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Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-02-04
Updated:
2026-02-04
Words:
6,658
Chapters:
1/3
Kudos:
2
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1
Hits:
17

I live for you, I long for you, Olivia

Summary:

Básicamente, ésto sucede antes de la muerte de Mikey Berzatto. Olivia es la melliza de Richie, el mejor amigo de Mikey, ésto es como un friends to lovers, y da comienzo a otras obras que pienso realizar con Richie y Carmy. Hay algunas cosas que no se apegan a la serie, pero ésto es solo un fanfic!, buscamos entretenimiento. Se supone que aquí, Mikey tiene su propio apartamento, pero es algo familiar, entonces siempre están pasando el tiempo ahí.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: I think about you

Chapter Text

Playlist.

Olivia Jerimovich (the protagonist).

Me and Michael — MGMT
The life of a showgirl —T.S
Wish list — T.S
Guilty as sing? — T.S
Delate ya — djo
Fool — djo
Close to you — Gracie Abrams
Tears — Sabrina Carpenter
She's not afraid — 1D

 

Michael Berzatto (the sunshine).

Olivia — 1D
Teardrops — Liam Payne
Every breath you take — the police
Father figure — T.S
I was made for loving you — Kiss
Somebody to love — Queen
Ordinary — Alex Warren
Mirrors — Justin Timberlake
Perfect — Ed Sheeran

 

En Chicago, el ruido nunca se detiene, y en la cocina de The Original Beef of Chicagoland, el ruido es una religión. Entre el choque de las ollas y los gritos de "¡atrás!", Olivia Jerimovich intentaba organizar las facturas mientras su hermano mellizo, Richie, discutía con un proveedor por el precio de las servilletas.

— ¡Es un robo a mano armada, Richie! —gritó Olivia desde la pequeña oficina—. ¡Págale y que se largue antes de que le tire una lata de tomates en la cabeza!.

— ¡Tú te callas, Liv!. ¡Estoy negociando! —respondió Richie, gesticulando salvajemente.

De repente, la puerta trasera se abrió de un golpe. Michael (Mikey) Berzatto entró como un huracán de carisma descuidado y olor a tabaco. Tenía esa sonrisa que decía "voy a salvar el día" o "voy a incendiar el edificio”, y con Mikey, nunca sabías cuál de las dos sería.

— ¿Qué pasa, panda de imbéciles? — soltó Mikey, lanzando sus llaves sobre la mesa de Olivia— Richie, deja de llorar por unos centavos. Pareces una abuela italiana en un mercado de pulgas.

— ¡Vete a la mierda, Mike! —dijo Richie, aunque ya estaba sonriendo.

Mikey se apoyó en el marco de la puerta de la oficina, ignorando a Richie para mirar a Olivia. Sus ojos brillaron con esa intensidad maníaca que solo él poseía.

— Livy, estás hecha un desastre. ¿Has dormido algo o estás intentando batir el récord mundial de ojeras?.

— Vete al infierno, Mikey —contestó ella, sin levantar la vista del papel, pero con una pequeña sonrisa tirando de la comisura de sus labios.

— Me encantaría, pero creo que el diablo no me deja entrar si no llevo postre… ¿me das un beso o te lo tengo que robar?.

Richie pasó por el pasillo en ese momento. Mikey cambió el tono instantáneamente.

—...y por eso te digo, Richie, que el tipo de los panes es un maldito genio incomprendido.

Olivia contuvo el aliento. Ese era el juego. El eterno baile al borde del abismo.

Porque si Richie se enteraba de que su mejor amigo y su hermana melliza llevaban tres meses viéndose a escondidas, probablemente Chicago estallaría en llamas.

 

────────────୨ৎ───────────

Para ponerlos en contexto, hay que irnos tres meses atrás. Cuando el departamento de Mikey estaba sumido en una penumbra azulada, solo interrumpida por el brillo vibrante del televisor y un par de guirnaldas de luces que Olivia había colgado "para dar ambiente".

En el centro de la sala, el caos era total, pero un caos tierno: mantas por doquier, cajas de pizza vacías.

En el sofá, Mikey y Richie flanqueaban a Olivia. Lo surrealista de la escena no era el desorden, sino lo que proyectaba la pantalla.

—No entiendo la logística —susurró Richie, entrecerrando los ojos mientras masticaba una corteza de pizza— ¿Me estás diciendo que cada vez que un bebé se ríe, nace una de estas cosas?. Eso es un crecimiento demográfico insostenible, Liv. El sistema de pensiones de la Tierra de las Hadas debe ser un desastre.

—Richie, cállate —dijo Olivia, sin apartar la vista de la pantalla, donde Tinkerbell intentaba arreglar una tetera— Es una película sobre el talento y la identidad.

—A mí me gusta Tinkerbell —murmuró Mikey, tratando de sonar rudo aunque estaba tapado hasta la barbilla con una manta de flores que pertenecía a Olivia—. Se nota que sabe lo que es trabajar bajo presión.

Los mellizos Jerimovich soltaron una risita.

De pronto, el teléfono de Mikey vibró sobre la mesa de centro, rompiendo el hechizo. Mikey lo alcanzó, viendo el nombre en la pantalla: Georgia.

—¿G? —contestó Mikey, su tono cambiando instantáneamente de "tipo divertido" a "hermano protector"— Sí, estoy con Livy y Richie. ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?

El silencio se apoderó de la sala. Richie bajó el volumen de la tele con el control remoto.

