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after midnight

Summary:

Para Moski, ver a Mernuel con alguien más nunca había sido un problema.
Hasta que lo fue.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Pasando la medianoche, el departamento era un quilombo, de esos que solo existen antes de salir un sábado a la noche. Había música sonando desde el parlante grande — algo bien arriba, elegido claramente por Bauleti — y un ida y vuelta constante entre el living, el baño y los cuartos. El aire olía a perfume recién puesto, a desodorante en aerosol y a las cervezas que yacían vacías sobre la mesa de la cocina. 

— Dale, boludo, dale. — decía Bauleti desde la cocina, ya con otra birra en la mano — En media horita tendríamos que estar allá.

Estaba eléctrico. Saltaba de tema en tema, hablaba de la gente que iba a haber, del DJ, de que hoy sí o sí se quedaba hasta que prendieran las luces y el patova amenazara con echarlo. Tenía los lentes de sol puestos hace rato, listo para irse, como si eso acelerara el tiempo.

Manuel estaba en su habitación, con la puerta entreabierta, cambiándose la remera frente al espejo. No había apuro en sus movimientos, más bien lo contrario. Se sacó una, la dejó doblada sobre la cama, se puso otra. Se miró un segundo, ladeó la cabeza.

— Esta es muy tranqui, ¿no? — preguntó, más al aire que a alguien en particular, mirándose en el espejo del living.

Lautaro, tirado en el sillón con el celular en la mano, levantó la vista.

— Está bien — dijo — Es una remera.

Manuel sonrió apenas, como si eso le alcanzara. No había pose ni exageración; solo esa costumbre suya de probarse las cosas hasta sentirse cómodo. No buscaba llamar la atención, pero igual lo lograba. Siempre había algo en cómo se paraba, en cómo se acomodaba la ropa, que hacía que todo pareciera pensado aunque no lo fuera.

Bauleti apareció en el pasillo, ya listo, mirándolo de arriba abajo.

— Amigo, estás perfecto. Si no encarás hoy, cierro el boliche yo mismo.

— No voy a encarar nada — respondió Manuel, agarrando las llaves — Yo voy a bailar y a pasarla bien con ustedes.

— Mentira — dijeron Lautaro y Bauleti al mismo tiempo.

Manuel se rió, negando con la cabeza.

— En serio boludo, voy a existir y nada más. Si pinta algo, pinta.

Lautaro pensó que eso describía bastante bien cómo encaraba Manuel las salidas: no iba con un objetivo claro, no parecía buscar nada en particular, pero aun así las cosas "pintaban". A él nunca le pasaba nada y tampoco le molestaba tanto. Había aceptado hace tiempo que su rol era acompañar, aparecer, irse temprano.

Cuando salieron del departamento, Bauleti fue el primero en cerrar la puerta y bajar las escaleras apurado, hablando solo. Manuel lo siguió tranquilo, saltando algún escalón, y Lautaro atrás, revisando si llevaba todo encima.

En la calle la noche estaba pesada, de esas que prometen transpiración y música fuerte. El uber llegó rápido. Se subieron los tres, apretados atrás, mientras seguía Bauleti hablando sin parar.

— Ey, hoy la rompemos. — decía — Hoy es noche de boliche de verdad.

— Vos todas las noches decís lo mismo... — respondió Lautaro.

— Y casi todas tengo razón, ¿o no?

Manuel miraba por la ventana, apoyando la cabeza en el vidrio, escuchando a medias. Cuando se hizo un silencio largo entre ellos, se giró a mirarlos.

— ¿Están bien? — preguntó, ante la ausencia de quilombo en el auto. — Si quieren nos vamos antes, no hay drama.

— ¿Eh? Pero ni en pedo — dijo Bauleti — De acá no se baja nadie, mínimo hasta las seis.

Lautaro se encogió de hombros.

— Yo voy de onda — admitió — Después vemos.

Una vez en el boliche, mientras avanzaban en la fila, un grupo de pibes que estaban adelante se dio vuelta. Primero fue una mirada rápida, después un murmullo, unas miradas un poco menos disimuladas, hasta que uno se animó y se acercó a ellos.

— Che, Merno — dijo, medio inseguro — Perdón que te joda.

Manuel se frenó sin problema.

— Tranqui, no pasa nada, ¿todo bien? — respondió con una sonrisa asomándose.

— Eh... nada, quería decirte que… está re bueno lo que hacés. O sea, que seas así de abierto. En el stream y todo. Está bueno tener más referentes acá, ¿viste? Más en Argentina.

El otro pibe asintió, como reforzando la idea.

— Posta. A mí me re ayudó.

Manuel se quedó quieto un segundo, como si no esperara que fuera eso lo que iban a decirle, y después sonrió. No una sonrisa exagerada, sino esa que le salía cuando algo le pegaba en serio.

— Gracias loco — dijo, llevándose una mano al pecho. — Me re alegra posta, gracias.

Hubo un choque de puños, un intercambio de palabras de aguante, y la fila siguió avanzando como si nada. No fue una escena grande ni algo muy trascendente. Nadie aplaudió, nadie sacó el celular. Fue breve, íntimo, y justamente por eso se le quedó a Lautaro dando vueltas en la cabeza.

No era la primera vez que pasaba algo así.

Desde que Manuel había decidido decirlo en el stream, ese tipo de comentarios se habían vuelto cada vez más comunes. Lautaro se acordó bien de esa noche. No porque hubiera sido dramática, sino porque había sido sorprendentemente simple.

