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Tik. Tak. Tik. Tak.
El sonido del reloj perforaba la habitación como un martillo.
—En serio, puedes irte a la mierda. No quiero saber nada de ti. ¿Me escuchaste? Eres una maldita perra.
Tik. Tak.
—Vete. Después de todo, no eres nadie. Dime… ¿qué vas a hacer sin mí? No tienes nada desde que tu padre murió. Ahora no eres más que un don nadie.
Las palabras caían como cuchillas.
—¿No te basta con haberme puesto el cuerno? Maldita…
La discusión se cortó de golpe cuando el hombre alzó la mano.
—Atrévete —dijo con voz fría— y tendrás a toda la policía detrás de ti.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—…Carajo.
Se dio la vuelta de golpe.
—¿Sabes qué? Me voy.
Tik. Tak. Tik. Tak.
La puerta se cerró con violencia.
El aire nocturno lo golpeó cuando salió de la casa. Caminó directo hacia su auto: un deportivo blanco, caro, impecable. Un regalo de su padre… uno de los pocos recuerdos que aún no se habían roto.
—No puedo creerlo… —murmuró mientras encendía el motor—. Esa perra… nunca me quiso.
Tik. Tak.
El rugido del motor ahogó sus pensamientos mientras el auto se lanzaba a la calle. Adelantaba vehículos sin mirar, esquivando luces rojas, ignorando bocinas y gritos.
Su mente era un caos.
La discusión.
El engaño.
El funeral de su padre.
—¿Por qué, Sofía…? —susurró—. Te lo di todo.
Las lágrimas nublaron su visión. Apretó el volante con fuerza mientras, sin darse cuenta, aumentaba la velocidad.
El motor rugió.
De pronto, todo se aclaró.
Un camion frente a él.
Giró bruscamente. El camión rozó el deportivo, arrancando los espejos y destrozando la pintura. Nada grave… comparado con lo que venía.
—E-esto… esto debe ser una broma, ¿verdad?
El auto se desvió justo hacia el borde. No era un puente exactamente, pero tampoco una carretera: una barrera mal diseñada separaba el camino de un barranco que daba al río.
El impacto fue brutal.
Su cabeza se estrelló contra el volante.
Un sonido seco.
Algo rompiéndose.
Luego… nada.
Ricardo.
23 años.
Alguna vez fue empresario. Tras la quiebra de su empresa, su padre lo ayudó a reconstruir lo poco que quedó. Se casó poco después con Sofía.
Domingo, 7 de febrero.
Año desconocido.
A unos dos metros del accidente, un hombre observaba la escena.
Vestía un traje negro impecable, zapatos pulcros y un sombrero que ocultaba su rostro. Parecía joven, quizás veintisiete años… pero su presencia era antigua.
—Con esto terminamos por hoy —dijo con calma.
Se acercó al cuerpo sin vida y se inclinó apenas.
—Que tu alma descanse en paz.
Una luz blanca emergió del cadáver, elevándose lentamente hacia el cielo oscuro, salpicado de estrellas.
El hombre la observó partir.
Después de observar durante varios minutos, respiró profundamente.
—Es hora.
A su espalda, dos alas se desplegaron de golpe.
Eran majestuosas, de un blanco puro, casi imposible de mirar fijamente. De ellas emanaba un brillo sereno, hipnótico, uno capaz de arrancar la atención incluso de un alma recién desprendida del cuerpo.
Con un solo impulso, se elevó.
Atravesó el cielo, luego el vacío, dejando atrás estrellas y galaxias hasta que el concepto mismo de distancia perdió significado. Finalmente, llegó a un lugar que parecía una enorme habitación suspendida en la nada.
Dos puertas de madera antigua se abrieron ante su presencia.
Más allá de ellas… blanco.
Un blanco absoluto.
La arquitectura era simple, casi austera, pero al mismo tiempo llamativa, como si se burlara de la percepción humana de lo que es bello o complejo. No había adornos innecesarios, y aun así, todo resultaba abrumadoramente perfecto.
—Hogar dulce hogar —murmuró.
Aquel lugar era el vestíbulo donde las almas descansaban antes de ser enviadas a su destino final. Allí se determinaba el peso de sus actos, el camino que seguirían… y nada más.
Ese no era su juicio.
