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Merlina odiaba el Veleta.
Odiaba el olor a café quemado que impregnaba las paredes, odiaba la insípida música pop que sonaba de fondo, odiaba las mesas de madera desgastada y odiaba, por sobre todo, que fuera el único lugar en todo Jericó que preparaba un espresso decente.
Pero últimamente había comenzado a odiar algo más de aquel lugar: que Tyler Galpin trabajara allí.
Estaba sentada en su mesa habitual junto a la ventana, esperando su café. Había llegado a las 14:30 h, exactamente como todos los martes y jueves después de clases. La consistencia era importante. La rutina mantenía el orden, y definitivamente no tenía nada que ver con Tyler.
Claro que no.
Sacó un libro de su mochila y lo abrió en una página al azar, aunque sus ojos parecían no comprender las palabras. Estaba demasiado consciente del sonido de la máquina de espresso, de las conversaciones a su alrededor, del tintineo de la puerta… y de Tyler.
Tyler estaba detrás de la barra, limpiando la máquina de espresso mientras conversaba con una chica de su edad que no dejaba de sonreírle. Merlina desvió la mirada con desdén. Probablemente estaba contando alguna trivialidad sobre su día o soltando risas ensayadas, algo que a ella no le importaba en lo absoluto. No prestaba atención a la conversación.
O al menos eso era lo que se repetía a sí misma mientras sus ojos permanecían fijos en la misma línea del libro que había leído cuatro veces sin entender.
Y entonces, Tyler rio. Esa risa fácil y sin esfuerzo que hacía que sus ojos se arrugaran y que su cabeza se fuera ligeramente hacia atrás.
Algo en el pecho de Merlina se contrajo de una forma que, definitivamente, no era normal.
Era ridículo, completamente absurdo. Ella era Merlina Addams, no se dejaba afectar por risas y sonrisas, o cualquier otra expresión facial de adolescentes hormonales.
Frunció el ceño y se dispuso a mirar por la ventana, tratando de ignorar la sensación incómoda en su estómago.
Afuera, Jericó lucía tan gris y aburrido como siempre. Algunas personas caminaban por la acera y algún que otro auto pasaba ocasionalmente, como todos los días. Normal y predecible.
Pero sus ojos traicioneros regresaron a él.
No era culpa suya, no del todo al menos. Tyler se había movido y ahora estaba más cerca de su campo de visión, preparando lo que parecía ser un cappuccino. Sus manos se movían con una precisión que Merlina había comenzado a notar hacía algunas semanas. Cada movimiento era eficaz y calculado. Nada de energía desperdiciada.
Tyler llevaba esa camisa verde que su jefe insistía en que usara como uniforme.
Verde.
Un color insultantemente optimista que de alguna manera le quedaba bien. Y ahí estaba el problema: todo le quedaba bien a Tyler Galpin.
Esa estúpida y perfecta sonrisa que usaba con todos, desde señoras mayores hasta turistas molestos. Esos ojos ridículamente claros que parecían cambiar de color según la luz. Verdes, azules, a veces algo intermedio.
Merlina odiaba que se hubiera fijado en eso.
Odiaba que supiera que Tyler usaba la camisa verde los martes y jueves, y la azul los lunes, miércoles y viernes.
Odiaba saber que se ataba el delantal haciendo un nudo doble que nunca se deshacía durante su turno. Odiaba conocer esos insignificantes detalles que su cerebro había decidido archivar sin su permiso.
Odiaba cómo Tyler siempre encontraba la forma de hacerla reír, aunque fuera solo un pequeño bufido de desdén que ella nunca admitiría como una risa.
La semana pasada había hecho un comentario sobre cómo el café podría ser considerado un arma letal si se servía lo suficientemente caliente, y Tyler había respondido algo sobre las regulaciones de salud que de alguna manera había sido gracioso. Casi la hace sonreír.
Casi.
Odiaba cómo la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta, porque ella siempre lo hacía. Merlina se daba cuenta de todo. Tyler la miraba con esa expresión que no había logrado descifrar completamente, pero que hacía que su estómago se retorciera de formas que ningún libro de anatomía podría explicar satisfactoriamente.
Odiaba la forma en que su voz sonaba cuando decía su nombre, como si esas tres sílabas significaran algo más de lo que deberían. No lo decía con exasperación o cautela como los profesores en la escuela, tampoco con el entusiasmo de Enid, no. Lo decía de una forma... diferente. Más personal. Como si su nombre fuera algo valioso.
Odiaba que cuando sus manos se rozaban accidentalmente, su piel se erizara como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Había investigado aquel fenómeno, era una respuesta del sistema nervioso autónomo. Completamente involuntaria e irritante.