No había habido tensión dramática ni silencios largos. Habían estado los tres en el living, una noche cualquiera, con el stream programado para arrancar en diez minutos. Bauleti ya tenía el chat abierto, Manuel daba vueltas con un huevo kinder en la mano, y Lautaro scrolleaba el celular sin prestar demasiada atención.

— Che... — había dicho Manuel, de repente — Hoy quiero decir algo en el stream.

Bauleti levantó la vista enseguida.

— ¿Qué cosa?

Manuel dudó apenas, lo justo para que se notara que no era una pavada.

— Que soy bisexual.

Así, directo. Sin vueltas.

Lautaro levantó la cabeza del celular, de repente prestando más atención.

—Ah —dijo— ¿seguro?

Manuel lo miró, como esperando algo más.

— Si, quiero contarlo — agregó — O sea… decirlo yo. No hacer un anuncio ni nada, pero que se sepa.

Bauleti se apoyó contra el respaldo del sillón, un poco más relajado.

— Sí, boludo — dijo — Obvio.

— ¿Sí? — preguntó Manuel, un poco más inseguro de cómo había empezado.

— Sí —repitió Bauleti, reafirmando — Re sí. Si vos querés decirlo, decilo, ¿por qué no?

Lautaro asintió, encogiéndose de hombros.

— Posta, gordo. No estás diciendo nada raro...

Manuel exhaló, como si recién ahí se aflojara algo.

— No quiero que después sea incómodo... — dijo — Ni para ustedes ni para el chat.

— Más incómodo sería que no lo digas, porque en alguna anécdota capaz se nos escapa algo... — respondió Bauleti — Además, si alguien se pone pesado, que se vaya y listo.

Lautaro se rió.

— Y si alguno flashea cualquiera, se aclara. Como siempre.

Eso había sido todo. Ningún discurso. Ninguna charla eterna. Cinco minutos después estaban en vivo, y Manuel lo dijo cuando encontró el momento. Sin música dramática, sin bajar la voz. Como quien dice algo que es parte de él desde siempre.
Y el chat había reaccionado mejor de lo que cualquiera de los tres esperaba. Mensajes de apoyo, gente agradeciendo, otros contando cosas propias. Un momento que generó una conexión más íntima con su público. 
Algunos se fueron, sí, pero llegaron muchos más. Con el tiempo, se empezó a notar: pibes que se quedaban, que volvían, que se animaban a hablarle a Manuel de cosas que no le contaban a nadie.

La fila avanzó de golpe y Bauleti le pegó un empujón para que se mueva, sacándolo de sus recuerdos.

—Dale gordo, vamos, vengo esperando esto toda la semana — gritó la última parte mientras entraban al boliche.

Manuel se rió y lo siguió con la mirada. Lautaro se quedó un segundo atrás, pidiendo los tragos en la barra. Cuando se dio vuelta, los vio a los dos mezclándose entre la gente. Bauleti escabiando sin vergüenza, empezando a soltarse y a bailar de a poco. Manuel más tranquilo, moviéndose al ritmo, cómodo, presente.

Lautaro tomó un sorbo largo de su vaso. Pensó que era una noche normal. Que iba a bailar un rato, charlar, quizás volverse antes. 

Siguió a Santiago a la mesa donde se encontraban todos sus amigos rodeados de botellas y vasos de plástico. Saludó a cada uno con palmadas, abrazos rápidos, comentarios gritados que apenas se entendían por la música. Alguien le acercó otro trago. Alguien más le preguntó si iban a streamear mañana. Todo lo de siempre.

La noche arrancó tranquila: bailaron, se rieron. Lautaro se quedó un rato apoyado en la mesa, moviéndose apenas, charlando con uno, con otro, contestando mensajes que no importaban demasiado. Cada tanto miraba alrededor buscando a Bauleti, que ya estaba completamente suelto, bailando con cualquiera que se le cruzara, el vaso siempre lleno.

Durante un buen rato, Lautaro se olvidó bastante de Manuel.
No porque no le importara, sino porque no hacía falta. Manuel siempre desaparecía al principio, pero se quedaba cerca. En algún punto del boliche, pero cerca. 

Bauleti lo agarró del hombro y lo arrastró a la pista, riéndose solo, cantando un estribillo que no coincidía con la canción que estaba sonando. Lautaro protestó apenas, más por reflejo que por ganas reales de escaparse, y terminó bailando sin mucha convicción, moviéndose lo justo para no quedar completamente fuera de lugar.

— Dale, boludo — le gritó Bauleti — Aflojá un poco.

— Estoy aflojando — respondió Lautaro, moviéndose un poco más. — Pasa que vos estás acelerado.

Bauleti se rió fuerte y siguió bailando como si nadie más existiera. Cada tanto se acercaba para decirle algo al oído, algún comentario random, alguna observación sobre la gente alrededor, o sobre alguna mina que andaba cerca. Lautaro asentía, se reía, tomaba de su vaso cuando podía. La noche avanzaba sin estructura, como siempre.

En algún momento, Manuel apareció entre la gente, saludándolos con un gesto desde lejos, levantando el vaso. No se quedó. Siguió su camino, perdido otra vez entre cuerpos y luces.

— Está en la suya hoy — comentó Bauleti, sin darle demasiada importancia.

— Siempre está en la suya... — respondió Lautaro.

Y era verdad. Manuel tenía esa forma de moverse por los lugares sin deberle nada a nadie. No se iba del todo, pero tampoco se quedaba fijo en un lugar. Aparecía, desaparecía, volvía a aparecer. Como si el boliche fuera un espacio elástico que se adaptaba a él.

Lautaro estaba más concentrado en no pisar a nadie cuando Bauleti se le acercó de golpe, con esa sonrisa que siempre anunciaba comentario innecesario.

