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La Sirena

Summary:

Leonella acepta acompañar a su hermana menor al acuario sin imaginar que un simple espectáculo la hará caer entre las olas del enamoramiento.

Notes:

Februabba Día 2: Aquarium

Primera vez escribiendo fembruabba y honestamente me encantó la experiencia! Probablemente no será la última👀
¡¡Disfruten!!💜

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Jeanne apoyó el antebrazo en el marco de la puerta de la cocina mientras observaba a su hija mayor terminar de guardar su taza con parsimonia. El aroma del té aún flotaba en el aire cuando la mujer carraspeó suavemente, atrayendo su atención.

"Leo" habló con un tono firme pero cansado, llamando su atención. "Querida, hoy tendrás que acompañar a Pan al acuario. Hace algunos días anunciaron un nuevo espectáculo y ella está muy emocionada por ir."

Leonella la miró con una mezcla de resignación y ligera molestia reflejada en el rostro. Pero no reclamó. Su madre avanzó hasta ella.

"Le prometí llevarla, pero a tu padre y a mí nos ha surgido una emergencia en el trabajo y debemos ir. Así que te pido de favor que la acompañes."

"Está bien, mamá" Sabía que discutir sería inútil, pero todavía le quedaba la carta de favores a su disposición. "Pero la comida la invitas tú"

"¡Claro, querida!" Jeanne pareció reaccionar y rebuscó en el bolso que colgaba de su hombro "Toma la tarjeta de tu papá. No le digas que la he tomado prestada. Bien, ya debo salir porque justo me espera en el auto. Se cuidan, ¿vale? ¡Las quiero! ¡No gasten demasiado! ¡Diviértanse! ¡Au revoir!" 

Su madre finalmente desapareció por la puerta de entrada. Leonella suspiró y muy a su pesar se dirigió a su habitación para arreglarse.

Horas más tarde, Leonella caminaba junto a su hermana por los amplios pasillos del acuario, rodeada del murmullo constante de visitantes, del eco de risas infantiles y del sonido amortiguado del agua tras los cristales gigantes que resguardaban a las variadas especies marinas.

Panela avanzaba con pasos inquietos, sujetando con fuerza el folleto del lugar, donde un anuncio destacaba con colores brillantes: El gran espectáculo de las sirenas.

Leonella, en cambio, apenas le prestó atención.

Nunca había sido fanática de los espectáculos que pretendían dar vida a seres que, en su opinión, no eran más que invenciones elaboradas. Disfrutaba de los animales reales, no de fantasías cuidadosamente planificadas.

Se adentraron al anfiteatro donde se llevaría a cabo el espectáculo, tomando lugar en la primera fila a petición de Panela. Quedaron a pocos metros frente al enorme tanque que abarcaba desde el suelo hasta el techo.

El recinto comenzó a oscurecerse. El murmullo del público descendió poco a poco hasta convertirse en un silencio expectante. Leonella cruzó los brazos, sin demasiadas expectativas, mientras observaba cómo los reflectores se apagaban uno a uno, dejando el agua sumida en una penumbra azulada.

Entonces, la música comenzó.

Un instrumental suave, de notas delicadas y melancólicas, llenó el espacio con una melodía que le pareció conocida, envolviendo a los espectadores como una caricia sonora.

Desde lo alto del tanque emergió una figura que capturó de inmediato todas las miradas: una joven morena, de cabello corto y negro, cuya larga cola azul y blanca relucía bajo la luz con detalles dorados que parecían fragmentos de sol atrapados en el agua.

Leonella se incorporó ligeramente en su asiento sin darse cuenta.

La sirena se movía con una gracia imposible de ignorar. Cada giro, cada ondulación de su cuerpo parecía calculada con una precisión exquisita, como si el agua no fuera un obstáculo sino una extensión natural de ella misma. Sus movimientos eran delicados e hipnóticos, sincronizados a la perfección con el ritmo de la música, que subía y descendía como una marea.

El reflector que la iluminaba la seguía con devoción, como abejas atraídas por la miel, y no era el único. Las miradas de los espectadores permanecían fijas en ella, cautivas, completamente entregadas al espectáculo. Leonella sintió cómo su escepticismo se deshacía lentamente, sustituido por una fascinación silenciosa que le recorría el pecho.

Cuando la sirena giró en el agua y la luz se reflejó en los tonos dorados de su cola, Leonella contuvo el aliento, exactamente igual que el resto del público. Sus ojos no podían apartarse de la escena, su mente había dejado de cuestionar lo que veía. En ese instante, reaccionó como todos los demás: completamente hechizada por el espectáculo de la sirena.

Leonella apreció su cabello ante el movimiento de la danza en el agua. Cada giro hacía que los mechones cortos se desplegaran como tinta suave, flotando con una naturalidad que parecía imposible de imitar fuera del mar. No había rigidez en ella, lucía como una auténtica sirena, nacida para moverse entre las corrientes del océano.

