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Otra caja vacía.
Takemichi la miró con resignación antes de arrojarla a la basura. Cada mañana era lo mismo: despertarse, tomar una pastilla y seguir con su día como si no pasara nada.
Un ciclo monótono. Un recordatorio de algo que no podía cambiar.
Abrió el botiquín, sacó una nueva caja y dejó caer una pastilla en la palma de su mano. La observó durante unos segundos, como si esperara que desapareciera por arte de magia, antes de meterla en su boca y tragarla en seco. Sintió la textura áspera raspar su garganta y deslizarse con dificultad hasta su estómago, dejando tras de sí un amargo rastro químico.
El dolor apareció casi de inmediato. Una presión sorda en su cabeza, un latido molesto en sus sienes, una sensación de pesadez que se extendía por su cuerpo como si algo dentro de él se estuviera resistiendo a la droga.
Takemichi apretó los labios y cerró el botiquín con un golpe seco.
—¿Por qué demonios necesito supresores…?
El eco de su propio olor flotaba en la habitación, aferrándose a las sábanas, a la ropa, al aire mismo. Aunque los supresores reducían la intensidad, nunca lo bloqueaban del todo. Su aroma a miel y azahar seguía ahí, persistente, envolviendo el ambiente con su dulzura cálida y ligeramente cítrica.
Lo odiaba.
Decían que todos eran iguales. Alfas, betas, omegas… el mundo afirmaba que la jerarquía no significaba nada, que cada uno podía vivir como quisiera.
Mentira.
El día en que le entregaron sus resultados fue el peor de su vida.
A los trece años, todas las escuelas realizaban exámenes para determinar el segundo género de los estudiantes. Un proceso sencillo: pruebas de sangre, análisis hormonales, una semana de espera y luego la dirección llamaba a cada alumno para entregarles su clasificación.
Se suponía que era normal.
Entonces, ¿por qué el director lo miró con lástima antes de entregarle el papel?
—Lo siento mucho.
Takemichi no necesitó leer el documento. Lo vio en su rostro. Lo sintió en su pecho antes de que las palabras siquiera fueran procesadas en su mente.
Era un omega.
Desde entonces, todo cambió. La forma en que algunos profesores lo ignoraban cuando levantaba la mano, la manera en que los alfas de su clase se acercaban demasiado, las miradas furtivas de sus compañeros, los susurros en los pasillos. No importaba cuántas veces el sistema repitiera que todos eran iguales, la realidad era evidente:
Los alfas siempre estarían en la cima.
Los betas, invisibles en el medio.
Los omegas, atrapados en la parte más baja, vistos como débiles, frágiles… como presas.
—Un asco —murmuró, pasándose una mano por la cara antes de suspirar.
No quería ser tratado de esa manera. No era frágil, no necesitaba que lo protegieran. Por eso se había esforzado en ser un buen estudiante, en volverse delegado de su clase, en hacer todo lo posible para que lo vieran como un igual.
Pero aun así, había días en los que se sentía atrapado en una etiqueta que no había elegido.
El leve aroma a miel y azahar se filtró en el aire una vez más, como burlándose de sus intentos por controlarlo.
—¡Takemichi!
La voz de su madre lo llamó desde la cocina, sacándolo de sus pensamientos.
—¡Baja a desayunar antes de que se te haga tarde!
—¡Ya voy!
Suspirando, se apresuró a tomar su mochila y bajar las escaleras. En la mesa, su madre servía arroz y miso, mientras él se sentaba y comía rápidamente.
—¿Dormiste bien? —preguntó ella con una sonrisa.
—Sí, todo bien —mintió.
No quería preocuparla con cosas que no podía cambiar.
Cuando terminó, se levantó y se colgó la mochila al hombro.
—Me voy.
—Cuídate, y no pelees con nadie —le advirtió su madre, besándole la frente antes de que pudiera quejarse.
Takemichi bufó, pero no dijo nada más mientras salía por la puerta.
El aire de la mañana estaba fresco. El camino a la escuela era el mismo de siempre, con el sonido de las bicicletas y las conversaciones de otros estudiantes llenando el ambiente. Y, como de costumbre, en la siguiente esquina, lo estaba esperando Takuya.
—¿Cómo te fue anoche? —preguntó su amigo con su tono tranquilo, mordiendo una barra de proteína.
