Work Text:
Cuando sos futbolista, hay cosas que tenés que dejar en el escritorio. Desde inferiores te das cuenta que hay cosas que no podés hacer, porque son raras. Vos ves que tus compañeros no las hacen, los de primera menos. Los entrenadores se enojan.
Y vos... sos futbolista. Entonces ya no te preguntás qué más sos.
Me alcanzó al principio. Jugar en el club que soy hincha y que me den una patada a Italia. Al menos no volví pidiéndoles laburo. No soy malo, tampoco doy ojo por ojo. Yo me fui, jugué y demostré que soy futbolista y uno bueno. En Italia no me fue mal, así, como quien dice. Me llamaron a la selección y los chicos me querían.
Yo soy futbolista.
Salí con chicas. Las quise desde que las encontraba en luces de colores y música de moda a todo volumen. En medio de ese ambiente fiestero, se me sueltan los dedos de su atado y, con un par de gotas de alcohol ardiendo en el esófago, ya tenía ganas de saludarlas a todas con un beso en la boca. Un par de tonterías al oído y ya me agarraban del brazo.
Italianas. Argentinas.
Rubias de ojos azules. Morochitas con rulos.
No era raro. Era lo que hacían mis compañeros y lo que los entrenadores decían "bueno, pero no te desconcentres".
Y yo iba porque los ojos de las chicas tenían un filo en el borde, algo que me hacía poner tarado. Cabeza de costado.
Ellas se reían conmigo. Yo me hacía el que las burlaba, buscando el golpecito en el pecho y un "qué tarado que sos, Cristian".
No era raro. Yo soy futbolista.
¿Qué más me iba a preguntar yo?
—¿A la Premier? —Fue mi voz algo más aguda de lo que pensaba. Eché una risa confundida, incrédula. —Ciro, no me mientas.
—¿Por qué te mentiría, fratello? —Ciro se me reía. Esa voz italiana le impregnaba hasta la carcajada. —Se contactaron conmigo. De verdad te quieren ahí. Tienen una oferta a Juventus que es una locura.
—¿Quién?
—¡Los del Tottenham! —Ciro me apunta con la mano abierta, como si la información ya la tenía antes. Se me vuelve a reír, capaz por mi cara de sorprendido. —Cuti, dime que sí. Te vas a Tottenham mañana mismo.
Un futbolista como yo con veintitrés años no se preguntó muchas cosas en la vida. Sólo respondía. Dije que sí. Obvio que iba a decir que sí. Jamás respondí un sí tan firme.
Creo que es la última respuesta que iba a dar así.
Tottenham Hotspur Football Club.
Me acuerdo que el escudo del gallo azul me puso la piel de gallina. Yo digo que es un enamoramiento, de esos que uno tiene en los bares cuando ves el perfil de una chica y el filo en los ojos. Se te da vuelta el cuerpo, aprieta el pecho. Las pupilas se fijan ahí, justo ahí. Las ví en mi reflejo cuando me probé la ropa de entrenamiento. Fijas sobre mi pecho, en el escudo.
Casi le digo "te amo", pero yo juraba que no se puede amar a alguien con sólo verlo una vez. Amar es lento, es cuando estás en el colchón todo transpirado y te cruzás con sus ojos, que aunque filosos, se ponen suaves en el centro. Le tocás la cara y le decís ahí, sin quererlo, que la amás.
Es que yo no me preguntaba nada.
Hasta que te vi a vos.
Vos también sos futbolista. Yo te había visto antes. Jugaste en Leverkusen y el color rojo con negro te hacía ver jovencito. Ahora sos de color blanco, hecho para la tela de Tottenham. Me viste llegar al comedor y levantaste la mano, sacudiéndola a los costados como si tiraras brillitos en el piso. Te saludé con una sonrisa tarada. Medio de metido me acerqué a tu mesa donde comías con tus amigos.
Y el cuerpo se me dió vuelta.
Era raro porque el sol de mediodía entraba por la ventana. Vos estabas vestido igual que yo, con el buzo puesto hasta cubrirte la mitad de la mano. Sostenías tu cabeza, con la palma en el mentón y los dedos en el cachete. Uñas redondas, cortas. Me miraste con tu sonrisa simpática y ojos filosos, como quien pasa una navaja con tinta en el lienzo. Tinta oriental.
—Cristian ¿verdad? —pronunciaste mi nombre. Me apuntaste con su mano medio tapada por la manga del buzo. —Los chicos te vieron en la Serie A.
—Cuti —te corregí, cruzando mis brazos contra el pecho como si pudiera tapar el latido tonto que se me escapaba. Tenía miedo que se me marque en la piel. —Me dicen así.
