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No recordó con exactitud qué la motivó a aceptar esa extraña tregua. Quizás por la surreal apariencia de aquella chica, la silenciosa atmósfera que constantemente amenazaba con engullirla por completo. Los rayos del sol que filtraban por el gran ventanal de la sala. O simplemente por la curiosidad de un camino diferente al aburrimiento de su día a día, harta de la eterna espera de un cambio que no parecía llegar, y que decidió alcanzar ella misma. En este instante.
Su mano estrecha en medio de una solitaria sala, a la penumbra de una casa con las luces apagadas, sólo percibió frío. Aún así, la mantuvo en alto.
Porque ella podía ver, mas no sentir, que no estaba sola.
“¿Está segura de esto…?” Escuchó aquella voz cuestionar. Miorine levantó la vista del suelo, la poca costumbre de interactuar con otros pasándole factura ahora que debía vivir con alguien más. Su cara de pocos amigos ayudó menos, pues un respingo se percibió de esa tímida mujer, acompañado de unos ojos azules que mostraban más emociones de las que ella podía reconocer.
Realmente, ¿por qué dijo que quería llevarse bien con ella?
Suspiró, en un pobre intento de hacer valer su corta paciencia. “¿Preferirías que te saque de la casa, entonces?”
Tampoco es que fuese posible, pensó Miorine.
Tras un par de tortuosos segundos, una mano temblorosa fue extendida en su dirección. Instintivamente, Miorine intentó alcanzarle, como si buscase darle un empujón a la extraña y de una vez finalizar con este saludo que había tomado más tiempo de lo que quiso desperdiciar en un principio.
Su mano sólo pudo agarrarse del frío de la noche, a pesar de estar a una distancia lo suficientemente cerca para sentir el calor de la otra.
Miorine bufó. “Tu nombre. ¿Cuál es?” No fue un tono amable, pero serviría para formalizar esta ¿amistad?
La tímida joven, como si combatiese con sus propios nervios, alzó y bajó la vista mientras jugaba con sus dedos. Sus cabellos rojizos cubriéndole el rostro cada que inclinaba la cabeza, hasta que finalmente halló valor de responder.
“S-Suleta Samaya. Soy el fantasma que reside en esta casa.”
Miorine frunció el ceño una vez más. Al parecer, la pregunta de cómo acabó aquí seguiría atormentándola hasta el final de su estadía.
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Sería mentir considerar su estilo de vida como… saludable.
El sedentarismo se había vuelto parte de su vida a causa del trabajo y su aversión a las personas, con un par de excepciones que podían contarse con apenas dos manos. Miorine lo consideró un logro, puesto que dos años atrás, su lista de conocidos estaba conformada por sólo tres personas.
Había nacido con la habilidad de interactuar con seres más allá de la muerte. Niños, adultos, ancianos, animales, era capaz de percibirlos y hablar con ellos a costa de ser tomada por lunática o aislada como animal de zoológico. No los culpaba, después de todo, ¿quién, además de ella, creería semejante barbaridad?
Su trabajo le dio la libertad de quedarse en casa más días de lo que un ser humano necesitaba. Era un buen empleo, y mientras menos contacto tuviese con el exterior, menos intentos de ignorar a fantasmas y tratar de vivir una vida normal debía hacer.
Sin embargo, en estos momentos, realmente consideró empezar a trabajar desde fuera.
“Um, Señorita Miorine, el agua de la bañera ya está lista…” Sus ojos platinados miraron de reojo la computadora de trabajo, dicha pantalla mostrando un sinfín de ventanas y aplicaciones que contenían demasiadas palabras y pocos espacios, una vista que ha forzado a sí misma a acostumbrarse.
Y justo al lado de eso, Suletta.
Ni siquiera mostraba su cuerpo, sino sólo la cabeza apareciéndose por encima del escritorio, el resto siendo opacado por la madera y gavetas y demás objetos esparcidos. El panorama le recordó esos documentales donde cazadores colgaban la cabeza de animales en la pared como trofeos, sólo que, en su caso, era una cabeza que habla, sobre la mesa. Un fantasma.
Pudo haber gritado del susto, pero Miorine no tuvo energías para reaccionar. No después de cinco horas leyendo reportes y sobrepasándose de su dosis diaria de cafeína.
“…La próxima vez, cruza la puerta.” Frunció el ceño. Tampoco es que fuera a ignorar la posibilidad de tener un infarto en un futuro por haberle permitido seguir merodeando la casa tan libremente.
“¡Ah, lo siento!” Se disculpó Suletta apresuradamente. “Ha pasado demasiado tiempo desde que alguien ha vivido aquí…” Los nervios le provocaron una pequeña e incómoda risa. Encorvó la espalda para hacerse más pequeña ante la presencia de Miorine.
Tras un suspiro, pausó sus responsabilidades y se dirigió al baño como tuvo planeado. Los días estaban siendo cada día más húmedos y calurosos por la llegada del verano, y Miorine se había visto en la necesidad de ducharse par de veces al día. Un hábito que debería aplicar a su nutrición y su vida social, y a todo en general.
