante, su voz se endulza y se despoja del sombrero y hace una reverencia ante la dueña de su corazón.
Sus rizos se mueven con el viento, una sonrisa coqueta y una mirada añorante acompañan su canto. Sus ojos jade se cruzan con el zarco y el gris; y puede verlo, en los ojos de su amor, que el obsequio ha hecho más que encantarle.
No sé decir lo que siento
Solo sé que te quiero un montón
Y que a veces me siento poeta
Y vengo a cantarte mis versos de amor
Solo dios, que me vio en mi amargura
Supo darme consuelo en tu amor
Y sabes que no necesito de luna alguna
Porque tu eres la luna en mi corazón
Culmina con voz cargada de amor, y aunque sus acompañantes se burlan lanzando chiflidos, no hay atención de sobra para nadie más que su único amor.
Como agradecimiento, el joven desconocido recibe una sonrisa dulce y un sonrojo ligero en las pálidas mejillas, una mueca extrañamente nerviosa para la común seriedad que sus facciones suelen portar para el resto del mundo; y solo eso basta para que piense en la osadía de colarse en su habitación y robarle más allá de un beso.
Pero no hay cabida ni tiempo para más valentía, no cuando el dueño y señor de la casa sale histérico, amenazando de muerte al “descarado vago” que se atreve a cortejar a su única hija.
Un revólver luce amenazante, buscando dar peso a sus gritos, pero lo único que recibe no son más que risas en respuesta a su muy mal infundada ira.
De mala gana, los amantes se despiden con una sonrisa resignada antes de ser atrapados; el sombrero vuelve a posarse con gracia sobre los rizos verduzcos, y la luz del candil se extingue dentro de la habitación. El pequeño grupo de músicos decide realizar su escape triunfante, sorteando más de una bala disparada al suelo hasta montarse a sus caballos que esperan impacientes y relinchan con inquietud.
La mirada jade voltea de nuevo por última vez, lanza un beso al aire con la promesa de volverse a ver, más pronto de lo que cualquiera podría esperar. Y desaparecen entre la oscuridad, en medio de risotadas, arreando las bestias a toda velocidad, cascos que resuenan sobre la empedrada levantando una nube de polvo gris a su paso, no dejando más evidencia que las huellas sobre la tierra que el viento no tardará en borrar.
Y así terminó esa noche sin luna que sería la comidilla predilecta para el pueblo entero al siguiente día, toda la semana, seguramente durante un mes.
Una historia que se quedaría grabada en mente y lengua de los habitantes durante un largo tiempo, y a la cual cada quien le agregaría un trocito aún más emocionante al narrarla en el mercado al hacer las compras para el almuerzo, y en la plaza por las tardes después de la última misa.
Un galante pretendiente desconocido, lo suficientemente valiente para declarar su amor por la preciada hija de Enji Todoroki…
Quizá… solo tal vez si el hombre no hubiera estado tan furioso, o los chismosos al menos hubieran prestado verdadera atención, hubieran notado que tal cortejo no era dirigido al balcón de la única señorita de la casa.
Si no a la derecha, donde el menor de los hijos suspiró abochornado por la mirada cargada de amor y las dulces palabras del corazón enamorado, dirigidas sólo a él.
Quizá, ese sería un chisme más interesante.
