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Amor de Mestizos

Summary:

Esta Historia es de un amigo que hice en Wattpad, me pidió que esta historia la publicará, y no pude negarme...
Es mi Ship culposo.

Severus x Sybill.

Amor de Mestizos.

Chapter Text

En Hogwarts, la noche tenía reglas distintas.

Cuando los pasillos se vaciaban y las antorchas ardían con una luz más baja, casi cansada, dos sombras aprendían a encontrarse sin ser vistas. No había horarios fijos ni promesas habladas. A veces eran treinta minutos robados al insomnio; otras, dos horas completas en las que el mundo parecía suspenderse.

Severus Snape y Sybill Trelawney jamás lo habrían llamado amor al principio.

Fue necesidad. Soledad. Dos existencias apartadas del resto, observadas con burla o incomprensión. Él, el hombre temido y odiado; ella, la profesora excéntrica a la que nadie tomaba del todo en serio. Ambos vivían rodeados de gente y, aun así, profundamente solos.

Las primeras noches fueron torpes, silenciosas. Compartían té que se enfriaba sin que ninguno lo notara. Frases cortas. Miradas largas. No había ilusiones ni planes, solo el alivio de no estar solos por un rato.

Y entonces, sin darse cuenta, se volvieron indispensables.

Descubrieron algo oscuro y sincero en el otro: la intensidad, la necesidad de pertenecer, la forma casi feroz en la que reclamaban ese espacio compartido. Eran posesivos, sí. Celosos incluso. Y lejos de asustarlos, aquello los hacía sentir vivos.

No había anillos ni juramentos. No los necesitaban. El compromiso estaba en los gestos repetidos, en la constancia silenciosa, en el modo en que Severus siempre la rodeaba por detrás, como si el mundo pudiera arrebatársela en cualquier momento.

Sybill adoraba eso.

Adoraba sentir el peso de sus brazos, su respiración cerca del cuello, el murmullo casi inaudible de su voz cuando le hablaba solo a ella. En esos momentos, el futuro dejaba de ser una carga aterradora y se convertía en algo soportable.

Una noche, el castillo guardó un secreto más.

Harry Potter, incapaz de dormir, salió de su habitación con la intención de ir a la torre de astronomía. Caminaba distraído, hasta que una silueta familiar lo detuvo en seco.

Snape.

Pero no estaba solo.

Harry los vio desde la distancia: la forma en que el profesor de Pociones la abrazaba por la espalda, cómo ella descansaba la cabeza apenas inclinada, confiada. No hubo besos, ni palabras que Harry pudiera oír. Solo una cercanía que decía más que cualquier gesto evidente.

El corazón le dio un vuelco.

Sintió calor en las mejillas, una vergüenza que no supo explicar. Bajó la mirada de inmediato y retrocedió en silencio, con el cuidado de quien teme romper algo frágil y sagrado.

Regresó a su habitación sin hacer ruido, con la imagen grabada en la mente y una certeza inesperada: incluso las personas más severas, más rotas, podían encontrar refugio en la oscuridad.

Y Severus Snape jamás supo que aquella noche había sido visto.

Tal vez era mejor así.

Algunos secretos, después de todo, merecían permanecer a salvo entre las sombras de Hogwarts.—Dumbledore lo sabe, carajo.
Obviamente lo sabe.

...

Albus Dumbledore sabía muchas cosas. No porque espiara, ni porque siguiera a nadie en las sombras —eso sería vulgar—, sino porque entendía a las personas. Y Severus Snape y Sybill Trelawney eran, para él, un libro abierto escrito con tinta vieja y silencios largos.

Jamás dijo nada.

Solo sonreía con esa expresión suya, paciente, casi divertida, como si observara un delicado equilibrio que no debía tocarse. Cuando coincidía con alguno de los dos en los pasillos nocturnos, sus ojos brillaban un segundo más de lo habitual. Nada más. Ninguna pregunta. Ninguna advertencia.

Después de todo, ¿quién era él para arrebatarles aquello?

Severus y Sybill no sospechaban nada. No podían. Estaban demasiado ocupados existiendo el uno en el otro, en esos encuentros robados donde no eran “el murciélago” ni “la loca de las profecías”, sino simplemente dos almas cansadas encontrando descanso.

El resto del profesorado, por supuesto, no sabía nada.

McGonagall fruncía el ceño cuando notaba a Snape ligeramente menos ácido en ciertas reuniones. Flitwick comentaba —con genuina sorpresa— que la profesora Trelawney parecía más centrada algunos días. Sprout lo atribuía a “las fases lunares” y siguió con su vida.

Nadie los relacionaba.
No tenía sentido.

Snape y Trelawney.
No tenían nada en común… ¿verdad?

Harry, en cambio, sí lo sabía.

Y aún le ardían las orejas cada vez que el recuerdo regresaba sin pedir permiso.

