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Language:
Español
Collections:
Obras Del Templo de los Fickers
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Published:
2026-01-19
Words:
1,730
Chapters:
1/1
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11
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1
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144

Una jaula perfecta

Summary:

Jinshi reduce a Mao Mao para no perderla, pero ella, intacta en mente, convierte la devoción en un sistema cerrado donde ninguno es libre.

Work Text:

El incienso de sándalo se arremolinaba en espirales lentas por la habitación privada de Jinshi, espesando el aire hasta volverlo casi irrespirable. Las sombras proyectadas por las velas se estiraban sobre las paredes como criaturas vivas; susurrando promesas que nunca debieron formularse.

 

—Joven maestro, ¿ Está usted completamente seguro? — El anciano hechicero preguntó con la voz quebrada por los años y los pecados acumulados. — Una vez pronunciadas las palabras, no habrá retorno.

 

Jinshi no respondió de inmediato. En su mente, el recuerdo de Mao Mao se imponía con cruel claridad: su mirada distante, su tono educado pero vacío cuando él había confesado lo que llevaba demasiado tiempo carcomiéndolo. Ella lo había escuchado como quien analiza un síntoma menor; sin emoción, sin reciprocidad.

 

— Estoy seguro— El hombre dijo al fin mientras él cerraba los puños— Si ella no puede amarme por voluntad propia; entonces eliminaré la posibilidad de que ella me abandone— El hombre determinó a media voz.

 

Entonces, el hechicero cerró los ojos y comenzó el cántico. El lenguaje antiguo se deslizó por la habitación como un veneno dulce. La luz dorada que emergió del círculo grabado en el suelo palpitó, viva, hambrienta.

 

Cuando Mao Mao despertó. Ella lo hizo con la certeza inmediata acerca de que «algo» estaba terriblemente mal.

 

El mundo se había vuelto desproporcionado. Las líneas del tatami parecían avenidas interminables y cuando ella intentó incorporarse, sus manos —pequeñas, perfectas— reflejaron la luz como porcelana esmaltada. Su cuerpo había sido reducido con una precisión casi quirúrgica.

 

— Fascinante— Ella murmuró en su voz que ahora parecía un chillido.

 

La fémina no perdió la calma y analizó la situación con rapidez: conservación de la consciencia, de la memoria, de las capacidades cognitivas. Transformación física completa; reversible sólo mediante el mismo tipo de hechicería — suponiendo que fue eso porque ella no comió o bebió algo fuera de lo ordinario— En resumen, ella estaba cautiva en una prisión elegante

 

—Buenos días, Mao Mao.

 

La voz de Jinshi descendió desde lo alto y cuando ella alzó la vista, lo vio inclinado sobre una elaborada casa de muñecas; su rostro hermoso enmarcado por una devoción inquietante.

 

— Jinshi— Ella respondió sin perder la compostura. — Supongo que esto es obra tuya y me interesa conocer la metodología exacta del hechizo — La boticaria enunció solemne.

 

Jinshi sonrió; una sonrisa suave y casi tímida.

 

— Siempre en control de la situación— Él musitó con cierto fastidio— Bueno, en esta ocasión, yo también porque pensé en todo para ti— Él aseguró con condescendencia.

 

Y era cierto.

 

Los días siguientes confirmaron la minuciosidad de su obsesión. La casa de muñecas era un mundo perfecto: libros de medicina en miniatura, un laboratorio funcional, plantas venenosas preservadas con esmero. Y Jinshi la visitaba varias veces al día, hablándole como si ella fuera lo más valioso —lo único— que existía.

 

—Aquí estarás segura —le decía—. Nadie podrá hacerte daño. Nadie podrá alejarte de mí.

 

Mao Mao escuchaba, observaba. Comprendía la lógica torcida detrás de cada decisión: eliminar el azar, el mundo exterior, cualquier variable que no fuera él.

 

—Has creado un experimento de aislamiento impecable —comentó una tarde—. Aunque deberías saber que los sujetos en cautiverio desarrollan conductas impredecibles.

 

—No eres un sujeto — Jinshi replicó con rapidez—. Eres mía.

 

Ella ladeó la cabeza.

 

—Interesante elección de palabras.

