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ACTO I
Enero de 1794
Era costumbre que la plaza del pueblo se llenara una vez salía el sol, pero aquellos que buscaban un mejor lugar frente a la tarima llegaban incluso desde antes. No era un espacio adecuado para niños, y sin embargo, muchos padres los llevaban para ser testigos de tan esperado espectáculo. Uno que si bien no era tan reciente, el interés del pueblo había hecho que fuera la presentación más vista y celebrada de todo París. Los cánticos, los abucheos, y los gritos de alegría hacían retumbar el suelo como hacía unos meses lo hicieron los cañones. Quizá, debía decirse, la curiosidad del pueblo por aquella presentación se debía a que el protagonista jamás se repetía, un detalle que todos parecían apreciar.
Cerca de la hora, las campanas de la iglesia anunciaron el pronto inicio de la obra, y ocultaron a la perfección los presurosos pasos de la persona que corría con todas sus fuerzas sobre el resbaladizo suelo de piedra cubierto de nieve. Iba tarde a la función, aunque para ser justos, jamás tuvo intención de ser parte de los asistentes ese día. Sus pulmones ardían, no sabía si de frío o del esfuerzo, y sus piernas no se derrumbaron aún cuando notó la gran cantidad de gente presente. Para él, el escenario estaba muy lejos, y acercarse no era una buena idea, así que miró alrededor y notó los restos de un par de escritorios quebrados que quizá podían sostenerlo. Justo cuando los estaba escalando, una mano lo tomó del brazo y jaló de él con fuerza.
— ¡Kyojuro, debemos irnos ahora! — lo urgió Uzui Tengen.
El rubio se liberó con un fuerte movimiento e ignoró a su compañero para continuar escalando y obtener una mejor vista. Sabía que su imprudencia podía costarles caro a él y su pequeña compañia de teatro, pero...
— Tengo que verlo. — explicó aún con la respiración acelerada, con sus latidos sonando fuerte en sus oídos. — Tengo que verlo, porque si no lo hago, yo...
ACTO II
Septiembre de 1789
Las puertas de El Teatro del Pueblo se abrían al anochecer, pero aquellos que querían asegurarse un buen lugar llegaban incluso desde antes de la caída del sol. A pesar de ser un teatro de entrada libre para cualquiera, no solía ser un lugar para niños. Sin embargo, muchos padres de familia solían llevar a sus hijos a ver el espectáculo para que se entretuvieran antes de dormir. En las humildes salas del teatro, el público siempre estaba apretado, pero sus cánticos, sus abucheos, y sus gritos de alegría eran tan fuertes que podían hacer temblar las tablas del escenario. Para los actores, que nunca interpretaban una obra dos veces, ver cómo el pueblo se exaltaba ante la representación de las injusticias vividas día a día era una enorme recompensa.
Hacía poco la gran prisión había caído, y sabían que el tirano se retorcía del coraje en uno de sus gigantescos salones de su castillo infinito, pero las noches no eran para preocuparse sobre aquello, menos para esa parte pueblo que sólo buscaba un poco de consuelo. Por eso Kyojuro usaba todas las noches aquellas ropas tan extravagantes de escasos hilos dorados y danzantes llamas bordadas sobre tela blanca de algodón. Su traje de bufón se complementaba con una máscara de porcelana que amplificaba su ya de por sí fuerte voz, y sus apariciones se limitaban a ser el narrador, o tener personajes pequeñísimos que morían muy pronto en la historia. Jamás le molestó ocultar su rostro, ni desaparecer tan pronto, porque cada una de sus apariciones causaban grandes movimientos dentro de la obra, y exclamaciones de sorpresa en el público sin importar la cantidad de veces que lo veían morir.
Pero, sobretodo, había un secreto detrás de todas sus desapariciones.
Aquella noche de septiembre, cuando el tirano interpretado por Shinazugawa le atravesó el pecho con una espada fina, y los guardias lo arrastraron fuera de escena ante la indignación de los presentes, Kyojuro se levantó y se escabulló tras bambalinas. Había visto una sombra oscura al fondo del público, una presencia constante en sus presentaciones, y una persona que solía frecuentar; aunque siendo honestos, era esa persona la que solía buscarlo con frecuencia. Cuando se encontraron fuera del teatro ambos se reconocieron aún con el rostro oculto. Kyojuro aún con su máscara de bufón, esa otra persona con su capucha y su pañuelo cubriendo la parte inferior de su rostro. Ninguno dijo nada por un buen momento, y aunque al inicio sus encuentros fueron incómodos, ahora sólo había una solemnidad extraña.
— El rey ha encontrado a los causantes de la toma de la prisión. — anunció la figura escondida bajo la gruesa capa negra.
— ¿Y el rey no puede encontrar un corazón sintiente?
La figura negra se rió, encogiéndose de hombros.
— Quiero creer que lloraría cada una de tus muertes como yo lo hago.
— Eso no me halaga en absoluto. — dijo, después hubo silencio hasta que lo rompió de nuevo. — ¿Por qué me cuentas eso?
