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Kaiser se despertó con la luz del sol. Con las calles de Madrid cobrando vida debajo de él, floreciendo con el movimiento de los peatones que iniciaban su día transitando las calles de piedra. A menudo encontraba entretenido mirar a los humanos debajo, cada uno caminando hacia un destino desconocido, lugares que nunca conocería, ni le importaba hacerlo, todos ellos cruzando caminos por un breve momento antes de desaparecer de nuevo. El ruido bajo del tráfico y parloteo escalaba por las paredes de vidrio de su penthouse, elevándose lento junto al sol.
Todo esto, cortesía de su nuevo equipo la Real. O mejor dicho, del cheque de dos millones de euros que venía con ellos.
Se estiró, las frías sábanas deslizándose por sus brazos. Una fragancia delicada a rosas azules se esparcía por el aire desde su mesita de luz. Se levantó, caminando descalzo hacia su máquina de expresos ubicada al otro lado de su penthouse. Su apartamento, un agente le había asegurado, estaba ubicado en uno de los distritos más solicitados de Madrid.
Se sirvió a si mismo una taza de café. Negro, por supuesto. Ya no se molestaba en comprar leche. Ness no estaba allí para beberla.
Desafortunadamente, Ness tenía que quedarse atrás en Alemania. Su última noche juntos había terminado en una pelea la cual todavía no podía explicar del todo. Le había dicho que ya no lo necesitaba más, le dijo cosas horribles, que debía abandonar el fútbol, que lo estaba reteniendo. Palabras que, incluso para él, sonaban duras. Obvio, no es como si no le hubiera dicho cosas peores a sus rivales, pero a alguien con el que su propósito se había alineado alguna vez con el suyo… ¿Por qué lo había hecho? Recordando el momento, el arranque repentino de ira lo había sorprendido.
Tomó un sorbo de café, sabía de alguna forma amargo, aunque le echó la culpa a los granos en lugar de a sus recuerdos.
Y Ness se había quedado parado ahí, escuchando todo, con sus ojos repletos de lágrimas.
Casi lo conmovió.
Casi. Había aplastado el sentimiento. Se recordó a si mismo que él mismo estaba hecho de forma diferente. Que él no tenía la débil constitución de hombres inferiores. Ness lo había ayudado a llegar a donde estaba ahora, pero había sido sólo un medio para cumplir con su objetivo.
Y Kaiser ahora estaba en el centro de aquel objetivo, cubierto en su bata de suave terciopelo y rodeado de todo lo que una vez quiso tomar, todo lo que Ness lo ayudó a alcanzar.
La verdad era que, él no podía pemitirse encadenarse a la efimeridad del afecto humano. No ahora, cuando estaba tan cerca de sus metas. Tan cerca que casi podía saborearlas. En su mente él ya estaba libre, finalmente avanzando a la vida a la cual estaba destinado.
Sí, él se había preocupado por Ness de su propia y retorcida manera, tal vez no de la manera en la que otras personas lo hacían. Después de todo, él era un rey. El romance era para los campesinos lujuriosos, no para los monarcas destinados a grandes cosas. Monarcas quienes tenían todo, poseían todo, y aún así la única cosa de la que no eran dueños eran si mismos. La corona era su verdadero jefe.
Y ¿no era aquella misma corona la cual se había tatuado en su piel, sobre su propia mano, la que debía recordarle a si mismo que no necesitaba ser blando? No cuando la gloria lo esperaba. No cuando él estaba ascendiendo.
Mientras tomaba de forma silenciosa de su café, dejando que el sabor a triunfo se extendiera sobre su lengua, decidió revisar Twitter.
Entonces lo vio. Fotos de farándula.
Ness.
De fiesta la noche anterior con celebridades en uno de los clubes más populares de Berlín.
Sus ojos observaron la cara de Ness. Él estaba riendo. Lucía despreocupado, una imagen que Kaiser nunca antes había visto.
Algo en su interior se sacudió. El estremecimiento recorrió su mano y brazo. No entendía por qué. Molesto, apretó el agarre y salió de la aplicación con más fuerza de la necesaria, cambiando a la aplicación de mensajes.
Así que ahora sales de fiesta con una bolsa de LV que ni siquiera pega con lo que llevas.
Escribió furioso e inmediatamente lo envió sin siquiera mirarlo.
Después de una pausa agregó.
Pareces una puta así vestida.
Pensé que te había enseñado algo mejor que esto.
Pero la pantalla se mantuvo igual. Raro. Su cachorro solía responder de inmediato. Y ni siquiera era un problema debido a la zona horaria.
Irritado, volvió a escribir otro mensaje:
¿Así que te dedicas a esto ahora? ¿A salir de fiesta con celebridades de baja tabla?
Y luego otro.
Tan necesitado de atención estás.
Tch. Seguramente esto lo haría obtener alguna respuesta de él.
Kaiser comenzó a desplazarse entre las aplicaciones de su celular a base de habito. Twitter revisado. Instagram, (las mismas caras llenas de botox de siempre, aburrido). E-mails revisado. Un mensaje de su agente. El horario de su equipo. Entonces, sin realmente pensarlo —puede jurar que no fue voluntario—, regresó a Ness. Sus cinco mensajes cortos enviados estaban ahí, sin respuesta.
