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Los pecadores van al infierno

Summary:

“Hijo, Dios es bueno. Solo los pecadores van al infierno."

Pero había algo más en esa frase, algo que su madre no había dicho pero que él había entendido perfectamente: —Y vos sos pecador. Lo que sentís está mal. Lo que sos está mal.—

Lautaro se llevó las manos a la cabeza, presionando contra las sienes como si pudiera exprimir la voz de su cerebro. Pero era imposible. Llevaba años ahí, incrustada en algún lugar profundo, esperando el momento perfecto para recordarle que nunca iba a ser suficiente. Que nunca iba a ser normal.”

Notes:

Holaaaaaa como han estado ?

Llevaba un tiempo escribiendo esto y al fin me convencí de subirlo, este sera el primero de varios capitulos hasta llegar a un final “feliz”, tengo el cap 2 casi terminado asi que actualizo muy pronto.

Bsoosss las amo <3 <3 <3 <3

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Carne y Fe

Chapter Text

La primera vez que Lautaro supo que estaba jodido fue un martes por la madrugada, cuando Manuel se quedó dormido en su cama después de stremear.

No pasaba nada raro. Simplemente se había tirado ahí, con el celular en la mano, revisando Instagram mientras Lautaro trataba de leer un archivo que le había enviado Balza. Pero en algún momento el teléfono se le cayó del pecho y su respiración se volvió más pesada, mucho más profunda.

Lautaro lo miró de costado. El pelo oscuro despeinado, su mandíbula relajada, los labios entreabiertos. Había algo obsceno en verlo así, tan vulnerable, tan ajeno a la forma en que lo observaba. Se quedó quieto, conteniendo la respiración, porque si se movía iba a hacer algo estúpido o algo de lo que no iba a poder volver.

Quería tocarlo. Quería pasar los dedos por su pelo, sentir la textura, comprobar si era tan suave como parecía, acercarse más, pegar su cuerpo al de él, enterrar la cara en su cuello y quedarse ahí hasta que amaneciera.

La cruz que llevaba colgada al cuello le quemaba la piel.

Se levantó de la cama con cuidado y se fue a la cocina. Abrió la heladera y se quedó mirando el interior iluminado, sintiendo cómo el frío le congelaba la cara. Tomó agua directo de la botella, tragando con fuerza, como si pudiera ahogar lo que sentía.

Cuando volvió al cuarto, Manuel seguía dormido. Lautaro se acostó en el borde de la cama, lo más lejos posible, dándole la espalda. Cerró los ojos con fuerza.

La voz de su madre resonaba en su cabeza, fuerte y clara como si estuviera ahí mismo. No era un recuerdo vago o difuso, sino algo tangible, vivo, que le apretaba el cráneo desde adentro. Podía ver su cara: la expresión de decepción mezclada con asco cuando le había contado sobre las pesadillas de la iglesia. La forma en que había apretado su barbilla con demasiada fuerza, clavándole los dedos en la piel.

"Hijo, Dios es bueno. Solo los pecadores van al infierno."

Pero había algo más en esa frase, algo que su madre no había dicho pero que él había entendido perfectamente: “Y vos sos pecador. Lo que sentís está mal. Lo que sos está mal.”

Lautaro se llevó las manos a la cabeza, presionando contra las sienes como si pudiera exprimir la voz de su cerebro. Pero era imposible. Llevaba años ahí, incrustada en algún lugar profundo, esperando el momento perfecto para recordarle que nunca iba a ser suficiente. Que nunca iba a ser normal.

Cada vez que miraba a Manuel, la voz se hacía más fuerte. Cada vez que sentía ese tirón en el pecho, esa necesidad enfermiza de estar cerca de él, de tocarlo, de ser tocado por él, la voz de su madre le susurraba —Malo. Enfermo. Pecador.—

La voz de su madre no paraba. Y Lautaro sabía que nunca lo haría.

No durmió en toda la noche.

 

Lo que hizo las cosas peores fue que Manuel empezó a acercarse más.

No era nada explícito, nada que Lautaro pudiera señalar y decir "mirá, ahí, eso." Era más bien una acumulación de pequeñas cosas, la forma en que le ponía la mano en la nuca cuando hablaban, cómo se sentaba más cerca en el sillón, el modo en que lo miraba a veces con esa intensidad que le cortaba la respiración. Eran gestos que podían ser inocentes, fraternales incluso, pero que a Lautaro lo quemaban por dentro. Cada toque era un recordatorio de lo enfermo que estaba, de cómo convertía algo normal en algo retorcido. Manuel solo estaba siendo su amigo, y él lo estaba pervirtiendo con sus pensamientos sucios, con ese deseo que no podía controlar. Se odiaba por eso. Se odiaba por contar los segundos que la mano de Manuel permanecía en su nuca, por memorizar la presión de su muslo contra el suyo en el sillón, por guardar cada mirada como si fuera algo más de lo que era.

Una noche, después de un stream particularmente bueno, Manuel entró a su cuarto sin golpear. Lautaro estaba acostado, mirando el techo, con la remera levantada hasta el pecho porque hacía calor.

—¿Estás despierto? —preguntó Manuel, y sin esperar respuesta se tiró en la cama a su lado.

—Sí.

Manuel se quedó callado un momento. Lautaro podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, tan cerca que si estiraba la mano un poco lo tocaría.

—¿Vos sos feliz? —preguntó Manuel de la nada.

La pregunta lo agarró desprevenido.

—¿Qué?

—Acá. Con todo esto. El stream, vivir juntos. ¿Sos feliz?

Lautaro tragó saliva. Su corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que Manuel podía escucharlo.

—Sí. ¿Por qué?

—No sé. A veces te veo y me parece que estás en otro lado.

Manuel se dio vuelta para mirarlo. Estaban muy cerca, demasiado cerca. Lautaro podía ver las pequeñas manchas más oscuras en sus ojos verdes, las pestañas largas, la forma en que se mordía el labio inferior. El aire entre ellos se sentía denso, cargado. Lautaro tragó saliva, consciente de cada centímetro que los separaba, de cómo el calor del cuerpo de Manuel casi tocaba el suyo. Quería apartarse pero no podía moverse, como si algo invisible lo mantuviera ahí, expuesto.

