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Pit Stop: Una ultima vuelta, correr bajo la lluvia

Summary:

Hay carreras que no se corren en una pista y hay paradas que no son para cambiar neumáticos.
En un mundo donde las luces nunca se apagan, las cámaras siempre apuntan, y la piel debe parecer irrompible, un piloto se enfrenta al circuito más difícil; el de sí mismo.
Entre secretos, cicatrices invisibles y la presión de seguir corriendo aunque el alma pida tregua, lo que empieza como una pausa se convierte en algo más.
Algo inesperado...algo que podria cambiarlo todo.
Porque hay momentos que parecen una ultima vuelta.
Y amores que llegan justo cuando la pista esta mojada.

Notes:

Holis✨
Disfruten y comenten ❤️‍🔥.

Chapter Text

27 de noviembre 2022

La luz del amanecer se filtraba entre las cortinas de seda del dormitorio, pintando rayas doradas sobre la piel desnuda de Charles. Carlos lo abrazaba por detrás, su aliento cálido acariciando la nuca del monegasco. La noche anterior había sido una de esas raras ocasiones en las que Carlos se dejaba llevar: manos urgentes, susurros en español, promesas entrecortadas. "Eres hermoso", le había dicho mientras lo miraba a los ojos, y Charles le había respondido con un “Te amo”.

Un brazo dormido de Carlos yacía sobre su cintura. Charles contuvo la respiración, como si moverlo pudiera romper el frágil hechizo de aquel momento. Un año y tres meses, pensó. Todo ese tiempo aprendiendo que los besos de Carlos eran rápidos por las mañanas, aprendiendo a diferenciar su sonrisa auténtica de aquella que ofrecía a los medios, conociendo sus hábitos y gustos: desde cómo se preparaba el café por las mañanas hasta qué tipo de tela para las camisas le incomodaba.

—Buenos días, cariño —murmuró Carlos al despertar, arrastrando las palabras en un español que siempre derretía a Charles, recorriendo sus labios por el cuello del omega y haciéndolo estremecer.

Charles giró hacia él, sonriendo como un tonto. Su aroma a manzana y canela se mezclaba con el azafrán y el cuero de su alfa, creando una fragancia que le hacía pensar en el hogar. Por un instante, todo era perfecto.

Sus dedos se enredaron en el pelo de Carlos, tirando suavemente hasta que sus bocas chocaron en un beso lento y profundo. Charles deseó detener el tiempo en ese instante, donde Carlos era solo suyo, donde no había un pasado.

—Levántate… mi familia nos espera —susurró Carlos contra sus labios, y Charles sintió cómo su estómago se revolvía; adiós a su perfecto despertar.

—¿Podría… quedarme? —su voz sonó pequeña—. Diles que tengo una reunión.

Carlos rió, como si fuera una broma. Charles sintió cómo las manos de Carlos se posaban en sus caderas, hundiéndose en su carne como si quisieran moldearlo. Como si fuera de arcilla, pensó. Pero entonces el alfa se separó, estirándose como un felino satisfecho.

—Vamos, cariño. No te van a morder.

El aroma de Charles se espesó, el dulzor agriándose y llenando la habitación a pesar de los parches para el aroma que el omega casi nunca se quitaba.

—¿Estás seguro de que ellos… quieren que yo… vaya? —preguntó, jugueteando con el borde de la sábana.

Carlos ya estaba de pie, comenzando a alistarse.

—Claro. Eres parte de esto ahora.

Parte de esto. Sí, claro.


El restaurante olía a croissants recién horneados y champán de desayuno. La familia Sainz ocupaba una mesa junto al ventanal, con vista al Mediterráneo que brillaba como un espejo roto. La madre de Carlos, envuelta en un elegante vestido blanco, levantó la cabeza apenas los vio.

—Carlitos, aquí —dijo ella, señalando la silla a su derecha.

—¡Hijo! —el señor Sainz abrazo a su hijo, con una sonrisa que titubeó cuando lo vió—. Y…Charles—asintió hacia Charles, como si su presencia fuera algo que tolerara más no aceptará al menos no por completo.

La conversación fluyó en español, rápida y cortante. Charles se aferró a su taza de té, intentando descifrar palabras entre el murmullo.

—¿Jugaremos golf la próxima semana? —preguntó el padre de Carlos, cambiando al inglés solo cuando clavó la mirada en Charles—. Tú vendrás, ¿no?

—Aún… no soy bueno—respondió Charles, forzando una sonrisa—. Pero he estado…

—¿Recuerdan cuando Lando nos ganó a todos? —el señor Sainz lo ignoró por completo, cortando su omelet con un cuchillo que brillaba bajo la luz—. ¡Nadie nos volvió a ganar así!

Carlos sonrió, nostálgico.

—Fue un buen día.

Charles clavó las uñas en sus palmas. ¿En serio?

