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El sol de Texas caía a plomo sobre el asfalto de la gasolinera, haciendo que el aire temblara un poco.
Dean salió primero, con un vaso enorme de slushie de fresa en la mano: hielo triturado, jarabe rojo chillón y una cantidad indecente de azúcar. Lo había agarrado porque sí, como casi todo lo que hacía. Dio un sorbo largo, pero estaba tan asqueroso que, casi, casi lo escupió. Ni la peor hamburguesa (la más grasienta y de pan seco) de su vida habría podido haberle sabido así de mal.
¡Pero esta mierda ha costado 5 pavos, 5! Con eso te dan un menú pequeño con hamburguesa y patatas, y Dean Winchester no desperdicia nada. ¡Nada!
—Joder, Sammy, sabe como si un jarabe de la tos se hubiera follado a un algodón de azúcar, y esta monstruosidad fuera el hijo que abandonaron en la gasolinera. Está asqueroso.
Sam salió detrás, cargado con las bolsas de siempre: agua, manzanas, barritas proteicas. Lo miró con esa cara de “otra vez con tus mierdas” que reservaba exclusivamente para su hermano.
—¿En serio te sorprende? —respondió con su sarcasmo habitual, seco como el desierto que los rodeaba—. Es una bebida de gasolinera en medio de la nada; el logotipo tiene una mascota absurda: un terrón de azúcar vampiro, hecho en una máquina que probablemente tiene más años que los dos juntos. Deberías dar gracias de que no te dé una intoxicación.
Dean se encogió de hombros y dio otro sorbo más pequeño, solo por cabezonería. El calor era insoportable; el sudor le pegaba la camiseta a la espalda y el sirope le había dejado los labios más rojos de lo normal. Sam lo notó, como siempre notaba esas cosas que no debería notar, y apartó la mirada rápidamente.
—Al menos está frío —murmuró, intentando más él, más Sam, más suave, menos tío enorme cabreado por el sol y con ganas de gritar a las nubes. —Y a ti te gusta la fresa.
Dean lo miró un segundo, con esa sonrisa de medio lado que siempre significaba problemas. Luego se acercó, le puso una mano en la nuca —suave, pero firme, como hacía desde que eran críos— y, sin mediar palabra, le escupió el trago directamente en la boca.
Sam no se inmutó. Abrió los labios por instinto, tragó el líquido helado y dulzón, y puso la misma cara de asco que Dean.
—Puro azúcar y colorantes —dijo, limpiándose la comisura con el dorso de la mano—. Me va a subir la glucosa solo de probarlo.
Dean soltó una carcajada baja, satisfecho, y le limpió con el pulgar una gotita roja que se le había quedado en el labio inferior.
—Te lo dije. ¿Ves? Tendría que exigir un reembolso, un cupón.. ¡un paquete de cerveza o algo! Menudo, timo. Vámonos anda, perra, necesito algo para quitarme el sabor... ¿Sugerencias?
Y que lo diga con ese tono, esa sonrisa de medio lado, a Sam no le podría parecer más guapo su hermano, aunque sea raro decirlo. Y que con gusto le metería algo distinto en la boca, algo con mejor sabor, por ejemplo, su lengua. Pero no estaban solos, así que se aclaró la garganta y miró hacia otro lado. ¿Si la primavera la sangre altera, el verano pues… le altera el ano? Nunca le ha sentado bien el calor, quizás porque, siendo tan alto, le llega antes a la cabeza y cuando está cerca de Dean, el calor no quiere irse.
A tres pasos, Bobby se había quedado petrificado como si Medusa lo hubiera mirado a los ojos, con las llaves de la camioneta en la mano. Los miraba fijamente, la boca entreabierta, como si estuviera viendo un ciervo cruzar la carretera y no supiera si pitar o apartarse.
Dean lo pilló de reojo, pero pensó que quizás Bobby estaba mareado con el calor; es lo que tiene perseguir a un cambiaformas en Texas en pleno verano. ¿Total, qué hay de malo en que dos hermanos compartan?
Bobby carraspeó, se rascó la gorra y miró al cielo, al suelo, al Impala, a cualquier sitio que no fueran los chicos.
—Idiotas —masculló por lo bajo, y se metió en el coche sin decir más.
Porque si Dean escupe, Sam se lo traga y lo hacen tan natural, incluso delante de él, Bobby, sabio como es, y es más sabio que el diablo, como diría el dicho, sabe que lo mejor que puede hacer es mirar hacia otro lado y pensar en tomarse unas buenas vacaciones. En su cabaña del lago, y lejos, lejos de estos dos estúpidos que lo están haciendo envejecer siete veces por cada minuto que está con ellos.
Se me cuidan, solo llevamos un mes de año, pero ya ha empezado a durar la cosa, más dura que la tranca que Sam está fantaseando con meterle a su hermano entre los labios.💖
