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en tiempos de dragones

Summary:

“Aerion odiaría a los Verdes” “Aerion odiaría a los Negros” Y si/What if… Aerion Llamabrillante se despierta en el pasado, en la era del reinado del primer Viserys. Ficlet.

Work Text:

 

El príncipe Aerion se despierta en una cama que no es la suya, y por si eso fuera poco, en un cuerpo que definitivamente no es el suyo.

El hombre que pronto le observa en el reflejo de un espejo es joven, alto y atractivo, mas no posee su porte superior ni su extrema belleza, apenas compartiendo con Aerion una edad, aproximada a la suya propia, y el color plateado en el cabello que delata el origen de su sangre.

Pronto sus sospechas examinando los ropajes del muchacho que por lo visto le está prestando este cuerpo, más allá del aspecto que ahora tiene, le son confirmadas. Se encuentra en la isla de Marcaderiva, vasalla a la Casa Targaryen. En el castillo de Marea Alta, para ser exactos. Sus prontos apremios a los sirvientes que acuden a sus demandas terminan por lograr frutos, y Aerion aprende quién es, el mozo que le mira extrañado si contempla el espejo.

Su nombre es Ser Aethan Velaryon, y definitivamente esto es Marea Alta, asentamiento de Lord Corlys, vuestro tío, dice la trémula sirvienta, la misma que le suplica que la deje ir a buscar al maestre, ser se ha debido golpear en la cabeza.

¿La Serpiente Marina? La mujer asiente. No, eso no puede ser. El hombre debe llevar muerto por lo menos 80 años.

—¿Quién se sienta en el Trono de Hierro?

Un segundo criado le mira, con la boca abierta más tiempo aún que la mujer, ambos igual de cretinos.

—Decidme. ¿Quién es el rey? El viejo de Daeron, segundo de su nombre?

Una bofetada despierta al sirviente de su estupor.  

—¿Segundo? No… nuestro rey es Viserys, ser, por supuesto.

Viserys el Primero.

 

No, algo así es imposible. Aerion tiene que estar soñando.

Mas las horas transcurren y la pesadilla no le suelta, al contrario.

 

Descubre disgustado que Ser Aethan es efectivamente sobrino de Lord Corlys, apenas si un Velaryon menor. Ya no un príncipe sin perspectiva de derecho a Rocadragón, ahora es, para su propio desprecio, el cuarto hijo del que un día ha sido el hijo segundo del señor de Marcaderiva.

Y Viserys, allá cruzando el mar, lleva años pudriéndose en sus habitaciones de la Fortaleza Roja.

Los dragones… los dragones viven.

Por el momento.

Aerion siente que quizás, solo quizás, es posible que los dioses le hayan traído aquí para evitar la destrucción a su Casa que es sabido conllevará la muerte del maldito Viserys, y el choque a sangre y fuego de sus todavía más malditos herederos.

Los dragones en verdad viven, y Aerion no desea más en este momento que ver uno, ser testigo de su poder. Evitar sus muertes, si es posible.

 


 

En Desembarco del Rey Ser Aethan Velaryon pasa a formar parte de la corte de Su Gracia, con ayuda del carisma de Aerion y de la presencia que a través de este físico prestado todavía impone, y puede que también debido a las monedas que su padre de préstamo, Ser Vaemond Velaryon, ignora que Aerion ha tomado del tesoro de Marea Alta, monedas que terminan en los bolsillos que Aerion va encontrando adecuados.

 

En la capital, Aerion logra verlos. Los dragones ciertamente existen, en la forma del hermosísimo Fuegosol, la portentosa y azul Sueñofuego, la colosal Vhagar.

En el castillo, Aerion encuentra que Viserys efectivamente está confinado en sus habitaciones reales, muriendo lentamente tal y como los sirvientes codiciosos le confiesan.

Los de su sangre que durante los siguientes días y semanas pasa a conocer no son de su aprecio. El muchacho Aegon es un príncipe despreciable, inapropiado para el trono, un amante del vino en demasía y de las mujeres de baja cuna, bien sean criadas o putas, ofendiendo su condición de primogénito como si el borrachín de su propio hermano Daeron se tratase.

Encuentra a Aemond, el segundo hijo, un lunático arrogante que no merece su poderosa montura.

Residiendo en este viejo, más nuevo palacio, Aerion decide que no desea la compañía de ninguno de los dos.

A través de los sirvientes del Maestre termina por aprender algo más: Rhaenyra, princesa de Rocadragón, está encinta. Le dará otro nieto al Rey en unas dos o tres lunas, se dice. La princesa ya ha dado dos hijos a su esposo, el príncipe Daemon. Este infante sería el tercero.