Pausó un momento, una extraña pizca de arrepentimiento surgió para ser dejada de lado. Está bien. Un último intento.
Sólo estoy diciendo esto porque podrías estar con alguien mucho mejor.
Se sentó allí, teléfono en mano, y por primera vez desde que llegó a este lugar extranjero, el silencio de su penthouse se sintió enorme.
El miedo se asentó de forma lenta sobre él.
Oh. Tenía un mal presentimiento sobre esto.
Nada de esto le caía bien.
Casi inmediatamente, y como si su cuerpo se moviera por si solo, abrió el perfil de Ness. Se dijo a si mismo que era para “chequear algo”, aunque ni el mismo sabía que era eso que supuestamente debía revisar. Bajó a través del perfil de Ness con la misma precisión que usaba para analizar a los defensas enemigos, cada detalle inspeccionado, diseccionado y almacenado en el fondo de su mente.
Fue ahí cuando lo encontró.
Una story.
Ness entrenando con alguien.
Kaiser parpadeó, luego frunció el ceño.
Él siempre había odiado a ese tipo.
¿Y ahora estaba… interactuando con él?
No.
No, seguramente este era el resultado de alguna campaña de PR del Bastard München. Tenía que serlo.
Pero entonces hizo zoom sobre la cara de Ness.
Una sonrisa real iluminaba sus facciones.
Casi parecía hermoso. Libre… y disponible.
El agarre de Kaiser se apretó sobre su celular.
Él nunca sonrió de esa manera conmigo.
Un arrebato de ira lo recorrió; cerró la aplicación y estampó su celular contra la mesada con más fuerza de la necesaria, más aún considerando que el mármol que había costado cinco cifras no había hecho nada para merecerlo. Maldijo entre dientes, diciéndose a si mismo que no debería meterse más en esto.
Y aún así el celular que apenas había tocado la mesada estaba de nuevo en sus manos, aplicación reabierta, sus pensamientos enfocándose en una nueva meta obsesiva: encontrar más pistas.
Aunque ya no estaba seguro de si quería realmente probar o refutar lo que su mente le estaba susurrando.
Sus pensamientos giraban nuevamente hasta aquella story, a aquella sonrisa, a la terrible realización que florecía en su pecho.
¿Ness finalmente lo había superado?
No.
Él fue quien dejó atrás a Ness. Esto estaba bien. Era todo parte de su plan. Su gran plan. Ness lo había necesitado a él, y Kaiser había necesitado a Ness por un tiempo.
Solamente no esperaba que Ness lo hubiera reemplazado tan rápido.
Y fue entonces cuando un cruel e intrusivo pensamiento llegó a la superficie, lento y venenoso:
¿Qué tal si él nunca me había necesitado?
Continuó scrolleando, casi en trance, los ojos pegados a la pantalla. Cuando el perfil de Ness no le dio nada nuevo, continuó con su lista de amigos.
Ahí fue cuando su estómago dio un vuelco.
Una foto en la página de Lorenzo.
Y Ness estaba etiquetado en ella.
Ness junto a ese idiota con los dientes dorados. ¿En serio?
El simple hecho de ver a Lorenzo le producía repeluz. Era tan asqueroso. ¿Por qué querría Ness pasar tiempo con él de forma voluntaria? Lorenzo era la encarnación de los barrios marginales, y peor, un vivo recordatorio de la infancia de la que Kaiser gastó su vida intentando escapar, enterrando toda esa fealdad debajo de la riqueza y glamour.
Y Ness jamás le dijo una sola palabra sobre habérselo encontrado.
Ni una vez.
Ambos solían hablar todos los días. No era como si Ness tuviese el hábito de esconderle las cosas, al menos no a él. El muchacho normalmente le contaba todo… o eso era lo que Kaiser siempre había creído.
Sus ojos se entrecerraron al mirar la pantalla. Un dolor punzante se asentó debajo de su esternón. Lo dudó, su pulgar tapando la sección de comentarios, como si le suplicase no mirar.
Podía sentir que no le gustaría lo que le esperaba ahí. Se sentía como caminar voluntariamente hacia la horca. Pero dejar la verdad enterrada se sentía más terrorífico que enfrentarla.
No saber sería peor.
Así que apretó con su dedo para desplegar la sección de comentarios, arrastrado por una necesidad contra la cual no podía pelear ni justificar.
Y ahí estaba.
Ness le había respondido a Lorenzo.
Es bueno verte otra vez :)
Kaiser se quedó observando aquellas palabras hasta que las sintió difuminarse.
Otra vez.
¿Otra vez?
¿¿¿Otra vez???
Las palabras simplemente golpeaban contra su cabeza como si fueran una campana. Una fuerte presión formándose entre sus ojos.
¿Qué carajos quería decir con otra vez?
¿Habían estado manteniendo el contacto a escondidas?
¿Conociéndose?
¿Riendo?
¿Acercándose cada vez más?
Gastando tiempo juntos de maneras en las que Kaiser nunca se había permitido a si mismo. Aunque tal vez jamás lo admitiría de esa manera, ni siquiera en su mente.
De repente se le formó un nudo en la garganta.