La semana anterior, sus dedos se habían tocado por apenas un segundo cuando ella tomó su taza, y Merlina había sentido ese chispazo recorriéndole el brazo. Tyler había abierto la boca como si fuera a decir algo, pero luego simplemente había sonreído de aquella forma tímida que hacía que las puntas de sus orejas se pusieran rojas.
Merlina había querido odiarlo por eso también, pero no podía.
Y eso era lo peor de todo.
Tyler se despidió amablemente de la clienta y se giró hacia su mesa. Sus ojos se encontraron por un breve segundo antes de que ella desviara la mirada hacia su libro, fingiendo estar absorta en la lectura.
Podía sentirlo acercarse. Incluso era capaz de reconocer sus pasos: un ritmo constante, sin prisa pero con propósito.
Merlina mantuvo los ojos en su libro, pero las palabras seguían sin tener sentido alguno.
Él le sonrió cuando se detuvo al lado de su mesa. Esa sonrisa pequeña y genuina que reservaba solo para ella, diferente de la que usaba con los demás clientes. Merlina lo había notado hacía tiempo. Con otros era amable y profesional. Con ella era... más real.
Y fue en ese momento, en ese preciso segundo, mientras Tyler estaba parado junto a su mesa con las manos en los bolsillos de su delantal, que Merlina tuvo una terrible y completamente inaceptable epifanía.
No odiaba a Tyler Galpin.
De hecho, era exactamente lo opuesto a odiarlo.
La revelación la golpeó con una fuerza que la obligó a cerrar los ojos un momento. Su mente, normalmente muy organizada y lógica, se detuvo por completo, quedando en blanco. Como si todas las piezas de un rompecabezas que había estado ignorando deliberadamente de repente encajaran en su lugar, formando una imagen que no quería ver.
—¿Merlina? —la voz de Tyler la sacó de su trance.
Parpadeó y levantó la vista hacia él. La miraba con una expresión de leve confusión, con sus cejas fruncidas de tal forma que hacía que se formara una pequeña arruga en su frente.
—¿Estás bien? Te ves más pálida de lo normal.
Por supuesto que notaría algo así. Tyler siempre notaba cosas sobre ella. Cómo tomaba su café, qué días iba, en qué mesa se sentaba, qué libros leía. Todo.
—Estoy perfectamente bien —respondió Merlina, su voz salió más tensa de lo que pretendía—. ¿Dónde está mi café?
Tyler ladeó la cabeza, estudiándola por un momento más antes de responder.
—En realidad, vine a preguntarte si querías intentar algo nuevo hoy. Hice una mezcla experimental. Espresso triple con un toque de vainilla oscura y canela —se detuvo, pasándose la mano por el cabello en ese gesto nervioso que Merlina había aprendido a reconocer—. Pensé que podría gustarte. Es amargo, pero tiene un toque de especias. Así como tú.
Merlina lo miró fijamente.
—¿Acaso acabas de compararme con el café?
—Eh, ¿sí? —Tyler se sonrojó ligeramente—. ¿Es algo malo?
—Depende, ¿es un buen café?
—Es lo mejor que he hecho.
Algo en el pecho de Merlina se apretó. Tyler había creado una mezcla de café pensando especialmente en ella. Había pasado tiempo, probablemente durante su turno, experimentando con sabores que creía que ella disfrutaría.
—Tráelo —dijo finalmente.
La sonrisa que Tyler le dio fue cegadora.
—Volveré en un minuto.
Merlina lo observó regresar a la barra con ese paso ligero que delataba su buen humor, y aunque varios clientes intentaron llamar su atención, él les hizo una seña para que esperaran un momento.
Primero preparó su café. Primero ella, como siempre.
Merlina cerró su libro con más fuerza de la necesaria.
—Tu café especial —dijo Tyler, dejando la taza frente a ella con cuidado. Se quedó parado junto a la mesa, esperando su veredicto.
Merlina tomó la taza y bebió un sorbo, consciente de que Tyler estaba observando cada uno de sus movimientos.
El café era, debía admitir, excelente. El amargor del espresso se equilibraba perfectamente con las especias, y el toque de vainilla era tan sutil que casi podía convencerse de que no estaba ahí.
—¿Y bien? —preguntó Tyler después de un momento, metiendo las manos en sus bolsillos.
—No es veneno —respondió mirándolo por encima de la taza.
Tyler rio, y el sonido hizo que algo dentro suyo se derritiera.
—Viniendo de ti, tomaré eso como un cumplido.
—Estás en lo correcto.
Se quedaron así por un momento. Tyler de pie junto a su mesa, Merlina sentada con su café, y entre ellos, ese silencio cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Merlina podía sentir cómo el corazón le latía más rápido, y cómo sus manos querían temblar alrededor de la taza.
—Te ves pensativa —dijo Tyler luego de un rato, con voz suave—. Y no pareces estar planeando un homicidio o algo parecido.