Recordaba con una claridad casi dolorosa el suspiro de alivio de Sybill, ese sonido suave, honesto, cuando Severus la había atraído contra él. Recordaba la forma en que Snape la sostuvo: no con posesión brusca, sino con un cuidado casi reverente, como si ella fuera algo frágil y precioso.

La caricia en el vientre había sido lenta. Tranquila. Íntima de una manera que Harry jamás había visto en los Dursley, ni siquiera en los matrimonios que observaba de lejos en el mundo mágico.

No había sido obsceno.
Había sido… romántico.

Y eso era lo que más lo avergonzaba.

Porque una parte de él —una parte muy pequeña, pero insistente— quería volver a verlo. No por morbo. No por curiosidad indebida. Sino porque había algo profundamente humano en esa escena, algo que desafiaba todo lo que Harry creía saber sobre Severus Snape.

El hombre que lo odiaba.
El hombre que lo protegía.
El hombre que, en la oscuridad, sabía amar en silencio.

Harry se dio la vuelta en la cama, con el rostro ardiendo, maldiciéndose en voz baja.

—Carajo… —susurró.

Muy en el fondo, comprendía algo que Dumbledore había sabido desde el principio:
que incluso en Hogwarts, incluso en la guerra, incluso en las almas más rotas…

había lugar para ese tipo de magia.

Y quizá, solo quizá, era mejor que algunos secretos siguieran siendo exactamente eso.Harry sabía que era una idea estúpida.

Y aun así, con la capa invisible bien ajustada, salió de su dormitorio cuando el castillo dormía. El corazón le golpeaba las costillas con fuerza mientras avanzaba por los pasillos, cuidando cada paso, cada respiración. Hogwarts de noche parecía distinto, más grande, más atento.

Entonces ocurrió.

Snape apareció de golpe, saliendo de una esquina tan cerca que Harry sintió que el alma se le escapaba del cuerpo. Se quedó paralizado, conteniendo el aliento, seguro de que iba a morir ahí mismo. El profesor pasó de largo, la túnica rozando el aire, sin detenerse.

Harry tuvo que apoyarse contra la pared para no desplomarse.

Esperó.
Contó hasta diez.
Luego, con el pulso todavía desbocado, lo siguió.

Fue cuidadoso, torpe por los nervios, pero lo suficientemente silencioso. Snape avanzó por corredores conocidos, pero al final se detuvo… y Harry se dio cuenta de que no estaba la profesora Trelawney.

La decepción le cayó encima de golpe.

—Qué idiota… —pensó—. ¿Qué esperaba?

Estaba a punto de rendirse cuando escuchó una voz suave, apenas un susurro que parecía flotar en el aire.

—Severus…

Ella apareció desde una puerta lateral.

Harry parpadeó.

Sybill Trelawney no llevaba sus habituales túnicas pesadas ni los collares exagerados. Vestía ropa más simple, más cómoda, que le permitía moverse con naturalidad. Parecía… real. Tranquila. Casi luminosa.

Snape se quedó inmóvil un segundo.

Harry lo notó enseguida: la forma en que su postura cambió, cómo su expresión severa se suavizó sin que él pareciera darse cuenta. Se acercó a ella despacio, como si aquel momento fuera frágil.

No hablaron mucho.

No lo necesitaban.

Snape se colocó a su lado, lo bastante cerca como para que sus hombros se rozaran. Sybill sonrió —una sonrisa pequeña, privada— y apoyó brevemente la cabeza contra su brazo. No había prisa, ni tensión. Solo una calma extraña y dulce que envolvía el pasillo.

Harry se llevó una mano a la boca para no soltar un sonido.

Estaba rojo hasta las orejas, los ojos muy abiertos, el corazón latiéndole rápido por pura emoción. No era algo que debería estar viendo… y aun así, no podía apartar la mirada.

Eran distintos juntos.
Más suaves.
Más humanos.

Al final, Harry retrocedió en silencio, con extremo cuidado. Regresó a su dormitorio sin hacer ruido, pero el sueño no llegó. Cada vez que cerraba los ojos, la escena volvía: la cercanía, la tranquilidad, la manera en que se miraban como si el mundo no importara.

Se giró en la cama, suspirando.

—Genial… —murmuró—. Ahora los shippeo.

Y aunque jamás lo admitiría en voz alta, una parte de él sonreía.Harry tardó poco en cometer el error de su vida.

—Solo mira —le insistió a Ron en voz baja, días después—. Cinco minutos. Nada más.

Ron aceptó de mala gana, refunfuñando todo el camino, convencido de que Harry estaba exagerando… hasta que no lo estuvo.

La capa invisible los envolvía cuando doblaron el pasillo correcto.

Y entonces los vieron.

Ron se quedó pálido. Literalmente.

