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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-01-20
Words:
2,433
Chapters:
1/1
Comments:
1
Kudos:
21
Hits:
133

Perdido en la espiral

Summary:

Zoro se ha perdido muchas veces: en islas imposibles, en caminos rectos, en batallas que no tenían sentido. Pero perderse en su propia cabeza, en emociones que no sabe nombrar y en una espiral que siempre parece llevarlo al mismo lugar… eso sí que es nuevo.

Notes:

Disclaimer: One Piece le pertenece a Oda, yo hago esto con el afán de torturar a Zoro.

Notas de la autora: Este fanfic nació gracias a un tiktok de Suguru simp y le pedí permiso para utilizar su idea.

Nota 2: Extrañaba mucho estar en este fandom.

Work Text:

 

Perdido en la espiral

 

Esa mañana en especial, algo le molestaba a Zoro Roronoa. En realidad, se había estado sintiendo incómodo desde hace varios días. Raro, como si algo hubiera cambiado aunque todo se sintiera igual. No tuvo otro remedio que reír ante el último pensamiento. Lo cierto era que muchas cosas habían cambiado a lo largo de dos años, pero el cambio no se sentía natural. 

 

Bufó, frustrado, sin poder poner en palabras, o pensamientos, lo que le sucedía, y aunque la mayor parte del tiempo había logrado apagar cualquier indicio de incomodidad que le llegara a la mente, ese día estaba siendo particularmente imposible. 

 

Ni siquiera el entrenamiento inhumano que llevaba a cuestas lo había ayudado, y a eso, además de todas las emociones que ya le pesaban, lo hacía enojar. Se había pasado la última hora creando escenarios en su cabeza, en donde Luffy, o cualquier otro hacía una estupidez, y él enseguida saltaba a pelear a muerte con ellos. Pensaba que quizás así podría sacarse del sistema cualquier cosa que lo estuviera atormentando, y aunque moría de ganas por agarrarse a los golpes con cualquiera que le provocara, lograba controlarse, sin embargo, era ver a Sanji para sentir que la sangre le hervía, y no solamente eso, si no que empezaba a sentir un deseo casi maldito por acercarse a él y… ¿Y luego qué? 

 

Su cuerpo entero sentía la necesidad de entrar en contacto con la piel del rubio, de manera brusca, violenta. Un impulso desquiciado de descargar sobre él toda esa energía que había estado conteniendo durante las últimas semanas. Estuvo a punto de ir hacia él para hacer realidad su deseo, sin embargo, una pregunta apareció de la nada en su cabeza ¿Por qué precisamente el cocinero de pacotilla? Y no supo responderse inmediatamente. Dio la vuelta, aún más frustrado que antes mientras trataba de encontrar una respuesta. 

 

—¡Nami-swan! —Lo escuchó decir a lo lejos y Zoro solamente pudo imaginarse al cejas rizadas yendo hacia esa mujer llevando una bandeja repleta de jugo de frutas.

 

Se cabreó aún más. 

 

No lograba entender por qué Sanji era un baboso, patán degenerado, un arrastrado total si se trataba de mujeres ¿Qué les veía de especial? y aunque pudiera llegar a comprender que Sanji andaba en busca de favores físicos, por no decirlo de otra manera más vulgar, no lograba entenderlo del todo. Era consciente de que los atributos de las mujeres pudieran parecerles apetecibles a los hombres, después de todo, se trataba de pura biología, pero él, en calidad de hombre, jamás había sentido ese tipo de impulsos. Quizás el entrenamiento desde muy corta edad había educado a su cuerpo y a sus instintos. Y quizás por eso era que se cabreaba tanto con Sanji, porque no sabía detenerse ante los encantos de una mujer.

