Chapter Text
Augusto Damastes, 58 años.
“...Se dice que, había una criatura merodeando Real del Monte. Ahora, deja de preguntarme y déjame descansar, mocoso”.
Carlos miraba con curiosidad a su abuelo Augusto.
El hombre está sentado contra un árbol de la milpa que tantos años le ha costado sembrar. Su semblante es cansado e irritado. Carlos piensa que su abuelo es como un gnomo gruñón y trata de no hablar demasiado en su presencia.
Carlos es un niño tímido y reservado, parte de su comportamiento se debe a la soledad que siente, sus padres siempre trabajando y dejándolo todas las tardes con sus abuelos paternos.
Su abuela Rosa Hinojosa o “tita Rosita” como el la llamaba, es una mujer muy amorosa, le hacía las comidas más deliciosas que el niño había probado jamás, ella le remendaba las camisas y planchaba su uniforme escolar para irse a la primaria todos los días. Aunque su tita siempre lo escuchaba, ahora era algo distinto, la mujer estaba comenzando a ganar unos cuantos pesos más, trabajando en remendar y lavar ropa ajena, todo esto porque meses atrás, su esposo Augusto había tenido un accidente en la milpa.
Así que ahora el niño pasaba más tiempo con su abuelo.
El hombre siempre estaba de mal humor desde su primer día de matrimonio, mal humor que se llevaba siempre a trabajar en su sembradíos, ya era un hombre de 58 años, con un hijo adulto que ya también formo su propia familia.
Augusto no tuvo que trabajar tanto cuando recién se casó por la editorial que su padre le heredó antes de morir pero el negocio no fue tan bien y tuvo que cerrarla y vender el inmueble no hace más de 10 años. El dinero comenzó a ser un problema para el matrimonio Damastes Hinojosa. Aunque su hijo, Martín, les ayudaba siempre que podía en llevarles despensa, algo de dinero, su propia familia también estaba en deudas.
Augusto bebe un poco de agua y cierra los ojos, tratando de descansar, había cultivado mazorcas y chile, su nieto le ayudaba pasándole las herramientas para preparar la tierra, el niño era útil, claro, pero demasiado curioso y hablador cuando se sentía en confianza.
Su pierna ya estaba mejor después de caer de un caballo y aunque no lo estuviera, él aún tenía que trabajar en su milpa para mantenerse a él y a su esposa.
Carlos se sienta a un lado de su abuelo y le toca el hombro, el hombre hace una mueca de fastidio y abre los ojos nuevamente.
“¿Qué?” pregunta con enfado.
¿Tan difícil era querer descansar cinco minutos?
“Abuelo, ¿y que tipo de criatura era el nahual? ¿Un toro? ¿Una vaca? ¡¿Un pájaro?! ¿Tú lo vistes?” pregunta con emoción de saber más sobre aquella leyenda que había escuchado en el catecismo.
Augusto aprieta los puños mientras se incorpora y mira a su nieto con enojo.
“Mira, niño, no me preguntes sobre esas tonterías. No quiero hablar de eso, ¡¿entendiste?!” la voz furibunda del hombre y el rostro desencajado hace que Carlos se echa hacia atrás, asustado porque su abuelo jamás le había hablado así.
El hombre suspira y clava su machete en la tierra, su rostro se relaja un poco al ver el miedo en la cara de su único nieto. De inmediato siente culpa por hablarle de esa forma.
“Ay, niño, ¿qué voy hacer contigo? Estoy cansado, asoleado, tengo hambre porque el lonche que nos mandó tu abuela, te lo comiste casi todo” el tono acusatorio sigue ahí pero su nieto ya no parece tan asustado. “Solo quiero cerrar los ojos unos minutos y después irnos a la casa, ¿sí? Siéntate un rato a jugar ahí en la tierra con tu carrito, ya casi nos vamos” el hombre vuelve a acomodarse contra el árbol y pone sus manos sobre su estómago para después cerrar los ojos.
Carlos no lo piensa dos veces y se sienta a un lado de abuelo, haciendo correr el carrito de madera que su padre le regaló en su cumpleaños, tratando de hacer el mayor silencio para no molestar más a su abuelo.