—Estoy acá —dijo Lautaro, y su voz salió más ronca de lo que esperaba.

Manuel lo miró fijo, evaluándolo, y Lautaro sintió que se desnudaba bajo esa mirada. Como si Manuel pudiera ver a través de él, ver todo lo que trataba de esconder.

—¿Sí? —Manuel se acercó un poco más— ¿Estás acá conmigo?

Lautaro no pudo responder. Tenía la garganta cerrada, las manos sudando. Todo su cuerpo estaba tenso, preparándose para huir o para quedarse, no sabía qué.

Manuel levantó la mano y le tocó la cara, apenas un roce de los dedos contra su mejilla. Lautaro cerró los ojos.

—Sos raro, Moski —dijo Manuel, y había algo en su voz que Lautaro no supo identificar— Me gustás así.

Cuando abrió los ojos, Manuel ya se había levantado.

—Descansá —le dijo desde la puerta, y se fue.

Lautaro se quedó ahí, sintiendo cómo el lugar donde Manuel lo había tocado le ardía como una marca forjada con fuego al rojo vivo.

 

La noche que todo se comenzó a ir a la mierda fue en una joda en lo de un amigo de Santiago.

Lautaro no quería ir. Llevaba dos semanas evitando a Manuel lo más que podía, encerrándose en su cuarto, inventando excusas para no estar en la misma habitación que él. Pero Santiago insistió tanto que no tuvo otra opción.

La casa estaba llena de gente. Con música fuerte, luces bajas, el olor dulzón de la marihuana mezclándose con el perfume y el alcohol. El calor era sofocante, los cuerpos apretados por todos lados, risas que se mezclaban con el reggaetón que salía de los parlantes. Lautaro se sirvió un vaso de vodka con speed y se lo tomó de un trago, sintiendo cómo le quemaba la garganta. Después otro. Después otro más. Necesitaba que el alcohol le adormeciera algo adentro, que le borrara los pensamientos, que le hiciera olvidar lo que sentía por dentro.

Necesitaba estar borracho. Necesitaba no pensar.

Escaneó la sala buscándolo sin querer, como si sus ojos tuvieran voluntad propia. Manuel estaba en el living, rodeado de gente como siempre, siendo el centro de atención, riéndose de algo que había dicho una chica rubia que Lautaro no conocía. Ella era linda, muy linda, con ese tipo de belleza fácil que atraía miradas. Tenía la mano en la cintura de ella, de forma casual, posesiva, como si fuera lo más natural del mundo. Los dedos apoyados justo donde la remera se levantaba un poco, tocando piel. Lautaro sintió algo retorcerse en su estómago, algo amargo y caliente que se parecía demasiado a los celos.

Lautaro se sirvió otro trago.

—Tranqui, Moska —le dijo Santiago, quitándole la botella— Recién son las once.

—Estoy bien.

—No tenés cara de estar bien.

Lautaro no respondió. Tomo su vaso y se fue al patio, necesitaba aire. Se sentó en un banco cerca de la pileta y sacó un cigarrillo que le había choreado a alguien. No fumaba, pero esa noche necesitaba hacer algo con las manos.

Lo encendió y tosió con la primera calada, sintiendo cómo el humo le raspaba la garganta.

—¿Desde cuándo fumás?

Manuel. Por supuesto.

—Desde hoy.

Manuel se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se tocaban. Le sacó el cigarrillo de la mano y le dio una pitada, largo y profundo, después se lo devolvió.

—Te estás muriendo —dijo Manuel— Tosés como un nene.

—No soy un nene.

—Para mí sí.

Había algo en el tono de Manuel que hizo que Lautaro lo mirara. Manuel lo estaba observando con esa expresión que no sabía descifrar, esa que le erizaba la piel y le hacía sentir que estaba parado al borde de un precipicio.

—¿Qué? —preguntó Lautaro, y le salió más agresivo de lo que pretendía.

—Nada. Te miro.

—Andá a mirar a la rubia.

Manuel sonrió, pero no era una sonrisa linda. Era afilada.

—¿Estas celoso?

—Sos un pelotudo.

—No me respondiste.

Lautaro se levantó, pero Manuel lo agarró fuerte de la muñeca. Lo jaló de vuelta y Lautaro casi cae encima de él.

—Soltame.

—No.

—Manuel, soltame.

—¿Por qué me evitás?

—No te evito.

—Sí lo hacés. Hace dos semanas que no hablamos mucho. ¿Hice algo?

—No.

—Entonces ¿qué te pasa?

Lautaro trató de zafarse pero Manuel no lo dejaba. Lo tenía agarrado fuerte, demasiado fuerte, y estaba tan cerca que podía contar cada una de sus pestañas.

—¿Qué te pasa, Lauti? —repitió Manuel, y ahora su voz era más suave, casi preocupada.

Y fue eso, esa suavidad, lo que lo quebró.

—Nada —dijo, y le salió quebrado— No me pasa nada.

—Mentiroso.

Manuel lo soltó pero no se alejó. Se quedó ahí, mirándolo, esperando. La cercanía era insoportable. Lautaro podía ver cómo se movía su pecho al respirar, podía sentir el calor que desprendía su cuerpo.

—Decime —insistió Manuel, y había algo en su voz, algo suave y preocupado que hizo que a Lautaro se le apretara el pecho— Somos amigos, boludo. Podés confiar en mí.

Y ahí fue cuando Lautaro cometió el error más grande de su vida.

Las palabras le subieron por la garganta antes de que pudiera detenerlas. El alcohol, las dos semanas de distancia, la imagen de Manuel tocando a esa chica, todo se acumuló hasta que explotó.

—Me gustás —dijo, y apenas salieron las palabras quiso tragárselas de vuelta, arrancarlas del aire, hacer que nunca hubieran existido— Me gustás y me está matando.

El silencio fue brutal.

Manuel lo miraba con los ojos muy abiertos, con la boca entreabierta, como si Lautaro hubiera hablado en otro idioma que no entendía. Como si acabara de confesarle algo incomprensible, imposible. Los segundos se estiraron, incomodos y dolorosos. Lautaro podía escuchar su propio corazón latiendo en sus oídos, podía sentir cómo todo su cuerpo se preparaba para huir.