—Charles les ha hecho caso —dijo Carlos de pronto. —Ha estado practicando golf

—Ah, ¿sí? —la señora Sainz inclinó la cabeza con una sonrisa que hubiera pasado por genuina si sus ojos no lo hubieran estado midiendo con intensidad—. Lando tenía un hándicap impresionante…en cambio tu querido…la última vez fuiste un desastre

—Si…lo siento por eso… y aun no juego bien —murmuró Charles, odiando cómo temblaba su voz—. Y no creo que pueda ir, tengo

—Él solía acompañarnos cada domingo —interrumpió ella, pasando el dedo por el borde de su taza de té—. Era parte de la familia…él si se interesaba por pasar tiempo con nosotros

—Los acompañare la próxima vez—dijo y por un instante quiso lanzar su taza de té en la cara de su suegra—Cuando ya no sea un desastre como dice

—Que bien, querido—soltó ella con un tono demasiado dulce para ser genuino—Debes apreciar más nuestros consejos…es por tu bien…Landito siempre escuchaba mis consejos

Yo también…yo también lo hago, quiso gritar, pararse de la mesa y decirle a la señora Sainz que siempre la escuchaba, que, si obedecía, desde dejar las bandanas para el cabello hasta los colores de los sillones del departamento que él y Carlos compartían. Incluso le había hecho caso en seguir una dieta especial para omegas y había cambiado sus supresores por otros que ella le había indicado, ¿Qué más tengo que hacer?, se preguntó, apretando la taza con fuerza.

Ella lo noto, le dio otra sonrisa una que gritaba, compórtate, el aroma de la señora Sainz lo ahogo, rosas y azúcar, se sintió mareado en un instante, el aroma de la omega le hacía querer encogerse en su asiento, miro a su costado buscando consuelo en su alfa, pero Carlos estaba enfrascado en una conversación con su padre.

Iba a responder algo lo que sea, cuando un repiqueteo de tacones resonó en el lugar, Ana, la hermana menor de Carlos, llego corriendo hasta la mesa.

—Charles—dijo ella emocionada, lo abrazo primero a él antes que a los demás, se sentó a su lado, lanzándole una mirada de advertencia a su madre. —¿Estás listo para pasar tu primera Navidad en Madrid?

Él le sonrió agradecido, por su llegada, por su amabilidad, pero la señora Sainz no terminaba, ignoro a Ana y se concentró de nuevo en él.

—Lo siento querido… ¿Te molesta que hablemos de un… amigo de la familia? —preguntó, fingiendo preocupación—. Es solo que fue parte de la familia tanto tiempo

Charles abrió la boca para decir “Sí”, para gritar, “Yo soy el novio de Carlos ahora, ¿cuándo me van a tomar enserio? Me estoy esforzando para que lo hagan y todo sigue igual, ¿cuándo van a aceptarme?”, pero Carlos lo interrumpió poniendo una mano en su muslo.

—No le molesta —dijo, tomando un sorbo de café como si nada—. Charles no es celoso.

El té se le enfrió en la garganta. El resto del desayuno se convirtió en un martilleo de anécdotas en español, risas que no entendía y miradas que lo medían en silencio. Ana intervino de nuevo como un ángel de la compasión:

—Tu reloj es hermoso —dijo, señalando el Rolex de Charles. —¿Es nuevo?

Era un salvavidas de cortesía, pero Charles lo agarró con desesperación.

—Gracias. Es un regalo de…

—Carlos le regaló uno similar a Lando —comentó la madre, limpiándose los labios con una servilleta de lino—. ¿Recuerdas, hijito? Era plateado.

Carlos no respondió.

—¿Quieres más jugo, Charles? —intervino de nuevo Ana con una sonrisa amable.

—No, gracias —respondió, sintiéndose como un fantasma en su propia vida.


En el estacionamiento, el Ferrari rojo de Carlos brillaba bajo el sol, como una burla. Charles se detuvo, respirando el aire salado para no ahogarse.

—¿Por qué nunca me defiendes? —la voz le salió quebrada, como el cristal de una copa pisoteada—. ¿Por qué no les dices que me incomoda?

Carlos giró, con las cejas fruncidas.

—¿Otra vez con esto? Son solo… palabras.

—¡Son puñaladas! —Charles gritó, notando cómo el aroma a azafrán de Carlos se volvía ácido, agresivo—. Vivo en la sombra de Lando hasta en tu mesa familiar.

—Charles, por Dios, no exageres—dijo Carlos, abriendo la puerta del auto con un golpe seco—. No voy a discutir por tonterías. Entra.

Charles obedeció, conteniendo las lágrimas.

—Me duele, Carlos… cada vez que escucho a tu madre o a tu padre hablando de…

Carlos apretó el acelerador, saliendo del estacionamiento.