“No tienes que hacer guardia cada vez que entro al baño, ¿sabes? Dudo que alguien pueda infiltrarse tan fácilmente por aquí.” Hizo el intento de conversar, por el rabillo del ojo localizó la figura traslúcida de Suletta mirando a la nada ; el eco de su voz resonó en el cuarto como evidencia de que con quien hablaba no era un ser vivo.
A pesar de ello, la voz de Suletta fue todo lo que le importó. “¡N-No es por eso!” Pudo ‘sentirla’ agacharse, sus rodillas presionadas al pecho mientras continuaba la explicación. “Es sólo que… el saber que alguien más está aquí me calma. Da a esta casa una sensación de vida, por así decirlo.”
“Por supuesto, no tiene sentido una casa si no hay nadie que viva en ella.” Contestó con despreocupación, como si fuese ilógico de ser lo contrario.
Una vez cerró la cortina —Suletta no parecía el tipo de fantasma que le interesase en su cuerpo, así que dejó la puerta abierta— abrió el grifo de la ducha. Pronto su piel desnuda fue empapada por agua caliente, recorriendo cada centímetro de su porcelana piel. Tenía una piel delicada, realmente pálida, aunque supuso que se debía más a su desprecio por salir de estas cuatro paredes. Una ermitaña hecha y derecha, por así decirlo.
“Lo sé. ¿Aunque sabes? Eres la primera inquilina, nadie más ha vivido aquí en estos años. Es solitario.” Suletta pausó. “Es como si no existiera. Bueno, no estoy equivocada, sólo tú puedes verme, después de todo.”
“Correcto, cualquiera que entre pensará que estoy demente, hablando sola y demás.”
“L-Lo si—“
“Pero decidí llevarme bien contigo, ¿no?” Bufó. “Así que no estás sola.” Un pobre intento de consolación, pensó Miorine. Era consciente de que las leyes de los vivos no aplicaban mucho a los fantasmas. Ellos no tenían la opción de salir a pasear, descargar sus preocupaciones con sus seres queridos o simplemente apreciar el día a día.
Sin embargo, las dos conocían lo que era la soledad, o buscar la calidez en cualquier luz alrededor, o la impotencia de caer en esa misma espiral de vacío tras días, meses y años de intento porque la vida nunca daba sus lecciones de manera fácil.
“…Sí, gracias, Señorita Miorine.”
Suletta no parecía alguien que pudiera llevarse bien con la soledad. Y si ella era capaz de subirle los ánimos con sólo vivir aquí, lo tomaría como un logro.
El silencio del hogar cambió a una más amena, lo cual la convenció de seguir esta inusual convivencia. No se percató de que, al dar la vuelta, su mano chocó con el grifo y ajustó el agua a la temperatura más caliente. Fue hasta que el vapor y las hirvientes gotas salpicaron su espalda que recayó en su maldita mala suerte.
Las manos pálidas de Miorine apartaron la cortina de baño bruscamente, los ganchos rechinaron con la barra en un estruendo que, si no fuera porque viviese sola, habría despertado a más de una persona. Si antes se preguntó cómo se sentiría estar en llamas, ahora lo sabía.
Lo que no esperó fue la mirada de pánico de la fantasma, quien dio la vuelta para ver lo sucedido, una mezcla de preocupación y susto en sus ojos azules.
…
Suletta miró de arriba abajo.
Miorine enrojeció.
“¡Pervertida!”
Retiró lo dicho. Convivir con Suletta iba a ser difícil.
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“Pensé que tendría que llamar la ambulancia. ¿Podrías hacer el esfuerzo de aparecerte ante la sociedad más seguido?” El reproche de Guel no se hizo esperar; apenas entró a la oficina y ya empezó a recordar por qué detestaba salir a la calle. “Quita esa cara, sé lo que piensas.” Agregó, siguiéndola.
“Es lunes, Guel. Puedes tomar la opción de no hacer tanto escándalo.” Su deber de hoy no era más que entregar los reportes escritos de la semana. Pensó que mientras más temprano viniese, más rápido podría salir de este asfixiante lugar. Ni siquiera había tenido su dosis de café como para tener las energías de confrontarlo.
Como si los dos funcionaran bajo la misma rutina, se dirigieron primeramente a la cafetería. Si ambos iban a conversar, lo ideal sería llenarse el cerebro de cafeína y discutir hasta ahorcarse o que el supervisor los ahorque por ser tan ruidosos, una de dos.
“Lo que quiero decir es que los demás han estado preguntando por ti.” Guel sirvió el café en dos vasos plásticos.
Miorine desvió la mirada. “Estoy bien, como puedes ver. A veces me tratas como si fuera tu sobrina.”
“Huh, ya quisieras tú.”
“Ugh. No, gracias.”
La sola imagen de un Guel más amistoso con los demás, empático al dolor de otros, solidario y calmado bajo presión… le hizo llegar a la conclusión de que se veía mejor siendo un gruñón quejoso.
“Te mudaste recientemente, ¿no? ¿no hay nada extraño en esa casa?” Logro discernir preocupación en sus palabras, enmascarada por su usual tono severo y confianzudo. Miorine sólo asintió.