— Che —le dijo al oído — Miralo al emo cómo encara.

Lautaro frunció el ceño.

— ¿A quién? — dijo, tratando de escucharlo por sobre la música.

Bauleti señaló apenas con la cabeza, hacia un costado de la pista.

— A Manu, boludo.

Lautaro se dio vuelta sin apuro. Sin expectativa. Esperando encontrarse con algo que no debería sorprenderlo.

Y ahí fue cuando lo vio.

Manuel estaba bailando con un pibe rubio, un poco más bajo que él. No estaban frente a frente. El rubio estaba de costado, casi apoyado contra él, y Manuel lo tenía agarrado por el cuello, la mano firme pero relajada, los dedos apoyados con naturalidad. El otro brazo le rodeaba apenas la espalda, lo justo para mantenerlo cerca mientras se movían al ritmo de la música.

Manuel sonreía, cómodo.

El rubio dijo algo que Lautaro no pudo escuchar a esa distancia. Manuel inclinó la cabeza para acercar la oreja, sin soltarlo. Asintió, se rió bajito, y siguieron bailando así, juntos, encajados sin esfuerzo.

Lautaro sintió una presión rara en el pecho.

El sentimiento no fue inmediato. Fue más bien una toma de conciencia tardía: nunca lo había visto así con un tipo. Eso era todo. No más que eso.

Había visto a Manuel encarar mil veces. Minas, sobre todo. Siempre con la misma seguridad, la misma naturalidad, la misma forma de estar presente. Esto no era distinto en esencia. Solo lo era para él.

— Y bueeeeno... — comentó Bauleti, divertido — Al fin lo puede hacer tranquilo adelante de los demás.

Lautaro no respondió enseguida. Se quedó mirando un segundo más de lo necesario.

No supo qué le incomodaba. O si era incomodidad en sí lo que sentía.
No supo por qué le costaba apartar la vista.

Solo supo que había algo nuevo frente a él, y que no estaba preparado para procesarlo tan rápido.

— ¿Qué? — le dijo Bauleti, casi divertido, notando el silencio — ¿nunca lo viste encarar?

— Sí... si sí — respondió Lautaro, automático — Obvio.

Y aun así, esa imagen no se le iba de la cabeza, no podía dejar de mirarlos.

Lautaro pensó en cuerpos, en la distancia que mantenían. En cómo Manuel y el rubio se movían como si hubieran encontrado un punto común en medio del caos del boliche. No estaban pegados del todo, pero tampoco había espacio real entre ellos. Cada tanto Manuel acomodaba la mano en el cuello ajeno, un gesto mínimo, casi inconsciente, que el otro aceptaba sin dudar.

Lautaro se dio cuenta de que estaba mirando detalles que normalmente no registraba: el ángulo de la cabeza de Manuel, la forma en que inclinaba el cuerpo cuando el rubio le decía algo, como la sonrisa no se iba de la cara.

Pensó, de la nada, que todas las chicas con las que había visto a Manuel encarar eran morochas.

No fue un pensamiento profundo ni elaborado. Le cayó así, suelto, como un dato que se le había escapado siempre. Morochas altas, morochas bajitas, morochas con risa fácil, morochas más serias, morochas tatuadas...

Y ahora había un rubio.

No una chica rubia, un pibe.

Lautaro frunció el ceño, incómodo consigo mismo. No sabía por qué ese detalle le importaba. No sabía por qué lo estaba comparando. No sabía por qué su cabeza había decidido irse para ese lado justo ahora.

Vio a Manuel se acercó un poco más. Nada brusco, nada evidente. Simplemente acortó la distancia que ya era mínima. El rubio levantó la cara apenas, como siguiendo el movimiento. No pasó nada todavía, pero Lautaro lo vio venir con una claridad que lo puso tenso. Era solo cuestión de segundos antes de ver un beso entre ellos.

Y entonces empezaron a aparecer las preguntas en su cabeza, chiquitas, molestas, imposibles de ignorar:

¿Qué cambia en besar a un tipo? ¿Cambia algo?

No en general. No en abstracto. En Manuel.

¿Qué se sentía distinto? ¿Era distinto?

¿O era igual y el distinto era él, mirándolo tanto?

Lautaro se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración, tenso. Se obligó a soltarla, a tomar aire, como si eso fuera a acomodarle las ideas. No funcionó.

La imagen se le mezcló con otra, inesperada y mucho peor: Manuel girando apenas la cara, acercándose un poco más… pero no al rubio.

A él.

La idea fue tan clara que pensó que se estaba volviendo loco.

¿De dónde salía todo esto?

Sintió un golpe seco en el pecho, una especie de alarma interna que no supo cómo apagar. Se rió solo, nervioso, y llevó el vaso a la boca para tomar otro trago. Después otro. No porque tuviera sed, sino porque necesitaba hacer algo con las manos.

— Eu — le dijo Bauleti desde algún lado, aunque Lautaro apenas lo escuchó — ¿todo bien?

— Sí, sí — respondió, sin mirarlo — todo joya.

Pidió otro trago sin pensar demasiado qué estaba pidiendo. Algo más fuerte, algo que le aflojara la cabeza, algo que pegara más rápido. El alcohol empezó a hacer su trabajo, o quizás ya venía medio mareado desde antes y recién ahora lo notaba.

Cuando volvió a mirar, el beso estaba pasando.

No fue exagerado ni largo. Fue un gesto simple, a Manuel todo le salía natural: primero apoyó la frente un segundo, después inclinó la cabeza apenas, buscando una reacción que el rubio respondió como si hubiera estado esperando exactamente eso.

