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Yuta y Maki se conocieron tras un incidente que obligó al "niño maldito" a ingresar en la preparatoria de hechicería. En su primer día fueron enviados juntos a una misión que marcó el punto de inicio en su camino para exorcizar a Rika y concentrar todas sus fuerzas en "merecer vivir, hacer amigos y ser amado" alentado por las palabras de su compañera.
Con el tiempo, en Yuta germinó un sentimiento que iba más allá del respeto y la amistad. No lo reconoció hasta una tarde de diciembre, durante el Desfile Nocturno de los Cien Demonios, mientras en una conversación trivial en el aula donde le había expresado a Maki su admiración por ella, la contemplaba bajo la luz cálida luz del sol de invierno que se filtraba por las ventanas, tiñendo de oro la silueta de la joven; se veía realmente hermosa y era una imagen totalmente contrastante a la que se encontraría momentos luego, al sorprenderse de verla bañada en su propia sangre, muy mal herida tras enfrentarse a Suguru Geto con el fin de protegerlo, acto que le hizo perder la cabeza y lo obligó a dar lo mejor de sí en la batalla contra el brujo grado especial, desplegando su máximo poder para protegerla y a sus amigos gravemente heridos.
Tras la derrota de a la maldición de grado especial, el mundo de la hechicería cambió radicalmente. La escuela técnica de Tokio fue clausurada, debido a que la zona quedó inhabitable por los estragos de los conflictos desarrollados en el área y las maldiciones liberadas por Kenjaku. Por lo que los estudiantes fueron trasladados a Kioto. Fue entonces durante el tercer año de preparatoria de los jóvenes, durante las vacaciones de Navidad, que la relación daría un paso más allá, un año después de los sucesos en Shinjuku y dos del Desfile Nocturno de los Cien Demonios.
Tras enfrentarse a su clan, Maki no tenía adónde regresar, mientras que Yuta había tomado distancia de su familia para protegerla de los peligros del mundo de la hechicería. Así, ambos permanecieron solos en la escuela. A la mañana del 24 de diciembre la preparatoria de hechicería de Kioto se encontraba casi vacía. Sus compañeros de clase Panda y Toge pasarían las vacaciones en compañía del clan Inumaki mientras que Miwa estaría junto a su familia. Por otro lados, los estudiantes de segundo Megumi, Itadori y Nobara celebrarian las fiestas con la abuela de Kugisaki en un pequeño pueblo del interior y el resto de estudiantes nuevos en sus respectivas casas.
Aquellos dos pasaron el día juntos, como solían hacerlo. Ni siquiera las festividades interrumpieron su rutina: entrenaron por la mañana y, al concluir, decidieron celebrar la Navidad con una cena en un KFC, siguiendo la costumbre japonesa. Sin duda la fecha era un recordatorio de las perdidas sufridas y para no dejarse abatir por los recuerdos trágicos, quedarse cada cual en su habitación toda la noche no era una opción.
Maki no se preparó demasiado; nunca le dio gran importancia a su apariencia. Se cubrió con varias capas de ropa, pues hacía bastante frío, y dejó su cabello ya un poco más abajo de los hombros suelto. Un año atrás lo llevaba corto y chamuscado tras el incidente de Shibuya, donde también había ganado sus cicatrices de quemadura, pero ahora lo estaba dejando crecer y había recuperado su brillo, luciéndolo como solía hacerlo; pero no iría más allá de ese estilo tan básico: ni siquiera lo consideraba una cita.
Sin embargo, Yuta había estado ensayado su confesión desde hacía tiempo. Quizás todo lo vivido en esos dos años lo impulsaba a liberar esa carga y sabía que antes de graduarse de la preparatoria lo tenia que hacer, así que esta era su gran oportunidad. Se preparó un poco más de lo normal, traía puesto una camisa blanca, unos pantalones de algodón negro y unos zapatos del mismo color, tan relucientes como un espejo; su conjunto era elegante y a su vez discreto, pero sobre todo era cómodo para luchar por si se daba alguna situación extraordinaria, al final de cuentas los mayores enfrentamientos fueron en esa misma fecha; y encima lucía un abrigo azul añil intenso que le caía hasta la mitad de sus pantorrillas, de corte clásico y tela gruesa, además de una bufanda azul clara y unos guantes negros.