Él nunca había dudado de Ness antes ¿Por qué lo haría? Su lacayo siempre había sido un libro abierto, simple y predecible, suave en todas aquellas maneras en las que Kaiser necesitaba que lo fuera.
O eso pensaba.
Pero ahora sentía como si su mundo se hubiera salido del eje. Todo lo que una vez estaba fijo y seguro ahora se deslizaba hacia un nuevo e inestable lugar. Cada memoria, cada momento, cada detalle que alguna vez había desechado se arrastraba de nuevo hacia él como si hubieran sido mentira.
Se forzó a tragar ignorando aquel nudo persistente.
¿Ness no era tan inocente como aparentaba?
¿Tal vez su perrito era más astuto de lo que él pensaba?
¿Habían sido reales todos aquellos mensajes a altas horas de la noche que enviaba Ness, o sólo escribía lo que Kaiser quería escuchar?
O tal vez, ¿era Kaiser quién había sido engañado todo este tiempo?
¿Todo esto sólo había sido un plan para dejar que Kaiser se fuera con su ego sin dañar mientras que Ness se escabullía con Lorenzo a sus espaldas?
Que mocoso. Que descaro.
Así que quería jugarle trucos a el.
Bien.
Le haría recordar exactamente a quién pertenecía.
¿Quién se creía que era de todas maneras?
¿De verdad Ness creía que importaba de repente?
El debería haber estado agradecido de orbitarle a él, su emperador, por tanto tiempo.
Ignorando el dolor agudo en su pecho, Kaiser furiosamente escribió otro mensaje.
Tal vez deberías dedicarte más a practicar antes que a salir de fiesta. Las estadísticas del Bastard München no son tan buenas desde que me fui.
Perro estúpido. Sí, era duro. Pero solamente le estaba diciendo la verdad. Alguien tenía que hacerlo.
Continuó scrolleando, saltando de perfil en perfil sin mirar realmente nada. En algún momento, su dedo se deslizó y tocó sin querer algo. Ni siquiera le prestó atención.
Hasta que, minutos después, su celular vibró.
Su corazón dio un vuelco. Por un estúpido, esperanzador segundo pensó que era Ness.
No lo era.
“@igorplaysball_ te siguió de vuelta.”
Kaiser se paralizó.
¿Seguirlo de vuelta?
El no había seguido a nadie…
Revisó la pantalla de nuevo, el malestar asentándose en su estomago. Oh. Kaiser lo había seguido a él. A aquel compañero idiota al que Ness le había estado sonriendo. Su nombre ahora estaba ahí, ubicado limpiamente en la lista de seguidos de Kaiser.
Su pulso se aceleró con fuerza.
No. No. No.
Estúpido.
No había tenido la intención de hacerlo. Ni siquiera se había dado cuenta de que él había apretado nada. Sólo había estado intentando hacer zoom a su rostro, para entender el porqué Ness—
No importaba. Todo esto era un desastre.
Y ahora este chico estaba en su lista de amigos.
Lo que significaba que Ness podía verlo.
Lo que significaba que Ness podría pensar que Kaiser lo había estado stalkeando. Lo cual definitivamente no había estado haciendo. El simplemente había estado… investigando. Planeando. Reuniendo información necesaria. Obviamente.
Aún así, la implicación seguiría estando ahí.
Podría dejar de seguirlo. Pretender que nunca pasó.
Mierda. Pero el tipo ya lo había seguido de vuelta. Dejar de seguirle ahora parecería intencional. Sospechoso. Calculado incluso. Aquel idiota podría comentárselo a Ness. Reírse de ello. Entonces Kaiser luciría como un—
Tensó su mandíbula hasta el punto que sus dientes le dolían.
No. No, él no tocaría nada. Lo dejaría ser. Lo dejaría pudrirse ahí sin que nadie lo notase.
El celular se bloqueó con el sonido de un click.
Como si necesitase otra cosa de la que preocuparse ahora.
Cerró los ojos. Con fuerza. Repitiéndose a si mismo que no estaba celoso, que nada de esto importaba.
Pero incluso aunque lo decía, podía sentir el peso de aquella mentira en su pecho.
Porque el simple hecho de imaginar a Ness con otro hombre disparaba un dolor punzante que se esparcía por su cuerpo.
Lo dejaba tenso y nervioso, haciendo que caminase rápido de un lado a otro dentro su departamento sin siquiera percatarse.
De a ratos dejaba el celular de lado, perdiéndose en su tren de pensamientos antes de volver rápidamente a la realidad para repetir el mismo ciclo incesante.
Se dijo a si mismo que siempre le había dejado la puerta abierta para que se fuera. Nunca imaginó que Ness de verdad la cruzaría. Kaiser le había apartado el noventa por ciento, sí, pero ¿que tan difícil era para Ness cruzar el diez por ciento restante por su cuenta?
No había forma.
Ness nunca tomaba decisiones por su cuenta. Siempre había confiado en que Kaiser le dijera que hacer, con aquellos ojos grandes e inocentes clavados en él, los cuales parecían preguntar, “¿Qué quieres hacer ahora, Kaiser?”