Lautaro apartó la vista demasiado tarde.

No sabía qué hacer con esa imagen, no quería seguir viendo y a la vez no podía apartar la mirada. No sabía muy bien qué es lo que estaba sintiendo. Se terminó el vaso de un trago y sintió el ardor bajar por la garganta, agradecido por la distracción momentánea.

No pasa nada, se dijo.
No es nada.
Es Manu.

Pero el cuerpo no le creía.

Empezó a pensar que tenía que hacer algo. Cualquier cosa. No para frenar nada — eso se lo dijo varias veces, como para convencerse — sino para… estar ahí. Para no quedar afuera de una escena que, de golpe, sentía que lo estaba desplazando.

Se movió entre la gente con el pulso acelerado, cuidando de no parecer apurado y de no llevarse puesto tanta gente. Ensayando mentalmente una frase neutra, algo que sonara normal, algo que no delatara el ruido que tenía en la cabeza.

Cuando llegó lo suficientemente cerca, Manuel levantó la vista y lo vio. Sonrió, todavía con el rubio al lado, relajado, sin rastro de culpa ni incomodidad. Lo llamó apenas con la mano, como si quisiera incluirlo en el círculo cerrado que había armado con el rubio y los amigos de él. Se le revolvió el estómago de solo pensar en tener que entablar una conversación con esa gente, no sabía si con todo lo que estaba pensando iba a poder concentrarse.

Manuel fue el primero en notar que algo estaba raro.

No porque Lautaro dijera algo, sino justamente por lo contrario. Por la forma en que apareció frente a él, con el vaso en la mano, la cara un poco más dura de lo normal, como si estuviera concentrado en sostener una expresión que no terminaba de encajarle. Nunca fue bueno para ocultar sus expresiones faciales.

— Moski — dijo Manuel, inclinándose apenas para escucharlo mejor — ¿pasó algo?

El rubio seguía ahí, a su lado, tranquilo, quizás esperando una introducción. Manuel no se soltó de él del todo, pero giró el cuerpo lo suficiente como para mirarlo a Lautaro de frente.

— ¿Está todo bien? — insistió — ¿Bauleti está bien o qué onda?

Lautaro abrió la boca para responder y se quedó ahí, a mitad de camino. Tenía mil cosas para decir y ninguna que pudiera salir sin sonar ridícula. Sintió de golpe el peso de la situación: él, interrumpiendo; Manuel, mirándolo con genuina preocupación; el boliche alrededor, igual de ruidoso que siempre.

¿Qué estaba haciendo?

— No — dijo, y enseguida corrigió — O sea, sí. Está todo bien. Bauleti está joya.

Manuel frunció apenas el ceño.

— ¿Entonces?

Lautaro miró hacia un costado, después volvió a mirarlo. Pensó en decir algo gracioso, algo para alivianar la tensión que había generado. Pensó en decir la verdad. Ninguna de las dos cosas le pareció una buena idea.

— Nada — terminó diciendo — Estoy medio cansado... creo que me voy yendo.

Lo dijo rápido, como si así no hubiera espacio para preguntas.

Manuel lo miró un segundo más de lo habitual. No parecía enojado ni confundido. Más bien atento. Como cuando alguien dice “todo bien” pero claramente no es todo bien.

— ¿Ya? — preguntó — Si recién arrancamos.

— Sí — respondió Lautaro, encogiéndose de hombros — Mañana me levanto temprano.

Era mentira y los dos lo sabían, pero Manuel no lo marcó. En cambio, se separó un poco del rubio, lo justo para acercarse un poco más a Lautaro y que la música no se les metiera tanto entre las palabras.

— Pará un toque — dijo — No te vayas todavía.

Lautaro negó con la cabeza.

— Nah, está bien. Quédense ustedes.

— Dale — insistió Manuel, con una sonrisa suave — Tomemos algo juntos, bailamos un rato. Si después te querés ir, te pido el Uber yo. No hay drama.

No lo dijo como un pedido desesperado. Lo dijo como quien propone algo simple, lógico, casi obvio. Como si no hubiera nada raro en eso. Como si no hubiera pasado nada.

Lautaro dudó.

Miró el piso pegajoso, las luces, la gente bailando alrededor. Pensó en la imagen que todavía le latía en la cabeza. Pensó en lo fácil que sería irse, meterse en un auto, apagar todo.

Y pensó, también, en lo raro que se sentiría irse así y que después seguramente iba a tener que dar explicaciones.

— Bueno... — dijo al final, exhalando — Un rato.

Manuel sonrió, aliviado, y le dio una palmada en el brazo.

—Eso. Vení.

Se volvió hacia el rubio para decirle algo rápido, una frase corta que Lautaro no llegó a escuchar. Después le hizo un gesto a Lautaro para que lo siguiera hacia la barra.

Mientras caminaban, Lautaro no pudo evitar sentir que había tomado una mala decisión.

Manuel volvió de la barra con dos vasos en la mano. Le alcanzó uno a Lautaro sin decir nada, solo levantándolo un poco, como una invitación muda.

— Tomá — le gritó cerca del oído — Este está mejor.

Lautaro lo agarró y dio un trago sin pensar. Después otro. Y otro más. Bajó el vaso demasiado rápido, como si tuviera apuro por vaciarlo antes de arrepentirse.

Manuel lo miró de reojo.

— Paráaaa — dijo, medio riéndose — ¿seguro que está todo bien?

Lautaro asintió enseguida.

— Sí, sí. Tenía sed.