 

Con el paso de las semanas, Mao Mao comenzó a estudiar a Jinshi con el mismo rigor con el que antes analizaba toxinas. Registró su deterioro: la pérdida de peso, las ojeras persistentes, la negligencia en sus deberes oficiales. Su mundo se reducía a esa habitación, a esa casa, a ella.

 

—¿No te sientes solo? — La fémina le preguntó una noche mientras rodeaba su nuevo hogar con velas que estuvo haciendo esa misma mañana.

 

— Sé que la soledad es relativa— Mao Mao agregó con calma—, pero observo que tu existencia se ha contraído tanto como la mía.

 

Él no respondió.

 

Ella pronto aprendió que tenía poder. Una sonrisa leve bastaba para retenerlo un poco más. Una observación casual sobre el frío hacía que el noble ajustara todo el sistema de calefacción. Jinshi creía poseerla sin notar que se estaba convirtiendo en el verdadero cautivo.

 

—Existen distintos tipos de amor.— Mao Mao comentó un día— Hay el amor que libera y el amor que encierra, ¿cuál crees que es el tuyo?— Ella preguntó con solemnidad, otorgándole tiempo a Jinshi para reflexionar.

 

—Sólo quería que no te fueras — Él confesó con la voz rota.

 

—¿Y si te dijera que ahora te amo ?— Ella preguntó con suavidad— ¿ Cómo sabrías que no te estoy mintiendo por un simple mecanismo de supervivencia?

 

Esa interrogante lo persiguió desde entonces.

 

Jinshi comenzó a fallar. Olvidaba nombres, citas, decisiones cruciales. Su prestigio se erosionaba, pero él apenas lo notaba.

 

—Has creado una ilusión de control — Mao Mao comentó mientras mezclaba hierbas en su laboratorio miniatura—. Pero has perdido todo lo demás.

 

—No he perdido nada importante.

 

—¿No? —Ella lo miró fijamente—. Antes tenías un imperio. Ahora sólo me tienes a mí.

 

La verdad se asentó como un veneno lento.

 

Una noche, Mao Mao le pidió que se acercara.

 

—Quiero mostrarte algo.

 

Dentro del laboratorio en miniatura, Mao Mao cargaba un diminuto frasco en el cual brillaba un líquido violeta pálido.

 

—Sin las distracciones de ser humana, conseguí destilar una sustancia que altera la percepción emocional — Ella explicó con cierta fascinación—. En la dosis adecuada, intensifica la dependencia. La devoción. El apego.

 

Jinshi la observó con una mezcla de deseo y terror.

 

—Podría usarla contigo — Ella continuó. —O contigo hacia mí. ¿Ves la ironía? Me redujiste para controlarme y aun así, yo podría convertirte en algo que no reconozcas.

 

El silencio se tensó entre ambos.

 

—Entonces… ¿por qué no lo haces?— Jinshi rozó su cabellera verde y Mao Mao sonrió.No fue una sonrisa amable.

 

—Porque el verdadero castigo no es la esclavitud química, Jinshi. Es que elijas esto cada día, plenamente consciente de lo que has perdido.

 

Ella se sentó en el balcón diminuto.

 

— Yo podría romper el hechizo— Jinshi aceptó y su anular rozó la mejilla de su muñeca perfecta; su eterna compañera—Pero si rompo el hechizo, tendremos que enfrentarnos a un mundo donde ya no saben quiénes somos.

 

Jinshi cerró los ojos.

 

Y no rompió nada.

 

La casa de muñecas permaneció intacta.

El incienso siguió ardiendo.

Y el amor —deformado y brillante— se quedó allí suspendido entre la devoción y la ruina.

 

Poco después, el frasco violeta tembló levemente entre los dedos de Mao Mao cuando Jinshi se inclinó para observarlo mejor. La luz de las velas lo hacía parecer casi hermoso; como si el líquido contuviera una promesa en lugar de una condena.

 

—Una sustancia que altera la percepción emocional — Jinshi repitió en voz baja—

 

—No controla ni tampoco crea — Mao Mao interrumpió— Esto no crea sentimientos nuevos; sólo elimina la resistencia y amplifica lo que ya existe.

 

Jinshi asintió. Sus ojos estaban hundidos, febriles, desesperados.