—¿Qué?

—Olvidate Manu, estoy borracho, no dije nada.

Lautaro se levantó y esta vez Manuel no lo detuvo. Caminó rápido hacia la casa, empujando gente, buscando la salida. Tenía que irse. Tenía que desaparecer.

Llegó a la calle y empezó a caminar sin rumbo, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban los ojos. No lloraba. No podía llorar. Si lloraba iba a ser real.

Escuchó pasos detrás de él.

—¡Lautaro!

No se detuvo.

—¡Moski, pará!

Manuel lo alcanzó y lo agarró del brazo, haciéndolo girar. Estaba sin aliento, el pelo revuelto, los ojos brillantes.

—No me dejés así —dijo— No podés decirme eso y rajar.

—¿Qué querés que haga? ¿Que me quede y finja que no te dije nada?

—Quiero que hablemos.

—No hay nada que hablar.

—Sí hay.

Manuel dio un paso hacia él, después otro. Lautaro retrocedió hasta que su espalda chocó contra una pared.

—¿Desde cuándo? —preguntó Manuel.

—No se, creo que desde siempre.

—¿Por qué no me dijiste?

—¿Y qué mierda iba a decirte? "Hola, Manu, soy puto y me gustás, ¿cogemos?"

Manuel se rió, pero no era una risa cruel. Era nerviosa.

—No sé. Algo así.

—No es gracioso.

—No me estoy riendo de vos.

—¿Entonces de qué?

Manuel se acercó más, tanto que Lautaro podía sentir su aliento.

—De mí. Por ser tan boludo y no darme cuenta.

Lautaro lo miró, tratando de entender qué estaba pasando.

—¿No... no te da asco?

—¿Por qué me daría asco?

—Porque soy... porque yo...

No pudo terminar la frase. Manuel le puso una mano en la cara, obligándolo a mirarlo.

—No me da asco —dijo— Para nada.

Y lo besó.

El beso fue algo desesperado, torpe, todo choque de dientes y lengua. Lautaro no sabía qué hacer con las manos así que las puso en la cintura de Manuel, aferrándose a él como si fuera lo único que lo mantenía de pie.

Manuel lo empujó más contra la pared, metiendo una pierna entre las suyas, presionando su pene. Lautaro gimió contra su boca y sintió cómo Manuel sonreía.

—¿Primera vez? —preguntó Manuel, despegándose apenas.

Lautaro no pudo hablar. Solo asintió.

—Tranquilo —Manuel le dio un beso en la comisura de los labios, después en la mandíbula, bajando por el cuello— Yo te enseño.

Llegaron al departamento en un uber, se fueron sin hablar, sin mirarse. La tensión entre ellos era tan espesa que podia cortarse. Manuel le tenía la mano apoyada en el muslo, subiendo de a poco, probando hasta dónde podía llegar.

Apenas entraron al departamento, Manuel lo empujó contra la puerta y volvió a besarlo. Esta vez fue más lento, mucho mas profundo. Lautaro sentía que se derretía, que todo su cuerpo se convertía en algo líquido y caliente.

—Vení —Manuel lo tomó de la mano y lo llevó a su cuarto.

Lautaro lo siguió como en trance. No podía creer que esto estuviera pasando. No podía creer que fuera real.

Manuel cerró la puerta y lo empujó suavemente hacia la cama. Lautaro se sentó, mirándolo desde abajo, esperando.

—¿Estás seguro? —preguntó Manuel.

—Sí.

—Podemos parar en cualquier momento.

—No quiero parar.

Manuel sonrió y se sacó la remera. Lautaro lo miró, memorizando cada detalle: el torso, la línea del abdomen, la forma en que la luz de la lámpara dibujaba sombras en su piel, los tatuajes que estaban incrustados en su piel.

—Tu turno —dijo Manuel.

Lautaro se sacó la remera con manos temblorosas. Se sentía expuesto, vulnerable. Manuel lo miró de arriba abajo, lento, y Lautaro tuvo que resistir el impulso de cubrirse.

—Sos hermoso —dijo Manuel, y sonaba sincero.

Nadie le había dicho eso nunca.

Manuel se arrodilló frente a él y le puso las manos en los muslos, separándolos. Lautaro contuvo la respiración.

—Relajate —Manuel le acarició las piernas, subiendo y bajando— ¿Querés que siga?

—Sí.

Manuel le desabrochó el pantalón y Lautaro levantó las caderas para que se lo pudiera sacar. Quedando en bóxer, completamente duro, y sintió cómo la vergüenza le subía por la cara.

—No te pongas colorado —Manuel le dio un beso en el muslo— Me gusta.

Lo que vino después fue una nube confusa de sensaciones. La boca de Manuel, caliente y húmeda, el sonido osceno de la saliva, la forma en que Manuel le sostenía las caderas cuando Lautaro se movía demasiado. Era demasiado. Era perfecto.

Cuando acabó, lo hizo con un gemido ahogado, mordiéndose el puño para no gritar. Manuel tragó todo y después se limpió la boca con el dorso de la mano, mirándolo con esos ojos verdes llenos de algo que Lautaro quiso llamar deseo.

—¿Estuvo bien? —preguntó Manuel.

Lautaro no podía hablar. Solo asintió.

Manuel se acostó a su lado y lo abrazó, pegando su cuerpo al de él. Lautaro hundió la cara en su pecho, sintiendo cómo el corazón de Manuel latía contra su mejilla.

—Gracias —susurró.

—No me agradezcas, boludo.

Lautaro cerró los ojos. Y por primera vez en meses, se sintió en paz.

 

Al otro dia se despertó solo.

La cama estaba fría del lado de Manuel. Lautaro se quedó un momento mirando el techo, tratando de procesar lo que había pasado. El pánico empezó a treparse por su garganta lentamente, como una enredadera venenosa.

Se levantó, se puso el bóxer y salió del cuarto. Cada paso le pesaba, como si caminara con los pies enterrados en cemento húmedo.

Encontró a Manuel en la cocina, tomando café, mirando el celular. Estaba vestido, peinado, como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera tenido la boca de Lautaro en la suya hace apenas unas horas.

