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VINAGRE

Summary:

Donde Lautaro utiliza vinagre para cubrir sus feromonas de Omega.

Y Manuel desconoce el segundo género del chico que le gusta.

Notes:

jjdfjd qué escribía !! bueno, basado en un tuit que subí el otro día, y pintó esa (??

Espero que les guste 🤍

Work Text:

 

—¿Otra vez se terminó el vinagre?

 

Santiago y Lautaro lo miraron desde la mesa.

 

—¿Vos le pones vinagre a la ensalada? —soltó el rubio— Es un asco.

 

—Tampoco hay aceite de oliva, gordo —se quejó Santiago—. No hay un carajo en esta casa. Si yo no compro…

 

Manuel se sentó junto a sus amigos, resignándose a comer la ensalada así como venía con un poco de sal.

 

—Bueno, tampoco tan así. Pasa que no podemos hacer una compra mensual y fue. Tenemos que ir dos o tres veces al mes —opinó Lautaro.

 

Y de allí en más, la conversación se desvió para otro lado. Santiago compartió una mirada cómplice con Lautaro mientras Manuel se servía una porción de carne y siguieron con el almuerzo. Ese día tenían un largo stream por delante, con un juego de preguntas y respuestas con prendas, y debían comer temprano. Aunque bueno, ya eran las cuatro de la tarde.

 

Temprano, si le preguntan a los Mernosketti

 

(...)

 

No, no. Pará, en el pelo no.

 

Manuel sonrió divertido, con el plato lleno de espuma en la mano.

 

—¡Respondé, gordo! —exclamó sonriente, y volvió a mirar hacia la tarjeta que había sacado de la pila— “¿Qué día se celebra la independencia en España?” Dale, justo vos lo tenés que saber.

 

Moski se mordió la lengua. Miró a Santiago, esperando una ayudita, pero tan sólo negaba con la cabeza.

 

—Ehh. ¡AH, NO SÉ, QUINCE DE ENERO! —exclamó, cubriéndose con los brazos su rostro.

 

—¡Mal! —exclamó Mernuel, dándole de lleno en todo el pelo— No tiene Día de Independencia, pelotudo. ¿De quién se independizaron, tarado?

 

—¡Na, na! ¡Era trampa, hijo de puta! 

 

—¡No, sos un burro, Lautaro!

 

Este lo miró fijo antes de agarrarle el brazo y morderlo, dejando una marquita. Manuel lo intentó despegar, sintiendo cómo los dientes se clavaban con fuerza.

 

Santiago agarró una tarjeta, fingiendo demencia, y continuó con el juego, preguntándole a Manuel algo que claramente tampoco supo responder. A medida que pasaba el tiempo, la dificultad fue subiendo y habían llegado a un punto donde era casi imposible que acierten una respuesta, incluso por suerte. Se volvió una excusa para tirar espuma por todos lados, terminando con Balza retirando los tarros para terminar la actividad lo antes posible, que no quería comerse un reto de los dueños en el último mes de alquiler. 

 

—¡Bueno, gente! —soltó Manuel mientras regresaba a la silla— Vamos a cortar acá, que nos tenemos que pegar un baño urgente. Capaz nos bañamos juntitos —dijo con una sonrisita.

 

—Me voy a bañar al río antes, degenerado —acotó Santiago, haciendo reír a sus amigos.

 

—Nos vamos gente, chau chau.

 

El stream finalizó y los chicos quedaron mirándose.

 

—¿Les jode si voy primero? Creo que tengo espuma hasta en el ojete.

 

—Andá gordo, ya fue —asintió Santiago—. La mosca está acostumbrada a la mugre, así que…

 

—Andá, borracho.

 

Manuel sonrió y encaró hacia el baño. Agustín se había ido poquito antes de que el stream haya terminado, por lo que el dúo había quedado a solas.

 

—Gordo, ¿qué vas a hacer?

 

Lautaro suspiró. Sabía que se le venía la noche encima, pero no debía preocuparse. Era cuestión de esperar hasta mañana que pudiera salir a comprar y asunto resuelto. No debía entrar en pánico.

 

—No… Tranqui. Hoy me baño y me voy directo a dormir. Mañana me levanto bien temprano y listo. A esta hora no voy a conseguir nada…

 

Santiago suspiró, preocupado. Ser un Beta era una tarea sencilla, no debía preocuparse de absolutamente nada. Pero convivir con un Alfa enamorado en negación y un Omega que se hacía pasar por Beta no era nada sencillo. El día que Lautaro le contó que prefería mantenerlo oculto para que su relación con Manuel no cambie, ya sabía que en algún momento iba a explotar todo.

 

—Si vos decís… Estás jugando con fuego, gordo. Ojo.

 

—Si, ya sé. Pero tranqui.