— Porque cuando se anuncien sus nombres... deberán estar preparados.
El frío que recorrió a Kyojuro fue tan evidente que la persona misteriosa frente a él hizo una de sus acostumbradas reverencias y tuvo intención de marcharse.
— ¿Por qué no lo dejas? ¿Acaso lo disfrutas? ¿Es por honor?
— No.
— ¿Entonces?
— Es complicado, ma tirade vivante. ¿Acaso dejarías de morir en el escenario aún cuando es el lugar que el director te ha otorgado? — el silencio de Kyojuro fue más que suficiente. — Mi lugar, mi papel... se me fue otorgado por el mismísimo rey. Y debo representarlo bien como tú lo haces con el bufón.
Kyojuro no lo detuvo más, pero lo vio partir en silencio. A la mañana siguiente el teatro tembló con los llantos de Shinobu y la ira de Sanemi.
ACTO III
Junio de 1791
Akaza tenía algo bastante claro, algunas veces se era espectador, algunas otras participante. Cuando era un niño y vivía en las calles, le tocó ser espectador de tragedias e injusticias, ahora se había vuelto un participante. De pie frente a la tarima que el rey mandó a construir en la plaza del pueblo, el ejecutor miró hacia el público, hombres y mujeres que vertían su ira contra ellos con una saña que Akaza podía entender perfectamente, apenas contenidos por los guardias de la corona. Aún con su empatía, el pelirrosa ajustó mejor el pañuelo que cubría parte de su rostro, y acomodó su capucha mientras esperaba que el sacerdote de la catedral terminara su discurso barato sobre salvaciones y penitencias.
— Que estos traidores a la patria encuentren el descanso eterno y limpien sus culpas en el fuego eterno. Amén. — entonces Douma lo miró con su sonrisa estúpida y fue el momento de actuar.
Atado de pies y manos se hallaba una persona, el identificarla ya le era indiferente y poco o nada le interesaba recordar algo de él. Sólo se aseguró que las manos de aquel sujeto estuvieran bien atadas a la piedra de ejecución antes de levantar su espada y prepararse para el golpe. El público pasó de los insultos al horror por unos instantes, y algunos gritos de frustración hicieron temblar la tarima cuando la hoja separó la cabeza del cuerpo. Douma tomó del cabello a esa persona y, como se les había ordenado, la guardó en un costal de tela. Después la colgarían desde las gárgolas de la catedral. Akaza tiró el cuerpo de la tarima y ordenó que subieran al siguiente.
Los movimientos sociales habían duplicado la cantidad de personas que pasaban por el cadalso, y mientras Douma parecía encontrarlo divertido, Akaza se sentía cada día más agotado. Pero no podía dejar de hacerlo, la vida de su hermano y su cuñada no sería la misma sin el favor del rey, y él era uno de los que más lo habían complacido. Cuando terminó de ejecutar al último, el sol ya se encontraba escondiéndose. Akaza bajó de la tarima y se sentó sobre un barril cercano a limpiar su espada mientras Gyutaro se hacía cargo de llevarse los cadáveres. Después de unos momentos en silencio llevó sus ojos a sus compañeros, cada uno demasiado absorto en su trabajo como para prestarle atención.
— Llegarás tarde a la presentación si te quedas mucho tiempo. — dijo al aire, sin girarse.
— ¿Acaso el olor de la sangre no te marea? — preguntó el bufón.
— El pañuelo ayuda.
— ¿Y los gritos?
— ¿Acaso no son los mismos que se escuchan dentro del teatro?
— Me gustaría compadecerte. —- dijo el rubio después de unos segundos en silencio.
— No lo hagas, sólo soy un malandrín que se alimenta de las personas que mata.
— Por órdenes del rey.
Akaza no respondió, en su lugar miró al atardecer.
— El cielo me recuerda a ti, Ma tirade vivante.
Kyojuro no respondió.
ACTO IV
Abril de 1792
Esa noche no hubo función, el castillo infinito estaba siendo saqueado, sus habitantes serían encarcelados, enjuiciados, y decapitados como miles otros bajo sus órdenes. Y el teatro había quedado solo por primera vez en años. Kyojuro estaba sentado en el escenario vacío, sin abandonar su identidad como bufón. O quizá lo conocía demasiado como para saber que esa noche habría visitas. Cuando la luna estaba por llegar al centro del cielo, los firmes pasos sobre la madera anunciaron su llegada.
— Yo que tu me escondía, nadie sabe qué pasará después de esta noche.
El ejecutor se detuvo frente a él, a una distancia prudente.
— No sé que acontece esta noche, acabo de regresar de Viena.
Kyojuro lo miró sin entender.
— ¿A qué has ido a Viena? No, ¿por qué has regresado?
— Mi hermano y mi cuñada... debía asegurarme de que llegaran a salvo.
El bufón se puso de pie y se acercó al ejecutor, por primera vez pudo distinguir algo entre la oscuridad de su capucha: unos ojos enormes y ámbar, tan expresivos y a la vez tan vacíos que le arrebataron el aliento a Kyojuro por unos instantes.
