Actions

Work Header

Seis Días AkuHigu

Summary:

Seis cortas historias acerca de Akutagawa y Higuchi.

Chapter 1: Reencarnando

Chapter Text

Las almas nacen, mueren y vuelven a nacer. La vida de un mortal es tan efímera que se convierte en un vals lento contra el sonar de una suave ventisca, repitiendo los mismos errores, mismos sueños, mis amores. Todo lo que nace muere, todo lo que muere nace. Rashmoon, hijo naciente de Luna, estaba acostumbrado en totalidad a este proceso, rápido y lento al mismo tiempo; viendo a la gente vivir, crecer, morir, aunque en todo momento siendo un proceso tan lento que rectifica su alma y la vuelve indolora a la perdida. 

 

Luna, madre entre madre, estaba tan triste por ello, abrazando a su hijo contra su sonrisa creciente, cantando sobre sus cunas la melodía de su viejo amor perdido. Un día, tal malvada oscuridad, ella tratando desesperadamente de hacerle entender a su hijo la belleza de aquello que duraba tan poco, lo hizo criar una flor en su jardín; Saturno. 

 

Rashmoon, cumpliendo las órdenes legítimas de su creadora, tomo la última semilla existente de Sirio, joven, hermosa y amable señorita de sonrisa gigantesca, quien se la otorgó con la advertencia que jamás tocar el piano junto a ella, rogó por agua Urano, un anciano receloso, tan fría como hielo, junto barro de la tierra, quien tan apacible como era nunca negaba a nadie tomar lo que era suyo, él se resigno a pensar en la posibilidad inherente de que alguna vez su mejor cualidad sería su ruina. 

 

Para finalizar, buscó luz en la guarida del sol, quien solía darle miedo a todo aquel con la valentía de acercarse lo suficiente, aunque era bastante amable con Luna y sus allegados, dando su luz a cambio de una simple advertencia; que no se quemara baja el manto de su brasas. 

 

Yendo a Saturno, Rashmoon plantó la semilla de Sirio, en el barro de la tierra, arroyo unas gotas de Urano, dándole luz del sol. 

 

Día a Día cuidaba la planta, mientras el cosmos asoma su cabeza para observarla crecer. Noche a noche la regaba, para que las hojas verdes del fuerte talló riguroso se criasen. Mañana a mañana le cantaba, para cuánto el capullo despertase lo hiciera con alegría. Tarde a tarde la arropaba con cuidado, para que no pareciera frío. 

 

Cuando la semilla durmió y el capullo floreció, todo el universo se enteró. Rashmoon había gritado muy, pero muy fuerte, incluso andrómeda llegó a deslumbrar un poco de su ruido, entonces la luna dijo a su hijo que continuase con su labor de criar su flor. 

 

Rashmoon, sin desobedecer continúo; Día a Día cuidaba la planta, mientras Luna asomaba su cabeza para observarla crecer. Noche a noche la regaba, para que las hojas verdes del fuerte talló riguroso se criasen. Mañana a mañana le cantaba, para cuánto abriese su manto de petalos, lo hiciera con alegría. Tarde a tarde la arropaba con cuidado, para que no padeciera frío. 

 

Sim embargo, un día durmió de más, bajo las cunas de su madre y la luz del sol quemó la bella flor, su madre admira la melancolía de Rashmoon mientras presionaba dentro de un puño las cenizas olvidadas del último pétalo habido de aquella rosa, haciéndolas aferrarse más fuerte, llevarlas hacia su corazón, en fin de que un último abrazo les sirviera de despedida. Pronto, los días, tardes, mañanas y noches para Rashmoon fueron transformadas en el vivir de una melancolía eterna, yendo hacia la tierra únicamente con la finalidad de sentarse en una vieja hamaca bajo un árbol de durazno. 

 

La primavera avanza, arrastrando las temporadas, las décadas y los siglos, tantos años habían atravesado ocupado en su eterna melancolía que Rashmoon se había dormido, inconsciente, de las hojas secas, la escarcha, las semillas de frutas encerradas en la tierra a su alrededor, porque incluso mientras el sueño se hacía dueño del ser completo del joven eterno, aún así, todas las noches lloraba la perdida. 