Pasan algunos minutos y su abuelo ronca suavemente, de verdad estaba exhausto. Augusto se había despertado a las cuatro de la mañana para traer leña para que su esposa pusiera el fogón, a las cinco y media ya estaba de camino al pueblo para conseguir su ungüento para el dolor de pierna a consecuencia de la caída que tuvo en su caballo hace un par de meses. Después de su visita al pueblo, compro algunas cosas para su milpa, volvió a casa para almorzar y por último, recogió a Carlos del catecismo e irse a la milpa juntos.
El niño suspira aburrido, su carrito ha dejado de ser interesante para él, se tumba a un lado de su abuelo y observa las nubes pasar por el cielo. Buscando formas a las nubes, como un perro, un borrego... ¡La siguiente nube parece la cabeza de un tecolote...!
“Maldita seas, Francisca...” el niño se sobresalta al oír maldecir a su abuelo entre sueños. El hombre tiene una expresión molesta en su rostro pero sigue durmiendo.
¿Francisca? ¿Quién era Francisca? Piensa mientras su abuelo continúa dormido.
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Una semana después.
Era fin de semana y eso significaba estar con sus abuelos hasta el domingo en la tarde. Sus padres tenían un viaje a otro pueblo y no podían llevar a Carlos, dejarlo con sus abuelos ya era una costumbre cuando sus padres salían, así que el niño no se quejo.
El sábado bien temprano, su tita Rosita lo despertó para llevarlo al pueblo y comprar algunas cosas para la comida y un encargo de la mamá de Carlos.
Entraron a la panadería, el estómago del niño rugió por el delicioso y embriagante olor a pan recién salido. Pues; en la casa de sus abuelos se había terminado el pan, además de que tita encargaría la leche para la semana.
Carlos eligió dos piezas de pan dulce, una concha de vainilla y un paste relleno de piña. Mientras su abuela revisaba cuidadosamente los panes viejos mezclados con los recién salidos del horno, Carlos escucha sin querer, la conversación entre los dos hombres que están parados a un lado de la vitrina de los pasteles.
El panadero, Don José, estaba hablando con otro señor al que Carlos conocía como el hijo del curandero. Siempre le habían dicho que nunca mencionara al curandero o se acercara a jugar cerca del monte porque ahí está ubicada la casa del curandero ciego.
Mientras su abuela revisaba cuidadosamente los panes viejos mezclados con los recién salidos del horno, Carlos escucha la conversación entre los dos hombres.
“...¡Pues cuánto lo lamento, Federico! Mis más sinceras condolencias. Un hombre muy sabio fue tu padre. Don Jacinto Calderón” se lamenta el panadero mientras se persigna.
Federico Calderón asiente con la cabeza y suspira.
“Aunque no todo el pueblo lo consideraba como usted. Ya sabe, con esa fama de loco que le inventaron después de quedar ciego por aquella maldita bestia...” Carlos casi olvida que está con su abuela hasta que la mujer lo empuja suavemente del brazo.
“¡Ay Carlitos! ¡Te he estado hablado desde hace rato! A ver, chamaco, ven, ayudame con esta charola de pan, que necesito ir a encargar la leche...” le da la charola llena de pan y las monedas para pagar mientras su tita se acerca a un trabajador de la panadería quien está anotando los pedidos de leche.
Carlos se forma en la fila para pagar pero siempre que llega alguien más a la fila, le cede su lugar y así seguir escuchando la conversación sobre la muerte del curandero. Se ha perdido algo importante, los hombres ya han cambiado un poco el rumbo de la conversación.
“Mi padre siempre creyó que hacía lo correcto al advertirle a la señorita Straffon sobre el peligro de esa criatura... Aunque, él me contó, que fue la propia señorita la que vino a buscar a mi padre para preguntar sobre la historia del nahual... Algo me dijo, pero no lo recuerdo exactamente, fue que el sentía algo extraño en la señorita Francisca, no malo, como tal pero, raro. Como si la vida de aquella joven tuviera dos destinos completamente diferentes” ambos hombres siguen hablando pero Carlos es nuevamente llevado por su abuela a la fila, quien lo regaña por ceder su lugar.
“¡Por favor, mijo! ¡Todavía tenemos que ir por el encargo de tu mamá y después al mercado! ¡Y...!” el niño ya no escucha los regaños de su abuela, sino, su mente queda en aquella conversación.
Otra vez ese nombre. Francisca. Y al parecer ahora tenía apellido. Francisca Straffon. ¿La misma de la hacienda Straffon abandonada?
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