—No es personal. Solo hablan por hablar.

—¡Llevo meses soportando esto! —Charles golpeó el tablero, las lágrimas nublando su visión—. ¿Soy tu novio o… o un reemplazo barato?

En un semáforo, el alfa freno de golpe.

—Estás exagerando. Siempre igual: dramático, inseguro…

—¡Porque nunca me das seguridad! —Charles abrió la puerta, el viento salado le azoto el rostro.

—Entra al auto —advirtió Carlos—. No hagas una escenita por una tontería.

Charles miró el asiento del copiloto, donde Lando solía sentarse. Donde él ahora se sentaba, pero nunca pertenecía.

—Prefiero caminar —dijo, cerrando los puños para que no le temblaran.

Carlos no lo detuvo. El rugido del motor se alejó, dejando a Charles en una acera llena de turistas que fotografiaban yates que nunca tendrían.

El viento frío del Mediterráneo le azotó el rostro mientras caminaba por la Promenade des Anglais, con las manos enterradas en los bolsillos de su chaqueta. El aroma salobre del mar se mezclaba con el rastro persistente de Carlos que aún llevaba en la piel: azafrán y culpa. «Prefiero caminar», había dicho, y ahora cada paso le recordaba lo tonto que era. Lo tonto que siempre era.

Los turistas pasaban a su lado, riendo, algunos deteniéndose para pedirle un autógrafo o una foto. Charles apretó los dientes, evitando mirar el asiento vacío del Ferrari que imaginaba recorriendo las calles sin él. «No hagas una escenita», le había dicho Carlos, como si su dolor fuera una obra de teatro barata.

¿Exageré? ¿Soy yo el problema? Las palabras de Carlos resonaban en su cabeza como un eco venenoso.

Pensó en llamar a Jules y Lorenzo o incluso a Arthur para pasar tiempo con ellos, pero Jules y Lorenzo estaban de viaje con sus hijos y Arthur con sus amigos, además, llamar sería abrir la puerta a preguntas, explicaciones… preocupación, él no quería eso.

Su familia se llevaba bien con Carlos y así estaba bien, no necesitaba que nadie interviniera por él, Carlos se lo había dicho: “La relación es nuestra no quisiera que tú familia o la mía intervinieran”, y tenía razón porque si su familia se hubiera enterado de las cenas y almuerzos acompañadas de los comentarios de la señora Sainz, no habrían tenido paz.


Fue entonces cuando las vio: una pareja de ancianas sentadas en una banca, compartiendo un helado de vainilla. La alfa, con un sombrero elegante, le pasó el cucurucho a su esposa omega, riéndose cuando ella mordió demasiado y el helado le resbaló por los dedos arrugados. Algo en su complicidad, en la forma en que se sonreían la una a la otra, le clavó una punzada en el pecho.

¿Así será el amor después de décadas? pensó Charles, deteniéndose a metros de ellas. ¿Conversaciones sin palabras, miradas que entienden el dolor sin explicaciones? Carlos y él… ¿llegarían allí?

De pronto, imaginó a la familia Sainz en Navidad: la madre mencionando sutilmente o no a Lando, el padre tratándolo con indiferencia bien disimulada, Carlos fingiendo no escuchar. «Tienes que esforzarte más», se dijo, mordiendo el interior de su mejilla hasta sentir el sabor a sangre. Tal vez, si practicaba golf, si sonreía lo suficiente, si aguantaba una temporada más…

Las ancianas se levantaron de la banca, tomadas de la mano y con sus elegantes bolsos, mientras se dirigían a una tienda. Charles las siguió con la vista hasta que se perdieron entre la multitud, dos siluetas fundiéndose en el horizonte como un solo ser.

—No voy a perderlo —susurró, girando hacia el departamento con una nueva determinación.

El viento se llevó las últimas palabras, pero Charles corrió casi toda la cuadra, como si pudiera escapar de la duda que aún le susurraba: “¿Y si él ya no quiere hablar?”

El departamento olía a azafrán mezclado con manzana y nostalgia. Charles cerró la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera ahuyentar la frágil esperanza que le latía en el pecho. Las llaves de Carlos no estaban colgadas en el perchero; no había llegado todavía. "Exageré", pensó, deslizando los dedos sobre la mesa del recibidor. “Lo voy a solucionar”.

Encendió la radio. Una canción en francés de los años 80 llenó el silencio mientras abría el libro de recetas españolas que Carlos le había regalado en su primer aniversario. Paella Valenciana, decidió, aunque las instrucciones le resultaron difíciles de seguir. No importaba. Quería recrear aquella noche en Barcelona, cuando Carlos lo arrastró entre risas por la calle de Campoamor y le susurró al oído: “Eres especial para mí”.

