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El viento soplaba con fiereza en la Fortaleza Roja, trayendo consigo el olor a tormenta, sal y fuego. Aemond lo sintió antes de que los cuernos de advertencia sonaran. No por instinto, sino por algo mucho más primitivo: el lazo que había forjado, en secreto, en deseo y negación, con el único omega que jamás había sido capaz de sacar de su mente.
Jacaerys Velaryon.
La última vez que lo vio, había sido arrogante. Había fingido indiferencia mientras lo veía montar a Vermax para partir a esa misión diplomática de la que tanto se esforzó para decirle que era una tontería.
Pero Jacaerys quería probar que podía enorgullecer a su madre y convenció a Rhaenyra de enviarlo a negociar con la Triarquia, solo. Había cruzado palabras frías con él, enterrando bajo capas de sarcasmo y rivalidad el fuego que realmente le consumía el pecho. Pero no era odio. Nunca lo fue.
Era deseo. Puro, absoluto y destructivo.
Lo sentía consumirlo desde hace tiempo, más del que le gustaría admitir. Jacaerys fue valiente una vez, cuando no eran más que adolescentes despreocupados y densos. Lo había tomado de la mano, insinuándole sentimientos “prohibidos”, que rezaba porque tuvieran solución.
Esa fue la primera vez en su vida que lo vio como lo que era: un omega que podría ser suyo, si lo deseaba.
‒Mi príncipe —la voz del maestre lo sacó de sus pensamientos—Tenemos noticias. El príncipe Jacaerys… su nave ha sido interceptada por piratas de Essos, cerca de Marcaderiva. Dicen que lo han capturado. No hay señales de su dragón.
El mundo, por un instante, dejó de girar.
Aemond sintió cómo el pecho se le cerraba, cómo la furia le ardía en las venas como veneno. No preguntó por qué estaba Jacaerys viajando sin escolta suficiente, ni por qué nadie se había asegurado de protegerlo como merecía. Lo único que su mente repetía era un eco sordo: “Está en peligro. Jacaerys… su Jacaerys…”
‒Prepárame a Vhagar —dijo, y su voz fue una promesa. O una amenaza. Tal vez ambas.
‒ ¿Desea que informemos al Consejo? —se atrevió a preguntar un caballero.
Aemond giró el rostro y su mirada helada fue suficiente respuesta.
‒Voy a buscarlo. Solo. Y si alguien osa interponerse, lo haré cenizas.
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La noche era cruel sobre el mar. Las olas golpeaban con furia y la sangre se mezclaba con la espuma. En la bodega de un navío saqueador, amarrado con grilletes de acero húmedo y frio, Jacaerys escupía sangre y seguía mirando con desafío a sus captores.
‒ ¿No sabes quién soy? —gruñó, aun cuando su labio sangraba—. Mi madre es la reina legítima. Me buscarán.
‒Sí, claro —rió el capitán pirata—. Pero cuando lo hagan, ya habremos vendido tu cuerpo y tu secreto a quien pague mejor. Un omega real… No sabes lo valioso que eres, muchacho.
La palabra “omega” le cayó como un recordatorio cruel. Había mantenido su condición en secreto durante años. Solo su madre y unos pocos sabían. Jacaerys no quería ser visto como frágil, como una joya encerrada tras barrotes. Había peleado por respeto. Había volado, liderado ejércitos, negociado con señores… nunca había dejado que su naturaleza lo encasillara.
Pero ahora, atrapado y herido, su aroma se volvía más fuerte a medida que el miedo se apoderaba de él.
“No”, pensó. “No les daré ese poder.”
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Vhagar rugió cuando sobrevolaron las naves enemigas. Aemond iba erguido sobre su lomo, la capa ondeando como llamas detrás de él, el cabello plateado desatado, los ojos encendidos.
Desde el cielo, contaba cada vela, cada pabellón con símbolos de Essos. Identificó el barco con más defensas. Apostó que ahí estaba.
Y no esperó más.