Tus amigos también me miraban, pero tus ojos de mediodía eran como pasar el dedo sobre el filo del cuchillo. Y por Dios, ahí supe que me gustaba sangrar.
Pero no me preguntaba yo esas cosas.
Soy futbolista.
—¿Y tú eres Heungmin Son, verdad? —Pronuncié tu nombre como quien se le enrieda la lengua. Te apunté. Me reí.
—Sonny —me corregiste. Tu cabeza cayó de costado cuando apoyaste el codo sobre la mesa y la cara contra la tela de tu antebrazo. —Me dicen así.
Cuando me sonreiste con cara de cansado, estirándote con pereza sobre tus antebrazos, sentí lo que se siente en el colchón transpirado. Te juro que fue así. Justo ahí.
Sí, hace tanto tiempo.
No sé bien cómo empezaste a meterte en mis pasos. Estabas en cada uno de ellos, agarrándome del brazo. Tus dedos blancos combinaban lindo con el color morocho de mi piel, de mis tatuajes. Yo los miraba, después te miraba a vos. Tenías la sonrisa hecha de sol. Eras un mediodía londinense, veraniego, que me juntaba con los demás a los tirones.
Te abrazaba por los hombros. Íbamos pegados hasta tus amigos, míos también.
Se te reían, a mí también. Nos mirábamos con cansancio risueño, tus ojos de estrellas eran lo que necesitaba tu sonrisa de sol. Yo no me pregunté nada pero la respuesta siempre iba ser sí, es lindo. Desde tu cara de brillo dorado hasta tu cintura, la que me entraba en la palma de la mano y parte del antebrazo.
De compañeros a amigos. Vos hacés fácil eso. Juré que nos conocíamos desde hace años, como si fuéramos amigos de una infancia donde no existe la distancia ni los idiomas. Hace rato que no pisaba Argentina, pero hombro a hombro con vos, estaba en casa.
Era irónico, porque verte a los ojos tenía que ser extranjero. El filo de tus ojos finos no eran comunes en mi tierra, tampoco lo pálido de tus cachetes o tus dedos sobre mi muñeca. A veces tus labios rosados pronunciaban las palabras que te enseñan con un tonito tan lejano a mi casa que deberías haberlo dejado de intentar.
—Concha de tu madre —repetiste, patinando en la r. Tu boca se abultó cuando me viste reír, pero te vi que casi lo hacías conmigo. —¿Qué significa eso?
Yo me reí. Los chicos latinos en la mesa, también. Sergio se tapó la cara, Emerson me miró como si me regañara mientras se reía y Rodrigo te levantó el pulgar. Vos mirabas a todos, buscando una respuesta.
—Es una mala palabra. —Le quise quitar importancia revoleando la mano. No me estaba riendo de vos. Yo no me río de vos. Sorbí la sopa. —No te asustes, Sonny.
Con esa mirada de ternura, me levantaste las cejas. Los ojos filosos tuyos no son exactamente hechos para ser tiernos. Capaz soy el único que se dió cuenta.
Sonrisa de sol. Ojos filosos.
Sobre los aires llenas de ojos de compañeros, los encontraba. Unas veces encima mío, las otras fingiendo que no. Nos separaba algunos metros pero todavía nos veíamos, más chiquitos, más borrosos.
Ahí estábamos lejos también, pero todavía nos veíamos.
Y vos sí te preguntabas más cosas que yo. En voz alta. Para que yo escuche.
—No hay gays en el fútbol. —Yo hablaba para que me escuchen los que estaban hombro a hombro conmigo. Revoleé la mano, sin pensarlo mucho.
—¿Qué, Cuti?
Tu voz atravesaba cualquier ruido. Yo levanté la mirada, encontrandote mirándome en el asiento paralelo del micro. Tenías las cejas levantadas. Filosas. Esperabas que te dijera algo.
—Nada —contesté, restando importancia. Me reí. —Le decía a los chicos que no hay gays en el fútbol.
Emerson y Sergio se miraron como si hundí el pie en el barro. No me dijeron nada, sólo te miraron a vos. Te veías con una sonrisa infernal, quieta, que se sostenía sola. Sentía que me mirabas desde un trono pero estábamos hombro a hombro.
—Es raro —me defendí una vez más —. El fútbol es muy de hombres de familia.
—Hay futbolistas gays, Cristian —me llamaste por mi nombre, riéndote de mí. Ladeaste la cabeza. —Mucho más cerca de lo que crees.
—Como en cualquier lado —agregó Emerson, levantando los hombros. —Tú no los conoces, Cuti. Es todo.
—Pero no creo —continué. Siempre dijiste que soy un terco. Me rasqué la nuca. —Es como raro que haya. No creo que sean muy de renombre.
—¿Yo soy de renombre? —preguntaste.
—Sí —dije enseguida.
—Ahí está.
