Chapter Text
Aegon Targaryen el primogenito varón del rey Viserys y su segunda esposa Alicent Hightower, desde el comienzo le dijeron que debía ser un alfa y un buen heredero pero sinceramente eso no iba con él, resultó siendo omega y no le gustaba tomar lecciones con la septa, eso le quedaba mejor a su media hermana Rhaenyra, una alfa y una buena heredera pero cada vez que él se negaba su madre le gritaba y lo golpeaba,no era un buen resultado para él.
El día que se enteraron que era un omega no fue muy bueno que él recuerde, su madre lloro y lo vio con decepción, su abuelo le grito a su madre y le dijo que era un inútil, su padre no dijo nada como raro en él, estaba más preocupado en Rhaenyra y en sus pequeños bastardos, sinceramente no espero nada él pero un así lo decepcionó.
Comenzó a beber cuando tenía diez y tres primaveras, su madre estaba ocupada en sus demás hermanos y él no estaba interesado en llamar su atención, después de eso las cosas no mejoraron, fue a burdeles a conocer a las betas del lugar, pero jamás se dejó tocar, todavía seguía puro como a su madre le gustaba decirle, eso era lo único bueno en él, su abuelo y su madre hablaban de comprometerlo al mejor postor, esa idea lo aterraba.
Pero todo cambio cuando tenía diez y cinco primaveras, su sobrino el principe Jacaerys era menor que él por un año, le gustaba que los bastardos de su hermana lo siguieran como unos patitos, su hermano Aemond no era diferente, él quería llamar su atención y le era grato jugarle broma por no tener un dragón.
No había sido un día difícil, se divirtió con sus sobrinos y su madre no había aparecido el día de hoy para molestarlo por no haber asistido a sus clases.
—Sobrino ¿que haces en el pasillo a estas horas?—Dijo Aegon acercándose a Jacaerys.
—Tío, hueles increíble el día de hoy—Jacaerys no estaba en sí.
—Sobrino no estas en tus sentidos, llamare a una criada para que te ayude—Aegon noto que su pequeño sobrino estaba en celo y eso no era beneficioso para él, es un omega y las feromonas lo iban a enloquecer.
Aegon se sintió muy abrumado por las feromonas, sintió sus piernas fallar y una gran oleada de calor lo inundó.
—¡Jace!¡vete de este lugar ahora!—Aegon le grito a jacaerys que se retirara.
—Tío, tienes un olor dulce, haces que me vuelva loco—Jacaerys estaba perdido en su celo y se abalanzó sobre Aegon.
Aegon no se pudo resistir, el encantador olor a mar y cedro era exquisito y simplemente perdió la batalla, Aegon dejó que Jace lo besara y no sabe en qué momento ambos llegaron a la habitación del mayor, después de eso su sentido se perdió ya que estaba lo suficientemente embriagado con su dulce olor.
Aegon despertó con un dolor de cabeza insoportable. Apenas podía recordar algo de la noche anterior. Lo único claro en su memoria era ver a Jacaerys entrando en celo en medio del pasillo, y cómo —como buen tío— intentó ayudarlo. Después de eso, sus recuerdos eran un completo vacío.
Sin embargo, había algo que le incomodaba, una sensación que lo puso en alerta: unos brazos rodeaban su cintura. El corazón se le aceleró descontroladamente mientras giraba la cabeza con lentitud, temiendo lo peor… y entonces lo vio. Una cabellera castaña descansaba sobre sus almohadas. Aegon contuvo un grito.
—Mierda… me van a matar —susurró para sí mismo.
Estaba muerto, muy muerto. Su madre lo mataría, su padre también por atreverse a tocar a su preciado nieto, y su abuelo… su abuelo lo haría sufrir. Estaba aterrado. No, eso era quedarse corto. Se moría del miedo.
Su respiración se volvió brusca cuando sintió a Jacaerys moverse a su lado.
—Buenos días, tío —saludó Jace con esa estúpida, bonita sonrisa que, a veces… solo a veces, le hacía sentir mariposas en el estómago.
—¿Cómo dormiste, tío? Yo dormí de maravilla —continuó, relajado.
Aegon, lleno de pánico y furia, tomó una almohada y se la lanzó directo a la cara.
—¡Jacaerys! ¿No te das cuenta del maldito problema en el que nos metimos? ¡Nos van a matar! —le gritó, su voz cargada de miedo y enojo.
—No te preocupes, tío. Jamás dejaré que te pase nada. Yo me encargaré de todo —respondió Jace con seguridad, como si de verdad creyera que podía hacerlo.
Aegon no pudo evitar burlarse.
—¿Tú te encargarás? ¿Estás demente? Lo mejor es fingir que nada pasó. Si alguien pregunta, dices que te alcanzó el celo y que lograste llegar a un lugar seguro, que te dormiste… ¡y punto! —sentenció, con desesperación.
—No me parece justo… a mí me gustó, tío. Y a ti también —soltó Jacaerys con una sonrisa traviesa—Anoche no dejabas de pedirme más.
Aegon sintió cómo sus mejillas se encendían al escuchar eso. No se atrevió a mirarlo ni a replicar. Solo se levantó de la cama, dispuesto a huir de esa habitación… pero al dar el primer paso, sus piernas fallaron. Un dolor insoportable en su parte baja lo obligó a caer de rodillas.
—Maldito salvaje… —murmuró entre dientes, lleno de rabia y vergüenza.
—¿Tío, quieres que te ayude? —se burló Jacaerys, pero sin esperar respuesta se acercó y lo sostuvo, ayudándolo a caminar hasta el baño.
—Vete… puedo hacerlo solo —susurró Aegon, avergonzado, sin atreverse a levantar la mirada.
Jacaerys le dedicó una última sonrisa antes de salir de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Aegon, ahora solo, se miró en el reflejo del espejo y pudo ver los moretones y marcas de dientes y chupones que cubrían su cuello y pecho.
—Estoy muerto… —susurró con voz temblorosa. Entonces, incapaz de contenerse, dejó que las lágrimas resbalaran por su rostro.
Maldita sea...