Charles revolvió la paella con manos temblorosas, el calor del fogón enrojeciendo sus mejillas. La cocina le trajo recuerdos de él y Carlos tratando de cocinar, pero quemando todo. «Si cocinas con rabia, el arroz se pega; aunque siempre se te pega», le había dicho Carlos, riéndose mientras le quitaba la cuchara de madera para probar el caldo. Ahora, Charles apretaba el mango hasta que le dolían los nudillos, como si el esfuerzo físico pudiera ahogar el nudo en su garganta. Rehízo la paella dos veces; la tercera al menos se veía comestible, y el sabor no era malo. “El esfuerzo cuenta, ¿no? No, no lo hace”, se dijo a sí mismo. Este almuerzo tenía que salir perfecto.

—Tiene que salir perfecto —susurró. El reloj en la sala marcaba las 11:30 AM. Carlos llegaría pronto. Tenía que llegar.

“28 de julio de 2021

Carlos lo arrastraba entre las callejuelas de Barcelona, riendo como un niño mientras le mostraba sus lugares favoritos. Charles, con una gorra y gafas de sol, solo podía seguirlo embobado.

—¿Sabías que aquí se besaron por primera vez mis abuelos? —Carlos señaló una plaza llena de palomas.

—¿En serio? —Charles sonrió, sintiendo que su corazón le latía en la garganta.

Al día siguiente, en Madrid, Carlos lo llevó a un mirador al atardecer. El viento jugaba con el aroma a cuero y azafrán del alfa mientras sostenía un anillo sencillo.

—No es para casarnos —aclaró Carlos, riendo nervioso—. Pero quiero que seas mío… Oficialmente... ¿Charles, quisieras...?

Charles dijo que sí antes de que terminara la pregunta, lanzándose a los brazos del alfa para besarlo.”

El timbre del reloj dio las doce, sacándolo del hermoso recuerdo. Charles miró la puerta. Nada.

—Seguro está en una reunión —murmuró, alisando el mantel de lino que la madre de Carlos les había regalado hace unos meses.

El reloj marcó las 12:15 PM cuando terminó. La mesa estaba impecable: cubiertos de plata, un jarrón con flores y una botella de Amarone, la mejor que encontró. Charles se sentó, jugueteando con el anillo de plata que Carlos le había dado. “Solo necesita tiempo”, pensó, mirando su reflejo en la cuchara. “Siempre vuelve”.

—No fue su culpa —se repitió; él había sido dramático, inseguro. Carlos solo estaba estresado por la temporada, por la presión de Ferrari, por… por todo.

A las 12:40 PM, la paella descansaba sobre la mesa, aún humeante y dorada. Charles revisó su teléfono. ¿Un mensaje? ¿Una llamada? Nada.

—Estará ayudando a su padre en algo —murmuró, para sí mismo.

A las 2:03 PM, el arroz se había secado, formando una costra crujiente. El aroma de la comida se mezclaba con el leve olor agrio de su propia ansiedad. Abrió las ventanas, dejando que la brisa marina arrastrara tanto el olor como unas cuantas lágrimas.

—Quizá tuvo una emergencia —se mintió, recostándose en el sofá de cuero negro donde Carlos solía dormir la siesta.

Las horas se arrastraron. El sol se coló por las ventanas, proyectando sombras alargadas sobre los platos fríos.

A las 3:00 PM, envió un mensaje: "¿Llegas pronto?".

A las 5:00 PM: "¿Estás bien?".

A las 7:23 PM: "Carlos, por favor."

Ninguna respuesta.


Revisó Instagram; cada publicación de los otros pilotos se sentía como una puñalada de envidia. 

@lewishamilton: Una foto en el jardín de una casa bávara, cubierta de nieve. Nico Rosberg sonreía radiante, sosteniendo a su nuevo bebé envuelto en una manta de lana. A su lado, Lewis cargaba a sus mellizos de cinco años, ambos de cabello oscuro y rizado, y ojos del mismo azul que los de Nico. Roscoe, el bulldog, estaba sentado junto a ellos. El pie de foto decía: “Caos perfecto 🏎️❤️”.

Charles contuvo la respiración. Eso es lo que quiero, pensó, imaginándose en medio de risas infantiles, enseñando a un niño pequeño a sostener un volante de juguete.

—Ni siquiera paso tiempo con tu perro —le reclamó a una foto de Carlos que estaba sobre una repisa, deslizo el dedo en la pantalla con demasiada fuerza hacia la siguiente historia.

@pierregasly: Un vídeo en el que Yuki caminaba bajo una lluvia de pétalos de cerezo por un sendero cerca del templo Kiyomizu-dera. A su lado, Pierre fingía tropezar. Cuando Yuki se volvió a verlo, el francés, arrodillado, sostenía un anillo de compromiso; el diamante brillaba. La cámara tembló un poco, y se escuchaban murmullos emocionados.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Yuki, tapándose la boca con las manos, dejando clara la alegría y la sorpresa en su voz.

