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Capítulo 1: Un día cualquiera
Me desperté porque un rayo de sol se coló por la rendija de la cortina y me pegó directo en los ojos. Parpadeé varias veces, todavía medio perdida entre el sueño y la realidad. El reloj de la mesita marcaba las 6:47. Justo a tiempo, como siempre. Mi cuerpo parecía tener un reloj interno que nunca fallaba, aunque a veces desearía que me dejara dormir cinco minutos más.
Me estiré bajo las sábanas, sintiendo el calorcito que había acumulado durante la noche. El aire olía un poco a lavanda de la tela suavizante que usa papá. Bajé las escaleras descalza, con el pijama de ositos que ya me queda un poco chico, frotándome los ojos con el dorso de la mano.
En la cocina, papá estaba de espaldas, removiendo algo en la estufa. El olor a café recién hecho y a tostadas llenaba todo el lugar. Touya ya estaba sentado a la mesa, con el cabello hecho un desastre y la cara de quien no ha dormido lo suficiente. Miraba su celular con esa expresión de "el mundo me debe algo".
—Buenos días, kaijuu —dijo sin levantar la vista.
—No soy un monstruo —respondí por enésima vez, aunque ya era casi un saludo cariñoso. Saqué dos rebanadas de pan de la bolsa y las metí en la tostadora. Mientras esperaba, miré por la ventana: el jardín estaba tranquilo, las flores de mamá aún floreciendo aunque ella ya no estuviera.
Touya soltó una risita seca. —Hoy te ves especialmente monstruosa. ¿Soñaste que tus cartas se rebelaban contra ti o qué?
Puse los ojos en blanco y unté mermelada de fresa en el pan tostado. —No sueño con cartas. Sueño con helado gigante y con no tener que hacer tarea nunca más.
Papá se giró desde la estufa con una sonrisa cansada. —Sakura, no olvides que hoy tienes que lavar la ropa cuando regreses. También barrer el piso de abajo y preparar algo de cena. Tu hermano y yo llegaremos tarde otra vez.
—Está bien, papá —dije, mordiendo el pan. El dulzor de la mermelada me hizo sonreír un poco.
Touya me miró de reojo. —Y no dejes que el monstruo amarillo se coma todo el azúcar. La última vez dejó la despensa como zona de desastre.
—Kero no es un monstruo —protesté, pero me reí bajito. Era nuestra rutina matutina, y de alguna forma me reconfortaba.
Después del desayuno subí corriendo a mi habitación. Kero estaba hecho una bolita encima de la almohada, roncando como si fuera un osito de verdad. Le di un golpecito suave en la cabeza.
—Despierta, glotón. Te traje tus caramelos de limón favoritos.
Abrió un ojo amarillo, luego el otro, y se estiró con un bostezo enorme que mostraba todos sus dientitos. —¿De limón? ¡Dámelos ya, Sakura! ¡Estoy muriendo de hambre!
Le puse la bolsita en las patitas. Mientras los devoraba haciendo ruiditos de felicidad, me cambié rápido: falda plisada azul marino, blusa blanca impecable, moñito rojo en el cabello. Me peiné frente al espejo, me puse un poco de crema en las mejillas porque el viento de la mañana me las dejaba secas, y bajé de nuevo.
—Adiós, papá. Adiós, Touya.
—Cuídate mucho, Sakura —dijo papá desde la cocina. —No hagas nada estúpido —agregó mi hermano, sin despegar la vista del celular.
Caminé hacia la escuela con el sol calentándome la espalda y el aire fresco oliendo a flores silvestres y pan recién horneado de la panadería de la esquina. Los pájaros cantaban en los árboles, y todo parecía tan… normal. Demasiado perfecto, quizás.
En la entrada del colegio vi a Chiharu y Rika charlando animadamente cerca de los casilleros. Corrí hacia ellas.
—¡Sakura-chan! —gritó Chiharu, abrazándome fuerte—. ¿Viste el último episodio de la serie anoche? ¡El beso fue épico!
—Sí, pero me quedé dormida justo antes del final —admití riendo—. Tendré que verlo hoy.
Tomoyo apareció de repente a mi lado, con su cámara ya lista en las manos y esa sonrisa enorme que siempre tiene. —Sakura-chan, hoy estás radiante. El sol te hace brillar. ¿Puedo grabarte un poquito mientras caminamos al salón?
—Tomoyo… siempre con la cámara —suspiré, pero posé un segundo con una sonrisa tímida y las manos juntas frente al pecho.