“¿Crees que está embrujado?”
“Sólo quería estar seguro.” Se encogió de hombros. “Además, si está embrujado, ¡el espectro debe de ser bastante valiente como para aguantarte—Ow!”
No le permitió acabar la oración, pues ya le había tirado a la cara un paquete de salsa de tomate que había hallado en la mesa.
Miorine estaba consciente de sus hábitos y mal temperamento. Las bolsas de basura y comida instantánea lo decían todo, así como sus refunfuños en cada ocasión que las reuniones virtuales no salían como planeaban, o cuando recibía mensajes de su padre —que siguen sin leer en su bandeja de entrada—, pero no le daría el privilegio de la razón.
“No te preocupes, puedo cuidarme sola.”
“No eres para nada honesta.”
Miorine llegó a la conclusión de que Guel era medianamente masoquista por decir las cosas más convenientes para provocarla. Pero pronto ignoró ese detalle, pues de eso se trataba su amistad con él.
Duro en el exterior, pero acogedor en tiempos necesarios.
“Ah, cierto.” Por poco lo olvidaba. “¿Conoces un lugar que vendan plantas?”
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Los rayos de luz del atardecer iluminaron la sala en cuanto las cortinas fueron abiertas, otorgando un ambiente más acogedor al hogar. Miorine no se quejó cuando la calidez del resplandor alcanzó sus brazos. Era una sensación diferente al calor del mediodía, el cual estaba convencida de que podría rostizar cualquier ser vivo lo suficientemente valiente de caminar a esa hora.
“No sabía que te gustaba la jardinería.” Comentó Suletta, flotando en el aire mientras observaba un par de macetas en el suelo. Miorine se preparaba para tenderlas con un poco de agua y fertilizantes. La sensación de la tierra sobre sus dedos y el particular olor de la flora calmaron sus sentidos, mostrando una vulnerable expresión.
Cuando se percató de los ojos curiosos de Suletta, carraspeó.
“Es tranquilizador. Pensé que sería buena idea agregar más cosas a la casa.” Y así no te sentirás tan sola, agregó en su cabeza.
Su vida con Suletta no era del todo desagradable. Una mezcla de compañía y comodidad acompañada de una pizca de aprensión de una amistad inestable. Se estaba acostumbrando a sus sorpresivas apariciones, a su cortés forma de dirigirse a ella, a la timidez que iba mejorando cada día más.
Miorine la miró de reojo.
Con el cabello suelto como si de una cascada de fuego se tratase, le dio la impresión de un ente fuera de su alcance; acompañado de unos azules que le recordaban el brillo del vasto cielo, infinito, libre. Incluso bajo el sencillo ropaje de camiseta blanca y pantalones anchos, no cabía duda.
Suletta era hermosa. Un hecho que Miorine notó a primeras, pero decidió guardarlo en lo profundo de su memoria, y ahora le impactó como un cohete.
“¿Señorita Miorine?”
Salido del trance, rápidamente desvió la mirada. Culpó el calor veraniego de sus enrojecidas mejillas y orejas y volvió a su trabajo con las plantas.
“Te encargaré la tarea de vigilarlas.” Murmuró. “No necesitan mucho cuidado, pero si notas que están secas… dímelo.”
No fue necesario mirar para saber lo feliz que Suletta se encontraba, pero de todas formas decidió sumergirse en esa sonrisa.
¿Podría considerar su compañía como grata? Sí… quizás sí.
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Los días continuaron, junto con las pláticas en ese pequeño espacio llamado hogar. Preguntas que no tuvieron la oportunidad de hacer el primer día de conocerse, ahora las conectaba como un hilo, frágil y fino. La línea entre la vida y la muerte tornándose más borrosa tras cada mirada y esperanzado roce entre ambas.
Un roce que, a pesar de las insistencias de ser real, era simple ilusión.
Háblame de ti, comenzaba Miorine cada noche, dispuesta a hundirse en la melancolía de una vida incompleta. Suletta no se hizo de rogar, contando anécdotas de sus días de escuela porque era lo único memorable de su vida, como esa vez que se disfrazó de robot para jugar con los niños de primaria, cuando se graduó de la universidad, cuando por una apuesta con sus amigos terminó comiéndose un limón entero y sufriendo las consecuencias.
Los recuerdos de Suletta consistían en risas y sueños y nostalgia.
Miorine sonrió, le pareció una vida bastante amena y se alegró de ello. Suletta compartió el mismo sentimiento, pues no dejó de hablar, un leve color rojo adornándole no sólo el cabello sino también las mejillas.
Le pareció adorable.
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La noche había caído, mas el sueño seguía sin alcanzar los ojos de Miorine.
“¿Qué haces cuando estoy dormida?” La duda surgió inesperadamente incluso para la fantasma flotando al borde de la cama, le devolvió la mirada con confusión.
Finalmente le cedió permiso a Suletta de entrar a su cuarto libremente, no sin antes limpiar el lugar para dejarlo presentable, y luego recaer en el hecho de que estaba siendo innecesariamente consciente de la condición de su habitación.