 

Lejos de sentirse un poco más relajado por haber insultado a Sanji con todo lo que tenía, aunque fuera de dientes para adentro, se sentía aún más irritado. Se revolvió el cabello y antes de seguir cargando el malestar, decidió que tomaría un largo baño. Cerraría la puerta con candado y se alejaría de todos por un rato. Quizás así pudiera meditar y calmarse un poco, pero ni el agua caliente, ni el vapor, ni los aromas de los productos de baño fueron suficientes para sacarlo de esa espiral de preguntas sin respuestas y pensamientos confusos. Todo lo contrario, solamente logró hundirse más. Lo que debió ser un baño relajante, se convirtió en un rápido que lo arrastró directo a las rocas de la confusión.



Suficiente.

 

Era un espadachín entrenado, no solo en el arte de blandir espadas, sino también en mantener la mente firme cuando todo a su alrededor se desmoronaba. Control, disciplina, enfoque. Eso era lo que siempre le habían enseñado. Así que recurriría a todas las técnicas que conocía para dejar de pensar.

 

Contó la respiración.

 

Un.

Dos.

Tres.

 

Nada.

 

Intentó vaciar la mente como lo hacía antes de un combate, imaginando un lienzo en blanco, silencioso, sin distracciones. Pero en lugar de calma, la imagen se llenó de ruido. De gestos que no quería recordar, de una risa que le crispaba los nervios, de una presencia que, para su desgracia, era imposible de ignorar.

 

Frunció el ceño y apretó los dientes para luego hundirse un poco más en la bañera. Dejó que el agua le cubriera las orejas, como si así pudiera ahogar los pensamientos. Funcionaba con los sonidos del mundo exterior, pero no con los que llevaba dentro. Esos parecían saber nadar demasiado bien.

 

Golpeó el borde de la bañera con el puño, sin fuerza suficiente como para romper nada, pero lo justo para descargar su frustración.

 

No entendía qué le pasaba, y eso era lo que más le molestaba. No era dolor, ni rabia común, ni siquiera celos. Claro que no era eso. Era una incomodidad persistente, como una piedra dentro de la bota, algo pequeño pero imposible de ignorar. Y, para su desgracia, tenía un nombre, unas cejas ridículas y la costumbre de sonreír como si nada en el mundo pudiera afectarlo.

 

Salió del baño cuando el agua ya no estaba caliente y la cabeza le pesaba igual que antes. Se secó sin prisa, se vistió y tomó una decisión simple y conocida: entrenar hasta que el cuerpo le pidiera tregua.

 

Si no podía callar la mente, al menos podía cansarla.

 

La táctica tampoco funcionó y Zoro tuvo que resignarse a ser un preso de su cabeza, pero si iba a ser de esa manera, tendría que serlo bajo sus propios términos. Fue hacia la alacena, después de cerciorarse que el cejas ridículas hubiera acabado de lavar los trastes de la merienda, y agarró sin pena las últimas botellas de sake y cerveza. Seguramente el maldito cocinero le echaría la bronca al día siguiente, pero eso no podía importarle menos. A esas alturas ya le daba igual que el pervertido lo atormentara en la vida real o en sus pensamientos. 

 

Subió a su habitación en el puesto de vigía, totalmente decidido a embrutecerse con la bebida, o al menos lo más que pudiera con la cantidad limitada de alcohol que tenía. Se sentó en el piso y fue destapando botella tras botella hasta que una voz molesta interrumpió su descenso a la locura.

 

—Así que tú te llevaste todas las botellas —dijo Nami, quien sin pedir permiso se sentó junto a él —, debí imaginarlo. —Tomó una de las botellas ya destapadas y bebió directamente.

 

El espadachín no estaba como para ponerse a pelear, así que la dejó ser. Pensaba que después de un rato se aburriría y lo dejaría en paz. Tras unos minutos la miró de reojo para comprobar el estado de la mujer y calcular en cuánto tiempo decidiría irse de allí, sin embargo, los ojos tristes de Nami lo golpearon en el pecho. Muy pocas veces había visto a la mujer con esa mirada y todas esas veces habían sido por razones más que válidas. Se puso alerta enseguida. 