—Lo más tranquilo que se puede… —Takemichi suspiró, llevándose una mano a la nuca—. El puto dolor fue insoportable.
Takuya chasqueó la lengua.
—Te lo dije, deberías usar parches en lugar de supresores. Yo los uso antes de mi celo. No son tan efectivos, pero al menos no te destrozan por dentro.
Takemichi soltó una risa amarga.
—Eso funcionaría si fuera un omega normal.
Takuya lo miró en silencio, esperando que continuara. Takemichi suspiró, arrugando el entrecejo.
—No importa cuánto lo intente, mi olor siempre se filtra. Para otros omegas es fácil controlarlo, pueden disminuirlo a voluntad, pero el mío es como si… —hizo una pausa, buscando las palabras correctas—. Como si mi cuerpo no entendiera que no estoy en celo.
Takuya desvió la mirada con incomodidad.
—Pero no es como si estuvieras en celo de verdad… ¿verdad?
Takemichi le lanzó una mirada afilada.
—Por supuesto que no. Pero díselo a los alfas —gruñó—. Para ellos, huelo como si estuviera todo el maldito día en celo, aunque no lo esté.
Takuya apretó los labios, entendiendo lo que eso significaba.
—¿Entonces los supresores…?
—Funcionan a medias. Pero el dolor es cada vez peor. Siento que mi cabeza va a estallar cada vez que los tomo.
Takuya guardó silencio un momento y luego suspiró.
—Akkun podría ayudar con eso.
Takemichi rodó los ojos.
—Akkun es increíble, pero que te ayude a ti no significa que lo hará conmigo. Tú a él le gustas, yo solo soy su amigo.
Takuya se atragantó con su barra de proteína y tosió, su rostro poniéndose rojo al instante.
—¡N-No es cierto! —negó apresuradamente—. Además, Akkun podría darte una marca temporal. Somos amigos, estoy seguro de que aceptaría, y con eso tu olor no se esparciría.
Takemichi lo miró con el ceño fruncido.
—No quiero una marca temporal, Takuya. No necesito que nadie me “proteja” con eso.
Takuya suspiró.
—No es protección, Takemichi. Es sentido común. No puedes vivir dependiendo de los supresores toda tu vida.
Takemichi desvió la mirada, sin ganas de discutir más el tema.
—No lo sé, Takuya. —murmuro empujando las puertas del edificio y adentrándose en el pasillo principal.
El bullicio típico de la mañana lo recibió de inmediato: estudiantes hablando, algunos corriendo de un lado a otro y otros simplemente holgazaneando antes de que iniciaran las clases.
Suspiró. La secundaria siempre era un caos.
—Voy al salón antes de que el profesor llegue —dijo, girándose hacia Takuya.
—Yo me quedaré un rato en los casilleros —respondió su amigo—. Nos vemos en clase.
Takemichi asintió y siguió su camino. Cuando llegó al aula, vio que ya había algunos alumnos dentro, charlando sin demasiada preocupación.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Suspiró adentrandose. El profesor aún no había llegado. La mayoría de omegas se mantenía callado, mientras los alfas hablaban en libertad haciendo comentarios desagradables.
Aunque ser un omega en la secundaria no era tan terrible como en otras épocas, al menos en teoría. La igualdad de oportunidades era un derecho garantizado, y en la escuela se suponía que no debía haber diferencias entre alfas, betas y omegas. Se suponía.
Takemichi ya había aprendido que la realidad era diferente.
Los alfas siempre serían la cima de la cadena alimenticia. No importaba cuántas reglas intentaran imponer, siempre encontraban la forma de imponer su presencia. Los betas, en cambio, eran prácticamente invisibles, sin grandes ventajas ni desventajas. Y los omegas… bueno, los omegas eran vistos como "los que debían ser protegidos" o, peor aún, "los que debían ser controlados".
No importaba cuánto estudiara o cuánto trabajara para demostrar que podía valerse por sí mismo, la gente lo seguía viendo como un simple omega.
—Buenos días, Hanagaki-san —lo saludó un compañero al pasar.
—Buenos días —respondió sin detenerse.
Se dirigió directamente al escritorio del maestro, donde encontró una pila de documentos desordenados.
—¿Otra vez dejaron esto así? —pensó con fastidio.