—Hola —dijo Lautaro, y su voz salió demasiado baja.

Manuel levantó la vista y le sonrió, pero era una sonrisa extraña. Tensa. La misma sonrisa que le daba a la gente en stream cuando tenia que fingir, cuando entraba en personaje.

—Hola.

Lautaro se sirvió un café con manos temblorosas. Se sentó en la mesa, enfrente de Manuel, esperando que dijera algo. Pero Manuel no decía nada. Solo miraba su celular, como si Lautaro fuera invisible.

El silencio se extendió entre ellos como un charco de sangre.

—¿Estás bien? —preguntó Lautaro finalmente, y odiaba cómo le salió la voz, demasiado pequeña, demasiado asustada.

—Sí. ¿Por qué?

—No sé. Estás raro.

Manuel dejó el celular y lo miró. Había algo en su expresión que hizo que a Lautaro se le revolviera el estómago. Era la mirada que le daba a las minas después de coger con ellas, esa distancia profesional, algo casi cordial.

—Tenemos que hablar —dijo Manuel.

Y ahí Lautaro supo que todo se iba a ir a la mierda.

—Dale.

Manuel tomó aire, se pasó la mano por el pelo. Se veía incómodo, como cuando tenía que despedir a la mina de turno.

—Lo de anoche... estuvo bien. Estuvo muy bien. Pero no quiero que te confundas.

—¿Confundirme con qué?

—Con lo que fue. Y con lo que somos.

Lautaro sintió cómo algo se le rompía adentro, lento y muy doloroso, como vidrio molido deslizándose por sus venas.

—¿Qué somos?

—Amigos. Somos amigos, Lauti.

—Amigos que se la chupan.

—No. Amigos que tuvieron un momento. Pero no significa nada más que eso.

Cada palabra era un clavo y Lautaro las sentía entrando una por una, perforándole el pecho.

—¿Para vos no significó nada?

Manuel lo miró y Lautaro vio algo en sus ojos, algo que parecía arrepentimiento o culpa, pero que se borró enseguida. Como cuando borrás un mensaje comprometedor.

—Mira, Moski —Manuel se inclinó hacia adelante, usando ese tono que usaba cuando explicaba algo al público— Tenía curiosidad. Quería saber qué se sentía. Y vos... vos me dijiste que te gustaba, y me pareció que podía darte eso. Pero ya está, ya lo probé y ya me saqué las ganas.

Las palabras lo golpearon como piedras.

“Ya me saqué las ganas.”

Como si Lautaro hubiera sido un experimento. Una comida nueva que probás y después decidís que no te gusta. Una curiosidad morbosa que satisfacés y después olvidás, después deshechas.

—No soy puto, Moski —continuó Manuel, y había algo casi defensivo en su voz— Me gustan las minas. Siempre me gustaron, lo de anoche fue... no sé. Un desvío. Pero ya está, ya lo hice y no necesito hacerlo de nuevo.

Lautaro se quedó mirándolo, sintiendo cómo cada palabra le carcomía algo adentro. Manuel hablaba como si estuviera describiendo un stream aburrido, algo que había que hacer pero que no había disfrutado realmente.

—¿Un desvío? —repitió Lautaro, y su voz sonaba muerta.

—Sí. O sea, no te lo tomes a mal. No estuvo mal. Estuvo bien, te lo juro. Pero no es lo mío. ¿Entendés?

No. Lautaro no entendía nada.

—Podemos seguir siendo amigos, ¿no? —Manuel lo miraba con esa expresión esperanzada, como si le estuviera haciendo un favor— No tiene que cambiar nada. Fue solo sexo, boludo. No es para tanto.

“No es para tanto.”

Para Manuel había sido sexo. Un polvo rápido para sacarse las ganas, para tachar algo de una lista imaginaria. Probar estar con un tipo. Listo, hecho y siguiente.

Para Lautaro había sido todo.

Lautaro se rió, pero sonó más como un sollozo.

—Claro. No tiene que cambiar nada.

—Lauti...

—Está todo bien —Lautaro se levantó, sintiendo cómo las piernas le temblaban— Fue mi error. Pensé que... da igual. No importa.

—Sí importa. No quiero que te enojes.

—No estoy enojado.

Pero sí lo estaba. Estaba tan enojado que quería romper algo, gritar, pegarle. Pero más que enojado, estaba devastado. Se sentía como si alguien le hubiera arrancado las costillas una por una y después le hubiera dicho "no es para tanto." Como si el dolor que sentía fuera una exageración, algo que debería poder superar con facilidad.

Se fue a su cuarto y cerró la puerta con llave. Se acostó en la cama y se quedó mirando el techo, sintiendo cómo todo lo que había sentido la noche anterior se convertía en cenizas. El calor, la ternura, la ilusión de que tal vez, solo tal vez, podía ser correspondido. Todo se desintegraba, se volvía gris y frío.

La cruz que se había sacado antes de acostarse con Manuel estaba en la mesa de noche, mirándolo. Acusándolo. El pequeño Cristo colgando del oro lo juzgaba en silencio, recordándole cada una de las enseñanzas que había ignorado, cada promesa que se había hecho a sí mismo y que había roto.

La agarró y la apretó en el puño hasta que el metal se le clavó en la piel, hasta que dolió.

"Ya me saqué las ganas"

Eso era lo que valía para Manuel. Una curiosidad. Un experimento. Una forma de confirmar que sí, definitivamente le gustaban más las minas. Como probar un plato exótico en un restaurante solo para poder decir que lo habías hecho, para luego volver a pedir lo de siempre.

Lautaro había sido el conejillo de indias en un estudio científico. El punto de comparación para que Manuel pudiera estar seguro de su heterosexualidad. El "no" que confirmaba todos los "sí" que vendrían después.

Se llevó el puño a la boca y se mordió hasta que sintió el sabor a sangre, metálico y tibio. El dolor físico era mejor que el otro. Por lo menos este tenía sentido.

 

Los días siguientes fueron un infierno.