 

—Habla. —No fue una petición amable ni considerada. Era más como una orden. 

 

En un inicio, la mirada fulminante de Nami lo atravesó por completo, pero a los pocos segundos, relajó los ojos, y de paso, todo el cuerpo.

 

—¿No crees que es triste? —Jugueteó con sus dedos, retrasando las frases que seguirían después de eso —. Somos piratas, nuestro hogar es el mar, tenemos el Sunny, a la tripulación, pero a veces se siente como si no tuviéramos un sitio al que volver. 

 

Si Nami hubiera llegado a él con la misma frase cualquier otro día, seguramente hubiera hecho lo posible para despacharla de ese lugar lo más pronto posible, pero al parecer, quería seguir indagando en el tema. Algo dentro de él le decía que quizás conversando con la mujer, algunas de sus dudas desaparecerían, o al menos encontrarían un poco de paz.

 

—Supongo que es el precio que debemos pagar para cumplir nuestros sueños. Todo implica un sacrificio. 

 

Nami lo miró sorprendida. No sabía que Zoro pudiera tener pensamientos así de profundos. 

 

—Si, lo sé.

 

Se quedaron en silencio durante un buen rato, tal y como habían estado haciendo antes de empezar a hablar, pero se sentía un poco distinto, empezaban a sentirse acompañados en el silencio y oscuridad de la noche. Zoro volvió a verla, esa vez con genuina curiosidad, y por primera vez la vio como lo que era. Una mujer hermosa, inteligente y llena de virtudes que tuvo que reconocer que admiraba. La quería mucho. Nunca había sido un secreto para él el cariño que le tenía a pesar de que casi siempre lo sacaba de quicio, pero si era la primera vez en la que se atrevía a reconocerlo. Los recuerdos lo llevaron a Kuina, a los tiempos en donde la vida era más sencilla. También quería a Kuina, la había querido mucho hasta el punto de hacerse ideas descabelladas. Lo que sentía por Nami se parecía mucho a eso que había sentido alguna vez por esa niña que no logró cumplir sus sueños. ¿Eso significaba que veía a Nami de otra manera? y ni siquiera tuvo que pensar demasiado para llegar a la respuesta correcta. No sentía atracción hacia Nami ni la había sentido hacia Kuina, y de hecho, tampoco la había sentido hacia ninguna otra mujer.

 

—¿Te arrepientes? —dijo lo primero que le llegó a la mente en ese momento. No estaba de humor para desentrañar aún más su cabeza—. Digo, de todo esto. De haber renunciado a tu aldea, a tu familia y a tus seres queridos por dibujar un mapa del mundo. 

 

Nami sonrió. En verdad subestimaba a los chicos de la tripulación.

 

—No me arrepiento de nada. —Nami estuvo a punto de decir algo más, sin embargo volvió a sorber el sake, dejando morir en el pico de la botella todo lo que la atormentaba—. Olvídalo, es algo que no entenderías. —Como Zoro no era y nunca sería de esa clase de personas que forzaba a las demás, decidió dejarla en paz, sin embargo, Nami parecía tener un par de asuntos atorados en el pecho, y sin necesidad de cualquier otro estímulo que el silencio, siguió hablando —. A veces me siento triste porque extraño a mucha gente. Y eso solamente me hace pensar en todo y en nada, y de una u otra forma, eso siempre me lleva a pensar en la misma persona —Nami volvió a beber, aún más lento de lo que ya había estado haciendo —. ¿Alguna vez has sentido algo tan fuerte por alguien que solamente quisieras tenerla cerca? ¿Alguien a quien quisieras ver cada día para encontrar las excusas más tontas solo para sentir su calor?

 

Y de pronto todo tuvo sentido.

 

Zoro había estado huyendo de eso desde hacía mucho más tiempo del que estaba dispuesto a admitir.

 

No solo desde esa mañana, ni desde el reencuentro, sino desde antes. Desde que lo había conocido.

