Chapter Text
La atmósfera del salón principal lo estaba asfixiando. Estaba tan arrepentido de haber abandonado la tranquilidad de su soledad en los cuarteles.
Por otro lado, el aroma del opio, el licor aromatizado y el incienso, junto a las voces que parecían venir de todos lados, parecían haberlo sumergido en una bruma espesa que difuminaba su mente. La promesa de Pei Ming había sido cierta: ven un rato, al menos dejarás de pensar, había dicho.
Había elegido una mesa algo apartada para que a nadie le interesara lo suficiente en sentarse junto a él. Un tapiz por encima de él lo cubría a medias con su sombra, y había pasado probablemente más de lo indicado para alguien cuerdo, observando las figuras que se volvían difusas por las luces de las lámparas: el cuadro era romántico, una dama cubriendo parte de su rostro con un abanico por encima del cual apenas se veía su sonrisa, dulce, pero con un toque juguetón que solo una segunda mirada daba a entender, mientras a sus pies, un hombre le ofrecía lo que parecía ser un ave con las alas abiertas. No logró identificar que tipo de ave era, pero la representación le había impactado un poco más debido a lo particular del cuadro. Cualquiera diría que rozaba un poco lo insolente.
Suspiró, antes de llevarse la copa a los labios y el licor le quemó la garganta con un sabor dulzón y fuerte. Miró por encima de la taza, un vistazo breve solo para distraerse, los asistentes charlaban y reían entre las mesas, brindando. La mayoría eran eruditos, estrategas y parte del concejo del emperador, el resto hacia parte de la altos mandos del ejército, entre ellos Feng Xin y Pei Ming. Sobretodo Pei Ming, que había sido, de hecho, el organizador de toda aquella reunión, ¿la razón? El ascenso, o algo así, de alguno de aquellos miembros de la corte, del cual Feng Xin ya había olvidado su nombre. Quizá ni siquiera había cruzado mas de una o dos palabras con él antes.
Ni siquiera debía haber estado en esa reunión, pensó.
Por el rabillo del ojo notó que un destello rojizo se acercaba por su izquierda, era una chica llevando una jarra de licor de pera, el mismo que Feng Xin había pasado bebiendo durante un buen rato. Sin decir nada, acercó la copa y la chica vertió un poco más, no se dijeron nada, pero cuando terminó, ella se quedó de pie, estática, casi vacilante.
—¿Algo más en lo que pueda servirle, General?
Feng Xin apenas se giró para observarla. Era bonita, no etérea, pero entre su cabello castaño y ese par de ojos verdes avellana, daba una sensación de anclaje a la realidad. Se veía como si pudiera fácilmente mantenerle una conversación fluida durante más de media hora.
Por un momento estuvo tentado a invitarla a sentarse cuando de recojo miró como otras de las chicas le hacían compañía a los huéspedes, sonriendo, sirviendoles vino, soltando dos o tres palabras muy cuidadas: habían aprendido a ser una compañía breve, pasajera, pero grata, como un abre bocas.
Al final se negó. No estaba dispuesto a qué ni siquiera una desconocida pudiera leer en sus gestos y su voz esa innecesaria búsqueda de algo que había perdido, cuando ni siquiera había sido suyo. No estaba listo para la lástima, ni aunque fuera de una simple chica de casa de té.
Apenas dió un gesto, su rostro tranquilo, apenas mirándola, tratando de ser lo menos grosero posible. No quería que sintiera que la estaba rechazando solo porque era ella. No era la primera que se había acercado a su mesa de todas formas, aquella mesa que seguía teniendo un solo ocupante: él mismo. Tampoco pensó mucho acerca de lo que podrían decir el resto de huéspedes, al final, había algunos otros que preferían la soledad y parecían disfrutar mucho más de la observación, ser un espectador, abierto al desarrollo de aquel mundo privado y a la vez mucho más libre de lo usual. Los observadores siempre habían sido los más peligrosos.
Feng Xin no era uno y tampoco estaba disfrutando nada.
—Dioses, deja eso ya, a este punto tú vino debe estar amargo. Al igual que tú sangre —una voz clara lo sorprendió por atrás, de ese tipo de voz que está hecha para hacerse oír en un campo de batalla. Sonaba juguetón—. ¿Cuántas van?, ¿no es esa la quinta chica que rechazas?
—Apostaría lo que sea a qué eres tú quien las envía —Pei Ming no negó las acusaciones y solo se sentó a su lado, le arrebató la copa de licor de pera y se la bebió de un trago, no sin dejarle una botella de recién abierta en el espacio vacío de su mano. El aroma le llegó de inmediato: licor de durazno, mucho más fuerte, el fermento lo hacía ligeramente picante. Feng Xin agradeció tener una buena resistencia al licor.
—¿Te gustaría eso? —ese era Pei Ming y su habilidad para torcer cualquiera de sus respuestas—, podría hacerlo, como un pequeño favor. Solo dime qué quieres.
Feng Xin se frotó el entrecejo, frustrado.
—Deja esa mierda ya, Pei Ming.
—Vamos, dame gusto al menos un rato —dijo, sonriendo de lado antes de darle un trago a su propio licor—. Si sigues así va a parecer que soy un terrible anfitrión.
—Ya olvidé la razón por la que estoy aquí —Feng Xin resopló, mirando fijamente la botella de licor justo antes de llevársela a la boca. No entendía porque, después de todo el tema de Jian Lan, Pei Ming había elegido arrastrarlo precisamente a una casa de té.
—Estás aquí —Pei Ming continuó, su tono firme y el jugueteo presente, tomando del hombro a Feng Xin—, porque necesitas olvidar. Divertirte un rato, después de todo esa reclusión a base de licor y manzanas. Además —el tono bajó, una sombra peligrosa en sus ojos—, ¿Crees que te quiero en boca de todo el mundo a causa de un compromiso fallido?
—Pei Ming —Feng Xin suspiró, ya habían tenido esa conversación—, quizá todo el mundo ya esté enterado de lo que sucedió, ¿qué más importa?
—Importa, porque ya hay mucho acerca de tí allá afuera —Pei Ming desvío la mirada—, y mucho que dice acerca de tí perdiendo el juicio por una mujer.