Su función era distinta.
Gestionar.
Observar.
Intervenir solo cuando era estrictamente necesario.
A lo largo de su existencia, solo tres reglas eran absolutas:
No intervenir en el plano terrenal.
Si el momento de muerte aún no ha llegado, pero el alma está en peligro, la primera regla puede omitirse.
Un alma no puede salvar a otra de su destino.
Tras recorrer la sala con la mirada una vez más, se dirigió a la parte más profunda del lugar. Allí había una habitación distinta al resto.
No era blanca.
Sus paredes tenían un tono celeste claro, suave, casi reconfortante.
—Hoy ha sido más movido de lo habitual…
Se quedó pensativo. Los últimos eones habían pasado de la misma manera: asegurándose de que las almas descansaran en el lugar correcto, de que ninguna se desviara del destino escrito en el Libro de la Muerte.
—Mmm… últimamente este lugar se siente más vacío —admitió—. Desde lo que ocurrió en el último eón…
Se sentó en una silla de madera. A diferencia del entorno, era fea, vieja, gastada por el tiempo, como si estuviera a punto de romperse. Un objeto impropio para un lugar eterno.
—No sé por qué sigo intentando dormir… si no puedo —dijo con una leve exhalación—. Supongo que es costumbre. Antes solía ser humano, después de todo.
Miró a su alrededor una vez más.
—Sí… esto es muy solitario.
Pasaron dos horas.
Dos horas en silencio absoluto, sentado, mirando a la nada.
Y entonces—
Sintió una presencia no deseada en el lugar.
Quienquiera que se hubiera atrevido a meterse allí era o muy valiente… o increíblemente estúpido.
Se levantó con desgano de su vieja silla de madera y se dirigió al salón principal, donde aguardaban las almas en espera.
—Qué fastidio… estaba en mi mejor momento de relajación, y alguien decide interrumpirme —murmuró para sí, con un dejo de irritación.
A medida que se acercaba, una voz lo alcanzó, cargada de dolor y furia al mismo tiempo. Entre susurros y repeticiones frenéticas, escuchó:
—¿Dónde está…?
—¿Dónde está…?
—¿Dónde está…?
Las palabras se multiplicaban, como un eco desesperado.
—Mmmm… ¿quién es esta mujer? —susurró, arqueando una ceja—. Mejor será que te vayas; no tienes permiso para estar aquí.
Pero la voz continuó:
—Tu… tu… tu… tu…
—Dónde está… dónde está… dónde está…
El hombre frunció el ceño, sintiendo algo extraño en el aire: un miasma denso, casi tangible, acompañado de una energía negativa demasiado intensa para ser un simple demonio.
—Devuélvemelo… —la mujer exigía, cada palabra empapada en poder y desesperación.
Cuando la figura comenzó a avanzar hacia él, dos golems de luz blanca se interpusieron, deteniéndola en seco.
—Bueno… parece que no tendré que actuar —comentó el hombre, con calma—. Los golems deberían encargarse de ella.
Pero la mujer no se detuvo. Con un gesto, manos oscuras brotaron de su cuerpo y aplastaron el brazo de uno de los golems, destrozándolo por completo.
—Parece que busca a alguien —pensó, con leve sorpresa—. Extraño… no debería haber ninguna presencia así. Técnicamente es imposible que alguien muera mientras estoy aquí sin que lo gestione.
Con un toque de duda, mientras se desataba la pelea, abrió el Libro de la Muerte que había aparecido en su mano. Lo examinó, buscando algo que no terminaba de cuadrar… hasta que lo vio: una nueva luz, un alma nueva, desconocida.
—Eso es imposible… . No debería suceder. No debería haber errores —musitó, invadido por la curiosidad.
Se acercó al alma. Los gritos de la mujer le alcanzaron como un torbellino:
—¡Allí está!
—¡Dámelo!
—¡Dámelo!
—¡Dámelo!
La mujer, frenética, había localizado lo que buscaba. Con un impulso de energía, invocó más manos negras, destrozando los golems restantes y avanzando a velocidades imposibles para cualquier ojo humano.
—Atrás —dijo el angel, y una ola de viento surgió de él, empujándola contra un muro blanco con violencia.
Volvió su atención al alma, que permanecía cerca.