—¿Cómo que no pasa? —Mikey frunció el ceño, poniéndose de pie de un salto, tirando la manta de flores al suelo—. Escúchame, no te muevas de ahí. Quédate dentro de la biblioteca, donde haya luz. Está anocheciendo y no me gusta que estés sola en esa parada. Voy por ti ahora mismo.

Cerró el teléfono y empezó a buscar sus llaves a tientas entre los cojines.

—Es Georgia —explicó rápido—. El autobús de la línea 22 se averió y el próximo no pasa hasta dentro de una hora. Está sola en Clark y Addison y ya está oscuro. Voy a buscarla.

Richie se levantó de inmediato, sacudiéndose las migas de pizza de la camiseta. Miró a Mikey, luego miró a Olivia, que observaba la escena con preocupación.

— No, Mikey. Tú te quedas —dijo Richie, extendiendo la mano para que Mikey le diera las llaves.

— Richie, es mi hermana, yo voy…

— Primo —Richie lo interrumpió con esa seriedad tosca pero leal que solo él tenía— Tú cuidas a Liv, y yo a Georgia y Natalie, así es el lema, ¿no?.

Richie le lanzó una mirada significativa a Olivia, una que Mikey no supo interpretar del todo

— Quédate aquí. Yo tengo el coche aparcado justo en la puerta. Llegaré en diez minutos, recojo a G, y de paso traigo un par de helados. Tú quédate con Liv.

Mikey dudó, con las llaves tintineando en su mano. Miró a Olivia, que le dió un suave asentimiento de cabeza.

—Richie tiene razón, Mikey. Ella estará bien con él. Georgia confía en Richie —dijo Olivia suavemente.

Mikey cedió, entregándole las llaves.

— Pero si te detienes a comprar cigarros y la haces esperar un segundo más, te mato, Richie. Hablo en serio.

— Sí, sí, "te mato", "eres un animal", ya conozco el discurso — Richie se puso la chaqueta y le sonrió a Olivia— Si se quema el apartamento, sal por la ventana de incendios.

La puerta se cerró tras Richie, dejando el departamento en un silencio repentino, solo acompañado por el audio bajo de la película.

Se quedaron solos en la penumbra, con Tinkerbell volando en silencio por la pantalla.

Mikey no podía quedarse quieto. Se sentó de nuevo, pero sus piernas temblaban.

— Mikey, estás temblando —dijo Olivia, acercándose un poco más a él en el sofá.

— Es el café —mintió él automáticamente.

— No has tomado café desde la tarde.

—Liv... —su voz sonó rota, mucho más de lo que pretendía— A veces siento que soy como esta película. Un montón de colores brillantes y ruidos fuertes para distraer a todos de que, en realidad, nada de esto tiene sentido.

Olivia le tomó la mano. Sus dedos estaban calientes y firmes contra la piel fría de él.

— Tiene sentido para mí, Mikey. Tú eres el sentido de mucha gente. De Richie, de tus hermanos... de mí.

Mikey se giró para mirarla. La luz azul del televisor acentuaba las líneas de cansancio en su rostro, pero también el brillo de sus ojos. No podía aguantar más. El secreto de las pastillas era una carga, pero el secreto de lo que sentía por ella era el ancla que lo estaba ahogando.

— No puedo seguir haciendo esto, Liv —susurró él, acercándose tanto que sus frentes casi se tocaban— No puedo fingir que soy solo tu amigo que te invita a ver películas de Disney. No puedo ver cómo me miras y pretender que no quiero detener el tiempo justo ahí.

Olivia contuvo el aliento. El aire entre ellos se volvió eléctrico.

—Te amo —soltó Mikey, y la palabra sonó como una confesión de un crimen y una oración al mismo tiempo— Te amo tanto que me duele físicamente. Te amo de una forma que me da miedo, porque soy un desastre, Liv. Soy un edificio en llamas y tú eres lo único que quiero salvar, pero no quiero que te quemes conmigo.

Las lágrimas que Olivia había estado conteniendo durante meses finalmente rodaron por sus mejillas. No se apartó. Al contrario, acortó la distancia y puso sus manos en las mejillas de Mikey, obligándolo a sostenerle la mirada.

— He estado esperando que dijeras eso desde el primer día que mi hermano te presentó como su “primo” —dijo ella, con la voz quebrada— Y no me importa el incendio, Michael Berzatto. Yo ya estoy adentro. He estado adentro contigo todo este tiempo.

—No te mereces esto —insistió él, aunque su cuerpo buscaba el de ella desesperadamente.

— Lo que me merezco es a ti. Al hombre que cuida a sus hermanos, al que se queda viendo Tinkerbell solo porque sabe que me hace sonreír — Olivia se acercó más, sus labios a milímetros de los de él— Te amo, Mikey. Con incendio y todo

Mikey cerró los ojos y finalmente se dejó caer. La besó con una desesperación que mezclaba hambre, alivio y una tristeza infinita. Fue un beso que sabía a las promesas que quería cumplir y a las verdades que aún le daban miedo contar. Se aferraba a Olivia como si ella fuera la única luz que quedaba en toda la ciudad

—No te voy a soltar —susurró él contra sus labios— No sé cómo hacerlo, pero te juro que no te voy a soltar.

—No lo hagas —respondió ella, abrazándolo con todas sus fuerzas—. Nunca lo hagas.

────────────୨ৎ───────────

 

Actualidad.

