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A la orilla del Paraná

Summary:

Walter y Fabián tienen una conversación honesta a las orillas del río.

Work Text:

Fabián observaba la superficie del agua, infinita y cautivante, mecerse con suavidad. Debajo de ella, el sedal de su caña de pescar se perdía en la profundidad del río Paraná. El entrerriano amaba estas oportunidades en las que podía darse el gusto de hacerse una escapada y perderse un rato en la tranquilidad de su tierra. Solamente él, el río, los pájaros que cantaban alegres en los árboles que lo rodeaban, y Walter.

El morocho observó al santafesino sentarse en la reposera de lona ubicada a su izquierda, casi como llamado por su pensamiento, con el mate en una mano y el termo en la otra. Le dirigió una breve sonrisa que Ayala devolvió antes de volver la mirada al río, manteniendo la expresión grabada en su rostro durante unos instantes más. El silencio que los rodeaba era relajante y el aire puro le llenaba los pulmones, renovándole las energías. Cada vez que estaba en este lugar, Fabián sentía que volvía a Buenos Aires siendo un hombre nuevo, al menos el tiempo suficiente para tirar unos meses más en la ciudad de la furia sin volverse loco.

Había comprado la cabaña donde se encontraban, ubicada en las afuera de Paraná, hacía más de quince años, cuando todavía era jugador. Un amigo suyo la había puesto en venta y Fabián se había enamorado del lugar en cuanto lo había visitado. Era una casa chica y discreta, alejada de la ciudad, con un pequeño muelle que conectaba la vivienda con el río. Se había vuelto un lugar de descanso y retiro para él y su familia y había peleado con uñas y dientes durante su divorcio para conservarla, solo para encontrarse al poco tiempo con que había sido una pésima decisión: la casa estaba repleta de recuerdos con su familia. Momentos románticos vividos con su ex esposa, juegos interminables con sus hijos, noches en vela observando las estrellas. Todos recuerdos hermosos que, al momento de volver a pisar la casa, completamente solo, se sintieron como un puñal directo al corazón.

Había vuelto a la cabaña dos o tres veces más, hasta que un día había cerrado con llave y no había vuelto a pisar el lugar por años. Incluso hasta había medio olvidado que lo tenía hasta que le había contado a Walter, medio al pasar, sobre el mismo y pudo ver como al otro hombre se le iluminaban los ojos escuchando que hasta tenía un muellecito ideal para pescar. Había sido el ex defensor del Inter quién había introducido a Fabián en ese deporte y pronto se había convertido en uno de los pasatiempos favoritos del morocho, quién se reservaba la actividad para practicarla exclusivamente con él. Enseguida se había dado cuenta que no lo disfrutaba tanto cuando las salidas eran a solas y así, las escapadas a su cabaña en las afuera de Paraná, se habían vuelto una tradición que se repetía cada vez con más frecuencia entre él y el santafesino.

Había sido en uno de esos fines de semana de paz y tranquilidad en que Fabián se había animado a dar el primero paso y le había confesado al otro los sentimientos que habían estado creciendo dentro de su pecho durante demasiado tiempo ya, llegando al punto donde intentar retenerlos se había vuelto una tarea casi imposible. Y había sido en ese mismo lugar donde un par de meses después Walter le había pedido ser novios. Y así, en ese lugar remoto y silencioso, con el río Paraná como único testigo, habían comenzado a transitar su relación, y la cabaña había dejado de ser un lugar triste y solitario para ser la protagonista de muchos nuevos recuerdos formados.

Walter le pasó el primer mate de la mañana y el entrerriano lo tomó observando el sol terminando de levantarse en el horizonte. Habían llegado la noche anterior y habían acordado levantarse temprano para aprovechar el día y ver si lograban una buena pesca antes del mediodía para tirar a la parrilla. Ayala solía ser el que se levantaba primero, encargándose de dejar todo preparado para cuando el de ojos claros despertara.

- ¿Dormiste bien? – le preguntó Fabián dirigiéndole una mirada rápida mientras tomaba un bizcochito del paquete de Don Satur que Samuel había dejado en una mesita ubicada entre medio de ambos.