Manuel actuaba como si nada hubiera pasado. Se levantaba, desayunaba, stremeaban, salía con minas. Hablaba con Lautaro como siempre, le hacía chistes, lo incluía en los planes. Como si no le hubiera abierto el pecho y le hubiera arrancado el corazón solo para ver cómo se veía por dentro.

Lautaro no sabía cómo manejarlo. No sabía cómo volver a ser su amigo cuando cada vez que lo miraba lo único que veía era la boca de Manuel en su cuerpo, las manos de Manuel en su piel, los ojos de Manuel mirándolo como si fuera algo precioso.

Y después la cara de Manuel en la cocina, distante, frío, explicándole que había sido un experimento.

“Ya me saqué las ganas.”

La frase lo perseguía. Se despertaba pensando en ella, se dormía con ella resonando en su cabeza. La escuchaba cuando Manuel se reía de algo que decía Santiago, la sentía cada vez que Manuel lo tocaba casualmente, un golpecito en el hombro, una palmada en la espalda.

Tocarlo se volvió insoportable. Cada contacto era una quemadura, un recordatorio de que Manuel podía tocarlo así, amistoso y casual, porque para él no significaba nada. Porque ya había probado y había decidido que no le gustaba.

Lautaro empezó a salir más. Cualquier cosa con tal de no estar en la casa, se quedaba en lo de algun amigo hasta tarde, iba a jodas a las que no lo habían invitado, dormía en casas de gente que apenas conocía.

Una noche volvió y encontró a Manuel en el living, con una chica sentada en su regazo. Estaban mirando una película pero claramente no prestaban atención. La mano de Manuel estaba metida bajo la remera de ella, acariciándole la espalda.

Lautaro los saludó y se fue directo a su cuarto. Cerró la puerta y se recostó contra ella, sintiendo cómo la rabia le subía por la garganta como bilis caliente, quemándole todo por dentro.

Pasaron veinte minutos. Treinta. Lautaro estaba acostado en la cama, mirando el techo, cuando escuchó risas. Después silencio y después el inconfundible sonido de pasos caminando hacia el cuarto de Manuel.

La puerta se cerró.

Lautaro se quedó quieto, conteniendo la respiración, esperando.

Y entonces empezó.

El golpeteo de la cama contra la pared. Suave al principio, después más fuerte, algo rítmico y constante.

Lautaro se puso los auriculares y subió el volumen al máximo, pero igual podía escucharlo. No los sonidos reales, sino el eco de ellos en su cabeza. Los gemidos, los jadeos, el nombre de la chica saliendo de la boca de Manuel.

“Con ella es diferente” pensó Lautaro, y sintió cómo algo se le retorcía en el estómago. “Con ella le gusta, con ella no tiene que sacarse las ganas porque las ganas son naturales”. Normales.

Se metió bajo las sábanas y se tapó la cabeza, tratando de desaparecer. Pero no podía. Estaba atrapado ahí, obligado a escuchar cómo Manuel cogía a alguien que no era él.

Obligado a escuchar la confirmación de que Manuel había tenido razón. Que lo de ellos había sido un desvío. Que esto, lo que estaba pasando al lado, era lo real.

El golpeteo se hizo más fuerte. Manuel gemía más alto. Lautaro se tapó los oídos con las manos, presionando hasta que le dolió, pero igual lo escuchaba.

Lo escuchaba acabar.

Lo escuchaba decirle cosas lindas a la chica.

Lo escuchaba reírse.

Cuando finalmente terminaron y escuchó la puerta del baño cerrarse, Lautaro se levantó como un zombie. Fue al baño del pasillo y se miró en el espejo. Tenía unas ojeras profundas, los ojos rojos y los labios partidos de tanto morderlos.

Parecía un muerto.

Abrió el botiquín y sacó una gillette. La miró un momento, sintiendo el peso en la mano. Sería tan fácil. Tan simple. Solo tenía que presionar un poco y todo dejaría de doler.

Apoyó el filo contra su muñeca. El metal estaba frío contra la piel caliente.

“Hijo, Dios es bueno. Solo los pecadores van al infierno.”

¿Esto era el infierno? ¿Vivir en la misma casa que Manuel? ¿Escucharlo coger con otras personas? ¿Verlo todos los días, sonriente y despreocupado, mientras el se moría de a poco?

Presionó un poco más. La piel se hundió pero no se rompió.

“Ya me saqué las ganas.”

Si se moría, Manuel se olvidaría de él en una semana. Encontraría otro compañero de stream. Otra persona que lo mirara con admiración. Para Manuel, Lautaro era reemplazable y siempre lo había sido.

Presionó más fuerte.

Pero no lo hizo.

En cambio, soltó la gillette y se arrodilló frente al inodoro. Vomitó hasta que no le quedó nada adentro. Vomitó la cena que no había comido. Vomitó el dolor y la humillación.

Vomitó la certeza de que Manuel nunca lo iba a querer como él lo quería.

Se quedó ahí, abrazado al inodoro, sintiendo el frío de la cerámica contra su mejilla. Escuchó la puerta del cuarto de Manuel abrirse. Pasos. La voz de la chica diciendo "Fue increíble." Manuel riéndose, complacido.

La puerta de entrada cerrándose.

Más pasos. La puerta de Manuel cerrándose de nuevo.

Lautaro se levantó, se lavó la cara con agua fría y volvió a su cuarto. Se acostó en la cama y se quedó mirando el techo.

No durmió en toda la noche.

 

Santiago se dio cuenta de que algo estaba mal.

—¿Qué te pasa? —le preguntó una tarde, mientras comían hamburguesas— Estás raro.

—Estoy bien.

—No, no estás bien. Hace semanas que no hablás. Bajaste como cinco kilos y te la pasás encerrado en tu cuarto.

—Estoy cansado, nada más.

—¿Es por Manuel?

Lautaro lo miró, sorprendido. El corazón se le aceleró.

—¿Qué?

—Sé que pelearon. No sé por qué, pero sé que pasó algo.

—No peleamos.

—Mentís para el orto —Santiago lo miró fijo— Ustedes dos andan raros desde hace semanas. Él trae una mina diferente cada dos días y vos apenas salís de tu cuarto. ¿Qué pasó?