—Una mujer con la que me iba a casar, Pei Ming —Feng Xin contraatacó—, además, no entiendo porque después de lo sucedido, elegiste traerme precisamente a un lugar de este tipo.
—Porque estando aquí, estás haciendo lo que cualquier hombre dejado en el altar hace —dijo Pei Ming—. Estás alimentando los rumores más convenientes, Feng Xin, eso estás haciendo.
Estaba molesto. Todo el tema de Jian Lan y la cancelación de su compromiso con ella se estaba volviendo un huracán en agua estancada sin siquiera proponérselo. Ni siquiera él había considerado necesario todo el escándalo y drama que parecía rondar por las calles y pasillos, porque suficiente tenía con el dilema interno.
No había nada que hacer, se había dicho, no había nada más que decir.
Jian Lan se había ido, no sin antes explicarle el porque, y él había pasado casi una semana sin hablarle a nadie y había dejado que todo se redujera a un tratado acordado entre ambos y los principios morales de la que había sido su prometida y su compromiso con una tradición de la que la habían hecho parte su familia, tras su reencuentro con ellos y que la obligaba a guardar el resto de su vida para personas que apenas recordaba.
Si esas fueran las razones reales, él habría hecho cualquier cosa porque ella no se fuera de su lado. Más por un sentido protector que por amor real.
Él más que nadie sabía que Jian Lan odiaba todo aquello, pero aún así no había sido capaz de detenerla, porque había sido ella la que quiso irse. Ninguna razón externa en medio, ningún principio, nada más que su convicción y capacidad de decirle a Feng Xin que eso no funcionaría, cuando él lo había visto venir desde hace mucho, pero se había convencido de que podría arreglarlo.
No pudo hacerlo. Ni tampoco pudo evitar que Jian Lan se fuera.
Y no la culpaba, después de todo, si él hubiera sido un pájaro enjaulado por mucho tiempo que luego encontraba apenas un recodo que le prometía libertad, aunque fuera a costa de algo que también amenazaba con mantenerla encerrada esta vez en una jaula de oro, lo habría tomado.
Sabía que en su posición, Jian Lan no tenía demasiado de lo que elegir. Y él, con todo lo que representaba, no había sido una opción.
Si algo habían dicho a sus espaldas, es que al General Feng Xin le dolía la ruptura con su prometida. Pero era mentira.
Lo que en verdad le dolía era la impotencia y su incapacidad para evitar se fuera. Su incapacidad de arreglarlo.
Era un desastre.
—Anda, anímate —Pei Ming recuperó su sonrisa, palmeando la espalda de Feng Xin con aire fraternal—, es muy pronto para que tengas esa cara, aún falta la mejor parte.
Feng Xin levantó una ceja, desconfiado.
—¿Y eso es?
—Es un secreto —colocó el índice sobre sus labios, aún sonriendo—, el mejor secreto de la casa Cui Wan. Solo lo mejor para los mejores, Feng-xiong. Jamás les fallaría.
Eso solo empeoró su preocupación. Nada bueno o seguro solía surgir del entusiasmo de Pei Ming.
Además, pensó para sus adentros, ¿De qué secreto de ese lugar hablaba Pei Ming si, de hecho, la casa Cui Wan era un secreto por si sola?
Era de las qinglou más atractivas de la ciudad imperial, no por su excentricidad o promesa de excesos, como lo eran muchas otras, sino por su misterio. Estaba ubicada junto a un canal secundario de la ciudad, no lucía como una qinglou común sino como una simple casa de té que estaba a la vista de todos, pero que al mismo tiempo, los que la conocían era porque sabían perfectamente lo que buscaban allí. Nadie se enteraba de que era una qinglou por su aspecto o su fachada discreta, sino por su historia. Por su secretismo.
Era como un farol apagado que aún así era imposible de ignorar.
Los servicios de esa casa eran incluso más privados de lo común, eran exclusivos, porque la puerta siempre estaba abierta pero con suerte solo algunas de las aprendices estarían presentes.
Las cortesanas de mayor rango eran un secreto a voces, jamás vistas por un ojo casual, jamás conocidas a menos que el precio pagara su exclusividad.
Y Feng Xin estaba seguro de que Pei Ming sabía mucho de eso.
Esa era la primera vez que entraba a la casa Cui Wan. Y de hecho, era la primera vez que entraba a una qinglou desde que había vuelto a la ciudad.
Antes, durante su traslado y establecimiento temporal en las tierras del sur, solía frecuentar una qinglou particular.
Ahí había conocido a Jian Lan.
—Ah, por fin —Pei Ming sonrió con entusiasmo, llevando su mirada hacia el escenario dispuesto en el centro del salón cuando una de las aprendices salió lentamente. Por las expresiones de los demás asistentes, parecían saber lo que venía a continuación. Todo el espacio se hundió en el silencio.
La aprendiz dió algunos pasos en el escenario hasta ubicarse en el centro, dió una suave inclinación justo antes de tocar una pequeña campaña que tenía en la mano derecha. El cambio de atmósfera fue casi automático, el silencio se transformó en una quietud que le erizó la piel y el aroma del incienso y del licor se sintió aún más intenso, como si lo envolvieran. Fue alucinante.
En el momento en que la melodía de la campana fue apenas un eco lejano, empezaron a salir a escenario, una tras otra, cinco bailarinas con pasos ágiles y movimientos fluidos, ni lento ni muy rápido, todo en perfecta sincronía que hasta sus vestidos vaporosos parecían moverse siguiendo al otro. Se ubicaron en una perfecta media luna con amplitud, inclinaron la cabeza y al levantarla, parecía que hubieran cobrado un aspecto deslumbrante en sus rostros y sus sonrisas, tan suaves que ni siquiera parecían estar ahí realmente.
La quietud de la estancia se llenó de expresiones de asombro y halago. Feng Xin miró de reojo a Pei Ming, quién parecía complacido pero expectante, pero un segundo después, entendería el porqué.
Detrás de las bailarinas, salieron tres mujeres más, juntas, pasos acompasados, miradas bajas, perfiles alineados. A diferencia de las anteriores, cuya existencia común en escenario parecían una conectada a la otra, luciendo como una sola entidad bella y armónica, las tres últimas eran todo lo contrario: entidades tan distintas, individuales, separadas entre si. Brillaban por el misticismo que irradiaban.
