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Invasión y amor

Summary:

Lena Luthor, una abogada brillante y madre de dos gemelas de cuatro años, vive en Nacional City con un corazón marcado por el pasado. Dos años atrás se divorció de Kara Danvers, una actriz mundialmente famosa por interpretar a Supergirl, después de que Kara la traicionara al enamorarse de otra mujer. Desde entonces, Lena aprendió a sobrevivir sola, enfocándose únicamente en proteger a sus hijas y mantener su vida bajo control.
Cuando un supuesto meteorito llamado Atlas se acerca a la Tierra, el mundo entra en pánico. Pronto se revela la verdad: no es una roca espacial, sino una gigantesca nave alienígena, una ciudad flotante dispuesta a invadir el planeta y apoderarse de sus recursos. La invasión separa familias, destruye ciudades y obliga a antiguos amores a reencontrarse.
En medio del caos, Kara y Lena se ven obligadas a huir juntas para proteger a sus hijas. Mientras luchan por sobrevivir, Kara demuestra que nunca dejó de amar a Lena y que su mayor error fue haberla perdido. Lena, aunque aún herida, debe decidir si puede volver a confiar en la mujer que una vez fue su hogar.

Chapter 1: Rutina matutina en nacional city

Chapter Text

Capítulo 1 – Rutina matutina en National City

El sol de National City entraba con timidez por las grandes ventanas del apartamento de Lena Luthor. Era temprano, demasiado temprano para cualquiera que no fuera madre de gemelas, pensó mientras se levantaba con el cansancio todavía pegado a los hombros. La ciudad comenzaba a despertarse, el ruido lejano del tráfico era un murmullo constante que acompañaba su ritual diario.

Lena se dirigió a la cocina, con la bata aún abierta, y observó a sus niñas, Eliza y Lory, que ya estaban armando una torre de bloques en el piso del salón. Sus risas eran contagiosas y, por un instante, Lena se permitió dejar de lado el estrés de los casos legales, las llamadas pendientes y los contratos que requerían su atención inmediata.
—¡Mami, mira! —gritó Eliza, levantando orgullosa una torre inclinada que amenazaba con caerse.
Lena sonrió, acercándose a ellas y colocando suavemente una mano sobre la torre para que no se derrumbara.
—Es preciosa, cariño. Pero creo que necesita un poquito más de equilibrio, ¿no creen? —dijo, jugando con sus palabras y levantando una ceja, tratando de imitar el humor que tanto le había gustado de Kara en los años universitarios.
Porque, aunque hacía tiempo que ese mundo parecía lejano, Lena no podía evitar que los recuerdos de Kara se filtraran en cada rincón de su vida cotidiana. La primera vez que la vio en aquel evento de ciencias de la universidad aún estaba viva en su memoria: la forma en que la risa de Kara llenaba la sala, cómo su entusiasmo parecía iluminar cada esquina, y cómo Lena, tímida y recatada, se había quedado mirando, completamente hechizada. Era ridículo pensar que alguien pudiera recordar esos detalles con tanta nitidez años después, y sin embargo, ahí estaba, fresca como si el tiempo no hubiera pasado.

Sacudió la cabeza, tratando de concentrarse en el presente, en las pequeñas crisis de su hogar que no eran menos importantes que los juicios que llevaba en su bufete. Tenía que preparar desayuno, asegurarse de que las niñas comieran algo nutritivo antes de ir a la niñera, revisar los correos del bufete, y planear cada segundo de su jornada. La eficiencia había sido su escudo durante mucho tiempo, especialmente desde que todo lo que tenía que ver con Kara se había convertido en un recordatorio de pérdida.

Mientras cocinaba los huevos y preparaba el jugo de naranja, Lena no pudo evitar recordar aquel día de su boda. La sensación de vértigo mezclada con felicidad, la sonrisa de Kara al deslizarse entre los invitados, cómo sus manos temblaban apenas al sostener las de ella, prometiendo un futuro juntas, y cómo había creído, con toda su alma, que nada podría separarlas. Ese recuerdo le provocó un extraño dolor, tan real como si aún estuviera en la habitación del apartamento, mirando cómo la luz de la mañana iluminaba el rostro de Kara mientras decía sus votos.
Sacudió de nuevo la cabeza, esta vez con más fuerza. “No es momento de nostalgia”, pensó para sí misma. Las niñas necesitaban que ella estuviera presente aquí y ahora, no perdida en un pasado que le había enseñado lecciones dolorosas sobre el amor y la traición.
—¡Mami, mami! —Eliza volvió a gritar, señalando un bloque que Lory estaba a punto de derribar.
—¡Cuidado! —dijo Lena, corriendo hacia ellas y atrapando el bloque a tiempo. —Si esto se cae, tendremos que reconstruir todo otra vez, y no quiero verte llorar, Lory.
Se agachó y las abrazó a ambas al mismo tiempo, sintiendo el calor de sus pequeños cuerpos, el aroma a jabón y cereales derramados, y la sensación de que, a pesar de todo lo demás, esa era la verdadera prioridad. Y aun así, mientras las miraba, no pudo evitar pensar en Kara, en el brillo que había tenido en los ojos de su ex esposa la primera vez que la miró de verdad, y cómo, incluso después de todo, esa chispa seguía siendo imposible de ignorar.