Yo me acuerdo que era bastante pelotudo. Te quedé mirando porque mi cabeza quedó en blanco, sin entender nada. Arrugué la piel que está en medio de las cejas como si pudiera tatuarme un signo de pregunta ahí. Miré a Emerson, después a Sergio, quienes me hacían los ojos de lo obvio.
Vos volviste a tu mundo en tu asiento de pasillo. Auriculares. Íbamos a ir al aeropuerto todos juntos para empezar la pretemporada. Yo miré al frente también, confundido. Teníamos una mesita para compartir lugar con otros dos jugadores más que todavía estaban cargando agua caliente para el mate.
No caí.
Recién en el avión recosté la nuca en el asiento, cerré los ojos y puse las manos entrelazadas en el estómago. Traté de dormirme porque teníamos más de trece horas de viaje hasta Corea del Sur, tu país. País homófobo por excelencia.
Ah.
¡Ah!
Abrí los ojos. Miré el techo del avión a oscuras. Sonreí aliviado, quizá porque fue la primera vez que me respondí una pregunta solo. Claro. Ahí me di cuenta que vos sos de los que son raros.
Te gustan los hombres.
Cuando cerré los ojos otra vez, pensé que tenía sentido. Estaba grabado en tu cintura la cantidad de manos toscas que te atraparon entre sus dedos. Hecha para eso. Para agarrarte con bronca y dejarte pegado a la pared, así como hacen los cazadores con sus presas. De tus labios rosados se puede sacar tu aliento como recuerdo en algún cajón, de un varón. Uno cualquiera que no sabe verte al mediodía, que no se ríe con vos, sino de vos.
Uno que no haga las cosas como yo.
Porque yo no hago nada raro. Yo juego al fútbol, voy a pretemporadas y me río con mis amigos. Hago esas cosas. No sabía bien si me gustaban porque yo no me hacía esas preguntas.
No sabía ni lo que quería. Tenía veinticuatro años sin preguntármelo.
Entonces te tenía en el sol coreano. Era igual a vos. Te transpiraste todo corriendo, hecho sopa para sorber. Yo ese día corrí la mirada a la hinchada coreana que gritaba tu nombre, a veces el mío. Me diste un par de sopapos en la nuca, molestándome para que te mire.
Yo te respondía los toques todos en la cintura. Te hacía doler pinchándote las costillas con el dedo, otras te sostenía con la palma y antebrazo. Vos siempre me sonreías o me revoleabas agua con tu botellita que vaciabas de un trago y un salpicón.
Cuando dejé caer un chorro de agua en tu nuca, te estremeciste. Tu espalda se achicó juntando los homoplatos y tus dedos apretaron en puños. Echaste un suspiro.
—¡Eres un idiota, Romero! —exclamaste, risueño, dándote media vuelta para buscarme.
Y yo me reí con vos.
Porque yo te hacía reír. Me mirabas con ojos achinados, casi cerraditos cuando te sacaba una sonrisa. Memoricé tus arrugas a los costados de ellos. Todavía me acuerdo.
Porque yo sí me reía con vos. No sé cuántos más hacían eso.
Sol coreano. Aunque vos eras dorado, él era rojo. Lo llevabas como tigre en el escudo de tu pecho, donde ibas al frente de toda tu selección. Capitán. Vos, Heungmin, sos la cara de Corea. El rojo con blanco te hacía ver más jovencito. Tus ojos filosos resaltaban de la máscara negra que cubrían como antifaz, protegiendo esa herida que te hiciste en la cara.
—¿Qué hacés mirando a Corea? —me preguntó Lisandro, mostrándome el puñito.
—Si pasan, pueden ser rivales nuestros.
Lisandro tenía la misma ropa que yo. Celeste cielo en los shorts, blanca la remera grande y con el escudo argentino con dos estrellas. Él me revoleó los ojos, enpjado. Pasó de largo cuando dije eso, arrastrando sus chanclas por la habitación.
—Si viene Nahuel —me dijo desde el marco de la puerta —, decile que se fije las medias esas que dejó tiradas.
Asentí sin sacarte los ojos de encima. Mis pies estaban sobre el colchón. El olor a palo santo envolvía el cuarto que compartía con los chicos, pero la tele era tuya.
El mundial de Qatar tenía un sol de arena, pero no de playa. Casi sentia que se venía el desierto encima cuando estaba haciendo los entrenamientos para los partidos. Escupí un par de veces los granitos que me quedaban en la boca de estar corriendo y llamando a mis compañeros de selección.
Después del debut con Arabia Saudita, Qatar me parecía un lugar de mala muerte.
—¿Pero estás mejor? ¿Seguro?