Pero lo que más resaltaba de ellas era que llevaban un velo cubriendo la mitad inferior de su rostro.
Eso, un ocultamiento a medias, un deseo por mantener cierto secretismo acerca de lo que había detras del velo, provocar la intriga, era lo que las volvía de alguna forma más atractivas. Incluso Feng Xin, en medio de su desinterés, mantuvo su mirada sobre ellas un par de segundos más.
Las tres se acomodaron en el centro del escenario, rodeadas por las cinco bailarinas. Notó que las tres llevaban instrumentos, la de la derecha llevaba una pipa, que apoyó contra su lado izquierdo y su hombro, mientras sus manos se apoyaban apenas como una pluma sobre las cuerdas. Aquella imagen recordaba a una garza, formas alargadas y elegantes con movimientos abiertos y fluidos.
La del centro llevaba un xiao, brillante y delgado entre sus dedos, que se las arregló para poder acomodar apoyado en sus labios debajo del velo. Su elegancia y el juego entre su brillante cabello castaño y sus túnicas la hacían lucir como un lirio recién florecido.
Pero la última fue la que, por alguna razón, tomó toda su atención.
Era la más alta de las tres. El cabello negro recogido permitía apreciar la curva definida y suave de su cuello blanco que se unía a las túnicas azuladas que caían con gracia y elegancia hacia el suelo, acomodadas perfectamente sobre la posición de loto que adoptó la chica. Su instrumento, Feng Xin tardó un momento en recordar su nombre, era un erhu que apoyó en el suelo y sostuvo con una mano, contrastando la piel blanquecina contra el cuerpo de madera pulida del instrumento en el que se podían notar muy claras las dos únicas cuerdas tensadas, mientras la otra mano sostenía el arco, apoyado contra sus piernas, en una tensa expectativa.
Cualquiera podría decir que fue eso lo que más llamó su atención: la particularidad del instrumento. Muy pocas veces había visto alguna interpretación de erhu e incluso le resultaba casi milagroso el hecho de que pudieran brotar sonidos en tantos matices y expresiones de apenas dos cuerdas y un arco.
Si, esa podría haber sido la razón de su atención particular, pero la verdad es que lo que mantuvo su mirada sobre ella durante casi toda la presentación, fue su extraña incomodidad.
Había algo que no encajaba y parecía ser de los pocos en notarlo en ese lugar.
Las tres chicas lucían perfectas, ni un solo cabello fuera de su sitio, ninguna arruga en sus vestidos vaporosos, pero las dos primeras parecían flotar en una especie de plenitud imperturbable, una confianza desbordante. Miraban alrededor y parecían sonreír a través de sus ojos, sin esfuerzo, tan expresivas, tan confiadas, que cualquiera podría haberse sonrojado simplemente con mantenerles la mirada un par de segundos.
La última, por otra parte, no parecía estar entre un público que admiraba su belleza, o la deseaba, sino en medio de un campo de guerra o una jauría de lobos. Miraba con cuidado de una mesa a otra, parecía detallar los espacios vacíos, las sombras proyectadas por las columnas, y los murmullos más notables en todo el salón.
Feng Xin mi siquiera notó en que momento había empezado a observarla fijamente, pero cuando esos ojos oscuros y brillantes pasaron por su mesa, se encontró con los suyos. Negro contra marrón, un lapso demasiado largo como para que fuera apropiado.
Se sintió atrapado.
Y le recordó a algo muy similar ocurrido hace ya bastante tiempo, y conocía la sensación, debía haberse sentido avergonzado, tal vez un poco atontado, era lo típico. Pero en su lugar, sintió la amenaza como un cuchillo, reptando por su cuello y quedándose ahí en lo que duró aquel intercambio silencioso y unilateral.
En los ojos de aquella mujer no había dulzura, ni jugueteo, ni la certeza de saber algo acerca de Feng Xin, lo cual disfrutaba y de lo que se regodearía después. Había precaución y cautela, muy bien escondidas, debajo del maquillaje y del velo y de las joyas.
Feng Xin pensó que habría hecho cualquier cosa por poder ver la parte inferior de su rostro. Y luego entendió que ese debía ser el sentido de todo: desear, aunque la ruta para ello fuera tan poco típica.
Cuando la chica desvío la mirada de Feng Xin, él dejó salir el aire que había estado conteniendo durante todo el rato, sus pulmones ardieron, y luego se llevó la botella de licor a los labios, sintiendo casi la necesidad de bebersela completa. Distante, con el sabor picante del licor debajo de la lengua, se preguntó que carajos había sido eso.
Había caído en un truco de cortesana, pero en su defensa, tampoco es que fuera muy bueno evitándolo.
—Ey, despacio —a su lado, Pei Ming le sonreía divertido, aunque en sus ojos había algo parecido a la curiosidad y eso era un mal signo—. No creas que no noté lo que acabó de suceder aquí.
Maldita sea, no.
—¿Y ahora de que mierda estás hablando, Ming Guang?
Pei Ming soltó una risa, acentuada por el efecto del licor.
—Es lo que es, Feng Xin —se acercó a él, apoyando una mano en su hombro, y susurró muy cerca, sus ojos observando en una dirección específica, la misma a la que Feng Xin había observado hace un segundo atrás—. Long Xiang. Así se llama.
Aunque en su gesto se leía una negativa a seguir escuchando, Feng Xin no se movió del agarre de Pei Ming.
—Y la llaman el dragón del harem. Un nombre justo a decir verdad —le dió un sorbo a su propia botella—. Tiene el carácter de un dragón y también su gracia. Carácter y belleza, es completamente tu tipo…
—Cállate —no esperaba que aquel comentario le rascara una herida mal curada, como si le quitará de un jalón el tejido cicatrizal.
—Charla afilada, pero entretenida. Y es excelente jugadora de Go —por alguna razón, entre más tiempo pasaba Pei Ming enumerando cualidades, más irritado se sentía.
—Basta.
—Aunque el día de hoy la siento un poco… extraña. Ya sabes, como algo que no encaja, ¿Que será?
—Quizá porque un idiota como tú la está mirando.
Pei Ming volvió a reír, está vez un poco más fuerte.
—Tranquilo —la mirada que Feng Xin le dió debió haber sido lo suficientemente amenazadora, le hizo levantar las manos en signo de rendición, alejándose de nuevo a su lugar—. Está bien, está bien, dejaré que te sorprenda. Long Xiang no necesita que resalten lo que ella ya hace evidente.