— ¡Te he dicho que este pan es cartón, Frank!, ¡cartón!. Si quisiera servirle a mis clientes una caja de zapatos, iría a Foot Locker — rugió Mikey, antes de volverse hacia la oficina— ¡Liv!. ¡Dile a éste imbécil que se lleve su pan de mierda de aquí.

— Mikey, deja de acosar al repartidor. Es el único que nos fía — dijo Olivia, arrebatándole un pedazo de pan para inspeccionarlo.

Mikey la miró. Sus ojos brillaron con esa chispa traviesa y peligrosa. Se secó el sudor con un trapo sucio y, de la nada, empezó a tararear con una voz exageradamente melodramática.

— Please believe me, don't you see the things you mean to me?…

— No te atrevas, Michael —advirtió Olivia, señalándolo con un dedo.

— Oh, I love you, I love you, I love, I love, I love, Olivia ...— Mikey empezó a cantar a todo pulmón, usando una pinza de cocina como micrófono — I LIVE FOR YOU, I LONG FOR YOU, OLIVIA.

— ¡Te odio!, ¡te odio con todo mi ser! —gritó Olivia, roja de la vergüenza mientras los cocineros se reían.

— ¡Es un temazo de One Direction, Livy! —gritó Richie desde la otra punta del local, lanzándole una servilleta a su hermana—. ¡Acéptalo!, es tu himno.

— ¡Tú cállate, Richie! —respondió ella—. Y tú, Berzatto, vuelve al trabajo antes de que te meta la pinza por la nariz.

Mikey soltó una carcajada ronca, esa risa que hacía que a Olivia se le revolviera el estómago de una forma que nada tenía que ver con la comida del local.

Él se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, oliendo a cigarrillos, carne asada y ese perfume que ella secretamente amaba.

— Sabes que me amas, Liv. Aunque seas una Jerimovich amargada — le susurró al oído, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Nos vemos en el callejón en diez minutos. No tardes o cantaré el estribillo otra vez.

────────────୨ৎ───────────

 

Esa noche, después de cerrar, el callejón estaba frío. Mikey estaba sentado en un huacal volcado, fumando. Olivia salió con su chaqueta de cuero, temblando un poco.

— Tu hermano es un dolor de cabeza, Liv. Joder, es como cuidar a un Golden Retriever con rabia — dijo Mikey, ofreciéndole el cigarrillo.

Olivia le dio una calada y se sentó a su lado, pegando su hombro al suyo. El calor de Mikey era lo único constante en su vida caótica.

— Es mi hermano. Y es tu mejor amigo. Por eso no podemos decírselo —susurró ella — Lo mataría. O nos mataría. O peor, se pondría a llorar y tendríamos que consolarlo.

Mikey soltó una carcajada ronca, esa risa que llenaba el espacio y hacía que Olivia se sintiera segura a pesar de que todo alrededor fuera un desastre.

— Imagínatelo. "¡Oh, traición!, ¡mi propia sangre y mi primo!". Es un dramático de mierda.

Mikey la rodeó con el brazo, atrayéndola hacia él. Por un momento, el ruido de la ciudad desapareció.

— Pero me estoy cansando de esconderme en los armarios de limpieza, Livy. Quiero llevarte a cenar a un sitio que no huela a grasa de hace diez años. Quiero gritarle a todo el mundo que la hermana de Richie es la única persona que no me dan ganas de insultar a los cinco minutos de conocerla.

— Me insultaste hace tres horas, Mikey.

— Porque me pones nervioso, joder —admitió él, dándole un beso rápido y rudo en la sien— Eres una distracción peligrosa, oso.

────────────୨ৎ───────────

 

Pasaron las semanas. El secreto se volvió más pesado. Había roces de manos accidentales en la cocina, miradas que duraban un segundo de más y una tensión que se podía cortar con un cuchillo de chef desafilado.

Un jueves por la tarde, la presión explotó. Richie entró en la cocina buscando sus llaves y encontró a Mikey y Olivia en el cuarto frío.

No estaban haciendo nada "malo", pero Mikey tenía su mano en la nuca de Olivia y ella se reía de algo que él le susurraba al oído. La distancia entre ellos era de apenas milímetros.

El silencio fue absoluto. El ventilador del cuarto frío zumbaba de fondo.

Olivia se separó de un salto, roja como un tomate.

Mikey, por primera vez en su vida, se quedó mudo, con la mano aún suspendida en el aire. Richie los miró, con los ojos entrecerrados, procesando la escena.

— Richie... yo... — empezó Olivia, con el corazón martilleándole en las costillas — Puedo explicarlo. No es lo que parece. Bueno, sí es lo que parece, pero no queríamos…

Mikey recuperó su compostura, aunque sus manos temblaban un poco.

— Mira, Richie, escúchame, pedazo de imbécil. Si vas a golpearme, hazlo en la cara para que pueda cobrar el seguro, pero no le digas nada a ella, porque…

Richie levantó una mano, interrumpiéndolos. Se rascó la nuca, soltó un suspiro largo y luego se echó a reír. Una risa genuina, de esas que le sacudían los hombros.

— ¡Ya era hora, joder! — exclamó Richie, extendiendo los brazos— ¡Por el amor de Dios!. Llevo dos años aguantando su tensión sexual de mierda. ¡Me tenías harto!.

Olivia parpadeó, confundida.

— ¿No estás... enfadado?.