Snape estaba demasiado cerca de la profesora Trelawney. No “cerca” como dos colegas hablando en secreto, sino cerca de verdad. Su mano —esa mano severa, de dedos ásperos— descansaba en el cuello de ella, recorriéndolo con una lentitud deliberada. Sybill no solo no se apartaba: inclinaba ligeramente la cabeza para darle mejor acceso, sonriendo con una expresión… juguetona.

Ron abrió la boca.
No salió ningún sonido.

Harry tuvo que agarrarlo del brazo para que no se delatara.

Aquello era más intenso que la vez anterior. No había prisas, no había cuidado excesivo. Solo dos adultos que se conocían demasiado bien y no temían demostrarlo cuando creían estar solos.

Ambos chicos se taparon la boca al mismo tiempo.

Casi chillan de la emoción.

Retrocedieron de inmediato, el corazón latiéndoles como si hubieran corrido un maratón, y no pararon hasta llegar a la habitación. Una vez dentro, soltaron la risa contenida como si les fuera la vida en ello.

—¿¡LO VISTE!? —susurró Ron, gesticulando como un loco—. ¡Snape! ¡SNAPE!

—¡TE DIJE! —respondió Harry, igual de alterado—. ¡Te lo dije!

Pasaron horas hablando en voz baja, inventando teorías ridículas, recordando cada gesto, cada mirada, riéndose como completos idiotas. Dos chismosos consumidos por el descubrimiento más inesperado de Hogwarts.

Cuando por fin se calmaron, Harry sonrió con malicia.

—Ahora falta Hermione.

Ron lo miró, alarmado… y luego sonrió.

—Va a perder la cabeza.

Y así, sin saberlo, el trío dorado había encontrado un nuevo secreto que proteger…
y un ship que defender con su vida.

...

Hermione fue la siguiente… y no fue sencillo.

—No, absolutamente no —susurraba, forcejeando mientras Harry y Ron prácticamente la arrastraban por el pasillo—. Esto es una violación flagrante de la privacidad, y además—

Ron le tapó la boca justo a tiempo.

—Confía en nosotros —murmuró Harry—. Vas a gritar.

Hermione intentó morder la mano de Ron, pero al final avanzaron envueltos en la capa invisible, los nervios a flor de piel.

Y entonces… lo vieron.

Sybill Trelawney estaba sentada en el alféizar de una ventana alta, bañada por la luz de la luna. El resplandor plateado dibujaba su silueta con suavidad. Tenía los ojos cerrados, el cuerpo relajado, como si estuviera dormida o escuchando algo que nadie más podía oír.

Hermione se tensó.

Justo cuando parecía que no pasaría nada, Sybill abrió los ojos y sonrió apenas, una sonrisa íntima, tranquila.

—Hola, Sev —dijo en voz baja.

Hermione intentó exclamar.
No pudo.
La mano de Ron seguía ahí.

Severus Snape apareció casi de la nada, como si la noche lo hubiera invocado. No dijo una palabra. Se acercó y la abrazó de frente, con una naturalidad que dejó al trío completamente desarmado.

Sybill le devolvió el abrazo sin reservas.

Ahí no estaban el maestro severo ni la profesora excéntrica. Eran simplemente ellos.

Ella inclinó el rostro, dejando el cuello expuesto sin miedo. Severus deslizó los dedos con calma por su piel, siguiendo la línea de su garganta, deteniéndose un instante sobre la tráquea, como si memorizara cada respiración. No había prisa. No había tensión.

Sybill rió suavemente.

Hermione se puso roja como un tomate.
Harry también.
Ron parecía a punto de colapsar.

Los tres se miraron… y huyeron.

No corrieron, pero se movieron lo más rápido posible sin hacer ruido, el corazón latiéndoles con violencia. Cuando llegaron a la habitación de Harry y Ron, cerraron la puerta con cuidado… y entonces explotaron.

—¡DIOS MÍO! —susurró Hermione, llevándose las manos al rostro—. ¡Eso fue… eso fue…!

—¿ROMÁNTICO? —aportó Ron, exaltado—. ¡Snape! ¡ROMÁNTICO!

—¡Viste cómo la tocaba! —añadió Harry—. ¡Con cuidado! ¡Como si fuera… no sé… importante!

Hablaron sin parar. Conspiraron. Analizaron cada gesto, cada mirada, cada sonrisa. Se rieron como idiotas, emocionados, inventando teorías imposibles, armando el ship con una devoción alarmante.

Hermione, la más racional de los tres, fue la primera en darse cuenta… y aun así no pudo evitarlo.

—Esto… esto es adorable —admitió, derrotada—. Absolutamente adorable.

Harry sonrió.
Ron levantó el pulgar.

Parecían exactamente eso: personas creando historias en su cabeza, completamente entregadas al chisme… y decididas, muy decididas, a proteger aquel secreto como si fuera oro puro.

Porque, después de todo, incluso Snape merecía eso.