Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Fandom:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-01-25
Updated:
2026-01-25
Words:
2,845
Chapters:
1/?
Comments:
1
Kudos:
1
Hits:
11

Performace en Tacones

Summary:

Hanamaki lo ha perdido todo: novia, trabajo y dignidad. Su única salvación es el garaje de su amigo de la infancia, Matsukawa, rico, excéntrico y dueño de un chihuahua tirano con ojos que parecen dedicar demasiadas horas a los textos nihilistas. En este escenario, Oikawa llora por un amor perdido, decidido a recuperarlo con la ayuda de un ordenador portátil que, claramente, no oculta nada. Una comedia absurda sobre amistad, sobrevivir al capitalismo y descubrir que lo “normal” solo es normal porque alguien te lo hizo creer.

Notes:

Yo no sé porqué acabo de escribir algo y empiezo otra cosa, pero ahi vamos. This is not a love song, o una historia de amor en resumen. No sé si actualizaré seguido porque tengo 80 cosas más que hacer pero la intención siempre la tengo.
Perdón por los typos, siempre me sigo que voy a corregir, y lo hago, pero solo identifico un 30%. So sorry.

Chapter 1: Capitulo 1

Chapter Text

El restaurante Kintsugi Garden era un insulto al buen gusto revestido e iluminado para gustarle a aquellos que no tenían nada mejor que hacer que gastar. Su propio nombre ya le daba pistas al consumidor que la cuenta le iba a hacer llorar. Tenía paredes cubiertas de musgo artificial que olía a dinero viejo y una iluminación tan tenue que todos parecían versiones seductoras de sí mismos, excepto Hanamaki, que seguía pareciendo un tipo que dormía en un Honda ¿He dicho parecía?

El pianista del fondo tocaba algo de Satie con cara de que se le hubiera muerto el gato esa mañana, las arañas de cristal iluminaban la sala y el camarero caminaba con la espalda tan recta que te hacia preguntarse si estaba articulado como una muñeca.

Y ahí estaban los cuatro. Matsukawa en su habitual pose de tipo que podría venderte un ataúd y convencerte de que te hará juego con el salón y es lo mejor que te podía pasar. Iwaizumi, rígido y silencioso, con la energía de alguien que aún no entiende por qué sigue juntándose con esa gente ¿pero los quiere? Oikawa, vestido de marca hasta los calcetines y radiando ese brillo artificial de las personas que se saben guapas y sufren por ello. Y, por último, Hanamaki, que había pasado toda la cena calculando mentalmente cuántos órganos humanos le iba a costar aquel menú degustación en el que habían traído ochocientos platos pero le habían dejado con hambre de más. No era una crítica a propósito de  la cocina moderna, que tal vez, sino de esa hambre de compresión que no todos alcanzamos en la vida.

Oikawa había pedido para todos vino francés y sake de lujo, como si todos cobraran lo mismo que una estrella internacional. De hecho, el mismo Oikawa había elegido aquel restaurante propio de los que confunden gastar con diversión, intentado olvidar su reciente ruptura sentimental. Y todo parecía perfecto para todos, hasta que llegó aquel camarero tieso a dejar la cuenta. Dentro de un sobre que cayó dentro de una caja de madera medio abierta, asomaba el tiquete. Hermoso y blanco se alzaba delante de Hanamaki.

Fue algo estadístico, eran cuatro y tenía que caer delante de él. El silencio duró lo que tarda un alma en abandonar el cuerpo. Hanamaki tomó el papelillo, sacándole de aquel ataúd simbólico y miró el importe a pagar.

Su cara cambió de color: blanco, luego gris, luego un amarillo febril, y finalmente un lila digno de hospital.

Oikawa, viendo la situación, sonrió con la serenidad de quien sabe que nunca toca pagar:

— ¿Qué pasa, Maki? ¿Te has atragantado con los números?

Hanamaki, que apenas podía respirar, murmuró algo sobre vender sus riñones en Yahooo Auctions mientras pensaba si su padre sería tan amable de pagarle la diálisis si los vendía los dos…

Oikawa le robó el trocito de papel impreso y lo leyó como si no fuera consciente de que él mismo había propuesto cenar en aquel lugar.

—Vale, esto ya es ridículo. ¿Quién demonios cobra tres mil yenes por un vaso de agua con hielo?

Matsukawa, que hasta entonces se había limitado a observar como un gato gordo viendo a sus presas discutir, tomó la cuenta con un suspiro casi paternal. Sacó la tarjeta visa gold a nombre de su esposa y llamó al camarero para pagar toda la cuenta sin pensarlo demasiado. Llevaban varios años casados y aunque él trabajaba… Se podía decir que lo hacía por mantener su independencia económica, no por necesidad.