Tu voz al teléfono me hacía echar un suspiro. La ventana mostraba como la arena catarí quedaba del otro lado del hotel, sin tocarme. Apreté los labios porque el pecho me pegaba cachetazos, como si pidiera que le preguntara qué le pasa hoy.
Pero yo no me preguntaba cosas.
—Sí, Sonny —te contesté con el cachete pegado a la pantalla de mi celular —. No veas el partido. Creo que mañana voy a estar en el banco.
—Lo voy a ver igual.
—¿Entonces no lo ves por mí? —dije jugando con mi pie que iba de arriba a abajo. Apoyé mi hombro en el marco de la ventana. Ladeé la cabeza. —Ufa, yo pensé que sí. ¿Lo ves por Messi?
—Me gusta Argentina —contestaste, haciéndome la vocecita de lindo. —Pero los veo por ti. Lo sabes.
—Y porque nos podemos cruzar en Cuartos.
—Qué esperanza la que tienes, Cuti. —Tu risa rebotó en la línea.
También en mi pecho.
—Ya me quiero enfrentar a mi jugador favorito —dije, sin saber bien lo que dije. Me reí. —Al menos así podemos hablar sin llamadas.
—¿Te refieres a vernos?
—Sí.
—Cuando salgas campeón, podemos vernos en Londres.
—No, cállate —te pedí, retándote como a un nene —. Eso es mufa. No vamos a salir campeones.
—Supersticioso.
—Sí, por las dudas. —Eché un suspiro, sonriéndole a la pantalla del celular pegada a mi cachete. —Tendrías que subir a mi habitación. Huele a palo santo.
—¿Me estás invitando a tu habitación? —te burlaste de mí. Risita. —Oh, Cristian. Debo pensarlo.
—¡No, tarado! —Me hiciste reír. Negué con la cabeza. El corazón me latió hasta hacer temblar al estómago, caluroso. —O, bueno, sí. Yo sí tengo mi lado limpio, no como los chicos.
Y te hice reír otra vez aunque no te podía ver. No tenía las arrugas de tus ojos frente mío, pero sabía bien cómo se habían movido por tu rostro.
Ahí estábamos lejos también, pero todavía nos reíamos.
Me hiciste reír todo el mundial, incluso cuando no estabas animado. Te vi ir en octavos contra un Brasil burlón. Pero vos, siempre vos. Sos un loco. Jugaste como quien no sabe qué es morir.
Entonces nos llamábamos a la noche. Me iba al lobby del hotel para no molestar a mis compañeros de cuarto. Pasábamos horas charlando, riéndonos. Yo me sentaba en el sillón, a veces en los escalones de afuera en el patio.
Me hacías reír, incluso cuando no estábamos en llamada. Me acordaba de tus tonterías en los entrenamientos y me reía solo. Más de una vez me preguntaban qué me pasaba y yo sólo les contaba lo que decías, pero no se reían tanto.
Y me hiciste reír hasta en la final del mundo.
Creo que debería haberme dado cuenta. Nadie piensa en su compañero de club en una coronación, ni en la celebración. Tenía la copa dorada en los dedos, mi reflejo doblado en la esfera y me acordaba de vos diciendo que íbamos a salir campeones.
Tenías razón.
Soy campeón del mundo, un poquito por vos.
Y vos pensabas en mí. Me habías dejado un mensaje. En pedo, te contesté que me esperaras en Londres.
Porque en pedo es más fácil.
Se me corrían chorros de fernet por la comisura de los labios cuando tiraba la cabeza para atrás y dejaba que el líquido me haga arder el esófago. Hay poca luz, colores por todos lados. Mis compañeros bailan a las risas, invitando a sus esposas a la marcha.
Ya sabés que con alcohol encima, me desato.
Y siendo campeón del mundo, tendría que haberme ido de lleno a comerme al mundo. La más linda que se me cruce por el camino tenía que terminar entre mis dedos, compartiendo ardor en la garganta.
Pero me recosté en la barra, mareado, echando más gasolina a la boca. La música estaba en mis oídos cuando de reojo miré a la multitud. De repente, se hizo de mediodía. Te juro que te vi. Fue un flash. Tus ojos filosos y tu sonrisa de mediodía, te juro que estabas pasando mirándome sobre el hombro. En Qatar, te movias como arena en el viento.
Pero vos estabas en Londres.
Arrugué el entrecejo. Dejé el vaso. Te busqué por todos lados, confundido de haberte visto. Busqué entre los hombros, entre los brazos de algún chico que te cazó para reírse de vos. Alguna mano sobre tu cintura, esa que quedaba bien en la palma de mi mano. Pero no estabas. Porque si lo hicieras, estarías entre mis brazos.
Es exactamente donde te quería esa noche. Tus ojos pegados a los míos, mirándome desde abajo. Tu cintura envuelta en mis muñecas que se agarran entre ellas, como una cuerda. Me cortarias el cuello y yo amaría sangrar.