Si Suletta notó todas las bolsas de basura que ella tuvo que sacar de la casa, no dijo nada.
Incluso ahora, Suletta se mantuvo en silencio hasta que la pregunta fue hecha. Entre el insomnio y la oscuridad de la madrugada, si no fuera por la luz que contorneaba su figura fantasmal, le habría sido costado un montón localizarla.
“Es aburrido.”
“Dime, quiero saber.”
Suletta se rascó la mejilla. “Sólo merodeo por la casa. Vigilo tus plantas, los gatos callejeros… ¡Claro, si pasa algo malo, te lo dejaría saber!” Recalcó apresuradamente.
“Qué caballerosa.” Comentó sarcásticamente.
Sin embargo, fuera de la reacción esperada, Suletta bajó la mirada, la pizca de tristeza del inicio haciéndose notar hasta curvear sus labios en una amarga sonrisa.
“Porque es lo único que puedo hacer.”
Sintió una opresión en el pecho tras ver ese triste intento de sonrisa, como si todo su alrededor se hubiese distorsionado en desagradables secuencias de emociones, y un amargo sabor en la boca. Apretó los puños por debajo de la manta, no queriendo mostrar astibo de su irritación ante ella.
A Suletta le caía mejor un rostro feliz que esa melancólica expresión, derrotada, desesperanzada. Se preguntó qué podría hacer para traerla de vuelta, plasmarle una sonrisa y una alegría que la amargura jamás vuelva a considerar ocupar sus facciones.
“Suletta.”
“¿Sí?”
“Despiértame a las siete de la mañana.” Miorine cerró los ojos, levantando la manta hasta cubrirse el rostro.
“E-Está bien, Señorita Miorine”
“Sólo Miorine, vivimos juntas, no seas tan formal.” Murmuró, su voz algo opaca por la tela cubriéndole la cara. Sentía más calor que frío, pero ignoró ese detalle al abrigarse por completo.
“…Sí. Buenas noches, Miorine.”
Esa noche, Miorine no pudo dormir.
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Junto con la curiosidad de conocerla, vino el deseo de liberarla, guiarla al camino de la paz.
“En las películas, el fantasma queda atrapado en la tierra hasta encontrar el verdadero amor.” Expresó Suletta formando un corazón con las manos. El comentario fue muy poco digno de quien lo decía, puesto que ella lo dijo con tanta emoción, como si esa fuera la verdad absoluta.
“Ajá, no.” Rechazó la idea inmediatamente. Una pizca de diversión en su voz. “Según tengo entendido de los libros espirituales que leí hace un par de años...” La pared fue utilizada de pizarrón, por lo que el espacio estaba lleno de borrones y garabatos que sólo Miorine podía entender. “Necesitamos algo de tus pertenencias, una vez las toques, podrás descansar en paz.”
“Pero el poder del amor…” Murmuró Suletta, tímida.
Miorine la miró, sentenciosa. “Pervertida.”
El comentario pareció alertar a la fantasma, quien rápidamente agitó las manos en señal de negación. También se le vio avergonzada.
“¡N-No! Es sólo que,” Infló las mejillas. Un gesto adorable. “enamorarme estaba en mi lista de cosas por hacer…” Ahora estaba roja hasta las orejas. ¿Qué tan inocente era ella como para tener de meta amar a alguien más?
Miorine tosió. “De todas formas, ¿conoces algún familiar que viva cerca de aquí?” Su convicción fue respondida por afirmaciones de la fantasma, determinación en aquellos ojos azules, junto con una mirada de melancolía de la cual no pudo apartar la vista.
Miorine prefería dejar todo incendiarse a meter la mano al fuego, pues la recompensa de buenas acciones muchas veces valía menos que el esfuerzo. Lo comprendió con los intentos de reconectar con su padre, lo comprendió con restaurar el invernadero de su madre.
Sería la primera vez que jugaría el papel de héroe, con objetivos que anteriormente ni se habría molestado en cumplir, dejándoselo a otros encargarse.
Sin embargo, la idea de salvar a Suletta, alejándola de ella, no le gustó en absoluto.
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La presencia de Suletta empezó a serle importante. Saludar su radiante sonrisa cada mañana empezó a ser su nueva rutina, regar las plantas entre triviales charlas del clima, las noches de cuentos e historias de días ya pasados. Poco a poco reemplazaron la monotonía de su aburrida vida.
Miorine se vio a sí misma relajada, jovial, consciente.
Podría culpar la fuerte lluvia que la obligó a buscar consuelo en el único ser capaz de hacerle compañía a estas altas horas de la noche, o las peculiares emociones alterándole la creencia de no necesitar a alguien más en su vida. Cualquier cosa que pudiera hacerla sentir menos tonta.
“Recuéstate conmigo, Suletta.” Demandó, el nombre de la fantasma mencionada con suavidad.
No vio el colchón hundirse como indicio de alguien más a su lado, tampoco el calor y los latidos de alguien aparte de ella misma. Pero se encontró con unos tímidos ojos azules, un lindo rubor del color de sus cabellos, unos labios temblorosos buscando preguntar la razón de tan inusual petición.
