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Language:
Español
Collections:
Obras Del Templo de los Fickers
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Published:
2026-01-22
Words:
1,219
Chapters:
1/1
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1
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8
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113

Reflejos de un hogar

Summary:

A orillas del Sena, Amy y Theodore se permiten soñar en voz alta sobre el futuro que desean compartir.

Work Text:

El sol de la tarde doraba las aguas del Sena con un resplandor tibio y melancólico, como si el día se resistiera a marcharse sin dejar una última caricia sobre la ciudad. Las sombras de los puentes se alargaban lentamente sobre el río, estirándose como dedos perezosos, y París parecía suspirar en silencio, consciente de su propia belleza. El aire estaba impregnado de una calma especial, de esas que solo aparecen cuando el tiempo decide ir más despacio.

 

Amy caminaba despacio por la orilla, saboreando cada instante, consciente de que había momentos que no se repetían jamás de la misma manera. Sentía que aquel paseo no era solo un recuerdo en formación, sino algo más profundo: una marca suave que el presente estaba dejando en su corazón.

 

Sus dedos entrelazados con los de Theodore eran una ancla suave y firme. En ese gesto sencillo habitaba una intimidad profunda, una certeza tranquila que no necesitaba palabras. Era la confirmación silenciosa de que no estaba sola, de que no lo estaría nunca más. La brisa parisina jugaba con los mechones rebeldes que escapaban de su recogido, rozándole el cuello y las mejillas mientras el murmullo lejano de la ciudad se fundía con el canto constante del agua, creando una melodía suave y casi hipnótica.

 

Amy se detuvo, arrastrada por la belleza del instante, y contempló cómo los últimos rayos del sol danzaban sobre la superficie del río como diamantes líquidos. El reflejo del cielo parecía quebrarse en mil fragmentos dorados, y por un momento pensó que, si estiraba la mano, ella podría atraparlos.

 

—¿Puedes creerlo, Teddy? — La fémina murmuró con la voz cargada de asombro y una emoción apenas contenida—. A veces siento que estoy viviendo dentro de uno de mis sueños más preciados y temo despertar.

 

Theodore apretó suavemente su mano, como si quisiera anclarla aún más a la realidad que compartían. Después, él se llevó esa mano a los labios y depositó un beso lento y tierno en sus nudillos, uno que hablaba de cuidado, de devoción y de promesas silenciosas. Sus ojos oscuros la miraron con esa intensidad serena que siempre lograba desarmarla, como si pudiera verla por completo sin filtros ni máscaras.

 

—París era sólo una ciudad en mis mapas — El hombre respondió con calma—, un nombre hermoso y lejano que jamás imaginé tocar de esta forma hasta que llegaste tú y la llenaste de colores que no sabía que existían. Ahora cada esquina, cada puente, cada reflejo en este río habla de nosotros. De lo que somos y de lo que aún vamos a ser.

 

El corazón de Amy latió con fuerza. La rubia sintió el calor subirle a las mejillas mientras se volvía completamente hacia él, como si necesitara asegurarse de que estaba ahí, de que todo era real. El viento traía consigo el aroma de las flores de los jardines cercanos, mezclado con el perfume inconfundible de Theodore, ese que asociaba con calma, hogar y un deseo profundo y sereno.

 

—Cuéntame otra vez sobre la casa que has imaginado para nosotros — Amy pidió con una sonrisa suave y traviesa, apoyándose contra el parapeto de piedra—. La de las ventanas grandes que dan al jardín. Me gusta escucharla como si fuera un cuento, uno al que siempre puedo volver.

 

Los ojos de Theodore se iluminaron, encendiéndose con esa chispa que aparecía cada vez que hablaban del futuro y entonces él se acercó más, rodeándola con sus brazos y juntos miraron el río avanzar con paciencia infinita, como si también él supiera guardar secretos.