—¿Quieres casarte conmigo? ...Por favor… —preguntó Pierre en un japonés torpe, con la voz temblando tanto como sus manos. Yuki se quedó congelado, con una sonrisa en el rostro.

Pierre, nervioso, se lo preguntó de nuevo en francés y en inglés. Pero Yuki seguia congelado en su lugar, el francés comenzó a mostrarse preocupado, pero entonces Yuki soltó un jadeo, riendo y llorando al mismo tiempo.

—¡Sí, sí, SÍ! —gritó el omega japonés, abalanzándose sobre el alfa, derribándolo entre risas. Las familias de ambos irrumpieron desde detrás de los árboles, abrazándolos al grito de “¡Kampai!” mientras los pétalos de cerezo seguían cayendo.

¿Algún día nos sentaremos así, con tus padres mirándome como algo más que un error? Se preguntó el monegasco. ¿Tenemos un futuro?

@lance.stroll: Una serie de fotos. Un selfie de Esteban y Lance besándose frente a la Torre Eiffel. Un video en Montreal, ambos patinando sobre un lago congelado. En la última, Esteban mordía juguetonamente el cuello de Lance, cuyo cuello mostraba la marca de un apareamiento reciente. «¿Qué creen? ¡Sí estamos juntos! 😘».

Charles se sorprendió. Esteban y Lance apenas llevaban saliendo seis meses; casi nadie sabía que estaban juntos. Había rumores de que los habían visto en pequeños viajes, y la gente siempre preguntaba, pero ellos solo soltaban una risita, dejando a todos en la expectativa. Sin embargo, ya se habían apareado.

Entonces recordó cuando Carlos le había propuesto aparearse, pero él había rechazado la idea. No se sentía listo. Si era sincero, le daba miedo aparearse; llevar la mordida de un alfa significaba entregarse de una forma muy seria, y eso le aterraba. Por eso no había dejado de tomar supresores desde 2018; desde ese entonces no había pasado por un celo. Tenía miedo de que, en ese estado, donde no tenía uso de razón, pidiera ser marcado; la idea le aterraba.

Él había visto de cerca lo que puede causar una mordida de apareamiento; jamás se le olvidaría ver a su madre agonizando tras la muerte de su padre. Ella estaba al borde de la muerte y la única solución había sido borrarle la marca de apareamiento. El proceso no era sencillo; muchos morían al someterse a ello, pero su madre sobrevivió por suerte, ahora había vuelto a ser la misma dulce mujer de siempre, pero el miedo de Charles no se había ido.

En aquella ocasión en que le dijo que no a su novio, no discutieron, pero Carlos se fue, y lo vio directamente en Bélgica antes de las pruebas para la carrera. Charles solo quería tiempo para pensarlo un poco, pero también temía tardar demasiado y perder al único alfa que parecía tomarlo con seriedad. ¿Esto vale la pena? Se preguntó a sí mismo.

@schecoperez: Una serie de fotos. Max, rígido pero sonriente, posaba junto a Sergio y su familia. En otra imagen, Sergio mordisqueaba un elote mientras Max le apartaba el cabello de la frente; en otra, el padre de Pérez los abrazaba como si fueran el centro de su universo. “Descanso merecido ❤️🔥”.

Charles detuvo el scroll. ¿Cómo lo hicieron? se preguntó. Recordó la carrera de Brasil: Max negándose a cederle la posición a Checo, la fuerte discusión fuera del hospitality de Red Bull.

Sergio le había gritado a Max: “¡Sabes que vete a la mierda... esto... nosotros... fue un error... fue un error haber aceptado salir con un niñito berrinchudo!” Max observaba a Sergio de forma despectiva y le respondió: “Sí, tienes razón, fue un error... no eres el único que se arrepiente”.

Pero antes de que el holandés se marchara, Sergio le había lanzado una frase que había dejado a todos atónitos: “¡Sin mí no hubieras ganado tu primer puto campeonato! Aunque sabes que, mi amor, empiezo a creer que si se lo robaste a Lewis”. Max se había acercado a Sergio con los ojos rojos de rabia y le había contestado: “Gané ese campeonato gracias a mí, ¿me entiendes? Mientras tú, ¿qué eres? Solo un…” Antes de que el rubio pudiera terminar esa frase y la discusión escalara más, la jefa de prensa de Red Bull apareció y los llevó dentro del hospitality, pero las fotos y videos capturados en ese momento se habían vuelto virales por todo internet.

Y ahora, ahí estaban, sonriendo y amándose. Charles apretó el teléfono hasta que la pantalla crujió. Todos tenían a alguien. Todos menos él.

—Si ellos pueden… ¿por qué nosotros no? —murmuró, mirando la paella fría que seguía intacta.