En pedo era más fácil pensarlo así.
Porque cuando tenía resaca, volviendo a Londres, no sabía bien en qué pensaba ni porqué te avisé. Te dije que llegaba a casa y te iba a buscar porque llamarte nunca era suficiente. Dijiste que sí.
Esa noche era lo que le seguía a los créditos finales del sueño de mi vida, pero no sentía que había conseguido todo lo que quería. Tenía el pecho tan encendido como el motor el auto que pasaba la avenida para buscarte. Motor de Ford Cortina.
Estacioné en la noche de tu casa. Tus guardias de seguridad abrieron el portón sin pedirme nada, sólo felicitándome. Dije que iba a ver a un amigo.
Y ese amigo eras vos.
Me esperaste en la puerta como si estuvieras ahí hace una hora o dos, sentado en la escalinata. Cuando salí del auto, nos miramos como dos boludos, como si tardáramos en levantar el tubo del teléfono llamando. Me sonreiste, yo también.
Un abrazo a pasos torpes. Me tenías en tus brazos como quien celebra el gol del campeón. Me pregunté cuántas veces habías hecho esto. Mis muñecas se agarraron entre ellas al rodear tu cintura.
Ojalá no lo hagas con nadie más.
—Felicidades, campeón. —Tu voz era un susurro que me hacía cosquillas. Me hablabas con tus codos apoyados en mis hombros y tu cara aplastada entre mi cabeza y tu brazo.
—Gracias —respondí apretado a tu abrazo. Sonreí aliviado.
Charlamos en la escalinata porque mañana te levantabas temprano. Hablamos sobre las cosas que hablábamos en las llamadas, nos reíamos bajito. Tu hombro rozaba el mío. O al revés.
No lo sé.
Las estrellas sobre nuestras cabezas me hacían levantar la mirada mientras tu risa dominaba el silencio. Yo me contagiaba. Boludo.
—¿Entonces? —me dijiste, empujando mi hombro con el tuyo —, ¿me vas a decir que tenía razón y no arruiné tu título del mundo?
—Es increíble —te dije, riendo. Negué con la cabeza porque estaba incrédulo. —Lo sabías desde siempre.
—Tengo un radar para las cosas.
Yo me reí confundido, porque tu tono era raro. Mi rodilla estaba pegada a la tuya.
—¿Ah, sí? —te respondí con las cejas levantadas. Te sonreí de lado, mirándote sobre el hombro. —¿Cómo qué cosas?
Te hice reír. Estabas nervioso. Miraste arriba.
—Las cosas que se saben desde el principio, por ejemplo. —Inteligente, contestaste mirándome.
Mis pupilas bajaron a tus labios rosados que soltaban ese tonito raro. Picor de boca. Volví a mirar tus ojos como si pasara la yema de mis dedos en el filo de ellos.
—Esas son las cosas que quieres tú —te contesté en inglés, apoyando mis manos en mis muslos. Dedos abiertos.
—Quiero demasiadas cosas.
—¿Cómo qué?
Pregunté. Vos echaste un suspiro. Sonreiste mientras recalculabas, deslizando tus ojos de mí hacia el cielo.
—No lo sé —soltaste en un suspiro. Negaba con la cabeza con esa sonrisa que sabe exactamente lo que quiere. —Lo que quiere todo el mundo. El mundial, ganar un título con mi club, retirarme tranquilo, casarme.
Volviste a mirarme.
—Cosas así.
—¿Casarte?
Asentiste. Tu sonrisa era adorable. Mis pupilas bajaron a ella, atraídas por el brillito rosado que te daban las luces de tu patio. Sólo fue un instante donde lo pensé.
—Soy un hombre de familia —contestaste. Sonreías como si te rieras de mí.
No sé bien porqué lo hice. Capaz porque yo sabía que el siguiente paso era ese. El que te di. Solos en tu patio, dejé una marca, como quien pone el pie en el barro.
Nunca había besado a un hombre antes. No recuerdo algo de antes de haberle tocado el cachete con suavidad con los dedos y haberlo hecho moverse hasta mis labios.
Pero con las primeras veces se corta la piel.
Sangré en tus labios rosados. Te juro que los ví rojos cuando nos separamos un poquito, sólo para volver a mezclar las bocas.
No me preguntaba las cosas, capaz porque, por primera vez, no necesitaban respuesta.
Yo te quería besar.
—Cuti —me dijiste sobre los labios mientras tu mano me empujaba el hombro con poca fuerza —, no tenías que hacer eso.
—Pero quería.
Y quise más veces.