 

Bueno, además de todo, Lautaro estaba cada día más pajero. Como si cada vez le diera más y más pereza ocultar su verdadera naturaleza. Al principio, ni bien había llegado a Argentina, utilizaba supresores diarios y se tomaba las pastillas al horario que correspondía. A día de hoy, tapaba su glándula de olor con un paño y se bañaba con vinagre y clara de huevo para contrarrestar el olor de sus propias feromonas. 

 

Un loco de mierda, si le preguntaban a él. Pero Lautaro decía que esto era más natural, que las pastillas eran demasiado hormonales y tan sólo tenían efectos secundarios negativos. Y lo entendía, debía ser horrible tener que estar controlando sus hormonas todo el tiempo, pero a la vez le costaba creer que fuera tan descuidado.

 

Manuel salió del baño y Santiago se mandó de una.

 

—¿Por fin te vas a bañar, Moskita? Va a caer tormenta.

 

—Pelotudo. Hace mal al pelo bañarse todos los días. Te vas a quedar pelado a los cuarenta, acordate.

 

Manuel se rió mientras pasaba una toalla por su pelo, secándolo. Con el movimiento, el aroma a pino y cuero le invadió las fosas nasales y no pudo evitar desviar la mirada.

 

—Ya quisieras, gordo. Eu, ¿tenés algún plan? Quiero terminar la serie que arrancamos hoy a la tarde.

 

Lautaro tragó saliva —Iba a bañarme y dormir. Me agarró sueño.

 

—Naaa. Miremos algo aunque sea, dale. Después cuando te duermas lo pauso, te lo juro.

 

—Estoy re cansado gordo, en serio.

 

Manuel suspiró —Dale. Te espero en mi pieza, eh. Me enojo sino.

 

—Pero-

 

—Voy preparando unos pochoclos. Va, va, va.

 

Lautaro no pudo siquiera opinar. Manuel salió directo hacia la cocina y no se detuvo aunque se lo pidiera. Y es que tampoco tenía muchas excusas, más que decir que estaba cansado y punto. Así que así como tal, empezó a pensar en un plan B.

 

(...)

 

—No.

 

¡Dale, gordo! —susurró Lautaro en voz alta— Si vos te pones en el medio no lo va a sentir tanto —pidió mientras veía a Manuel ya sobre su cama, buscando la serie.

 

—Gordo, problema tuyo. Yo me estoy yendo a lo de una mina. Fa, no sabés lo que es. Un escándalo. Ocupate vos de tu Alfa, que ya va siendo hora de sacar los trapitos al sol. Va, va, va.

 

Lautaro se quedó boquiabierto. Claro. Manuel lo tenía tan malcriado, que nunca esperaba un “No” como respuesta. Vio a su amigo irse a paso lento y no le quedó de otra que meterse al baño a rezar.

 

Por favor, por favor.

 

Manuel, por su lado, estaba ansioso. Ya llevaba así varias semanas. Hace bastante que había aceptado que su relación con Lautaro había cambiado, o al menos su forma de apreciarlo y admirarlo.

 

Aceptó su enamoramiento. Le había costado horrores porque no quería. Estaba aterrado de perder a Lautaro para siempre si es que alguna vez se enteraba de lo que sentía. Pero aún peor, sabía que él no encajaba en el prototipo de vida de Lautaro, quien siempre hablaba sobre la “familia perfecta” junto a una mujer, una casa grande, mascotas y, al final del día, no podía ofrecerle nada de eso. 

 

Por eso, prefería tragarse lo que sentía. Porque él es un Alfa y Lautaro un Beta que buscaba un estereotipo inalcanzable.

 

O bueno, eso es lo que él pensaba.

 

Lautaro salió del baño unos minutos después, con una toalla sobre sus hombros y otra envolviendo su cintura. Lo vió pasar por el pasillo antes de perderse en su habitación.

 

Resopló, intentando despejar su mente. Era tan, tan hermoso, que no quería que sintiera sus feromonas completamente alteradas por estar junto a él a solas. Se obligó a calmarse y abrió una de las golosinas para distraerse. Apenas pasaron unos minutos, cuando escuchó las pisadas de Lautaro dirigiéndose a su habitación.

 

De repente comenzó a sentir un aroma que le dilató las pupilas al instante. Alzó la mirada y notó a su amigo parado en la puerta. Tenía la mirada tímida, el cabello aún húmedo y estaba usando una de sus remeras con un short deportivo. 

 

Volvió a tragar saliva. Sentía el corazón irle a mil por segundo y cómo las manos le transpiraban, pero no quería demostrarlo.

 

Y Lautaro se dió cuenta de que Manuel lo había notado, pero por algún motivo no había dicho nada al respecto.

 

Vení —pidió con voz suave, tanteando la cama junto a él.

 

Lautaro asintió y se sentó, un poco alejado.

 

—¿Qué…? —murmuró Manuel, atontado. Se acercó apenas un poco a su amigo y volvió a inhalar esa fragancia que lo estaba volviendo loco. Eran feromonas de Omega, las podría reconocer en dos segundos. ¿Qué estaba haciendo Lautaro? ¿Por qué hoy, que justo los dos estaban a solas? ¿Era acaso una señal?

