Chapter Text
Había pasado un año y medio desde que Lautaro y Manuel se habían separado.
No había sido una ruptura por falta de amor. Tampoco por infidelidades, ni por nada lo suficientemente grave como para justificar el final de una historia de dos años. No hubo terceros, no hubo traiciones explícitas, no hubo un momento claro al que aferrarse para odiarlo.
Lo que Lautaro odiaba, en realidad, era a sí mismo.
A la semana de cortar con Manuel ya habían salido fotos suyas en Twitter con otra persona. A la segunda, había llevado dos personas distintas al departamento. A la tercera, había terminado llorando en el cuarto de Manuel, rogándole que volvieran, prometiendo cambiar cosas que ni siquiera sabía que tenía que cambiar.
Nunca nada le había salido tan mal. Manuel lo había mandado a cagar, con justa razón.
Y con eso, sus últimas esperanzas se habían terminado de desvanecer.
A partir de ese momento, Lautaro eligió refugiarse en todo lo que tuvo a mano: sus amigos, el alcohol, las mujeres, cualquier cosa que le sirviera para no pensar. Nadie logró llenar ese vacío.
Y lo peor no era eso. Lo peor era la bronca que sentía, la furia que lo poseía cada vez que lo pensaba, el enojo que le causaba que Manuel no haya querido seguir intentándolo con él, de que no lo hubiera frenado cuando él sentía que se le caía el mundo, su mundo.
Habían cortado por cansancio, por miedo, por no saber cómo seguir, y aun así Manuel había sido el primero en soltar. Le había prometido una vida juntos, un departamento, viajes, proyectos, crecer al lado del otro, le había prometido que, pasara lo que pasara, iban a elegir quedarse, y cuando llegó el momento de cumplirlo, no lo hizo. Eso era lo que más le dolía: no que lo hubiera dejado, sino que lo hubiera dejado tan fácil, que lo hubiera visto romperse, humillarse, rogar, y aun así hubiera elegido cerrarle la puerta en la cara.
Por eso había jurado no volver a perder el orgullo así. Nunca más iba a rogar, nunca más iba a suplicar amor, nunca más iba a darle a nadie el poder de verlo tan chico.
Ahora, estaba en una casa enorme para diez personas, compartiendo vacaciones con todos sus amigos, que, casualmente, eran los mismos amigos de Manuel.
Habían logrado evitarse durante un año y medio, no se habían cruzado más que en situaciones estrictamente profesionales, nada personal, nada íntimo, nada peligroso, y ahora Liza los había vuelto a juntar en unas vacaciones de siete días por su cumpleaños.
Siete días en una casa compartida, con planes grupales juntos, idas a la playa, previas, after, baños, habitaciones contiguas, silencios incómodos en la cocina y la obligación de mirarlo todos los días como si no hubiera pasado nada, como si fueran dos personas normales que habían superado una historia.
Y, hasta ese momento, Lautaro estaba convencido de que iba a salir ileso. Había practicado mil veces la versión de sí mismo que no sentía nada, había ensayado respuestas cortas, indiferencia, había decidido con una seguridad casi arrogante que Manuel ya no le movía un pelo, que todo eso estaba superado, que él estaba bien, que no iba a pasar nada, que no iba a preguntarse si todavía lo quería, que era más fuerte que eso. Esta era su oportunidad de remediar los ruegues y llantos que había largado en su presencia. Ahora iba a ser frío, correcto. Manuel era solo un ex, y si algo quedaba, había tenido poco más de un año y medio para terminar de matar las esperanzas.
Ese día se había despertado particularmente de buen humor, casi de una forma sospechosa. No porque estuviera feliz, sino porque llevaba horas repitiéndose el mismo discurso, puliendo cada gesto, cada posible respuesta, cada cara que iba a poner cuando Manuel apareciera por esa puerta.
Sabía que podía llegar en cualquier momento y, por primera vez desde que había aceptado venir a esas vacaciones, sentía que estaba preparado. O al menos eso quería creer.
Bajó a la cocina decidido a tomar mates, con esa calma que uno adopta antes de una batalla, y apenas cruzó el umbral se dio cuenta de que algo no encajaba: estaban todos ahí.
Demasiado temprano, demasiado despiertos, demasiado ruidosos.