En un momento, la joven se acercó al cristal del tanque, reduciendo la distancia con el público. Sus labios se curvaron en una sonrisa juguetona antes de lanzar besos que se transformaron en pequeñas burbujas ascendentes, provocando risas y exclamaciones a su alrededor. Luego nadó por toda la orilla, saludando con la mano a los niños y niñas que se agolpaban contra el vidrio.

Entre ellos, Panela destacaba con los ojos brillantes y una sonrisa que parecía no caberle en el rostro; devolvía el saludo con entusiasmo, saltando ligeramente sobre la punta de los pies.

Leonella observaba la escena con una atención casi reverente, hasta que ocurrió algo inesperado. La brillante mirada azul de la sirena se elevó un instante y se encontró directamente con la suya. Fue apenas un segundo, pero lo sintió como un golpe suave y certero en el pecho. Su corazón se aceleró sin pedir permiso, marcando un ritmo distinto al de la música que seguía envolviendo el recinto.

Se separó del cristal y con una reverencia elegante y una ultima sonrisa dirigida a todos, la sirena se impulsó hacia arriba, perdiéndose en lo profundo del tanque y desapareciendo de la vista del público que dedicó fuertes aplausos y vítores a la actuación. 

El espectáculo continuó.

Otras sirenas emergieron con coreografías complejas, incluso hubo un tritón, mostrando acrobacias impresionantes bajo el agua. Aun así, para el final del show, a Leonella le resultaba que quien se había robado el espectáculo, sin duda alguna, había sido la primera chica.

Para fortuna de Leonella, los niños podrían interactuar con las chicas que interpretaron a las sirenas fuera del agua al finalizar el espectáculo. La expectativa de volver a verla se mantuvo firme mientras esperaban su turno, hasta que finalmente la distinguió sentada sobre una roca, a la orilla del gran tanque.

Fuera del agua, la sirena conservaba esa misma aura cautivadora, como si las vibras del agua se negaran a abandonarla del todo.

El personal del staff les indicó que podían pasar. Panela no lo dudó y se lanzó a darle un abrazo que la sirena correspondió con el mismo entusiasmo, rodeándola con cuidado y una risa suave. Leonella permanecía a un lado, con una sonrisa embobada que no lograba disimular, observando mientras su hermana conversaba animadamente.

Fue entonces cuando la sirena se giró hacia ella.

"¿Y cuál es el nombre de la princesa que te acompaña?"

Leonella sintió cómo el calor le subía al rostro al tener aquellos ojos, similares en color al lapislázuli, fijos en ella, acompañados de una sonrisa amistosa que parecía desarmarla por completo. Antes de que pudiera reaccionar, Panela respondió por ella.

"¡Es mi hermana mayor, Leonella! La puedes llamar Leo. Así le llamamos de cariño."

La sirena asintió y realizó una ligera inclinación a modo de saludo. Su flequillo se movió apenas, desordenándose con suavidad, y a Leonella le picaron las manos por el impulso de acomodarlo de vuelta a su lugar. Se contuvo, limitándose a devolver el gesto con una inclinación tímida.

Al finalizar la interacción, se tomaron una fotografía juntas. La sirena se despidió de ambas con una sonrisa cálida.

"Un gusto conocerlas. Espero verlas de nuevo."

Leonella no quería dejar de verla. Mientras se alejaban, sentía el eco de esa mirada aún adherido a su piel. Se sentía como una pirata que cae ante los encantadores cantos de las sirenas.

La puerta hacia la salida se abrió con un leve chirrido, dejando pasar una corriente de aire distinto que anunciaba, sin necesidad de palabras, que su turno había llegado a su fin.

La luz del pasillo contrastó con la atmósfera cuidadosamente construida alrededor del tanque, y ese simple cambio bastó para que la realidad volviera a imponerse poco a poco para Leonella.

Panela dio un par de pasos hacia adelante, lista para marcharse, pero Leonella se detuvo un segundo, con la sensación persistente de que algo había quedado inconcluso, como una frase interrumpida a mitad de pensamiento.

"Pan, espera un momento" dijo de manera apresurada, rompiendo el silencio justo antes de llegar a la salida por completo.

Su hermana se detuvo frente a la puerta abierta y se giró hacia ella, con la extrañeza dibujada en el rostro. No dijo nada, pero la manera en que ladeó la cabeza dejó claro que no entendía la urgencia repentina. Leonella, sin dar mayores explicaciones, se apresuró a retroceder, yendo de regreso a la sala donde la sirena permanecía.

El corazón le latía con fuerza mientras avanzaba. Sentía el pulso en los oídos y un calor incesante en las mejillas, como si su cuerpo hubiese decidido negarse a la calma. Al llegar, la encontró sentada donde mismo cerca del tanque.