Otra notificación apareció, @georgerussell63. No, cualquier cosa que hubiera subido George seguro involucraba a Alex, y ya estaba harto de ver tantas parejas felices. No iba a poder soportar verlos a ellos. Se conocieron en los karts y nunca se soltaron; George era el omega vivaz que siempre tenía un pretexto para tener a su alfa cerca y Alex el alfa tierno que consentía a su omega, si George decía que quería una cena romántica Alex ya estaba reservando el mejor restaurante. Solo amor y amor, y Charles los envidiaba tanto.


El viento golpeó las ventanas, trayendo consigo el eco lejano de risas callejeras. Charles se frotó los brazos sintiendo un poco de frío, pero su cuello le ardía; ahí, justo donde estaba el parche, le quemaba. Lo arrancó con fuerza, y de inmediato notó cómo su aroma a manzana y canela se había vuelto agrio, como fruta podrida desde hacía muchos días, semanas tal vez; era insoportable. ¿Olerá Carlos mi desesperación?, se preguntó, imaginando que su alfa aparecería en la puerta, arrepentido, jurando cambiar.

Pero el apartamento seguía en silencio.

A las 11:17 PM, se arrastró hasta la cama, envolviéndose en la frazada que olía a Carlos. El departamento era un eco de ausencias: zapatos sin recoger, chaquetas colgadas con prisa, el silencio de un teléfono que nunca vibraba.

—Estará con su familia —se dijo, enterrando el rostro en la almohada. O…

Su mente le mostró imágenes prohibidas: Carlos riendo con un omega de rizos castaños en un bar, Carlos abrazando a alguien más, Carlos marcando a otro omega…

—No —susurró Charles, ahogando un gemido en la tela. Carlos no era así. Carlos lo quería. ¿Verdad?

A las dos de la madrugada, seguía despierto. El viento golpeaba las ventanas. En algún lugar de la ciudad, un coche aceleró. Charles contuvo la respiración, esperando oír el rugido familiar del motor, pero solo llegó el silencio.

—Él va a disculparse cuando llegue —le dijo al vacío, fingiendo seguridad—. Estaremos bien.

—Él no va a echar por la borda todo este tiempo que hemos estado juntos—continúo hablando con el vacío esperando una respuesta—Un año y tres meses tiene que significar algo…él me quiere.

Se lo repitió, como un mantra.

3:03 AM

No pudo evitarlo, tomo su celular de nuevo, entro a Instagram desde su cuenta privada y busco el perfil de la persona con la que soñaba hasta despierto: @lando

No había fotos nuevas, pero si una historia, dudo en entrar, por un momento imagino una foto de Lando sonriente mientras Carlos lo abrazaba, cerro los ojos, Carlos no le haría eso.

Hizo clic en la historia, solo era la foto de un vuelo, un atardecer hermoso, Lando ni siquiera estaba en Mónaco, en la imagen decía: Inglaterra❤️. ¿Iba a Inglaterra? O ¿Regresaba a Mónaco?

Tiro el teléfono frustrado.

Lo tomó de nuevo, reviso los perfiles de todos los amigos y familiares del británico, no había nada, reviso hasta las páginas de los fans, quiso revisar el perfil privado del otro omega, pero este lo seguía teniendo bloqueado, desde 2021, desde la primera foto que Carlos y él habían subido juntos.

Esa foto había sido todo un drama, algunos los felicitaron, pero otros lo acusaron de ser el tercero en discordia, de haber separado a Carlos y Lando.

No fue así, jamás habría tenido algo con Carlos mientras el alfa estuviera con otro, solo que las cosas se dieron rápido entre ellos, Carlos y él conectaron desde el principio, cuando el alfa llegó a Ferrari aún estaba con Lando pero se veía tan deprimido que él se dio la tarea de por lo menos sacarle una sonrisa, eran amigos.

Recordó a Pierre diciéndole: Aléjate de Sainz…no te conviene calamar. Él solo contesto con un: Somos amigos.

Lando empezó a lanzarle miradas frías y a murmurar con otros cuando lo veía, Max y Alex comenzaron a verlo diferente ambos alfas lo saludaban cordialmente lo trataban como siempre pero él sabía que ambos eran amigos de Lando, George en cambio se le acercaba con la sonrisa de alguien que quería información un omega que sentía el aroma de un buen chisme a lo lejos y también era amigo de Lando, y un día cuando reviso su cuenta privada de Instagram se dio cuenta que el británico lo había bloqueado.

Pero un primero de junio, Carlos le contó que había terminado con Lando, las cosas cambiaron desde ahí, el alfa empezó a portarse diferente, le dejaba rosas, dulces, las miradas cambiaron, los halagos en español empezaron a ser parte de todos los días y un 28 de julio ya eran novios, publicaron una foto ese mismo día, ese mismo día Lando lo bloqueo.