Desde que lo nombraron delegado, había tenido que lidiar con la irresponsabilidad de algunos de sus compañeros. El profesor confiaba en él para organizar los documentos de asistencia y tareas, pero parecía que nadie más en el aula se tomaba en serio esas cosas.
—Takamichi, siempre tan trabajador —bromeó una voz a su lado.
Takemichi giró la cabeza y vio a Akkun apoyado contra una mesa cercana, mirándolo con una sonrisa divertida.
—Alguien tiene que hacer esto —resopló, apilando los papeles en un orden más manejable.
—Deberías relajarte un poco. Vas a terminar con arrugas antes de tiempo.
—Si dejaran de tratar el aula como un basurero, no tendría que preocuparme tanto.
Akkun se rio, pero luego lo miró con una expresión más seria.
—¿Todo bien?
Takemichi se tensó por un instante, pero fingió indiferencia mientras organizaba la última hoja.
—Sí, todo bien.
Sabía que Akkun no le creía, pero tampoco lo presionó.
Akkun lo miró por un momento antes de soltar un suspiro.
—No quiero que te preocupes por eso. Sabes que si alguien se pasa contigo, yo me encargo.
—No necesito que me protejas.
—No es protección, es lógica —se encogió de hombros—. Eres mi amigo, Takemichi. Y si te metes en problemas, voy a estar ahí.
Takemichi apretó los labios, pero no discutió. Akkun siempre había sido así, dispuesto a pelear por los suyos, incluso cuando no debía.
—Hablando de problemas… —intervino Yamagishi, ajustándose las gafas con una sonrisa de autosuficiencia—. ¿Han escuchado los rumores sobre Toman?
—Otra vez con las pandillas… —suspiró Takemichi.
—Escucha, esta vez es interesante. Dicen que en Toman no importa si eres alfa, beta u omega. Cualquiera puede pelear, cualquiera puede ganar. No hay jerarquías dentro de la pandilla.
Takemichi sintió un escalofrío con solo escuchar ese nombre.
Toman.
La Tokyo Manji Gang.
La pandilla más famosa del momento. No eran solo un grupo de vagos revoltosos que se saltaban las clases y causaban problemas. Tenían poder real. Alfas, betas y omegas convivían en igualdad dentro de su organización, y aunque había rumores de peleas internas, se decía que cualquiera con talento podía escalar posiciones sin importar su rango.
—Eso no significa que sea un buen lugar.
—Aun así, es diferente —susurró Takuya acercándose, sin mirarlos—. No es justo que algunos siempre estén arriba solo porque nacieron así.
Takemichi se quedó en silencio. Entendía lo que quería decir.
Antes de que pudiera responder, la puerta del aula se abrió de golpe.
Los murmullos comenzaron de inmediato.
—¡Es el Akashi mayor!
—¿Qué hace aquí? ¿No había reprobado el año pasado?
—¿Otra vez en este grado? ¡Debe ser la tercera vez que repite!
Takemichi giró la cabeza hacia la entrada y lo vio.
Akashi Harushiyo caminó con aire despreocupado, las manos metidas en los bolsillos y el uniforme desarreglado. Su cabello blanco caía desordenado sobre sus ojos cyan, y su expresión era de absoluto aburrimiento.
No era la primera vez que escuchaba su nombre. Akashi Haruchiyo, o Sanzu, como le gustaba ser llamado, el problema andante de la escuela. Repetidor, conflictivo y, según los rumores, parte de Toman. Se suponía que tenía 17 años, pero seguía reprobando segundo.
Nunca lo había visto en persona, pero su reputación hablaba por sí sola.
El profesor suspiró.
—Akashi Harushiyo, trata de no causar problemas.
Sanzu sonrió con pereza y se encogió de hombros antes de dirigirse a su asiento en la parte trasera.
Takemichi frunció el ceño.
Genial. Justo lo que faltaba. Otro problema en mi clase.
Akkun le lanzó una mirada de advertencia.
—Mantente alejado de él.
Takemichi no respondió, en cambió, se centro en los papeles que tenía frente a él.
"No sería la primera vez que ignoraba una advertencia... pero esta vez, debí haber escuchado. No tenía idea de que ese alfa problemático estaba a punto de voltear mi mundo de cabeza."