Llegaron al KFC previamente elegido y al cruzar la puerta, los envolvió una atmósfera distinta: el olor a pollo frito y las luces cálidas distribuidas por todo el lugar hacían del sitio un espacio acogedor. La cena transcurrió con naturalidad, o al menos eso pensaba Maki, sin advertir cuánto la observaba Yuta ni la intensidad de su mirada. Tal vez, si hubiese buscado sus ojos con más frecuencia, habría descubierto un azul profundo como el océano, iluminado por la felicidad de estar junto a ella. Él no podía disimular la emoción y una vez más, se encontraba fascinado con su belleza, que por muy sencilla que vistiese siempre lucía bien y eso también lo cautivaba. Continuaron el resto de la cena sin hablar demasiado; Maki no solía conversar mientras comía y en realidad, disfrutaba tanto de la comida chatarra que no le daba importancia a su alrededor.
Al salir del local, uno de los carros de la escuela de hechicería ya los esperaba. Durante el trayecto, Yuta intentó acercar su mano a la de su compañera, pero antes de que pudiera intentar cualquier movimento, la cabeza de la Zen'in ya descansaba sobre su hombro, esto no le molestó en absoluto; asumió que se debía al entrenamiento excesivo y a las pocas cervezas que compartieron. Al llegar al colegio, lejos de despertarla, intentó llevarla hasta su habitación, cargada de la forma más delicada posible.
Si Maki hubiese estado más cansada, no se habría percatado de nada y habría amanecido en su cama como por arte de magia. No estaba borracha; en realidad no se puede emborrachar gracias a su restricción celestial, pero si que estaba repleta. Por eso, al despertar en los brazos de un hechicero joven, guapo de cabellos oscuros y una sutura en la frente, su sorpresa fue tal que, por accidente, terminaron cayendo uno sobre el otro.
Yuta ya estaba acostumbrado a encontrarse debajo de aquella joven de cabellos verdes durante las sesiones de entrenamientos, pero esta situación resultaba mucho más incómoda. Sus rostros se enrojecieron de inmediato; parecía que la temperatura había subido de golpe unos 10 o 15 grados, pues el ardor en sus mejillas era inexplicable. Ambos se incorporaron y permanecieron sentados en las afueras de la escuela técnica. Necesitaban recuperarse de lo ocurrido, distraerse con algún tema sin importancia que les permitiera ignorar los últimos minutos.
Entre risas por alguna broma tonta, volvió a imponerse un silencio incómodo en el que sus miradas se encontraron, el brillo de la luna se reflejaba en los ojos del joven hechicero el cual no vaciló esta vez y decidido a cumplir el propósito que se había planteado antes de salir a cenar, en ese momento suspira antes de dar algunas palabras...
—"El amor puede ser la mayor de las maldiciones si no es correspondido o si nace de emociones impuras. Pero el simple hecho de verte cada mañana lista para entrenar me llena de felicidad; me siento el hombre más afortunado por tenerte como amiga. En estos dos años he aprendido mucho, he hecho amigos, he exorcizado maldiciones una y otra vez para proteger y ganarme el respeto de quienes aprecio, y nada de eso habría sido posible si me hubiese rendido cuando nos tragó aquella maldición. Has sido tú quien me ha motivado y entrenado todo este tiempo; soy fuerte gracias a ti. Por eso deseo tu compañía ahora y siempre. Deseo más que solo la amistad. Hace mucho tiempo mis sentimientos por ti superaron el concepto de aprecio, y no puedo evitar emocionarme cada instante que estoy junto a ti" —expresó el joven sin titubear, con una seguridad aplastante.
El tiempo pareció congelarse. Maki no pudo reaccionar de inmediato: era demasiada información que procesar. Cuando pudo ir hilvando las letras, las palabras, las oraciones y las ideas el aire se escapaba de su cuerpo simultánea y progresivamente. Por un instante olvidó cómo respirar, y un silencio se extendió tras la confesión de amor más hermosa que hubiera escuchado. Cuando por fin logró decir algo, solo salieron incoherencias y maldiciones. Aunque había recuperado el habla, le costaba ordenar sus pensamientos. Estaba realmente impactada; lo único que deseaba era que la tierra la tragara. Mil veces lo llamó idiota, se levantó enojada y se dirigió a su habitación sin mirar atrás. Una vez cubierta por la soledad y la oscuridad de la noche comenzó a repasar mentalmente la velada.