Vhagar descendió como una tormenta viva. El primer rugido partió el aire, y el fuego lo siguió. La madera estalló en llamas; los gritos humanos se mezclaron con el crujido de los mástiles. Algunos intentaron huir. Otros suplicaron. Ninguno fue escuchado.
Jacaerys sintió en todo su cuerpo el rugido de la dragona, fue fácil adivinar de quien se trataba, pues solo una criatura en todo Poniente sería capaz de provocar tanto caos. La bodega se llenaba de humo poco a poco y fue gratificante descubrir el miedo en el rostro de sus captores.
Los hombres corrieron, probablemente esperando huir y salvarse, pero incluso cuando lo abandonaron a su suerte en ese lugar polvoriento, Jacaerys alcanzó a escuchar sus gritos mientras eran atravesados por la espada.
Tosió a causa del humo, su cuerpo le dolía, sus muñecas sangraban. Pero entonces lo sintió. Un rugido que no venía del cielo, sino de dentro.
Un nombre.
‒ ¡Aemond…! —susurró, incrédulo, pero fue imposible proferir una sonrisa.
La puerta fue destrozada de un solo empujón. Una figura que reconociera incluso en la oscuridad cruzó el umbral, envuelta en luz anaranjada y sombra.
Sus ojos se encontraron. Un instante. Una eternidad. La conexión que siempre había estado ahí, tirando de ellos desde el fondo de su pecho volvió a tironear y Jace intentó moverse hasta él por puro instinto reflejo.
‒Estás vivo—susurró Aemond, aliviado como nunca en su vida—Estás vivo.
‒Creí… que no lo sabrías —murmuró Jacaerys, y la voz se le quebró. No por el dolor. Sino por lo que vio en esos ojos violeta: miedo, angustia.
Amor.
Aemond rompió los grilletes con su espada, y apenas lo liberó, se abrazaron con fuerza. Olía a humo y sal, pero también a hogar. El pecho de Aemond temblaba contra su frente y el tamborileo de su corazón fue casi como un arrullo.
‒Pude haberte perdido. Juro por los Siete, Jacaerys, habría prendido fuego a todo Essos si no te encontraba.
Le creía, jamás dudaría de su palabra. Y es que el pánico estaba por todo su cuerpo, desde la forma en que sus brazos lo rodeaban, hasta la marca de su aroma en su cuerpo.
Nunca creyó conocer el miedo en alguien como Aemond, con ese semblante serio y esa mirada feroz, ¿por qué habría de temerle a algo?
‒Aemond… —quiso decir algo, pero la garganta le ardía. El mundo se tambaleaba.
‒Shh… ya está. Te tengo. Estoy aquí.
Le acarició el rostro con el dorso de la mano y Jacaerys no se contuvo en regocijarse contra la caricia. Lo miró directo al ojo y vio destellos de la añoranza y felicidad de saberlo a salvo, y cuando lo alzó en sus brazos, supo que nunca habría lugar en el que se sintiera más seguro en toda su vida.
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Volaron durante horas hasta llegar a Rocadragón, ya que Aemond consideró que sería mucho más fácil y tranquilo, que armar todo un desastre en la Fortaleza. Vhagar soportó el peso de ambos sin quejarse. Jacaerys, aunque herido, no se desmayó. No podía hacerlo. No quería cerrar los ojos, no si eso significaba alejarse de él.
Aemond no lo soltó en ningún momento. Su brazo firme, sus palabras susurradas, el calor de su piel eran todo lo que necesitaba para no romperse. Jamás habían estado tan unidos, a pesar de que siempre sintieron una conexión, está era la primera vez que dejaban de pensar en sí era correcto o apropiado y solo se dejaban llevar.
Ya en tierra, uno de los guardias dio avisó al maestre del castillo, quien intentó separarlos.
‒Necesitamos examinarlo, príncipe Aemond…
‒No sin mí —espetó el alfa—. No se atrevan.
Y nadie lo hizo.