— ¿Enfadado? — Richie rodó los ojos— Liv, eres insoportable. Mikey es un desastre. Se merecen el uno al otro. Además, Mike, si le rompes el corazón, sé dónde guardas el arma, así que estamos bien. ¡Primo!, ¡vengan aquí!. Los amo, osos

Richie arrastró a Mikey a un abrazo asfixiante mientras Olivia se apoyaba en la estantería, soltando todo el aire que había estado reteniendo durante meses.
Mikey miró a Olivia por encima del hombro de Richie, guiñándole un ojo con esa sonrisa de lado que siempre prometía problemas.

—Te lo dije —susurró Mikey—. Tu hermano es un idiota, pero es nuestro idiota.

────────────୨ৎ───────────

La luz del apartamento de Olivia era demasiado suave para el nivel de ansiedad que Mikey estaba manejando. Él estaba de pie frente al espejo del pasillo, moviéndose como un animal enjaulado, mientras Olivia intentaba, por tercera vez, pasar el extremo ancho de la seda azul marino por el lazo de su cuello.

— Liv, te lo digo en serio. Me estoy asfixiando. Esto es un plan de la CIA para cortarme el suministro de oxígeno al cerebro — gruñó Mikey, aunque su sonrisa delataba que se estaba dejando querer.

— Deja de moverte, Michael. Es una cena elegante. Un sitio con tres estrellas, manteles de lino y gente que no grita cada cinco segundos — dijo ella, concentrada.

Finalmente, apretó el nudo.

Mikey se miró al espejo y soltó una carcajada seca, ajustándose el saco que le quedaba ligeramente apretado en los hombros.

— Parezco un maldito abogado de la mafia que acaba de perder su primer caso. O un tipo que va a pedir un préstamo que sabe que no le van a dar. ¿De verdad tengo que llevar esto?. Parece una correa para humanos.

— Estás guapísimo —respondió Olivia, dándole un beso rápido y arreglándole la solapa— Por una noche, vamos a ser gente civilizada.

El restaurante se llamaba L'Horizon. Era un espacio minimalista, con paredes de concreto pulido y un silencio que Mikey rompió en cuanto puso un pie dentro con sus botas de cuero pesado resonando en el suelo.

Se sentaron. Un camarero con guantes blancos les trajo la carta. Mikey la abrió, leyó los precios y sus cejas casi se pierden en su línea de cabello.

—¿Doscientos dólares el menú de degustación? —susurró, pero su “susurro” era lo suficientemente fuerte como para que la mesa de al lado, una pareja de ancianos estirados, se estremeciera— Liv, por este precio espero que el chef venga y me dé un masaje en los pies mientras como.

—Shh. Es una experiencia, Mikey — pidió ella, aguantando la risa.

Veinte minutos después, llegó el primer plato principal. Era un plato de cerámica blanca inmenso, del tamaño de una llanta de camión, y en el centro exacto, había una pequeña esfera de algo verde, una gota de gelatina y una tira de pescado del tamaño de un pulgar.

Mikey se quedó mirando el plato. Miró al camarero. Miró a Olivia.

— ¿Esto es una broma?, ¿dónde está la cámara oculta? — preguntó Mikey, genuinamente confundido.

— Es una deconstrucción de lubina, señor — explicó el camarero con una voz gélida.

— Hermano, esto no es una deconstrucción, esto es una desaparición —soltó Mikey, dejando caer el tenedor sobre la mesa con un clanc metálico que pareció un disparo en el silencio del local — He visto muestras gratis en el Walmart que tenían más sustancia que esto. El domingo pasado, una señora con red de pelo me dio un trozo de queso cheddar en un palillo que pesaba más que todo este plato. ¿Doscientos dólares por un bocado que ni siquiera requiere masticar?. Es un crimen.

Olivia se tapó la boca con la mano, intentando procesar el horror del camarero y la lógica impecable de Mikey.

Para el postre (una espuma de lavanda que parecía jabón de platos), Mikey ya había tenido suficiente. Su teléfono vibró sobre la mesa. El nombre «RICHIE» iluminó la pantalla en letras mayúsculas.

Normalmente, en un sitio así, uno apagaría el móvil. Mikey, por el contrario, deslizó el dedo y activó la videollamada, apoyando el teléfono contra la copa de cristal fino.

—¡PRIMO! — gritó la voz de Richie desde el altavoz, resonando en todo el restaurante— ¡Richie! ¡Tendrías que ver esto!. ¡Me acaban de traer un postre que parece que alguien estornudó en un plato de diseño!.

—¡Te lo dije!, son unos estafadores de cuello blanco — rugió Richie desde la pantalla, se veía que estaba en la cocina del Original Beef, con una camiseta manchada de salsa— Aquí acabamos de sacar una tanda de costillas que te harían llorar, Michael, ¡llorar!.

La gente en las mesas vecinas empezó a murmurar. El mesero se acercaba con paso apresurado y cara de pocos amigos. Mikey, ignorándolo por completo, giró el teléfono para mostrarle a Richie la sala.

—Mira, Richie, mira a esta gente. Están todos comiendo aire y fingiendo que les gusta. ¡Es una secta! ¡Liv está atrapada aquí conmigo!.

Olivia, en lugar de hundirse en la silla de vergüenza, estalló en una carcajada limpia y sonora. La imagen de Mikey, con la corbata ya torcida, gritándole a un Richie pixelado sobre la falta de carbohidratos en la alta cocina, era la cosa más honesta que había visto en toda la semana.