Los saludó uno por uno, con una sonrisa poco digna para la mañana, notando enseguida que ninguno había dormido. Había vasos sobre la mesa, restos de hielo en la bacha, caras de mucho sueño. Él, en cambio, se había vuelto temprano la noche anterior. Estaba cansado, física y mentalmente, y sobre todo sabía perfectamente qué día era ese. El día en el que Manuel iba a llegar.
—Hola, Moskita —le dijo Liza, sonriéndole con una calidez que le dio un poco de alivio—. Estábamos hablando de vos.
—Sí, eso —agregó Santiago, estirando la mano para pasarle un mate a Guada—. ¿Por qué te fuiste tan temprano ayer, boludo?
Lautaro se encogió de hombros, apoyándose contra la mesa, intentando sonar lo más neutral que pudo.
—Estaba cansado y me corté solo, mala mía, perdón. ¿Qué hacen que no duermen?
Hubo un segundo de silencio raro. Un silencio mínimo, pero suficiente.
—Estamos… —Santiago dudó, mirando de reojo a Liza, como si buscara permiso para terminar la frase—. Esperando a Manu.
Fue casi imperceptible, pero Lautaro sintió cómo algo se le tensaba adentro. Todos se miraron incómodos.
Nadie sabía bien cómo naturalizar esa situación. Nadie sabía si era un tema prohibido, si había que evitarlo, si había que fingir que no existía. Lautaro lo notó enseguida. Supo que ese era el momento exacto en el que tenía que empezar con su plan de arrogancia. Pero mentirle a sus amigos siempre le había resultado más difícil que mentirse a sí mismo.
Se dio vuelta, dándoles la espalda, fingiendo que buscaba algo para comer. Abrió la alacena, cerró, abrió otra, como si de verdad le importara lo que iba a desayunar. Cuando por fin agarró algo, se apoyó contra una de las mesadas, respiró hondo y habló.
—No pasa nada con que lo nombren, ya fue, de verdad les digo —dijo, con una convicción tan firme que hasta él mismo estuvo a punto de creerla—. No lo traten como a un fantasma. Menos si va a venir.
—Perdón, gordo —le dijo Santiago, acercándole un mate—. No me quiero poner en trolo sentimental, pero todos sabemos lo que te dolió y…
No llegó a terminar la frase.
Como si alguien hubiera escrito esa escena con una precisión cruel, la puerta de entrada se abrió.
El sonido de la cerradura girando le recorrió la espalda como una descarga eléctrica.
Lautaro no se dio vuelta enseguida.
Reconocía demasiado bien ese modo de entrar a las casas. El arrastre leve de la valija contra el piso. Esa pausa mínima antes de avanzar, como si estuviera ubicándose en el espacio.
Respiró hondo. Y entonces giró. Manuel estaba ahí.
Había dejado las valijas en el pasillo sin mirar dónde, como si todavía conociera la casa de memoria, y avanzaba directo hacia la cocina, sonriendo, cómodo, dueño de una presencia que Lautaro nunca había logrado ignorar.
Estaba tostado. Mucho más de lo que lo recordaba haberlo visto alguna vez.
La piel dorada por el sol, el cuello marcado, los brazos con ese tono que siempre le había gustado demasiado. El pelo más oscuro, más corto, desordenado de una forma injustamente atractiva.
Hermoso, completamente hermoso.
A Lautaro se le apretó el pecho y solo pudo pensar en lo mucho que se odiaba. Se odió por seguir viéndolo así. Se odió por no haber aprendido a mirarlo como a cualquier otro. Odiaba sentir que todo el plan que había armado, se le desarmaba sin ni siquiera un poco de resistencia.
Y lo odió a él. Porque, ¿Qué más podía hacer? Su ex novio estaba parado frente a todos. Con esa sonrisa carismática y un poder abstracto que todos sabían que tenía sobre él.
Si hubiera podido, en ese instante se habría arrancado el cerebro. O los ojos. O el corazón. Cualquier cosa que le impidiera sentir lo que fuera que estaba sintiendo.
—Menos mal que me esperaron —dijo Manuel, levantando una bolsa—. Les traje medialunas.
Sonrió.
Saludó a Liza primero, después a Santiago, a Guada, uno por uno, repartiendo abrazos como si no existiera ningún pasado incómodo flotando en el aire.
Lautaro se quedó quieto, sosteniendo el mate con demasiada fuerza.
