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Denki siempre había sentido que algo estaba mal dentro de él.
De niño, escuchaba a su padre criticar a personas como él; palabras que se le clavaron en la piel antes siquiera de entenderlas.
Recuerda claramente la primera vez que pasó. Iba en el coche con sus padres; habían ido de compras y, al salir, vio a unos chicos sentados, tomados de la mano.
Para un pequeño Denki fue algo demasiado irrelevante, estaba más entretenido con su juguete de Gengar. Levantó la vista al escuchar a su papá hacer un sonido de desagrado.
—Pobres… alguien debió decirles que eso no es normal.
—Denki, cariño —habló su madre—. No voltees. No es algo que un niño deba ver.
No comprendía.
¿Qué se suponía que fuera malo? ¿Tocar a otras personas? ¿O el corte de cabello que traía uno de ellos? Si le preguntaran, Denki consideraría que el estilo de ese chico era demasiado cool como para que sus padres ancianos entendieran la vibra.
Conforme creció, entendió a qué se referían sus padres aquella vez. Era molesto; su cerebro jamás entendió qué tenía de malo que un chico estuviera con otro. Hasta que, a sus diez años, empezó a considerar que uno de sus compañeros era… vaya, bonito.
Las chicas eran bonitas, sí, pero molestas, y jamás tan… bueno, así.
No tenía idea de qué ocurría con él. No era normal que prestara más atención de la habitual a los chicos.
Denki lo intentó. En serio, lo intentó ignorar. Sabía que estaba mal, pero…
¿por qué no podía dejar de sentirse así?
En los siguientes años, se aseguró de enterrar esos sentimientos para que nadie lo notara.
Su padre a veces era un imbécil, pero amaba demasiado a su madre como para decepcionarla.
Ella lo apoyaba en su sueño de ser un gran héroe en el futuro. Cuando fue aceptado en el curso de heroísmo de la U.A., fue la primera persona en enterarse.
Era su persona favorita en el mundo. Se
encargaría de no decepcionarla nunca.
— Felicidades, Denki, amor —su madre lo aplastó en un abrazo—. Sabía que lo lograrías. Eres un niño lleno de potencial.
Se separó un poco para apretar sus mejillas con las manos, mirándolo con orgullo.
—Voy a estar ahí para verte crecer —dijo con una sonrisa—. En cada paso que des… no importa lo grande que sea.
Sonrió nervioso.
Sí, pensó. No la decepcionaría, excepto por ese pequeño detalle.

Denki no pudo evitar la expresión de asombro.
La U.A. era demasiado grande.
Apretó las correas de su mochila mientras avanzaba entre estudiantes que parecían saber exactamente a dónde iban. Risas, voces seguras, sueños gritados en voz alta.
Él solo pensaba una cosa: no arruines esto.
«En cada paso que des», había dicho su madre.
Respiró hondo y cruzó las puertas de la U.A.
Este era uno de esos pasos.
La U.A. se volvió rutina: entrenamientos agotadores (cortesía del profesor Aizawa), gente increíblemente talentosa y la constante sensación de ir siempre un paso detrás de los demás.
Aprendió a sonreír cuando debía, a bromear cuando se esperaba de él y a esconder cualquier cosa que pudiera hacerlo destacar de la manera equivocada.
Encajó. O al menos, una parte de él.
Tenía grandes amigos, pero eso no significaba que confiara en ellos lo suficiente como para abrirse del todo.
Mineta terminó convirtiéndose en una especie de coartada.
Un pase silencioso para seguir mintiéndose a sí mismo y a los demás.
Coqueteó con chicas cuando se esperaba de él, se reía de algunas de las bromas de ese chico e incluso se unió a un par, aunque le resultarán incómodas. No le agradaba Mineta —ni su forma de ver el mundo, ni la manera en que hablaba de las chicas—, pero mientras necesitará fingir, lo utilizaría.
Mientras todos miraran hacia otro lado, no tendría que preocuparse por que alguien lo mirara demasiado de cerca.