Durante dos días, Aemond estuvo a su lado. Cambió sus vendas, le dio de beber, le acarició el cabello cuando las pesadillas lo asaltaban. Nunca pidió nada. No dijo lo que sentía. Solo lo cuidó. Como si no fuera un príncipe, sino lo más sagrado del mundo.
Jacaerys lo entendió entonces. No era odio. Nunca lo fue.
‒ ¿Por qué viniste? —preguntó una noche, cuando solo la luz de la luna los acompañaba—. Has peleado toda la vida contra mí. ¿Por qué arriesgarlo todo?
Aemond no respondió de inmediato. Se acercó. Tocó su mejilla.
‒Porque te amo, idiota.
Jacaerys lo miró, boquiabierto.
‒ ¿Qué?
El alfa se burló de él un rato, torciendo los ojos y recostándose en su lado de la cama, forzando a Jacaerys a acercarse e insistir en que repitiera sus palabras. Y Aemond le dio lo que quería, a su manera.
Lo tomó de la cintura, le dio vuelta sobre el colchón y quedó sobre él, con varios de sus mechones platinados cayendo por el lado de su cara, el parche sobre su ojo perdido ensombreciendo algunos de sus rasgos, pero todo en lo que Jace podía pensar, era en su aroma y cercanía, en lo bien que se sentía el peso de su cuerpo sobre el suyo.
‒Te amo desde que eras solo una espina en mi costado. Te he odiado por amar tanto. Por no poder alejarme de ti ni cuando debía. Si te hubiera perdido… yo mismo habría puesto todo Poniente en llamas.
El silencio se hizo largo por segundos que se sintieron eternos, Aemond casi temió haber dicho algo equivocado, hasta que Jacaerys, con una risa temblorosa, y manos suaves, le acunó el rostro.
La cicatriz le causó escozor, la inseguridad siempre presente, pero igual dejó que sus caricias avanzaran e hiciera con él lo que quisiera, entonces, le dijo:
‒ ¿Me vas a besar o vas a seguir amenazando al mundo?
Jacaerys sonreía como un niño travieso, pero a pesar de la noche y la poca iluminación de las velas, Aemond podía apreciar sin problemas sus mejillas sonrosadas, sus ojitos brillantes y esa timidez que trataba de esconder.
Y Aemond lo besó. Lento. Feroz. Con la promesa de un alfa que no pedía permiso, pero entregaba su alma.
Su alfa sabia a vino, lo embriagaba con solo respirarle cerca, nublándole la mente con unas simples palabras de amor. Separó las piernas para que le fuera más fácil acomodarse, Aemond incluso metió una mano bajo su camisa de dormir y el toque le erizó la piel, haciéndolo jadear al instante.
‒Suenas tan bonito—le mencionó sobre sus labios, sonriendo pícaro y subiendo sus manos por su torso—Hazlo de nuevo, omega, quiero escuchar como te deshaces por mí.
Era diferente a lo que imaginó, pero no menos placentero. Jacaerys siempre fantaseó con el toque de Aemond, con tener sus manos sobre su cuerpo, haciendo toda esa clase de cosas que un omega casto y puro no debería de pensar.
‒Aemond—gimió bajo, entre besos y con sus piernas alrededor de la cadera del otro—Alfa.
Hubiera deseado confesarse de otra forma, una que no hubiera involucrado la vida de su bello sobrino en peligro. Odiaba la idea de esas heridas en su piel, no quería ni pensar en lo que pudo pasar si hubiera tardado más en rescatarlo.
Pero ahora estaba entre sus brazos, saboreando sus besos y conociendo más que nadie nunca conocería de él, porque Jacaerys sería suyo y de nadie más. Así tuviera que pelear con su hermana, con Daemon, con el reino entero, ese omega seria su esposo y cargaría a sus cachorros, tantos como les complaciera.
Porque, aunque el mundo ardiera, si Jacaerys estaba a salvo en sus brazos, valía cada incendio.