Y recién entonces lo notó. No había venido solo. Una figura más apareció por la puerta un segundo después.
Un chico alto, de pelo oscuro, bolso al hombro, sonrisa tímida. Miraba alrededor con curiosidad evidente. No lo conocía. Nunca lo había visto. Y eso, por algún motivo, lo preocupaba más de lo que quería admitir.
—Al final viniste con Tomi —sonrió Liza enseguida—. Vení, boludo. Te juro que no mordemos.
—Moski sí muerde —agregó Santiago.
—Cerrá el orto, tarado—le dijo Guadalupe, dándole un golpe.
Las risas llenaron la cocina. Lautaro no se rió. Nada de eso le parecía gracioso.
Siguieron riéndose un par de segundos más, pero a Lautaro le sonó lejano, como si estuviera escuchándolas desde abajo del agua. No dijo nada.
Se quedó mirando a ese chico que acababa de entrar a la casa con una atención que le resultó casi humillante, analizándolo sin querer, buscándole defectos que no aparecían, comparándolo con una crueldad que ni siquiera intentó frenar. Era alto, prolijo, de sonrisa tímida pero segura, de esos que parecen caer bien sin esfuerzo y que, justamente por eso, generan rechazo inmediato en quien no tiene ganas de ser justo.
Se dijo que era ridículo pensar así, que seguramente era solo un amigo, que, aunque no lo fuera, Manuel tenía derecho a traer a quien quisiera, que él no sentía nada, que todo eso estaba superado desde hacía mucho tiempo. Se lo repitió con la misma convicción de cartón con la que había practicado frente al espejo durante semanas. Pero igual, algo en el pecho le ardió, una presión incómoda que no tenía nombre y que no se iba con ninguna explicación racional.
Tomás avanzó un poco más dentro de la cocina, saludando con torpeza, recibiendo abrazos que claramente no esperaba. Manuel le apoyó una mano en la espalda, apenas, como si lo guiara dentro de la escena, un gesto mínimo que, sin embargo, a Lautaro le pareció demasiado íntimo para ser casual. No era un abrazo, no era una caricia, pero era suficiente para marcar algo que él no quería ver.
—Bueno, presentaciones formales —dijo Liza, siempre práctica, intentando descomprimir el clima—. Tomi, él es Lautaro. Podés decirle Moski también.
Lautaro levantó la vista recién ahí, obligándose a sostener la situación con una entereza que no sentía.
Tomás le sonrió y le extendió la mano.
—Un gusto.
El apretón fue breve, correcto, casi impersonal. Un saludo de compromiso.
—Igualmente —respondió Lautaro.
Nada más. Ni una palabra extra que pudiera traicionarlo.
Volvió a llevarse el mate a la boca para tener algo que hacer con las manos, notando recién entonces que Manuel lo estaba mirando. No levantó la vista. Sabía que, si lo hacía, algo se iba a notar, y todavía no estaba listo para que nadie viera hasta qué punto esa llegada le había desarmado todos los planes.
—¿Llegaron bien? —preguntó Santiago, rompiendo el silencio que empezaba a volverse incómodo.
—Sí, todo perfecto. La ruta estaba vacía —contestó Manuel—. Estoy medio hecho mierda igual.
—Se nota —se burló Guadalupe—. Tenés cara de no haber dormido nada.
—Dormimos poco —dijo Tomi, riéndose.
La palabra se le quedó clavada en la cabeza.
Dormimos. No durmió. Dormimos.
Lautaro apretó los dientes sin darse cuenta. No levantó la vista, pero escuchó perfectamente esa forma de hablar en plural, como si fuera la cosa más natural del mundo, y pensó, con una lucidez que le dio miedo, que eso era exactamente lo que no estaba preparado para ver: a Manuel hablando de su vida con otro desde un lugar que antes había sido exclusivamente suyo.
—Bueno —dijo Liza, palmeando las manos, tratando de devolverle ritmo a la situación—. Plan del día: playa a la tarde, previa acá y a la noche vemos.
—Yo estoy para dormir primero —dijo Manuel—. Después me sumo.
—Obvio, gordo —respondió Santiago—. Vamos todos a dormir si ninguno descansó
Manuel asintió, dejó la bolsa de medialunas sobre la mesa y, antes de irse, miró a Lautaro.