- Me gustaría decirte que sí pero tu colchón es una mierda, ya te lo dije mil veces – contestó el santafesino, negando con la cabeza.

Fabián hizo una mueca. Siempre olvidaba ese detalle cuando invitaba a Walter a pasar unos días a la cabaña. Odiaba que su novio estuviera incómodo, pero la realidad era que el ajetreo diario entre la selección, los problemas familiares y la vida en la ciudad casi no le dejaban tiempo para pensar en lo que pasaba en Paraná, que muchas veces se sentía como otro mundo.

- La próxima vez que vengamos voy a comprar uno yo, que no soy un amarrete como vos – le dijo Samuel, tomando el mate que el otro le pasaba y cebándose uno él mismo – al final te queda bien el apodo.

- ¡No es por rata! – se defendió Ayala – es que me olvidó, perdón. Me tenés que decir cuando estamos allá, así lo compro y puedo pedir que lo traigan cuando llegamos.

- No entiendo como a vos no te hace mal dormir en eso, si parece más una feta de jamón que otra cosa – replicó el de ojos claros observándolo con un dejo de preocupación.

- A mí me duele todo el tiempo, ni me doy cuenta ya – respondió Fabián levantando los hombros.

Walter sabía de sobra sobre dolores que lo aquejaban a diario y el entrerriano no había tenido ninguna intención de hacerse la víctima, pero igual había disfrutado la caricia en su mejilla acompañada de un pobrecito que se ganó a modo de consuelo.

– Para la próxima vez que vengamos vas a tener un colchón como la gente, te lo prometo – agregó al cabo de unos segundos, llevándose el dedo índice a los labios para hacer crucecita antes de tomar otra galletita del paquete.

- Espero que sí, porque esa mierda me deja la espalda a la miseria – le dijo, desperezándose luego de pasarle otro mate.

Fabián lo tomó con una media sonrisa, aprovechando a observar la vista que se le ofrecía solo para él. Walter estiró los brazos por encima de su cabeza haciendo tronar su espalda y los ojos del morocho siguieron la forma de sus brazos tonificados, deteniéndose en el tatuaje que rodeaba su bíceps izquierdo, asomando tímidamente debajo de la manga de su remera de algodón, y que por algún motivo lo fascinaba.

Compartieron un par de mates más en silencio, aun terminando de despertarse y disfrutando de los sonidos que la naturaleza que los rodeaba les regalaba. Las cañas apenas si se habían movido en un par de ocasiones, todas las veces siendo falsas alarmas, y Fabián pensaba en que si seguían así iba a tener que terminar yendo al centro a comprar una pizza para el almuerzo.

- Che – dijo Walter de repente, interrumpiendo el silencio, aun con la mirada clavada al frente.

Fabián giró la cabeza para mirarlo, dándole a entender que lo escuchaba.

- Pablo y Lionel se tienen ganas, ¿no? – preguntó finalmente con la mirada perdida, probablemente recordando el trato para nada disimulado que solían tener sus compañeros de cuerpo técnico.

Ayala simplemente asintió, volviendo la vista al frente. Lo había notado hacía ya bastante tiempo y se preguntaba si realmente era el único que había advertido la cercanía que tenían esos dos.

- Al menos Pablo, seguro que si – le dijo pasados unos segundos. – Lionel, bueno…

- ¿Qué? – le preguntó el de ojos claros con el ceño fruncido, no entendiendo a qué se refería exactamente el otro.

- Bueno, vos lo conoces mejor que yo – respondió, girándose en su asiento para poder observar mejor a Walter. – Pero viste cómo lo mira, cómo lo ronda, cómo se desespera para que esté siempre cómodo y contento. Habla de él como si estuviera hablando de la cosa más importante del mundo. A mí me parece que hay algo más ahí – terminó, levantando los hombros como si no estuviera seguro de lo que estaba hablando, aunque estaba bastante convencido de que lo que veía no era su imaginación.