Digamos que nuestros besos se hicieron costumbre. A veces en el vestuario solitario, otras en tu casa, también en la mía. Besarte era adictivo, como ese calorcito que le falta al invierno que nos rodeaba. En los entrenamientos me mirabas como si reservaras uno para más tarde.
Nunca había estado con un tipo. No te lo dije, pero la primera vez me tembló la mano. Pero cuando terminó, por Dios, te me grabaste en la piel.
Pero eso no es cariño de amigos, ni de compañeros, ni de futbolistas. Es raro.
—¿Vas a dormir todo el día, grandulón? —me dijiste al oído, acariciándome la nuca con el dedo. Tu voz me hacía cosquillas siempre. —¿O estás cansado de tu enorme actuación de anoche?
—Dos minutos más y te juro que lo hago de vuelta.
Y me besaste. Fuimos de vuelta. Llegamos tarde al entrenamiento ¿te acordás? Vos todo chuponeado te lo tapaste con el cuello del buzo. Yo me reía con vos.
Varias veces me reía con vos.
Mientras mirábamos series, mientras tomábamos mate (que vos tomás dulce), mientras intentábamos dormir. No sé cuántas veces nos reímos juntos.
Me mirabas con esa cara de haber escuchado una pavada. Yo la había dicho.
Y te gustaba, creo, sólo porque repetías. No me dijiste que no, sólo me traías o te dejabas llevar.
Nunca le dijiste nada a tus amigos. Yo no le dije a los míos porque era raro. Creo que sólo dijimos que somos buenos amigos y que hablamos de fútbol, mucho de fútbol.
—¿Pero tú qué quieres? —me dijiste mientras limpiábamos la cocina. No te veía porque estaba de espaldas fregando platos.
—¿De qué? —pregunté. El sonido de la canilla te hacía escuchar más despacito.
—No sé, Cuti —te apoyaste en la mesada. Tus ojos brillantes buscaban los míos mientras ladeabas la cabeza. —Trofeos, títulos... ya casi tienes todos.
—No ganamos nada con Tottenham —te corregí. Sonreía orgulloso. —Quiero eso.
—¿Un trofeo con Tottenham? —levantaste una ceja. Te reíste. —¿Eso es todo lo que quieres?
Entonces, te miré. Mis labios se apretaron aunque seguía sonriendo. Parpadeé un par de veces cuando la luz de la cocina tenuemente iluminaba las facciones de tu cara. La suavidad de tu piel oriental, tu pelo largo que ibas a cortar en estos días. Tus labios. Tus ojos brillantes que me miraban. A mí me miraban.
Vos me mirabas a mí. Yo miré a tu máquina de bebida caliente que estaba un poquito atrás tuyo. Volví a mirarte.
Te gustaba tu café caliente.
Yo te juro que quería ser cafetera.
Quizá yo sólo quería...
—No sé —te respondí finalmente, levantando los hombros. —Estar tranquilo, supongo.
Y sólo me sonreiste medio tristongo. Tus pupilas se deslizaron al suelo, pero no me dijiste más nada.
Fue raro todo, porque ya estaba acostumbrado a dormir en tu casa o a darte un beso. No le decíamos nada a nadie porque somos futbolistas y eso no se hace.
Sólo una vez dijimos algo así.
—Ahora nosotros somos un matrimonio y ustedes nuestros niños.
Y todo porque vos te hiciste capitán del Tottenham y yo era tu vice. Los chicos se reían de tu chiste en el almuerzo. Tu chiste medio jodiendo, medio en serio.
—Papi y pa —agregué yo. Primero te apunté a vos, después a mí.
Los chicos se reían porque pensaron que era joda que vos y yo pudiéramos estar en ese estado. Pero no. Capitán y vicecapitán suena más lindo para ellos cuando hablamos en serio.
Y me acuerdo que no era fácil. Los chicos venían con preocupaciones serias como la crisis de lesiones, los partidos en Premier League que eran cada vez más desastrosos y la falta de personal médico.
No entendía mucho yo.
Vos te estresabas.
Me acuerdo hacerte masajes para liberar los nudos en tu nuca. Mientras tanto, seguías.
—James está molesto —decías con los pies en el colchón. Yo estaba pasando los dedos por la nuca, hundiendo, haciendo círculos. —Creo que los dirigentes son unos idiotas.
—Siempre.
—El club es un desastre —comentaste con bronca. Echaste un suspiro con ruido. —Y parece que da igual.
—Sólo nos queda jugar.
—No, Cristian —me corregiste —, no nos queda sólo eso.
Vos amabas a Tottenham Hotspur. Nunca en la vida ví a alguien amar tanto al club. Estábamos amargados en el comedor cuando sólo quedábamos pocos en pie para jugar una copa europea, pero vos seguías con el amor por el escudo.
No nos quedaba sólo jugar. Con tu cara de orto mientras masticabas pollo entendí que no.