No fue una mirada larga ni cargada de algo en particular, pero tampoco fue neutra. Fue una pausa mínima, un segundo de más de lo necesario, como si hubiera algo que quisiera decir y no supiera si era buena idea hacerlo ahí, delante de todos.
Y se fue, llevándose a Tomás con él por el pasillo.
Recién cuando los vio desaparecer de su campo de visión, Lautaro se permitió soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Apoyó el mate sobre la mesa y se pasó una mano por la cara, intentando recomponerse sin que nadie lo notara demasiado.
Liza lo miró de reojo, con esa intuición peligrosa que siempre había tenido para leerlo.
—¿Estás bien?
—Perfecto —respondió enseguida—. ¿Tendría que estar mal?
Mintió con una facilidad que hasta a él mismo le sorprendió.
Porque por primera vez desde que había aceptado venir a esa casa, entendió algo que no estaba en ninguno de sus planes: que no solo iba a tener que soportar la presencia de Manuel, sino también la evidencia concreta de que su lugar, ese que había perdido hacía un año y medio, ahora estaba ocupado por otro.
Después de que Manuel se fue por el pasillo con Tomás, la casa volvió lentamente a una normalidad impostada que a Lautaro le resultó insoportable. Las voces se repartieron entre la cocina y el living, alguien puso música baja, empezaron a aparecer propuestas de siesta, de ordenar un poco el desastre de la noche anterior. Él participó lo justo y necesario, respondiendo con monosílabos, con sonrisas que no sentía, con una atención que se le iba de las manos cada dos minutos.
No podía dejar de pensar en esa palabra en plural.
Se repitió que no significaba nada, que era una forma de hablar, que probablemente no estén juntos, que él estaba imaginando escenarios que no existían. Porque Manuel no estaba con hombres, nunca. Solo había estado con él, él era su debilidad y la única persona que podía hacer que tambalee con lo que Manuel creia que le gustaba hasta el momento que se pusieron juntos. Se lo repitió tantas veces que casi logró convencerse. Casi.
A la media hora, la casa empezó a vaciarse de a poco. Algunos se fueron a dormir, otros a ducharse, Liza desapareció en su cuarto, Santiago y Guada salieron a comprar algo para el mediodía. Lautaro quedó solo en la cocina, lavando una taza que ya estaba limpia, simplemente para tener algo que hacer con las manos.
Fue entonces cuando escuchó pasos detrás suyo. No se dio vuelta de inmediato.
Reconoció ese modo de caminar incluso antes de pensarlo. Ese ritmo tranquilo, sin apuro.
Manuel volvió a la cocina, solo, con una remera limpia y el pelo todavía húmedo, buscando agua como si nada de lo anterior hubiera sido importante. Lautaro estaba apoyado contra la mesada, fingiendo revisar el celular, y levantó la vista recién cuando lo tuvo demasiado cerca como para ignorarlo.
—Estás distinto —dijo sin pensarlo, casi como si se le hubiera escapado.
Manuel se detuvo un segundo, sorprendido por el comentario, y después sonrió apenas, con la sonrisa que Lautaro conocía muy bien, porque era la misma que usaba antes de decir algo hiriente.
—Se llama crecer, Lauti.
La respuesta le cayó peor de lo que esperaba.
—Mirá vos —murmuró—. Crecer ahora es venir con tu novio de vacaciones.
Manuel frunció el ceño, no molesto, pero sí incómodo.
—No es mi novio.
—Todavía —agregó Lautaro, sin mirarlo.
Manuel apoyó el vaso sobre la mesa, despacio, como si eligiera bien cada gesto antes de hablar.
—No empieces —dijo—. Vinimos a pasarla bien, por Liza. No hace falta que compliquemos las cosas.
—Yo no estoy complicando nada —respondió Lautaro, levantando la vista por primera vez—. Vos sos el que cayó acá con alguien como si fuera lo más natural del mundo.
—Porque lo es —contestó Manuel, sin levantar la voz—. Para mí lo es.
—Si, muy natural de tu parte traerlo sabiendo que iba a estar yo acá también.
La malicia en la voz de Lautaro ya estaba presente en la habitación. Quería provocarlo, quería decirle lo mucho que lo odiaba y quería que se sienta mal, no le importaba si la acción de su ex novio había sido premeditada o no, simplemente cargaba con un peso enorme en su pecho, y necesitaba expulsarlo cuanto antes.