- Pero, ¿qué pensás, que Lionel está enamorado? – cuestionó Walter con cierto desconcierto en la voz.

El entrerriano volvió a levantar los hombros, no queriendo realmente arriesgar una respuesta, aunque estuviera casi seguro de que eso era lo que creía haber notado en el dt de la selección mayor. Scaloni siempre había tenido fascinación por Aimar y no tenía miedo de dejarlo en claro frente al resto, pero en los últimos encuentros que habían tenido, Ayala había notado que los ojos le brillaban más que de costumbre cuando veía al cordobés llegar. De lo que estaba seguro, era que había mucho más que mera atracción.

- ¿Y Pablo no? – le preguntó Samuel, interrumpiendo sus cavilaciones.

- Pablo es un poco más secote, no sé si enamora tan fácil. Lionel es una persona mucho más sensible, se nota que no tiene problema en dejarse dominar por sus emociones. A Pablo le cuesta más todo eso, te diría – reflexionó el morocho, pensando en las relaciones anteriores de su amigo que él le había conocido.

- ¿Será que están cogiendo? – preguntó Walter de repente, como si hubiese tenido una revelación, deteniendo la mano con el bizcochito que había tomado del paquete a mitad de camino.

- Y… Conociéndolo a Pablo, la verdad que no me extrañaría – dictaminó Fabián mientras se sacudía los restos de miguitas que le habían caído sobre la remera.

- ¿Por? – cuestionó el de ojos claros sirviéndose un mate asquerosamente lavado.

- Dale Wal, vos los conoces desde mucho antes que yo, no te hagas el pelotudo – le dijo, haciéndole una seña para que le pasara un mate cuando terminara.

- ¡No me hago nada, boludo! Es que no entiendo a qué te referís – se defendió el menor, levantando apenas la mano libre con la palma hacia arriba en pose de inocencia.

- Y, a que el enano es bastante… - hizo una pequeña pausa, buscando la palabra menos fuerte para expresar su idea. – Rapidito, por decirlo de alguna manera – terminó, sintiendo un poco de culpa por hablar así de su amigo de tantos años pero, al fin y al cabo, no lo podía ofender la verdad.

- ¿Enserio? – le preguntó Walter con sorpresa.

Fabián se preguntó dónde habría estado el santafesino todos esos años para no haber notado nada o mínimamente escuchado algún rumor al respecto. Iba a tener que empezar a instruirlo un poco más en materia de chismes.

- Al menos cuando estaba en el Valencia no dejaba títere con cabeza – bromeó el entrerriano, compartiendo una risa cómplice con el otro.

Sabía que solo con él podía hablar de estas cosas sin miedo a que llegara a oídos del cordobés, siendo plenamente consciente de que si Pablo llegara a escuchar algo de lo que se estaba hablando en ese muelle en las afueras de Paraná lo mejor sería que ambos hombres se fueran despidiendo de su integridad física.

 – Me imaginó que cuando estaban en la sub habrá sido igual, más siendo un pendejo – agregó Fabián, con un levantamiento de cejas que esperaba la confirmación a sus sospechas de parte del de ojos claros.

- Nah, en ese tiempo solamente tenía ojos para Román – dijo Walter cebando un mate que a esa altura parecía más una sopa. – No los separabas ni con una orden judicial. Y eso que propuestas no le faltaban, eh. Tenía a unos cuantos desesperados atrás de él.

- ¿Ah, sí? – le preguntó Ayala, inclinando la cabeza levemente en su dirección y levantando una ceja.

- Yo no – se apresuró a responder Walter, entendiendo la connotación de la pregunta de su novio. – Digamos que no es mi tipo – terminó con una sonrisa que Fabián devolvió, negando con la cabeza.

- Esto es un asco – dijo después de darle un sorbo al mate que el otro acababa de pasarle. – Voy a buscar más agua y a arreglarlo un poco, que vos como cebador te cagas de hambre – agregó antes de tomar el termo que descansaba sobre la mesita y ponerse de pie para volver al interior de la cabaña.