Mikey colgó, dejó un fajo de billetes arrugados sobre la mesa (más que suficientes para cubrir la cuenta y el insulto) y se levantó.

Diez minutos más tarde, el aire frío de Chicago les golpeó la cara. Mikey ya se había quitado el saco y lo llevaba colgado del hombro. La corbata, esa “correa para humanos”, colgaba desatada alrededor de su cuello como una bufanda olvidada.
Se detuvieron en un puesto de perros calientes en una esquina iluminada por neones amarillos.

— Dos con todo. Sin pepinillos, no seamos animales — pidió Mikey al vendedor.

Se sentaron en un banco de metal frío. Mikey le pasó un perrito caliente a Olivia, que todavía llevaba su vestido elegante y los tacones. Él le dio un mordisco enorme al suyo, dejando escapar un suspiro de satisfacción pura.

— Ésto — dijo Mikey, señalando el pan con semillas de amapola—, ésto es comida. Lo de antes era... era una crisis de identidad en un plato.

Olivia lo miró. Tenía una mancha de mostaza en la comisura de los labios y el pelo revuelto por el viento. Se veía mucho más él mismo que bajo las luces del restaurante de lujo. Ella se acercó, le quitó la corbata del todo y la guardó en su bolso.

—Tienes razón — admitió ella, apoyando la cabeza en su hombro— Las muestras del Walmart eran mejores.

Mikey sonrió, esa sonrisa de "chico malo de River North" que iluminaba todo a su alrededor, y le pasó el brazo por los hombros. La cita elegante había sido un desastre absoluto según los estándares de cualquier revista de estilo de vida, pero para Olivia, mientras sentía el calor de Mikey y el olor a cebolla y carne a la parrilla, no podría haber sido más perfecta.

Porque eso eran ellos.

Caos, ruido y un vínculo que no necesitaba espumas ni estrellas Michelin para brillar.

— Olivia Marie Jerimovich, eres la mujer de mi vida.

────────────୨ৎ───────────

En la cocina del apartamento de Natalie, el ambiente era tenso, pero no por una pelea, sino por un examen de técnica culinaria. Georgia, la menor de los Berzatto, estaba sudando frente a una montaña de papas peladas.

— ¡Siete caras, Georgia!, ¡siete!. ¡Si tiene seis es un insulto a Francia y si tiene ocho es una patata con sobrepeso! —gritaba Olivia, imitando un acento francés exagerado mientras sostenía un cronómetro.

— ¡Es imposible! — exclamó Georgia, lanzando el cuchillo de oficio sobre la mesa— Estoy estudiando para ser chef, no para ser cirujana plástica de tubérculos. ¡A Mikey le daría igual si la papa tiene forma de Batman mientras esté frita!

Natalie, que estaba organizando obsesivamente el correo, se acercó con una sonrisa nerviosa.

— Cariño, respira. Si fallas la técnica, siempre puedes decir que es "estilo rústico Berzatto". Básicamente, cualquier cosa que esté un poco quemada y se sirva con un grito.

El tono cambió cuando el teléfono de Natalie vibró. El nombre "mamá" iluminó la pantalla. Nadie contestó, pero el silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier grito de Richie. Natalie empezó a morderse las uñas de inmediato.

—¿Debería llamarla de vuelta? —preguntó Natalie, con la voz volviéndose aguda— Quizás tuvo un accidente. O quizás quemó la cocina. O quizás está... ¿creen que está bien?

— Nat, detente — dijo Olivia, poniéndole una mano en el hombro— No preguntes si está bien. Si le preguntas, ella lo tomará como un ataque, tú te sentirás culpable y terminaremos todas bebiendo ginebra a las dos de la tarde.

—Es que no puedo evitarlo —susurró Natalie, con los ojos empañados— Siento que si dejo de preguntar si está bien, ella simplemente... dejará de estarlo.

Georgia se levantó y abrazó a su hermana mayor por la cintura, apoyando la cabeza en su hombro.

— Ella no está bien, Nat. Nunca lo está. Pero nosotras sí. Así que hoy, por una vez, no vamos a ser las enfermeras de Donna. Vamos a ser solo nosotras.

La puerta principal se abrió de golpe y Richie entró como un torbellino, vistiendo una de sus camisas demasiado ajustadas y gritando por teléfono sobre un pedido de servilletas.

— ¡Que te den, Jhon. ¡Las servilletas son blancas, no "hueso de unicornio"! — colgó y miró a las chicas— ¿Qué pasa, chicas?, ¿reunión de brujas?. Georgia, nena, esa técnica de cuchillo da pena, pareces un dibujo animado. ¡Aprende de los profesionales!

Le revolvió el pelo a Georgia, le guiñó un ojo a Olivia y salió de la habitación tan rápido como entró. Al parecer solo había ido a buscar las llaves del apartamento de Mikey que tenía su melliza. Georgia se quedó congelada, con el pelador de papas en la mano y las mejillas del color de un tomate San Marzano.

— Oh, no —dijo Olivia, cruzándose de brazos con una sonrisa pícara— No puede ser.

— Ni una palabra —advirtió Georgia, cubriéndose la cara con las manos— Es una tragedia griega. Lo sé. ¡Es Richie! . Es ruidoso, usa demasiada colonia y probablemente no sepa qué es un fondo de ternera.

— Georgia... es Richie —repitió Natalie, entre horrorizada y divertida— Es como tener un crush con un camión de basura que hace mucho ruido.