—Tranquilos, chicos. Esto para mi señora es calderilla —dijo con la satisfacción de quien no tiene absolutamente nada que demostrar, pero lo demuestra igual. Y entregó la tarjeta al camarero con un gesto tan casual que casi pareció un acto de fe.

Iwaizumi levantó una ceja. No le molestaban las señoras que cobraran más que su maridos, pero si el hecho de que en la escuela siempre era él el lerdo que le pagaba la comida a a Oikawa. Si no integra, al menos la mitad.

—Podrías aprender, Oikawa — mencionó con algo de desdén.  Y no, no le agradaba que pagasen por él, pero entendía que allí él no iba a sacar su tarjeta y pagar con su mísero salario de profesor de educación física en un instituto femenino.

—Ni en mil años pago por vosotros — dijo con una sonrisa forzada —, dadme las gracias que compartimos el oxígeno.

—Saturando oxigeno egoico… — musitó Iwaizumi con fastidio. Había cosas que no cambiaban nunca.

Hanamaki les miraba incómodo. Él hubiera amado poder pagar aquello al menos una sola vez.

—Bueno… — dijo de golpe con un tono que sonó como un globo desinflándose — Quería deciros que estoy desempleado, Hana me ha echado del piso, se ha quedado a mi gato y el microondas que compré en el black friady de 2016 y… Estoy viviendo en el coche…

Un silencio profundo se hizo tras aquel comentario y los otros tres miraron a Takahiro. El pianista, por algún milagro narrativo, justo en ese momento cambió de pieza y empezó algo trágico, como si el universo tuviera sentido del humor.

Oikawa se fingió sorprendido. La última vez que se habían visto en pareja aquella chica parecía estar profundamente harta. Iwazumi se sintió asqueado por la reacción de Oikawa y le pegó un codazo. No podía soportar aquella teatralidad, suficiente incomodo se sentía ya por lo mal que estaba Makki.

Matsukawa lo miró de reojo, bebiendo el último sorbo de su vino como quien medita una ofrenda.

—Vente a mi casa, puedes quedarte en el garaje.

—¿Tu garaje? —preguntó Hanamaki, incrédulo.

—Tiene calefacción y un sofá, además, siempre quise tener un vagabundo de colección, rollo experiencia empática para que mi mujer pueda fingir que somos buenas personas y no solo ricos —dijo Matsukawa, y sonrió con esa calma siniestra de quien tiene ideas raras y dinero para ejecutarlas.

Hanamaki lo miró como quien observa un agujero negro: fascinado, aterrorizado y un poco agradecido.

— ¿Podría ir? — preguntó Hanamaki que tenía la espalda al borde de la espondilolistesis d dormir en su Honda—. Solo sería por un tiempo…

—Hasta que encontraras un trabajo u otro sitio, claro.

Hanamaki asintió, sin saber si acababa de conseguir un techo o una anécdota trágica para el resto de su vida.

**

Hanamaki abrió la puerta de su coche y dejó pasar a Oikawa, que tras poner una mueca se arrepintió de no haber cogido un taxi.

El Honda Civic de Hanamaki olía a derrota con notas altas de café derramado y desesperanza. Un calcetín sin pareja reposaba en el asiento del copiloto. Oikawa lo lazó hacia la parte trasera del coche y se sentó interpretando su mejor cara de comodidad.

—En otra vida soy actor de cine — dijo sacando un botecito de gel desinfectante y soltando su contenido por todo el salpicadero. Después pasó amablemente un clínex y miró a Hanamaki, ponerse el cinturón—. Te he lavado la mesa del comedor.

Hanamaki suspiró un poco herido por el comentario, pero siendo consciente de que era una verdad demasiado pesada.  Además el tono condescendiente de Oikawa era lo más cercano al cariño que conocía de él. Era su lástima contenida expresada en una acción.  Giró la llave y el motor del coche empezó a rugir.

—Es un espacio funcional, también es mi escritorio y…—respondió, con la dignidad herida del pobre que ha aprendido a defender lo indefendible.

—Claro, funcional… en el sentido de que funciona, supongo —Oikawa abrió la ventanilla apenas dos dedos, para permitir la entrada simbólica de oxígeno.

El silencio se hizo en el coche. No era que a Hanamaki le importasen los juicios mentales de Oikawa. No podían ser peor que los propios. Forzó una sonrisa.

— ¿Cómo llevas tú la ruptura con Bokuto? — preguntó intentado romper la tensión —. A mí lo de Hana me tiene roto, ni siquiera sé cómo hacer las cosas mejor pero si se enfadó tanto… Seguramente la culpa era mía.

La cara funcional de Toruu, perfecta y calculada, cambió un milisegundo para volver a ser la de siempre.