Lautaro no supo qué decir. No podía contarle la verdad. Ni podía decirle que había cometido el peor error de su vida, que le había confesado a Manuel que le gustaba, que había dejado que Manuel lo usara para sacarse una curiosidad, que había sido reducido a un experimento, a algo que usas y luego botas.

—Es complicado —dijo finalmente.

—¿Querés hablar?

—No.

Santiago lo miró un momento, después suspiró.

—Está bien. Pero si necesitás algo, avisame. Somos hermanos, boludo. No te voy a dejar solo.

Esa noche, Lautaro se encerró en el baño y se miró al espejo. Tenía los ojos hinchados, los labios partidos de tanto mordérselos. Se veía destrozado y eso era exactamente como se sentía.

Se sacó la cruz del cuello y la sostuvo en la mano, sintiendo el metal frío contra la piel caliente. La cadena se balanceaba, capturando la luz del baño. Era delgada, delicada, la había usado desde su confirmación. Su madre se la había puesto con tanto cuidado, con tanta esperanza.

Pensó en su madre, en cómo le acariciaba el pelo antes de entrar a la iglesia, en cómo le apretaba la mano durante la comunión. En las misas de los domingos donde rezaba con los ojos cerrados, pidiendo en silencio que Dios lo arreglara, que lo hiciera normal, que le quitara esto que lo hacía diferente, enfermo, malo. Pensó en todas las noches que pasó llorando en su cuarto de adolescente, odiándose, deseando ser otra persona, cualquier persona que no fuera él.

Había rezado tanto. Había pedido tanto. Y nada había cambiado.

Pensó en Manuel diciéndole "ya me saqué las ganas" como si Lautaro fuera una comida exótica que había querido probar. Como si pudiera tachar "experimentar con un tipo" de una lista mental y seguir con su vida.

Abrió el inodoro y sostuvo la cruz sobre el agua. Le temblaba la mano. Era lo último que le quedaba de esa versión de sí mismo que creía en algo, que tenía fe en que las cosas podían mejorar.

La soltó. La vio hundirse, brillando bajo el agua como una estrella cayendo, y después tiró la cadena. El agua se la llevó con un remolino violento, y desapareció.

Dios no lo había salvado. Dios no había hecho que Manuel lo quisiera. Dios no había respondido ninguna de sus plegarias. Dios lo había dejado solo, roto y usado.

O tal vez Dios simplemente no existía para gente como él.

Se sintió vacío. Hueco. Como si tirando esa cruz hubiera tirado también la última parte de sí mismo que valía algo.

 

Cada día era peor que el anterior. Lautaro había dejado de comer casi por completo. La comida le daba asco, todo le daba asco. Se miraba al espejo y veía a alguien que Manuel había usado y desechado. Alguien que había servido para confirmar la heterosexualidad de otro.

Las noches eran las peores. Manuel seguía trayendo minas. A veces dos por semana. Y Lautaro se quedaba en su cuarto, escuchando, sintiéndose como un tercero involuntario de la vida sexual de la persona que amaba.

Una noche no pudo más. Estaba en su cuarto, tratando de dormir, cuando escuchó la puerta de Manuel abrirse. Se escucharon pasos en el pasillo, después un golpe suave en su puerta.

—¿Moski? ¿Estás despierto?

No respondió, se hizo el dormido, conteniendo la respiración.

La puerta se abrió y Manuel entró. Lautaro podía verlo por el rabillo del ojo, parado en el umbral, dudando.

—Sé que estás despierto —dijo Manuel.

Lautaro no se movió.

Manuel suspiró y se acercó a la cama. Se sentó en el borde, y Lautaro sintió cómo el colchón se hundía con su peso. El olor de su perfume lo invadió, mezclado con algo más: el perfume de otra persona. De la chica con la que acababa de estar.

—Te extraño —dijo Manuel, y su voz sonaba cansada— Extraño a mi amigo.

Tu amigo. Como si eso fuera lo único que Lautaro podía ser. Como si no hubiera habido una noche en la que Manuel lo había tocado, lo había besado, lo había hecho sentir que tal vez, solo tal vez, podía ser algo más.

—No sé qué hacer para arreglar esto —continuó Manuel— No sé qué querés que haga.

—Quiero que me dejes en paz.

—No es verdad.

—Sí es verdad.

—¿Entonces por qué te ponés así cada vez que traigo a alguien? ¿Por qué me mirás como si te hubiera matado?

Lautaro se dio vuelta para enfrentarlo, toda la rabia acumulada explotándole en el pecho.

—¿Qué querés que diga? ¿Que me chupa un huevo? ¿Que no me importa que te cojas a cuanta mina se te cruza mientras yo me pudro acá adentro? ¿Querés que te aplauda? ¿Que te diga "bien hecho, Manu, confirmaste que no sos puto"?

Manuel lo miraba con los ojos muy abiertos, sorprendido por las palabras de Lautaro.

—No te estás pudriendo.

—Sí me estoy pudriendo —Lautaro sintió cómo las lágrimas empezaban a caer, calientes y humillantes— Me estoy pudriendo porque vos me abriste, me dejaste ver algo, y después lo sacaste como si nada. Me usaste para sacarte las ganas, Manuel. Me usaste para confirmar que sí, definitivamente preferís las minas. Fui tu experimento, tú puto experimento.

—No fue así.

—¿Ah, no? —Lautaro se rió, pero sonó histérico— ¿Entonces cómo fue? ¿Cómo llamarías a alguien que coge con vos y al día siguiente te dice que ya se sacó las ganas? ¿Cómo llamarías a alguien que te trata como un escalón más en su lista de cosas por probar?

—Yo no... —Manuel se pasó las manos por la cara— No lo pensé así. No sabía que te iba a afectar tanto.

—¿No sabías? —Lautaro se sentó en la cama, enfrentándolo— Te dije que me gustabas, te dije que me estaba matando y aun así decidiste ir mas alla conmigo. ¿Qué pensabas que iba a pasar? ¿Que iba a estar todo bien? ¿Que me iba a olvidar?

Manuel no respondió. Solo lo miraba con esa expresión de culpa que no servía para nada.

