Work Text:
El recuerdo de sus rostros, de su determinación, me hizo tambalear entre el paisaje nevado. Bajé la mirada para observar aquellos brazaletes que brillaban tras el cielo nublado; la forma en que ambos se adaptaban a la perfección de mis muñecas me hacía doler y preocuparme genuinamente. Latían... juraba que sentía un látido en cada mano.
La sensación era agridulce, pero fue inevitable que se me escapara una sonrisa al recordar sus miradas nerviosas e arrepentidas.
Alphonse se escondía detrás de Edward. Ambos aparecieron en la puerta de mi casa una mañana después de aquella tormenta; estaban bien vestidos y su mirada orgullosa no quería encontrarse con la mía.
—¡Perdónanos! —gritaron ambos al mismo tiempo, mientras con sus manos extendían unas pulseras. Sus dedos temblaban por el agarre de aquellas joyas, pero no sabía si de miedo o de frío.
—¿Eh?
Hicieron una reverencia, aún presentándome los objetos. Les tomé de la tela de su camisa y los adentrá a casa; la visión de tenerlos en mi sala me estremecía el corazón. Hacía tiempo que no estaban por aquí.
Ellos seguían zarandeando los brazaletes con la mirada de un cachorro abandonado, esperando que aceptara con facilidad sus disculpas por su comportamiento agresivo del otro día.
Las tomé, dudando antes si aceptarlas o no. Parecían costosas, ¿de dónde sacaron el dinero?
Ojalá no lo hayan sacado de sus pocos ahorros... ¿de verdad estos niños son tan irresponsables?
Les dí una oportunidad.
Las examiné, observando la soldura bonita y irregular. Estaba formada por una cadena fina de plata que capturaba la luz del sol con un brillo discreto. Las yemas de mis dedos acariciaban uno de sus extremos: un pequeño corazón liso, pulido con cuidado... al otro lado, un dije circular que enmarcaba una delicada inscripción calada. Las elegantes pero torpes curvas se leían a la perfección: “Lara”.
Por otro lado, la que Edward me entregó tenía un peso distinto a la de su hermano. No era delicada: era presencia, franqueza. Un aro rígido de acero trenzado, pulido; en ambos extremos tenía dos cabezas de lobo que se enfrentaban sin tocarse. Mi animal favorito... No parecían exactamente decorativos, sino guardianes. Animales majestuosos tallados para vigilar, para resistir, para jamás retroceder.
Sentía un poco de culpa, porque deseaba con todo mi ser que se las llevaran y recuperaran el dinero invertido. Pero, por otro lado, quería ser egoísta y quedarme con estas preciosuras. Me sentía muy feliz; no podía esperar para enseñárselas a mi mamá o a Winry, aunque... presentía en el fondo que este detalle no era un simple “perdón”. Quizás debía de regresárselas.
Pero, sus grandes sonrisas y sus brazos alrededor de mi cuerpo valían la pena como para quedármelas. Era una disculpa digna de aceptar, digna de ellos.
Aunque la sensación de mi garganta y en mi pecho me estuviera alertando de algo, no iba a vacilar con ellos aquí, frente a mí.
Me ayudaron a abrocharme las pulseras, notando que cerraban perfectamente a la medida de mis muñecas, como si hubieran sido hechas para alguien en específico... Alguien como yo.
—¿Te gustaron, Lara? — me preguntó Al, sus chispas eran intensas.
—¡Claro que sí, me encantaron! — les volví a abrazar mientras nos tumbábamos al suelo, donde la alfombra amortiguó un poco el golpe.
Reímos los tres, como antes.
—Alphonse me regañó un par de veces, diciendo que “¡Hermano!” — imitó la voz aguda de Alphonse — “¡Esos lobos se ven terroríficos para Lara, no pongas eso!” ¡Jajajaja!
—¡Oye, sigo pensando que la mía se ve mucho mejor! Más elegante y delicada.
—¿¡Y qué!? Uy, Lara... ¿estás escuchando a Alphonse? ¡Te esta llamando débil, ¡Jajajaja!
—¡Por supuesto que no!
Reí por la situación tan típica de estos hermanos, siempre intentando captar nuestra atención, tanto la de Winry como la mía.
—¡Amo a los lobos! Claro que son terroríficos porque son los más geniales de todos los animales — hice una pequeña pausa, poniéndome de pie — Ustedes... ¿las hicieron?
La pequeña discusión interna de ambos hermanos fue interrumpida para verme a los ojos. Se voltearon una vez más a verse y se avergonzaron, adoptando un pequeño tono rosado en sus mejillas. No pude evitar morderme el cachete por dentro; se veían ridículos.
—Podría decirse...
Sus respuestas siempre tan ambiguas, ¿cómo fue que lo hizo? Ni idea. Pero, no podía apartar la mirada de mis manos para observarlas con tanto apego, confirmándome que, de alguna manera, yo era importante para ellos.
Ese día se quedaron a almorzar un poco de arroz con guiso. La casa, por un momento, volvió a escucharse animada, las voces de nosotros tres recorriendo cada rincón empolvado y la mirada cálida de mis padres. En el fondo, sabía que ellos también disfrutaban vernos comportarnos como unos niños de nuevo.
Me olvidé de las letras, adivinanzas, preocupaciones. En mi cabeza, solo existía el ahora: en qué juego probaríamos, de dónde a dónde iríamos a correr, a qué otro niño del barrio molestaríamos. Los planes perfectos con mis mejores amigos.
Las mejillas de mi rostro se contrajeron del dolor, hacía mucho que no sonreía tanto. Estar aquí ahora, dibujándonos y burlándonos entre nosotros, era muy divertido. ¡No quería que terminara nunca!
Aunque no duró para siempre. Pero fue agradable tenerlos conmigo, por una vez más.
—¡Nos vemos pronto Lara! — Edward se despidió de mí, como si tuviera prisa.
Elevó su pulgar y, con una gran sonrisa tontaina, se dio la vuelta para correr fuera de mi hogar. Alphonse me dio un pequeño beso en la mejilla y elevó su palma para despedirse mientras corría detrás de su hermano, sin decir otra palabra.
Sonreí por el recuerdo, levanté mis manos hacia el cielo gris para observar detenidamente mis tesoros, mientras el aire gélido jugaba con mi cabello, respondiéndome como si estuvieran pensando en mí los narcisos.
¿Dónde están?