—De maravilla, me da lo mismo que esté con el tonto del culo y autista de Akaashi Keiji — dijo aquello con un tono vivido, propio de estar empezando a experimentar los efectos de los psicodélicos que no había tomado —. Que sean felices, arrancándose la piel a tiras mientras viven en sus miserables vidas.

—Ya veo que mejor que yo.

Hanamaki tragó saliva intentando seguirle el rollo. Oikawa enfadado no le daba miedo, pero Oikawa resentido… Podía verlo apretar los dientes y puños en esa ira contenida que te dice que algo no está bien.

—No, está bien, veo a Akaashi de forma recurrente para un trabajo y me ha regalado un ordenador portátil cutre que seguro tiene algo malo dentro porque quiere evitar que recupere a Kotaro, nada importante — aclaró Oikawa en un intento de disimular. Solo esperaba que un piano cayera sobre la cabeza de Bokuto y Akaashi mientras paseaban por Shibuya. Él aparecería trágicamente y rescataría a Bokuto, dejando morir a Akaashi en el acto. Luego, su amor haría el resto. Trágico pero conveniente—. Y tú, de verdad… ¿Cómo llevas lo de Hana?

Los ojos de Hanamaki se abrieron de par en par ¿Oikawa preguntando algo genuinamente? Realmente aquella ruptura le había cambiado. Se encogió de hombros.

— Después de seis años juntos, supongo que tampoco es tan anómalo que me ignore — no se sentía mal por la ruptura en sí, se la había ganado pero… — Creo que ambos nos acostumbramos a estar juntos y nos abandonamos a la normalidad, lo raro era no haber roto hace años… Pero estoy desempleado.

—Vamos, que la usabas.

—No, pero si — Hanamaki reflexionaba sobre el tema a menudo. No era que no le hubiera dolido, pero entendía por qué había pasado todo aquello—. No quiero volver a tener una relación así, creo que preferiría hacerme un only fans a volver a depender de alguien.

—¿Cómo Matsun?

—Matsun no depende de Blancanieves, y ellos si se eligen y tienen conversaciones incomodas y todo eso — aclaró Hanamaki. Él evitaba las conversaciones incomodas con Hana.

—Y ahora quieres ser su vagabundo adoptivo — aclaró Oikawa.

—Mejor que masturbarme en un calcetín dentro de un Honda Civic y que me multen por estar aparcado delante de un instituto femenino…

Oikawa le miró con cierta condescendencia. Él tenía un apartamento de más de trescientos metros cuadrados para él solo. Pero no quería que se masturbase en su ducha.

—Supongo que si — Oikawa arqueó los hombros —. ¿Quieres el ordenador que me regaló el nuevo novio de mi ex para iniciarte en only fans?

Hanamaki se replanteó aquello ¿Estaba listo para peticiones pesadas de señores extraños por internet?  No estaba seguro, pero podía pensarlo. Aparcó el coche delante del edificio de apartamentos en el que vivía Oikawa mientras pensaba en aquello.

Aquel edificio era enorme. De lujo y seguramente él nunca cumpliría los criterios para comprarse una casa a sí. Bueno, quizá nunca se podría comprar una casa y no era el gran drama si podía vivir en el garaje de Matsukawa.

—No estoy seguro de cumplir, pero tráelo — dijo Hanamaki —. Te ayudo a buscar lo que sea que tenga dentro y tal.

— ¿A este coche?

—Al garaje de Matsun, hombre — aclaró Takahiro. Lo tenía claro, era algo temporal pero lo tenía que hacer. Por la poca dignidad que le quedaba y por su espalda.

Observó como Oikawa pulsaba los códigos  de acceso al edificio y le miró entrar.  Algún día quizá se podría permitir un quinto sin ascensor en el extrarradio. Y sería tan feliz o más que Oikawa con su pisazo. Pero antes tenía que ir a casa de Matsukawa.

Llegó allí una hora más tarde. Se había perdido entre el paisaje y todos aquellos árboles. La mansión de Blancanieves, como a él le gustaba llamarla, estaba en Setagaya-ku, nada lejos de Shibuya-ku donde estaba el piso de Oikawa. Seguían siendo lugares para gente que facturaba más que él, claramente.  Pero toda aquella zona era bonitísima. Nadie podía decir que estaban tan jodidamente cerca del centro.

Le gustaba como se alzaban los cuatro pisos de casa, con un garaje añadido muy recientemente de estilo moderno, que desentonaba con el tejado de estilo clásico japonés. Tenía un jardín modesto. Modesto para estar en Tokyo. Sin embargo se notaba que el jardinero lo trataba con esmero. Vamos, que daba asco sentir que en esa casa daban un salario a por lo menos 3 personas, y él no ganaba ni para unos calzoncillos nuevos facturados en china con tintes radioactivos.