 

Lautaro manoteó un paquete de papas saborizadas, buscando anular un poco ese aroma, pero era inútil. Manuel agarró su muñeca y lo acercó, pudiendo deleitarse aún más.

 

¿Qué haces, amor? ¿Por qué te pusiste fragancia de Omega hoy que estamos solitos? —jadeó cerca de su cuello. 

 

A Lautaro le dio un vuelco el corazón. Manuel pensaba que estaba usando un perfume para seducirlo. O sea, que si se entera que de verdad es un Omega, intentaría estar con él. ¿O no?

 

—Yo… —empezó, dudoso— ¿Te gusta?

 

Manuel se mordió un labio y lo abrazó por la cintura con ambas manos, apoyando su mentón sobre su abdomen. Sus ojos verdes brillaban como si tuvieran mil estrellas en ellos y sus mejillas estaban levemente rosadas. Estaba más hermoso que nunca. ¿Acaso era por él?

 

—Me encanta, Lauti. Me estoy poniendo mimoso… Perdón.

 

Lautaro negó con la cabeza, decidido —No… No es un perfume —admitió con sinceridad—. Soy yo.

 

Y la expresión de su amigo le voló la cabeza. Sus cejas se elevaron en sorpresa y sus labios se separaron, atónito.

 

—¿Lauti? ¿En serio me decís?

 

—Perdón. No quería mentirte. Pero no quería que me trates diferente y-

 

Manuel lo miró fijamente —No me pidas perdón, bebé. ¿Cómo hiciste para esconderlo tanto tiempo?

 

—Antes tomaba pastillas y eso. Ahora uso vinagre en el pelo para tapar el olor.

 

—¡Ah, sos vos el que me está terminando el vinagre! Sos un vivo bárbaro, encima te hacías el boludo.

 

Lautaro rió, sabiendo que su amigo se lo había tomado bien. Pero por algún motivo no se apartaba de su cintura. En un arranque de emociones mezcladas, llevó una mano al pelo del Alfa y lo acarició.

 

—¿No te molesta?

 

—¿Qué me va a molestar, Lauti? ¿Estás loco? Me hubiera gustado que no tengas que reprimirte tanto. Es algo natural, es lo que sos vos…

 

Lautaro sonrió, alegre de tener a semejante persona en su vida.

 

—Y me deja más tranquilo… —murmuró, apoyando la cabeza sobre su abdomen, haciendo que Lautaro no pudiera verlo a los ojos. El agarre en su cintura no hizo más que afirmarse, buscando algún sostén en ese momento— Ahora sé cómo se siente el aroma del Omega que me gusta.

 

El corazón de Lautaro se aceleró como loco. Manuel notó el cambio de intensidad en el olor y la habitación se inundó en una mezcla de pino y limón, con leves notas de alguna flor que no podía reconocer. 

 

Lautaro no se sentía capaz de decir absolutamente nada. El pecho le dolía de lo mucho que se agitó su corazón. Las manos le estaban temblando de los nervios, y no le salían las palabras por la boca.

 

—Igual… Sé que vos no querés estar con un chico —empezó Manuel—. Siempre dijiste que querías formar una familia, irte a una casa grande, una mascota… Yo-

 

Lautaro rompió el abrazo y lo lanzó a la cama, sentándose encima de su abdomen —¿Vos qué sos, pelotudo?

 

Manuel se quedó recalculando unos segundos, por lo sorpresivo que fue todo —¿Un hombre?

 

—¿Qué más? Un…

 

—¿Alfa?

 

—Ahí va, che. ¿Y yo?

 

Manuel alzó ambas cejas suavemente, atónito —Un omega.

 

—Bueno… —murmuró, con timidez— Uno más uno es dos. La casa la estamos eligiendo… Y en vez de una mascota, tenemos a Bauleti.

 

La sonrisa amplia que adornó el rostro de Manuel en cuestión de segundos le hinchó el pecho de alegría y ternura. Éste lo abrazó con todas sus fuerzas y lo atrajo a sí mismo, escondiendo el rostro en su cuello. Podía sentir ese aroma a pino y cuero envolverlo con amor, con mucho sentimiento.

 

Jamás en toda su vida había percibido algo similar, y le fascinaba. Se dejó mimar esa noche, recibiendo cada uno de los besos cortos que tenía Manuel para él. Aceptó nunca más volver a usar vinagre en su cuerpo y, desde allí, que no cubriría su aroma si se encontraban a solas.

 

Aunque eso conlleve a algún que otro toqueteo descarado.

 

El único perjudicado era la mascota Bauleti, para variar, que tenía que observar estas situaciones casi a diario.

 

Y, muy probablemente, termine siendo padrino a una muy jóven edad. Pero en el fondo los quería, sinceros y sin reprimirse. 

 

Muy en el fondo, obviamente.