— ¡No es gracioso! —protestó Georgia— Hay algo en... no sé, en cómo cree que sabe de todo aunque no sepa de nada. Pero moriré con este secreto. Él ama a Tiff. Están esperando a la bebé. Él está... él está feliz de una manera que Richie nunca es. Y yo jamás arruinaría eso. Ni siquiera por un milagro de Navidad.

Olivia se sentó a su lado y le quitó las manos de la cara.

—Es muy noble de tu parte, G. Y también muy inteligente, porque si Mikey se entera de que te gusta su mejor amigo, probablemente queme el restaurante por puro estrés protector.

Esa noche, terminaron sentadas en el suelo del salón, rodeadas de restos de pizza (porque nadie quería volver a ver una papa tournée) y una botella de vino abierta.

Natalie se veía más relajada, Georgia había aceptado su destino romántico con humor trágico, y Olivia se sentía, por fin, parte de algo sólido.

— Escuchen —dijo Natalie, levantando su copa— Mamá está loca. Mikey es un volcán. Richie es... bueno, Richie. Carmy está en su propio planeta. Pero mientras estemos nosotras tres para decirnos la verdad…

—...y para evitar que Nat llame a Donna diez veces por hora —añadió Olivia.

—...y para recordarme que Richie es un idiota aunque sea guapo cuando grita —completó Georgia.

—Por nosotras — concluyeron al unísono, chocando las copas.

En ese pequeño rincón de Chicago, por un momento, el ruido del mundo exterior se apagó.

 

────────────୨ৎ───────────

El viernes era un día caótico, Olivia tenía un pequeño dolor de cabeza por estar hasta tarde hablando y tomando vino con las chicas. Aunque la verdad lo volvería a repetir todas las veces que pudiera, eran pocas las veces que estaban ellas tres juntas y específicamente solas, sin hombres con mucha testosterona, solo ellas.

El trabajo en el beef a veces la consumía un poco. Amaba ayudar a Marcus a hacer los postres.

Y en sus tiempos libres solía pintar, tenía millones de acuarelas en unas cajas del armario de Mikey.

“ Algún día, te compraré una enorme casa, con una linda vista que te dará inspiración, y tendrás mucho espacio para todas las cosas que quieras”. Eso le prometió su novio mientras miraban the notebook y él fingía no llorar con el final de la película.

Mikey, era su musa. No necesitaba más inspiración.

La vida de las hermanas Berzatto era ocupada, Liv lo sabía.

Nat siempre estaba en su mundo desde que se había mudado con su novio Pete, trataba de organizar su vida y encontrar un poco de paz, y eso era algo importante.

Por el lado de Georgia, se la pasaba en la biblioteca de la universidad o sino encerrada en su habitación estudiando, desde pequeña quería aprender a cocinar, y cuando Carmen se volvió Chef, ella lo vió como su ídolo, así que no dudó en seguirle los paso ni un segundo, su graduación sería pronto y luego se iría a Copenhague.

Olivia soltó un suspiro por lo bajo mientras limpiaba algunas mesas del restaurante.

Carmy, el maldito Carmy, aparecía y desaparecía como un cometa. Aunque no lo culpaba, él solo quería huir de aquél hogar embrujado y cambiar la profecía. Ser el mejor de todos los Chefs en el mundo y vaya que sí lo estaba logrando.

— Mira ésto — Mikey le enseñó su teléfono a Tina, la nueva integrante de The beef.

La señora había llegado al local desolada por no conseguir empleo, y Mikey le había dado uno. Era esa amabilidad lo que hacía que Olivia se enamorara más de él.

— ¿Qué es eso?.

— No tengo la jodida idea — soltó una pequeña risa. — Mi hermano lo hizo, él es un verdadero chef.

— ¿Orgullo familiar?.

— Sí, así es. Él no está jodido como yo, o al menos no tanto.

Olivia fingió por su propio bien que no había escuchado eso último, antes de voltearse para ayudar a su hermano con los clientes.

— ¿Todo bien, oso?

Ella se esforzó por sonreír levemente.

— Ujum, todo bien.

— Sí, y yo soy la Reina Isabel — dijo Richie rodando los ojos — A veces se te olvida que soy tu mellizo. Suelta la sopa.

— Es Mikey… no haz notado que a veces dice comentarios muy, no lo sé, ¿suicidas?.

Richie guardó silencio por unos segundos, dándole entender a Olivia que él lo había notado antes que ella, qué él veía esa tristeza en sus ojos.

— Escucha, Liv. Él tiene problemas con su familia y con él mismo, pero estoy seguro que los resolverá, solo está cansado, yo hablé con él ya de eso, tú quédate tranquila.

— Te amo, hermanito.

— Oh, basta con eso, naciste solo unos minutos antes que yo.

— Y eso me da el derecho a decirte hermanito.

────────────୨ৎ───────────

El departamento de Mikey olía a una mezcla muy específica de Chicago: cigarrillos viejos, salsa marinara que llevaba horas reduciéndose y el sudor nervioso de dos hombres que estaban a punto de perder cincuenta dólares en un partido de los Bears.

— ¡Muévete, pedazo de animal! ¡Tienes el espacio de un maldito portaviones, corre! — gritó Richie, saltando sobre el sofá desvencijado. Tenía una cerveza en una mano y un pedazo de pizza fría en la otra que agitaba como si fuera un arma.