Feng Xin resopló, volvió a mirar de reojo la chica.
—Después, con más calma, quizá quieras hablar de algo más.
Pensó que ese después jamás llegaría. No querría hablar de algo más.
Más tarde se daría cuenta de que estaba muy equivocado. El hechizo había sido contundente y él había sido demasiado débil.
Tampoco había demasiado al respecto por lo que avergonzarse, era lo que era, como había dicho Pei Ming: un hombre haciendo lo típico después de la cancelación de su compromiso. Después del abandono, después del dolor, después de la perdida.
Quizá podía dejar de pensar en todo por un rato.
El espectáculo empezó con un toque de campana y cuando el eco se difuminó por completo, las sedas de los vestidos empezaron a moverse como alas de aves y pétalos de flores al viento.
Al fin entendía las palabras de Pei Ming, después de todo, no era una cosa simple el contratar a bailarinas expertas de una qinglou, junto a tres de sus cortesanas especializadas en música. Era un evento que cualquiera no veía todos los días.
La vista era hermosa, un deleite para los ojos y los oídos. Movimientos fluidos, suaves e hipnotizantes, conjugados con dulces expresiones, no seductoras, no sugerentes, sino simplemente la explicación de la belleza del arte que encarnaban. Aquellas que sabían comunicar lo hacían sin necesidad de explicar o demostrar más que una calma imperturbable, una consciencia plena y el conocimiento de algo que el que estaba frente a ellas apenas soñaría con saber.
Y solo el buen observador comprendería todo, sin la necesidad de pedir o esperar algo más. Porque esa era puñalada final, pensó Feng Xin, el precio final por aquella demostración: el esperar algo más y su imposibilidad, su dolor, su evidente respuesta al anhelo, la belleza de eso que no se puede conservar.
Y los que lo hacían, no terminaban bien.
Aquella belleza te rompía más que solo físicamente y Feng Xin lo sabía.
Lo sabía y aún así, no fue capaz de quitarle la mirada a Long Xiang.
Había algo peculiar en la forma en que tocaba el erhu, aferrada e hiper consciente de lo que sus manos tocaban y hacían y provocaban. Y estaba muy consciente de que Feng Xin la observaba, porque desviaba la mirada cuando sus ojos encontraban los de él en medio de todo. Y entonces huían, lo evitaban, le decían verdades sin ninguna palabra. No lucía como si supiera algo de él o como si lo estuviera leyendo, no, él que había tomado ese papel era Feng Xin y le divertía verla evadirlo y frustrarse por encontrarlo de vuelta.
No era así como una cortesana seducía, eso lo tenía claro.
Por otro lado, el erhu parecía ser una parte más de su cuerpo y como tal, la intensidad de sus emociones y su nerviosismo se fundían con éste. Esa era su más notable diferencia escondida en el balanceo de sus mangas: a diferencia de las otras dos, que parecían armonizarse con sus instrumentos, ella parecía estar experimentando un cataclismo. Había perdido su postura inicial, ligeramente, un par de mechones se habían deslizado de su peinado, su ceño estaba fruncido, sus manos estaban tensas, pero la música que salía de aquel instrumento era una caricia en los oídos y Feng Xin casi podía saborear la intensidad de las emociones que transmitía. Era dulce, pero mezclada con un toque amargo que se quedaba en la lengua, como una fruta que aún no está madura.
No era así como una cortesana se sentía al espectador.
Ninguna cortesana tocaría nada de la forma en que Long Xiang lo hacía.
No era consciente, como las otras, o al menos no de la forma en que ellas lo eran. Su conciencia era dolor y empuje y el de ellas era una iniciativa.
Feng Xin estaba encantado.
—Dioses —susurró Pei Ming y Feng Xin tardó en entender que no estaba diciendo eso por las cortesanas. Lo estaba mirando a él—, quita esa sonrisa o vas a hacerme creer que jamás amaste a Jian Lan.
Feng Xin evadió su mirada, pero sintió el aliento de un susurró en su oído.
—O que definitivamente tienes algo con las mujeres de las qinglou.
Lo habría golpeado si tan solo estuvieran en otro lugar, pero era evidente lo que sucedía y Feng Xin pudo observar lo que Pei Ming observaba: él cayendo de nuevo, irremediablemente.
—Sabes que podría presentartela, al final.
—No soy como tú, Ming Guang.
—Lo sé —Pei Ming continuó, un toque de cariño en su voz, sonando como un hermano mayor—, lo sé. Y no te estoy diciendo que espero que hagas lo que yo haría. Solo…
Feng Xin esperó en silencio, sintiendo la ansiedad cosquilleando.
—Podría ser solo una taza de té, Feng-xiong. Una partida de Go, una charla. Un momento entre tú y… tú —Pei Ming sonrió, chocando su botella contra la de Feng Xin—. Te sorprendería lo lúcido que te sientes después de algo así.
Sus labios aún estaban sellados, sentía como sus dedos se apretaban contra la cerámica de la botella de licor, como la vista se le nublaba. Algo latía, incontenible, detrás de su nuca.
No podía decir las palabras en voz alta.
—No necesitas decir nada —algo se apretó en su pecho ante esas palabras, ni siquiera podía mirar a su amigo a los ojos—. Haré que lo preparen para el final de la velada, cuando todos se hayan ido. Consideralo como una generosidad de mi para tí.
Hubo algo dentro de Feng Xin que pareció respirar con una esperanza renovada, el licor incluso le supo más dulce cuando se llevó la botella a los labios. Una sonrisa jalaba de sus comisuras, inevitable y sincera: nunca había sido bueno para fingir.
Cuando el espectáculo terminó, entre los halagos y las expresiones de emoción de los presentes, las cortesanas salieron del escenario de la misma forma en que habían llegado a él. Una sonrisa en sus rostros, sus expresiones tranquilas y el frufru de sus vestidos detrás de ellas como un eco de la belleza que habían dejado plasmada en aquel lugar.