El primer mensaje que le llegó esa vez fue de Pierre: Tu sabes que haces solo no me hagas decir te lo dije, felicidades calamar.

Probó con otra cuenta, también bloqueado. El perfil privado de Lando era inaccesible solo le quedaba conformarse con observar el perfil público del británico y torturarse con las fotos viejas que habían allí, fotos donde Lando y Carlos eran la pareja feliz.

Ay Charles que masoquista que eres, se dijo así mismo.


4:07 AM

La puerta del dormitorio se abrió con un chirrido que cortó la oscuridad como un cuchillo. Estaba sentado en la cama, con las sábanas frías enrolladas alrededor de sus piernas y las uñas clavadas en las palmas, dejando medias lunas rojas. No había dormido. No podía. El aroma a azafrán del departamento se había vuelto rancio, mezclado con el recuerdo de la paella abandonada en la mesa del comedor.

Carlos entró con paso tambaleante, apenas podía mantenerse de pie. Traía un ramo de rosas rojas, las flores eran tan grandes que casi ocultaban su rostro. La luz del pasillo recortó su silueta: camisa celeste arrugada y manchada con algo, tres botones desaparecidos cerca del cuello, el pelo despeinado como si hubiera corrido contra el viento. Charles inhaló profundamente, buscando en el aire algún rastro de otro omega. Pero solo captó el jabón barato de hotel, ácido y artificial; sin embargo, bajo ese aroma, había algo más, un perfume dulzón que le recordó a caramelos quemados. Algo nuevo... No, no era nuevo; había sentido ese aroma hace meses, pero ¿dónde? Era algo que no pertenecía a Carlos.

—Lo siento —murmuró Carlos, avanzando a trompicones hacia la cama. Su voz sonaba ronca, como si hubiera gritado toda la noche.

—¿Dónde estabas? —preguntó Charles, notando el nerviosismo del alfa.

Carlos evitó su mirada, dejando las rosas sobre la cómoda. El ramo resbaló, dejando un pétalo sangrante sobre el mármol.

—Lo siento... Estuve con mi primo y unos amigos llegaron de España y—tragó saliva, los dedos temblando al desabrocharse el reloj—. Mi celular se arruino...un accidente

El aroma a alcohol emanaba de Carlos como una niebla espesa. Charles se levantó de la cama, sus pies descalzos encontrando el suelo frío. Cada paso hacia el alfa fue una batalla.

—Ayer preparé paella —murmuró, deteniéndose a un metro de distancia—. La mesa estaba lista al mediodía.

Carlos se acercó, intentando tomar su mano, pero Charles retrocedió. El perfume artificial le picaba en la nariz; sin embargo, ese leve acercamiento le bastó para reconocer un rastro muy tenue de durazno. No quería hacerse ideas, pero conocía a alguien que olía a durazno. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser justo ese aroma?

—Te traje flores —insistió Carlos, señalando el ramo con una sonrisa torcida—. Pensé que…

—¡Las quería ayer! —Charles cortó el aire con un gesto brusco—. Cuando te esperaba.

Carlos cerró los ojos, frotándose las sienes.

—No empieces con el drama, cariño. Solo fue una noche de copas.

Carlos intentó tocarlo de nuevo, pero Charles retrocedió. Fue entonces cuando lo vio claramente: una marca en su cuello, pequeña y violácea, como el rastro de unos dientes contenidos.

—¿Eso también fue un accidente con tu primo? —señaló la marca, la voz quebrada por una risa amarga.

Carlos se llevó la mano al cuello.

—¡Fue una botella en el club! —las palabras se deshicieron en su garganta, ahogadas por el aroma ácido que emanaba de Charles.

El monegasco lo agarró de la muñeca, arrastrándolo frente al espejo del vestidor.

—¡Mírate! —gritó, los dedos hundiéndose en la carne de Carlos como si quisiera exprimir la verdad—. ¿En qué maldito club pierdes botones y te muerden el cuello?

—¿Crees que soy un…? —la voz del alfa se quebró—. No soy un mentiroso.

—¡¿Entonces qué es esto?!

—¡Fue sin querer! —Carlos se liberó con un tirón—. ¿Vas a desconfiar de mí por cada moretón?

El omega retrocedió. Las rosas en la habitación desprendían un aroma empalagoso que le recordaba a funerales.

—Te esperé por horas —murmuró, observando cómo los pétalos caían sobre las sábanas—. Llamé. Te escribí. ¿Sabes lo que es mirar un plato frío durante horas y creer que estás muerto?

—Estaba con mis amigos… ¿ni siquiera puedo estar con mis amigos ahora?