 

—Entonces… — Él tragó saliva— conmigo funcionaría.

 

Mao Mao no respondió de inmediato. Ella se acercó al borde de la mesa de su laboratorio miniatura y lo evaluó con la misma frialdad con la que antes observaba a un paciente en estado crítico.

 

—He considerado todas las variables —La boticaria dijo al fin—. El aislamiento prolongado, la pérdida de identidad externa, la obsesión no correspondida. Tu mente ya está fracturada, Jinshi. Esto sólo sellaría la grieta.

 

—Entonces, lo haré— Jinshi decidió con el corazón todavía cargando con la culpa de sustraer a Mao Mao para sí mismo y ahora ella tendría la confirmación de que nadie más existiría para él 

 

La declaración de intenciones cayó pesada, definitiva.

 

—Si lo hago — Mao Mao habló con serenidad.— No habrá marcha atrás, Jinshi. Tú no sabrás distinguir entre amor, necesidad o miedo a perderme. Yo dejaré de ser una persona para convertirme en tu eje— La mujer se arregló las nuevas horquillas diminutas en su cabello.

 

—Ya lo eres — Él respondió sin dudar y su acompañante lo observó con atención renovada.

 

—Eso pensé— Ella respondió mientras preparaba la dosis con movimientos precisos. No hubo temblor en sus manos. Cada gota fue medida con exactitud clínica. 

Y cuando terminó, ella empujó el diminuto frasco hasta el borde de la mesa, lo suficientemente cerca para que Jinshi pudiera tomarlo, pero él no lo tocó.

 

—Última observación — Ella dijo con cautela —. Si bebes esto será por tu elección. Necesito saber si eliges la jaula incluso cuando la puerta está abierta.

 

Jinshi no miró el frasco. La miró a ella.

 

—Desde el momento en que te encogí — Él dijo con voz rota—, cerré todas las puertas. Esto sólo hará el encierro más soportable

 

Después, él tomó el frasco y bebió sin vacilar.

 

El cambio no fue inmediato. Primero, un suspiro profundo. Luego, una relajación casi extática en sus facciones. Y cuando Jinshi abrió los ojos de nuevo, algo había cambiado: la desesperación seguía allí, pero ahora estaba envuelta en una devoción absoluta, limpia, aterradora.

 

—Mao Mao… —El noble pronunció el nombre de su cautiva con devoción— Este sentimiento es nuevo.

 

Ella no sonrió al escucharlo.

 

Los días siguientes confirmaron el resultado. Jinshi dejó por completo sus deberes. Ya no fingía interés por el mundo exterior. Dormía poco, comía sólo cuando ella se lo indicaba. Él pasaba horas observando la casa de muñecas, hablándole, pidiéndole aprobación para cada decisión trivial.

 

“¿Está bien si me quedo un poco más”

“¿Te gusta esta luz”

“¿Hice algo mal hoy”

 

Mao Mao registró cada cambio con meticulosidad.

 

—Dependencia total — Ella murmuró una noche mientras Jinshi la mecía en el nuevo columpio del diminuto jardín.

 

—¿Eres feliz? — Jinshi preguntó mientras él estaba arrodillado frente a la mesa.

 

Ella lo miró largamente antes de responder.

 

—La felicidad no es relevante. La estabilidad: sí.

 

Una semana después, Jinshi colocó la casa de muñecas sobre su escritorio personal, desplazando documentos oficiales para hacerle espacio. El imperio quedó reducido a polvo administrativo.

 

—Nunca volveré a deshacer el hechizo — El hombre declaró una noche con una serenidad que no le pertenecía—. Aquí es donde perteneces.

 

Mao Mao se acercó al balcón diminuto y lo observó desde arriba, desde abajo, desde todas las perspectivas posibles.

 

—No, Jinshi — Ella corrigió con tono condescendiente. — Aquí es donde pertenecemos.

 

Él sonrió, satisfecho.

 

El incienso de sándalo siguió ardiendo.

La casa de muñecas permaneció intacta.

Y el amor —destilado, deformado, irreversible— dejó de ser una emoción para convertirse en un sistema cerrado.

 

Una jaula perfecta.

Sin llave.

Sin salida.