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Language:
Español
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Published:
2026-02-02
Words:
3,491
Chapters:
1/1
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6
Hits:
55

Las excusas

Summary:

En una corporativa de diseño de motocicletas, Sakusa y Atsumu siempre han evitado lo que realmente sienten. Entre discusiones sobre logistica, producción y diseño, ambos descubren que postergar es más fácil que arriesgarse a la vulnerabilidad.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Aquella cena de empresa había acabado oficialmente hacía más de treinta minutos, pero algunos aún seguían ahí sentados. Los que continuaban ahí sentados no tenían prisa alguna por irse.

El restaurante era un lugar clásico de sushi. Nada nuevo, nada ostentoso. Estaba mayoritariamente ocupado por el equipo de desarrollo, ingeniería y marketing de la división de motocicletas, desperdigados entre copas vacías y platos apenas tocados.

Sakusa no estaba. Nadie lo mencionaba, pero su ausencia se sentía como una silla perfectamente alineada que alguien hubiera retirado sin aviso.

Atsumu lo había notado, claro. Pero hacía como que no lo veía. Era su dinámica con Sakusa.

Iizuna, el CEO de aquella empresa que apenas había empezado a dar sus primeros pasos, levantó su copa con una sonrisa ladeada, apoyado cómodamente contra el respaldo de la silla. Parecía genuinamente relajado, algo raro en él fuera del horario laboral.

—No voy a alargar esto —dijo—, pero quería decirlo mientras aún estamos todos más o menos conscientes.

Un par de risas bajas. Especialmente Omimi y Akagi, que se las habían apañado para emborrachar a Kita desde el primer momento.

—La empresa va bien, chicos, mejor de lo que esperábamos este trimestre, porque el nuevo modelo ha generado interés real, no solo ruido—. Añadió, señalando vagamente la mesa— Y eso… es mérito del equipo.

Komori, sentado a su lado, asintió con una sonrisa profesional. Marketing puro incluso en descanso: postura abierta, mirada atenta, leyendo reacciones.

—Lo que me gusta —continuó Iizuna— es cómo estáis encajando desde ingeniería, diseño, producto… No sois un grupo homogéneo, pero funcionáis, y hay fricción, sí, pero es buena fricción.

Atsumu Miya estaba medio recostado en la silla, una copa en la mano, la corbata floja y la sonrisa fácil de alguien que ya había bebido lo suficiente como para hablar más de la cuenta… pero no tanto como para perder el hilo. Ingeniero de formación, creativo por naturaleza, era el tipo de persona que parecía ocupar más espacio del que físicamente tenía. Gesticulaba incluso cuando escuchaba, como si sus manos fueran las que captaran las ondas sonoras y no sus oídos.

A su lado, Suna Rintaro parecía su opuesto natural. Siempre callado y reservado, listo para soltar la pulla más pesada del planeta cuando menos te lo esperases.  Con su postura relajada, voz baja y observador veía el proceso como el que leía un mapa. Ingeniero también, con un pie siempre metido en diseño. Normalmente medía cada palabra. Pero aquella noche, no.

—Yo solo digo —murmuró Suna, apoyando el codo en la mesa ajeno a los comentarios del CEO y metido en la conversación que Atsumu, Komori y él compartían— que Osamu debería agradecer que alguien como yo tenga paciencia.

—Tío, llevas meses con eso— Atsumu soltó una carcajada inmediata —, A Osamu no le interesas, pasa página.

—La persistencia es clave del éxito —respondió Suna, alzando la copa con una sonrisa torcida—. Tú deberías saberlo mejor que nadie.

Aquello molestó a Atsumu, que frunció el ceño pero disimuló poniendo los ojos en blanco.

—¿En el trabajo? Tal vez ¿En el romance? No gracias.

Komori disimuló educadamente su risa. Como si nadie hubiera notado nada, como si ninguno se diera cuenta de cómo Sakusa y Miya se miraban.

Suna alzó su botella de cerveza y bebió. Todo lo que quedaba en el culo de la botella para dentro.

—Es fácil insistir en algo que sabes que no va a pasar —.  Estaba exageradamente hablador y no era propio de él. Pero ahí iban, y a Atsumu no le molestaba. Le divertida de hecho—.Te quedas ahí, cómodo, no tienes que enfrentarte a nada real.

Komori arqueó una ceja, consciente de dónde quería llegar Rintaro. Iizuna observó en silencio, claramente entretenido al ver los rostros de aquellos empleados. Atsumu abrió la boca para responder… y se detuvo.

—Eso es muy específico, ¿no? —dijo al final, bajando un poco la voz.

Suna se encogió de hombros.