Manuel no dijo nada, pero frunció apenas el ceño, una mueca mínima que duró lo justo para que Lautaro no la notara. Levantó su propio vaso y tomó un sorbo más tranquilo, sin apuro.

— Venite — dijo después, apoyándole una mano en el hombro — Vamos a bailar un toque.

Se metieron en la pista, esquivando gente, cuerpos, vasos levantados. Al principio dejaron un espacio prudente entre ellos, moviéndose cada uno por su lado, sincronizados solo por la música. Era lo de siempre. Lo que habían hecho mil veces.

Sin embargo, algo estaba distinto.

Lautaro empezó a sentir calor enseguida. Un calor pesado, pegajoso, que no supo ubicar bien. Podía ser el boliche, el verano, el alcohol bajándole rápido. O todo junto. Se pasó una mano por la nuca, incómodo, y se aflojó un poco la remera.

Manuel lo miró y sonrió.

— ¿Mucho calor? — preguntó.

— Sí — respondió Lautaro — No sé qué onda.

Manuel se rió bajito.

— Es este lugar. Es un horno, no corre ni un aire.

Un empujón de atrás los acercó un poco más, lo suficiente como para que Lautaro sintiera el calor ajeno mezclarse con el suyo. Nada exagerado. Bailaban así, de costado, acompañando el ritmo, esquivando a los demás.
Lautaro notó que Manuel estaba más cerca de lo habitual. No pegado, pero cada vez más cerca. Cada vez que giraba, lo tenía ahí. Y cada vez que levantaba la vista, se cruzaba con sus ojos verdes.

Manuel le sonrió otra vez.

Una sonrisa tranquila, segura. Íntima de una forma que Lautaro no supo explicar. Como si no necesitara nada más que ese momento.

Y algo en esa sonrisa hizo que Lautaro empezara a mirarlo distinto. No de golpe, no como una revelación. Más bien como cuando algo familiar se vuelve extraño por un segundo y no sabés por qué. Manuel parecía más tranquilo con él, más cercano. Más… meloso, pensó, y enseguida se sintió ridículo por pensar eso.

El alcohol no ayudaba, sentía la cabeza un poco liviana, el cuerpo lento, las sensaciones amplificadas. La música le vibraba en el pecho, sentía que le zumbaban los oídos. Manuel estaba ahí, demasiado cerca para ignorarlo y demasiado lejos para tocarlo sin que fuera raro.

O eso creía.

Manuel se acercó un poco más, casi sin darse cuenta, y apoyó la mano en su brazo para mantener el equilibrio cuando alguien los volvió a empujar desde atrás. No la sacó enseguida. La dejó ahí, firme, como si fuera lo más natural del mundo.

Lautaro sintió como se le aceleraba el pulso.

Siguieron bailando así un rato más, apenas pegados. Mirándose más de lo habitual, sonriendo sin saber muy bien por qué.

Lautaro supo, en algún lugar de su cabeza que todavía intentaba mantenerse sobria, que estaba cruzando una línea. No sabía cuál, no sabía hacia dónde. Pero no tenía muchas ganas de retroceder ni de huir como había intentado antes, con Manuel se sentía cómodo por más de que sintiera que le estaba subiendo el corazón por la garganta cada vez que le sonreía.

La música cambió a algo más lento y Lautaro se tensó un poco. Manuel fue el primero en ajustarse al ritmo, bajando un cambio casi sin pensarlo.

Manuel se fue acercando más, apoyando el cuerpo de frente, no del todo pegado pero sí lo suficiente como para que Lautaro sintiera el movimiento ajeno mezclarse con el suyo. Una mano de Manuel cayó en su cintura, abierta, firme, como buscando sostenerlo en el lugar más que otra cosa. Lautaro tragó saliva y no se apartó.

El calor se volvió insoportable.
Le subía por el pecho, por el cuello, sentía la cara hirviendo, seguramente tenía los cachetes rojos como un tomate. Sentía la piel sensible, como si cualquier roce fuera demasiado.

Manuel lo miró, todavía sonriendo, con esa expresión tranquila que siempre tenía cuando bailaba.
Bajó un poco la cabeza para decirle algo, aunque la música tapó las palabras. Lautaro no entendió qué dijo, pero asintió igual.

No quería romper nada, no quería terminar el momento.

Bailaron así, cada vez un poco más cerca. El espacio entre ellos se achicó sin que ninguno lo decidiera del todo. El brazo de Manuel se afirmó un poco más en su cintura. Lautaro apoyó la mano en su hombro, después más abajo, como si necesitara algo donde agarrarse.

Y entonces pasó.

El rubio apareció de la nada, apoyándole una mano en el brazo a Manuel para llamar su atención.

— Che — dijo, acercándose a su oído — Me voy ya.

Manuel giró la cabeza hacia él, todavía con Lautaro cerca.

— ¿Ya? — preguntó.

— Sí, mañana laburo — respondió el rubio, sonriendo — Igual, re lindo todo.

Se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla, casi de pasada. Un gesto breve, natural, como quien se despide sin drama.

— Después hablamos — agregó, y se perdió entre la gente.

Lautaro sintió el golpe tarde, pero lo sintió.

Una presión en el pecho. Un calor distinto, más áspero. Se le tensó el cuerpo sin querer y dio un paso atrás, rompiendo la cercanía que habían tenido hasta hacía un segundo.

Manuel lo notó enseguida.

— Eh — dijo, sorprendido — ¿qué pasó?

Lautaro no respondió. Miró hacia cualquier lado menos a él.

Manuel frunció apenas el ceño, procesando.

— Che… — bajó la voz — ¿te incomodó eso?