Las clases pasaron en una rutina cómoda: matemáticas con ecuaciones que me hicieron fruncir el ceño, literatura donde leímos un poema sobre la primavera, y educación física donde jugamos voleibol (perdimos por poco, pero nos reímos mucho). En el recreo nos sentamos bajo el árbol grande del patio a comer pan con leche. Yamazaki empezó a contar una de sus historias locas sobre un yeti que vivía en las montañas cercanas, y todos nos reímos hasta que nos dolió la panza.
Pero en un momento, mientras miraba hacia el cielo azul, vi algo extraño: un parpadeo negro en el borde de una nube blanca, como si alguien hubiera pasado una sombra rápida. Parpadeé fuerte varias veces y desapareció. Sacudí la cabeza. Seguro fue un pájaro o el reflejo del sol.
Más tarde, en clase de ciencias, el reloj de pared pareció… temblar. No mucho, solo un instante, como si el tiempo hubiera dado un pequeño salto. Miré alrededor: nadie más lo notó. Me froté los ojos con fuerza. Tal vez necesitaba dormir más. O tal vez estaba imaginando cosas por el cansancio.
Cuando sonó la campana final, Tomoyo me tomó del brazo con entusiasmo. —Vamos al centro comercial, Sakura-chan. ¡Necesitas ropa nueva para la primavera! No acepto un no.
No pude resistirme. Caminamos juntas, charlando de todo: de la tarea, de la serie que veíamos, de los sueños que teníamos para el verano. En la tienda de vestidos, Tomoyo vio cinco modelos que le encantaron al instante: uno rosa con volantes suaves, otro azul cielo como el mar, uno blanco con encaje delicado, uno verde menta fresco y uno negro elegante con detalles plateados sutiles.
—¡Pruébatelos todos! —me dijo, con los ojos brillando—. ¡Voy a grabarte para mi colección!
Me metí al probador riendo nerviosa. Salí con cada vestido, girando despacio para la cámara. Tomoyo aplaudía y hacía comentarios emocionados cada vez.
—Sakura-chan, te ves como una princesa de cuento en cada uno. ¡El rosa resalta tus mejillas! El negro te da un aire misterioso… ¡Te los compro todos! Cinco vestidos para mi Sakura favorita.
—No, Tomoyo, son muy caros… no puedo aceptar…
—Shhh. Es mi regalo. No hay discusión —dijo, ya yendo a la caja con una sonrisa decidida.
Terminamos sentadas en una banca de la plaza con helados. Yo pedí de fresa con trocitos reales, ella de vainilla clásica. El sol calentaba suave, y la gente pasaba riendo y hablando.
Pero entonces volví a sentirlo. Una sombra larga cruzó el piso justo frente a nosotras, alargada y oscura, aunque no había nadie que la proyectara. Levanté la vista: cielo despejado. El helado se me quedó congelado en la mano.
—Tomoyo… ¿viste esa sombra?
—¿Qué sombra? —preguntó, lamiendo su cono con calma.
—Nada… creo que estoy viendo cosas raras hoy.
Ella me miró preocupada, con esa dulzura suya. —Últimamente te distraes mucho, Sakura-chan. ¿Quieres usar las cartas? Como tarot, para ver qué significa.
Asentí despacio. Saqué mi mazo de cartas Sakura de la mochila (siempre las llevo, por si acaso). Barajé con cuidado, sintiendo el cartón suave en los dedos, y saqué tres al azar.
La primera: La Sombra —una silueta negra con ojos rojos que parecían mirarme. La segunda: La Lluvia —gotas cayendo como lágrimas infinitas. La tercera: El Tiempo —un reloj antiguo con la arena cayendo hacia arriba.
Tomoyo leyó las descripciones en voz baja, casi susurrando. —Juntas… hablan de un cambio que viene pronto. Muy pronto. Una inmensa lluvia va a cubrir ese cambio… y una sombra aparecerá justo frente a ti.
Se me erizó la piel de los brazos. —¿Qué significa eso exactamente?
—No lo sé… pero suena importante. Anótalo y pregúntale a Kero mañana. Él siempre sabe más.
Saqué mi libretita rosa y escribí las palabras con letra temblorosa: "Cambio pronto. Lluvia inmensa. Sombra frente a mí". Guardé las cartas con cuidado.
Nos despedimos en la esquina. Tomoyo me abrazó fuerte, como si no quisiera soltarme. —Cuídate mucho, Sakura-chan. Llámame si pasa algo raro, ¿sí?