—Todos hacemos eso con algo o con alguien ¿no?

Komori giró ligeramente la copa entre los dedos.

—Mi primo es igual —comentó, con tono casual—. Controla cada variable, cada resultado, porque mientras todo encaje… no tiene que mirar lo que no puede ordenar.

Atsumu sintió el golpe antes de ponerle nombre. El recuerdo le vino a la cabeza de golpe sin controlarlo demasiado.

En el taller, con el olor a grasa de motor, metal y aceite. Nada del otro martes, con los planos extendidos sobre la mesa y los detalles apuntados en un block de notas perfectamente alineado. Sakusa estaba de pie, con los brazos cruzados y aquel rostro inteligible que nadie podía atravesar para adivinar qué pensaba.

—No es vendible —había dicho Sakusa, señalando el diseño—. La producción sería posible a duras penas, no es viable.

—Funciona —replicó Atsumu, demasiado cerca—. Y se ve bien.

—Que se vea bien no es suficiente.

Las miradas se habían sostenido más de lo necesario. La discusión no iba solo de motos.

—Hay cosas que se pueden vender desde la exclusividad inigualable y eso si es vendible.

—No me vas a convencer, Miya — insistió Sakusa.

La tensión entre ambos se podía palpar. Era discutir por discutir. Desear por desear. Solo querían tener razón un poco más que el otro, porque se comprendían a la perfección a pesar de no coincidir.

De vuelta en el restaurante, la mente de Atsumu se tensó, y tomó el último sorbo de su propia cerveza en silencio.

Suna lo observó, esta vez con más claridad de la que solía permitir en público.

— ¿Ves? —murmuró—. Persistir también es una forma de esconderse.

Atsumu iba a preguntar si aún hablaban de amoríos o de trabajo o de algo en concreto que no estaba pillando, pero Iizuna se le adelantó.

—Bueno —dijo, sonriendo y dejando la copa sobre la mesa—. Si algo he aprendido es que los equipos buenos no se rompen por estas cosas, crecen.

Atsumu no respondió. En cierto modo era un poco de todo para él. Automáticamente se descubrió pensando en ese alguien que siempre se iba antes. En alguien que exigía coherencia incluso cuando dolía.  Y se preguntó cuánto tiempo llevaban sus compañeros viendo aquello, y deseando que solo fuera una paja mental de él mismo.

Estuvieron allí media hora más, con la brillante perorata de un Suna que había decidido soltar toda su cuota anual de palabras en una sola noche. Estaba borracho, demasiado. Por aquello Komori se ofreció a llevárselo. Atsumu observó a Suna protestar teatralmente, en el fondo siempre le había leído como un panoli parecido a él. Omimi y Akagi se llevaron a Kita y Iizuna se despidió con un gesto tranquilo, satisfecho, como si todo, incluso ese desorden, formara parte de un plan más grande.

Miya se largó caminando. Estaba algo pedo, y el aire le haría bien. e pegó en la cara apenas salió del bar. Frío suficiente como para despejar un poco el alcohol, no lo bastante como para callar la cabeza. Se metió las manos en los bolsillos y empezó a andar sin rumbo fijo al principio, dejando que el cuerpo eligiera el camino.

“¿Lo ha hecho Sunarin a propósito?” Se preguntaba, sin buscar demasiado la respuesta. Más como una teoría que no necesitaba sustentarse en una prueba real. Pero la idea le venía una vez tras otra a la cabeza. Suna no era tonto. Nunca lo había sido. Demasiado observador para soltar algo así sin saber dónde iba a caer. Atsumu frunció el ceño, molesto, y dio una patada distraída a una piedrecilla en la acera.

—Cabrón de mierda—murmuró para sí.

No le molestaba que Suna hablara de Osamu. Eso era viejo. Lo que le irritaba era la facilidad con la que había puesto palabras a algo que Atsumu llevaba meses esquivando. Persistir como excusa. Ruido como refugio. Seguir empujando sin decidir nada.

Pensó en Sakusa, siempre llegando cinco minutos antes y largándose puntual como si le esperaran en otro sitio. En la forma en que recogía sus cosas con precisión quirúrgica, como si quedarse cinco minutos más fuera un riesgo innecesario. En cómo miraba los diseños, no con desprecio, sino con una atención tensa, personal. No era trabajo y ya, era precisión.

Y no podía negarlo, Sakusa Kiyoomi raramente cometía errores. Repasaba y perfeccionaba cada trabajo para que fuera sublime.