—Cada vez que traés a una mina —continuó Lautaro, y su voz se quebró—, cada vez que escucho cómo la cogés, me estoy muriendo un poco. Porque con ellas es fácil ¿no? Con ellas no tenés que sacarte las ganas porque las ganas ya están ahí. Son naturales. Pero conmigo fue diferente, conmigo fue algo que tenías que probar, como quien prueba un plato raro en un restaurante. Y después decidiste que no te gustó y volviste a tu menú de siempre.

—No fue así —repitió Manuel, pero sonaba vacío.

—Entonces ¿cómo fue?

—No sé. No lo pensé. Solo... pasó.

—¿Y después qué? ¿Después te diste cuenta de que soy un puto y te dio asco?

—¡No me dio asco! —Manuel levantó la voz, frustra do— ¡Nunca me dio asco!

—¿Entonces por qué me dejaste? ¿Por qué me trataste como si hubiera sido la peor mierda que hiciste en tu vida?

—¡Porque me asusté!

El silencio entre ellos fue terrible.

Manuel respiraba agitado, con las manos apretadas en puños. Lautaro lo miraba, sin entender.

—¿De qué te asustaste?

Manuel tardó en responder. Se veía descompuesto, pálido.

—De lo que sentí —dijo finalmente— Esa noche, cuando estábamos juntos... sentí cosas que nunca había sentido. Y me asustó. Porque no sé qué significa. Porque no encaja con lo que creo que soy.

Lautaro lo miró, buscando algo en su cara, alguna señal de que estaba diciendo la verdad y no solo tratando de hacerlo sentir mejor.

—¿Y entonces qué hiciste? —preguntó Lautaro, y su voz sonaba muerta— Te asustaste y decidiste confirmar que no, que seguís siendo heterosexual. Que lo que sentiste fue un desliz. Una curiosidad. Algo que podías ignorar si cogías con suficientes minas.

—No es eso.

—Entonces ¿qué es?

Manuel no respondió. Se quedó ahí, mirándolo, y Lautaro vio el conflicto en sus ojos. Pero también vio cobardía. Vio a alguien que prefería no enfrentar lo que sentía.

—Andate —dijo Lautaro— Por favor.

—Lauti...

—Andate. No quiero verte.

Manuel se levantó lentamente. Caminó hasta la puerta, pero antes de salir se detuvo.

—Lo siento —dijo— Perdón por ser un hijo de puta.

—Tu perdón no me sirve Manuel.

Manuel se fue, cerrando la puerta detrás de él.

Lautaro se quedó solo en la oscuridad, sintiendo cómo algo dentro de él se quebraba definitivamente. No era solo el corazón. Era algo más profundo. Era la capacidad de confiar. La capacidad de creer que alguien podía quererlo sin desehecharlo.

Se acostó en la cama y se abrazó a sí mismo, tratando de contener los pedazos rotos te habían quedado de el.

 

Lautaro dejo de salir de su cuarto excepto para ir al baño. Dejó de contestar mensajes. Dejó de existir para todo el mundo excepto para el dolor que lo habitaba.

Se quedaba acostado, mirando el techo, sintiendo cómo el vacío se expandía dentro de él como un agujero negro. Pensaba en su madre todo el tiempo. En la forma en que lo miró cuando era chico, cuando le confesó sus pesadillas sobre la iglesia.

"Solo los pecadores van al infierno."

¿Era pecador? ¿Por querer a Manuel? ¿Por haber dejado que Manuel lo tocara, sabiendo que estaba mal, que iba contra todo lo que le habían enseñado?

¿O era pecador por seguir vivo cuando cada célula de su cuerpo le pedía a gritos que parara?

Una noche, en medio de una crisis que lo dejó temblando en el piso de su cuarto, se levantó como pudo y fue a la cocina. Santiago y Manuel estaban durmiendo. La casa estaba oscura y muy silenciosa.

Tomó un cuchillo del cajón y se quedó mirándolo. La hoja brillaba bajo la luz fría del refrigerador.

Sería tan fácil. Un corte rápido y profundo, quizás dos. Ya no tendría que cargar con este peso, con esta vergüenza, con este amor que lo estaba matando de a poco.

Ya no tendría que escuchar a Manuel coger con otras personas.

Ya no tendría que vivir con la certeza de que había sido usado, desechado, reducido a una curiosidad totalmente morbosa.

Apoyó el filo contra su muñeca. El metal estaba frío, presionó un poco, sintiendo cómo la piel cedía apenas. Una gota de sangre apareció, roja y brillante.

—¿Qué hacés?

La voz de Manuel lo hizo girar tan rápido que casi se cae. Manuel estaba parado en la entrada de la cocina, en bóxer y remera, con el pelo revuelto de dormir. Miraba el cuchillo con los ojos muy abiertos, aterrado.

—Nada —Lautaro soltó el cuchillo y cayó al piso con un ruido metálico que resonó en el silencio.

Manuel se acercó corriendo y lo agarró de los brazos, revisándolo, buscando heridas.

—¿Te cortaste? ¿Estás sangrando?

—No. Suéltame.

—¿Qué mierda estabas haciendo?

—Nada. Estaba... estaba preparando algo para comer.

—Mentiroso —Manuel lo empujó contra la mesada, sosteniéndolo ahí. Estaba temblando— ¿Ibas a hacerte algo? ¿Ibas a lastimarte?

Lautaro no respondió. No podía. La garganta se le había cerrado por completo.

—Mírame —Manuel le levantó la cara, obligándolo— ¿Ibas a lastimarte?

—¿Y si lo iba a hacer? —Lautaro sintió cómo las lágrimas empezaban a caer— ¿Qué te importa?

—¿Qué me importa? —Manuel lo miraba con una mezcla de horror e incredulidad— ¿Estás jodiendo? ¡Sos mi mejor amigo!

—No soy tu amigo —Lautaro se rió, pero sonó como un sollozo— Los amigos no se hacen esto. Los amigos no te usan y después te botan sin explicaciones.

—Tenés razón. Fui un forro, fui el peor forro del mundo. Pero no podés... no podés hacerte esto.

—¿Por qué no? —Lautaro lo miró a los ojos, y había algo salvaje en su mirada— No le importo a nadie. Vos dejaste claro que solo soy un algo fallido. Mi familia me va a odiar si se enteran de lo que soy. No tengo nada, Manuel, no soy nada.