Aerion entiende lo que eso significa. La guerra está próxima. Demasiado.

 


 

En la Fortaleza Roja, los señores y señoras susurran. El rey ya no sale de sus aposentos, atrapado por su enfermedad, no podrá vivir por siempre.

Hablan de Rhaenyra, su heredera elegida. Aerion les oye, lo que de ella dicen con voz queda. Que es una princesa malcriada, libidinosa, derrochadora. Que nunca ha blandido una espada, que se esconde en su isla. Hablan de su debilidad, el pueblo no querrá a una mujer, nunca ha habido una reina y Rhaenyra lo es: mujer, e inadecuada para el trono. Su esposo un desquiciado cruel e imprevisible, sus hijos… de todos es sabido, lo concerniente a sus hijos.

 

Aerion siente que los odia a todos.

Odia a Viserys por no haber puesto fin a las rencillas entre las dos facciones, por ser tan pusilánime y no evitar la más que previsible guerra.

Odia a Aegon por dejar que su dragón matara a otros y por poner a su propia montura en peligro mortal. A Daeron por dejar a la suya a su suerte. A Aemond por perder a Vhagar y causar la muerte de tantos dragones.

Odia a los Verdes por contender contra Rhaenyra.

Rhaenyra es su antecesora, sangre de su sangre, mas también la odia.

Odia a los Negros por no haberse echado a un lado y permitir que el heredero varón reinara, por inútil que éste fuera; tal cosa hubiera evitado el conflicto.

Desprecia a Rhaenyra por haberse hecho odiosa por la plebe, asesina de dragones, y por no haberles sometido a sangre y fuego antes de que se dieran en masa a la destrucción. La detesta sumamente por haber entregado los dragones de Jaehaerys y Alysanne a unos bastardos de sangre traicionera, y al resto de sus bestias a pebleyos de origen igualmente desdeñable y dudoso.

Odia a su antepasado, el Príncipe Daemon, por haber forzado a su Caraxes a matar y morir, y también por morir él mismo sin proceder a ganar la guerra para Rhaenyra.

Desprecia a Jacaerys y Lucerys, por no proteger a sus dragones. A Joffrey, por idiota. A su ancestro Viserys, por desperdiciar un huevo. A Aegon, Veneno de Dragón, absolutamente, por causar la debilidad final de su Casa.

Los odia a todos, Verdes y Negros y ambas facciones, jinetes indignos de sus dragones, causantes todos y cada uno de ellos del crimen más imperdonable posible: provocar la extinción de las bestias más mortíferas, bellas, y poderosas que jamás hayan existido.

 

Aunque por mucho que resienta a todos ellos, nada aún de todo eso ha ocurrido. Aerion lo siente dentro de sí con cada vez más fuerza: deberá ser él, solo él, el que salve a los dragones.

Y para ello, y ante el estallido inminente de la guerra, deberá poseer un dragón él mismo.

Rocadragón le espera.

 


 

En el barco que le lleva hacia la isla y su destino, Aerion contempla sus planes, agitándose ante la proximidad de la perspectiva de lo que pronto le espera. Vermithor, sin ninguna duda, solo el dragón del Viejo Rey es digno de Aerion, inmenso y mortífero, formidable en el campo de batalla como él solo.

Sí, lo primero deberá ser eso, hacerse con un dragón. Se unirá a los Negros, decide, presentándose como Velaryon, antes incluso de que Viserys se vaya a los Siete Infiernos. Los Verdes ungirán y coronarán a Aegon, sin ninguna duda; Rhaenyra tendrá de su lado a Caraxes, Meleys, y esta vez también a Vermithor desde el principio, una fuerza contra la que los dragones de los Verdes no tendrán posibilidad de ganar.

Será un pequeño sacrificio, si presentan batalla. Aerion está dispuesto a correr el riesgo que conlleva, perder a Fuegosol y Vhagar, quizás incluso a Sueñofuego si no hay más remedio, si a cambio elude el final de todos los demás.

Rhaenyra reinará, gracias a su poder y consejo. Por más que le hierva la sangre de ira ante su existencia actual, Aerion deberá primordialmente asegurar su propio, futuro nacimiento, y luchando del lado Negro podrá ser lo más simple, su doble misión. La salvación de su Casa, y con ello la conservación de su poder y dominio sobre Poniente, intactos. La salvación de sí mismo.