Dios, lucía tan dulce en aquella época. Cuando Kaiser era su mundo entero. Sintió un cariño repentino hacia aquellas memorias. Sólo ahora era que le resultaban preciosas.
Y era insoportable.
Se refregó los ojos con dureza y se enderezó.
No. Estaba sobre-pensando todo esto.
Ness probablemente seguía dormido. O no había revisado su celular todavía.
Tenía que haber una explicación razonable.
Bien. Había resuelto una ecuación, pero incluso mientras la certeza se asentaba, otra había tomado su lugar, y otra pieza del rompecabezas demandaba ser resuelta.
Y el rompecabezas se mantenía demandando más y más piezas.
Comenzó a navegar a través de las menciones de Ness. Pero no paró en un hilo. O dos. Revisó cada respuesta, cada mención, cada conversación perdida que llevaba su nombre. No hubo hilo que haya dejado sin revisar.
Hilos de Ness respondiendo a otras personas. Ness deseándoles a otros suerte en sus partidos. Agradecimientos enviados a los fans. Incluso aquellos mensajes persistían y se negaba a verlos como casuales, eran algo a revisar, de los cuales se preocuparía luego. Palabras que en alguna ocasión fueron dichas de improviso de repente tomaban excesiva importancia. Yendo de foto en foto, su mente analítica no le daba un sólo momento de descanso, mientras se forzaba a adivinar cual era el significado de una sonrisa en una imagen o la falta de esta misma en otra. Se comenzaba a preguntar cosas que nunca antes se había cuestionado.
Retrocedió a conversaciones previas que ambos habían tenido, preguntándose si él mismo había sido demasiado frío o despectivo ¿Lo había llevado demasiado lejos?
Se acercó más a la pantalla, la luz azul parpadeaba desigualmente sobre su cara. Le hacía arder los ojos, pero lo ignoraba. Ness era el que siempre le alcanzaba los lentes para luz azul mientras se preocupaba amablemente diciendo:
—Vas a terminar arruinado tu vista.
Pero Ness no estaba aquí ahora.
Y Kaiser no podía dejar de mirar.
Fue entonces cuando algo nuevo salió a la luz.
Un clip de sus prácticas.
Ness regateando pasando a través de los defensas con una confianza que Kaiser jamás había visto.
Incluso lucía más preciso.
Parecía que volaba con pases controlados, hilando sus movimientos con giros minuciosos, y un trabajo de pies más fluido.
¿Por qué él era… mejor?
Kaiser sintió como algo se retorcía debajo de sus costillas.
¿Por qué se veía así ahora?
¿Por qué de repente se movía con tanta certeza?
¿Para quién estaba actuando así?
Y porqué ese alguien no era él.
Kaiser dejando atrás a Ness iba a ser supuestamente su victoria.
Observar a Ness prosperar sin él era su castigo.
Y cuanto más brillante parecía el futuro de Ness, más obscuro se volvía el de Kaiser.
Fue en ese momento cuando algo dentro de el cambió, enfermizo e ineludible, y entendió antes de que pudiera pararse a si mismo lo que significaba Ness para él. Hasta ahora había apreciado su presencia, sí, pero siempre había creído que podía continuar sin él.
Pero ahora, observar a Ness moviéndose con aquel brillo nuevo, con aquella confianza radiante, provocaba un dolor lo suficientemente profundo que era incapaz de ignorar.
La verdad lo golpeó con toda su humillante fuerza: lo necesitaba. La realización le provocó un vuelco al estómago.
Y con ello vino una fría certeza. Éste era sólo el inicio de su caída.
El silencio fue la primera cosa que dolió.
Luego llegó la ira, ambos nacidos desde el mismo sitio que su anhelo.
Maldición, ¿Por qué Ness le había hecho esto a él?
—«¿Por qué tenías que amarme de esa forma?» —pensó—. «¿Por qué eras siempre tan amable? ¿Tan paciente? Tanto que ahora no puedo vivir sin ello. Tanto que el dejarte ir me resulta imposible.»
Si sólo Ness hubiera sido mejor siendo cruel. Si sólo él lo hubiera empujado, enojado, peleado. Cualquier cosa hubiera hecho que esto sea más sencillo. Pero en su lugar había sido insoportablemente gentil. Y esa era la verdadera crueldad para alguien como Kaiser. Él, que no estaba hecho para la gentileza. Él, que nunca cambió. Él, que nunca supo como.
¿A Ness se le había por fin terminado la paciencia para con él?
Ness todavía no había respondido a su último mensaje, y cada hora sin respuesta agregaba algo a su sufrimiento.
Intentó imaginar las razones que explicaran su silencio, pero cada una sólo lo enviaban a una nueva espiral de pensamientos negativos. Se decía a si mismo que tal vez Ness andaba con resaca, o enfermo, o que simplemente estaba dormido, pero ni bien pensaba esas excusas, estas dejaban de funcionar. Se disolvían instantáneamente, siendo reemplazadas por posibilidades peores.
¿Que tal si Ness ya se había cansado de él? ¿Que tal si ya no le importaba?