Finalmente, Lena se incorporó, respiró hondo, y decidió que hoy sería un día de acción y no de recuerdos. Tenía que mantener todo bajo control: las niñas, el trabajo, y su propio corazón. Al fin y al cabo, aunque la vida le hubiera dado golpes duros, también le había enseñado que podía manejar casi cualquier cosa, siempre que mantuviera la cabeza fría y los pies en la tierra.
Con eso, Lena terminó de preparar los desayunos, los colocó en la mesa y llamó a las niñas:
—¡Hora de comer, chicas!
Mientras las gemelas corrían hacia la mesa, Lena echó un vistazo por la ventana, al cielo despejado de la ciudad, y sintió, sin saber por qué, un extraño escalofrío recorrerle la espalda. Pero no había tiempo para preocuparse por eso ahora. No mientras su mundo, por pequeño que fuera, dependía de ella.

Lena se movía por el apartamento con la precisión de alguien que había aprendido a optimizar cada segundo de su vida. Sacaba ropa para las niñas, revisaba la mochila de la niñera y se aseguraba de que todos los documentos importantes estuvieran al alcance de su bolso. Cada gesto estaba calculado, cada movimiento medido. Ser madre soltera no era tarea fácil, y ella había aprendido a no dejar cabos sueltos.

Eliza, con su cabello enredado en dos coletas temblorosas, estaba pintando con crayones en el suelo. Lory, por su parte, intentaba equilibrar una torreta de bloques que ya amenazaba con caerse. Lena suspiró y sonrió, dejando a un lado el bolígrafo que había usado para revisar los correos del bufete.
—Chicas, es hora de ponerse los zapatos —dijo, con una paciencia que a veces se agotaba más rápido de lo que ella misma podía controlar.

Mientras ayudaba a las gemelas a calzarse, un recuerdo emergió de forma involuntaria: la primera vez que sostuvo a Eliza en brazos. Kara, agotada pero radiante, la miraba con ojos llenos de amor y temor. La sensación de sostener una vida que era parte de ambas la había hecho llorar de manera incontrolable, y Lena había prometido, en ese instante, que nunca permitiría que nada ni nadie rompiera esa familia. Aunque, irónicamente, un par de años después, ese mismo juramento se había roto de otra forma: Kara se había marchado, dejándola con el corazón hecho trizas y dos pequeñas que no entendían del todo la complejidad de los adultos.
Sacudió la cabeza, intentando poner de nuevo el presente en primer plano. Era tiempo de concentrarse en la logística: la niñera llegaría en cualquier momento y necesitaba asegurarse de que todo estuviera listo para el día.

Tomó las mochilas, revisó que los juguetes favoritos de las niñas estuvieran incluidos, y se dirigió hacia la puerta. Mientras colocaba a Lory en el asiento del coche, la voz de Eliza resonó en el pasillo:
—Mami, ¿puedes leerme un cuento cuando lleguemos?
—Claro, cariño. Prometido —respondió Lena, ajustando el cinturón de seguridad de la pequeña.
Con todo listo, Lena encendió la radio del coche para escuchar las noticias mientras salía del edificio.
Al principio, todo parecía normal: tráfico, bocinas, murmullos de la ciudad despertando. Pero luego, una noticia llamó su atención: un meteorito, Atlas, se dirigía hacia la Tierra y era visible desde la ciudad. La reportera sonreía con entusiasmo, como si se tratara de un espectáculo natural, pero Lena sintió un escalofrío inexplicable. Algo en la forma en que hablaba, en la manera en que mencionaba la velocidad y el tamaño, la hizo fruncir el ceño.
“Es solo otro titular sensacionalista”, pensó, intentando calmarse. Pero su instinto, entrenado por años de lidiar con casos de crisis y emergencias, le decía que no podía ignorarlo.

Mientras conducía hacia la niñera, Lena recordó otro instante de su pasado con Kara: la mudanza a su primer apartamento después del nacimiento de las gemelas. Cada detalle de ese día estaba grabado en su memoria: los muebles desarmados, las cajas apiladas, Kara intentando armar una cuna mientras Lena sostenía a Eliza, que lloraba sin razón aparente. Era un recuerdo lleno de caos, pero también de amor y complicidad. Y ahora, ese mismo caos parecía acecharla desde el cielo, como si el universo decidiera jugar con ella una vez más.

Al llegar al edificio de la niñera, Lena estacionó y corrió hacia la puerta, respirando hondo. Las gemelas salieron del coche con entusiasmo, ignorando completamente la extraña sensación que su madre no podía dejar de sentir. La niñera las recibió con una sonrisa, y Lena aprovechó para repasar mentalmente cada instrucción: horarios, comida, actividades, todo cuidadosamente planeado.
—Todo listo —dijo Lena finalmente, con un intento de sonrisa. Pero mientras se despedía de las niñas con un beso en cada frente, no pudo evitar mirar hacia el cielo una vez más. Las nubes, que hasta hacía un momento habían sido suaves y blancas, ahora parecían moverse con un ritmo extraño, como anticipando algo grande, inminente, y totalmente fuera de su control.
Un escalofrío recorrió su espalda, pero Lena se obligó a respirar profundo. Tenía que mantener la calma. Por sus hijas, por sí misma, y porque instintos como ese rara vez fallaban.

mientras cerraba la puerta del edificio, un recuerdo más se filtró entre sus pensamientos: la última vez que vio a Kara antes del divorcio, la tristeza en sus ojos, la sensación de abandono y la mezcla de amor y dolor que nunca se había ido del todo. Ese recuerdo la hizo apretar los labios y mirar al cielo con determinación. Nada ni nadie la detendría de proteger a sus hijas, sin importar lo que viniera.