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La Historia No Contada

Summary:

¿Alguna vez te preguntaste qué pasó antes de Voldemort? ¿Alguna vez quisiste saber cómo fueron los primeros años de este dictador? ¿Hubo algo más allá del niño sádico, manipulador y malvado que el mundo mágico conoce?

¿Si en algún momento fue un niño? Sí, lo fue. ¿Tuvo en alguna oportunidad la capacidad de amar? ¿Nunca te dio curiosidad por qué Voldemort era tan cercano a los Malfoy? ¿Por qué, a pesar de la incompetencia de Lucius y Draco, parecía seguir favoreciéndolos? ¿Por qué decidió quedarse en su mansión?

Tal vez tenía mucho que ver con el abuelo de Draco: el único "amigo", entre comillas, que Tom Marvolo Riddle conoció. No como Lord Voldemort, sino como aquel niño huérfano que encontró un ángel en ese Malfoy arrogante y cruel, que se volvió su único compañero

Chapter Text

 

En el gris y lluvioso Londres de 1938, en plena Segunda Guerra Mundial, existía un orfanato sombrío y desolado donde la miseria era la única compañera de sus habitantes. Allí, entre paredes desconchadas y el eco de las sirenas antiaéreas, vivía Tom Marvolo Riddle, un niño de cabello castaño negruzco, ojos verdes como el ágata y una palidez fantasmagórica. Era un huérfano miserable, sin amigos, sin familia, obligado a matar ratas en los sótanos para ganarse una ración extra de pan. La vida era un suplicio, y Tom no tenía absolutamente nada. O casi nada.

 

Su único consuelo, su secreto más profundo y perturbador, era un don innato y serpentino: podía hablar con las serpientes. Un poder que le hacía sentirse tan poderoso como aislado. Los otros niños le temían y le llamaban «raro», «callado», «insensible».

 

—Es él —susurraban en los pasillos—. Hace cosas. Cosas que duelen, sin siquiera tocarnos.

 

Tom no les negaba ese miedo. Él mismo sentía que era diferente, que podía observar y sentir presencias que otros no veían, que podía inclinar la realidad a su voluntad con solo desearlo con furia. Sabía, con una certeza absoluta y amarga, que no era normal. Que era especial.

 

Por eso, cuando aquel hombre alto de larga barba y ropas excéntricas, el profesor Albus Dumbledore, apareció en el orfanato y le reveló la verdad, Tom no sintió sorpresa, sino una victoria feroz y silenciosa.

 

—Eres un mago, Tom —dijo Dumbledore con una seriedad que atravesaba la habitación—. Tienes un lugar en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

 

Por dentro, Tom estalló en un júbilo frío y orgulloso. Tenía razón. No era un bicho raro; era mejor. Era mágico. Mejor que todos ellos.

 

Llegó al mundo mágico sin un solo galeón, con sus ropas muggle raídas y una determinación de acero. Sus uniformes eran de segunda mano, sus libros, viejos y subrayados por otros. Pero a él le bastaba. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, cualquier cosa, por quedarse en ese mundo nuevo donde, por fin, podría ser alguien.

 

El primer vistazo al castillo de Hogwarts le quitó el aliento. Las torres se alzaban hacia un cielo estrellado, las escaleras se movían solas y los fantasmas flotaban por los pasillos. Era asombroso. Sin embargo, una sombra empañaba su fascinación: la mirada penetrante y siempre vigilante de Dumbledore, que parecía seguirlo desde la distancia.

 

—No le des importancia —se dijo a sí mismo, apretando los puños—. Es solo otro obstáculo.

 

La Ceremonia de Selección fue su momento cumbre. El Sombrero Seleccionador apenas rozó su cabello cuando gritó:

 

—¡Slytherin!

 

Una sonrisa serpenteante se dibujó en los labios de Tom. Ambición y astucia. Sí, ese era su credo. Pero la bienvenida en la mesa de esmeralda y plata fue gélida. Los hijos de las grandes familias de sangre pura observaron sus prendas remendadas con un desdén que casi podía palparse.

 

—Mira eso —murmuró un chico de grandes espaldas—. Huele a muggle y a pobreza.

 

Tom comía en silencio, solo, quemándose por dentro. Su futuro próspero se empañaba bajo el peso del prejuicio. Ser un «sangre sucia» era una marca de deshonra en Slytherin, o eso creyó, hasta que él se acercó.

