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Cerró los ojos con fuerza e intentó que los sonidos que luchaban por salir de su garganta no se pronunciaran fuertemente.
Los labios de Giyuu abrían los suyos con cierta arrogancia y velocidad. A veces, los dientes ajenos chocaban ligeramente con sus labios y trataba de no estremecerse cuando la lengua tibia del otro comenzó a introducirse en su propia boca, queriéndolo alentar a replicar sus movimientos.
Sus puños se apretaban más a cada lado de su cuerpo, indecisos en si quedarse en ese lugar o tocar el cuerpo de Giyuu.
-Sanemi…- susurró su nombre en una oportunidad que se dio para tomar un poco de aire. Ni siquiera tuvo tiempo de responder algo antes de volver a ser apresado por los labios del otro chico.
Ambos, se encontraban sentados en las escaleras de aquel edificio solitario. Aun si era hora del almuerzo escolar, era poco probable que algún otro alumno o profesor rondara por aquellos rumbos. El sonido de las cigarras y de algunos autos de una avenida lejana, era los únicos sonidos presentes además de los provocados por sus propios cuerpos.
Estaba pensando en si hacer algo más además de aquello, sin embargo, fue nuevamente el de cabello azabache quien dio el primer paso. Sus dos manos se colocaron sobre sus mejillas. No era un contacto fuerte o exigente, pero le permitía sentir la calidez de la piel de Tomioka alrededor de su rostro.
Un suave tirón, de apenas unos pocos centímetros, hizo que el beso de profundizara con suavidad.
Entreabrió los ojos, empujado por la curiosidad por ver un poco del rostro de Giyuu, quien mantenía los ojos cerrados y el ceño fruncido, como si estuviese enfocando toda su atención en las sensaciones de sus bocas.
Sus manos al fin dejaron su sitio a los laterales para moverse con torpeza hacia la cadera de Giyuu, sosteniéndolo entre temblores y dejando que la camisa escolar se arrugara ligeramente entre sus dedos.
En respuesta, Tomioka frunció un poco más su ceño antes de también entreabrir sus párpados, chocando su mirada con la de Sanemi, quién, sintiéndose descubierto y algo avergonzado, volvió a cerrar sus ojos, castigándose internamente por parecer tan malditamente obvio.
El ritmo del beso se volvió precipitado. Los dedos índices y medios de Giyuu rozaron con cierta cizaña parte de su oreja, tomándolo desprevenido.
Recuperar el aliento era cada vez más difícil.
Pocos segundos después, la tensión se rompió cuando la campana de la escuela resonó con fuerza por todo el lugar.
No tuvo que detenerlo, por sí solo Giyuu dio un último mordisco suave antes de separarse entre fuertes respiraciones. Sus manos cálidas se deslizaron hasta usar una de ellas para cubrir parcialmente su propio rostro, queriendo estabilizar su respiración agitada.
Sanemi, también claramente abrumado, despegó sus dedos del uniforme escolar de Tomioka para ponerlo de manera casual sobre su propio pecho, percibiendo los latidos desbocados de su corazón.
Se mantuvieron por algunos segundos así, evitando mirarse directamente en una incómoda vergüenza.
-Deberíamos regresar al aula…- fue lo primero que dijo después de que su respiración se silenciara un poco, aunque aun sin el valor de mirarlo a la cara.
-Mas te vale haber quedado satisfecho. - se maldijo al notar que su voz había sonado mas ronca y atropellada de lo que pretendía, haciendo ver más patético su intento de sonar calmado.
Comenzó a levantarse, dispuesto a subir el resto de los escalones para regresar al pasillo mas próximo, cuando sintió cómo su mano era envuelta en la, ligeramente, más robusta de Giyuu, en clara señal de que se detuviera.
- ¿“Satisfecho”? Ni un poco. - Giyuu, quien aún se mantenía sentado sobre las escaleras, lo miró con sus típicos y profundos ojos azules, mientras ladeaba la cabeza. - Pero no podemos hacer más, todavía estamos en la escuela.
Shinazugawa no pudo evitar sonrojarse ante la respuesta del joven, claramente captando que, de haber estado en la casa de alguno de ellos, o en cualquier lugar tal vez un poco mas privado, el acto hubiese podido escalar más allá de un simple beso.
-Que idiota eres. - Respondió, pretendiendo ocultar su sonrojo mientras apartaba su mano de la de Tomioka.
No obtuvo ninguna queja, y aunque comenzó a subir los escalones, no tuvo la necesidad de voltear para saber que Tomioka también lo seguía a sus espaldas. Sintió que sus dedos eran nuevamente apresados por los del otro joven, esta vez sin intención de detenerlo, simplemente de caminar juntos.
Cuando llegaron al pasillo donde nuevamente se escuchaba el bullicio de las pláticas ajenas y la presencia de otros estudiantes, volvieron a separarlas.
Su dedo pulgar tocó sus labios, aun hinchados y tibios, recordando lo que hace minutos estaba sintiendo sobre ellos.