Lautaro abrió la boca para negar, pero no le salió nada coherente. Se encogió de hombros.

— No — dijo — O sea… no sé.

Manuel dudó un segundo y después tomó una decisión. Le apoyó la mano en el brazo y lo guió un poco hacia un costado de la pista, donde la música seguía fuerte pero había menos gente empujando.

— Pará — dijo — Vení un segundo.

Se quedaron ahí, frente a frente, a una distancia prudente. Manuel lo miraba con atención, serio ahora, tratando de leerle la cara.

— Decime si te sentís raro — dijo — Posta, no pasa nada. Capaz te incomoda porque es un chabón, y está bien, no tenés que forzarte a nada.

No lo dijo a la defensiva. Lo dijo con cuidado. Con esa forma suya de hablar las cosas sin ponerlas más grandes de lo que eran.

Lautaro sintió una punzada de culpa.

— No es eso — respondió rápido, demasiado rápido — No me jode que sea un tipo.

Manuel levantó apenas las cejas.

— ¿No?

— No — repitió — Es… — se quedó sin palabras — Estoy medio en pedo, nada más.

Manuel lo miró unos segundos más, evaluando. Después asintió despacio.

— Bueno — dijo — Puede ser eso.

Se relajó apenas, aunque no del todo convencido. Sonrió de nuevo, más suave.

— Si querés salimos a tomar aire — propuso — O nos quedamos acá, como prefieras.

Lautaro lo miró y sintió, otra vez, ese vértigo raro en el estómago. La cercanía. La atención puesta solo en él. La forma en que Manuel no se había ido con el rubio, sino que estaba ahí, con él.

— Quedémonos. — dijo.

Manuel sonrió, como si eso confirmara algo.

— Dale.

Volvieron a la pista, esta vez más despacio. Sin pegarse tanto, o eso intentaron. Porque cada tanto, sin darse cuenta, el cuerpo los volvía a acercar.

Y Lautaro supo que, a partir de ese momento, ya no había forma de fingir que nada estaba pasando.

El bajo de la música le vibraba en el pecho a Lautaro, insistente, como si acompañara el desorden que tenía en la cabeza. Manuel seguía ahí, siempre atento, mirándolo de vez en cuando para chequear que estuviera bien.

Y eso, por algún motivo, fue lo que lo terminó de enloquecer.

— Manu — dijo Lautaro de golpe, levantando un poco la voz para hacerse escuchar — ¿Y por qué no te fuiste con el rubio?

Manuel parpadeó, sorprendido.

— ¿Qué?

Lautaro ya se estaba arrepintiendo, pero no pudo frenar.

— Digo… — se pasó la mano por la nuca — Te estaba buscando, ¿no? Pensé que ibas a irte con él.

Manuel lo miró fijo, con atención. Como si la pregunta hubiera abierto algo.

— Porque no tenía ganas — respondió, simple — Estoy con ustedes.

Ese "con ustedes" le cayó raro. Le apretó algo adentro.

— Ah — dijo Lautaro, y bajó la mirada — Claro.

Se hizo un silencio incómodo entre ellos. La música seguía, la gente bailaba alrededor, podían escuchar a Bauleti gritando algo desde no sé dónde, pero Lautaro ya no estaba ahí. Se le aceleró la respiración. Sentía que la cabeza le iba a explotar de tanto pensar.

No tendría que haber preguntado eso.

¿Por qué carajo le importaba?

—Yo... —dijo de nuevo, más apurado—. Yo… yo creo que mejor salgo a tomar aire.

Manuel abrió la boca para decir algo, pero Lautaro ya estaba caminando hacia la salida del sector, esquivando gente como podía. Sentía las manos temblándole. El ruido le empezó a molestar de verdad, como si le estuvieran gritando dentro del cráneo y las luces de colores moviéndose tan rápido lo estaban mareando.

Escaleras. Puerta. Aire.

El balcón del boliche no estaba tan lleno, había algunas personas que subían a fumar y se iban, pero era lo que necesitaba. Estaba más fresco, había más aire. Lautaro apoyó los antebrazos en la baranda y bajó la cabeza, respirando hondo, una vez, dos, tres.

No alcanzó.

— Lau.

La voz de Manuel llegó atrás suyo. Lautaro cerró los ojos.

— Perdón — dijo rápido, sin mirarlo — Estoy re pelotudo, no sé qué me pasa.

Manuel se acercó y se apoyó a su lado, sin tocarlo todavía.

— Te noto raro desde hace rato — dijo — Posta, ¿querés decirme qué onda?

Lautaro se rió sin humor.

— No sé, boludo, es que… — empezó, y sintió que no iba a poder parar — O sea, nada, estoy medio en pedo, y el calor, y la música, y vos, y recién el chabón ese, y no entiendo por qué me pegó así, porque nunca me pasó, y no es que me moleste que estés con un tipo, eso ya lo dije, pero tampoco sé por qué me quedé mirándolos, y después bailando con vos fue raro, pero no raro mal, raro como… — se quedó sin aire — No sé, no sé, no sé.

Se llevó las manos a la cara. Sentía los ojos arderle.

— Pará — dijo Manuel de golpe.

Fue firme. No brusco. Pero suficiente para cortarlo en seco.

Lautaro bajó las manos y lo miró. Manuel estaba serio ahora, completamente enfocado en él. Le apoyó una mano en el antebrazo.

— Pará un segundo — repitió — Respirá conmigo.

Lautaro obedeció casi sin pensarlo. Inhalar. Exhalar. Otra vez.