Atsumu apretó los dientes. No era justo. Se descubría a si mismo repasando la línea de sus labios, recta y seria. Su expresión solo variaba a veces, cuando se enfadaba. Aun que lo había visto sonreír vagamente desde el cristal que separaba su despacho de las mesas genéricas, mirando algún proyecto, con sensación satisfecha.

Se golpeó la cara. Odiaba darse cuenta de que él era el estúpido que estaba enamorado de alguien que no se salía de la línea.

No era justo que Sakusa fuera el espejo donde todo se volvía incómodo. No era justo que alguien tan cerrado pudiera ver a través de él con tanta facilidad sin decir nada. Y no era justo que Atsumu se sintiera… elegido y rechazado al mismo tiempo cada vez que discutían.

El recuerdo del taller volvió sin pedir permiso.

No le importaba discutir con él mil setecientas veces. Cuando el espacio entre ellos se estrechaba, y le podía ver sin espiarle. De cara.

Se detuvo en un cruce, esperando a que el semáforo cambiara, aunque no pasara ningún coche. El reflejo de las luces le devolvió una imagen ligeramente borrosa de sí mismo. Sonrió sin humor.

—Genial, Miya —susurró—. Ahora resulta que eres el que tiene miedo.

¿Desde cuándo él se bloqueaba así? Él actuaba, cojones. O eso se decía. Suna tenía razón en una cosa, le gustara o no. Persistir sin decidir era cómodo. Mantener la tensión, el choque, la excusa profesional. No arriesgar nada que pudiera romper ese equilibrio raro que tenía con Sakusa.

El semáforo cambió. Atsumu cruzó sin pensarlo.

No sabía qué iba a hacer con todo eso. No aún. Pero por primera vez, la idea de seguir igual le resultó… insuficiente.

Y eso, más que el alcohol, le dejó un nudo firme en el pecho mientras seguía caminando hacia casa.

Por otro lado, en el apartamento de Sakusa todo estaba en silencio absoluto.

Todo estaba perfectamente ordenado y en su sitio. Zapatos alineados. Chaqueta colgada. Luz blanca en la cocina apagada antes de tiempo. Todo donde debía estar.

Él también, en la cama. Y, aun así, no podía dormir. Daba vueltas desesperado, como si el colchón exactamente igual que siempre fuera más duro o más blando y no le permitiera el confort adecuado.

Yacía boca arriba, las manos cruzadas sobre el abdomen, el cuerpo quieto como si así pudiera engañarse. El reloj digital del móvil, boca abajo sobre la mesilla, seguía avanzando aunque él intentara ignorarlo. Había decidido irse pronto de la cena precisamente por eso. Mañana era día laborable. Tenía que estar despejado. Tenía que dormir.

Había sido una decisión consciente de que al día siguiente tenía que trabajar. Era lo coherente. Entonces, ¿por qué no funcionaba?

Cerró los ojos esperando que al hacerlo de nuevo el pensamiento se apagase como el que apaga la luz, pero no. Lo correcto había sido irse cuando acabaron de comer. Lo adecuado era lo que él había decidido pero… ¿Era de verdad lo correcto o solo lo que creía adecuado?

Se giró y miró una de sus paredes blancas huevo roto. No había nada porque era más fácil para pintarla y limpiarla. Suspiró profundamente y se giró al otro lado. Lo mismo. Blanco huevo roto.

La imagen de la cena volvió sin que pudiera evitarlo. El murmullo del restaurante. Las copas. Atsumu hablando con las manos, ocupando espacio como si no existiera otra manera de estar en el mundo. Sakusa había notado la forma en que el grupo se reacomodaba alrededor de él sin darse cuenta.

En ese momento le hubiera gustado sentir envida de Miya.

La forma de sus dedos largos y suaves, sus uñas cuadradas y como sus muñecas subían. Su sonrisa, chulesca y clara, de tener siempre una respuesta repelente. Y aquel pelo mal teñido que le parecía casi insultante, porque a pesar de este estaba guapo.

Sakusa sintió un fogonazo en la entrepierna y suspiró de nuevo. No solo no podía dormir, sino que además ahora estaba cachondo. Apretó los labios molesto intentado pensar en otra cosa. Él quería dormirse, no masturbarse.

No podía. Otro recuerdo de Atsumu le vino a la mente.

El olor a metal caliente. El diseño extendido sobre la mesa. Atsumu inclinado hacia adelante, demasiado cerca, señalando una curva imposible del chasis con una energía casi infantil.

—No es vendible —había dicho Sakusa, seco.

—Eso lo dices siempre —respondió Atsumu—. No todo tiene que ser fácil.

Sakusa había levantado la vista entonces. No molesto. No enfadado. Concentrado.