Caminé hacia el parque donde había quedado con Rika. Llegué un poquito tarde, pero ella ya estaba ahí sentada en el césped, con su libreta y la cámara lista.
—Hola, Sakura. Pensé que te habías olvidado del proyecto.
—No, perdón. Estaba con Tomoyo comprando… cosas.
Nos pusimos manos a la obra. El proyecto era observar la vida cotidiana en el parque cercano a mi casa: niños jugando en los columpios, señoras paseando perros pequeños, un anciano alimentando palomas con migajas de pan, parejas caminando de la mano. Tomamos muchas fotos, pedimos permiso a la gente con sonrisas tímidas. Rika escribía descripciones detalladas, yo hacía bocetos rápidos de las escenas que más me gustaban.
El sol empezó a bajar despacio. Eran casi las cuatro cuando terminamos de anotar todo.
—Listo —dijo Rika, guardando la cámara—. Mañana imprimimos las fotos y armamos el collage en cartulinas grandes. Va a quedar genial.
—Perfecto. Nos vemos mañana.
Me puse los patines para volver a casa… y entonces descubrí que la rueda delantera derecha estaba rota. No giraba en absoluto. Suspiré hondo. Tendría que caminar.
El trayecto me tomó treinta y cinco minutos largos. Llegué sudada, con las piernas pesadas y el uniforme un poco arrugado. Abrí la puerta: la casa estaba en silencio. Papá y Touya no habían llegado.
En el pizarrón de la cocina, la letra clara de papá: "Sakura, recuerda lavar la ropa, trapear el piso y preparar algo de cena. Llegamos tarde. Te quiero. Papá."
Subí a mi habitación arrastrando los pies. Kero seguía dormido en la cama, abrazado a mi almohada. Lo desperté con suavidad.
—Kero… ya llegué.
Abrió los ojos y bostezó. —¿Trajiste dulces? ¿Más de limón?
Le di los que me sobraron. Mientras los comía feliz, saqué la libretita y le mostré lo escrito.
—Mira. Saqué estas cartas con Tomoyo. ¿Qué significan?
Kero leyó despacio, frunciendo su cejita. —Sombra… Lluvia… Tiempo. Hmm. No siento ninguna energía rara alrededor. Tal vez sea solo una predicción casual. O quizás Yue sepa más de interpretaciones. Pero déjalo para mañana, está oscureciendo y tienes que empezar el aseo.
Suspiré, agotada. —Tienes razón. Estoy muerta.
Empecé por la ropa: separé blancos y colores con cuidado, metí todo en la lavadora y puse el jabón que huele a flores. Luego trapeé el piso de abajo, el olor a limón del limpiador llenando la casa. Subí a preparar cena: arroz blanco esponjoso, huevo revuelto con cebollín, sopa miso calentita. Lo dejé todo tapado en la mesa para que papá y Touya solo tuvieran que calentar.
Cuando terminé, eran casi las siete y media. Me tiré en la cama con un gemido. El cuerpo me pesaba como si llevara piedras.
—Kero… me siento muy extraña hoy.
Él flotó hasta mi lado. —¿Extraña cómo? ¿Te duele algo?
—No sé explicarlo. Como si fuera a desmayarme en cualquier momento. Y todo el día vi cosas raras… sombras que aparecen y desaparecen, números que parpadean en el aire por un segundo, el tiempo que parece saltarse. Y las cartas… me dan un poco de miedo.
Kero se quedó callado un momento, pensando. —Quizá solo estás muy cansada. Has tenido un día largo. Duerme, Sakura. Mañana hablamos con Yue y vemos si hay algo más.
Asentí despacio. Me puse el pijama suave, me lavé los dientes con pasta de menta, y me metí bajo las sábanas. Kero se acurrucó a mi lado, calentito como siempre.
Apagué la luz.
Miré por la ventana antes de cerrar los ojos. El cielo estaba completamente negro. No había ni una estrella. Solo una oscuridad espesa, como si alguien hubiera cubierto el mundo con una manta pesada.
Me tembló la mano debajo de la sábana.
"Va a llover pronto", pensé. "Y algo va a cambiar."
Cerré los ojos, exhausta. El sueño llegó rápido, pero no fue tranquilo. En algún lugar muy dentro de mí, algo oscuro se removió despacio, como si esperara pacientemente su turno.
Y entonces, el tiempo se dobló.