Aún sentados en la mesa, Pei Ming llamo a una de las sirvientas y le susurró algo al oído, la chica asintió una vez y salió a paso largo por uno de los pasillos laterales. Entretanto, mientras se servía más vino a los huéspedes, las cortesanas que se habían presentado antes salieron una a una a través del pasillo por el que la sirvienta había salido, empezaron a sonreír a los presentes, los saludaron con suaves inclinaciones y ellos, como lo ordenaba el decoro, se levantaron de sus sillas y las recibieron. Eso era algo nuevo y Feng Xin supuso que se debía a algo que Pei Ming había solicitado a último momento: una breve interacción, aunque limitada, entre las cortesanas y los huéspedes.
—Aquí, Feng Xin —susurró Pei Ming, antes de levantarse, palmeando su hombro para que el también se colocara de pie—. Esto es algo que ella tomará o dejará. Y de ti depende lo que decida.
Pronto entendió a qué se refería: por un lateral de aquel grupo, una de las cortesanas se acercaba a su mesa, guiada por la chica a la que Pei Ming le había hablado antes y acompañada también de la aprendiz que había tocado la campana durante el baile.
El que Feng Xin sintiera su pulso latiendo en la parte superior de su cabeza, casi mareandolo, era decir poco. Se estaba comportando como si fuera un adolescente y eso era ridículo.
—Mi señora Long Xiang —Pei Ming se inclinó cortésmente ante ella, manteniendo esa sonrisa confiada que era su sello personal—. Es tan bueno verle después de una agotadora temporada de invierno.
Long Xiang se inclinó de la misma forma, aunque la tensión en sus hombros hablaba de una firmeza inamovible. Sin embargo, no fue ella la que respondió.
—En nombre de mi señora Long Xiang, les pido una disculpa, General Pei, General Feng —la chica a su lado, la aprendiz, dio una reverencia—. Por problemas de salud, la voz de mi señora está limitada por una irritación leve en la garganta que no le permite articular palabras claras. Yo seré su mensajera en este día, espero que eso no les cause molestia.
—Eso es terrible —continuó Pei Ming, su voz adquirió un tono preocupado—. No puedo creer que aún en este estado, mi señora haya estado dispuesta a presentarse. Qué desconsiderado de mi parte haberla llamado también…
Long Xiang negó, su ceño apenas fruncido, antes de inclinarse hacia el oído de la aprendiz, para susurrarle algo. El movimiento provocó que el velo se dezlizara apenas, acariciando su mandíbula y dejando ver parte de su mejilla y el tendón de su cuello.
Feng Xin contuvo la respiración.
—Mi señora dice: la enfermedad en el cuerpo no es un limitante cuando el deleite es para el alma.
Pei Ming sonrió, concediendole la razón, pero sin darse cuenta y sin poder detenerse, los labios de Feng Xin fueron los primeros traidores aquella noche.
—Aún así, el cuerpo y el alma aún nos pertenecen —la voz de Feng Xin salió clara en medio de ellos, como si hubiera estado esperando aquello. Una razón para ser notado por su propia mano—. Seguimos siendo humanos, ¿No lo cree, mi señora?
Fue en ese momento cuando Long Xiang lo miró, con su absoluta atención sobre él y aunque estuviera medio cubierto, sus mínimos rasgos eran tan expresivos, contenidos y casi rebosantes que le quitaron el aliento por un segundo.
Ojos negros, cejas oscuras y fruncidas, piel de porcelana que anhelaba tocar. Era un delirio que ella le mirara.
Por otra parte, Long Xiang parecía conflictuada ante aquella pregunta. Seguramente no porque no supiera que responder, sino porque temía lo que provocaría la respuesta.
A Feng Xin le habría encantado escucharla tal como fuera.
—Que grosero de mi parte —Pei Ming intervino, haciendo que ambos lo miraran. Era un mediador inteligente—. He olvidado presentarlos: mi señora, este es el General Feng Xin. Habrá escuchado de él cuando se dió la campaña del Sol naciente en el sur del imperio.
Long Xiang asintió un par de veces antes de volver a mirar a Feng Xin. Ella junto a su aprendiz se inclinaron cortésmente.
—Mi señora dice —la aprendiz habló de nuevo, vacilante pero decidida, después de que Long Xiang le susurarra algo mas—: espero que su tiempo en campaña le haya enseñado lo suficiente acerca de lo que significa ser humanos, General Feng. Es un placer conocerlo.
Estaba seguro de que Pei Ming se tragó una carcajada descaradamente cuando le dió un trago a su botella. Dioses, el maldito iba a molestarlo por aquello de por vida.
Long Xiang lo había dejado mudo, esos ojos oscuros y orgullosos lo habían atrapado como un vil ratón por un gato.
Dioses, un gato.
Estaba pensando en ella como un gato.
—Bueno, me parece que mi deber es entregar algunos saludos más, ¿Que clase de anfitrión sería si no? Mi señora —Pei Ming se inclinó hacia Long Xiang —, espero que se mejore pronto. Rezaré a los dioses por su salud y por poder verla de nuevo. Hasta entonces, puedo asegurarle que la dejo en muy buena compañía.
Feng Xin entró en pánico.
Si, el maldito iba a reírse de él y necesitaba hacerlo en privado, por eso huía. Su presencia segura y en ese momento irritante, se alejó poco a poco, y él lo observó de reojo con el mayor de los rencores.
—General Feng —la aprendiz, aún junto a Long Xiang, lo llamó—. Mi señora pregunta si la música fue de su agrado.
¿Que era ese abrupto cambio? Palabras irónicas se convertían de repente en típicas cortesías. Feng Xin se volvió hacia Long Xiang y una sola mirada le dijo todo lo que necesitaba saber: ella se está a burlando, parecía encantarle su capacidad para descolocarlo y él, con gusto, se lo iba a permitir.
—Fue deslumbrante. Sin embargo… —pero por supuesto, eso debía ser un juego justo—, probablemente mi memoria esté borrosa, pero no logré identificar que obra fue la que interpretaron.
La expresión silenciosa en los ojos de Long Xiang no tenía precio, fue una secuencia atropellada de desconcierto, cuestionamiento y por último, un tipo de ira encantadora. La aprendiz pareció leer a la perfección sus gestos porque antes de que Long Xiang se inclinara para susurrarle, se adelantó y empezó a explicarle a Feng Xin con sumo detalle.