Miorine no pudo sentirse más acompañada.
“Eres muy cálida, Miorine.”
“Idiota, no hay forma en que lo sepas.” Contestó, agridulce.
Suletta sonrió, y Miorine pensó en lo agradable que sería acortar la distancia, un centímetro más.
“Lo trato de imaginar.” Pausó. “Cuando te veo tendiendo las plantas, trato de imaginar cómo se siente la tierra, el calor del verano, tu presencia.” Lo último fue comentado en voz baja.
La brecha entre ambas se amplió. Lo que una ocasión creyó poder simpatizar perdió sentido, como sus propias asunciones de que compartían las mismas experiencias. Como innumerables veces cayó en cuenta, la realidad de que Suletta era un fantasma se hizo evidente.
Posiblemente su propia expresión la delató, pues Suletta no tardó en ofrecerle consuelo.
“No es tu culpa.” Una suave voz la envolvió. “Tú me diste la oportunidad de considerar esas sensaciones nuevamente.”
No cabía duda de que Suletta era la más fuerte de las dos. ¿Podría ella también ser igual de valiente?
Miorine decidió aferrarse al océano en sus ojos y ahogarse en el mar de emociones hasta no tener lugar donde escaparse.
“Entonces siénteme.”
“¿Eh?”
“Aquí, acércate.”
Entre el pánico de sus gestos y expresiones, Miorine gruñó, indicio de que no aceptaría ‘no’ como respuesta. Supuso que captó el mensaje, pues Suletta acercó la cabeza lentamente hasta encajar en el espacio entre sus brazos, en su corazón.
Antes habría cacheteado a cualquiera que se atreviese a invadir su espacio personal, o siquiera tener el intento de descifrar sus momentos de debilidad, habría causado toda una escena y hecho una furia porque las personas nunca eran de confiar. Por eso, las manos de Miorine quedaron tanteando en el aire, inexpertas, sin un lugar donde reposarse, temblorosas de hacer algo equivocado, de espantar a la fantasma que le había hecho olvidar la soledad.
Optó por dejarlas encima del traslúcido cuerpo de Suleta, un frío abrazo a alguien que había dejado de existir.
“Tu corazón… está latiendo muy rápido.” De alguna forma, la inocencia en Suletta provocó un rubor en sus pálidas mejillas.
Maldijo por lo bajo, esperando que la curiosidad no invadiera a Suletta y la hiciera mirarle el rostro. Se sentía avergonzada. Expuesta.
“¿Puedo concluir que soy la causa de esos latidos?”
“Haz lo que quieras.” Miorine cerró los ojos en un vano intento de conciliar el sueño que hacía tiempo se le había escapado de las manos. En la habitación sólo quedaron sus fuertes latidos, su propia respiración y un vacío entre sus brazos.
Si Suletta sonrió o se removió de su sitio para contemplar el rubor en sus mejillas, ella decidió hacerse la dormida.
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Miorine descubrió que el tiempo no siempre pasaba lentamente. Lo que pensó sería un largo verano, había ya llegado a su fin, dando paso a la suave brisa del otoño, hojas secas llenando los parques y festivales para anunciar la llegada de la estación. Eventos de todos los años, pero que ahora empezaron a tomar otro significado.
“Recuerdo que estaba en mi lista comer algodón de azúcar con mis amigos.” Mencionó Suletta con los ánimos por el cielo, su memoria algo opaca, pero con la emoción que engañaría a cualquiera. Si bien Miorine ha participado en esas actividades, no fue capaz de relatar los hechos con los mismos sentimientos que ella.
“¿Qué es esa lista? Suena muy infantil de tu parte.” Frunció el ceño mientras mantenía la pequeña sonrisa. La brisa otoñal había ya tocado su ventana, y si bien no le molestaba un poco de frío, no iba a estar expuesta a ello todo el día.
“¡¿Qué dices?! ¡Una lista es como un historial de momentos felices! Ahí escribí todas las cosas que quería hacer.”
“Ahora me tienes intrigada. ¿Qué otras cosas escribiste ahí?”
Rió Suletta, algo apenada. “Pues…”
El ambiente ameno se disipó, la sala cubriéndose del familiar silencio de la soledad que alertó a Miorine inmediatamente, ya acostumbrada a las voces y suspiros y risas del fantasma. Miró todo su alrededor, mas no halló huellas de cabello rojo, u ojos azules.
Sintió una punzada en el pecho.
“—ne.”
Rebuscó en todas las habitaciones, en una mezcla de urgencia y mal augurio. El tiempo nuevamente pareció retroceder, congelarse y dejándola a la deriva de un amargo sentimiento.
“¡Miorine!”
Dio media vuelta a pasos estrepitosos; un par de ojos azules reflejaron preocupación e inquietud. No tardó en plantarse a su lado, el nulo tacto forzando a ambas a sólo confiar en su vista y la determinación de no perderse de vista.
Aún cuando el amargo sabor en sus bocas seguía insistente en desvanecerse.