Merlina lo miró fijamente, su mente aún estaba procesando la revelación que acababa de tener. Tyler ladeó la cabeza, esperando una respuesta, y la luz de la tarde que entraba por la ventana hacía que sus ojos se vieran más verdes que azules.
Verde cielo, pensó, y de inmediato quiso abofetearse por pensar en algo tan empalagoso y cursi.
—Estoy contemplando los diferentes métodos de tortura medieval —respondió ella, refugiándose en su sarcasmo habitual—. El potro siempre me ha parecido fascinante por su simplicidad.
Tyler rio otra vez, por supuesto que lo hizo. Porque había aprendido a descifrar su lenguaje, a entender que las amenazas de Merlina eran su forma de crear conversación, su manera de mantener la distancia cuando las cosas se volvían demasiado reales.
—Claro —dijo él, y había algo cálido en su voz, algo que sonaba peligrosamente cercano al afecto—. ¿Algo más? ¿Un pastel, una galleta envenenada?
—Los Addams no envenenamos la comida —dijo Merlina, tomando otro sorbo de café para mantener sus manos ocupadas—. Eso sería descortés.
—Claro, tu familia tiene estándares. Entendido —Tyler sonrió otra vez, y Merlina sintió ese tirón en el pecho nuevamente, más fuerte esta vez—. Aunque debo decir que me siento halagado de que me hayas dejado preparar tu café durante meses sin intentar envenenarme.
—Todavía estoy a tiempo.
—Lo sé. Pero por alguna extraña razón, no creo que lo hagas.
La forma en que lo dijo, con esa maldita certeza, hizo que Merlina tuviera que desviar la mirada.
Porque tenía razón. No lo haría, no podría hacerlo.
Un grupo de adolescentes ruidosos entró al café, y Tyler suspiró suavemente.
—Bueno, el deber llama —dijo, aunque no se movió inmediatamente. Sus ojos permanecieron en Merlina un momento más—. Oye, ¿vas a venir el viernes?
—Vengo todos los martes y jueves.
—Lo sé, créeme que lo sé. Pero el viernes es diferente, mi jefe nos deja experimentar con el menú los viernes por la noche. Pensé que tal vez quisieras venir. Solo si quieres, sin presión.
Merlina debería haber dicho que no. Debía mantener su rutina de martes y jueves, debía mantener la distancia y debía, por sobre todas las cosas, proteger la poca cordura que aún le quedaba.
En cambio, lo que dijo fue muy diferente.
—Consultaré mi agenda.
La sonrisa que Tyler le dedicó, valió más que su orgullo.
—Genial, si. Eso es... genial —empezó a alejarse hacia la barra, pero luego se detuvo y se giró a verla—. El café de hoy va por cuenta de la casa. Ya sabes, por ser mi conejillo de indias.
Antes de que siquiera pudiera responder, ya se encontraba detrás de la barra, atendiendo a aquel grupo de adolescentes con esa paciencia profesional que ella sabía que realmente no sentía.
Lo odiaba.
Odiaba lo mucho que le gustaba esa sonrisa. Odiaba que la hubiera invitado el viernes. Odiaba que la hiciera sentir especial, pero por sobre todo, odiaba que quisiera decirle que sí sin pensarlo dos veces.
Merlina lo observó trabajar desde su mesa, notando la forma en que se movía entre los clientes. Sus hombros cuando se inclinaba para escuchar mejor a alguien, cómo se pasaba la mano por el cabello cuando estaba nervioso o pensativo. Cómo sus labios se curvaban en esa media sonrisa cuando alguien le hacía un comentario gracioso.
Tomó su café y bebió un sorbo largo, dejando que el amargor y las especias la embriagaran. Era perfecto, Tyler había creado algo perfecto para ella. Y eso lo hacía todo peor.
El problema no era que Tyler Galpin le gustara. El problema era que le gustaba demasiado, más de lo que había planeado.
Más de lo que quisiera admitir, y más de lo que cualquier Addams debería sentir por alguien tan… común. Tan luminoso y opuesto a todo lo que ella era.
Merlina era oscuridad y sarcasmo. Tyler era luz y amabilidad. Deberían repelerse, la lógica así lo dictaba. No tenía ningún sentido.
Pero el corazón, descubrió con consternación, no seguía la lógica.
Cerró los ojos por un momento, permitiéndose sentir lo que había estado negando durante semanas, tal vez meses. Tal vez desde la primera vez que entró al Veleta y Tyler le había sonreído como si verla hubiera sido lo mejor de su día.
Recordaba ese primer encuentro con claridad. Solo había entrado buscando cafeína, nada más. Tyler estaba detrás de la barra, era el chico nuevo y todavía estaba aprendiendo a usar la máquina de espresso. Cuando él le preguntó qué quería, ella pidió un cuádruple.