—Si me permite, mi señor: es el episodio de la lámpara de aceite rota —la aprendiz continuó con tono académico, al parecer el tema le fascinaba—. Cuenta la ruptura entre dos amantes en la corte que tras una guerra civil, deben separarse por diferencias políticas. Uno de ellos es reducido hasta nada más que un pordiosero, y el otro permanece encerrado en una corte de oro que lo mantiene lejos del mundo. La última vez que se ven, uno de ellos le entrega una lámpara de aceite para que guíe su camino. La luz dura hasta que el aceite termine de derramarse, ese es el rastro que el otro seguirá para encontrarlo después.
Feng Xin asintió, pero su mirada se había mantenido en Long Xiang durante todo aquel relato. Ella solo se limitó a evadirlo.
—Suena trágico, aunque esperanzador —dijo Feng Xin, aún buscando aquellos ojos oscuros—. Es ese un caso del arte representando el mundo real.
Sin detenerse a pensarlo, Long Xiang volvió a enviar una respuesta.
—Mi señora dice: No. Es en definitiva un caso del arte endulzando el mundo real.
Le encantaba su frialdad, su tendencia a una sinceridad cortante y que quizá, en el fondo, solo buscaba contradecirlo por pura diversión. Le encantaba pensar que a ella le resultaba molesto y le encantaba cuando al fin decidía mirarlo, sin miedo, sin vacilación, pero también sin encanto ni dulzura, solo un análisis objetivo y amenazante.
Long Xiang lo estaba mirando no como una cortesana, sino como debía hacerlo realmente: como un hombre común del que no esperaba nada.
Nada ni nadie, absolutamente nadie, podría haberle dicho a Feng Xin que la persona que tenía frente a él, “Long Xiang”, que lo seguía observando con cautela, hace tan solo dos horas se encontraba recogiendole el cabello a la verdadera Long Xiang, para que pudiera vomitar.
Hace tan solo dos horas, una sirvienta de la casa Cui Wan golpeó la puerta de la tienda donde trabajaba Mu Qing. Tenía la respiración pesada y la expresión preocupada.
Para su suerte, él ya había terminado todos los encargos del día y los textos copiados se encontraban perfectamente alineados a un lado del escritorio, así que no tuvo problema en salir y dejar la tienda encargada a uno de los chicos más jóvenes, haciéndole prometer que no tocaría nada de sus textos y que volvería pronto.
No tardaron mucho en llegar, la casa Cui Wan estaba al final del barrio del Sauce, conocido por sus tiendas de pintores y copistas que se abarrotaban una tras otra. La qinglou casi parecía una más de aquellas tiendas: la puerta siempre abierta, las lámparas verdes colgando, el desgaste de los muros de madera pulida: estaba hecha para ocultarse, pero en ese lugar todos sabían lo que era en realidad.
Para poder entrar, Mu Qing no usó la puerta principal, jamás lo había hecho y en su lugar, tuvieron que entrar por una rejilla lateral que daba a un jardín secundario donde lo más notable era unu kiosko y un ciruelo sembrado a su lado. Era uno de los jardines de las cortesanas y algunas de ellas estaban sentadas alrededor, practicando con instrumentos o leyendo. Varias de ellas lo saludaron cuando lo vieron pasar, no hubo sorpresa ni miradas cautelosas al ver a un hombre atravesar sus jardines, después de todo no era la primera vez que estaba en ese lugar.
Las casas de las concubinas estaban al final del jardín, eran edificios bajos ubicados a la orilla de un pequeño lago artificial ocupado por carpas que coloreaban el agua de diversos colores cálidos.
La sirvienta lo hizo entrar a través de un pasillo que atravesaba diversas puertas y habitaciones, incluso pasaron por la sala común donde algunas otras cortesanas charlaban con las aprendices o simplemente estaban ahí, en silencio, con los ojos cerrados y la expresión tranquila. De nuevo no hubo sorpresa ni escándalo al ver a un hombre atravesar su hogar, ellas estaban acostumbradas a verlo por ahí e incluso lo saludaron animadamente y le hicieron prometer que vendría a tomar el té con ellas alguna vez porque lo extrañaban, después de todo, Mu Qing había sido el maestro de música y caligrafía de muchas de ellas y aún le guardaban cariño.
La pregunta era clave, ¿Como un hombre había terminado siendo maestro en una qinglou? Parecía el trabajo soñado de cualquiera y la verdad es que no lo era realmente. Las qinglou o al menos esa en particular, a pesar de su aparente tranquilidad, no dejaba de parecerse al harem de un emperador donde no había ningún emperador: dramas y rumores, conspiraciones y supersticiones, todo una amalgama de elementos que a Mu Qing le provocaban dolor de cabeza.
Pero la razón de porque podía estar en ese lugar sin siquiera ser vigilado, podía resumirse en las simples palabras de la anciana que era dueña de ese lugar: “¿Un manga cortada en una casa de mujeres?” habría dicho, sonriendo de lado, “Bah, es como un cuchillo sin filo en una cocina sin piedra para afilar”. Se suponía que aquello debía hacerle gracia a Mu Qing, pero solo le había hecho preguntarse porque la analogía debía llevar precisamente a un cuchillo.
La habitación de Long Xing estaba al final del pasillo, la ventana daba una bonita vista al lago y a través de ella ascendía una bonita enredadera de glicina que desprendía un aroma delicioso hacia el interior del lugar. Cómo una de las cortesanas de alto rango, su habitación era individual, pero Long Xiang jamás estaba sola.
—Mu Qing —una voz lastimera lo recibió tan pronto estuvo dentro del lugar. Long Xiang estaba acostada en la cama, con la cabeza colgando hacia abajo y el cabello negro y abundante hecho un desastre—. Voy a morir… —eso era una clara muestra de ella siendo dramática—, por favor, cuando muera quedate con mis joyas y mi ropa y todo… y dáselo a Hui Ying cuando debute… es mi última voluntad…
Mu Qing no podía creer lo que estaba escuchando y aunque ella ni siquiera lo estaba observando, colocó los ojos en blanco con toda su mala actitud. No estaba para este tipo de cosas.
De nuevo un quejido lastimero salió de los labios de Long Xing y una chica que se había mantenido cerca a la cabecera, se acercó para frotarle la espalda a forma de consuelo. Ella era Hui Ying, aquella chica de ojos color miel, la aprendiz favorita de Long Xing y seguramente la persona que la había soportado toda la mañana. Mu Qing se permitió sentir un poquito de simpatía por ella.