—No es así

—Parece que si

—Son las cuatro de la mañana—señaló el reloj desesperado—¿Qué quieres que piense? Llegas así y…

 —Perfecto—el alfa soltó una risa amarga interrumpiéndolo—Ponme un chip de rastreo si quieres o llama a todos mis amigos…vamos controla mi vida

—¡No quiero controlar tu vida! —una oleada de culpa lo atravesó—Lo siento…yo solo quiero una respuesta.

Carlos intentó tomarle la mano, pero Charles la escondió tras la espalda.

—Lo siento… fue un error—el alfa soltó un suspiro cansado— Estaba molesto por lo del desayuno, necesitaba… desconectar. 

—¿Y desconectar incluye llegar a estas horas oliendo a…? 

—No te armes películas en la cabeza —el alfa se tensó, su voz se quebró en la última palabra. 

—Tú te ausentas. Y… —Charles tragó saliva, las palabras atoradas—. Nunca me has dicho que me amas... Y ahora llegas oliendo a alguien más. 

Carlos lo miró como si acabara de apuñalarlo. 

—¿A alguien más? ¡No hay ningún “alguien más”! 

—¡¿Cuántas veces tengo que pedirte que me elijas?! —gritó, las lágrimas quemándole las mejillas—. Tu familia me despedaza en cada comida, te escapas por días, no te tomas en serio lo nuestro. 

Carlos dio un paso adelante, las manos en alto, como si intentara calmar a un animal salvaje. 

—¿Yo? —su voz se endureció—. Tú no quisiste aparearte conmigo. Tú decidiste no llevar mi marca. ¿Por qué dudaste de nosotros primero? 

El golpe fue bajo. Charles sintió que el suelo cedía bajo sus pies. ¿Cómo se atrevía? ¿Era eso cierto? ¿Su miedo a la mordida final había alejado a Carlos? 

—Te dije que no estaba listo —susurró—. No es lo mismo que… esto. 

Carlos aprovechó el silencio para tomarle las manos, sus dedos cálidos y ásperos. 

—Podemos solucionarlo. Dime qué necesitas. 

—Dime qué día es hoy —pidió el omega con un susurro.

El alfa lo miró confundido, y Charles sintió que las lágrimas le llenaban los ojos. Carlos lo vio preocupado y entonces miró el calendario en una de las paredes: 28 de noviembre, un mes más juntos. Ambos se quedaron en silencio, por un largo rato. 

—Te traje flores— dijo el alfa, en un susurro débil. —Voy a comprarte algo bonito mañana...y unos chocolates

—No me interesa eso—replicó Charles, con un nudo en la garganta—¿Carlos tu me quieres?

—Claro que si—respondió rápido Carlos—¿Qué clase de pregunta es esa?

Por un momento Charles vio al mismo Carlos que lo había llevado a recorrer las calles de España, entre risas y besos, una ráfaga de esperanza inundó su pecho.

—Entonces…dímelo—suplicó con la voz temblorosa—Por favor

Fue un error, la mirada de Carlos cambio, la duda y el miedo inundaron esos ojos cafés que él tanto amaba

—Charles—advirtió, Carlos—Yo…tu no quieres que te diga algo así solo porque me lo pides…te lo voy a decir te lo juro solo…dame tiempo cariño

Charles observó sus propias manos entre las de Carlos, tan familiares y, de pronto, tan ajenas. Quiso creerle. Quiso borrar la imagen de esa marca en su cuello, el perfume ajeno, los botones perdidos. Quiso volver a Madrid, al mirador, al beso. 

—Arreglemos esto —susurró el alfa—. Hablaremos después… cuando esto se calme. 

—Está bien —cedió, su voz convertida en un hilo—. Hablaremos más tarde. 

Carlos sonrió, aliviado, y soltó sus manos para desabrocharse la camisa. 

—Voy a ducharme. 

Mientras el alfa desaparecía en el baño, Charles se quedó mirando las rosas. Las tomó con cuidado, sintiendo el peso de los tallos espinosos. Por un segundo, imaginó lanzarlas contra la pared, ver los pétalos estallar como gotas de sangre. En vez de eso, las colocó de nuevo en la cómoda. 

El sonido del agua corriendo lo envolvió. Charles se acercó al espejo de la habitación, y con un dedo, trazó el contorno de su cuello, intacto, sin mordidas. 

“Podemos solucionarlo.” 

Las palabras resonaban huecas. Pero eligió creerlas, así como decidió ignorar el aroma a limón y jabón de baño que aún impregnaba el aire, y ese leve rastro de durazno. Cómo eligió no preguntar más por qué, en el cuello de Carlos, la forma de esa "botella" se parecía demasiado a unos labios. 

Afuera, el amanecer comenzaba a pintarse. Charles se recostó en la cama, respirando el vacío. 

“Todavía hay esperanza”, pensó, mientras las primeras lágrimas calientes le quemaban los párpados. 

En el baño, Carlos frotaba su piel con fuerza bajo el agua hirviendo.