Discutir con Atsumu no le resultaba desagradable. Nunca lo había sido. A diferencia de otros, Atsumu no tomaba las objeciones como ataques sin más aunque se picaba que daba gusto. Absorbía las objeciones, las retorcía, volvía con algo mejor o, al menos, distinto. No se rompía, innovaba. Un no solo le motivaba a empujar más y mejor.

Era raro. Pero discutir con él era desearle más cerca.  Y volvió a pensar que si se hubiera quedado, quizá… Negó con la cabeza en aquel bucle sin sentido. Mañana trabajaba y necesitaba dormir. Y no, no tenía insomnio y lo sabía, solo era aquella duda de saber que no sabía hacer lo que quería hacer. Pero que quería hacerlo.

Cuando Sakusa llegó a la oficina al día siguiente, lo hizo como todos los días. Cinco minutos antes de su hora, desayunado y con intención de sacar adelante la faena programada antes de que terminara su turno. El olor del metal del taller de abajo se colaba por la ventana, desentonado con las luces blancas de aquella oficina.

Se quitó el abrigo, que colgó minuciosamente y dejó su maletín junto al escritorio. Tenía cierto margen, ya que nunca dejaba una tarea sin hacer y lo cierto era que a veces hasta era demasiado eficiente para su plan de trabajo previamente establecido. La realidad era que estaba esperando a Atsumu. Ni siquiera sabía para qué. Y aquello era lo que más le perturba.

Cabía decir que Miya llegaba tarde, para no variar. Pero llegó.

Sakusa lo vio antes de escucharlo: con la mochila colgada de un hombro, la energía suelta de alguien que no parecía arrastrar la mañana, sino empujarla. No se apresuraba. No parecía culpable. Simplemente entró como si el día estuviera esperándolo.

Cerró la pantalla sobre la que trabajaba, a sabiendas de que no tenía ningún motivo real para hablar con él. Y era claro, lo había estado esperando para nada. No había nada que revisar, nada urgente, ningún dato que intercambiar. Ir a su mesa solo para… ¿qué? ¿Comentar la cena? ¿Decir algo sin objetivo? No era funcional. Se exasperó un poco.

Pensó en que Suna y él a veces hablaban y que podía fingir unirse, o esas cosas que hacían las personas sociables. Pero el asunto era que Suna no había aparecido. Ni le sorprendía, había bebido demasiado. Así que aquello le incomodaba más.

Sakusa se movió incomodo en la silla, no por la silla sino por existir en un mundo que no funcionaba como él funcionaba. Por estar funcionado diferente a lo habitual él mismo. Se dijo que estaba cansado. Que no había dormido bien. Que eso explicaba la distracción. Pero no tuvo tiempo a sobrepensarlo demasiado.

—Buenos días, Sakusa.

La voz de Atsumu, sin edulcorar nada, le sobresaltó en su propio despacho. Pudo ver su pelo rubio asomar por la puerta. Atsumu ya había dejado sus cosas en la mesa. Se apoyaba de lado, relajado, con esa sonrisa que parecía improvisada pero nunca lo era del todo.

—¿Has desayunado ya?

La pregunta era casual. Miya la había formulado esperando un “Si, claro”. Porque Sakusa era así, pero aun así lo intentaba.

Sakusa boqueó. Iba a decir su “Si, claro” previsible pero por primera vez en muchísimo tiempo improvisó:

—No.

Aquello fue todo lo que se permitió decir. Atsumu parpadeó sorprendido, pero le gustó. Dibujó una sonrisa ladeada y no se lo pensó dos segundos.

—Pues venga, baja conmigo a desayunar y luego nos ponemos a full.

Sakusa dudó. No lo suficiente como para detenerse ¿Desde cuándo mentía? Bueno, desde hacía dos segundos.

—Está bien.

Se levantó, cerró sesión, cogió la cartera. Cada gesto seguía siendo preciso, pero algo en el orden había cambiado. No era urgente. No era necesario. Era elegido.

Caminaron juntos hacia el ascensor sin hablar. No era un silencio incómodo. Era… nuevo. Atsumu tarareaba algo bajo, distraído. Sakusa lo notó sin querer.

—Stairway to Heaven —dijo Kiyoomi, sin mirarlo.

Atsumu no dijo nada, solo continuó tarareando mientras su mente divagaba no en qué, sino en cómo iba a hacer lo que tenía en mente.

Cuando las puertas se cerraron, Sakusa pensó, brevemente, que no sabía para qué servía ese momento. No lo había repensado tanto, y no se arrepentía de ello pero tal vez si de mentir.

Bajaron del ascensor camino a la cafetería y antes de entrar Sakusa se paró en seco.