Con los dedos temblando, Kaiser reabrió sus mensajes recientes. Ness había parecido un poco herido al principio cuando Kaiser dijo que ya no le necesitaba, pero no se atrevió a protestar por mucho tiempo. Pronto volvieron a su ritmo usual, como si nada hubiera pasado: Ness le recordaba tomar sus vitaminas. Ness le chismoseaba sobre sus compañeros de equipo. Ambos se quejaban de los idiotas de sus respectivos equipos (okay, tal vez era Kaiser en su mayoría el que se quejaba de los demás). Kaiser había asumido que Ness simplemente había aceptado su nuevo, peor lugar en su vida.
Pero ahora se preguntaba si había malentendido todo. Si Ness se había quedado callado todo este tiempo no por devoción, ¿sino por resignación?
Así que escaneó sus mensajes de nuevo, línea a línea, buscando significados ocultos, preguntándose si había sido muy frio, muy despectivo, muy indiferente.
¿Lo había ofendido?
Y ahora la preocupación se apegaba a él por completo. Corroyéndole desde adentro, supurando.
Mientras su mundo se sentía congelado, estancado en un único, obsesivo pensamiento, todo lo demás continuaba su rumbo, demandándole cosas como si nada estuviera mal.
La práctica le esperaba.
Arrastró sus pies todo el camino hacia allí, mandíbula apretada, la irritación cociéndose a fuego lento sin un objetivo en específico.
Para cuando llegó a los vestidores, se encontraba con un ánimo en el que sus compañeros lo habían visto pocas veces antes.
Miró a su teléfono. Todavía no había una respuesta de Ness.
Exhaló bruscamente por su nariz.
Y pese a todo lo que se dijo a si mismo, con cada instinto gritándole que esto era un error— sus dedos comenzaron a escribir antes de que se percatase.
Actuás como si estuviera jugando. No es gracioso.
Clavó su mirada en el mensaje, sintiendo una presión en el pecho, su boca seca.
Entonces otro mensaje le siguió, sin desearlo:
Te extraño.
Ni bien lo envió, el pánico lo golpeó.
Se apresuró a detenerlo, aferrándose a cualquier pizca de dignidad que todavía tuviera.
Un tercer mensaje:
NTP. Fue un momento de debilidad. Vete a la mierda.
No. No, nada de esto pasó. Se rehusaba a creer que había pasado.
Se dijo a si mismo que no volvería a revisar su celular de nuevo. Ness podía volverse arrastrando sin que le importase en lo más mínimo.
Incluso se dijo esa mentira con confianza, casi creyéndosela, aunque una pequeña parte de él todavía esperaba que para cuando el calentamiento terminase, el silencio de Ness se rompería, con una respuesta esperándole.
Así había funcionado su ritmo siempre.
Además… se merecía al menos eso ¿No?
Golpeó la puerta de su casillero cerrándola y sosteniéndola por un segundo, su mano firmemente apoyada contra la superficie fría, como si estuviera conteniendo algo peligroso dentro.
Entonces exhaló con fuerza.
Se enderezó.
Ahí estaba Kaiser, en la cúspide de todo. Todo lo que él siempre había querido. Estaba tan cerca ahora, el mundo abriéndose ante él. Patrocinadores, mujeres, hombres, todos queriéndole a él. Lo único que tenía que hacer era intentar alcanzarlo y tomarlo. Después de todo, él era adorado por todos, la estrella dorada, el prodigio con corona.
Y aún así lo único en lo que podía pensar era en él.
Él ocupaba cada uno de sus pensamientos, hasta que todo lo demás se sintió aburrido y gris. El mundo en si mismo parecía deslavado, apagado a su alrededor. Su cuerpo se sentía disperso y lento, como si estuviera llevando un peso tremendo.
Aún así, no podía escapar de la realidad que era que una simple señal de Ness haría que todo aquello se desvanezca.
No había dignidad en aquello. Depender de alguien así. Se sentía como un adicto, buscando a Ness, como si la siguiente calada pudiera calmarlo. Y siendo simultáneamente el origen de su sufrimiento.
Ness se había transformado en el veneno y el antídoto.
De a ratos se lamentaba por su propia miseria, luego era atacado por un miedo profundo de que tal vez esto sería permanente ¿Se quedaría así a menos que Ness volviera a él?
¿Se convertirían sus días en nada más que espera, sus noches en nada más que la sofocante guerra contra sus propios pensamientos? Se sentía poseído, llevado por pensamientos que ya no podía controlar.
Deseaba poder arrancarse el corazón, terminar con todo en un movimiento bruto, y acabar con esto. ¿No sería más fácil así? Si simplemente pudiera silenciarlo todo, apagar el sentimiento a nada, y volver a la versión de si mismo que sabía que funcionaba. Aquel Kaiser que no se doblegaba, que no se rompía, que no quería.
Pero no podía.
Y Dios, sentía que estaba perdiendo el control sobre si mismo, sintiendo como todo lo que había construido se le estaba yendo de las manos.
En la práctica tuvo un mal desempeño. Realizó movimientos de alto nivel, pero sin entusiasmo real. Sus pases estaban mal, su ritmo peor, y se enojaba con sus compañeros por errores que él mismo cometía, o por cosas en las que no podían ayudar. Sabía que no estaba siendo justo, pero necesitaba desquitarse para despejar el lío de su cabeza. En un punto incluso chocó directo contra un compañero, haciendo que ambos perdieran el balance y ganándose un frío e irritado:
—¿… estás prestando atención?
