Work Text:
La noche había caído sobre Cross Academy como un manto de terciopelo negro, espeso y silencioso, envolviendo cada torre y cada pasillo en una calma engañosa. La luna, alta y redonda, derramaba su luz plateada a través de los ventanales góticos del dormitorio nocturno, dibujando sombras alargadas que parecían moverse por voluntad propia. El aire olía a piedra fría, a antigüedad… y a algo más antiguo aún.
Zero avanzaba con paso firme, aunque cada músculo de su cuerpo estaba en tensión. Sus botas resonaban apenas contra el suelo pulido, y ese eco mínimo le resultaba ensordecedor. Su mano descansaba de forma casi inconsciente sobre el Bloody Rose oculto bajo la chaqueta, no tanto por necesidad como por costumbre. Un recordatorio constante de quién era. De lo que se suponía que debía odiar.
No debería estar allí.
Lo sabía desde el primer paso que dio hacia el territorio de la Clase Nocturna.
Y aun así, no se había detenido.
Una inquietud persistente lo había acompañado durante días, clavándosele bajo la piel como una astilla imposible de extraer. No era rabia. No era sed. Era una sensación más traicionera, más íntima. Una presencia que lo observaba incluso cuando estaba solo, que se deslizaba en sus pensamientos cuando intentaba dormir.
Como si alguien lo estuviera esperando.
El aire cambió de pronto. Se volvió más denso, más cálido, cargado de una presión invisible que le erizó la piel.
—Has venido más lejos de lo que deberías —dijo una voz suave, profunda.
Zero se detuvo en seco.
Kaname Kuran emergió de las sombras como si hubiera sido parte de ellas desde el principio, como si la oscuridad lo hubiera moldeado a su imagen. Su porte era impecable, elegante hasta resultar inquietante. Los ojos carmesí brillaban con una intensidad que no necesitaba amenaza alguna para ser peligrosa.
El corazón de Zero se aceleró, traicionero. No era miedo. Nunca lo era.
—No he venido a verte —respondió, apretando los puños.
Kaname ladeó la cabeza, observándolo con una atención absoluta, como si Zero fuera lo único que existía en ese pasillo interminable.
—¿De verdad? —murmuró—. Entonces explícale eso a tu pulso. Lo escucho desde aquí.
Dio un paso hacia él. Luego otro. Su andar era silencioso, fluido, y cada movimiento reducía el espacio entre ambos hasta volverlo irrespirable.
—Puedo olerte —continuó Kaname—. Tu duda. Tu deseo. Siempre ha sido así contigo.
Zero retrocedió sin darse cuenta hasta que su espalda chocó contra la pared de piedra. El frío del contacto contrastó de forma brutal con el calor que empezaba a arderle bajo la piel. Kaname apoyó una mano a su lado, encerrándolo sin tocarlo del todo, una jaula invisible y deliberada.
—Esto está mal —susurró Zero, aunque su voz carecía de la firmeza que habría deseado.
Kaname se inclinó lo justo para que su aliento rozara los labios de Zero, lento, provocador.
—Lo prohibido siempre lo es —respondió—. Por eso sabe mejor.
El beso no fue inmediato. Fue una espera cargada de electricidad, de respiraciones que se mezclaban, de miradas que se devoraban con una intensidad casi dolorosa. Cuando por fin sus labios se encontraron, fue como una chispa en plena oscuridad.
Feroz. Profundo. Necesario.
Zero se aferró a los hombros de Kaname con una fuerza que habría destrozado a cualquier humano. Kaname apenas se inmutó. Al contrario, respondió con un control absoluto, tomando el rostro de Zero entre sus manos, guiando el beso con una calma peligrosa que solo intensificaba la urgencia.
El mundo pareció detenerse.
Las manos de Kaname descendieron por la espalda de Zero, recorriendo cada línea tensa, cada músculo rígido, como si estuviera memorizándolo. Cada caricia era lenta, intencionada, cargada de una posesividad silenciosa que hizo que Zero se estremeciera sin poder evitarlo.
—No deberíamos… —murmuró contra sus labios, sin separarse realmente.
Sus propias manos lo traicionaron, desabrochando la camisa de Kaname con dedos torpes pero decididos, buscando más contacto, más calor, como si eso pudiera silenciar la culpa que empezaba a formarse en su pecho.
Kaname se apartó apenas, lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—Dime —susurró, con la voz baja y cargada—. ¿Piensas en ella ahora?
El nombre no fue necesario.
La mención de Yuki debería haber sido el freno definitivo. El golpe de realidad. Pero solo consiguió avivar la urgencia, convertir el deseo en algo más afilado, más desesperado. Como si Zero estuviera robando algo que no le pertenecía… y no quisiera detenerse.
No respondió. En lugar de eso, volvió a besarlo.
Esta vez fue más lento, más profundo, un beso que no buscaba devorar sino marcar. Kaname dejó escapar un leve sonido satisfecho antes de corresponder, sus labios descendiendo por el cuello de Zero, deteniéndose donde el pulso latía con fuerza. No mordió. Solo besó, una y otra vez, provocando escalofríos que recorrían su columna.
La luna llena se alzó en el cielo, bañándolos con su luz plateada, cómplice silenciosa de aquello que nunca debería existir. Durante esos instantes robados, no había reglas, ni bandos, ni deberes. Solo dos voluntades enfrentadas, ardiendo con la misma intensidad.
Cuando finalmente se separaron, el aire pareció demasiado frío.
Zero apoyó la frente contra la pared, respirando con dificultad, evitando la mirada de Kaname como si temiera perderse en ella otra vez.
—Esto no puede volver a pasar —murmuró.
Incluso él sabía que era mentira.
Kaname sonrió, esa expresión enigmática y serena que siempre escondía más de lo que mostraba. Se acercó una última vez, lo suficiente para susurrar junto a su oído:
—Estaré esperando… la próxima vez que me busques en las sombras.
Y entonces desapareció, disolviéndose en la oscuridad como si nunca hubiera estado allí.
Zero quedó solo, con la piel ardiendo, el corazón desbocado y el sabor prohibido aún persistente en sus labios.
La noche guardó sus secretos, como siempre lo hacía en Cross Academy.
Pero algunos fuegos, una vez encendidos, son imposibles de apagar.