 

Entendiendo una verdad clara: La gente es indiferente a la perdida, por qué jamás la viven de cerca, lo ven como un pequeño recordatorio de que como cualquier cosa que comienza acaba, forman ideas tales que ellos no serían perdedores destinados de incontables batallas contra la parca, decidiendo convencerse, meterse la idea de que sus amados tampoco serían rozados por las garras de la mortalidad. 

 

Y él, en su estupidez, creyó en absoluto perderla. 

 

Sol, enfrentando su propia culpa, hizo lo inesperado; siglos en el pasado había sido el unico presente cuando el hijo de su amor prohibido arroyaba al vacío los restos de aquella espléndida florecilla, guardando la cenizas en la oscuridad de su alma, aplastanda la furia de su núcleo, creció desde lo profundo de su corazón un ser de completa amabilidad, portando la belleza de un amanecer, la amabilidad de un tarde, la furia del verano, la temeridad del otoño y la distancia del invierno, pero, sobre todo, siendo la encarnación de la rosa que antiguamente se desvanecía. 

 

La hermosa rubia no comprendía por completo la naturaleza de la identidad que le otorgaron, despertando entre las fauces de un bosque, siguiendo un suave olor frutal calando el hambre, caminado adolorida debido a los pinchos productos de la hiedra, hasta llegar frente un gran árbol frutal. 

 

No reconocía con exactitud su deber en ello, más apenas una fruta toca sus piernas al rodar hacia ella, la sostiene entre sus palmas, llevándola hasta la comisura del labio inferior. Mordiendo, contenía un sabor magníficamente delicioso, exhalando ante la pulpa derritiéndose contra su paladar, sin notar que alguien había estado presenciando la escena desde la lejanía. 

 

Concentrada en el sabor endiosado del fruto, ignorante a la manera en que el horizonte abrazaba sus curvas cubiertas por un suave vestido blanco traslúcido en corte sirena, arrastrando la tela sobre el pasto verdoso en tanto los detalles en oro rosado sonaban tales campanas de matrimonio, sin darse cuenta que seguía el ritmo del sonido tarareando una leve canción. 

 

Rashmoon se hallaba unos metros atrás, hundido en un ensueño asfixiante, tal marino ahogado en las profundidades del océano azul, ni siquiera una gota de sol caía ante su sombra, abriendo los ojos únicamente al oír la voz nostálgica de la dama.

 

Al abrir el mirar azabache, aquel hijo de Luna de piel pálida tal lomo de armiño rasga la realidad con los latidos desenfrenados de un corazón tumultuoso, no había forma en que no conociera anteriormente a aquella chica. La rubia, al sentirse objeto de un ojo vicioso voltea el cuello, bajando y subiendo los ojos alrededor del joven quien le sonríe, en su mente resuena la melodía anteriormente cantada al viento, rememorando dónde habría de conocer tal lírica. 

 

Recordando, de modo en que la neblina que rodeaba su espíritu desaparece para aclarar aquel hombre; lágrimas se deslizan sin piedad hacia su dueño, abriendo los palmas en un abrazo que se siente atemporal, el aire, la tierra y el sol se detuvieron por ellos, frenando el tiempo destinados a volver su amor un olimpo. 

 

Rashmoon rodea la cintura de la rubia, alzando en giros y volteretas, en tanto que ella solo aprieta sus mechones carbón en final blanquecino, lágrimas recorriendo caminos de pasión al montarse una sonrisa suave. Riendo. 

 

—Ichiyō—exclama, felizmente, el nombre escapa con facilidad—¿Ichiyō? ¿Eres tú, cierto? Sin importar los siglos, sin importar la forma, podría reconocerte. 

 

—¡Claro! Soy yo—Rashomoon la baja hasta el suelos, alzando las manos para acariciar las mejillas de la chica con la suavidad y delicadeza digna de la reliquia más adorado del Rey Salomón—. Es imposible para mí mentirle, Señor Rashmoon. 

 

—Te he esperando, tanto, tanto. 

 

—Pero, finalmente estoy aquí y termina— la frase a medias de su... ¿Su que? Realmente no importa, ya que, para ambos, el otro eran su todo.