Giró, listo para responder.
—Métete en tus-
Pero la frase se congeló en su garganta cuando vio de quién se trataba.
Sae.
Por supuesto que era Sae.
Con aquellos ojos a medio abrir, incómodamente atentos, fijados en él. Su piel dolía, por el pinchazo de estar jugando por debajo de su estándar, siendo juzgado por él de todas las personas.
La humillación se convirtió en estar a la defensiva.
—Tch. Métete en tus propios asuntos —, murmuró, con fanfarronería que se sintió falsa hasta para si mismo.
Sae no se molestó en responder. Sólo lo miró por un segundo, y luego se alejó.
Luego el silbato del entrenador sonó por todo el campo.
Tiempo de descanso.
Kaiser caminó una vez más a los vestuarios, sus botines clavándose en el pasto. Cada paso se sentía más pesado, enojado, como si el peso en su pecho se estuviera extendiendo. Y debajo de todo aquello, estaba la misma alarma pulsante.
Se sentía vació.
Mientras estaba parado en los vestuarios, la urgencia de revisar su celular volvió a invadirlo.
Se dijo a si mismo que era inofensivo. Que sólo sería un vistazo. Que Ness tal vez había respondido.
Lo desbloqueó.
Nada.
El silencio en la pantalla se sentía más ruidoso que aquel que inundaba la habitación. El dolor familiar lo partió al medio por un segundo.
Oh.
Conocía este sentimiento.
Tenía la forma de una vieja herida, tallada por alguien quién se había ido y jamás había mirado atrás.
La había enterrado debajo de las victorias, debajo de seguir adelante, debajo de cualquier cosa lo suficientemente ruidosa como para ahogarle.
Odiaba lo sencillo que era que volviera a la superficie.
¿Finalmente Ness se había alejado de él?
¿Lo había visto como el fraude que era?
Se quedó sin aliento.
La actuación había terminado. No había aplausos, ni una cortina cerrándose. Kaiser estaba parado en soledad limpiando los últimos indicios de pintura en el escenario, mirando a una cara que apenas reconocía sin su barniz.
¿Por qué no había respondido todavía?
No se suponía que Ness se alejara de él.
Le había dicho que Kaiser significaba todo para él.
¿Todo eso no significaba nada?
Cada momento que compartieron. Cada palabra que Ness le había ofrecido a él con esa devoción nerviosa.
Kaiser había sido el Sol de Ness, su rey, y por mucho tiempo Ness lo había orbitado con una lealtad comparable solo a las leyes de la naturaleza. Pero ahora esa órbita se sentía rota, la fuerza de atracción rota, la luz desvaneciéndose.
¿Cómo podía una estrella perdida decidir salir de su orbita?
¿No se volvería tenue y se sentiría perdida, flotando a la deriva en la oscuridad sin su emperador para anclarlo?
Asi que ¿Por qué, entonces, era Kaiser el que quedó en la oscuridad?
Suficiente. Necesitaba parar esto.
Su pulgar se posicionó sobre el botón de bloquear. Lo apretó rápido, antes de que pudiera pensar en algo mejor.
El alivio que sintió duró menos de un segundo.
¿Que pasaba si Ness necesitaba contactarlo?
Su pulso se aceleró. Lo desbloqueó de nuevo y metió rápido el celular dentro de su mochila, como si quemase.
Se enderezó, y entonces volvió trotando de nuevo al campo, pretendiendo que todo el incidente con el teléfono no había pasado. El entrenador había reunido ya al equipo, comenzando a dar un resumen para lo que sería su siguiente partido amistoso contra Ubers.
Kaiser intentó escuchar, intentó dejar que aquellas palabras lo anclaran a la realidad como pasaba antes, pero su atención terminaba por volver a aquel peso-con-forma de celular que había en su mochila. El entrenador seguía hablando. Formaciones. Transiciones. Números y movimientos que debían de importarle. Todo aquello sonaba extrañamente distante, como si estuviera pasando detrás de un panel de vidrio.
Algunas veces un compañero preguntaba algo, con una pasión que Kaiser encontraba desconcertante. No podía entender como a alguien le podía importar tanto algo tan inconsecuente.
¿Cómo alguien podía estar parado aquí y pensar sobre eso? ¿Porque todos estaban hablando como si fuera cualquier otro día? Como si algo irreversible no hubiera pasado. Como si el mundo no se hubiera terminado.
Tragó con fuerza, apretando la mandíbula. Todos hablaban con tanta facilidad, tan casualmente, sin darse cuenta. Envidiaba su despreocupación.
Entonces un nombre lo atravesó todo.
—… su presión sobre el medio-campo es más fuerte esta temporada, especialmente con Lorenzo-
El nombre lo golpeó como un puñetazo a las costillas.
Lorenzo.
Por supuesto. Como si el universo en si mismo se estuviera burlando de él. Algo horrible se retorció dentro de él. Fijó sus ojos en el pasto, crujiendo los dientes, su mente regresando a aquel estúpido comentario de Instagram como si grabado en hueso.
Cuando finalmente levantó la mirada, se encontró con Sae observándolo.