Mientras se calentaba el agua, aprovechó para revisar las alacenas, viendo si tenían algo para cocinar. Ahora que venía más seguido, siempre solía tenía algún que otro paquete de arroz o fideos, pero iban a tener que pasar por algún mercado si querían comer alguna comida más rica y sustanciosa.

Pocos minutos después se encontraba de nuevo en el muelle, comprobando que las cañas seguían en el mismo lugar. Negó con la cabeza, pensando en que hacía rato no les tocaba una de estas rachas dónde no picaba absolutamente nada. Pizza sería entonces.

Después de disfrutar de un mate como la gente, le pasó uno a Walter, quién lo recibió con una sonrisa de esas que hacían que algo calentito se encendiera en el corazón del entrerriano.

- ¿Valencia? – le preguntó al cabo de unos instantes, saboreando el mate que su novio le había cebado.

- Si, anduvo con varios de nuestros compañeros – contestó Fabián, entendiendo enseguida hacía a dónde iba dirigida la pregunta de Samuel. – Creo que el más serio, si se puede decir así, habrá sido el Kily.

- ¿El Kily? – cuestionó el santafesino, observándolo con sorpresa – ¿El Kily, Kily? ¿Nuestro Kily?

- El Kily González, si – respondió Ayala entre risas, divertido con la reacción del otro.

Walter simplemente lo miró con la boca abierta durante unos segundos, como si le estuviera costando digerir esta nueva información que el entrerriano le estaba dando.

- Para, ¿el Kily González, enserio? – volvió a preguntar luego de unos segundos, evidentemente queriendo asegurarse de que estaban hablando de la misma persona, y ganándose una mirada de pocos amigos de parte de Fabián.

- Si boludo, el Kily, ¿cuántos Kilys conoces? – reaccionó el mayor, ya cansándose del modo disco rayado en el que había entrado su novio.

- Me dejaste helado – le dijo Walter terminando de tomar el mate, negando con la cabeza, como intentando asimilar el tremendo chisme que se estaba enterando. – No me lo hubiese imaginado nunca, ¿Lionel sabrá esto?

- Que se yo – respondió Fabián levantando los hombros. – Preguntale – agregó dirigiéndole una mirada divertida, sabiendo que hacer algo semejante sería una locura.

- Ni en pedo – contestó cortante Samuel, entregándole al fin el mate que entre la sorpresa parecía que se le había quedado pegado en la mano.

Ayala no pudo evitar reír con tan solo imaginar una conversación donde alguno de ellos le preguntara al dt sobre alguno de los… amantes pasados de Pablo. Ya suficiente era tener que aguantarle la cara de culo cada vez que les tocaba jugar en la cancha de boca y no le quedaba otra que ver a Aimar charlar y reírse con el presidente del club.

Fabián se levantó y caminó los dos pasos que lo separaban del borde del muelle, mirando hacia abajo. No es que pudiera ver mucho más allá de la superficie, pero se preguntaba qué estaría pasando ese día que los peces se negaban a picar. Estaban en el mismo lugar de siempre, usando la mejor carnada que habían podido conseguir. Para esa altura, ya deberían haber pescado al menos algo, pero el entrerriano sabía perfectamente que eran rachas. Como en el futbol, a veces se les daba, y a veces no.

- ¿Y vos? – le preguntó Samuel a sus espaldas.

- ¿Yo qué? – respondió con otra pregunta el mayor, dándose vuelta para observarlo.

- ¿Vos nunca cediste ante los encantos de Pablito? – inquirió con una sonrisa burlona y Ayala pensó en lo mucho que le estarían ardiendo las orejas al cordobés en ese momento.

- No, era muy chico para mí – le respondió el entrerriano volviendo a sentarse.

- ¿Muy chico? – preguntó el de ojos claros frunciendo el ceño.

- En ese tiempo, sí – contestó asintiendo con la cabeza. – Ahora no me molesta – agregó regalándole una sonrisa tranquilizadora, consciente de que Pablo y Walter tenían casi la misma edad, y pudo ver el semblante de Samuel relajándose. – Pero a mis casi treinta, lo veía casi como a un nene te diría.