 

Entre pensamientos inconexos, aparecían imágenes demasiado específicas para ser casuales: una silueta inclinada sobre la cocina, mangas arremangadas, el olor persistente de comida recién hecha mezclándose con el aire salado del mar y el tufo del cigarrillo. Una voz que sabía exactamente cómo sacarlo de quicio, burlona, confiada, demasiado cercana. La manera en que ese cuerpo ocupaba el espacio sin pedir permiso, como si siempre hubiera pertenecido allí.

 

Le crispó los nervios darse cuenta de lo fácil que esos recuerdos se abrían paso.

 

No eran pensamientos completos, ni escenas claras. Eran sensaciones. La irritación inmediata. El impulso absurdo de provocar una pelea solo para tenerlo enfrente. La necesidad casi violenta de chocar, de medir fuerzas, de sentir resistencia bajo los puños… y algo más, algo que no terminaba de encajar en ninguna de esas categorías.

 

Eso era lo que más lo enfurecía.

 

No era normal. No era lógico. Y definitivamente no era algo que pensara analizar.

 

Había pasado la vida entera sin detenerse a observar a nadie de esa forma. Sin notar gestos pequeños, rutinas ajenas, presencias que se volvían imposibles de ignorar. Y, sin embargo, últimamente le resultaba imposible no hacerlo. Como si su atención, traicionera, regresara siempre al mismo punto, por más que él se empeñara en apartarla.

 

El alcohol solo empeoraba las cosas. Aflojaba las barreras que había levantado durante años y dejaba pasar sensaciones que prefería mantener enterradas: el calor incómodo en el pecho, la tensión constante, esa mezcla confusa entre querer golpearlo e ir también un poco más allá.

 

Apretó la botella con fuerza, molesto consigo mismo.

 

No.

 

No iba a ponerle nombre a eso. Ni siquiera iba a permitirse el seguir pensando más, pero estaba cansado. Cansado de huir, cansado de pelear contra algo que parecía crecer cuanto más lo negaba. Un pensamiento atemorizante le cruzó por la mente, y de pronto, el deseo, el cariño, el amor y todos esos sentimientos que sabía que guardaba en el pecho empezaron a ordenarse, incómodamente claros. En un mundo donde la regla era que los hombres debían sentir deseo hacia las mujeres, no había espacio para pensar diferente.

 

¿Eso significaba que él no era capaz de sentir atracción como se suponía que debía? ¿Que estaba tan jodido por lo que fuera que le había pasado en la infancia que había aprendido a confundir rabia con impulso, violencia con necesidad?

 

Chasqueó la lengua y levantó la mirada hacia Nami.

 

—¿Qué rayos te pasa? — preguntó en el afán de pensar en otra cosa que no fuera el maldito cocinero.

 

—Extraño demasiado a Vivi.

 

—La única mujer que me ha gustado es Sanji en drag. —Le salió en automático. Ni siquiera tuvo tiempo de pensar en lo que estaba diciendo, ni siquiera supo cómo había llegado a esa conclusión, que a pesar de parecer ridícula y sin sentido, se sentía como la única respuesta lógica.

 

—¿Qué? —Si Zoro no hubiera estado tan inmerso en sus pensamientos, de seguro que hubiera reído hasta que la panza le doliera por la expresión que tenía Nami.

 

En cambio, Zoro solamente sonrió. Los pensamientos que en un inicio lo habían estado atormentando, en ese entonces se callaron. Como si su ser entero hubiese estado esperando esa revelación, todo dentro de él se calmó. Se había sentido tan bien decirlo que simplemente volvió a abrir la boca para repetirlo.

 

—Que la única mujer que me ha gustado es…

 

—Te escuché la primera vez, idiota. —Nami también sonrió.

 

Zoro se llevó la botella a la boca, pero en esa ocasión no fue para tratar de matar sus sentimientos. Y en ese momento lo supo. En realidad Sanji le gustaba mucho, ya sea vestido de mujer o no.

 

FIN