—¿Quién eres? —preguntó.
Al conectar el alma con el Libro de la Muerte, encontró el nombre:
Nombre: Subaru Natsuki
Causa de muerte: Corte fatal en el abdomen
—¿Por qué el libro no lo ha registrado? ¿Dónde carajos estaba…? —pensó, frustrado—. Esto no debería ocurrir.
No notó a tiempo que la mujer se acercaba nuevamente. Manos negras se dispararon hacia él, pero desaparecieron al contacto con su presencia, como si fueran consumidas por un muro invisible de poder.
—¡Dámelo! —gritó ella.
—Lo siento, pero esta alma ya cruzó el umbral. Se queda aquí a esperar el juicio —respondió con firmeza.
La energía oscura que lo rodeaba se arremolinó a su alrededor, pero sus ataques no le afectaron.
—Realmente… nada de lo que hagas funcionará conmigo. Te recomiendo que regreses —advirtió.
Por un momento, la realidad cambió. sintió cómo el aire se volvía denso.
—Imposible… —susurró, mientras la mujer, en un descuido, tomó el alma y desapareció con ella.
El hombre frunció el ceño. Frustrado por la interrupción y decidido a terminar el asunto de una vez, dio un paso… y el mundo se volvió negro.
En un abrir y cerrar de ojos, el entorno cambió.
El blanco puro fue reemplazado por una ciudad de piedra, calles empedradas y carruajes impulsados por… ¿dinosaurios? O al menos eso parecía.
Y lo que más lo desconcertó: las personas no eran del todo humanas. Sus rasgos recordaban animales, combinados de formas que desafiaban toda lógica.
Se quedó observando atentamente su entorno.
Mientras más miraba, más se sorprendía.
Las calles de piedra, los edificios de madera y las vestimentas le resultaban familiares… pero solo hasta cierto punto.
—Esto se parece a la Europa medieval… —murmuró—. Me pregunto dónde estoy.
Sin perder tiempo, invocó el Libro de la Muerte.
Nada.
El libro permaneció en silencio.
…
—No detecta ningún lugar… —frunció el ceño—. Eso no puede ser. Este libro es capaz de identificar incluso santuarios divinos.
Cerró el libro con una leve, pero inquietante decepción. Aquello no era normal.
Decidió avanzar.
Cada paso solo aumentaba su confusión.
—No entiendo… —pensó—. El idioma. No se parece a ninguno que haya visto en todo lo que llevo existiendo.
Observó a las personas con más atención.
—Y no solo eso… quienes viven aquí poseen aura divina —analizó—, pero es débil. Mucho más débil de lo que debería ser. Ni siquiera alcanzan el nivel promedio de un humano común
Su expresión se endureció.
—Y lo que más me preocupa… —continuó— es esta falta de información.
Intentó sentir el vínculo.
Nada.
—No puedo percibir el limbo… —susurró—. No hay conexión.
Por primera vez en mucho, algo parecido a la incomodidad se instaló en su pecho.
Mientras estaba absorto en sus pensamientos, no notó las miradas que se clavaban en él. Los transeúntes lo observaban con curiosidad, impresión… y cierta sospecha. Su vestimenta, su postura, su sola presencia desentonaban.
—Parece que llamo demasiado la atención —pensó—. Será mejor ir a un lugar más privado.
Comenzó a caminar en busca de una zona más tranquila, alejándose del centro. Fue entonces cuando algo chocó ligeramente contra él.
Un puesto de manzanas.
El golpe fue leve, casi insignificante, pero suficiente para romper su concentración.
Las manzanas rodaron por el suelo.
—… —Azrael bajó la mirada lentamente.
—¿Oye, cuál es tu problema, amigo?
El dueño del puesto de manzanas comenzó a despotricar apenas vio su mercancía regada por el suelo. Las frutas rodaban entre los pies de los transeúntes mientras el hombre señalaba al culpable con furia.
Azrael, sin embargo, apenas lo escuchaba.
Su atención estaba fija en algo mucho más inquietante.
Había chocado con el puesto.
Frunció el ceño.
—Otra vez… —pensó—. Esto no debería pasar. No se supone que pueda interactuar con objetos físicos.
Seguía hundido en sus pensamientos cuando un grito más fuerte lo sacó de golpe de su reflexión.