...
Para Maki, aceptar sus sentimientos fue aún más difícil. Panda solía burlarse de ella al notar que se volvía más suave en presencia de Yuta. Durante los entrenamientos, aunque siempre lo derrotaba, se preocupaba por no herirlo y por enseñarle a manejar mejor las armas. Sin embargo, su carácter reservado le impedía admitirlo.
La inseguridad y el tartamudeo de Okkotsu sin duda alguna la desesperaban, pero le atraían su fuerza, su amabilidad, su sinceridad y sobre todo, su lealtad hacia quienes valoraba. Esa misma cualidad lo volvía imprudente, en algunos casos lo lograba controlar, pero durante el combate contra el hechicero más poderoso de la historia, casi perdió la vida. Cuando todo terminó, se enfureció tanto que probablemente Yuta sintió más miedo de ella que del propio Sukuna. Tal vez fue en ese entonces cuando dejó de luchar contra lo que sentía.
Pero desde que reconoció sus sentimientos sabía que nunca los confesaría, y tampoco esperaba ser correspondida. Estaba convencida de que moriría sola, mientras Yuta seguía siendo aquel chico torpe y gentil, marcado para siempre por Rika, la maldición que lo encadenaba. Por eso, la reciente declaración la abrumaba. La chica se encontraba llorando silenciosamente llena de emociones encontradas. Si bien la dopamina inundaba su cerebro, desbordante de felicidad, la actitud que asumió la calcomía.
Intentó conciliar el sueño para poder dejar de pensar, pero era misión imposible, solo daba vueltas en la cama. Cuando por fin decidió poner fin a su tormento se dirigió sin meditación alguna a la habitación de Yuta y para cuando pensó en que debía armarse una disculpa ya se encontraba frente a la puerta que los separaba. Maki decidió solamente dejarse llevar por sus sentimientos e impulsos, no reparó en si se estaba mostrando vulnerable, si tenía la guardia baja ni nada por el estilo, todo lo que el chico escucharía sería a la verdadera Maki, sin las innumerables capas de dolor, rechazo e inseguridad a las que había sido expuesta desde niña, así que decidió llamar a la puerta.
Al abrirse, solo pudo encontrarse a un Yuta destrozado, parecía haber llorado un poco, estaba hecho un desastre en comparación a lo acicalado que se encontraba horas antes, ni siquiera se había cambiado para ponerse ropa de dormir. Maki antes de poder decir algo lo abrazó, y si bien fue sorpresivo los brazos del joven no tardaron en rodearla y acto seguido la Zen'in se separa ligeramente, lo suficiente como para seguir entrelazados y posar sus labios sobre los de Okkotsu. Sus bocas se sincronizaron para dar lugar al beso apasionado con el que ambos habían soñado. Y para cuando se les acabó el aire lo secundaron con otro beso. Ambos ardían de pasión, no existía nada más además de ellos y para cuando lograron separarse Maki lo miró a los ojos y le dio una respuesta más acorde.
—No supe como reaccionar a todo lo que dijiste, me costó aceptar lo que sentía hace un año atrás y nunca esperé ser correspondida. No era mi intención lastimarte—Aunque sus palabras fueron breves, eran sinceras.
Aquel chico no podía resistirse a sus encantos, su mirada dulce y comprensiva, estudiaron bien los ojos dorados, los pómulos rojos, los labios hinchados de su amada, él la conocía bien. No necesitaba decir mucho, el mero acto de tenerla en sus brazos, de haberle besado ya decían mucho. Toda su tristeza se había disipado, él era la criatura más feliz de la faz de la tierra.
Al salir de la emotividad de los primeros impulsos Maki se percató de cuán inapropiada estaba vestida, pues ella si se había dispuesto a dormir con su short corto y su pullover. El calor de la situación comenzó a menguar y en su piel cicatrizada pudo sentir las ráfagas de aire invernal que se colaban en la habitación. Yuta no tardó en reaccionar y le ofreció el abrigo que había estado usando anteriormente, el cual se encontraba tirado encima de la cama. Tras ponérselo encima sus manos calientes se dirigieron hacia sus mejillas para cerrar el momento con otro beso más, uno en el que no se pudieron apartar: cálido, húmedo, lleno de "amor mutuo y verdadero" solo pudieron parar cuando se quedaron tumbados, durmiendo abrazados.