—Miya, te he mentido — dijo de golpe como si el estrés de volver a desayunar fuera abrumador. En realidad era casi ridículo como su TOC se apoderaba de él —. En realidad ya he desayunado y no quiero volver a hacerlo.

— Pues acompáñame a desayunar — Atsumu arqueó los hombros y a pesar de ello le pidió a Sakusa un café expreso sin azúcar como le gustaban.

Se sentaron en una de las mesas, uno frente al otro. Sakusa se sentía un poco incómodo.

—No quería desayunar otra vez —añadió Sakusa con rapidez, como si necesitara justificarse—. Solo… pensé que era mejor acompañarte.

Atsumu lo miró entonces. No de golpe. No con sorpresa exagerada. Solo lo suficiente. Sinceramente, por dentro se sentía en un éxtasis absoluto. El tipo del que estaba pillado quería compañarle. Pero se contuvo, lo suyo era mantener a bajo ritmo. Eso o Sakusa saldría corriendo y él tampoco quería parecer desesperado.

—Ah —dijo, y se rió con un leve toque de burla—. ¿Con que querías acompañarme?

Sakusa sintió el calor subirle al rostro antes de poder detenerlo. Apretó los labios, incómodo, molesto consigo mismo.

—No digas tonterías —murmuró—. Es solo que…

—Está bien, Sakusa.

Atsumu comió en silencio observando a Sakusa, que parecía regular su incomodidad mirando hacia fuera. Miya asumió entonces que quizá no era para tanto, que no tenía que pensar tanto en si Sakusa se rompía o no.

—Oye —dijo Atsumu entonces, como quien comenta el tiempo—. Salgamos algún día.

Sakusa se quedó quieto, la taza suspendida a medio camino.

—¿A… cenar? —preguntó, innecesariamente.

—Sí, si quieres claro—añadió Atsumu, con un encogimiento de hombros estudiadamente casual—. Sin trabajo. Sin excusas.

No había prisa en su voz. Pero tampoco aplazamiento. En realidad si lo pesaba tenía sentido. Y si decía que no, siempre podía olvidarlo para siempre. No había más. Y es que Atsumu había tomado su decisión. No hacer nada, era como había dicho Suna, postergar por miedo. Y él no quería tener miedo de nada.

Sakusa lo miró durante un segundo que pareció más largo de lo que debía. Pensó en agendas, en horarios, en lo poco funcional que era aceptar algo así sin pensarlo bien.

Luego recordó la noche anterior. El insomnio. El café que no necesitaba.

—Está bien —dijo al final.

Atsumu sonrió, era una respuesta poco complaciente pero era en resumidas cuentas lo que quería ¿no?

Terminaron de desayunar sin prisa. Nada extraordinario había pasado. Hablaron de cosas pequeñas: de una entrega próxima, de una máquina que hacía demasiado ruido, de una canción que Atsumu no recordaba cómo seguía. Sakusa escuchó más de lo que habló, pero no se sintió fuera de lugar.

Cuando regresaron al ascensor, el café aún le calentaba las manos. Las puertas se cerraron con un sonido suave. El reflejo del acero pulido les devolvió dos figuras quietas, demasiado cerca para ser casuales, no lo suficiente como para ser obvias. Atsumu miraba el panel de los pisos, distraído. Se moría de ganas de tocarle. Pero asumía que Sakusa no era así.

Sakusa lo miró a él. No sabía cuánto tiempo llevaba pensando en decirlo. Quizá desde la noche anterior. Quizá desde mucho antes.

—En realidad —dijo, y su voz no tembló— me gustaría mucho ir a cenar algún día contigo sin ninguna excusa de trabajo.

Atsumu sonrió, suave. Se inclinó un poco y dejó que sus dedos se rozaran con los de Sakusa mientras sostenían la taza de café.

Sakusa bajó la mirada, consciente de ese contacto mínimo, del espacio compartido. No había nada que justificar, nada que corregir.

—¿Esta noche es poco margen para planificar? —replicó Miya, juguetón pero tratando de no meter presión.

—No… como si no nos hubiéramos postergado ya mucho —dijo Sakusa, riéndose de él mismo.

Ha sido fácil, pensó.

Y quizá aquella era la coherencia más honesta que había sentido en mucho tiempo.

Notes:

Pues es lunes, no tengo mucho que hacer porque no sé aun si esta semana empiezo las clases o no pero tengo dentista y no se me ocurre nada más terrorifico. Pero el SakuAtsu a mi siempre me hace sentir mas seguro en el mundo. Cosas de flipado de la vida, que se yo. Y no sé cómo o por qué se me ha ocurrido y ha salido casi solo.