—¡¿Vas a despertar o qué?! ¡Escucha, carajo! ¡Me tienes que pagar toda la mercancía que tiraste al suelo!
Azrael parpadeó y volvió su atención al hombre.
—Lo siento, señor. Estaba distraído —dijo con calma—. Dígame cuánto es.
—Serían dos monedas de plata.
Plata…
—Supongo que su sistema monetario es similar al antiguo: bronce, plata y oro —razonó—. Bien, no debería haber problema.
Metió la mano en el bolsillo de su talar de tela y sacó dos monedas de plata.
El vendedor las miró… y su expresión cambió de inmediato.
—¿Eh? ¿Me quieres estafar? ¿Qué carajos es esto? —gruñó—. ¿No te basta con tirar mi mercancía, sino que además te burlas de mí?
—¿Eh? Son monedas de plata —respondió Azrael, confundido.
—¿Y las inscripciones lugunicanas?
—…
—Claro… —masculló Azrael—. Era obvio que tendrían un sello propio.
Extendió la mano.
—Bien. Déjeme ver una moneda suya.
El vendedor, con desconfianza absoluta, sacó una moneda de plata de su bolsillo y se la mostró.
—Con esto debería bastar.
Azrael apretó la moneda con los dedos. Por un instante, el metal pareció vibrar levemente. Cuando abrió la mano, el sello lugunicano estaba perfectamente inscrito en la superficie.
El vendedor se quedó en silencio.
Miró la moneda.
La giró.
La mordió.
Era real.
Dudó un momento, pero ya había perdido su mercancía y no estaba dispuesto a perder la oportunidad de cobrar.
—Hmph… —gruñó—. Lárgate.
Azrael asintió levemente y se alejó.
Tras el incómodo encuentro, continuó caminando sin rumbo fijo, observando el entorno, hasta que sin darse cuenta entró en un bar.
No fue hasta que el silencio cayó de golpe que se dio cuenta del problema.
Las conversaciones se apagaron. Las risas murieron. Todas las miradas se clavaron en él.
El lugar estaba lleno de demihumanos.
El camarero bajó lentamente las botellas que sostenía, mirándolo con evidente desaprobación.
—Señor… este bar es exclusivo para demihumanos.
Antes de que pudiera continuar, una silla se movió bruscamente.
Un lagarto humanoide, corpulento y claramente ebrio, se levantó con furia.
—¿Qué crees que haces aquí? —rugió—. No se permiten humanos. Lárgate ahora mismo o te saco a la fuerza.
Azrael ladeó la cabeza.
—Vaya… qué grosero —comentó con total calma—. Se dice “por favor”, ¿sabes?
La vena en la frente del lagarto se marcó con claridad. Dando pasos pesados, se acercó y apoyó una mano en el hombro de Azrael, empujándolo con fuerza.
Nada.
Empujó otra vez.
Con más fuerza.
Nada.
Era como intentar mover un muro.
El lagarto parpadeó, sorprendido.
Azrael no se había movido ni un centímetro.
—¿Qué caraj…?
Antes de que el lagarto pudiera terminar la frase, una presión invisible cayó sobre su cuerpo. Fue como si el aire mismo lo aplastara contra el suelo. La madera crujió bajo el impacto y, en un instante, el demihumano quedó inconsciente.
El bar entero quedó en silencio.
Durante un segundo eterno, nadie se movió.
Luego, varios demihumanos comenzaron a levantarse de sus asientos, con claras intenciones de pelear.
Azrael suspiró.
—Bien… he tenido suficiente de esto. Me largo.
Sin mirar atrás, se marchó por donde había entrado, dejando la sala sumida en confusión, enojo y miedo.
Caminó sin rumbo hasta encontrar un callejón estrecho. Entró en él y se sentó contra la pared de piedra, cerrando los ojos por un momento.
—Parece que mi gracia divina sigue funcionando correctamente —murmuró—. Solo quería asustarlo un poco… pero al parecer era demasiado débil.
Abrió los ojos.
—Necesito encontrar el alma perdida cuanto antes y regresar al limbo.
Cuando estaba a punto de abandonar el callejón, lo sintió.
Tres presencias.
Una alta y corpulenta.
Otra de estatura intermedia.
Y un tercero… pequeño.