—No te vas a morir, Long Xiang —dijo Mu Qing, cruzándose de brazos—. Me dijeron que solamente fue algo que te cayó mal al estómago. Eso te pasa por comer tonterías a escondidas…
—Mu Qing… —como toda respuesta, el mencionado solo resopló.
—¿Qué está tomando? —preguntó Mu Qing a la aprendiz a lo que ella, con gesto culpable, le señaló algunos recipientes que estaban en la mesa de noche.
—La hija del médico vino esta mañana, dejó algunas medicinas pero ella no ha querido tomarselas.
—Saben horrible… —Mu Qing definitivamente no estaba soportando esa tontería.
—Por los dioses… —suspiró, frotándose el entrecejo con los dedos y luego se sentó detrás de Long Xing y dejó que ella apoyara la espalda contra su pecho. Notó que estaba temblando y su temperatura era alta, quizá podía otorgarle un poco de drama a su estado—. Bien, vamos a ver —le hizo señas a Hui Ying para que le entregara las medicinas y la chica, muy obediente, colocó en su mano un recipiente.
—Solo un poco…
—Mmmh
—Anda, al menos por mí, ¿Si? —Long Xiang lo miró con los ojos llorosos, como si le dijera que usar eso contra ella era injusto—. Vamos, solo un poco. Abre la boca…
Con un pequeño suspiro, Long Xiang obedeció y logró beber parte del contenido del vaso, aunque su expresión dijo que no le gustó demasiado.
—Estarás bien… —le devolvió el recipiente a Hui Ying y con otra seña le indicó el paño húmedo junto a las medicinas. La chica se lo entregó y él empezó a pasarlo por la frente y las mejillas húmedas de Long Xing—. Solo necesitas descansar un poco y tomarte las medicinas. No estuvo tan mal…
Long Xiang soltó un quejido y se frotó contra el cuello de Mu Qing, mirándole de nuevo con esos ojos que eran un ataque directo al corazón.
—De hecho, maestro Mu, hay un problema —Hui Ying interrumpió, mordiéndose el labio con expresión preocupada. Mu Qing la cuestionó en silencio con la ceja levantada—. Es que… en una hora llegarán algunos huéspedes a la casa, son clientes especiales y solicitaron una presentación de bailarinas acompañadas de música. Y… bueno, usted sabe que de todas las cortesanas, solo mi señora se ha especializado en erhu…
El alma de Mu Qing cayó a sus pies de un solo golpe. Miró a Long Xiang y luego a Hui Ying, en sus ojos podía leerse la preocupación ahora compartida.
—¿Ahora entiendes por qué voy a morir? —preguntó Long Xiang, suspirando con cansancio.
—Serías una idiota si piensas salir así —Mu Qing negó, hablando con voz firme—, luces como si ni siquiera pudieras sostener el arco.
—Es lo que le he dicho, pero… usted sabe cómo es la anciana —Hui Ying parecía al borde de las lágrimas, era evidente que amaba demasiado a su maestra—. Nos dijo que eran clientes muy, muy importantes.
Mu Qing entendió que en ese punto, no importaba demasiado que la anciana valorará a Long Xiang por toda su trayectoria o su talento, o que pudiera perdonar este descuido, porque definitivamente lo haría aunque fuera a regañadientes. Pero todas ellas estaban atadas de manos y eran los clientes los que juzgarían aquel error. Y no serían gentiles.
Mu Qing sabía cómo eran aquel tipo de hombres de élite.
Eso era terrible.
—Estaba pensando —Hui Ying interrumpió de repente, en sus ojos brillaba algo esperanzador—, ¿Y si otra de las cortesanas se presentara en lugar de mi señora Long Xiang? La señora Liang Yi dijo que no se presentará con las bailarinas está vez y sabe tocar en erhu…
Pero no lo hacía bien, pensó Mu Qing, recordando perfectamente la poca habilidad que aquella chica tenía con el erhu. Además de su desinterés, que hablaba del deseo simple de que entre sus habilidades secundarias apareciera el erhu. Solo quería que todos supieran que al menos lo había intentado y entre todos sus argumentos, incluso podía decir que Mu Qing no le había enseñado bien.
Liang Yi era así, simple y de ambición simple. Pero era buena bailarina y eso era el mayor problema.
Mu Qing resopló con poca gracia, negando.
—Liang Yi preferiría que la colgaran a tener que reemplazar a Long Xiang —Hui Ying se cubrió la boca con la mano para ocultar su exclamación de sorpresa, miró a su señora como si buscará respuestas, a lo que solo recibió una sonrisa irónica, una confirmación de que lo que decía Mu Qing era verdad.
—Ay, mi pequeña Hui Ying —Long Xiang extendió una mano hacia la chica más joven, en una actitud casi maternal, y ella no dudó en tomarla—. Tienes tanto que aprender aún.
Eso era verdad. Hui Ying era hermosa, como lo eran todas las aprendices de esa casa, pero aún le hacía falta aprender los matices ocultos de ser una cortesana, cosas como la astucia, un pensamiento rápido, un lenguaje elaborado y sobretodo, la habilidad para ver en otros lo que ni siquiera ellos mismos podían ver de sí. La belleza le daría visibilidad, si, pero una mente cultivada y un sentido agudo la harían perpetuar.
—Dime, Hui Ying —continuó Long Xiang, hablando con cariño—, ¿crees que yo usaría mi collar de lirios rojos en el cabello?
La chica frunció el ceño.
—¿No? Porque es un collar.
—Exacto, porque no fue hecho para eso. Al igual que Liang Yi para la música. No es lo suyo y ella tampoco quiere que lo sea, porque ella ya tiene algo distintivo: el baile —Hui Ying parpadeó, como si entendiera de golpe aquellas palabras. Era de comprensión rápida y silencio conveniente, y entendía porque Long Xiang la prefería —. ¿Crees que Liang Yi querría que la recordaran por la bailarina que es… o por su intento de imitarme?
Hui Ying asintió. No había necesidad de respuestas cuando estas eran obvias.