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Los siguientes días fueron angustiosos.
Suletta desvanecía de manera interrumpida pero constante; a veces por minutos, a veces por horas, y como un truco de mal gusto volvía a aparecerse frente a Miorine, ceño fruncido y labios apretados.
El vacío de la casa se hizo más evidente. Las constantes risas cesaron para dar paso a los nervios, los días de interés y sueños volviéndose historias de tiempos pasados en menos tiempo de lo que pudo haber supuesto que ocurriría.
Fue en la noche que Suletta reapareció por última vez.
Miorine desvió la mirada, con tal de engañar su corazón de aquellos acelerados latidos por una causa más dulce, menos desoladora que la que tenía que afrontar ahora.
“Miorine.” Llamó. “Tenemos que poner fin a esto…”
Permitió el silencio cubrirlas un momento, como una pequeña excusa para escapar de los crueles juegos del destino un segundo, aun cuando inevitablemente debía volver a afrontarla.
Miorine alzó la vista, la más mínima tristeza brillando en sus ojos platinados.
“Sí, tienes razón.”
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Fue el turno de Miorine contar su vida.
El origen de sus rutinas, su decisión de irse de casa y vivir independientemente, su vida solitaria teniendo comida chatarra, jardinería y trabajo como rutina. Ninguna de sus historias podría ser tomada como interesante o diferente a las que otros hacían normalmente.
Pero Suletta escuchó atenta. Curiosa de su uniforme escolar, del largo de su cabello, de sus primeros años de infancia fuera de la ciudad. Relatos que ella expresaba al techo en días donde la noche se extendía infinitamente.
“Estoy agradecida de que seas la Miorine que conozco.” La recordó decir: genuina, honesta, sinceramente. Sintió su garganta apretarse y los ojos arder.
Similar a un cristal roto, se sintió ser recogida pedazo por pedazo hasta recuperar su forma original, unas delicadas manos moldeándola como si fuese el objeto más frágil de todo el universo.
No perfecta.
No completa.
Pero cálida.
Miorine, desde el fondo de su corazón, sintió regocijo.
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La forma de salvar a Suletta era absurdamente sencilla, tanto que Miorine pasó horas identificando su veracidad con otras fuentes de estudios que había guardado en sus tiempos de estudiante. No pensó que esos años donde se encerró en el cuarto buscando una cura para su condición le serían útiles, no para ella, sino para la fantasma en cuestión.
Suletta debía entrar en contacto con una de sus pertenencias para liberarse de esta casa. Y lo que sea que fuera a pasar después de eso, sólo Miorine sabrá.
Lo que en un inicio creyó sería una fastidiosa aventura localizando, discutiendo y amenazando familiares y amigos de Suletta a diestra y siniestra acabó siendo una labor bastante sencilla. No supo si el suspiro que salió de sus labios fue de alivio o decepción.
Lo que sí pudo considerar como extenuante fue convencer a la familia de Suletta de entregarle una de sus pertenencias. No hubo sobornos sospechosos y agradeció que estaban en una época moderna donde la paz primaba por estos lares, porque la madre de Suletta realmente podría tomar el papel de villana.
También conoció a la hermana de Suletta, Eritch. Y a pesar de los innumerables suspiros de cansancio que han salido por sus labios, debía admitir que no habría completado su objetivo de no ser por ella.
Le pareció irreal, quizás melancólico, que Suletta, la razón por la cual conectó con esa familia, fuera incapaz de estar presente para presenciarlo.
Cerró fuertemente los ojos al sentirlos arder.
En sus manos yacía una bandana de color azul marino, con diseños de color blanco grisáceo alrededor. Con el conocimiento de que le pertenecía a Suletta, supuso que era algo que utilizaba regularmente, en una época distinta a la de ella.
Apretó los labios con ligera molestia. Le disgustaba no haberla conocido antes.
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“Dame tu mano.” Ordenó, al mismo tiempo que guiaba traslúcidas manos sobre su cuerpo. La guió por cada centímetro de su figura, cuello, cintura, cadera. Quería que Suletta la recordara, incluso después de días, semanas, meses.
Era toda una batalla convivir con alguien intocable.
No creyó que le costaría tanto dejar ir a alguien, aun cuando ese alguien nunca fue suya en primer lugar. La vida la había arrebatado mucho antes de que tuviese la oportunidad.
Miorine se fijó en la forma en que las manos de Suletta contorneaban su cuerpo, lentas pero firmes, curiosas pero cuidadosas de intentar algo fuera de lo demandado. Como si pudiese sentir realmente cómo ella temblaba bajo esos inexistentes toques, la ropa obstaculizando el tacto de su piel.
“Más, hasta que pueda sentir tu calor.”
El rubor las mejillas de Suletta otorgándole una tímida y adorable expresión, mientras sus dedos exploraban a tientas sus muslos, pausando y avanzando, como si intentase memorizar todo de Miorine. Aquel pensamiento le pareció agradable. No era un privilegio que daría a cualquiera.
Suletta era especial.
“Tu corazón está palpitando muy rápido…” No fue hasta que la voz de Suletta la sacó de sus distracciones que la notó peligrosamente cerca de su pecho. Sintió las mejillas arder aún más.