—No va a llegar, Richie. Es física básica, primo. El tipo tiene las rodillas hechas de galletas saladas. ¡Vamos, vamos, vamos! —Mikey golpeó la mesa de centro, haciendo que las latas vacías bailaran un zapateado metálico.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. No fue un toque cortés; fue una entrada de "somos dueñas de este lugar".
Entró Olivia, con esa expresión de "ya sé que esto es un desastre pero te quiero de todos modos", seguida de Natalie (quien ya estaba recogiendo una servilleta del suelo por puro instinto) y Georgia, que traía una caja de transporte de mascotas con agujeros de ventilación.

—¡Apaguen eso! —ordenó Olivia, pasando frente al televisor justo cuando el mariscal de campo lanzaba un pase desesperado.

—¡LIV! ¡MI AMOR! ¡LA VISIBILIDAD! —rugió Mikey, aunque sus ojos brillaron al verla— ¡Primo, muévete, que la jefa llegó!.

— ¡Sugar!. Dile a tu hermano que me debe cincuenta si fallan este pase — gritó Richie, sin apartar la vista del rincón de la pantalla que su melliza no tapaba.

— Richie, cállate. Hola, Mikey —Natalie suspiró, dejando su bolso en la encimera llena de harina— Traemos un problema. O una solución. Depende de cuántas cervezas lleves.

Georgia puso la caja sobre la mesa, justo encima de un montón de periódicos deportivos.

—Es un rescate —dijo la joven Berzatto con solemnidad— Estaba solo cerca del puente. Olivia dijo que podíamos traerlo aquí.

Mikey se olvidó del partido. Se arrodilló frente a la caja. Olivia abrió la rejilla y, con mucha elegancia y un poco de desdén, salió un gato blanco y con manchas marrones y negras en su cuerpo peludo.

Mikey se quedó mudo un segundo. El gato caminó sobre la mesa, olfateó una costra de pizza y luego miró a Mikey fijamente.

—Oh, Dios mío —susurró Mikey, con una ternura repentina que solo él podía proyectar—. Es perfecto. Mírenlo. Es un guerrero. Es... es Albóndiga.

Olivia se rió, cruzándose de brazos.

—No, Mikey. No se llama Albóndiga. En la clínica le pusimos una placa temporal. Se llama Winston.

Mikey ni siquiera la miró. Estaba ocupado extendiendo un dedo para que el gato lo olfateara.

—¿Winston? . No, Liv. No tiene cara de Winston. Winston es un tipo que vende seguros o que vive en una mansión. Este tipo... —señaló la forma redonda y compacta del felino— este tipo es pura carne, pura resistencia. Es una Albóndiga de primera categoría.

— Tiene razón —intervino Richie, acercándose con curiosidad— Mira esa panza. Si eso no es una albóndiga que se escapó de un sándwich de The Beef, no sé qué es. Hola, Albóndiga. ¿Sabes quién es el rey de esta casa?. Yo no, es este loco de aquí.

— ¡No le digas Albóndiga! —exclamó Georgia, aunque empezaba a sonreír— ¡Es Winston! Natalie, ayúdame.

Natalie miró al gato, que en ese momento decidió lamerse una pata con total indiferencia hacia el drama humano.

— Honestamente, Georgia... —Natalie miró a Mikey, que estaba mirando al gato con una devoción casi religiosa—, conociendo a esta familia, el gato tiene suerte de no llamarse "Giardiniera". Albóndiga es, extrañamente, un ascenso.

— ¡Ven aquí, Albóndiga! —Mikey lo levantó en el aire como si fuera Simba en El Rey León. El gato no se quejó; simplemente aceptó su destino— Mira esos ojos, Liv. Está aceptando su identidad. Está diciendo: "Sí, Michael, soy una albóndiga con especias".

— Es un gato de clase alta, Mikey. ¡Míralo, es elegante! —insistió Olivia, tratando de no reírse mientras Mikey empezaba a caminar por la sala presentándole el departamento al gato.

—Mira, Albóndiga, esa es la cocina. No entres ahí si estoy cocinando porque podrías terminar en la olla por accidente —decía Mikey mientras el gato ronroneaba— Ese de ahí es el Tío Richie, no le prestes dinero, nunca te lo devolverá.

—¡Oye!. ¡Yo soy muy solvente con los felinos! —protestó Richie, mientras se sentaba de nuevo— ¿Creen que Albóndiga quiera ver el final del partido?. Apuesto a que le va a los Bears.

—Se llama Winston —murmuró Olivia, rindiéndose y sentándose junto a Natalie— Pero supongo que en esta casa, nada mantiene su nombre original por mucho tiempo.

—Es un Berzatto ahora — dijo Mikey, sentándose en el suelo con el gato, que ya se había acurrucado en su regazo— Y los Berzatto no somos Winstons. Somos ruidosos, olemos a ajo y somos jodidamente persistentes. Como las albóndigas.

Georgia se sentó al lado de su hermano, acariciando las orejas del gato.

—Está bien. Pero si rompe algo, es tu Albóndiga, no la mía.

—Trato hecho, oso —Mikey le dio un beso en la frente y luego miró a Olivia con una sonrisa traviesa— Gracias, Liv. Es exactamente lo que necesitaba este ecosistema de testosterona y malas decisiones. Una albóndiga de esperanza.

Richie soltó un grito de agonía cuando los Bears perdieron el balón en la yarda diez.

—¡Ves, Albóndiga! ¡Ves por lo que sufrimos! —gritó Richie.