—Hay que romper todo —dije.
Levantaste las cejas. Todos en la mesa levantaron las cejas al escucharme. Yo busqué caras cómplices, pero todas estaban sorprendidas.
—Y sí —afirmé otra vez. Mi mano se hizo puño sobre la mesa. —Nos están cagando con los médicos, no nos dejan descansar y encima ¿tenemos que viajar a Noruega?
Negaba con la cabeza, frustrado.
—Los dirigentes son unos hijos de puta —solté.
Y me sonreiste.
Los demás miraron a los lados, esperando que nadie me haya escuchado. A mí me daba igual. Revoleé la mano para atrás, chasqueé la lengua.
Me daba igual.
Cuando me llamaron a mi primera reunión para cagarme a pedo por lo que dije en el vestuario, miré el techo. Vos estabas al lado mío como si fueras mi abogado. A veces tus ojos me miraban para regañarme.
—Cristian —me dijo el presidente —, entiendo que eres temperamental y que tienes mucha pasión por este club.
Yo levanté las cejas. Brazos cruzados.
—Pero sé que eres profesional.
Apreté los labios. Mis ojos volvieron al techo.
—No es necesario armar una rebelión contra nosotros. Estamos para ustedes. —Sus codos se apoyaron en su escritorio con fuerza. Sus dedos nos apuntaron a los dos.
Te miré de reojo. Asentiste, pero tenías esa cara de cuando algo te molesta.
Ellos no eran para nosotros.
Vos lo sabías.
Porque este...
Este es tu club.
Entregaste diez años de tu vida para ellos. Tu cuerpo, tus cortes, tu sangre. Llegaste con la herida de ser llamado diferente porque se te patinaban las "r" o te sacabas los zapatos antes de entrar a la casa. Vos viniste chiquito, con veintitrés años. ¿Cómo ibas a decir que no?
Le dijiste te amo al escudo apenas te lo pusiste.
Y lo sostiviste.
Por diez años.
Te preguntaste todo. Desde el principio.
Menos lo que vino después.
—¡Cuti! —me exclamaste a través del pasillo, yendo al vestuario. Tus ojos llorosos eran lo más brillante en Bilbao.
Tus brazos envolvieron mi cuerpo y se dejaron caer en mi hombro. No era el primer abrazo de la noche. Llorabas todavía. Pero ahora eras para mí.
—Lo hicimos, Sonny —te dije acariciándote el pelo —, somos campeones. Vos y yo.
Y que la cuenten como quieran, pero papi y pa lograron lo que otros no. La tercera Europa League para tu club.
El nuestro.
Con jugadores lesionados, con nosotros adoloridos. Yo jugué lesionado, vos también. Era por vos, por mí, por los chicos, por el club.
Te amo, nos dijo la camiseta.
No teníamos ni medalla ¿te acordás? Porque no quedaron para nosotros dos. Después nos la mandan, dijeron.
Pero todo fue celebrar. Bailar. Vos y yo, con el alcohol encima. Los chicos jugaban entre ellos y yo te apoyaba la mano en la cintura porque no te podía besar, no delante de todos. Era raro.
Pero te besé en el hotel. Todo lo que nos quedaba de noche fueron para vos y tus labios rosados, hechos rojos porque no podia parar de besarte.
Y así te veías feliz. Porque este era tu club.
—¡Y esta va por el pelotudo del presidente! —exclamé, abriendo una botella de champagne que salpicó por todo el piso del micro estacionado.
Los chicos se reían.
Vos también.
Íbamos a ir a celebrar con la gente en Londres y, con el micro parado, aproveché a decir una pavada. Seguía en pedo desde anoche. No pensaba.
La rua fue linda. Vos con la copa te veías hermoso, ahí con esos lentes de sol, haciéndote el que no estaba crudo y sin dormir. Lindo. Fua, mi amor.
Ese día te quería agarrar por todos lados. Me hice el boludo no más.
Me miraste sobre el hombro. Tus ojos parecían dolidos. Volviste a mirar a la multitud, al frente, con la hinchada del club.
Tu club.
Raro, hecho de casualidades o destinos.
Era nuestro club, un poquito parecido a nosotros.
Fue raro cuando ya no era más tu club.
—¿Los Ángeles?
Asentiste.
Los chicos estaban incrédulos. Yo fingí haberlo oído por primera vez pero me lo dijiste anoche, en la cena. Yo me puse chinchudo, cruzando los brazos y abultando los labios.
—Creo que es lo mejor —dijiste en un susurro sin convencer. Echaste un suspiro. —Estoy en Londres hace diez años.
Los chicos entendieron.
Yo no.
—Te vas porque no me querés más —dije yo.