 - ¿Nunca se tiró el lance con vos? – le preguntó y Fabián odió que su novio se hubiera levantando tan preguntón ese día.

- De hecho, sí – respondió con un poco de pesar, viendo a Walter levantar las cejas en un gesto de sorpresa. – Una vuelta me cayó a mi casa, mi ex mujer justo se había venido para Argentina con los chicos que estaban de vacaciones así que yo estaba solo – comenzó a relatar antes de que el otro tuviera oportunidad de preguntar. – Se acababa de pelear con el Kily porque el boludo se iba para el Inter y no le había dicho nada hasta que ya estaba todo hecho. Se enteró al mismo tiempo que nos enteramos los demás compañeros así que imaginate, el mecha corta aquel estaba que se lo llevaban los demonios. A la noche pasa por mi casa, nos tomamos un par de birras y habrá estado por lo menos una hora sacándole el cuero, ya no lo aguantaba más. En fin, en un momento se me tiró encima y nos besamos, pero nada más que eso.

- ¿Se besaron? – preguntó el santafesino, evidentemente interesado solamente por esa parte de la historia.

- Fue un beso solamente. Cuando vi que tenía otras intenciones enseguida le pare el carro, le dije que no y le pedí un taxi para que se fuera a la casa – contestó con simpleza el mayor, esperanzado de que eso fuera suficiente para dejar ir el tema.

- Pero lo besaste – insistió Walter, con un tono de voz levemente más seco que hacía unos segundos atrás.

- Si, bueno… no sé, me agarró desprevenido – le dijo Ayala sin saber muy bien qué tipo de respuesta esperaba su novio de su parte. – Ya te dije, a mí no me gustaba él.

- ¿Y por qué lo besaste? – cuestionó el menor con seriedad.

- Que se yo Walter, ¿qué es este interrogatorio? ¿qué te pasa, estás celoso? – le preguntó a modo de chiste con una media sonrisa en el rostro.

- Capaz – respondió el santafesino en un susurro apenas audible, con la mirada clavada en las manos que descansaban sobre su regazo.

Una sonrisa enorme se dibujó en el rostro del entrerriano, no pudiendo creer lo que escuchaban sus oídos.

- ¿De verdad estás celoso? – le preguntó con un tonó burlón que se arrepintió al instante de usar en cuanto vio a Walter cruzar los brazos sobre su pecho, desviando la mirada para el lado contrario al que se encontraba Ayala.

- No se de qué te reís la verdad – le dijo con un tono por demás serio que el morocho estaba seguro que nunca antes había dirigido hacia él.

- Perdón es que… me causó gracia nomás – respondió, intrigado por el repentino cambio de humor de su novio.

Todavía estaban conociéndose el uno al otro, descubriendo cosas que en su faceta como amigos no habían saltado a la vista, y Fabián estaba casi seguro de que las escenas de celos, que en su relación anterior habían representado un gran problema, eran algo que no iba a experimentar con el menor. Sin embargo, lejos de molestarlo, ver a Walter así le resultaba de lo más tierno y hasta un poco conmovedor. No era que necesitara más pruebas que confirmaran los sentimientos del otro hombre hacia él, pero recibir un recordatorio, aunque sea a modo de celos, se le hacía bastante dulce.

- Ya te dije, Pablo siempre fue como un hermano para mi – aclaró con voz calma, queriendo calmar un poco las aguas. – Además fue hace mil años, Wal, no podés estar celoso.

El santafesino no respondió nada. Seguía con la mirada clavada en algún punto distante, lejano a la mirada de Ayala.

- Wal – lo llamó en voz baja, estirando la mano para tocarle suavemente la pierna y así llamar su atención, pero aun sin recibir ningún tipo de respuesta de parte del otro.

El entrerriano se puso de pie para posicionarse enfrente de su pareja, inclinándose un poco para quedar a su misma altura.

- Gordo – le dijo con suavidad, tomándolo del rostro para obligarlo a mirarlo. – ¿Qué te pasa? – le preguntó con preocupación, notando los ojos levemente vidriosos del otro hombre.