“Es por ti que lo hace, idiota.” Respondió, molesta y avergonzada.
Un toque frío y caluroso, real y falso. Miorine sintió el corazón achicarse, expandirse, latir tan rápido ante una posibilidad fuera del verdadero.
Quizás sí estaba perdiendo la cabeza.
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Suletta desapareció por tres días.
Miorine la esperó.
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No fue hasta que Miorine hizo acopio de toda su valentía para comenzar lo que sería el fin de esta convivencia, a pesar de ser la última en dejar que esos recuerdos se volvieran anécdotas del pasado. Pero esto se trataba de Suletta, de darle el descanso que merecía desde hacía años y no pudo.
Lamentó no haberse esforzado lo suficiente para estar con ella mucho antes, por más absurdo que fuese ese pensamiento.
“Sule—“
“¡E-Espera!”
Miorine la miró curiosa. “¿No dijiste que estabas lista?”
“¡No, digo, sí!” Asintió. “Pero… sería bueno unas palabras de despedida…” Su voz se hizo cada vez más baja hasta casi murmurar aquella última palabra, jugando con sus propios dedos. Suletta al parecer volvió a su personalidad tímida y nerviosa de un principio.
El panorama le dio cierta nostalgia. Sintió un nudo en la garganta, por lo que dejó que el silencio le hiciera saber que podía empezar a hablar cuando quiera.
“A decir verdad, mi vida no es una que pueda decir perfecta.” La mirada de Suletta suavizó. “He estado dependiendo de los pequeños momentos, con la asunción de que todo sería increíble en el futuro. El tiempo que pasé aquí, a pesar de ser solitaria, fue uno que me permitió conocerte, así que no me arrepiento de que todo haya terminado así.” Si en algún momento su voz se quebró o dejó escapar algún sollozo, Miorine no se dio cuenta. No quiso darse cuenta.
Y para colmo, Suletta siguió. “Puede que esté siendo arrogante, pero ¿está bien para mí asumir, que te he estado esperando todo este tiempo? Que nací para conocerte.”
Maldita sea Suletta Samaya y su afición a lo sentimental.
Su encuentro no fue especial, mucho menos romántico, incluso recordaba el grito al cielo que pegó cuando la vio por primera vez. Debía admitir que esa confesión —¿Tiene que ser una confesión, no?— fue lo último que esperaría de un despido con un ente paranormal. Pero Suletta siempre ha sabido cómo sobrepasar las expectativas que tenía.
“…Idiota.”
“¿V-Verdad…? Sí que suena tonto…”
Miorine alzó la mirada, un paso adelante, voz determinada.
“Si crees que esto será el final, estás equivocada.” Otro paso más, sin miedo. “Esa lista tuya sigue sin llenarse, así que más te vale esperarme.”
Extendió la bandana en su dirección, haciendo contacto con el vacío que era el cuerpo de Suletta. De pronto un brillo se esparció por todo su cuerpo, pequeñas escarchas de luz brotando de la nada mientras ambas mantenían la mirada fija.
Suletta asintió, conteniendo un sollozo para no hacer de esta escena aún más dramática. Miorine hizo lo posible por combatir las lágrimas.
“…Si eres tú quien lo dice, jamás podría decir que no…” Mostró una adorable sonrisa, una que Miorine guardaría en el fondo de su corazón, hasta el final de los días.
Su cuerpo empezó a desvanecerse, tortuosos segundos donde ninguna de las dos pudo decir más, el mar de emociones y felicidad y tristeza haciendo estragos en sus sentidos.
Hasta que Miorine quedó sola.
Entre el silencio y los diminutos y persistentes destellos en el aire, Miorine cayó de rodillas al suelo. Sus primeras lágrimas invernales dando aparición en esta casa, en la que tendría que aprender a vivir sin Suletta.
Pero no por eso se rendiría. No por eso dejaría de avanzar hacia un futuro digno de la promesa que le hizo. Así que sólo lloraría esta vez; esta noche se permitiría recapitular todos estos meses de felicidad, esta noche se dejaría llevar por sus sentimientos.
Porque después de hoy, sólo quedaba seguir hacia adelante.
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A pasos ligeros se encaminó hacia la puerta, el sonido de sus tacones como señal de su llegada. Respiró hondo antes de tocar la puerta exactamente tres veces. Sentía ¿nervios? Quizás sí, las reuniones entre amigos eran uno de los pocos eventos a los que trataba de asistir sin falta, y vaya que mucho tiempo había pasado desde la última vez que estuvo en una.
Pronto la puerta se abrió, dando lugar a su compañera de universidad, Nika Nanaura.
“¡Ah! ¡Llegaste a tiempo, qué bueno verte!” Miorine le dedicó una gentil sonrisa mientras entraba a la sala. Los demás estaban sentados en el suelo conformando un círculo. Entre cuchicheos y conversaciones, todas las cabezas se voltearon hacia su dirección como muñecos en película de terror, un poco espeluznante desde su punto de vista.