La mirada se mantuvo, aburrida y lo suficientemente penetrante para exponerlo por dentro. El tiempo suficiente para dejarle claro que Sae lo había visto todo.
Un sonrojo provocado por la vergüenza y la ira se expandió por él.
Kaiser sintió como algo dentro suyo crecía, como un gruñido intentando escapar. Quería mostrarle sus dientes, reaccionar, decirle que se metiera en sus propios asuntos —cualquier cosa para intentar evitar aquel juicio impasible reflejado en su cara.
Pero Sae sólo le mantuvo la mirada por un latido más, despreocupado, ilegible… y luego apartó la mirada como si Kaiser fuera completamente irrelevante.
Aquello dolió más que todo.
Después de la practica se tropezó a través de los pasillos del frío estadio como si fuera un espectro, con la cabeza palpitando, su visión borrosa en los bordes. Sus manos encontrándose una y otra vez con la pared en busca de balance. Se sentía como si algo dentro suyo se hubiera soltado.
Sabía que algo estaba mal, pero no podía permitirse el verlo.
El silencio no era nada.
Había aguantado cosas peores que la nada. Peores que no ser contestado. Se había formado en lugares donde el querer era inútil, donde el necesitar era castigado, donde la duda costaba más que una disculpa. Un simple chico no podía desestabilizarle así. Así no era como él había sobrevivido.
Sólo había una cosa que había sostenido alguna vez. Una cosa que nunca flaqueó.
Poder.
La palabra lo estabilizaba.
Era suficiente antes. Se había construido a si mismo sobre esta, reduciéndose a si mismo hasta que sólo la palabra quedase. Un soberano no rogaba. No se quedaba atrás. No se movía hacia la ausencia y la llamaba anhelando. Un soberano gobernaba, y el mundo se alineaba por si mismo en su entorno. Así era como siempre había funcionado. Así era como debería funcionar ahora.
No necesitaba a Ness.
El pensamiento le llegó limpio, practicado. Lo dejó asentarse, luego lo repitió, con más firmeza esta vez. Él no lo necesitaba. Ness había sido útil. Leal. Conveniente. Pero la utilidad no era una necesidad, y la lealtad no engendraba poder. A lo sumo, había sido una indulgencia por su parte, el mantener a alguien cerca simplemente porque él se quedaba.
El afecto suavizaba las esquinas. La dependencia corrompía la autoridad.
Ya lo había aprendido de joven.
Se recordó a si mismo que era un tirano. Los tiranos no se rompían. Los tiranos no sentían dolor. Y los tiranos no se levantan por la noche deseando escuchar la voz de alguien preguntando suavemente, ¿Dormiste bien?
¿O no?
Se quedó parado.
El departamento se encontraba en completo silencio. No pesado. Sólo vasto. Demasiado espacio que no tenía nada. El aire se sentía indemne, como si nadie lo hubiera respirado en todo el día.
Tragó con dureza y continuó.
Siempre había sabido como obtener lo que quería. Como moldear a otros en forma, como romperlos hasta que calzaran. Jugadores jóvenes, jugadores desesperados, jugadores que creían que sus futuros les pertenecían— había robado esa certeza y la había reemplazado con su figura. Había atiborrado de si mismo sus sueños y sus miedos. Eso era poder. Esa era la prueba. El control convertía en legible al mundo.
Siempre había sido suficiente.
Se imaginó del modo en el que siempre lo hacía: con su nombre en ascenso, con estadios coreándolo, caras que lo miraban con hambre, admiración, miedo. Una corona forjada unicamente en la atención. Kaiser no había sido nunca amado por nadie, así que ahora necesitaba ser amado por todos. Necesitaba una victoria tan abrumadora que pudiera cancelar cada una de sus derrotas.
Lo eclipsaría todo. Se convertiría en lo inevitable.
Incluso Ness.
Especialmente Ness.
El lo vería eventualmente. Él entendería de quién se había alejado. Qué es lo que había fallado en apreciar. Todo el mundo lo hacía, al final.
La fantasía creció, luego se detuvo.
Aún así, era cómoda. La vieja historia de si mismo. Aquella donde nadie podía tocarle. Aquella donde el miedo no tenía lugar en la sala del trono. Aquella donde él era el amo de cada reino exceptuando el de su corazón.
Pero ahora no le afectaba de la misma forma que antes. La imagen se sentía distante aunque familiar, como si pasara por enfrente de una casa en la que había vivido. La reconocía pero él ya no pertenecía ahí.
Pero siempre había funcionado mejor en conflicto. Bajo presión. Esos eran campos de batalla con terrenos que entendía. Eran crueles, pero las reglas eran simples. Te mantenías de pie o no lo hacías.
Y había aprendido a vivir con las consecuencias. Con lo que había sido dejado atrás. Con el terreno quemado y humeante.
¿Así que por qué, entonces, el sabor del triunfo se asentaba de forma extraña en su boca, sabiendo más a ceniza que a terciopelo esta noche? Se había vestido a si mismo como un tirano, pero parado en el vacío de su propio reino, se sentía como lo que realmente era.
Un tirano que no podía gobernarse a si mismo.