- ¿Cómo se que el día de mañana no te vas a cansar y me vas a cambiar por él? – largó la pregunta de un tirón y una risa seca abandonó la garganta de Fabián. – Es más joven, más lindo, vive más cerca – comenzó a enumerar el otro y el entrerriano no podía creer lo que escuchaba.

- Ay Walter, no digas boludeces – respondió simplemente volviendo enderezarse, pensando en que definitivamente el otro lo debería estar cargando.

- Está en mejor estado físico – agregó Samuel, con un tono casi triste.

- Vos tenés bastante buen estado – replicó con un levantamiento de cejas sugerente y una sonrisa que esperaban fueran suficientes para sacar a su novio de ese mood ridículo en el que había entrado.

- Te estoy hablando enserio – contestó con tono cortante el santafesino.

- Es que es una ridiculez lo que me estás planteando, gordo – respondió Ayala comenzando a desesperarse con la conversación tan absurda que estaban teniendo. – ¿En algún momento demostré el mínimo interés por Pablo? – le preguntó cruzándose de brazos frente a él. – Decime.

- No – contestó Walter en voz baja.

- ¿Entonces? – inquirió con impaciencia.

No estaba entendiendo bien de dónde había salido todo esto y realmente se estaba empezando a cansar. No recibió ninguna respuesta de parte del menor, quién había desviado la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre su regazo de nuevo, y el entrerriano pudo ver una nota triste en el azul de sus ojos que le estrujó el corazón.

- Vení – le dijo, tomándolo de los brazos para obligarlo a levantarse. – Escuchame bien lo que te voy a decir – agregó, bajando las manos hasta entrelazar sus dedos con los de Walter, quién seguía rehuyendo a su mirada – No hay absolutamente un alma en todo este planeta con la que yo quisiera pasar el resto de mi vida que no seas vos. Sos exactamente todo lo que estuve esperando todos estos años, Wal. Sos tierno, sos atento, me seguís la corriente con mis chistes. La verdad es que no creí nunca que pudiera llegar a conocer a una persona tan increíble pero un día llegaste vos y me diste vuelta todo y ahora no me puedo imaginar la vida sin vos a mi lado.

A mitad de su discurso, el santafesino había levantado la cabeza hacía él para observarlo. Seguía teniendo una expresión triste y Fabián pudo ver una lágrima rodar por su mejilla.

- Así que lo lamento, pero me vas a tener que seguir aguantando durante unos cuantos años más – agregó Ayala buscando hacerlo reír y sintiéndose enormemente complacido en cuanto vio una pequeña sonrisa asomarse en el rostro de su pareja.

El entrerriano lo tomó del rostro, acariciando con suavidad sus mejillas y el menor cerró los ojos con suavidad ante el tacto.

- Te amo, Wal – le dijo casi en un susurro – no te olvides nunca de eso, ¿sí?

El nombrado asintió, abriendo los ojos para observarlo y dirigiéndole una sonrisa honesta.

- Yo también te amo, Fabi – le dijo tomándolo con suavidad de la cintura, acercándolo lo suficiente como para compartir un beso suave y tierno, que transmitía más que todas las palabras que se pudieran decir.

- ¿Por qué te pusiste así? – le preguntó Ayala con precaución una vez que se hubieron separado, aun con los brazos del santafesino aferrados a su cintura.

Temía generar una reacción negativa de parte del otro hombre, pero realmente quería entender que era lo que había sucedido. Walter era la persona más importante en su vida y no se perdonaría nunca si llegara a perderlo por un malentendido.

- No sé – contestó Samuel negando suavemente con la cabeza. – Supongo que me dio un poco de celos que ustedes se conozcan hace tanto y que hayan compartido tanto juntos – admitió finalmente, volviendo a bajar la mirada.

- Eso no importa – replicó el entrerriano, tomándolo del mentón con una mano para poder mirarlo a los ojos, los más bellos que Fabián había visto jamás – Tenemos todo lo que nos queda de vida para seguir compartiendo momento juntos. Solamente vos y yo.