Azrael alzó una ceja.
El del medio dio un paso al frente.
—Será mejor que escupas todo lo que tengas si no quieres entrar en problemas.
Silencio.
Un silencio incómodo, pesado. Los ladrones se miraron entre sí, esperando que el hombre rogara, gritara o les entregara sus pertenencias.
Pero lo que vino después los dejó desconcertados.
—Jajajajajajajaja…
La risa resonó por el callejón.
Era una risa genuina.
Una risa que se burlaba de ellos.
—Espera… ¿en serio? —continuó riendo—. ¿De verdad intentan robarme a mí?
Los rostros de los tres se torcieron de furia.
—Bien —dijo Azrael, limpiándose una lágrima imaginaria—. Como me han hecho reír, les daré una oportunidad para que se vayan.
El corpulento apretó los puños.
—Ya definitivamente estás loco. Suelta todo ahora o no tendremos piedad. Última advertencia.
Azrael inclinó la cabeza, pensativo.
—Supongo que esta es una buena oportunidad para experimentar más el funcionamiento de mi gracia divina en este mundo.
Antes de que el hombre pudiera decir otra palabra, los tres se quedaron paralizados.
Sus cuerpos se volvieron pesados.
Sus rodillas cedieron.
Un miedo primitivo los invadió.
Al alzar la mirada, lo vieron.
Azrael estaba envuelto en un aura invisible que deformaba el aire a su alrededor. No era furia… era algo peor. Una presencia que irradiaba destrucción pasiva, como si el simple hecho de existir allí fuera una amenaza para todo lo vivo.
El más pequeño comenzó a temblar violentamente y perdió el control de su cuerpo.
Los otros dos no podían moverse ni un centímetro.
En ese instante, lo entendieron.
Habían cometido un error irreparable.
Azrael sacó el Libro de la Muerte y lo abrió con calma, para tratar de enlazar sus almas al libro
Antes de que pudiera enlazar por completo sus almas al libro, una voz irrumpió en el callejón como un trueno.
—¡Cuidado!
El aura opresiva desapareció al instante.
Una figura pasó a toda velocidad entre sombras y ladrillos: una niña de cabello rubio, vestida de forma totalmente inapropiada para alguien de su edad. En un solo movimiento, pisó la cabeza de uno de los ladrones como si fuera un simple escalón, rebotó contra la pared y salió disparada hacia el techo de una casa, perdiéndose entre los tejados.
Azrael alzó ligeramente una ceja.
—Esa velocidad… definitivamente no es humana.
Volvió la mirada hacia los ladrones, carraspeando con cierta incomodidad.
—Bien… ¿en qué estábamos? Ah, sí.
Abrió el libro nuevamente. Esta vez, las páginas se movieron con más lentitud, como si estuvieran observando junto a él. Tras enlazar sus almas, lo revisó con atención.
—Vaya… para ser ladrones, tienen finales sorprendentemente pacíficos —murmuró—. Me pregunto si mis invocaciones aún funcionarán en este mundo…
Cerró el libro de golpe.
—Aunque probarlo ahora sería arriesgado. No quiero matarlos… y sería bastante desagradable, sobre todo considerando que aún no es su hora.
Una nueva voz se escuchó desde la entrada del callejón.
—Devuélveme lo que robaste.
Azrael giró el rostro.
Una joven de cabello blanco como la nieve, piel pálida y ojos violetas se encontraba allí. Vestía un delicado vestido blanco que resaltaba una belleza casi irreal, y su expresión estaba cargada de determinación… y preocupación.
—Si lo devuelves, los dejaré ir —continuó—. No puedo permitir que te lo quedes. Es muy importante para mí.
Los ladrones, aún temblando, se miraron entre sí. La presión, el miedo, la presencia de Azrael… todo explotó de golpe.
—¡No tenemos nada!
—¡Ese monstruo nos va a matar!
Salieron corriendo sin mirar atrás, tropezando entre ellos, gritando incoherencias mientras señalaban a Azrael como si fuera la encarnación misma de la muerte.
La chica de cabello plateado se quedó inmóvil, completamente desconcertada.
Azrael cerró su libro y dio un pequeño suspiro.
—Bueno… un placer, señorita.
Le dedicó una leve inclinación de cabeza, tan educada como inquietante.