 

Las horas transcurren lentas y en el horizonte todavía no se otea Rocadragón. Aerion piensa y piensa, y en su mente las ideas marchan en una muy diferente formación, ahora.

Ninguno de ellos es realmente merecedor del Trono de Hierro.

No lo es Aegon, el indolente. No lo es Rhaenyra, tan promiscua. Ni Aemond el matasangres, ni Daeron el niñato con su muerte estúpida. Tampoco Daemon el insensato, odiado por todos.

El Trono de Hierro debe disponer de un señor guerrero, sí, de un líder carismático que pueda ser amado por los pueblos que gobierne, de norte a sur, y por los vasallos que de buena gana desearán arrodillarse ante él. El trono merece a alguien firme en su sapiencia y capaz de mostrar piedad ante sus señores, y también de ejercer violencia cuando se deba ante sus enemigos.

Ciertamente, se unirá a Vermithor, y tomará el Trono para sí, como la Casa Targaryen merece. Sí, luchará del lado de Rhaenyra, pues deberá zafarse de los indignos Verdes antes de nada; luego de eso serán los Negros los que, uno tras otro, deberán caer.

La determinación se apodera de él y así lo decide, ya sin duda alguna: Evitará el fin de los dragones. Surcará los cielos sobre uno. Será el rey, será Aerion I. Será el Dragón.

 

No necesita a Rhaenyra, tampoco a Daemon. Cuando el momento llegue se deshará de ambos, decide, bien sea mediante la argucia o la fuerza.

Al fin y al cabo, Viserys el menor ya vive. Aerion determina que debe hacerle su pupilo, tras la guerra el niño será su copero y eventualmente su escudero. Los hermanos de Viserys no deberán tener tal honor y suerte: los bastardos de Strong serán de utilidad en el Muro, sus monturas confinadas en Pozo Dragón donde no puedan ser alcanzadas por sus jinetes de sangre mestiza. El niño Aegon, por su parte, crecerá en la corte hasta que se decida su suerte, bien sea el renunciar a sus derechos para servir a la Fe, al Muro, o a la Ciudadela.

Las hijas de Daemon deberán ser casadas a vasallos de probada lealtad, dragón y huevo respectivamente dejados atrás bajo la autoridad de su rey. Aerion siente que también las desprecia, a una por perder su dragón y causar la desgracia a otro, y a ambas por tener la osadía de matrimoniar fuera de la familia.

Como rey, necesitará una reina: La idea de tomar a una de ellas, doncellas que ahora son, como esposa pasa fugaz por su cabeza, antes de que la deseche. Helaena será su reina, a quien conoce de sus días en la corte del viejo Viserys como bella y sumisa, una mujer de pocas palabras y de fidelidad a su esposo y fertilidad probadas, y lo que es aún más importante: su sangre es Targaryen, y su montura, Sueñofuego, es enorme y añosa. Esa dragona deberá vivir, si es posible, a su disposición y a su lado.

Los hijos de ella deberán ser eliminados, durante o después de la guerra, para que la nueva reina pueda centrarse en su deber único, darle hijos a su rey.

El niño Viserys, único varón que mantendrá derechos al trono bajo su reinado, será por el momento su heredero, hasta que el futuro Príncipe de Rocadragón nazca, el primogénito de Aerion y rey por tanto tras él.

 



 

Los hombres de Rhaenyra parecen amar las monedas de oro tanto como lo hacen los de Viserys en la Fortaleza Roja.

Con su voluntariosa ayuda, Aerion logra que los siervos encargados de cuidar a los dragones le lleven ante la presencia de su futura montura, la grandiosa y temible Furia de Bronce.

La llave hacia su futuro trono, el poder absoluto que le deberá ser brindado por derecho de conquista y valía.

Vermithor se aproxima, olisquea a Aerion. Le reconoce como lo que es, bajo el atuendo verde mar y la carne que disfraza su verdadero ser: Aerion es un príncipe Targaryen, de pura sangre valyria, descendiente de generaciones y generaciones de reyes y jinetes de dragón.

Aerion deberá imponerse, la voluntad de Vermithor debe ser sometida a la suya, su nuevo dueño.

El látigo en su mano golpea el suelo con un chasquido. Dohaerās.

 


 

No lo entiende, cuando ocurre. Quema.

No, no, no puede pasar esto, Vermithor tiene que aceptarle. Es el enviado de los dioses, el fin de la ruina de su Casa, es el elegido, destinado solamente al triunfo y la gloria. Aerion el Grande, el primero de su nombre.

Vermithor tiene que aceptarle.

Quema.