—Entiendo. Lamento haberlo mencionado —Long Xiang frotó su mano con el pulgar, el signo silencioso de que no necesitaba disculparse—. El erhu es el distintivo de mi señora…
De repente Long Xiang se congeló en su lugar, aún sosteniendo la mano de la aprendiz, pero su mirada había adquirido un brillo consciente y dubitativo, como si algo estuviera tejiendose dentro de su mente.
—Espera… —susurró, su ceño se frunció y en sus labios se torció una sonrisa—, quizá podríamos-
No pudo terminar de hablar, porque una arcada repentina surgió desde su garganta y la empujó hacia adelante. Cómo pudo, Hui Ying alcanzó un recipiente del suelo y lo colocó frente a Long Xiang, mientras Mu Qing la sostenía desde el hombro, tomando su cabello y recogiéndolo en la nuca para que no enredara en su cara.
Fue en ese momento en que la puerta se abrió y una mujer alta y de postura firme a pesar de su edad, entró sin siquiera tocar. La escena debía ser tan terrible como su cara podía expresar.
—Dioses… —susurró la mujer, la anciana Meiyu, dueña de aquella casa, frunciendo la nariz y apretando las manos ataviadas con una cantidad de joyas casi exagerada. Aún así, a pesar de su gusto por lo extravagante y las canas que lucía, la anciana no dejaba de ser hermosa y a la vez intimidante. Sabía cómo llevar la elegancia como prenda de todos los días a pesar de todo el tiempo que había transcurrido, y no podías decir que en algún momento de su vida había sido muy bella, porque estabas negando que aún lo era.
—Más les vale —empezó la anciana, con la voz tensa—, que tengan una solución a todo este desastre.
Ni Mu Qing y Hui Ying tenían una, pero Long Xiang extendió una mano con el dedo índice levantado, sacudiéndolo ferozmente. Parecía que había sido iluminada por los mismos dioses, aunque dicha iluminación salió solo como un balbuceo.
—¿Qué dijiste, Long Xiang? Habla claro —la anciana se acercó un poco más a ellos, en lo que Long Xiang levantaba la cabeza y se recomponía lo mejor que podía.
—Dije que tengo una idea —se apoyó de nuevo contra Mu Qing, mientras Hui Ying le limpiaba los labios con un pañuelo.
—Habla.
—Alguien podría reemplazarme —la anciana la miró como si estuviera loca.
—Sabes que eso no es posible.
—Pero no tiene que ser una cortesana —los tres la miraron con el ceño fruncido, ninguno parecía entender lo que trataba de decir—. Solo tiene que tocar el erhu como yo lo hago.
—¿Pero quién… ? —Hui Ying susurró con su mirada aún más perdida, pero cuando volvió a mirar a su señora, se encontró que tanto ella como la anciana observaban fijamente al único hombre de esa habitación.
—¿Por qué no podría reemplazarme quién me enseñó?
Mu Qing se alejó de golpe.
—Enloqueciste —dijo, su voz dura y cortante—, ¿Acaso te estás escuchando?
—Absolutamente.
—Estás… ¿Estás diciendo que me disfrace de tí y vaya frente a ese montón de idiotas? —Long Xiang asintió, no había duda en sus ojos—, de verdad… es ridículo, ¡tan solo mírame!
—¡Lo estoy haciendo! —Long Xiang extendió las manos, mirándolo de arriba a abajo—. Ahora mírame a mí y mírate a tí, cabello negro, piel blanca, ojos oscuros… Mu Qing, te sorprendería lo que podríamos lograr con esto.
—No voy a escucharte más —Mu Qing desvío su mirada a las otras dos mujeres, Hui Ying lo miraba como si estuviera igual de perdida que él, pero la anciana parecía analizar algo en silencio, observándolo fijamente, casi parecía que le iba a perforar el cráneo. Mu Qing se estremeció—. Me voy.
—¡Mu Qing!
—¡Maestro Mu!
—¿Cuánto quieres por hacerlo? —la voz de la anciana no necesitaba esfuerzo para hacerse oír y para callar al resto. Los tres se quedaron congelados en su lugar, expectantes. Mu Qing ya había aflojado el pomo de la puerta de madera, cuando la anciana volvió a hablar—. Solo dime cuánto quieres.
Estaba desesperada, pensó Mu Qing, ¿Pues qué clase de clientes tenía para que aquello saliera de sus labios?
—Confieso que no podría pagarte lo que gana Long Xiang —bien, si, quizá no tan desesperada. Su avaricia seguía siendo su pecado y su fuerte—. Pero sabes que la paga de una cortesana de medio rango en una sesión es… bastante buena.
Si, lo era, al punto de que muy fácilmente equivalía a lo que Mu Qing ganaba en un mes en la tienda.
Pero la anciana no dijo eso, aunque debía haberlo tenido en la punta de la lengua. Mu Qing casi quiso soltar una risa, porque si la anciana estaba atando su lengua bífida para no lastimar el orgullo que muy bien conocía de Mu Qing, eso equivalía a una desesperación de otra naturaleza.
Pero no tenía tiempo de burlarse, en su mente solo latía la idea de la paga, que había presionado una espina clavada en su mano desde hace varios días: el alquiler de la pequeña casa donde vivía con su madre se vencería al final de la semana y aún no lo había reunido por completo. Aún le resultaba difícil apañarse al precio de la casa nueva, pero cualquier cosa valía si mejoraba la salud de su madre. Además, recordó, debía comprar sus medicinas lo más pronto posible, porque había notado, sin decirle a ella, que estaba empezado a tomarlas en menor medida solo para que la cantidad rindiera un poco más. Eso le había clavado un montón de espinas en el pecho y dolían.
Mu Qing tomó aire, evaluó sus posibilidades, miró detrás de él, apenas de reojo, y se encontró con tres mujeres que esperaban su respuesta. Tres mujeres con las que había crecido en ese barrio empobrecido. Tres mujeres que dependían también de él. Tres mujeres que, como cualquiera de ellas en esa casa y en ese imperio, estaban atadas a condiciones que no estaban bajo su poder.
Si no lo hacía, pensó, esa qinglou no sobreviviría a esa noche.
—A-Qing… —fue la voz de Long Xiang lo que lo hizo exteriorizar su decisión.
—Bien… —Mu Qing se giró hacia la anciana, no sin antes cerrar la puerta con seguro. Nadie debía saber lo que sucedería en esa habitación—, pero necesito que me pagues ahora mismo.