— No tenés que entender todo ahora — dijo Manuel, más bajo — Y no tenés que decir nada que no quieras. Pero no te hagas mierda solo la cabeza, ¿sí?

Lautaro tragó saliva. La garganta le dolía.

— Perdón — murmuró — No quería armarte una escena.

Manuel negó con la cabeza.

— No es una escena. Es vos estando mal — dijo — Y eso me importa.

Lo miró unos segundos más, evaluando algo que Lautaro no podía leer.

— Decime una cosa nada más — agregó — ¿te sentís así porque tomaste de más… o porque pasó algo conmigo?

La pregunta quedó suspendida entre los dos, mezclándose con el ruido lejano del boliche y la madrugada que recién empezaba.

Lautaro soltó una risa que no tenía nada de graciosa. Fue corta, nerviosa, casi un espasmo.

— ¿Qué? — dijo, negando con la cabeza — ¿Estás loco, Manuel? — se rió de nuevo, un poco más agudo que antes — ¿Qué me va a pasar con vos?

Lo dijo rápido, como si necesitara sacárselo de encima antes de que la idea terminara de formarse. Se pasó una mano por la cara, casi desesperado, los ojos le brillaban raro.

Manuel no se rió.

Se quedó mirándolo, serio, como si hubiera tomado una decisión interna.

— Yo… — empezó, y después se detuvo —Bueno. Ya fue.

Lautaro levantó la vista.

— ¿Ya fue qué?

Manuel respiró hondo.

— Siempre sentí una tensión entre nosotros — confesó — No ahora. Desde hace tiempo.

El mundo pareció bajar el volumen.

— ¿Qué tensión? — preguntó Lautaro, aunque la voz le salió más baja de lo que quería.

— Dale Moski... — respondió Manuel — ¿No lo sentís? En los streams, en casa, cuando estamos solos, cuando hay mucha gente... Yo pensé que capaz era cosa mía.

Lautaro no dijo nada. No podía. Sentía el pecho apretado, como si alguien le hubiera puesto una mano ahí.

— Nunca dije nada porque no quería incomodarte — continuó Manuel — Vos siempre dijiste que eras hetero. Yo respeté eso, lo respeto.

Hizo una pausa y tragó saliva, Lautaro podía ver en sus ojos una mezcla de preocupación y desesperación.

— Si estoy flasheando cualquiera, perdón. Posta. Fingimos demencia, hacemos de cuenta que esta charla nunca pasó y listo. No te quiero perder ni que te sientas raro conmigo.

Se acercó apenas, sin invadir.

— Pero lo que sea que estés sintiendo ahora… no lo escondas — agregó — Lo podés hablar conmigo. Siempre voy a estar para vos, Lauti.

Ese Lauti le pegó directo.

Algo se desarmó adentro de él.

Lautaro dio un paso hacia él sin pensarlo demasiado. El impulso fue más rápido que la cabeza. Se inclinó apenas, lo justo para cerrar la distancia.

Manuel reaccionó al instante.

Giró la cara, esquivándolo, y se quedó quieto, muy quieto, mirándolo fijo.

— ¿Qué carajos, Moski? — dijo, en voz baja, pero firme.

Lautaro se frenó en seco, el corazón a mil. Abrió la boca para pedir perdón, pero lo que salió fue otra cosa.

— Todo — largó de golpe, atropellado — Todo el tiempo que te vi con ese chabón me dieron celos. Me dio bronca, me dio calor, me dio ganas de irme, de quedarme, de separarlos, de… — se rió nervioso otra vez — No sé qué mierda me pasó. Nunca me pasó algo así.

Bajó la mirada.

Manuel lo miró unos segundos eternos. Después habló, despacio.

— Todo ese tiempo… — dijo — Yo me imaginé que el rubio eras vos.

Lautaro levantó la cabeza de golpe.

Manuel no desvió la mirada, no se achicó.

— Cuando bailaba con él — continuó — Cuando se acercó. Cuando lo besé en la mejilla. Todo el tiempo pensé en vos, quería que fueras vos.

El silencio se volvió espeso, cargado de cosas no dichas.

Lautaro tragó saliva.

— Eso no me ayuda — murmuró.

Manuel esbozó una sonrisa mínima, casi triste.

— Nunca dije que fuera a ayudar.

Se quedaron ahí, frente a frente, sabiendo los dos que algo había cambiado para siempre, aunque todavía no supieran qué iban a hacer con eso.

Se quedaron mirándose.

No fue incómodo. Fue denso. Como si el aire entre los dos estuviera lleno de cosas que no necesitaban palabras para existir. El ruido del boliche llegaba apagado, lejano, como si estuvieran en otro lugar.

Manuel fue el primero en moverse. Apenas.

— Si necesitás espacio... — dijo, despacio — te lo doy.

No sonó dolido. Sonó honesto, estaba dispuesto a correrse sin reproches.

Lautaro no apartó la mirada.

— No. — respondió enseguida.

Manuel parpadeó.

— ¿No?

— No quiero espacio — repitió — Eso es lo único que tengo claro ahora.

El silencio volvió a caer. Lautaro respiró hondo, como juntando coraje.

— Capaz… — empezó, y se detuvo — Capaz necesito probar algo...

Manuel sintió el golpe en el pecho, pero no se movió. No avanzó. No quiso asumir nada.

— ¿Qué cosa? — preguntó, en voz baja.

Lautaro dio un paso más cerca. No invadió. Solo acortó la distancia lo justo para que no quedara duda de a quién le estaba hablando.

— Vos.

La palabra quedó flotando entre los dos.

Lautaro tragó saliva, los nervios escritos en cada gesto, pero los ojos firmes.