Cuando Hanamaki entró sus coche viejito y oxidado alucinó. No solo tenía espacio de sobras, sino que la iluminación era como la de estar dentro de la casa. El cambio de temperatura se sintió al instante, justo cuando la puerta se cerró tras de sí. Ya no hablemos cuando bajó del coche.

Todo aquel lugar hacía que el motor del Honda pareciera un motor de juguete y, en una esquina, un sofá viejo. Viejo… pero perfectamente adaptado a la anatomía de un Chihuahua con síndrome de superioridad, también conocido como Bambi. Aquel perrillo de cuerpo diminuto y pelaje dorado, parecía un ácaro acomodado en el sofá. Abrió los ojos saltones que parecían haber leído demasiado Nietzsche, y lo miró con fijeza salvaje.

Hanamaki suspiró. Quizá debería seguir durmiendo en el coche por conservar su integridad física, frente aquel amasijo de carne diminuta como un nervio expuesto.

—Vaya… —murmuró Hanamaki, dándose cuenta de que él no tenía que trabajar para merecer aquello—. ¿Esto… esto es un garaje? Mi piso con Hana era igual de grande…

—Sí —dijo Matsukawa desde la entrada — Tu garaje ahora, con luz, calefacción y bueno, el único defecto es que tienes que compartirlo con Bambi.

Takahiro se acercó al sofá con cautela. Quizá podría llegar a un acuerdo con el Chihuaha intelectual. Le acercó la mano desde abajo y antes de que Matsukawa pudiera decir nada, el perro le mordió en los dedos con fuerza.

—¡Me cagó en la pu…! — la intención de Takahiro fue impulsiva de lanzar a aquel microbio diminuto contra la pared, pero se contuvo.

—Sí, a veces muerde a los desconocidos — advirtió tarde Issei con cierta sonrisa de incomodidad—. Ya se que esto no es perfecto, pero es lo que puedo ofrecerte.

En la mente Hanamaki pensaba en qué o para qué usarían los putos tres pisos superiores de la casa, considerando que aquello era una mansión y le hacía compartir espacio con un perro piraña. Pero la realidad era que era aquello o el coche. Así que se calló, no por miedo, en el fondo por gratitud. Menos daba una piedra.

—Tu perro es un psicópata.

—Tranquilo —dijo Matsukawa, riéndose—. Es parte del contrato de convivencia, vale, no es un favor que me hagas a mí, es para que no sientas que estás recibiendo demasiado, vivir aquí es un privilegio, así que a cambio solo tienes que sacar a Bambi cuando te lo pida ¿No es mucho no?

—Te contestaré a eso si no sufro una amputación de dedos en los próximos meses — se quejó Hanamaki. Lo hacía por él ¿eh? Cuidar de aquel perro sarnoso que seguro comía mejor que él—. Pero es un perro muy pequeño para ser tan… intimidante.

Bambi, como si entendiera la conversación, se lanzó a morder otra vez, solo para recordar quién manda.

—Sí, pequeño tirano —dijo Matsukawa, encogiéndose de hombros—. Solo se acostumbrará a ti, a mí me mordía igual y ahora ya no.

Issei se acercó a Bambi que movió la cola emocionado, saltó de alegría y parecía un regalo del universo. Takahiro se miró la mano aún con la marca de los dientes de aquella bestia parda. O se acostumbraba a él o él se acostumbraba al perro. No había otra.

—Eso es porque es un sofá de lujo,  todos lucharíamos por estíranos ahí—respondió Matsukawa—. No tienes excusa para no sentirte como en casa, usa el baño adjunto, coge lo que quieras de la cocina y solo recuerda: sacar a Bambi, y todo estará en orden.

Hanamaki asintió, medio atónito, medio agradecido.

—Vale… trato hecho. Pero si me muerde otra vez, juro que lo reporto a Recursos Humanos.

—No sé si tienes derechos laborales — aclaró Matsukawa riéndose —. Si necesitas algo estaré arriba.

Dijo aquello y lo dejó a solas, con aquel perro que parecía más inteligente que él y la duda intensa sobre qué criterios había para abrirse una paginita azul y empezar a facturar por enseñar el culo… Aunque algo le decía que no iba a ser tan fácil. Pero bueno, siempre decían que los grandes de Silicon valley empezaron en un garaje ¿no? Él ya tenía parte del relato contado.

Se dejó caer en el sofá de Bambi, con la espalda aún dolida y la cabeza llena de ideas cuestionables. Entre calcular cómo sobrevivir y abrir una página azul que prometía enseñarle la vida por internet, pensó: bueno… si esto es vida de vagabundo de lujo, podría acostumbrarse. Aunque sospechaba que el chihuahua ya tenía en mente su plan de dominación mundial y él era solo un extra en la serie.