[Narración del Mago Zero – El Observador Eterno]
En el umbral crepuscular donde la luz se rinde al abismo, Tomoeda yace envuelta en un sudario de quietud agonizante. Son las seis de la tarde del día siguiente, hora en que los mortales aún se aferran a la frágil ilusión de que el día perdura, ignorantes de que el tiempo no es un río, sino un verdugo paciente que espera su turno para degollar.
El cielo, antaño azul y despreocupado, se ha tornado un lienzo de ceniza violácea, como si la bóveda celeste hubiera sido manchada por la tinta de un dios melancólico. El viento ya no acaricia; murmura lamentos antiguos, arrastrando consigo el aroma metálico de la fatalidad inminente. Las sombras, que durante el día se contentaban con ser meros ecos de los objetos, ahora respiran. Se estiran. Se alzan.
Desde la silueta gótica de la gran torre que hiere el horizonte de Tokio, una figura emerge como un espectro tallado en obsidiana y disciplina. No rostro visible, solo la capucha que devora la luz, y el atuendo militar que parece tejido de noches sin luna y órdenes irrevocables. Extiende una mano enguantada —no en gesto de furia, sino en gesto de liturgia—. Un solo movimiento, preciso como el tictac de un reloj que cuenta hacia atrás, y el velo se agrieta.
De las grietas del mundo brotan entonces las sombras menores: siluetas humanas envueltas en capas raídas, rostros ocultos bajo máscaras de cuervo, ojos que brillan con un fulgor prestado. No son demonios antiguos ni bestias primordiales; son hombres que alguna vez fueron luz, ahora reducidos a vectores de entropía. Su poder es humilde, pero suficiente. Juntos entonan un cántico sin palabras, un hechizo que no destruye con fuego ni con trueno, sino que envuelve. Un manto etéreo desciende sobre la ciudad como niebla negra, sellando sus calles, ahogando sus sonidos, separándola del resto del cosmos como quien cierra la tapa de un ataúd.
Y entonces comienza el desgarro.
No con estruendo de batallas épicas, sino con la delicadeza cruel de lo inevitable: un grito que se corta a mitad, una ventana que estalla en silencio, un cuerpo que cae sin ruido, como hoja marchita. Las sombras avanzan con paso metódico, tocando vidas con dedos helados, convirtiendo la cotidianidad en un tapiz de ausencias. Edificios gimen como organismos heridos; calles se vacían de risas y se llenan de ecos huecos. Es la masacre como filosofía aplicada: la demostración de que toda existencia es provisional, de que la luz solo existe para proyectar una oscuridad más profunda, de que el equilibrio del universo se sostiene sobre el sacrificio perpetuo de lo inocente.
Yo observo.
Desde la penumbra eterna, inmóvil, eterno testigo de ciclos que se repiten desde antes de que el primer sol naciera. Esta niña de ojos aún limpios, que duerme en su cama ignorante del abismo que se abre bajo su existencia, pronto aprenderá que el destino no pide permiso. El cambio no llega como tormenta; llega como la certeza de que toda aurora termina en noche.
El plazo se inicia. La rueda gira. Y en el silencio que precede al llanto universal, el universo susurra su verdad más antigua: nada escapa a la sombra que lleva dentro.
[Regreso a Sakura – Narración en primera persona]
De repente, un estruendo lejano me arrancó del sueño. Abrí los ojos de golpe. La habitación estaba oscura, pero no como la noche normal. Era una oscuridad viva, que se movía en las esquinas como si respirara. Gritos. Muchos gritos. Lejanos al principio, luego más cerca, como si la ciudad entera estuviera llorando al mismo tiempo.
Me senté en la cama tan rápido que me mareé. El corazón me latía en la garganta, fuerte y descontrolado. Kero ya estaba despierto, flotando frente a la ventana con los ojos muy abiertos y el pelaje erizado.
—Sakura… algo está mal. Muy mal —susurró, pero su voz temblaba.
Corrí a la ventana, tropezando con la alfombra. Miré afuera.
Tomoeda ardía. No con fuego común. Con sombras que devoraban la luz. Calles enteras se habían convertido en ríos de negro, y en el cielo una lluvia espesa y oscura empezaba a caer, como lágrimas de tinta. Edificios crujían. Gente corría. Y en medio de todo, formas con máscaras de cuervo se movían como fantasmas, tocando todo lo que encontraban.
Me quedé congelada, con la mano en el vidrio frío. No podía respirar. No podía pensar. Solo sentía que algo dentro de mí se rompía, como si el mundo que conocía hubiera dejado de existir en un parpadeo.
Y entonces, en la distancia, vi una silueta alta en una torre lejana. Una figura con capucha. Mirándome directamente.