Manuel lo miró en silencio unos segundos, como si evaluara si valía la pena seguir esa conversación o no, y cuando habló, lo hizo con una calma que a Lautaro siempre le había resultado más peligrosa que cualquier grito.
—No traje a nadie por vos, Lauti —dijo despacio—. Lo traje porque es parte de mi vida ahora. Porque hace un año y medio que cortamos, y porque, te guste o no, tengo derecho a invitar a quien quiera a mis vacaciones.
Hizo una pausa breve, apoyando una mano en la mesa, sin dejar de mirarlo.
—Y si te molesta, no es mi problema—agregó—, No pienso esconderlo para que vos te sientas mejor.
Manuel sostuvo la mirada un segundo más, lo justo como para asegurarse de que no iba a decir nada más, y después tomó el vaso con agua, dio un sorbo corto y se enderezó con un gesto que a Lautaro le resultó insoportablemente familiar.
—No vine a pelear —dijo finalmente, con una voz más baja, sin enojo, casi cansada—. Y mucho menos a revivir el resentimiento que me tenés, o lo que sea que te pase.
Se dio media vuelta sin esperar respuesta y salió de la cocina con la misma calma con la que había entrado, dejándolo solo entre el ruido de la canilla mal cerrada y los ruidos naturales del afuera.
Lautaro no se movió enseguida.
Se quedó apoyado contra la mesada, con el celular en la mano sin mirar la pantalla, intentando ordenar una mezcla de pensamientos que se le superponían sin descanso. No estaba triste en el sentido simple de la palabra. Tampoco estaba solamente celoso. Se sentía peor, algo más difícil de admitir: estaba herido en el lugar exacto donde había puesto todo lo que era íntimo para él.
Pensó en la forma en que Manuel había dicho parte de mi vida ahora. Pensó en lo natural que le había salido, en lo poco que había dudado, en lo claro que sonaba todo en su tono. Pensó en Tomás.
Y entonces, casi sin querer, pensó en sí mismo.
En el año y medio que había pasado desde que habían cortado. En lo fácil que le había resultado coger, besar, compartir una cama. Y en lo imposible que le había sido volver a entregarse de verdad. Porque no podía volver a tener el nivel de intimidad que había tenido con Manuel.
No había vuelto a dejar que alguien le viera la parte más frágil, la más torpe, la más ridícula. No había vuelto a confiar en nadie como había confiado en él.
Todo lo que había sido realmente íntimo en su vida seguía teniendo el nombre de Manuel, incluso después de tanto tiempo.
No sabía si algún día iba a poder darle eso a alguien más. No sabía si quería.
Y ahora, verlo ahí, tranquilo, seguro, diciendo que otro era parte de su vida, le hacía entender algo que le resultaba insoportable: que Manuel sí había logrado seguir adelante de una manera que él no.
Tenía la certeza de que todo lo más profundo de él seguía atado a la misma persona que ahora estaba empezando a construir una historia con otro. Le dolía físicamente el cuerpo de pensar en la sensación de que algo que había sido exclusivamente suyo estaba siendo tocado por alguien más.
Caminó hasta su cuarto con una lentitud extraña, como si cada paso fuera una forma de retrasar una conclusión que ya se le había instalado en el cuerpo.
Cerró la puerta detrás de sí, se dejó caer en la cama sin sacarse la ropa y se quedó mirando el techo, repasando una y otra vez cada gesto, cada palabra, cada silencio de esa conversación.
No iba a llorar. No iba a escribirle. No iba a rogar.
Pero tampoco iba a quedarse quieto mirando cómo otro ocupaba ese lugar que él nunca había terminado de soltar.
Se dio vuelta en la cama, apoyó el antebrazo sobre los ojos y dejó escapar una risa baja, sin humor, reconociéndose en ese impulso oscuro que siempre había sabido que tenía.
No iba a recuperarlo pidiéndole nada. No iba a recuperarlo diciéndole cuánto lo quería.
Iba a recuperarlo haciéndole recordar exactamente quién había sido para él.
Haciéndolo dudar. Haciéndolo sentir que, aunque estuviera con otro, lo que habían tenido no era algo que pudiera reemplazarse tan fácil.
Y por primera vez desde que había aceptado venir a esa casa, dejó de hacerse el fuerte.
Lautaro estaba decidido: lo iba a recuperar.