—No digas eso.

—Es la verdad. Y lo peor es que vos lo sabés. Sabés que no valgo una mierda, por eso fue tan fácil usarme.

Manuel lo soltó como si le quemara.

—No te usé.

—Sí lo hiciste —Lautaro se dejó caer al piso, con la espalda contra la mesada— Me usaste para confirmar que no sos como yo. Para asegurarte de que seguís siendo normal. Y funcionó, ¿no? Porque acá estás, trayendo una mina diferente cada dos días, viviendo tu vida perfecta y heterosexual, mientras yo me muero poco a poco.

Manuel se arrodilló frente a él, y Lautaro vio que también tenía lágrimas en los ojos.

—No quería que fuera así.

—¿Entonces cómo querías que fuera?

—No sé. Pensé que... no sé qué pensé.

—Pensaste que podías probar y después volver a tu vida normal, como si nada. Y yo iba a estar bien con eso porque soy tu amigo. Porque los amigos se bancan todo, ¿no?

Manuel no respondió. Se veía destrozado, pero Lautaro ya no le importaba. Ya no le importaba nada.

—Cada vez que traés a una mina —dijo Lautaro, y su voz era apenas un susurro—, cada vez que las escucho gemir tu nombre, me pregunto si pensás en mí. Si recordás que hace unas semanas yo estaba en ese mismo lugar. Si te acordás de cómo me tocaste, de las cosas que me dijiste. Y después me doy cuenta de que no, que seguro ni te acordás. Porque para vos fue una noche más. Un polvo más. Algo que ya pasó.

—Me acuerdo —dijo Manuel— Me acuerdo de todo.

—¿Y entonces? ¿Por qué seguís haciéndolo?

Manuel lo miró, y en sus ojos había algo que parecía desesperación.

—Porque te quiero —dijo— Te quiero y no sé qué hacer con eso. No sé si de la forma que vos querés que te quiera, no sé si puedo darte lo que necesitás. Pero te quiero y no puedo perderte.

—Ya me perdiste —Lautaro cerró los ojos— Me perdiste el día que me dijiste que ya te habías sacado las ganas.

Manuel extendió el brazo, tratando de tocarlo, pero Lautaro se apartó.

—No me toques Manu. No tenés derecho.

—Lauti, por favor...

—Andate. Dejame solo.

Manuel se quedó ahí un momento más, arrodillado en el piso, mirándolo con esa expresión destrozada. Pero Lautaro ya no sentía nada, estaba vacío, hueco.

Finalmente, Manuel se levantó y se fue.

Lautaro se quedó en el piso de la cocina, abrazándose las rodillas, sintiendo cómo el frío de las baldosas le calaba los huesos.

El cuchillo estaba a un metro de distancia, brillando en la oscuridad.

No lo agarró.

No porque no quisiera. Sino porque ya estaba muerto. Manuel lo había matado semanas atrás. Lo que quedaba era solo un cuerpo que seguía respirando por inercia.

 

A la mañana siguiente, Lautaro hizo las valijas.

No le dijo nada a nadie. Esperó a que Manuel y Santiago salieran, después empacó todo lo que pudo. La ropa, la laptop y dejó todo lo demás. No importaba. Nada importaba ya.

Le escribió una carta a Santiago, explicándole que necesitaba volver a España, que necesitaba estar con su familia. No mencionó nada sobre Manuel. No hacía falta. Santiago eventualmente entendería, o no. Daba igual.

Para Manuel dejó solo una frase en un papel:

"Gracias por todo. Perdón por no poder quedarme."

Tomó un uber al aeropuerto y compró el primer vuelo disponible. Durante todo el viaje se quedó mirando por la ventana, sintiendo cómo Buenos Aires se hacía cada vez más pequeña debajo de él hasta que desapareció.

Cuando el avión atravesó las nubes, Lautaro cerró los ojos.

Pensó en su madre, en la cruz que había tirado por el inodoro, en todas las veces que rezó pidiendo ser normal.

Pensó en Manuel, en la forma en que lo había mirado esa primera noche, en cómo había dicho "te quiero" como si eso pudiera arreglar algo. Como si el amor pudiera compensar el daño.

Pensó en él mismo, en el chico que había sido antes de todo esto, en el chico que fantaseaba con una boda en la iglesia, con una mujer rubia esperándolo en el altar.

Ese chico ya no existía. Lo había matado esa noche con Manuel. Lo había enterrado bajo capas de culpa y vergüenza y deseo.

Y lo que quedaba de él no sabía cómo seguir viviendo.

El avión atravesó una tormenta y todo se sacudió violentamente. La gente gritó, asustada. Lautaro abrió los ojos y miró el cielo gris por la ventana, las nubes negras y los relámpagos rasgando el horizonte.

Y por primera vez en semanas, sintió algo parecido a la esperanza.

Esperanza de que el avión cayera.

Esperanza de que todo terminara ahí, rápido y limpio.

Esperanza de que no tuviera que seguir cargando con esto: el recuerdo de las manos de Manuel en su cuerpo, la voz de Manuel diciéndole "ya me saqué las ganas", la certeza de que nunca había sido suficiente, de que nunca iba a ser más que un experimento.

El avión se estabilizó. La tormenta pasó y Lautaro cerró los ojos de nuevo.

"Hijo, Dios es bueno. Solo los pecadores van al infierno."

La voz de su madre resonaba en su cabeza, fuerte y clara, recordándole que lo que sentía estaba mal, que lo que era estaba mal.
Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas, hasta que sintió el pinchazo del dolor.

Si ese era su destino, que así fuera.

Por lo menos en el infierno no tendría que seguir fingiendo que podía sobrevivir a esto, en el infierno no tendría que escuchar la voz de Manuel diciéndole que solo había sido curiosidad, un experimento, algo que ya había probado y del que ya se había cansado, en el infierno, el dolor tendría un nombre y un rostro, y no estaría disfrazado de amor.

Por lo menos en el infierno, estaría con otros como él: los sucios, los rotos, los que amaron demasiado y de la forma equivocada.

Y tal vez ahí, entre las llamas, finalmente dejaría de sentir.

Notes:

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