Kaiser se sentó sólo en su penthouse demasiado grande, y por primera vez su gran tamaño se sintió insoportable. Todo lo que había conseguido se sentía inútil ahora. Se sentía patético, desgastado por pensamientos que lo habían perseguido todo el día en círculos. Y entonces, por fin, un nuevo pensamiento apareció.
El no quería libertad. Lo quería a él.
Su celular yacía en sus manos, la pantalla llena con mensajes que se mantenía escribiendo y borrando, uno que jamás dejaría el borrador. Había abierto su última conversación al menos diez veces esa noche, pensando en una disculpa, y aún así ni una palabra había sobrevivido a su duda.
Siempre había tenido miedo de intentar buscar el amor de Ness, miedo de lo mucho que podría quemarle, miedo, también, de entregar esa clase de poder a cualquiera. Y, ¿no se suponía que él debía ser un monarca? ¿Por qué alguien más tendría que poder regir su corazón?
Lo asustaba, la facilidad con la que cada pequeña palabra de Ness podía influir su estado de ánimo, dictando si se sentía terrible o en éxtasis. El amar a alguien era rendirse ante la persona amada. ¿Y no era ese un pensamiento terrorífico?
Pero mientras más se extendía el silencio, más crecía la certeza en su interior. La ausencia de Ness en aquella pantalla se asentaba sobre el como un veredicto final, doloroso y punzante, como el filo de una guillotina que se posaba sobre él.
Había perdido. Siempre había creído que el poder significaba sacar provecho. Pero sacar provecho dependía de la capacidad de ser capaz de alejarse. Y él ya no podía hacerlo.
Revisó su celular nuevamente de todas formas. Nada. Por supuesto.
Por fin había tenido éxito en alejarle, ¿no?
Este era el producto de sus acciones.
Había abandonado a Ness, lo había dejado de lado en busca de su propia gloria.
No era mejor de lo que había sido su madre en aquel momento, y el pensamiento hizo que dejara escapar una risa seca, sin humor.
No. No le había simplemente dejado. Lo había perdido.
Había algo peligroso acerca de nunca decir lo que pensaba. Acerca de nunca dejar que su boca traicionara sus pensamientos, o peor, su corazón. Acerca de querer cosas sobre las que nunca se atrevía a actuar porque el miedo se lo mantenía quieto. Llevaba encima tantas verdades que silenciaba que no era sorpresa que se hayan vuelto en su contra. No tenía a otro que culpar que no sea a si mismo.
Tantas cosas se habían escabullido entre lo que quería decir y lo que nunca hizo. Entre lo que quedó sin decir y lo que en realidad hizo. Entre lo que dijo y lo que nunca quiso decir. La mayoría de su amor desaparecía entre aquellos espacios.
Y tal vez así era como se perdía el amor.
Era raro como él había sentido la presencia de Ness con más fuerza durante su ausencia que en su tiempo juntos.
Entendía con extraña claridad que jamás conocería aquella vida que podría haber tenido. En su lugar gastaría los años perseguido por la posibilidad intacta, con la versión de si mismo que fue más valiente, que habló, que actuó. Estaba también la soledad, el deseo de una vida que no atrevió a reclamar. Y ahora estaba condenado a aferrarse a una fantasía aun después de su muerte, quedándose en una mesa que había sido limpiada hace tiempo, sin poder soltar.
Y lo peor era que, su soledad nunca se había originado en la ausencia de personas sino que en su propia incapacidad de ponerle nombre a las cosas que importaban. Se originaba en nunca permitirse a si mismo el ser visto por la única persona que esperaba que lo viese.
Y ahora lo había arruinado todo, ¿no es así? Empujando lejos a la única persona que se había quedado por tanto tiempo a su lado. Y no había una segunda oportunidad, no quedaban vidas extras, no había un botón de reinicio para volver a empezar desde su último punto de guardado. Si pudiera volver a repetirlo todo de nuevo lo haría todo diferente. Si, esta vez admitiría las cosas que nunca se atrevió. Tomaría uno de aquellos suaves rizos, no de la manera bruta, posesiva que había hecho antes, sino gentil, de una vez por todas, o dejaría que sus dedos descansaran sobre la cálida piel de la mejilla de Ness, aquella que se sonrojaba con tanta facilidad cada vez que se paraba muy cerca, pestañas marrones entrecerrándose mientras apartaba su cara intentando esconderla.
Oh, si pudiera repetir aquello lo hubiera hecho todo tan diferente.
Y entonces se le ocurrió.
¿Por qué no podía repetirlo? ¿Por qué no podía intentar hacer lo imposible? ¿No había construido toda su vida en desafiar a los que otros pensaban que él no podía hacer? Si él decidía en este momento que podía arreglar esto, entonces podía. ¿Por qué el destino le detendría, cuando él jamás había aceptado sus propios limites?
Al diablo con las reglas.
Su reino. Sus reglas.
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Del otro lado de Europa Ness se despertó con una horrible resaca, todavía acostado boca abajo y vestido con las ropas de ayer, el confeti aferrándose a él desde la noche anterior. Su celular estaba muerto.
Cuando por fin cargó, vio 46 mensajes de Kaiser. El último decía:
Estoy volviendo a Alemania.