 

Abraxas Malfoy era la quintaesencia del linaje antiguo: cabello rubio platino peinado con impecabilidad, ojos de un azul glacial, piel de porcelana y una nariz fina y altiva. Su figura era esbelta, casi frágil, como una delicada estatua de mármol que hubiese cobrado vida. Tom, observador y calculador, no podía negar su atractivo estético; era una belleza cortante y fría, como un diamante tallado para herir.

 

Abraxas se deslizó en el banco frente a él, unos días después, en la biblioteca. Tom estaba absorto en un complejo tratado de encantamientos.

 

—Riddle —la voz de Abraxas era clara y afectada—. Se dice que eres bastante bueno en Defensa Contra las Artes Oscuras. Mis… asociados, Nott y Lestrange, tienen ciertas dificultades con el ensayo del profesor Merrythought.

 

Tom alzó la vista lentamente, sus ojos verdes encontrando los azules. No había calidez en esa mirada, solo evaluación.

 

—Y yo, ¿qué gano con ayudarlos? —preguntó Tom, su tono neutro, casi desinteresado.

 

Abraxas esbozó una sonrisa pequeña y calculadora.

 

—Ganas que dejen de susurrar a tu espalda en el dormitorio común. Ganas… un espacio. La familia Malfoy tiene influencia. Una palabra mía puede abrirte puertas, o sellarlas para siempre.

 

Era un trato, no una amistad. Y Tom lo prefería así. Las alianzas eran transitorias, los favores, moneda de cambio.

 

—De acuerdo —asintió Tom, cerrando su libro—. Diles que traigan sus pergaminos. Pero solo esta vez, Malfoy. No soy un tutor gratuito.

 

—Por supuesto que no —Abraxas se levantó, arreglándose la túnica con un gesto elegante—. Eres una inversión, Riddle. Espero que rindas dividendos.

 

A partir de entonces, la dinámica se estableció. Abraxas acudía a Tom con peticiones veladas, siempre a través de sus secuaces. Tom ayudaba con las tareas, resolvía problemas arcanos, y a cambio, el acoso directo cesaba. Lo que Tom no lograba entender era por qué Abraxas, que evidentemente era inteligente y más que capaz, insistía en este teatro. ¿Era solo para probar su lealtad? ¿Para tener algo con qué chantajearlo después?

 

En una ocasión, tras una sesión particularmente larga en la que Tom había basically escrito el ensayo de Lestrange, se encontró con Abraxas en un corredor desierto.

 

—¿Estás satisfecho? —preguntó Tom, sin poder ocultar del todo un deje de irritación—. Tu leal escudero debería poder escribir sobre los antídotos para venenos comunes sin que le lleven de la mano.

 

Abraxas se apoyó contra la pared de piedra, la luz de las antorchas haciendo brillar su cabello como plata.

 

—La satisfacción no es el punto, Riddle. El punto es el orden. Ellos necesitan sentirse respaldados. Y yo necesito saber que puedo contar contigo. Eres un recurso valioso, aunque de… procedencia dudosa.

 

Tom sintió un escalofrío de ira, pero lo dominó. Miró a Abraxas, a su belleza fría y distante, y solo vio un instrumento, un peldaño.

 

—No lo dudes, Malfoy. Siempre puedes contar conmigo —dijo Tom, y sus palabras sonaron como la promesa más vacía y a la vez más peligrosa—. Mientras sea mutuamente beneficioso.

 

Abraxas asintió, como si hubieran firmado un contrato invisible.

 

—Eso espero. No sería bueno para nadie que un talento como el tuyo se malgastara en la oscuridad, sin amigos poderosos.

 

Se alejó con su andar elegante, dejando a Tom solo en el pasillo frío. Tom respiró hondo. No tenía amigos. Tenía aliados. Tenía un plan. Y Abraxas Malfoy, con su pelo de ángel y su mente de tiburón, era simplemente la primera pieza en el gran tablero de ajedrez que estaba decidido a conquistar. La ambición ardía en su pecho, más caliente que cualquier sentimiento, y estaba dispuesto a arrasar con todo, y con todos, para

que el mundo que tanto deseaba, por fin, le rindiera pleitesía.