La sirena bebía agua con movimientos tranquilos, recuperando el aliento antes de recibir al siguiente visitante. Fuera del escenario, sin luces ni música, seguía conservando esa presencia envolvente que había dejado a Leonella sin palabras minutos antes.

"¡Ey! Hola de nuevo" dijo Leonella, con la voz apenas más alta que un murmullo, nerviosa y con las mejillas teñidas de rosa.

La sirena alzó la vista, sorprendida al verla otra vez. Durante un segundo pareció evaluar la situación, pero enseguida le dedicó una sonrisa abierta y atenta, indicándole con la mirada que podía hablar. Ese simple gesto bastó para que los nervios de Leonella se intensificaran.

"Yo, uh... Quería saber mi hermana... digo. Mi hermana sabe... Oh, perdón, suelo trabarme estando nerviosa" confesó con una sonrisa nerviosa, desviando la mirada por un instante, consciente de cómo las palabras se atropellaban unas a otras.

La reacción de la sirena fue inmediata, riendo suavemente, cubriéndose la boca de manera instintiva, y ese sonido ligero provocó que algo se encogiera y se expandiera al mismo tiempo dentro del pecho de Leonella.

"No te preocupes, le sucede a todo mundo."

Escucharla reír hizo que su corazón latiera todavía más rápido. Leonella respiró hondo, obligándose a retomar el hilo de la conversación antes de que el valor que había reunido se evaporara por completo.

"Mi hermanita quería saber tu nombre."

La sirena la observó durante unos segundos que se le hicieron eternos. No había prisa en su expresión, ni incomodidad; solo una calma serena que contrastaba con el torbellino interno de Leonella. Finalmente, sonrió con una naturalidad encantadora.

"Soy la sirena Bru."

Leonella asintió despacio, mordiéndose el labio inferior como si estuviera conteniendo un sinfín de palabras que amenazaban con salir sin orden. Sentía que el tiempo se acortaba, que ese instante estaba a punto de desvanecerse, y la urgencia volvió a apoderarse de ella.

Un chico del staff apareció entonces en la entrada, anunciando con discreción que era momento de permitir el ingreso de la siguiente persona. La presión del momento se hizo evidente. Leonella miró a Bru, consciente de que no habría una segunda oportunidad inmediata. Sin más preámbulo, reunió el coraje que le quedaba y habló.

"Y yo quería saber tu nombre real... Si es que se puede."

La sirena se sonrojó visiblemente. Sus mejillas adquirieron un tono suave que resaltó aún más su sonrisa, la cual se ensanchó con una mezcla de timidez y complicidad.

"Soy Brunetta. Un gusto."

El nombre se quedó flotando en el aire, y Leonella lo guardó con cuidado, como si se tratara de un tesoro frágil. Sonrió, aun cuando los nervios la consumían por dentro, sintiendo que ese pequeño intercambio había valido cada segundo de su ansiedad.

La puerta se abrió de nuevo, revelando a los visitantes que aguardaban su turno para interactuar con la sirena Bru. El flujo constante del espectáculo no se detenía por nadie, y Leonella lo comprendió de inmediato. Ya no tenía más tiempo. Retrocedió un paso, sabiendo que debía irse.

"Entonces... hasta luego, Bru."

La sirena la siguió con la mirada mientras se alejaba, levantando la mano y agitándola suavemente en señal de despedida. Leonella sintió esa mirada adherirse a su espalda incluso después de haber cruzado el umbral.

Cuando regresó junto a Panela, la encontró sentada en el suelo, con la espalda recargada en la pared y una expresión de aburrimiento evidente. La niña alzó la vista en cuanto la vio aproximarse.

"¿Ya terminaste de coquetear con mi nueva amiga sirena?"

La sonrisa de Leonella se borró de inmediato y sus ojos se abrieron por completo, sorprendida por la franqueza de la pregunta. El comentario la tomó desprevenida, y por un instante no supo cómo reaccionar.

"¡Pan! No seas fastidiosa..."

Suspiró, dejando escapar la tensión acumulada, y le hizo una seña con la mano para que se levantara y se dirigiera a la salida. Panela obedeció sin protestar, sacudiéndose un poco el pantalón antes de ponerse de pie.

Mientras caminaban, Leonella recuperó la sonrisa, esta vez más tranquila, más auténtica. Con simpleza, como si se tratara de una verdad imposible de ocultar, añadió:

"No me culpes. Bru es muy linda."

Panela la miró con los ojos entrecerrados, evaluándola en silencio, pero Leonella apenas le prestó atención. Nada de eso importaba demasiado en ese momento. Su mente ya estaba trabajando en otras ideas.

Mientras abandonaban el recinto, Leonella comenzó a planear en su mente la próxima visita al acuario, repasando cada detalle, cada posible excusa, cada oportunidad para volver a encontrarse con aquella hermosa sirena y descubrir un poco más del mundo que parecía haberse abierto ante ella sin previo aviso.