Si no fuese porque Lilique exclamó su nombre con tremendo entusiasmo, ya se habría ido de ahí corriendo, con el pensamiento de que todos sus compañeros fueron poseídos.
Vaya manera de comenzar la fiesta, pensó.
Entre pláticas triviales sobre los más recientes hallazgos de cada uno, descubrió que Nuno y Ojelo están armando un vehículo con diversas piezas que consiguieron en subastas online. Aliya abrirá pronto un café, promoviendo al mismo tiempo la leche de Tiko —Se asegurará de dejar una buena reseña—. Martin, Nika y Chuchu fueron promovidos en su puesto de trabajo. Lilique y sus planes de visitar diversos países el siguiente año.
No supo cómo, pero en algún punto de la charla, comenzaron con las apuestas absurdas sobre quién de los chicos se casaría primero —todos apostaron en Till, porque era el único decente en este grupo de cavernícolas encubiertos—, o cuánto tiempo le tomará a Martin dejar el gimnasio que apenas se inscribió la semana pasada.
Entre la compañía de sus extraños amigos, la calidez de sus risas y el resplandor de las calles, Miorine sintió el calor llenar su corazón. Quizás la felicidad se trataba de eso, ese pequeño dolor en el pecho por la rebosada alegría, el deseo de que el tiempo pudiese parar y atesorar lo que tiene, o simplemente el saber que nunca estará realmente sola, pues ellos estarán ahí para darle el empujón.
Antes, la idea de exponer su secreto la habría vuelto un desastre, el miedo haciendo de las suyas para ser el único en residir su cabeza mientras enlistaba todas las posibilidades negativas de exponer su pequeña cualidad.
Ahora, descubrió que todo ese temor fue nada más que su imaginación.
“Chicos.” Llamó, la curva de su sonrisa aún plasmada en el rostro. “Quiero contarles algo.”
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El frío empezó a calarse en sus huesos apresurándola a buscar refugio en una tienda cuyo letrero no se molestó en mirar. Sus pasos fueron apresurados hasta que la temperatura controlada del lugar empezó a calentarle la piel y sus entumecidos dedos.
Debió de ir más abrigada a la fiesta, pero ya sólo quedaba un par de calles más para llegar a casa, así que era demasiado tarde para lamentarse.
Tras la revelación de su peculiar habilidad, todos quedaron mudos, como si la posibilidad de ver fantasmas nunca hubiese pasado por su cabeza, a pesar de ser unos fanáticos de series paranormales. Pero quién podía culparlos, tenía ya la suerte de que ellos no le recomendaron un terapeuta o manicomio.
Martin se desmayó, pero dado que se desmayaba por todo, lo ignoraron.
El suspenso duró menos tiempo de lo esperado, pues tomaron sus palabras como absolutas casi inmediatamente, con un par de bromas y preguntas curiosas. Miorine sólo pudo suspirar de alivio y seguir la corriente y satisfacerlos con honestas respuestas. Estaba agradecida de tenerlos en su vida.
Dio un largo suspiro. El interior de la tienda consistía en varios estantes de accesorios de diversos personajes de series y videojuegos, unos que había visto en su infancia y otros que parecían sacados de la imaginación de un niño de primaria.
Dado que su cuerpo seguía temblando del frío, se tomaría un par de minutos merodeando por el sitio. Los encargados parecían estar acostumbrados a intrusos como ellos a estas fechas, de todas formas.
Pasó por el estante de llaveros hasta que sus ojos se fijaron en un par de figuras encapuchadas de color azul y naranja, lo más feo que pudo haber visto en toda la noche.
“¡Ese es Hot-san y este Cool-san, a que se ven bonitos!”
“¿Bonitos? ¿Esas cosas?”
De pronto recordó; su voz, su sonrisa, y la ofendida cara que puso cuando le comentó lo anticuado que eran esos personajes.
Tomó los llaveros y corrió a pagarlos al mostrador.
“¡Esos siempre vienen en pares! Siempre quise usarlos con un amigo.”
“Pobre de la persona con quien vayas a compartirlo.”
“¡Miorine, eres imposible!”
Salió de la tienda con las dos figuras en la mano. Ahora que los observaba de cerca, realmente lucían terribles, debería cuestionar los gustos de Suletta más seguido.
Rió.
“Supongo que tendré que compartirlo contigo para que no estés triste.” Se sentía tan tonta por comprar algo que no usaría ni en un millón de años, y tan feliz de saber que no se arrepentía de haberlo hecho. Como una tonta enamorada. El calor subió hasta sus mejillas, mientras el frío no tenía piedad en privarle la movilidad de los dedos, debía darse prisa y llegar a casa.
Hoy no fue un mal día, y esperaba que mañana fuese un poco más cálido, un poco más brillante, un poco mejor. Y si es así, ella también haría su esfuerzo por disfrutarlo.
Y así algún día, podría recibirla con una gran sonrisa.
Llevó los llaveros a su bolsillo y alzó la vista al cielo, un suspiro escapándose de sus labios.
“Guardaré el tuyo para cuando nos veamos, así que espérame, Suletta.”