Te diste vuelta despacio. El sonido de la plancha chirreando en tu cocina te tapaba el suspiro.
—¿Qué?
—Eso —insistí —, te vas porque ya no vamos a mi casa, porque no nos vemos tanto. Desde tu cumpleaños, tus reuniones, que volviste de Corea estás... así.
No quiero recordar mucho ese momento. Sólo dijiste que soy un crédulo. No sé más. No quiero.
Pero cuando te fuiste, me di sólo la razón. No dije nada. Te deseé buen viaje.
Y me encantaría decir que así terminamos vos y yo. Sin gritos, sin lastimaduras, sólo recuerdos y sangre en los dedos.
Era raro.
Porque estaba triste de no tenerte.
Pero estaba enojado.
Porque me dejaste tu club, tu casa, tu acento y tu sangre. Me hiciste cortes en los dedos con el filo de tus ojos y ahora no se curan. Ahora yo tengo todo lo que es tuyo.
—¿Capitán? —levanté una ceja —, ¿yo?
El entrenador danés asintió. Él no era nuestro entrenador, no sé por qué echaron al que nos sacó campeones. Eso también me enojaba.
—Eres el norte del vestuario —me dijo, asintiendo. Brazos cruzados. Hombro apoyado en la pared del pasillo. —Los chicos estarán encantados de tenerte al frente.
Y yo no podía decir que no. Era tu brazalete, tu imagen, tu cuerpo, tu amor, tu club. No me lo pregunté mucho.
Sonny, soy capitán.
Le dije te amo a la camiseta porque la usabas vos. Porque ví cómo la mirabas, cómo la cuidabas. Era tuya.
Y ahora es mía.
—¡La concha de tu madre! —exclamé al ver cómo otro compañero era llevado a la sala de enfermería. Manos a la cintura. —¿Otra vez, loco?
Miré a los del cuerpo técnico.
—¡Más vale que lo estén atendiendo! —los apunté, advirtiendo. Yo estoy enojado.
Ellos no me dijeron nada.
Los dirigentes sí.
Primera reunión. El entrenador era mi abogado, pero siempre me aumentaba la condena.
El club era tuyo.
Segunda reunión. "No podés subir tal cosa a Instagram". Me cagaron a pedo. Lo edité.
Vos viniste de visita. Me abrazaste para las cámaras que te perseguían. Te fuiste.
Tercera reunión. "No podés decirle a tus compañeros que se organicen para hacer reclamos". Soy el capitán, les dije, pero les dió igual.
Me cagaron a pedo.
La cuarta.
La cuarta fue horrible.
Me cagaron a pedo, sí.
—¡Tú no eres así, Romero! —me dijo el presidente interino. Al otro ya lo había hartado yo.
Lo miré de brazos cruzados. Mentón arriba.
—¿Qué demonios te pasó?
—Que con mis compañeros la estamos pasando mal.
Dedo que golpea el escritorio, dejando marca en cada palabra.
Pero ya no pude contesta así cuando me llegó un mensaje tuyo. Estaba por cenar e irme a dormir cuando ví tu nombre.
Sabía que esto no quedó en los vestuarios, porque el club ya no era tuyo. No sé por qué me mandaste mensaje.
Me recosté en la mesada de mi cocina y te leí.
"Cuti"
"No puedes seguir así"
"Estás causando alboroto"
"¿No ves los medios?"
Me da igual.
Estamos lejos ahora.
Me da igual.
Ya no es tu club.
"¿Esto es lo que quieres?"
Un mensaje más me sumaste.
Y yo lo miré.
Largo.
Un rato.
Me acordé de vos.
De tu voz.
De tu patio.
De tus besos.
De nosotros.
Miré un rato largo.
Y ahora sí me estoy preguntando algo.
Ahora sí.
Porque me acuerdo de vos en la cocina, preguntándome lo mismo.
Preguntándome qué quería yo.
¿Qué hubiese sido si respondía de verdad?
Si no te mentía, si te lo decía. Si te mostraba que no soy sólo un futbolista. Que soy humano, que quiero cosas, que siento cosas.
¿Qué hubiese sido de vos si los decía?
Creo que te hubieses quedado, porque amabas a tu club, a tu gente. Porque si ellos lo pedían un poco más, alejándose de entendimientos, te quedabas.
Porque si yo lo decía, nos quedábamos los dos.
Te miraba a los ojos, dejaba que mi pecho latiera tranquilo, el aire saliera y sólo lo dijera.
No hay oportunidad perfecta, ni ojos donde mirar. A veces me pregunto si en algún momento llegará.
Sólo decirlo, en la cocina. Porque las oportunidades no llegan, las preguntas se responden y me acuerdo de vos.
Sólo decirlo.
"Yo sólo quiero ser tuyo, Sonny"