— Eres realmente un tonto. ¿Te has asegurado de cruzar la frontera para cuidar a tu familia y aún así decidiste regresar?
— Le debo fidelidad a mi rey.
— La fidelidad a tu rey se cobrará con tu vida.
Akaza no respondió de inmediato.
— He estado listo para entregar mi vida desde que nací en las calles, Ma tirade vivante. La muerte no me asusta. ... Aunque, si he de morir, lo que más lamentaría es no volver a verte sobre un escenario.
— Estoy harto de escenarios. — dijo Kyojuro en un acto de honestidad cruda. — Podemos simplemente irnos.
— ¿Ahora?
— Ahora.
Ambos se miraron a los ojos, el peso de sus atuendos comenzó a asfixiarlos lentamente. Aún con las consignas de libertad que se gritaban por las calles, en aquel pequeño teatro no se sentía más que la profunda tristeza de una decisión tomada sin escapatoria. Ambos sabían que el espectáculo debía continuar.
ACTO V
Enero de 1794
Akaza sabía perfectamente que algunas veces se era espectador y otras participante. En esa ocasión era un participante, y quizá el personaje principal de la obra de ese día. A pesar de escuchar al público gritar de emoción ante las primeras muertes, Akaza no sintió miedo, y subió a paso tranquilo los escalones que llevaba años subiendo. Esta vez sin atuendo, sin capa que cubriera su figura, sin capucha que ocultar su rostro, sin ningún pañuelo sobre la parte inferior de su rostro. Akaza ya no era un ejecutor, era un criminal, y por primera vez enfrentaba al público sin máscara alguna.
— ¡El ejecutor del rey! — gritó un joven de piel pálida y furiosos ojos lila. — ¡Aquí donde asesinó a incontables personas frente a todos ustedes!
El público clamó su cabeza con fuerza e ira, pero él no podía quitar la mirada de los cadáveres de los compañeros que pasaron antes que él. Quizá el único que le dolió reconocer fue el delgado cuerpo de la que fue la mujer más bella del castillo infinito, una niña mimada que disfrutó de los placeres de la corona como si fuera intocable. Y ahora su cuerpo desnudo descansaba junto al de su hermano en una clase de humillación post-mortem que Akaza no supo si odiar o ignorar. Cuando decidió mirar hacia el público, una figura al fondo llamó su atención. Vestía ropas desgastadas y un abrigo que parecía ser apenas suficiente. Lo reconoció de inmediato debido a su cabello rubio y sus brillantes ojos bicolor, pero era la primera vez que lo veía sin la máscara de bufón. Y cuando sus miradas se encontraron, el corazón que se había mantenido tranquilo comenzó a golpearle con fuerza las costillas.
— ¡¿Unas últimas palabras?! — se burlaron al tiempo que preparaban la guillotina.
¿Unas últimas palabras? ¿Qué podía decir por última vez para la única persona que realmente lo hizo cuestionar su papel en aquella macabra obra que era su vida? Cuando lo supo no pudo evitar sonreír. Llenó sus pulmones de aire y exclamó al cielo:
— ¡JE T'AIME, MA TIRADE VIVANTE!
Era la primera vez que veía su rostro. Jamás había podido maravillarse por la palidez de su piel o por el color de su cabello, ni siquiera había tenido suficiente de aquellos ojos ambarinos... y estaban a punto de arrebatárselos para siempre. Kyojuro sintió la necesidad de correr hacia él, de suplicar que se detuvieran, ¿pero cómo podía hacerlo cuando él no se había dejado ayudar? Sus manos apretaron más la madera donde se encontraba sentado y no parpadeó para evitar desaprovechar su tiempo con él. Por un momento temió no poder escuchar sus últimas palabras, pero cuando el fuerte grito del ejecutor lo alcanzó, Kyojuro tuvo que llevarse una de sus manos a los labios. Fue en ese momento la primera vez que parpadeó para alejar las lágrimas de sus ojos. ¿Qué podía gritar él? Jamás le había puesto apodo alguno, jamás le preguntó su nombre. ¿Qué le quedaría de él cuando todo eso terminara?
Las campanas de la iglesia sonaron mientras lo sostenían a la tabla de madera, y el pueblo lo insultó con más fuerza... pero Kyojuro sentía perderla con cada segundo que pasaba. La hoja reflejó la luz del sol cuando estuvo totalmente levantada y Kyojuro no pudo mirar cuando la dejaron caer.
Sólo los gritos de alegría retumbaron por toda la plaza, haciendo vibrar el cuerpo del rubio, cuyo llanto pasó desapercibido entre todo el ruido de fondo. Uzui consiguió bajarlo de los restos de lo que alguna vez fueron costosos escritorios, y caminó con él en brazos hasta donde su compañía de teatro los esperaba.
El espectáculo debía continuar. Sólo que no ahí, no en ese maldito lugar lleno de sangre y arrepentimientos. Quizá en Viena, quizá más lejos. O quizá Kyojuro debía encontrar un lugar donde el recuerdo de aquel ejecutor no pudiera alcanzarlo jamás.