— Bésame. — dijo, suave.

No fue una orden. Fue una petición. Casi un ruego.

Manuel cerró los ojos un segundo. Apenas un segundo, para decidir. Cuando los abrió, levantó la mano con cuidado y apoyó los dedos en la mandíbula de Lautaro, como si todavía estuviera dándole una última salida.

— Decime que estás seguro. — murmuró.

Lautaro asintió.

— No estoy seguro de nada — admitió — Pero de vos sí.

Manuel no dijo nada más después de eso, como si esas palabras hubieran terminado de romper algo que llevaba demasiado tiempo tenso, y se inclinó despacio, sin apuro, con una suavidad que no era duda sino cuidado. Fue acercándose hasta que el espacio entre ellos dejó de existir y los labios se encontraron primero en un roce leve que fue suficiente para que a Lautaro se le aflojara el pecho de golpe, como si el aire que había estado conteniendo durante años saliera todo junto, y cuando Manuel volvió a apoyarse un segundo más, esta vez con intención, el beso se armó solo, cargado de todo eso que venían sosteniendo sin nombre, con la mano de Manuel encontrando su cintura y afirmándose ahí como si hubiera sido siempre su lugar, y Lautaro respondiendo sin pensar, dejándose llevar por esa sensación de alivio extraño, como si recién ahora entendiera que esa tensión que siempre estuvo ahí no era algo que hubiera que esquivar sino algo que finalmente encontraba salida.
Se besaron así, despacio pero profundo, dejando que el cuerpo hiciera lo que la cabeza nunca se había animado a formular, hasta que se separaron apenas, no porque hiciera falta sino porque necesitaban aire, quedando igual de cerca.

Lautaro respiraba agitado, con el corazón desbocado y una mezcla rara de alivio. Manuel lo miraba como si acabara de cruzar una línea invisible, se quedó quieto, no sabía si avanzar o pedir disculpas. Por primera vez en mucho tiempo Moski se dio cuenta de que esta vez, no era él el que estaba sobre pensando lo que acababa de pasar.

— Yo… — empezó Manuel, nervioso — Si esto fue mucho, decime. Posta, no quiero—

— No. — lo cortó Lautaro enseguida.

Manuel se quedó en silencio.

— Me gustó — repitió, más firme — Pensé que iba a ser raro. Que me iba a hacer ruido en la cabeza o algo así. Pero no.

Se pasó una mano por la cara, todavía procesando.

— Fue… — sonrió sin darse cuenta — Fue lindo.

Manuel lo miró un segundo más y después sonrió también, esa sonrisa suya, abierta, aliviada.

— Me alegra — dijo — Tenía miedo de mandarme cualquiera.

Lautaro soltó una risa corta, todavía con el pulso acelerado.

— Igual — agregó, mirándolo fijo — si te soy sincero… me quedé con ganas de seguir besándote un poco más.

Manuel se rió, bajando la cabeza apenas.

— Bueno... — dijo — Eso lo podemos charlar en casa.

Lautaro asintió, y esta vez fue él el que buscó la mano de Manuel. Se la agarró sin dudar, como si fuera lo más natural del mundo.

Bajaron las escaleras del boliche así, juntos, esquivando gente, todavía medio en una nube. Cuando pasaron por donde estaba Santiago, lo vieron apoyado en la barra, charlando con alguien.

— Che gordo, nos vamos — dijo Manuel.

Bauleti los miró, miró las manos entrelazadas y volvió a mirarlos a ellos.

— Ah bueno... al fin — dijo — Pensé que iban a seguir haciéndose los boludos toda la noche.

Lautaro se rió.

— Cerrá el orto — le dijo, sin soltar la mano de Manuel.

— Vayan, vayan — agregó Bauleti, haciendo un gesto con la mano — Después veo dónde me voy a dormir...

Lautaro sintió el calor subir a sus mejillas y soltó una risa nerviosa. Manuel le dio un empujón suave al pasar, más automático que enojado, y siguieron caminando. Cuando salieron del boliche, el aire de la madrugada les pegó de lleno, más fresco que lo que habían sentido antes en el balcón. La calle estaba tranquila, casi vacía, y por primera vez en toda la noche Lautaro sintió que el ruido se le apagaba un poco en la cabeza.

Caminaron un par de cuadras sin decir nada, un silencio cómodo entre los dos, de esos que no piden explicación.

Lautaro supo que más adelante iban a tener que hablar, con la cabeza más limpia y las palabras en su lugar. No era urgente. Ahora sentía el cansancio en el cuerpo y la mano de Manuel firme entre la suya, como si siempre hubiera estado ahí.

Cuando llegaron al departamento, Manuel cerró la puerta detrás de ellos y se quedaron parados en el pasillo, mirándose, todavía medio torpes, como si no supieran bien cuál era el próximo movimiento.

Lautaro fue el primero en reírse bajito.

— Bueno… — dijo — creo que Bauleti va a rompernos las pelotas con esto por meses.

Manuel sonrió, relajado, y dio un paso más cerca.

— Que se la banque.

Se acercaron otra vez, sin apuro, besándose como si todavía estuvieran confirmando algo que ya sabían. No había ansiedad, solo esa necesidad tranquila de quedarse un poco más ahí, de tocarse, de sentir que eso seguía siendo real.

Esa noche alcanzaba con meterse juntos en la cama, besarse en la oscuridad y quedarse dormidos abrazados, enredados uno con el otro, sin necesidad de pensar en nada más.

Notes:

after midnightttt, i'm feeling kinda freaky, maybe it's the club lights
i kinda wanna kiss your boyfriend if you don't mind!!!!