 

—Tendrá esas ventanas enormes que tanto deseas, mi amor —comenzó—, para que la luz entre sin pedir permiso cuando pintes. Las mañanas serán claras y tranquilas y por las tardes el sol se filtrará como oro líquido sobre tus lienzos. Habrá un estudio en el ático, con tragaluces abiertos al cielo, para que puedas capturar cada matiz, cada cambio de humor de las nubes, cada estación.

 

Amy cerró los ojos, dejándose envolver por su voz, imaginando cada palabra como si ya existiera. Podía verse allí, con las manos manchadas de pintura y el corazón lleno.

 

—Y un jardín — Theodore continuó y se inclinó para que su aliento cálido le rozara la oreja—. No muy grande, pero suficiente para perdernos en él al atardecer. Habrá senderos irregulares, flores que crezcan sin demasiado orden y un banco viejo donde sentarnos cuando el día termine. Caminaremos despacio, como ahora, pero sabiendo que ese lugar será nuestro, completamente nuestro.

 

—Y una biblioteca — Ella añadió en un susurro—. Con estanterías altas, llenas de libros vividos, de páginas dobladas y notas al margen. Y esa butaca de cuero gastado que tanto amas. Ahí leerás mientras yo pinto, y fingirás concentrarte, pero sé que de vez en cuando levantarás la vista para mirarme trabajar… como si yo fuera tu historia favorita.

 

Theodore rió suavemente y la giró entre sus brazos hasta tenerla frente a él, sosteniéndola con una naturalidad que hablaba de costumbre y elección.

 

—Como si pudiera hacer otra cosa — El enamorado admitió. —Amy March, has transformado mi mundo entero. Antes de ti, el futuro era sólo una sucesión ordenada de días. Ahora es una promesa viva. Una promesa dorada de aventuras compartidas, de errores que nos enseñarán, de risas que nos salvarán y de un amor que aprenderemos a cuidar día a día.

 

Amy alzó las manos y enmarcó su rostro, recorriendo con los dedos la línea de su mandíbula, como si quisiera memorizar cada rasgo. En sus ojos azules brillaba una ternura decidida, una valentía tranquila que había nacido del amor y de la elección consciente.

 

—¿Sabes qué es lo que más me emociona de nuestro destino? — Ella preguntó con dulzura—. No son las casas ni los lugares. Es que no importa dónde nos lleve la vida… París, Londres o una pequeña cabaña en el campo. Mientras tus dedos puedan entrelazarse con los míos, en cualquier lugar me sentiré en casa.

 

Theodore la atrajo hacia él hasta que sus frentes se tocaron. Compartieron el mismo aliento, el mismo silencio cargado de significado. El mundo alrededor pareció desdibujarse: los pasos de los transeúntes, el murmullo distante de la ciudad, incluso el fluir constante del Sena se volvió un susurro lejano.

 

—Te amo, Amy — Él reiteró con decisión—Te amo con cada fibra de mi ser. Y juro que haré todo lo que esté en mis manos para cuidar de este amor, para protegerlo y para llenar nuestros días de la felicidad que mereces.

 

—Y yo a ti, Theodore Laurence — Ella respondió, rozando sus labios en una caricia lenta, más promesa que beso—. Te amo con la pasión con la que he amado el arte, con la devoción con la que he perseguido mis sueños, pero multiplicado hasta el infinito.

 

Cuando finalmente se besaron, el gesto fue profundo y sereno, como si el tiempo hubiera decidido detenerse para observarlos. El Sena reflejaba los últimos tonos dorados del cielo, creando un sendero luminoso que parecía extenderse hacia el futuro que ya estaban tejiendo juntos, paso a paso.

 

Al separarse, aún abrazados, ambos supieron que ese instante viviría para siempre en su memoria: París, el río, la luz, y la certeza de un amor destinado a crecer y madurar como las estaciones. Un amor construido con paciencia, con besos lentos y con sueños compartidos, día a día, corazón a corazón.