Él ni siquiera parpadeó, tampoco hizo preguntas. Simplemente asintió y comenzó a prepararlo. Al entregárselo, comentó:
—Esto es mucha cafeína. Me gusta tu estilo.
Y Merlina, quien normalmente odiaba que le hablaran, no había odiado que Tyler lo hiciera.
Abrió los ojos y miró hacia la barra. Tyler estaba concentrado en su trabajo, mordiéndose el labio inferior de esa forma que hacía cuando estaba enfocado. Una clienta le estaba hablando pero él solo asentía distraídamente, mientras sus ojos se desviaban brevemente hacia ella.
Sus miradas se encontraron y Tyler sonrió, solo un poco. Solo para ella. Luego volvió a su trabajo y Merlina sintió cómo su pecho se apretaba de una forma que ya no podía ignorar.
No era odio lo que sentía cuando Tyler sonreía, no cuando la hacía buscar excusas para ir al Veleta más seguido de lo necesario. A veces incluso se aparecía los sábados, cuando sabía que Tyler hacía doble turno.
No era desprecio lo que hacía que su corazón latiera más rápido cuando él decía su nombre, cuando sus dedos se rozaban, o cuando, como ese día, creaba mezclas especiales de café solo para ella. Era algo mucho peor.
Era admiración por cómo trataba a cada cliente con la misma amabilidad genuina, incluso cuando eran groseros y arrogantes.
Era fascinación por la forma en que hablaba sobre sus planes a futuro, con esa pasión que hacía que sus ojos brillaran como dos estrellas en el cielo.
Era calidez cuando él recordaba pequeños detalles sobre ella, como que prefería sentarse junto a la ventana, que odiaba el azúcar en su café, o que a veces tenía debate después de clases y llegaba quince minutos más tarde de lo usual.
Era respeto por cómo nunca la presionaba para hablar cuando no quería, cómo entendía que a veces solo necesitaba silencio y café.
Era afecto por todas esas pequeñas cosas que hacía y que probablemente ni siquiera notaba, como apartar su taza favorita para que nadie más la usara, o guardarle el último muffin de chocolate amargo que sabía que le gustaba, aunque nunca los pedía.
Merlina Addams se dio cuenta, con absoluta claridad y horror, de que no solo le gustaba Tyler Galpin: estaba enamorada de él. Completa y desastrosamente enamorada.
Y no había absolutamente nada que pudiera hacer al respecto. O bueno, tal vez sí había algo. Podía huir.
Podría dejar de ir al Veleta. Encontrar otra cafetería y evitar a Tyler cuando se lo cruzara por el pueblo, o construir muros más altos y más gruesos alrededor de su corazón.
Podía fingir que el sentimiento no existía y enterrarlo tan profundo hasta que tal vez, eventualmente, dejara de doler. Podría hacer lo que cualquier Addams sensato haría: protegerse.
Pero mientras miraba a aquel chico que la hacía reír sin intentarlo, que preparaba café especial solo para ella y que la miraba constantemente con ojos esperanzados, Merlina se dio cuenta de algo más.
No quería huir.
Por primera vez en su vida, Merlina Addams quería quedarse. Quería ver qué pasaba si dejaba que el sentimiento creciera en lugar de sofocarlo. Quería saber cómo sería ser valiente de una forma que no involucrara guillotinas o arañas venenosas, sino algo mucho más aterrador: vulnerabilidad.
Bebió un trago de su café y, finalmente, tomó una decisión. Iría el viernes.
No porque tuviera un plan o porque supiera qué iba a pasar, sino porque Tyler se lo había pedido, y Merlina estaba comenzando a entender que cuando Tyler Galpin le pedía algo con esos ojos verde cielo y esa sonrisa tímida, ella era incapaz de decir que no.
Y se odiaba a sí misma por eso.
Sacó su teléfono y escribió un mensaje rápido antes de poder arrepentirse.
Merlina
Estaré aquí el viernes. 19:00 h.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Tyler
No puedo esperar :)
Merlina observó el emoji con disgusto, pero la comisura de sus labios se curvaron levemente hacia arriba de todos modos.
Levantó la vista y vio que Tyler la estaba mirando desde la barra, con su teléfono todavía en la mano. Le guiñó un ojo, algo que debería haberle parecido ridículo y terriblemente cursi, pero que en cambio, la hizo sentir algo cálido y peligroso en el pecho.
Merlina negó con la cabeza, pero no pudo evitar que esa pequeña sonrisa permaneciera en su rostro un segundo más.
Porque después de todo, los Addams no huyen de las cosas que los aterran, al contrario. Les hacen frente, con la cabeza bien en alto. Aunque esta vez, Merlina no estaba del todo segura de querer ganar la batalla.
De hecho, pensó mientras tomaba otro sorbo de su café perfecto y observaba a Tyler sonreír mientras preparaba otro pedido, tal vez perder no sería tan malo.