El gato simplemente cerró los ojos y se acomodó más profundamente en los brazos de Mikey, confirmando que, efectivamente, Winston había muerto y Albóndiga había llegado para quedarse

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El ambiente festivo de la tarde se había evaporado, dejando atrás ese silencio denso y cargado que solo las tres de la mañana conocen. En el departamento de los Berzatto, las sombras eran largas y el aire se sentía pesado, como si las paredes mismas estuvieran cansadas de guardar tantos secretos.

Mikey estaba en el borde del abismo. Durante años, él había sido el escudo, el muro de contención entre la furia bipolar de su madre y la fragilidad de sus hermanos. Había aprendido a sonreír mientras se quemaba por dentro, a ser el alma de la fiesta para que nadie viera las grietas. Pero el alcohol ya no silenciaba las voces de Donna, y los cigarrillos ya no calmaban el temblor de sus manos.

Las pastillas se habían convertido en su única anestesia.

Se deslizó fuera de la cama con una agilidad de fantasma. Miró a Olivia, que dormía con el ceño ligeramente fruncido, y sintió una puntada de culpa que lo atravesó como un cuchillo. Se puso una sudadera, salió al pasillo frío y caminó hasta la esquina de la calle, donde el aire de Chicago cortaba la cara. No fue a caminar. Fue a buscar ese alivio sintético que lo mantenía a flote.

Cuando regresó, el departamento estaba en penumbra. Se quitó los zapatos en la entrada y caminó de puntillas hacia la habitación. Se sentó en el borde de la cama, suspirando, creyendo que lo había logrado una vez más.

— ¿Dónde estabas, Michael? — La voz de Olivia, baja y rasposa por el sueño, cortó el silencio como un rayo.

Mikey se tensó, pero su máscara de "todo está bien" se activó al instante.

— Solo salí a tomar aire, nena. No podía dormir. El partido de hoy me dejó con la cabeza a mil — dijo, intentando sonar casual.

Él se movió para acostarse, pero al quitarse la sudadera, el movimiento fue demasiado brusco. El sonido fue pequeño, pero devastador: el tintineo seco y rítmico de cápsulas de plástico chocando contra el frasco dentro de su bolsillo.

Clac-clac-clac.

Olivia se sentó en la cama de golpe, encendiendo la lámpara de la mesa de noche. La luz amarillenta reveló las ojeras profundas de Mikey y su mirada vidriosa.

— ¿Aire? —preguntó ella, con la voz quebrada— ¿Desde cuándo el aire suena a una farmacia, Mikey?

Él metió la mano en el bolsillo, apretando el frasco como si pudiera desaparecerlo con la fuerza de su puño.

— No es nada, Liv. Es para el dolor de espalda. Ya sabes que cargar cajas en el restaurante me está matando

— No me mientas. Por favor, no me mientas más —Olivia se acercó a él, tomándolo por los hombros— Te he visto escabullirte. He visto cómo te pierdes en medio de una conversación. Richie cree que solo estás cansado, Georgia cree que estás estresado... pero yo te veo. Veo lo que te estás haciendo.

— ¡Tengo que mantener esto en pie! — estalló Mikey en un susurro violento, con las lágrimas asomando por fin— ¿Crees que es fácil?. Mamá está perdiendo el juicio, Carmy está en copenhague huyendo de todo, Natalie llora cada vez que suena el teléfono porque cree que es el hospital, Giorgia siempre miente cuando le preguntan cómo está ... ¡Yo soy el que tiene que estar bien!. ¡Yo soy el que soluciona las cosas!.

— No puedes solucionar nada si te mueres, Michael —dijo ella, con una firmeza desesperada— Dame eso. Dame el frasco.

Mikey la miró con una mezcla de ira y súplica. Por un segundo, pareció que iba a gritar, a salir corriendo, a romper algo. Pero luego, como un globo que se desinfla, sus hombros cayeron. Sacó el frasco y lo dejó caer sobre la colcha.

— Perdón —susurró, cubriéndose la cara con las manos— Perdón, Liv. Es demasiado. Es demasiado peso.

Olivia lo abrazó, hundiendo su rostro en su cuello. Sentía el corazón de Mikey latiendo desbocado, como un animal atrapado.

— Mañana vamos a buscar ayuda. Hay lugares, Mikey. Grupos. Hablaré con Natalie, buscaremos un médico...

— Sí —dijo él, devolviéndole el abrazo con una fuerza casi dolorosa— Sí, tienes razón. Mañana. Buscaré ayuda. Lo prometo, Liv. Te lo juro por Dios.

Olivia cerró los ojos, aferrándose a esa promesa como a un salvavidas.

Quería creerle con toda su alma.

Necesitaba creerle.

Pero Mikey, con la mirada perdida en la oscuridad del pasillo, ya estaba pensando en cómo conseguiría el siguiente frasco sin que ella se diera cuenta.

Ambos sabían, en ese rincón oscuro de la mente donde la verdad no se puede esconder, que esa promesa era solo otra hermosa y trágica mentira de Michael Berzatto.

En el rincón de la habitación, sobre el sillón, Albóndiga abrió un ojo, observándolos en silencio. El gato se levantó, caminó con paso elegante hacia la cama y se acurrucó contra la pierna de Mikey, ronroneando suavemente, como si fuera el único capaz de sentir la verdadera gravedad de lo que acababa de ocurrir

Notes:

Espero que les guste!.